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3 may. 2013

William Butler Yeats: Teólogos felices e infelices

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I

Una mujer de Mayo me dijo en una ocasión: «Conocí a una sirvienta que se ahorcó por el amor a Dios. Se sentía sola sin el cura y su congregación*, y se colgó de la barandilla con una bufanda. Apenas había muerto, cuando se puso blanca como un lirio. Si hubiese sido un asesinato o un suicidio, se habría puesto completamente negra. Le dieron cristiana sepultura y el cura dijo que nada más morir, ya estaba con el Señor. De modo que no importa lo que uno haga por amor a Dios». No me asombra cuánto disfruta contando la historia, pues ella también ama todas las cosas sagradas con un ardor que hace que le vengan rápidamente a los labios. Una vez me contó que no hay nada que oiga describirse en un sermón que ella no vea después con sus propios ojos. Me ha descrito las puertas del Purgatorio tal como se apareció ante sus ojos, pero no recuerdo nada de la descripción, excepto que no pudo ver las almas en pena, sino únicamente la puerta. Su mente se recrea continuamente en lo agradable y lo bello. Un día me preguntó qué mes y qué flor eran los más bellos. Cuando le respondí que no lo sabía, me dijo: «El mes de mayo, por la Virgen, y el lirio del valle, porque nunca ha pecado, sino que surgió puro entre las rocas», y luego preguntó: «¿Cuál es la causa de los tres meses fríos del invierno?». Yo no sabía eso siquiera, de modo que ella dijo: «El pecado del hombre y la venganza de Dios». El propio Cristo no sólo estaba bendito, sino que para ella Él era perfecto en sus proporciones humanas, de tan unidos que van la belleza y la santidad en sus pensamientos. Sólo Él, entre todos los hombres, medía exactamente seis pies de altura; todos los demás miden un poco más o un poco menos.

Sus pensamientos y sus visiones de los seres feéricos también son agradables y bellos, y nunca la he oído llamarlos Ángeles Caídos. Son personas como nosotros, sólo que más guapos, y en muchas ocasiones ella se ha acercado a la ventana para verlos conducir sus carros por el cielo, uno tras otro, en una larga fila, o a la puerta para oírlos cantar y bailar en el exterior. Al parecer, cantan principalmente una canción llamada «La cascada distante», y aunque en una ocasión la derribaron de un golpe, ella nunca piensa mal de ellos. Los veía con mayor facilidad cuando estaba sirviendo en King's County. Una mañana, hace ya un tiempo, me dijo: «Anoche estaba esperando al Señor, y eran las once y cuarto de la noche. Oí un golpe en la mesa. "King's County tenía que ser" dije yo, y me reí tanto que casi me muero. Era una advertencia de que me estaba quedando ahí demasiado tiempo. Querían el lugar para ellos». En una ocasión le hablé de alguien que vio un duende y se desmayó, y ella me dijo: «No puede haber sido un duende; debía de ser algo malo. Nadie podría desmayarse ante un duende. Sería un demonio. Yo no me asusté cuando casi me hacen atravesar el techo, a mí y a la cama que tenía debajo. Tampoco tuve miedo cuando tú estabas haciendo algún trabajo y oí que una cosa, como una anguila, subía pesadamente por las escaleras dando chillidos. Fui a todas las puertas. No pudo entrar donde yo estaba. La habría lanzado a través del universo como una ráfaga de fuego. Había un hombre en mi casa, un tipo violento, y acabó con una de ellas. Salió a encontrarse con ella en la carretera, pero seguramente le dijeron las palabras. Pero los duendes son los mejores vecinos. Si eres bueno con ellos, ellos serán buenos contigo, aunque no les gusta que te interpongas en su camino». En otra ocasión me dijo: «Siempre son buenos con los pobres».


II

Sin embargo, hay un hombre en una aldea de Galway que no es capaz de ver más que maldad. Algunos lo creen muy santo, y otros lo creen un poco desquiciado, pero algunas de sus palabras recuerdan a esas antiguas visiones irlandesas de los Tres Mundos, que supuestamente le dieron a Dante el plan de la Divina Comedia. Pero yo no podría imaginar a este hombre viendo el Paraíso. Está especialmente enojado con el pueblo feérico y describe las patas de fauno —tan corrientes entre ellos, que son verdaderamente hijos de Pan— para demostrar que son hijos de Satanás. El no admite que «se lleven a las mujeres, aunque muchos digan que lo hacen», pero está seguro de que «son tan numerosos como la arena del mar que nos rodea, y tientan a los pobres mortales». Dice: «Conozco a un cura que estaba mirando el suelo como si estuviera buscando algo, y una voz le dijo: "Si quiere verlos, los verá hasta hartarse" y sus ojos se abrieron y vio el suelo repleto de ellos. A veces cantan y bailan, pero siempre tienen las patas hendidas». Sin embargo, tal era su desdén por todo lo que no era cristiano, con todos esos bailes y cantos, que cree que «sólo tienes que ordenarles que se vayan y se irán. Una noche» dice, «después de haber regresado andando desde Kinvara y bajando por el bosque de más allá, sentí que uno venía a mi lado y pude percibir al caballo que estaba montando y la forma en que levantaba las patas, pero no suenan como los cascos de un caballo. Así que me detuve y me di la vuelta y dije muy alto: "¡Márchate!". Se fue, y después de eso nunca más volvió a molestarme. Conocí a un hombre que estaba muriendo y uno de ellos se subió a su cama, y él le gritó: "¡Sal de ahí, animal antinatural!" y el duende se marchó. Ángeles caídos, eso es lo que son, y después de la caída, Dios dijo: "Que se haga el Infierno" y en un instante estuvo ahí». Y mientras él decía esto, la anciana que estaba sentada junto al fuego intervino con la frase «Dios nos salve. Es una lástima que El dijera esas palabras, pues podría no haber un Infierno». Pero el vidente no se percató de sus palabras y continuó: «Y entonces le preguntó al Demonio qué quería a cambio de las almas de toda la gente. Y el Diablo dijo que nada le satisfaría, excepto la sangre del hijo de una virgen, de modo que la consiguió, y entonces las puertas del Infierno se abrieron». Al parecer, él entendía la historia como si se tratara de alguna vieja y enigmática leyenda popular.

«Yo mismo he visto el Infierno. Lo vi una vez, en una visión. Estaba rodeado de una muralla muy alta, toda de metal, y había una arcada, y un sendero recto que conducía a su interior, como el que te llevaría al huerto de un caballero, pero los bordes no estaban adornados con boj, sino con metal al rojo vivo. Y dentro de la muralla había veredas, y no estoy seguro de qué había a la derecha, pero a la izquierda había cinco grandes hornos, llenos de almas retenidas ahí con grandes cadenas. Así que di media vuelta rápidamente y me alejé, y al girarme vi el muro otra vez y no pude ver su final.

»En otra ocasión, vi el Purgatorio. Parecía estar en un sitio plano, y no había murallas a su alrededor, sino que era todo una gran llamarada brillante, y las almas estaban en su interior. Y sufren casi tanto como en el Infierno, sólo que ahí no hay demonios y tienen la esperanza del Cielo.

»Y oí que me llamaban desde ahí: "¡Ayúdame a salir de aquí!". Y cuando miré, vi a un hombre al que había conocido en el ejército, un irlandés y de este país, y creo que era descendiente del rey O'Connor de Athenry.»

»Así que en un primer momento le tendí mi mano, pero luego exclamé: "Me quemaría en las llamas antes de poder acercarme a tres metros de ti". Entonces él dijo: "Bueno, entonces ayúdame con tus plegarias", y eso es lo que hago.

»Y el padre Connellan dice lo mismo, que ayudes a los muertos con tus rezos, y es un hombre muy listo para hacer sermones y ha curado a muchos con el Agua Bendita que trajo de Lourdes.»

1902


(*) La congregación religiosa a la que pertenecía

En El crepúsculo celta. Mito, fantasía y folclore
Traducción: Javier Marías
Barcelona, Ediciones Obelisco, 2007
Foto: William Butler Yeats en 1911 por George Charles Beresford