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8 nov. 2011

Franco Berardi - Una palabra que no se debería usar

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La palabra felicidad no se debería usar en los libros. Es una palabra que no se debería escribir sino, tan sólo, allí donde sea posible, habitar en silencio. Es una palabra tabú, que quizá podamos vivir a duras penas, pero no, desde luego, pensar de forma sistemática. Por eso esta palabra ha sido expurgada del discurso de las personas acreditadas y no tiene carta de ciudadanía en la república del saber científico.

Aristóteles dijo que todos los hombres desean ser felices. Terencio Varrón contaba 289 interpretaciones de la palabra felicidad. Watzlawick, por su parte, cuenta aquella historia judía. «Pienso casarme con la señorita Katz» dice el hijo. "Pero la señorita Katz no tiene dinero para la dote» responde el padre. «Sólo con ella podré ser feliz» replica el hijo. «¿Ser feliz?» concluye el padre «¿y qué ganas con ello?».

Todo el discurso de Watzlawick está dirigido a desmontar la idea de que exista una condición sana, natural, de la existencia y de que debamos hacer real esa condición para poder ser felices. Precisamente la pretensión de que exista una condición feliz es la premisa de la infelicidad, dice Watzlawick.

Y, más aún, Freud en una carta a Fliess habla del carácter interminable del análisis. Con esta expresión Freud define el fin, el punto de llagada e incluso el sentido último del psicoanálisis. Al decir que el punto de llegada del proceso analítico es la comprensión del carácter interminable del análisis, quiere decirnos que ninguna ciencia y ninguna técnica puede proponerse alcanzar la felicidad.

Si la felicidad puede ser definida como una integración plena y sin residuos del organismo consciente en su entorno, podemos afirmar que tal integración es irrealizable, porque el código de la mente y el del mundo son intraducibles, o tal vez porque la factura del organismo consciente y del mundo son imperfectas.

En uno de sus libros más conocidos y bellos, El malestar en la cultura,(1) Sigmund Freud explica por qué en el discurso científico sobre la sociedad humana no puede aparecer la palabra felicidad. El acceso a la cultura supone la eliminación, la destrucción, la puesta entre paréntesis de la propia idea de felicidad. El acceso a la cultura, precisamente porque comporta una inversión productiva y racional de la libido, implica una sublimación del deseo y de lo que Freud define como instintos primarios (Trauben). Esta eliminación es el fundamento del sacrificio sobre el que se funda el progreso de la civilización, el aplazamiento del placer, la inversión de las energías de forma socialmente útil, intercambiable, acumulable. El desarrollo de la economía capitalista se apoya particularmente en este desplazamiento de la relación entre el deseo y lo vivido.

Lo que se acumula en el tiempo, constituyendo la premisa y la base del desarrollo económico y del progreso cultural es precisamente la separación entre el deseo y lo vivido. Gracias a esta separación el mundo de las cosas ha podido extenderse, complicarse, absorbiendo tiempo de trabajo e inteligencia. Lo que se acumula en la economía capitalista es placer no vivido, o bien, placer sublimado.

Esta problemática se halla en el centro del libro de crítica de la economía capitalista de Bataille, La parte maldita.(2) Partiendo de la idea de que el desarrollo económico se funda sobre la acumulación de placer no vivido, Bataille formula la hipótesis de que la parte maldita sea el exceso de deseo, aquel deseo que debe ser sacrificado para dejar espacio al desarrollo de la economía. La parte maldita es la crítica viviente de la economía y del capitalismo, el deseo que reafirma su existencia contra la lógica sacrificial del capitalismo.

Los neurofisiólogos están en condiciones de definir los fenómenos psíquicos, emotivos, humorales como manifestaciones de procesos químicos que se desarrollan en el cerebro. Pero es dudoso que este tipo de explicaciones sirva para explicar el comportamiento humano en su complejidad y en el contexto de las relaciones sociales.

¿Cómo se pone en movimiento, cómo se alimenta toda esta química y esta hidráulica de agentes químicos de la neurotransmisión, del humor y de la (in)felicidad? ¿Cuáles son las arquitecturas sociales de la psicoquímica? ¿Cuáles las arquitecturas tecnológicas, cuáles las arquitecturas culturales?

Podemos, desde luego, considerar la felicidad como efecto de un proceso fisioquímico y por tanto podemos intervenir sobre ciertos tipos de infelicidad, sobre diversas formas de sufrimiento mental como la ansiedad o la depresión suministrando sustancias, como los psicofármacos, capaces de actuar sobre las moléculas del cerebro. Pero el sufrimiento mental no puede ser reducido a esto. No basta con explicar los procesos neurofísicos que lo acompañan y lo producen para comprender cómo se determinan la depresión, los trastornos mentales, la melancolía, la tristeza, el miedo, el pánico. Estos fenómenos de la vida psíquica no son reducibles a sus determinantes químicos y neuronales, aunque éstos sean necesarios.

Neurólogos y fisiólogos fundan sus diagnósticos y sus terapias en la condición física del cerebro humano y a partir de ahí analizan la relación entre mente y mundo. Es un procedimiento de gran utilidad y la psicoterapia saca gran provecho del uso de los psicofármacos. Sustancias como el Prozac se han mostrado capaces de modificar los modos de interacción mente-mundo y hay toda una farmacopea de ansiolíticos, antidepresivos, tranquilizantes, euforizantes, que desempeñan una función esencial para regular el humor, reducir el sufrimiento y hacer tolerable la existencia.

El punto de vista de la psicofarmacología es legítimo y eficaz en la práctica. Pero su comprensión del sufrimiento mental tiene un carácter mecanicista y reductivo. Se trata de una perspectiva absolutamente parcial, unilateral, insuficiente para explicar los fenómenos del trastorno mental y del malestar, y de todo punto inadecuada para modificar el proceso psicopatógeno, salvo en sus aspectos clínicos.

Si queremos analizar la relación entre la mente y el mundo, un enfoque de tipo mentalista tiene indudables ventajas. Si pensamos que el mundo es una proyección de la mente, podremos llegar a la conclusión de que bastará con corregir, curar y pacificar la condición en que se encuentra el panorama de la mente para que el mundo se vuelva mejor.

En una perspectiva de este tipo, una vía resolutiva para enfrentarse con el problema de la felicidad puede hallarse en los psicofármacos, pero también en las técnicas de meditación del yoga. Por útil e interesante que resulte considerar el mundo como una proyección de la actividad mental, es necesario reconocer que ésta es sólo una parte de la realidad.

La psicología budista considera la relación con el mundo y con los demás seres humanos, e incluso la propia realidad objetiva, como un efecto de las proyecciones de la mente. Ni siquiera los demonios más terroríficos deben atemorizarnos porque no son sino proyecciones de nuestra mente, dice el Bardo Thodol, el Libro tibetano de los muertos(3) que, aún siendo anterior a la introducción del budismo en el Tibet por Padmasambhava, anticipa los fundamentos de la psicología budista. Puesto que el bien y el mal que se manifiestan en el mundo son proyecciones, lo que debe ser curado, modificado, perfeccionado no es el mundo sino el estado de la mente.

Por completo diferente es el enfoque de la felicidad implícito en el pensamiento político moderno. En el vocabulario político esta palabra tiene un lugar muy marginal, aunque la constitución norteamericana afirme que todo individuo tiene el derecho a buscar su propia felicidad. La Ilustración inocula en el espíritu de la modernidad la idea — que se ha mostrado poco fundada en los hechos— según la cual el progreso científico y civil produciría un constante incremento de la felicidad colectiva. Pero más allá de las declaraciones de principio, todo discurso sobre esta cuestión aparece como ligeramente incómodo, tal vez por la buena razón de que cualquier valoración cuantitativa de la felicidad es imposible y resulta abusiva cualquier objetivación de un concepto tan vago.

Hoy los hombres y las mujeres ¿son más o menos felices? ¿Cómo podemos intentar hacer una valoración cuantitativa sobre el volumen de felicidad del que gozaban los humanos en épocas pasadas de la historia?

Las agencias demoscópicas pueden hacer sondeos sobre la sexualidad, el placer y la insatisfacción. Pero ¿cómo se hace para considerar fiables sondeos sobre estas cuestiones? Suponiendo que las personas entrevistadas dijeran la verdad y no está claro que sea así ¿no es acaso evidente que cada ser humano percibe de forma diferente su propio cuerpo y registra sus estados mentales con criterios del todo personales?

Alguna vez he oído decir que la felicidad y la infelicidad están distribuidas de forma equilibrada en el tiempo y en el espacio, con independencia de las condiciones sociales. Es posible, pero parece imposible dejar de considerar la Alemania de la época hitleriana —piénsese en El huevo de la serpiente de Ingmar Bergman— o la Rusia de Stalin —piénsese en El maestro y Margarita de Bulgakov4— como ambientes particularmente predispuestos a una tristeza difusa y a la angustia. Así pues, no podemos tener certezas ni es oportuno construir teorías sobre la felicidad. 


1. Sigmund Freud, El malestar en la cultura, Madrid, Alianza 1998.
2. George Bataille, La parte maldita, Barcelona, Icaria 1987.
3. El libro tibetano de los muertos (Bardo Thodol), Barcelona, Obelisco 1994.


En La fábrica de la infelicidad
Traducción: Patricia Amigot Leatxe y Manuel Aguilar Hendrickson