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10 mar. 2015

Descarga: Samuel Beckett - Fin de partida

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Descarga: Samuel Beckett - Fin de partida

Fin de partida, junto con Esperando a Godot la obra de teatro más importante de Samuel Beckett, se representó por primera vez en 1957. Inspirada en el Rey Lear y el Libro de Job, el autor irlandés exhibe en ella su don magistral para escenificar la ceremonia trágica de la condición humana. Lear y Job conviven bajo los harapos milenarios que recubren a ese patético rey, ciego y paralítico, eternamente sentado en un trono absurdo y rodeado de un mundo «que apesta a cadáver». Hamm y Clov, amo y esclavo, personajes aniquilados y unidos en lo peor como el alma al cuerpo, no disponen, para matar la espera, sino de gestos vanos y del rumor inútil de sus palabras, en un universo que, como definió E. M. Cioran, «es quizás un infierno, pero un infierno milagroso, puesto que en él uno se libera de la doble tarea de vivir y de morir».

4 mar. 2015

Samuel Beckett - Textos para nada

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Samuel Beckett - Textos para nada



Bruscamente, no, a la fuerza, a la fuerza, no pude más, no pude continuar. Alguien dijo, No puede permanecer ahí. No podía permanecer allí y no podía continuar. Describiré el lugar, carece de importancia. La cima, muy llana, de una montaña, no, de una colina, pero tan salvaje, tan salvaje, basta. Fango, brezo hasta las rodillas, imperceptibles senderos de ovejas, erosiones profundas. Fue en el hueco de una de ellas donde me tendí, al abrigo del viento. Hermoso panorama, sin la niebla que lo velaba todo, valles, lagos, planicie, mar. ¿Cómo continuar? No era necesario empezar, sí, era necesario. Alguien dijo, quizá el mismo. ¿Por qué ha venido? Hubiera podido quedarme en mi rincón, al calor, al abrigo de la humedad, no podía. Mi rincón, lo describiré, no, no puedo. Simplemente, no puedo nada más, como suele decirse. Digo al cuerpo, ¡Vamos, arriba!, y siento el esfuerzo que realiza, para obedecer, cual vieja carnaza caída ,en mitad de la calle, que ya no hace, que aún hace, antes de renunciar. Digo a la cabeza, Déjalo tranquilo, quédate tranquila, cesa de respirar, después jadea a más y mejor. Me siento lejos de esas historias, no debería ocuparme de ellas, no necesito nada, ni ir más lejos, ni quedarme en donde estoy, todo me resulta verdaderamente indiferente. Debería volverme, del cuerpo, de la cabeza, dejar que se arreglen, dejar que se acaben, no puedo, sería necesario que sea yo quien se, acabe. Ah sí, diríase que somos más de uno, sordos todos, ni siquiera, unidos de por vida. Otro dijo, o el mismo, o el primero, todos tienen la misma voz, todos los mismos pensamientos. Debiera haberse quedado en su casa. Mi casa. Querían que regresara a mi casa. Mi morada. Sin niebla, con buenos ojos, con un catalejo, la vería desde aquí. No se trata de simple fatiga, no estoy simplemente fatigado, a pesar de la ascensión. Tampoco de que quiera permanecer aquí. Había oído, debí haber oído hablar del panorama, el mar allá lejos, de plomo repujado, el llano llamada de oro tan frecuentemente cantado, los repetidos lomos, los lagos glaciares, los humos de la capital, no se hablaba de otra cosa. A ver, ¿quiénes son esa gente? ¿Me han seguido, precedido, acompañado? Estoy en la excavación que los siglos han cavado, siglos de mal tiempo, tendido cara al suelo negruzco donde se estanca, lentamente bebida, un agua azafranada. Están arriba, alrededor, como en el cementerio. No puedo levantar la vista hacia ellos, lástima. No veré sus rostros. Las piernas quizás, inmersas en el brezo. ¿Me ven ellos, qué pueden ver de mí? Quizá ya no haya nadie, quizá se hayan ido, asqueados. Escucho y son los mismos pensamientos lo que oigo, quiero decir los mismos de siempre, curioso. Decir que en el valle brilla el sol, en un cielo desmelenado. ¿Desde cuándo estoy aquí? Qué pregunta, me la planteo con frecuencia. Y con frecuencia he sabido responder, Una hora, un mes, un año, cien años, según qué entendía por aquí, por mí, por estar, y ahí dentro nunca he ido a buscar nada extraordinario, ahí dentro nunca he cambiado gran cosa, poco había aquí con aspecto de cambiar. O decía, No debe hacer mucho tiempo, no lo habría soportado. Oigo los chorlitos, significa que cae la tarde, que cae la noche, pues los chorlitos son así, gritan al llegar la noche, tras permanecer mudos durante toda la tarde. Así, así es entre criaturas salvajes y de tan corta vida, en relación a la mía. Y esta otra pregunta, que me es conocida, Por qué he venido, que no tiene respuesta, de modo que respondía, Para variar, o, No soy yo, o. Es el azar, o incluso, Para ver, o en fin, la edad del fuego, Es el destino, siento que llega, la pregunta no me hallará desprevenido. Todo es ruido, negra turba saturada que aún debe beber, marejada de helechos gigantes, brezo con simas en calma donde se ahoga el viento, mi vida y sus viejos estribillos. Para ver, para variar, no, está visto, todo visto, hasta llenarse los ojos de legañas, ni a la intemperie, el mal está hecho, el mal fue hecho, un día que salí, a rastras de mis pies hechos para ir, para dar pasos, que había dejado ir, que me arrastraron hasta aquí, por eso vine. Y lo que hago, lo esencial, resoplo, diciéndome, con palabras como de humo, No puedo quedarme, no puedo irme, veamos qué ocurre. ¿Y como sensación? Dios mío, no puedo quejarme, es él, pero con sordina, como bajo la nieve, menos el calor, menos el sueño, las sigo bien, todas las voces, todas las partes, bastante bien, el frío me gana, también la humedad, en fin lo supongo, estoy lejos. Mis reumatismos, no pienso en ellos, no me hacen sufrir más que los de mi madre, cuando la hacían sufrir. Ojo paciente y fijo, a flor de esta cabeza huraña de roñoso, ojo fiel, es su hora, quizá sea su hora. Estoy arriba y estoy aquí, tal como me veo, encenagado, los ojos cerrados, la oreja pegada formando ventosa contra la multitud que chupa, estamos de acuerdo, todos de acuerdo, en el fondo, desde siempre, nos queremos, nos lamentamos, pero ay, nada podemos. Seguro, dentro de una hora será demasiado tarde, dentro de media hora será de noche, y aun, no es seguro, entonces qué, qué no es seguro, absolutamente seguro, que la noche impide cuanto permite el día, a quienes saben apañárselas, a quienes quieren apañárselas, y pueden, aún pueden intentarlo. La niebla se disipará, lo sé, por mucho que uno esté desprevenido, el viento refrescará, al caer la noche, y el cielo nocturno cubrirá la montaña, con sus luminarias, los astros, que me guiarán, una vez más, guiarán mis pasos, esperemos la noche. Todo se enreda, los tiempos enredan, antes sólo había estado, ahora estoy siempre, dentro de unos instantes aún no estaré, penando en mitad de la vertiente, o entre los helechos que rodean el bosque, son los alerces, no intento comprender, nunca más intentaré comprender, como suele decirse, de momento estoy aquí, desde siempre, para siempre, ya no temeré a las palabras importantes, no son importantes. No recuerdo haber venido, nunca podré irme, mi pequeño mundo, tengo los ojos cerrados y siento en la mejilla el humus áspero y húmedo, mí sombrero ha caído, no ha caído lejos o el viento se lo ha llevado lejos. Lo apreciaba mucho. Ora es la mar, ora la montaña, a veces ha sido el bosque, la ciudad, también el llano, también probé en el llano, me he dejado por muerto en todos los rincones, de hambre, de vejez, acabado, ahogado, y después sin razón, muchas veces sin razón, por hastío, rebifa, un último suspiro, y los aposentos, de mi hermosa muerte, en la cuna, hundiéndose bajo mis penates, y siempre refunfuñando, las mismas frases, las mismas historias, las mismas preguntas y respuestas, ingenuo, basta, al límite de mi mundo de ignorante, jamás una imprecación, no tan tonto, o quizá no recuerde. Sí, hasta el final, en voz baja, meciéndome, haciéndome compañía y siempre atento, atento a las viejas historias, como cuando mi padre sentándome en sus rodillas, me leía la de Joe Breem, o Breen, hijo de un torrero, noche tras noche, durante todo el invierno. Era un cuento, un cuento para niños, transcurría en un peñón, en medio de la tempestad, la madre había muerto y las gaviotas se despachurraban contra el fanal, Joe se tiró al agua, es cuanto recuerdo, un cuchillo entre los dientes, hizo lo que tenía que hacer y regresó, es cuanto recuerdo esta noche, terminaba bien, empezaba mal y terminaba bien, todas las noches, una comedia, para niños.

Sí, he sido mi padre y he sido mi hijo, me he planteado preguntas y las he contestado lo mejor que pude, me he hecho repetir, noche tras noche, la misma historia, que me sabía de memoria sin poder creerla, o nos íbamos, cogidos de la mano, mudos, sumergidos en nuestros mundos, cada uno en sus mundos, con las manos olvidadas, una en la otra. Así he sobrevivido, hasta el presente. Y aún esta noche parece que todo marcha bien, estoy en mis brazos, me sostengo entre mis brazos, sin mucha ternura, pero fielmente, fielmente. Durmamos, como bajo aquella lejana lámpara, embrillados, por haber hablado tanto, escuchado tanto, penado tanto, jugado tanto.



En Textos para nada
Imagen© Bettmann/CORBIS


18 feb. 2015

Samuel Beckett - La imagen

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Samuel Beckett - La imagen


La lengua se carga de lodo un único remedio entrarla de nuevo entonces y girarla en la boca el lodo tragárselo o escupirlo cuestión de saber si es nutritivo y perspectivas sin estar obligado a ello por el hecho de beber a menudo tomo un sorbo es uno de mis recursos lo mantengo durante un momento cuestión de saber si tragado me alimentaría y perspectivas que se abren no son malos momentos desgastarme todo está ahí la lengua vuelve a salir rosa en medio del lodo qué hacen las manos durante ese tiempo hay que ver siempre lo que hacen las manos y bien la izquierda lo hemos visto siempre sostiene el saco y la derecha y bien la derecha al cabo de un momento la veo allá en el extremo de su brazo extendido al máximo en el eje de la clavícula Si puede decirse así o mejor hacerse que se abre y vuelve a cerrarse en el lodo se abre y vuelve a cerrarse es otro de mis recursos este pequeño gesto me ayuda no sé por qué tengo así pequeños trucos que son un buen auxilio incluso rozando los muros bajo el cielo cambiante yo debía de ser ya astuto ella no debe de estar muy lejos un metro apenas pero la siento lejos un día se irá sola sobre sus cuatro dedos contando el pulgar pues falta uno no el pulgar y me dejará la veo que lanza hacia delante sus cuatro dedos como garfios las puntas se hunden estiran y así se aleja mediante pequeños restablecimientos horizontales eso es lo que me gusta irme así a trocitos y las piernas qué hacen las piernas oh las piernas y los ojos qué hacen los ojos cerrados seguramente y bien no ya que de repente allí bajo el lodo me veo digo me como digo yo como diría él porque eso me divierte me echo unos dieciséis años y para colmo de felicidad hace un tiempo delicioso cielo azul de huevo y cabalgada de nubecillas me vuelvo de espaldas y también la muchacha que llevo de la mano del culo que tengo a juzgar por las flores que esmaltan la hierba esmeralda estamos en el mes de abril o mayo ignoro y con qué gozo de dónde saco yo estas historias de flores y estaciones las saco y ya está a juzgar por ciertos accesorios entre los cuales una barrera blanca y una tribuna de un rojo exquisito estamos sobre un campo de carreras la cabeza hacia atrás miramos imagino justo hacia delante de nosotros inmovilidad de estatua aparte los brazos las manos entrelazadas que se balancean en mi mano libre o izquierda un objeto indefinible y en consecuencia en la derecha de ella el extremo de una cuerda corta que conduce a un perro terrier color ceniza de buena talla sentado de través cabeza baja inmovilidad de estas manos y los brazos correspondientes cuestión de saber por qué una cuerda en esta inmensidad de verdor y nacimiento poco a poco de manchas grises y blancas a las que no tardo en dar el nombre de corderos en medio de sus madres ignoro de dónde saco estas historias de animales las cinco saco y ya está en un día bueno sé nombrar cuatro o cinco perros de raza totalmente diferente los veo no intentemos comprender sobre todo al fondo del paisaje a una distancia de cuatro o cinco millas a ojo de buen cubero la masa azulada de una larga montaña de elevación débil nuestras cabezas sobrepasan su cumbre como movidos por un mismo y único resorte o si se quiere por dos sincronizados nos soltamos la mano y damos media vuelta yo dextrorsum ella senestro ella transfiere la cuerda a su mano izquierda y yo en el mismo instante a mi derecha el objeto ahora un pequeño paquete blancuzco en forma de ladrillo unos sandwiches tal vez bien cuestión sin duda de poder mezclar nuestras manos de nuevo lo que hacemos nuestros brazos se balancean el perro no se ha movido tengo la absurda impresión de que me nos miramos meto la lengua cierro la boca y sonrío vista de cara la muchacha es menos desfavorecida no es ella la que me interesa yo cabellos pálidos a cepillo rostro grueso rojo con granos vientre desbordante bragueta abierta piernas zambas en canilla separadas lo más por la base doblándose en las rodillas pies abiertos ciento treinta y cinco grados mínimo media sonrisa beata al horizonte posterior figura de la vida que se alza tweed verde botines amarillos narciso o similar en el ojal nueva media vuelta hacia el interior sea de naturaleza para conducirnos fugitivamente no nalgas sino cara a cara al extremo de noventa grados transferidos religación de manos balanceos de brazos inmovilidad del perro este glúteo que tengo tres dos uno izquierdo derecho henos ahí partidos nariz al viento brazos balanceándose el perro sigue cabeza baja cola sobre los huevos nada que ver con nosotros tuvo la misma idea en el mismo instante Malebranche en menos rosa la cultura que tenía yo entonces si él mea lo hará sin detenerse tengo ganas de gritar déjala ahí y corre a abrirte las venas tres horas de andar cadencioso y henos aquí en la cima el perro se sienta de través en el brezo baja el hocico sobre su bitón negro y rosa sin la fuerza de lamerlo nosotros al contrario media vuelta al interior transferidos religación de manos balanceo de brazos degustación en silencio del mar y de las islas cabezas que pivotan como una sola hacia las humaredas de la ciudad localización en silencio de los monumentos cabezas que retoman se diría unidas por un eje breve niebla y he aquí de nuevo que comemos los sandwiches a bocados alternos cada uno el suyo intercambiando palabras dulce cariño mío yo muerdo ella traga cariño mío ella muerde yo trago no arrullamos aún la boca llena amor mío yo muerdo ella traga tesoro mío ella muerde yo trago breve niebla y he aquí de nuevo que nos alejamos otra vez a través de los campos con las manos cogidas los brazos balanceándose la cabeza alta hacia las cimas cada vez más pequeños yo ya no veo al perro ya no nos veo la escena está desocupada algunas bestias los carneros que se dirían de granito que aflora un caballo que no había visto de pie inmóvil espinazo curvado cabeza baja las bestias saben azul y blanco del cielo mañana de abril bajo el lodo se acabó ya está hecho esto se apaga la escena se queda vacía algunas bestias luego se apaga no más azul yo me quedo allá abajo a la derecha en el lodo la mano se abre y se vuelve a cerrar eso ayuda que se vaya me doy cuenta de que sonrío aún ya no vale la pena desde hace tiempo ya no vale la pena la lengua vuelve a salir va al lodo me quedo así ya no sed la lengua vuelve a entrar la boca se cierra de nuevo debe hacer una línea recta ahora ya está hice la imagen.

Años cincuenta


En Relatos
Traducciones de Félix de Azúa, Ana Maria Moix y Jenaro Talens
Imagen: Steve Schapiro

5 dic. 2014

Descarga: Samuel Beckett - Compañía

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«Una voz llega a alguien en la oscuridad». Este alguien yace boca arriba en la oscuridad, escuchando la voz que se dirige a él, a veces débilmente desde lejos, otras un murmullo al oído, la voz es «compañía»: la mente nunca cesa de hablar, recordar, sugerir, preguntar o, simplemente, repetir alguna frase lúdica como una aguja atascada en el surco de un disco… Compañía es el texto más importante y más extenso, pese a su brevedad, que Beckett escribió en sus últimos años. Como escribió Aldo Tagliaferri: «La especial densidad que lo caracteriza procede de su naturaleza paradigmática, puesto que en él reencontramos temas y tonos propios de obras anteriores. Su estructura, formada por varios segmentos de variable longitud y separados por una pausa, permite calculadas traslaciones de la anécdota parabiográfica a la reflexión, del tono lírico al argumentativo, del estilema que nos recuerda los primeros pasajes narrativos beckettianos al que recuerda los últimos». Compañía es un paso adelante en la exploración de lo finalmente inexplorable, en la odisea del autor descendiendo a los abismos de la imaginación creadora. Aunque, como siempre, Beckett ilumina sus propias tinieblas con austera hilaridad.

21 nov. 2014

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Relatos reúne en un único volumen la obra narrativa breve de Samuel Beckett –Premio Nobel de Literatura y uno de los más grandes y originales escritores del siglo XX– publicada a lo largo de lo años. Cubren la trayectoria que va desde Primer amor (1945) a Mal visto mal dicho (1980), pasando por Basta, Textos para nada o El despoblador. Cada uno de estos relatos breves constituye por sí solo una verdadera obra maestra.

24 jul. 2014

Samuel Beckett - A lo lejos un pájaro

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Tierra cubierta de ruinas, ha caminado toda la noche, yo renuncié, rozando los setos, entre calzada y cuneta, sobre la hierba seca, pasitos lentos, toda la noche sin ruido, deteniéndose a menudo, más o menos cada diez pasos, pasitos desconfiados, volviendo a tomar aliento, escuchando luego, tierra cubierta de ruinas, yo renuncié antes de nacer, no es posible de otro modo, pero era preciso que eso naciese, fue él, yo estaba dentro, se ha detenido, es la centésima vez esta noche, más o menos, eso indica el espacio recorrido, es la última, se ha encorvado sobre su bastón, yo estoy dentro, es él quien ha gritado, él quien ha salido a la luz, yo no he gritado, yo no he salido a la luz, las dos manos, una sobre otra, descargan su peso en el bastón, la frente en las manos, ha vuelto a tomar aliento, puede escuchar, tronco horizontal, piernas separadas, dobladas las rodillas, mismo abrigo viejo, los faldones envarados se levantan por atrás, despunta el día, no tendría más que levantar los ojos, que abrirlos, que levantarlos, se confunde con el seto, a lo lejos un pájaro, lo justo para sorprender y se larga, es él quien ha vivido, yo no he vivido, malvivido, por mi culpa, es imposible que yo posea una conciencia y tengo una, otro me comprende, nos comprende, está ahí, ha terminado por llegar hasta ahí, le imagino, ahí comprendiéndonos, las dos manos y la cabeza hacen un montoncito, las horas pasan, él no se mueve, me busca una voz, es imposible que yo tenga voz y no la tengo, va a encontrarme una, me irá mal a él, le ajustaré las cuentas, sus cuentas, pero nada más, esta imagen, el montoncito de las manos con la cabeza, el tronco horizontal, los codos por ambas partes, los ojos cerrados y el rostro paralizado a la escucha, los ojos que no se ven y todo el rostro que no se ve, el tiempo no cambia nada, esta imagen y nada más, tierra cubierta de ruinas, la noche se retira, se ha largado, yo estoy dentro, va a matarse, por mi culpa, voy a vivir eso, voy a vivir su muerte, el final de su vida y después su muerte, poco a poco, en presente, cómo va a arreglárselas, es imposible que yo lo sepa, no lo sabré, poco a poco, él es quien morirá, yo no moriré, no quedará de él más que los huesos, yo estaré dentro, no quedará de él más que arena, yo estaré dentro, no es posible de otro modo, tierra cubierta de ruinas, ha atravesado el seto, ya no se detiene, nunca dirá yo, por mi culpa, no hablará con nadie, nadie le hablará, no hablará solo, no queda nada en su cabeza, yo pondré en ella lo que se necesita, para acabar, para no decir más yo, para no abrir ya la boca, confundidos recuerdos y pesares, confusión de seres queridos y juventud imposible, inclinado hacia delante y sosteniendo el bastón por el medio avanza tropezando a campo traviesa, una vida mía, lo intenté, ha sido un fracaso, nunca más que suya, mala, por mi culpa, él decía que no había sólo una, pero sí, sólo hay una todavía, la misma, pondré rostros en su cabeza, nombres, lugares, lo tramaré todo, con qué terminar, sombras para huir, últimas sombras, para huir y para perseguir, confundirá a su madre con unas grullas, a su padre con un peón caminero llamado Balfe, le pegaré un viejo chucho enfermo para que ame todavía, se pierda todavía, tierra cubierta de ruinas, pequeños pasos enloquecidos.


En Detritus
Traducción: Jenaro Talens
Imagen: © John Minihan / National Portrait Gallery, London

8 may. 2014

Samuel Beckett: Compañía (1979)

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Una voz llega a alguien en la obscuridad. Imaginar.

A alguien boca arriba en la obscuridad. Lo nota por la presión en la espalda y los cambios en la obscuridad, cuando cierra los ojos y de nuevo cuando los abre. Sólo se puede verificar una ínfima parte de lo dicho. Como, por ejemplo, cuando oye: "Estás boca arriba en la obscuridad." Entonces ha de admitir la verdad de lo dicho. Pero la mayor parte, con mucho, de lo dicho no se puede verificar. Como, por ejemplo, cuando oye:"Viste la luz por primera vez tal y cual día y ahora estás boca arriba en la obscuridad." Estratagema, tal vez, destinada a hacer recaer sobre lo primero la irrefutabilidad de lo segundo. Tal es, pues, la proposición. A alguien boca arriba en la obscuridad una voz habla de un pasado. Con alusiones ocasionales a un presente y, con menor frecuencia, a un futuro, como, por ejemplo: "Acabarás tal como estás ahora." Y en otra obscuridad o en la misma otro imaginándolo todo para hacerse compañía. Déjalo rápido.

El uso de la segunda persona caracteriza a la voz. El de la tercera al otro. Si también él pudiera hablar a aquel a quien habla la voz, habría un tercero. Pero no puede. No podrá. No puedes. No podrás.

Aparte de la voz y del tenue sonido de su aliento, no se oye nada. Nada, al menos, que él pueda oír. Lo sabe por el tenue sonido de su aliento.

Aunque ahora siente aún menor inclinación que nunca a hacerse preguntas, a veces no puede por menos de preguntarse si de verdad es a él a quien se dirige y de él de quien habla la voz. ¿No habrá otro a quien y de quien habla la voz? ¿No habrá acertado a escuchar una comunicación destinada a otro? Si está solo y boca arriba en la obscuridad, ¿por qué no lo dice la voz? ¿Por qué no dice nunca, por ejemplo: "Viste la luz tal y cual día y ahora estás solo y boca arriba en la obscuridad"? ¿Por qué? Tal vez sólo sea para inspirarle esa vaga sensación de incertidumbre y desconcierto.

Tu inteligencia, siempre poco viva, ahora lo es aún menos. Esa es la clase de afirmación que no pone en duda. Viste la luz tal y cual día y tu inteligencia, siempre poco viva, ahora lo es aún menos. No obstante, cierta actividad mental, por ligera que sea, es un complemento necesario de la compañía. Por eso es por lo que la voz no dice: "Estás boca arriba en la obscuridad y no tienes actividad mental alguna". La voz sola es compañía, pero no suficiente. Su efecto en el oyente es un complemento necesario. Aunque sólo sea para inspirarle el estado de vaga incertidumbre y desconcierto antes citado. Pero, aparte de ese efecto, es evidente que la compañía es necesaria. Pues, si sólo oyera esa voz y no le produjese efecto distinto que una expresión en bantú o en gaélico, ¿no sería igual que callase? A no ser que su objeto sea atormentar con mero ruido a alguien necesitado de silencio. O bien que, como ya hemos supuesto antes, vaya dirigida a otro, naturalmente.

Sales, de niño, de Connolly`s Stores de la mano de tu madre. Giráis a la derecha y avanzáis en silencio por la carretera hacia el sur. Al cabo de unos cien pasos, os internáis en el campo e iniciáis el largo ascenso hacia casa. Cogidos de la mano, avanzáis en silencio con el aire cálido y en calma del verano. Es a la caída de la tarde y, unos cien pasos más adelante, aparece el sol sobre la cima de la pendiente. Alzando la vista hacia el cielo azul y después hacia la cara de tu madre, rompes el silencio para preguntarle si no está mucho más lejano de lo que parece. El cielo, claro está. El cielo azul. Al no recibir respuesta, vuelves a formular mentalmente la pregunta y unos cien pasos más adelante te vuelves a mirarla a la cara y le preguntas si no parece mucho más lejano de lo que está. Por una razón que nunca pudiste comprender, esa pregunta debió de exasperarla. Pues te soltó, brusca, la mano y te dio una respuesta hiriente que nunca has olvidado.

Si la voz no le habla a él, debe de hablar a otro. Conque, con la razón que le queda, razona. A otro de ese otro. O de él. O de otro más. A alguien boca arriba en la obscuridad, en cualquier caso. A alguien boca arriba en la obscuridad, ya sea el mismo u otro. Conque, con la razón que le queda, razona y razona mal. Pues, si la voz no le habla a él, sino a otro, en ese caso ha de hablar de ese otro y no de él ni de otro más. Pues habla en segunda persona. Si no hablara a aquel de quien habla, no hablaría en segunda sino en tercera persona. Por ejemplo: "Vio la luz por primera vez tal y cual día y ahora está boca arriba en la obscuridad." Así, pues, está claro que, si no es a él a quien habla, sino a otro, no es de él tampoco, sino de ese otro, y no otro, a ese otro. Conque, con la razón que le queda, razona mal. Para ser compañía, ha de mostrar cierta actividad mental. Pero no tiene por qué ser elevada. En realidad, podríamos afirmar que cuanto más baja, mejor. Hasta cierto punto. Cuanto más baja la actividad mental, mejor la compañía. Hasta cierto punto.

Viste la luz por primera vez en la habitación en que con mayor probabilidad fuiste concebido. El gran mirador daba al oeste, del lado de las montañas. Principalmente al oeste. Pues, como era un mirador, daba también un poco al sur y un poco al norte. Necesariamente. Un poco al sur, con más montañas, y un poco al norte, del lado de la colina y la llanura. El comadrón no esta otro que el Dr. Haddin o Haddon. Bigote gris ralo y mirada de animal acorralado. Como era fiesta, tu padre, nada más desayunar, salió con una botellita de scotch y un paquete de sandwiches de huevo, sus preferidos, a dar un paseo por las montañas. Eso no tenía nada de particular. Pero aquella mañana no sólo lo movía su gusto por los paseos y la naturaleza salvaje. También lo movía a desaparecer su aversión por los dolores y demás aspectos desagradables de parto y alumbramiento. Por eso se llevó los sandwiches, con que se regaló al mediodía, mirando hacia el mar, a la sombra de una gran roca de la primera cima escalada. Podéis imaginar sus pensamiento antes y después, mientras avanzaba entre tojo y brezo. Cuando regresó, al anochecer, se enteró, consternado, por la criada, en la puerta trasera, de que el parto estaba aún en su apogeo. Pese a haber empezado antes de que él saliera de casa, sus buenas diez horas antes. Al instante se dirigió corriendo a la cochera, a unos veinta metros de distancia, donde guardaba su De Dion Bouton. Cerró las puertas tras sí y se subió al asiento del conductor. Podéis imaginar sus pensamientos, mientras permaneció allí sentado en la obscuridad sin saber qué pensar. Aunque estaba cansado y le dolían los pies, se disponía a salir de nuevo a campo traviesa y a la luz de la luna joven, cuando llegó la criada corriendo a decirle que había acabado por fin. ¡Acabado!

Eres un viejo que avanza con paso cansino por una estrecha carretera comarcal. Has salido al amanecer y ahora es el ocaso. El único sonido en el silencio son tus pasos. Mejor dicho, los únicos sonidos. pues de uno para otro varían. Escuchas paso tras paso y los añades mentalmente a la suma en aumento de los anteriores. Te detienes con la cabeza gacha al borde de la cuneta y los conviertes en metros. A razón, ahora, de dos pasos por metro. Tantos para añadir desde el alba a los de ayer. A los del año pasado. A los de años anteriores. Tiempos distintos de hoy y tan parecidos. La suma astronómica en kilómetros. En leguas. Tantas vueltas, ya, a la tierra. Detenida también a tu lado mientras calculas, la sombra de tu padre. Con sus viejos harapos de vagabundo. Por fin, adelante codo con codo, a partir de cero otra vez.

La voz le llega ahora unas veces de un lado y otras de otro. Unas veces apagada a lo lejos y otras murmullo al oído. Durante una misma frase puede cambiar de lugar y de tono. Así, por ejemplo, clara por encima de su rostro vuelto hacia arriba: "Viste la luz por primera vez un día de Semana Santa y ahora". Después un murmullo al oído: "Estás boca arriba en la obscuridad." O a la inversa, por supuesto. Otro detalle: sus largos silencios, cuando se atreve casi a esperar que no se vuelva a oír. Así, por poner el mismo ejemplo, clara por encima de su rostro vuelto hacia arriba: "Viste por primera vez la luz del día el día que Cristo murió y ahora." Luego, mucho después, sobre su esperanza incipiente el murmullo:"Estás boca arriba en la obscuridad." O a la inversa, por supuesto.

Otro detalle, su carácter reiterativo. Repetidas veces, con variantes mínimas, la misma pesadez. Como si deseara, a fuerza de repetir, que él lo haga suyo. Que confiese: "Sí, recuerdo." Tal vez que tenga una voz incluso. Que murmure: "Sí, recuerdo." ¡Qué aportación a la compañía! Una voz en primera persona del singular. Murmurando una vez que otra: "Sí, recuerdo."

Una vieja mendiga tocando a tientas un portalón de jardín. Medio ciega. Conoces el lugar bien. La mujer de la casa, más sorda que una tapia y trastornada, es amiga de tu madre. Enb tiempos estaba segura de poder volar por el aire. Conque un día se tiró por la ventana de un primer piso. A la vuelta del parvulario en tu diminuta bici, ves a la pobre mendiga vieja intentando entrar. Te bajas y le abres la puerta. Te bendice. ¿Cuáles fueron sus palabras? Algo así. Dios te guarde, hijito.

Una voz apagada al máximo de su potencia. Va menguando poco a poco hasta volverse casi inaudible. Luego recupera despacio su débil potencia máxima. A cada lento reflujo nace la esperanza de que se extinga.

Entró despacio en la obscuridad y el silencio y ahí se quedó tanto tiempo, que, con el juicio que le quedaba, los consideró el final. Hasta que un día la voz. ¡Un día! Hasta que por fin la voz dijo: "Estás boca arriba en la obscuridad." Esas fueron sus primeras palabras. Larga pausa para que diera crédito a sus oídos y después desde otro lado lo mismo. A continuación, la promesa de no callar hasta oír "calla". Estás boca arriba en la obscuridad y hasta oír "calla" no callará esta voz. O de otro modo. Mientras permaneció en la sombra y sólo se oía el extraño sonido, se hizo el silencio despacio y cayeron las tinieblas. Pues, ¿qué extraño sonido era? ¿De dónde procedía la obscura luz?

Estás en el extremo de un trampolín. A mucha altura del mar. Abajo el rostro vuelto hacia arriba de tu padre. Vuelto hacia ti. Miras abajo, al querido rostro amigo. Te grita que saltes. Te grita: "Vamos, valiente." El redondo rostro rojo. El bigote espeso. El cabello encanecido. El oleaje lo sumerge y vuelve a sacarlo a flote. De nuevo el lejano grito:"Vamos, valiente." Muchos ojos clavados en ti. Desde el agua y desde la orilla.

El extraño sonido. Qué suerte poder prestarle atención. De vez en cuando. En la obscuridad y el silencio cerrar, como a la luz, los ojos y oír un sonido. Un objeto moviéndose de su lugar a su último lugar. Una cosa suave moviéndose con suavidad para pronto dejar de moverse para siempre. Cerrar los ojos a la obscuridad visible y oír, si acaso, sólo eso. Una cosa suave moviéndose con suavidad para pronto dejar de moverse para siempre.

La voz emite una luz tenue. La obscuridad se aclara, mientras aquélla suena. Aumenta, cuando mengua. Se aclara, cuando recupera su débil potencia máxima. Vuelve a ser intensa, cuando calla. Estás boca arriba en la obscuridad. Si los ojos hubieran estado abiertos, habrían notado un cambio.

¿De dónde la obscura luz? ¡Qué compañía en la obscuridad! Cerrar los ojos e intentar imaginarlo. ¿De dónde una vez la obscura luz? No se ve su origen. Como si su pequeño vacío fuese ligeramente luminoso. Entonces, ¿qué puede haber visto por encima de su rostro vuelto hacia arriba? Cerrar los ojos en la obscuridad e intentar imaginarlo.

Otro detalle, el tono monótono. Sin vida. El mismo tono monótono todas las veces. Para sus afirmaciones. Para sus negaciones. Para sus exclamaciones. Para sus exhortaciones. El mismo tono monótono. fuiste una vez. Nunca fuiste. ¿Fuiste alguna vez? Oh, ¡no haber sido nunca! Sé de nuevo. El mismo tono monótono.

¿Puede moverse? ¿Se mueve? ¿Debería moverse? ¡Qué ayuda sería! Cuando la voz se extingue. Un movimiento, por pequeño que fuera. Aunque sólo fuese el de cerrar una mano. O, de estar cerrada, el de abrirla. ¡Qué ayuda sería en la obscuridad! Cerrar los ojos y ver esa mano. Palma arriba para llenar todo el campo. Las líneas. Los dedos que descienden despacio. O suben, de estar bajados. Las líneas de esa vieja palma.

Por supuesto, está el ojo. Llenando todo el campo. El velo que desciende despacio. O que sube, de estar bajado. El globo. Todo pupila. Mirando fijo arriba. Velado. Desnudo. Velado otra vez. Desnudo de nuevo.

¿Y si hablara, a fin de cuentas? Por bajo que fuera. ¡Qué contribución a la compañía! Estás tumbado boca arriba en la obscuridad y un día volverás a hablar. Sí, recuerdo. Era yo. Era yo entonces.

Estás sólo en el jardín. Tu madre está en la cocina preparándose para el té de la tarde, que va a tomar con la Sra. Coote. Cortando finísimas rebanadas de pan con matequilla. De detrás de un arbusto ves llegar a la Sra. Coote. Una mujeruca flaca y amargada. Tu madre le responde así:"Está jugando en el jardín." Trepas casi hasta la copa de un gran abeto. Te sientas un rato a escuchar todos los sonidos. Después te dejas caer. Las grandes ramas amortiguan tu caída. Te quedas unos instantes con la cara contra el suelo. Después vuelves a trepar al árbol. Tu madre vuelve a responder a la Sra. Coote: "Ha sido un niño muy travieso."

¿Cómo, con el sentimiento que le queda, se siente ahora en comparación con antes? Cuando, con el juicio que le quedara, consideró su estado definitivo. Como preguntar qué sintió entonces sobre entonces en comparación con antes. Cuando aún se movía o aguardaba entre retazos de luz. Como entonces no había entonces, tampoco lo hay ahora.

En otra obscuridad o en la misma imaginándolo todo para hacerse compañía. Eso, a primera vista, parece claro. Pero, ante el ojo que se demora en contemplarlo, se vuelve obscuro. En realidad, cuanto más se demora el ojo en contemplarlo, más obscuro se vuelve. Hasta que el ojo se cierra y, liberada de esa tarea, la mente se pregunta: ¿Qué significa? ¿Qué significa, a fin de cuentas, esto que a primera vista parecía claro? Hasta que se cierre también ella, por así decir. Como podría cerrar la ventana de una habitación obscura y vacía. La única ventana que da a la obscuridad de fuera. Después nada más. No. Por desgracia, no. Retazos de luz tenue y ligeros destellos aún. Vacilaciones mentales informulables. Inapagables.

En un punto cualquiera del camino de A a Z. O, digamos para que sea verosímil, en la carretera de Ballyogan. Esa vieja y querida carretera comarcal. En algún punto de la carretera de Ballyogan en lugar de en punto particular alguno. Por donde ya no pasan vehículos. En algún punto de la carretera de Ballyogan de A a Z. Con la cabeza gacha y calculando la suma al borde de la cuneta. Colinas a la izquierda. Más adelante la finca de Croker. A la derecha y un poco retrasada, la sombra de tu padre. Tantas vueltas, ya, a la tierra. Abrigo, en tiempos de verde, rígido del cuello al bajo por la edad y la mugre. sombrero, en tiempos amarillo, abollado y borceguíes haciendo juego aún. Ninguna otra ropa, de haberla, a la vista. En marcha desde el amanecer y ya anochece. Acabado el cálculo, adelante juntos a partir de cero otra vez. Con dirección a Stepaside. Cuando de pronto cortas por el seto y desapareces cojeando hacia el este y a campo traviesa.

Pues, ¿por qué no? ¿Por qué en otra obscuridad o en la misma? ¿Quién pregunta: "¿Quién lo pregunta?" y responde: "Quienquiera que todo imagine". En la misma obscuridad que su criatura o en otra. Para hacerse compañía. ¿Quién pregunta al final: "¿Quién pregunta?", responde al final como antes y añade mucho después para sus adentros: "A no ser que sea otro". Imposible de encontrar. Imposible de buscar. El último, inconcebible. Innombrable. Ultima persona. Yo. Déjalo rápido.

La luz que había entonces. Boca arriba en la obscuridad de la luz que había entonces. Claridad sin nubes ni sol. Desapareces al amanecer y trepas hasta tu escondite en la ladera. Un refugio entre la aulaga. Hacia el este, allende el mar, la tenue silueta de montañas altas. A cien kilómetros de distancia, según tu geografía. Por tercera o cuarta vez en tu vida. La primera vez se lo contaste y se burlaron. Sólo habias visto nubes. Conque ahora lo atesoras en el corazón con el resto. De vuelta a casa, al anochecer, a la cama sin cenar. Estás tumbado en la obscuridad con esa luz de nuevo. Desde el nido en la aulaga, para ver al otro lado del mar fuerzas los ojos hasta que te duelen. Los cierras mientras cuentas hasta cien. Después los abres y los fuerzas otra vez. Una y otra vez. Hasta que al final está ahí. El azul más pálido sobre el pálido cielo. Estás tumbado en la obscuridad con esa luz de nuevo. Te quedas dormido con esa luz sin nubes ni sol. Duermes hasta la luz del día.

Inventor de la voz y de su oyente y de sí mismo. Inventor de sí mismo para hacerse compañía. Déjalo estar. Habla de sí mismo como de otro. Dice, hablando de sí mismo: “Habla de sí mismo como de otro”. Se imagina a sí mismo para hacerse compañía. Déjalo estar. La confusión también es compañía hasta cierto punto. La esperanza diferida mejor es que nada. Hasta cierto punto. Hasta que el corazón empieza a enfermar. Un corazón enfermo mejor es que nada. Hasta que empieza a partirse. Conque, hablando de sí mismo, concluye de momento: “De momento déjalo estar”.

En la misma obscuridad que su criatura o en otra aún no imaginada. Como la posición. Ya sea de pie o sentado o tumbado u otra posición en la obscuridad. Entre otras cuestiones aún por imaginar. Ni idea aún sobre ellas. El análisis es compañía. Cuál de las dos obscuridades es mejor compañía. Cuál de todas las posturas imaginables puede ofrecer mejor compañía. Y lo mismo en relación con las demás cuestiones aún por imaginar. Como, por ejemplo, la de si serán irreversibles esas decisisones. Supongamos, por ejemplo, que, tras oportuna imaginación, se decida por la posición bien boca arriba bien boca abajo y que resulte decepcionante a la hora de hacer compañía. ¿Puede o no puede substituirla por otra? Como, por ejemplo, acurrucado con las piernas plegadas dentro del círculo de los brazos y con la cabeza sobre las rodillas. O en movimiento. Andando a gatas. Otro en otra obscuridad o en la misma andando a gatas e imaginándolo todo para hacerse compañía. O cualquier otra forma de movimiento. Los encuentros posibles. Una rata muerta. ¡Qué contribución a la compañía! Una rata muerta mucho tiempo ha.

¿No podría mejorarse al oyente? Volverlo más compañía, ya que no del todo humano. Mentalmente tal vez quepa una mayor animación. Un intento de reflexión, al menos. De recuerdo. De conversación incluso. Volición de algún tipo, por débil que sea. Un vestigio de emoción. Señales de congoja. Una sensación de fracaso. Sin pérdida de carácter. Terreno delicado. Pero, ¿físicamente? ¿Debe permanecer inerte hasta el final? Sólo el movimiento de los párpados al abrirse y cerrarse, inevitable en teoría. Para admitir y excluir la luz. ¿No debería cruzar los pies? De vez en cuando. Primero el izquierdo sobre el derecho y un poco después al revés. No. De todo punto incompatible. ¿Tendido con los pies cruzados? Una mirada y se disipa. ¿Algún movimiento de las manos? Una mano. Un abrir y cerrar. Difícil de justificar. O alzada para espantar a una mosca. Pero, si no hay moscas. Entonces, ¿por qué no hacer que las haya? La tentación es fuerte. Que haya moscas. Para que las espante. Una mosca viva confundiéndolo con un muerto. Enterada de su error y renovándolo incontinente. ¡Qué aportación a la compañía! una mosca viva confundiéndolo con un muerto. Pero, no. No espantaría a una mosca.

Te apiadas de un erizo fuera, en el frío, y lo colocas en una vieja caja de sombrero con algunos gusanos. Después colocas dicha caja, con el erizo dentro, en una conejera en desuso y dejas la puerta abierta para que el pobre animal entre y salga cuando quiera. Para que vaya a buscar alimento y, tras haber comido, vuelva al calor y la seguridad de su caja en la conejera. Ahí tienes, pues, el erizo en su caja, dentro de la conejera, con suficientes gusanos para calentarla. Una última mirada para asegurarte de que todo está como Dios manda, antes de dedicarte a buscar otra cosa con que pasar el tiempo, que ya, a esa tierna edad, se te hace interminable. La llama de tu buena acción tarda más que de costumbre en atenuarse y extinguirse. En aquellos tiempos se encendía con facilidad, pero raras veces por mucho tiempo. Apenas la había atizado una buena acción tuya o un pequeño triunfo sobre tus rivales o una palabra de elogio de tus padres o mentores, cuando ya empezaba a atenuarse y extinguirse y te dejaba en poco tiempo tan frío y apagado como antes. Hasta en aquellos tiempos. Pero ese día, no. Fue una tarde de otoño cuando encontraste el erizo y te apiadaste de él del modo descrito y, cuando llegó la hora de irte a la cama, seguías sintiendo la misma satisfacción. Arrodillado junto a la cama, incluiste el erizo en la detallada plegaria a Dios para que bendijera a todos sus seres queridos. Y, mientras dabas vueltas en la cama esperando a que llegara el sueño, seguías rebosante de satisfacción al pensar en la suerte que había tenido el erizo cruzándose en tu camino. Un estrecho sendero de tierra bordeado de boj marchito. Cuando estabas ahí parado, preguntándote por la forma mejor de pasar el tiempo hasta la hora de ir a la cama, hendió uno de los linderos, y ya se dirigía hacia el otro, cuando entraste en su vida. Ahora bien, a la mañana siguiente no sólo se había apagado la llama, sino que, además, a ésta había substituido una gran inquietud. La sospecha de que tal vez no todo estuviera como Dios manda. De que, en lugar de hacer lo que hiciste, acaso hubiese sido mejor dejar las cosas como estaban y que el erizo siguiera su camino. Días, si no semanas, pasaron antes de que pudieses armarte de valor para regresar hasta la conejera. Nunca has olvidado lo que entonces encontraste. Estás boca arriba en la obscuridad y nunca has olvidado lo que entonces encontraste. La papilla. El hedor.

Inminente, por un tiempo, lo que sigue. Necesidad de compañía intermitente. En ciertos momentos la suya sin paliativos un alivio. Molestia la voz como tal. Lo mismo la imagen del oyente. Lo mismo la suya. Pesar entonces por haberlas creado y problema cómo disiparlas. Por último, ¿qué significado la suya sin paliativos? ¿Qué posible alivio? Déjalo estar de momento.

Llámese el oyente H. Aspirada. Hache. Tú, Hache, estás boca arriba en la obscuridad. Y que sepa su nombre. Ahora nada de que acierte a oír. De que no se dirijan a él. Si bien, en pura lógica, nada de eso en cualquier caso. ¡Nada de palabras murmuradas a su oído para preguntarse si irían dirigidas a él! Así está. Desaparecida, pues, esa ligera inquietud. Esa vaga esperanza. Para alguien con tan pocas ocasiones de sentir. Tan incapaz de sentir. Que a nada mejor asira, de poder aspirar, que a nada sentir. ¿Es deseable? No. ¿Tendría con ello mayor compañía? No. Entonces, que no se llame H. Que sea de nuevo lo que era. El oyente. Innombrable. Tú.

Imaginar más cerca el lugar en que yace. Dentro de lo que cabe. La voz a lo lejos da una pista sobre su forma y dimensiones. Apagándose con la distancia o variando bruscamente y oyéndose tras una pausa. Desde arriba y desde todos los lados y niveles, el mismo tono apagado al máximo. Nunca desde abajo. Hasta ahora. Lo que sugiere a alguien tumbado en el suelo de una habitación hemisférica de gran diámetro con la cabeza en el centro. ¿De qué longitud el diámetro? En vista de lo apagado de la voz en su momento menos apagado, unos veinte metros deben bastar o diez desde el oído a cualquier punto de la superfcie envolvente. Eso en cuanto a la forma y las dimensiones. ¿Y la composición? ¿Qué pista al respecto, y dónde, de haberla en algún sitio? Reserva de momento. Tentadora, la idea del basalto. Basalto negro. Pero reserva de momento. Así imagina, cansado de la voz y del oyente. Pero, con un poco más de imaginación, comprende haber imaginado mal. Pues, ¿con qué derecho afirmar de un sonido apagado que es uno menos apagado al que la distancia vuelve más apagado y no uno de verdad apagado y muy cercano? ¿O de uno apagado apagándose que se aleja en lugar de menguar donde está? De no haberlo, la voz no dirá nada sobre el lugar donde yace nuestro viejo oyente. En una obscuridad inmensurable. Sin contorno. Déjao así de momento. Añadiendo sólo: "¿Qué clase de imaginación es ésa, tan dominada por la razón?" De una especie aparte.

Otro imaginándolo todo para hacerse compañia. En la misma obscuridad que su criatura o en otra. Rápido, imagina. La misma.

¿No podría mejorarse la voz? ¿Volverse más compañía? Supongamos que vaya cambiando en la obscuridad desde un pretérito, aunque no indefinido, en esa conciencia nublada. Todo a un tiempo pasado y en trasncurso y por venir. Pero supongamos que para el otro lleve un tiempo mejorando. El mismo tono monótono imaginado al principio y la misma reiteración. Esos, igual. Pero menor movilidad. Menor variedad de tonos tenues. Como buscando la posición óptima. Desde la que emitir con el mayor efecto. La amplitud ideal para una audición cómoda. Que ni hiera al oído con demasiado volumen ni con el exceso opuesto lo obligue a esforzarse. Cuánto más apto para hacer compañía semejante órgano que el con precipitación imaginado al principio. Cuánto más apropiado para alcanzar su objeto. Hacer que el oyente tenga un pasado y lo reconozca. Nacieste un Viernes Santo tras largo parto. Sí, recuerdo. El sol acababa de ponerse tras los alerces. Sí, recuedo. Como la gota, para mejor corroer, debe caer constante. En el punto, debajo.

La última vez que saliste, el suelo estaba cubierto de nieve. Tú, ahora boca arriba en la obscuridad, estás esa mañana en el umbral, tras haber cerrado tras ti la puerta con suavidad. Apoyado en la puerta con la cabeza gacha, te aprestas a salir. Al abrir los ojos, los pies han desaparecido y los bajos del abrigo descansan sobre la superficie nevada. La obscura escena parece iluminada desde abajo. Te ves en esa última salida apoyado contra la puerta y con los ojos cerrados, esperando a darte la salida. Estar fuera. Después la escena a la luz de la nieve. Estás tumbado en la obscuridad con los ojos cerrados y te ves ahí, tal como apareces descrito, aprestándote a lanzarte a través de esa extensión de luz. Vuelves a oír el "clic" de la puerta cerrada con suavidad y el silencio antes de poder iniciar los pasos. A continuación, ya estás en marcha por los blancos pastos, animados con corderos en primavera y salpicados de placentas rojas. Sigues el camino de siempre, la línea recta hacia el tajo en el majuelo que forma el límite occidental. Hasta allá, desde que entras en los pastos, das por lo general de mil ochocientos a dos mil pasos, según tu humor y el estado del terreno. Pero esa última mañana vas a dar muchos más. Muchos, muchos más. Tienes los pies tan acostumbrados a la línea recta, que, de ser necesario, podrías seguirla con los ojos cerrados sin equivocarte, a la llegada, más de unos pasos al norte o al sur. Y, en verdad, sin que sea necesario, a no ser interiormente, eso es lo que por lo general haces y no sólo aquí. Pues avanzas, si no con los ojos cerrados, aunque también así la mitad de las veces, al menos con la vista fija en el terreno momentáneo ante tus pies. Eso es lo único que has visto de la naturaleza. Hasta que bajaste la cabeza por fin. El efímero terreno ante tus pies. De vez en cuando. Ya no cuentas los pasos. Por la sencilla razón de que todos los días son los mismos. Los mismos por término medio de un día para otro. Pues el camino es siempre el mismo. Llevas la cuenta de los días y al décimo multiplicas. Y sumas. Ya no te acompaña la sombra de tu padre. Hace tiempo que quedó atrás. Ya no oyes tus pisadas. Sigues tu camino sin oír ni ver. Un día tras otro. Para ti ya no hay otro. El mismo camino. Como si ya no hubiera otro. Para ti ya no hay otro. Antes no te detenías sino para contar. A fin de continuar a partir de cero. Desaparecida esa necesidad, como hemos visto, tampoco tienes ya, en teoría, necesidad de detenerte. Salvo un momento tal vez en el extremo. Para aprestarte al regreso. Y, sin embargo lo haces. Como nunca antes. No por cansancio. No estás más cansado ahora que antes. Y, sin embargo, te detienes como nunca antes. De modo que para los mismos cien metros que antes re corrías en tres o cuatro minutos ahora tardas de quince a veinte. El pie cae por sí solo en pleno paso o, cuando le toca alzarse, se pega al suelo y detiene el cuerpo. Entonces perplejidad inexpresable, cuya esencia es: "¿Podrán seguir?" O, mejor: "¿Seguirán?" La esencia estricta. Mudo, cuando, por fin, como siempre hasta ahora, reanudan el paso. Estás tumbado en la obscuridad con los ojos cerrados y ves la escena. Cosa que no podías hacer entonces. La obscena bóveda del cielo. La tierra deslumbrante. Parado en el medio. Con los borceguíes hundidos hasta las cañas. Con los bajos del abrigo descansando en la nieve. En el viejo bombín la vieja cabeza gacha, muda de miedo. A medio camino por los pastos en línea recta hacia el tajo. Los infalibles pies rápidos. Mirar detrás de ti, cosa que no podías hacer entonces, y ves sus huellas. Una gran parábola. En dirección contraria a las agujas del reloj. Como si, de repente, el corazón pesara demasido. Demasiado al final.

La flor de la edad adulta. Imagina un espécimen. Boca arriba en la obscuridad recuerdas. Ah, recuerdas. Día de mayo despejado. Ella se te une en el cenador. Un hexaedro rústico. Todo él de madera. De alerce y abeto. Dos metros de diámetro. Tres de la base a la cima. Tres metros cuadrados más o menos de superficie. Dos pequeños cristales policromados frente por frente. Lunitas de colores en forma de rombos. Debajo de cada uno de ellos un saliente. Allí gustaba de retirarse tu padre los domingos estivales, después del almuerzo, con Punch y un cojín.

Se sentaba en uno de los salientes con la cintura del pantalón desabrochada y se ponía a pasar páginas. Y tú en el otro con las piernas colgando. Cuando se reía entre dientes, tú intentabas imitarlo. Cuando su risita se extinguía, la tuya también. Le gustaba y divertía mucho que intentaras imitarla y a veces se reía con el único fin de oírte intentando imitarla. A veces apartas la cara y miras por una luna rosa. Pegas la naricita a la luna y fuera todo está rosado. Los años han pasado volando y ahí, en el mismo lugar de entonces, estás sentado en la flor de la edad adulta, bañado en la luz irisada y mirando al horizonte. Ella tarda. Cierras los ojos e intentas calcular el volumen. Las sumas sencillas te resultan un consuelo en momentos difíciles. Un refugio. Al final te da siete metros cúbicos más o menos. Aun inmóvil en la obscuridad intemporal, las cifras te resultan un consuelo en momentos difíciles. Te figuras determinado ritmo cardíaco y calculas los latidos al día. A la semana. Al mes. Al año. Y suponiendo determinada duración para una vida. Hasta el último latido. Pero de momento, con algo más de setenta mil millones detrás, estás sentado en el cenador calculando el volumen. Unos siete metros cúbicos. Por alguna razón misteriosa, te parece improbable y te pones a hacer el cálculo de nuevo. Pero has avanzado demasiado, cuando se oye su ligero paso. Ligero para una mujer de su corpulencia.Abres los ojos, con el corazón latiéndote como loco, y un momento, que parece una eternidad, después aparece su rostro en la ventana. Casi del todo azul, en esa posición, la placidez natural que tanto admiras, como, sin duda, del todo azul la tuya desde allá. Pues la palidez natural es una propiedad que tenéis en común. Los labios violeta no te devuelven la sonrisa. Ahora bien, como esa ventana queda a la altura de tus ojos desde donde estás sentado y el suelo está mas o menos a ras del terreno exterior, no puedes por menos de preguntarte si no se habrá hincado de hinojos. Sabiendo como sabes por experiencia que la estatura o longitud que tenéis en común es la suma de segmentos iguales. Pues, cuando, estando derechos de pie o tumbados cuan largos sois, juntáis cara con cara, las rodillas quedan a la misma altura y los pubis y los pelos de las cabeazas se confunden. ¿Se desprende de ello que la pérdida de altura para el cuerpo sentado es la misma que para el arrodillado? En ese momento, suponiendo ajustable la altura del asiento como en el caso de cieras banquetas de piano, cierras los ojos para mejor medir y comparar mentalmente los primeros y segundos segmentos, a saber: de la planta del pie a la rótula y de ahí a la cintura pelviana. ¡Qué aficionado eras, tanto en movimiento como en reposo, a cerrar los ojos en horas de vigilia! De día y de noche. A esa obscuridad perfecta. Esa luz sin sombra. Para ausentarte simplemente. O por un asunto, como ahora. Aparece una sola pierna. Vista desde arriba. Separas los segmentos y los colocas uno junto al otro. Más o menos como habías supuesto. El superior es el más largo y la pérdida del cuerpo sentado mayor, cuando lo está a la altura de las rodillas. Dejas los trozos ahí tirados y abres los ojos para encontrarla ahí sentada, delante de ti. Silencio sepulcral. Los labios rojos no te devuelven la sonrisa. tu mirada desciende hasta los pechos. No los recuerdas tan grandes. Hasta el abdomen. La misma impresión. Se funde en el de tu padre, que sobresale de la cintura desabrochada. ¿Será que está encinta sin que hayas pedido su mano siquiera? Vuelves a ensimismarte. También ella, sin que lo imaginaras siquiera, ha cerrado los ojos. Conque estáis sentados en el cenador. Con los ojos cerrados y las manos en el pubis. Con esa luz irisada. Ese silencio sepulcral.

Agotado por ese despliegue de imaginación, ceja y todo cesa. Hasta que, al sentir de nuevo la necesidad de compañía, decide llamar al oyente M al menos. Para facilitar la referencia. Y a sí mismo con otra letra. W. Imaginándolo todo, incluido él mismo, para hacerse compañía. En la misma obscuridad que M, la última vez que se supo de él. En qué posición, y si fijo o móvil, está por saber. Además, se dice a sí mismo, refiriéndose a sí mismo: "La última vez que se refirió a sí mismo fue para decir que estaba en la misma obscuridad que su criatura." No en otra, como al principio pareció posible. La misma. Pues es más compañía. Y que faltaba por imaginar su posición en ella. Y por decidir si fijo o móvil. ¿Con cuál de todas las posiciones imaginables había menos probabilidad de cansarse? ¿Cuál más divertida a la larga: en movimiento o en reposo? Y demasiado pronto para saberlo en un instante. ¿Y por qué no decir, después de todo, sin esperar más, aquello de lo que después puede uno desdecirse? Y si no puede, ¿qué? ¿Podría ahora, si lo deseara, irse de la obscuridad que escogió la última vez que se supo de él y trasladarse, alejándose de su criatura, a otra? Si ahora decidiera permanecer tumbado y después se arrepintiese, ¿podría, entonces, ponerse en pie, por ejemplo, y apoyarse contra una pared o pasearse de acá para allá? ¿Podría imaginarse a M en otra posición: en una poltrona? ¿Con las manos libres para ir en su ayuda? Ahí, en la misma obscuridad que su criatura, se entrega a esas perplejidades, al tiempo que se pregunta, como suele hacer de vez en cuando, para sus adentros, si los males del mundo siguen siendo lo que eran. En sus tiempos.

M hasta ahora como sigue. Boca arriba en un lugar obscuro de forma y dimensiones aún por imaginar. Oyendo una voz intermitente, que no sabe si va dirigida a él o a otro que comparte su situación. Pues no hay nada que demuestre, cuando aquélla describe correctamente su situación, que la descripción no vaya destinada a otro en la misma situación. Vaga inquietud ante la vaga idea de estar tal vez acertando a oír una confidencia, cuando oye, por ejemplo: "Estás boca arriba en la obscuridad." Dudas que se disipan poco a poco, a medida que la voz, en lugar de diseminarse por todos lados, lo envuelve. Cuando cesa, no oye sino su aliento. Cuando cesa largo rato, vaga esperanza de que no se vuelva a oír. Actividad mental mediocre. Escasos destellos de razonamiento en vano. Esperanza y desesperación y sentimientos semejantes, apenas experimentados. Origen confuso de la situación actual. No es que pueda compararse el entonces con el ahora. Sólo se mueven los párpados. Cuando, cansado el ojo de la obscuridad exterior e interior, se cierran y se abren, respectivamente. Alguna esperanza de llegar a poder hacer, con moderación, otros pequeños movimientos localizados. Pero no ha habido mejora con los conseguidos hasta ahora. Ni, en un plano más elevado, con contribuciones a la compañía tales como arrebatos de tristeza sostenida o deseo o remoridimiento o curiosidad o ira y demás. Ni con un acto intelectual logrado, como pensar para sus adentros refiriéndose a sí mismo:"Ya que no puede pensar, dejará de intentarlo." ¿Algo que añadir a este bosquejo? Su innombrabilidad. Hasta M debe desaprecer. Así W recuerda a sí mismo su criatura, tal como ha sido creada hasta ahora. ¿W? Pero si también W es una criatura. Ficción.

Otro más, entonces. Del cual nada. Imaginando ficciones para mitigar su nada. Déjalo rápido. Pausa y después presa del pánico para sus adentros: "Déjalo rápido."

Imaginado inventor imaginándolo todo para hacerse compañía. En la misma obscuridad ficticia que sus ficciones. En qué postura y si en la misma o no que el oyente, aún no imaginado definitivamente. ¿No es bastante uno inmóvil? ¿Por qué duplicar ese factor concreto de consuelo? Entonces, que se mueva. Sin exageración. A gatas. Un gatear moderado, con el torso bien separado del suelo y los ojos mirando al frente vigilantes. Si eso no es mejor que nada, anularlo. De ser posible. Y en el vacío recuperado, otro movimiento. O ninguno. Con lo que sólo quedará por imaginar la posición más útil. Pero, por seguir adelante, que gatee. Gatee y caiga. Vuelva a gatear y vuelva a caer. En la misma obscuridad ficticia que sus ficciones.

Tras errar largo rato como extraviada, la voz encuentra su lugar y su tenue tono constante. Su lugar, ¿dónde? Imaginar con cautela.

Por encima del rostro vuelto hacia arriba. Perpendicular a la coronilla. De tal modo, que, a la mortecina luz que emite, si hubiera una boca por ver, no la vería. Aun cuando girara los ojos en las órbitas. ¿Altura del suelo? La longitud del brazo. ¿Fuerza? Débil. La de una madre inclinada sobre la cuna por detrás de la cabecera. Se hace a un lado para dejar mirar al padre. Este, a su vez, murmura al recién nacido. El mismo tono monótono. Ni rastro de amor.

Estás boca arriba al pie de un temblor. A su trémula sombra. Ella en ángulo recto, apoyada en los codos y con la cabeza entre las manos. Tus ojos, abiertos y cerrados, han mirado a los suyos mirando a los tuyos. En tu obscuridad los miras otra vez. Te notas en el rostro el roce de su larga cabellera negra moviéndose en el aire inmóvil. Dentro de la tienda de pelo vuestros rostros están invisibles. Ella murmura: "Escucha las hojas." Mirándoos a los ojos, escucháis las hojas. En su trémula sombra.

Entonces, gateando y cayendo. Volviendo a gatear y volviendo a caer. Si, al final, no es mejora de nada, en último extremo puede caer de una vez por todas. O no haberse puesto nunca de rodillas. Imaginar cómo puede dicho gatear, a diferencia de la voz, servir para cartografiar la zona. Aunque sea aproximadamente. En primer lugar, ¿cuál es la unidad del gatear? Correspondiente a la pisada de la locomoción, erguido. Se pone a gatas y se apresta a arrancar. Manos y rodillas en los ángulos de un rectángulo de dos pies de largo y de la anchura que se quiera. Por fin, la rodilla izquierda, pongamos por caso, avanza seis pulgadas, con lo que reduce la cuarta parte de distancia entre ella y la mano homóloga. Que, a su vez, avanza, a su debido tiempo, lo mismo. El rectángulo, ahora romboide. Pero sólo por el tiempo que necesitan rodilla y mano derechas para hacer lo propio. Restablecido el rectángulo. Así sucesivamente. De todas las formas de gatear ésta, la ambladura reptante, la menos común posiblemente. Y, por eso, de todas la más divertida tal vez.

Así, mientras gatea, el cálculo mental. Grano tras grano en la cabeza. Uno dos tres cuatro uno. Rodilla mano rodilla mano dos. Un pie. Hasta después de cinco, pongamos por caso, cae. Luego, antes o después, a partir de cero de nuevo. Un dos tres cuatro uno. Rodilla mano rodilla mano dos. Seis. Así sucesivamente. En línea, de ser posible, recta. Hasta que, al no haber encontrado obstáculo alguno, se dirige hacia atrás por el camino por el que ha venido. A partir de cero. O en otra dirección diferente. En la que espera sea línea recta. Hasta que, al no encontrar tampoco fin para sus esfuerzos, renuncia y emprende otro rumbo más. A partir de cero. Perfectamente consciente, o apenas dubitativo, de que la obscuridad puede desviar. En sentido opuesto a las agujas del reloj a causa del corazón. O, al contrario, convertir en rectilínea la elipse deliberada. Sea como fuere y por mucho que gatee, ningún límite aún. Imaginable aún. Mano rodilla mano rodilla cuanto quiera. Obscuridad sin límite.

¿Sería razonable imaginar al oyente en estado de total inercia mental? Excepto cuando oye. Es decir, cuando suena la voz. Pues, ¿qué, si no ésta y su aliento, le cabe oír? ¡Ajá! El gatear. ¿Oye el gatear? ¿La caída? Qué aportación a la compañía, si llegara a oír, aunque sólo fuera, el gatear. La caída. El alzarse a cuatro patas de nuevo. El gatear reanudado. Y se preguntara para sus adentros por el significado de semejantes sonidos. Reservarlo para un momento más monótono. ¿Qué si no el sonido, podría poner en movimiento su mente? ¿La vista? Tremenda tentación de decretar que no hay nada que ver. Pero demasiado tarde por el momento. Pues ve un cambio en la obscuridad, cuando abre o cierra los ojos. Y puede que vea la mortecina luz que emite la voz imaginada. A la ligera imaginada. Luz infinitamente mortecina, desde luego, ya que ahora apenas si es un murmullo. Ahí ve de repente cómo se le cierran los ojos en cuanto suena la voz. De tenerlo abiertos en ese momento. Conque la luz, la más mortecina luz que es, sólo se percibe el tiempo de caer el párpado. ¿Gusto? ¿El gusto en la boca? Hace tiempo que no lo nota. ¿Tacto? La presión del suelo contra sus huesos. Desde el calcáneo hasta la protuberancia de filogenitividad. ¿No podría una inclinación a moverse rizar su apatía? ¿A ponerse de costado? ¿O boca abajo? Para variar. Hágase ese mínimo deseo. Con el consiguiente alivio de que haya pasado la época en que podría retorcerse en vano. ¿Olor? ¿El suyo? Hace mucho que no lo nota. Y es barrera para otros, de haberlos. Como el que podría haber desprendido alguna vez una rata muerta mucho tiempo ha. O cualquier otra carroña. Por imaginar. A no ser que el gateador huela. ¡Ajá! El creador a gatas. ¿Sería razonable imaginar que el creador a gatas oliera? Aún más fétido que su criatura. Provocando de vez en cuando el asombro de esa mente tan ajena al asombro, que se pregunta qué es lo que puede producir ese olor extraño. De dónde procederán esas ráfagas nauseabundas. Qué aportación a la compañía, si su creador pudiera oler. Si al menos él pudiese oler a su creador. ¿Un sexto sentido? ¿Inexplicable premonición de desgracia inminente? ¿Sí o no? No. ¿Razón pura? Más allá de la experiencia. Dios es amor. ¿Sí o no? No.

¿Puede el creador a gatas, que gatea en la misma obscuridad creada que su criatura, crear mientras gatea? Pregunta que se hacía, entre otras, mientras, entre dos paseos a gatas, se quedaba tumbado. Y si la respuesta evidente no era difícil de encontrar, la más útil era harina de otro costal. Y necesitó muchos paseos a gatas y el mismo número de prosternaciones antes de poder, por fin, hacer acopio de imaginación a ese respecto. Al tiempo, como siempre, que añadía sin convicción que ninguna respuesta suya era sagrada. Pasara lo que pasase, la respuesta que aventuró fue que no, no podía. Gatear en la obscuridad del modo descrito era asunto demasiado serio y absorbente como para permitir cualquier otra actividad, aunque sólo fuera la de hacer aparecer algo dela nada. Pues no sólo, y tal vez demasiado a la ligera, se le había ocurrido recorrer el terreno de ese modo especial, sino también avanzar en línea recta lo más posible. Y, además, contar, a medida que lo hacía, sumando medio pie tras medio pie y retener en la memoria la suma, en cambio incesante, de los ya contados. Y, por último, mantener ojos y oídos bien alerta, al acecho de cualquier pista, por pequeña que fuera, respecto a la naturaleza del lugar en que la imaginación, tal vez irreflexivamente, lo había colocado. Conque, al tiempo que deploraba una ocurrencia tan dominada por la razón y observaba la revocabilidad de sus vuelos, no pudo por menos de responder, al final, que no, no podía. No podía, en modo alguno concebible, crear gateando en la misma obscuridad creada que su criatura.

Una playa. El atardecer. La luz se extingue. Pronto no quedará ni sombra. No. No habrá entonces ausencia de luz. Iba extinguiéndose y nunca acababa de desaparecer. Estás de espaldas al mar. No se oye otro ruido que el de ésta. Cada vez más apagado, a medida que se aleja. Hasta que vuelve despacio. Te apoyas en un largo bastón. Tus manos descansan en el pomo y la cabeza en aquéllas. Si se abrieran tus ojos, lo primero que verían muy abajo y en los últimos rayos serían los bajos de tu abrigo y las palas de tus botas hundidos en la arena. Después y sola, hasta desparecer, la sombra del bastón en la arena. Desaparecer de tu vista. Noche sin luna ni estrellas. Si se abrieran tus ojos, la obscuridad se aclararía.

Gatea y cae. Se queda tumbado. Tumbado en la obscuridad con los ojos cerrados descansando del paseo a gatas. Reponiéndose. Físicamente y de su decepción por haber vuelto a gatear en vano. Tal vez diciéndose a sí mismo: "¿Por qué gatear? ¿Por qué no yacer en la obscuridad con los ojos cerrados y renunciar?" Renunciar a todo. Olvidarse de todo. Del paseo a gatas sin botas y de las ficciones vanas. Pero, si a veces lo invade el desaliento, nunca por mucho tiempo. Pues poco a poco, mientras permanece tumbado, renace el anhelo de compañía. En la que escapar de la suya. La necesidad de volver a oír esa voz. Aunque sólo sea para decir: "Estás boca arriba en la obscuridad." O para decir: "Viste la luz por primera vez y lloraste el anochecer del día en que en la obscuridad Cristo a la novena hora gimió y murió." La necesidad, con los ojos cerrados para mejor oír, de ver esa luz derramada. O, con el añadido de una debilidad humana, de mejorar al oyente. Por ejemplo, un picor fuera del alcance de la mano o, mejor aún, al alcance de su mano inerte. Un picor imposible de rascar. ¡Qué aportación a la compañía será eso! O, en última instancia, de preguntarse a sí mismo qué quiere decir exactamente cuando dice, sin precisión, de sí mismo que yace. Cuál, en otras palabras, de todas las innumerables formas de yacer, tiene más probabilidad de resultar la más agradable a la larga. Si, tras gatear del modo descrito, cae, normalmente lo hará de cabeza. De hecho, dado su grado de fatiga y desánimo en ese momento, resulta difícil de imaginar que pudiera ser de otro modo. Pero, una vez caído y tumbado boca abajo, no hay razón para que no se vuelva a fin de colocarse sobre uno u otro costado boca arriba y, de ofrecer cualquiera de esas tres posiciones mejor compañía que cualquiera de las otras tres, yacer así. La de tumbado boca arriba, pese a ser la más tentadora, ha de rechazarla al final, por habera presentado ya el oyente. Respecto a las de costado, una mirada basta para desecharlas, las dos. Con lo que no le queda otra posición que la de tumbado boca abajo. Pero, ¿cómo boca abajo? ¿Boca abajo cómo? ¿Dispuestas cómo las piernas? ¿Los brazos? ¿La cabeza? Boca abajo en la obscuridad, se esfuerza por ver cuál es la forma mejor de estar tumbado boca abajo. Cuál es más compañía.

Ver más claro al oyente. ¿Cuál, de todas las formas de yacer boca arriba, tiene menos probabilidad de cansar a la larga? Tras muchos esfuerzos, con los ojos cerrados y boca abajo en la obscuridad, empieza a vislumbrarla. Pero primero, ¿desnudo o cubierto? Aunque sólo sea con una manta. Desnudo. Espectral, a la luz de la voz, esa carne, blanca como hueso, de compañía. Con la cabeza descansando sobre todo en la protuberancia occipital antes citada. Las piernas juntas en posición de firmes. Los pies separados noventa grados. Las manos, sujetas con esposas invisibles, cruzadas sobre el pubis. Otros detalles según se sienta la necesidad. Déjalo así de momento.

Petrificado con los infortunios de tu especie, alzas, no obstante, la cabeza de entre las manos y abres los ojos. Sin moverte del sitio, enciendes la luz situada por encima de ti. Tus ojos se fijan en el reloj situado debajo. Pero, en lugar de consultar la hora de la noche, siguen los giros de la manecilla del segundero, que tan pronto precede y tan pronto sigue a su sombra. Horas después, te has hecho la siguiente composición de lugar. A los 60 y a los 30 segundos, la manecilla oculta la sombra. De los 60 a los 30, la sombra precede a la manecilla a una distancia que aumenta de cero a 60 hasta un máximo de 15 y a partir de ahí decrece hasta un nuevo cero a los 30. De los 30 a los 60 la sombra sigue a la manecilla a una distancia que aumenta de cero a 30 hasta un máximo a los 45 y a partir de ahí decrece hasta un nuevo cero a los 60. Si, alumbrando la esfera con luz inclinada, desplazas una u otra a uno u otro lado, la manecilla oculta la sombra en dos puntos muy distintos, como, por ejemplo, 50 y 20. En dos puntos cualesquiera, en realidad, según el grado de inclinación. Pero, por grande o pequeña que sea la inclinación y por mayor o menor que sea el alejamiento entre los iniciales 60 y 30 y los nuevos puntos de sombra cero, el espacio entre ellos sigue siendo de 30 segundos. La sombra surge de debajo de la manecilla en cualquier punto de su recorrido para seguirla o precederla por espacio de 30 segundos. Después desaparece por una fracción de segundo antes de reaparecer para precederla o seguirla por espacio de otros 30 segundos. Y así sucesivamente. Esa parece ser la única constante. Pues la propia distancia entre la manecilla y la sombra varía con el grado de inclinación. Pero, por grande o pequeña que sea dicha distancia, invariablemente aumenta y decrece del cero al máximo 15 segundos después y a cero de nuevo también 15 segundos después, respectivamente. Y así a continuación. Esa sería, al parecer, una segunda constante. Podrías haber observado otros detalles respecto a esa manecilla del segundero y su sombra y su, al parecer, infinita rotación paralela en torno a la esfera y haber revelado otras variables y constantes y haber corregido errores, de haberlos, en lo que te había parecido hasta entonces. Pero, incapaz de continuar, dejas caer de nuevo la cabeza donde estaba y con los ojos cerrados vuelves a los infortunios de tu especie. El amanecer te encuentra aún en esa posición. El sol bajo te inunda por la ventana que da al este y arroja por el suelo tu sombra y la de la lámpara, aún encendida, situada por encima de ti. Y la de los demás objetos también.

¡Qué visiones en la obscuridad de la luz! ¿Quién exclama así? ¿Quien pregunta quién es quien exclama: "¡Qué visiones en la obscuridad sin sombra de la luz y la sombra!"? ¿Otro más aún? Imaginándolo todo para hacerse compañía. ¡Qué aportación a la compañía sería! Otro más aún imaginándolo todo para hacerse compañía. Déjalo rápido.

Para acabar a toda costa y como fuera, cuando ya no podías salir, te sentabas acurrucado en la obscuridad. Tras haber hecho desde los primeros pasos unas veinticinco mil leguas o tres veces, más o menos, el recorrido. Sin sobrepasar ni una vez un radio de una de tu hogar. ¡Tu hogar! Así se encontraba sentado, esperando a quedar purificado, el fabricante de laúdes que arrancó a Dante su primer cuarto de sonrisa y ahora tal vez cantando alabanzas esté por fin con alguna sección de los bienaventurados. Al cual, en todo caso, decimos adiós aquí. El lugar carece de ventana. Cuando, como haces a veces para evacuar el fluido, abres los ojos, la obscuridad disminuye. Así,pues, tú, ahora boca arriba en la obscuridad, antes te sentaste acurrucado ahí, tras haberte tu cuerpo demostrado que no podía salir más. A caminar por los serpenteantes senderos vecinales y pastos interyacentes, tan pronto llenos de rebaños y tan pronto desiertos. Durante muchos años con la sombra, a tu lado, de tu padre en sus viejos harapos de vagabundo y después durante años solo. Añadiendo paso a paso a la suma, siempre en aumento, de los ya dados. Deteniéndote de vez en cuando con la cabeza gacha para grabar en la memoria el total. Después en marcha de nuevo a partir de cero. Asi acurrucado, te descubres imaginando que no estás solo, aun sabiendo de sobra que nada ha ocurrido que lo haga posible. No obstante, el proceso continúa envuelto, por así decir, en su absurdo. No murmuras palabra por palabra: "Sabía que estaba condenado al fracaso y, aun así, persisto." No, porque la primera persona del singular y, a fortiori, la del plural nunca han figurado en tu vocabulario. Pero, sin decir palabra, te ves a ti mismo en ese sentido, como verías a un extraño que padeciera la enfermedad de Hodgkin, pongamos por caso, o, si prefieres, la de Percival Pott, sorprendido en plena oración. De vez en cuando, con gracia inesperada, te tumbas. Simultáneamente las diferentes partes se ponen en marcha. Los brazos sueltan las rodillas. La cabeza se alza. Las piernas se estiran. El tronco se echa hacia atrás. Y, junto con otros innumerables, continúan a su modo respctivo hasta que no pueden seguir y se inmovilizan a un tiempo. Boca arriba ahora, reanudas tu cuento en el momento en que lo interrumpió el acto de tumbarte. Y prosigues hasta que la operación opuesta lo vuelve a interrumpir. Conque en la obscuridad, ora acurrucado ora tumbado boca arriba, te esfuerzas en vano. Y así como el paso de la primera posición a la segunda te resulta cada vez más fácil con el tiempo y te sientes más dispuesto a darlo, así sucede lo contrario con el paso de la segunda posición a la primera. Hasta que la posición boca arriba, de alivio ocasional que era, pasa a ser habitual y, al final, se convierte en la regla. Tú, ahora boca arriba en la obscuridad, no volverás a erguirte para rodear las rodillas con los brazos y bajar la cabeza hasta más no poder. Sino que, con la cabeza vuelta hacia arriba para siempre, te esforzarás en vano con tu cuento. Hasta que al final oigas las palabras tocar a su fin. Cada fútil palabra un poco más cerca de la última. Y con ellas el cuento. El cuento de otro contigo en la obscuridad. El cuento de alguien contando un cuento contigo en la obscuridad. Y cuánto mejor, a fin de cuentas, las penas perdidas y el silencio. Y tú, como siempre has estado.

Solo.


Traducción: Carlos Manzano
Barcelona, 1982
Transcripción y fuente: La fogonera
Imagen: Beckett pendant une repetition de En attendant Godot, 1961 © Photo Roger Pic


24 mar. 2014

Samuel Beckett - De posiciones

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1

Está cabeza descubierta, pies descalzos, y vestido con un jersey y un pantalón ceñido demasiado corto, sus manos se lo han dicho, y redicho, y sus pies, tocándose uno a otro y frotándose contra las piernas, a lo largo de la pantorrilla y de la tibia. Con este aspecto vagamente penitenciario ninguno de sus recuerdos responde aún, pero todos poseen pesadez, en este terreno, amplitud y espesor. La gran cabeza donde sufre no es más que una risa, se va, volverá. Un día se verá, toda la parte delantera, del pecho a los pies, y los brazos, y finalmente las manos, detenidamente, revés y palma, primero rígidas al extremo del brazo, luego completamente cerca, temblorosas, bajo los ojos. Se detiene, por vez primera desde que se sabe en marcha, un pie delante del otro, el más alto todo a lo largo, el más bajo sobre la punta, y espera que eso se decida. Luego reanuda la marcha. No va a tientas, a pesar de la oscuridad, no extiende los brazos, no abre desmesuradamente las manos, no retiene los pies antes de posarlos. Así que se estrella a menudo, es decir, en cada curva, contra las paredes que circundan el camino, contra la de la derecha cuando gira a la izquierda, contra la de la izquierda cuando gira a la derecha, ora con el pie, ora con la parte de arriba de la cabeza, pues se mantiene inclinado, a causa de la rampa, y además porque siempre se mantiene inclinado, con la espalda encorvada, la cabeza hacia delante y los ojos bajados. Pierde sangre, pero en pequeña cantidad, las pequeñas llagas tienen tiempo de cerrarse, antes de que vuelvan a abrirse, camina tan despacio. En lugares las paredes se tocan casi, son entonces los hombres los que se dan. Pero en vez de detenerse e incluso de dar media vuelta, diciéndose, Aquí se acaba el paseo, ahora hay que llegar al otro extremo y volver a empezar, en vez de eso hace entrar en acción su flanco en el estrechamiento y así poco a poco llega a franquearlo, con gran daño en pecho y espalda. Sus ojos, a fuerza de ofrecerse a la oscuridad, ¿comienzan a penetrarla? No, y ésa es una de las razones por las que los cierra cada vez más, cada vez más a menudo, cada vez durante más tiempo. Es que va creciendo en él el deseo de ahorrarse toda fatiga inútil, como por ejemplo la de mirar ante sí, e incluso a su alrededor, hora tras hora, día tras día, sin nunca ver nada. No es momento para hablar de sus errores, pero quizá se equivocó al no persistir, en sus esfuerzos para penetrar la oscuridad. Pues habría terminado por conseguirlo, en cierta medida, y todo habría sido más alegre, un rayo de luz, eso pone enseguida más alegre. Y todo podrá iluminarse de un momento a otro, primero insensiblemente y luego, cómo decirlo, luego cada vez más, hasta que todo esté inundado de claridad, el camino, el suelo, las paredes, la bóveda, él mismo, todo eso inundado de luz sin que él lo sepa. La luna podrá encuadrarse al fondo de la perspectiva, un palmo de cielo estrellado o soleado más o menos, sin que él pueda gozarse con ello y apresurar el paso, o al contrario dar media vuelta, mientras aún hay tiempo, y desandar camino. En fin que por el momento todo marcha, y eso es lo esencial. Las piernas sobre todo, parece tenerlas en buen estado, eso es importante, Murphy tenía excelentes piernas. La cabeza está aún un poco débil, tarda en recuperarse, esa parte. Débil, puede seguir así, puede incluso debilitarse más sin que eso tenga mayores consecuencias. Ni rastro de locura en todo caso, por el momento, eso es importante. Bagaje reducido, pero bien equilibrado. ¿El corazón? Bien. Se pone en marcha de nuevo. ¿El resto? Bien. Ya ajustará cuentas. Pero he ahí que habiendo girado a la derecha, por ejemplo, en vez de girar a la izquierda un poco más lejos, gira de nuevo a la derecha. Y he ahí todavía que un poco más lejos, en vez de girar finalmente a la izquierda, gira una vez más a la derecha. Y así sucesivamente hasta el momento en que, en vez de girar una vez más a la derecha como sería de esperar, gira a la izquierda. Y durante algún tiempo sus zigzags recobran su curso normal, desviándole alternativamente a derecha y a izquierda, es decir, llevándole recto hacia delante, o poco falta, pero según un eje que ya no es el de partida, el del momento más bien en que tuvo de pronto conciencia de haber partido, y que quizá lo sigue siendo después de todo. Pues si hay largos períodos en que la derecha prevalece sobre la izquierda, hay otros en los que la izquierda prevalece sobre la derecha. Poco importa en todo caso, desde el momento en que sube siempre. Pero he ahí que un poco más lejos se pone a bajar una pendiente tan abrupta que tiene que echarse hacia atrás para no caer. ¿Dónde pues le espera ella, la vida, con relación a su punto de partida, al punto más bien en que tuvo de pronto conciencia de haber partido, arriba o abajo? ¿O acabarán por anularse, las largas subidas suaves y los breves descensos en picado? Poco importa en todo caso, desde el momento en que está en el buen camino, y lo está, pues no hay otros, a menos que los haya sobrepasado, uno tras otro, sin darse cuenta. Paredes y suelo, si no de piedra, tienen su dureza, al tacto, y son húmedas. Aquéllas, algunos días, se detiene para lamerlas. La fauna, si la hay, es silenciosa. Los únicos ruidos, aparte los del cuerpo que avanza, son de caída. Es una gran gota que cae finalmente de muy alto y se estrella, una masa dura que de repente abandona su lugar y se precipita hacia abajo, materias más ligeras que lentamente se derrumban. El eco entonces se hace oír, tan fuerte al principio como el ruido que lo despierta y repitiéndose a veces hasta veinte veces, cada vez un poco más débil, no, algunas veces más fuerte que el anterior, antes de calmarse. Luego hay silencio de nuevo, roto solamente por el ruido, débil y complejo, del cuerpo que avanza. Pero esos ruidos de caída son poco frecuentes, más a menudo es el silencio el que reina, roto solamente por los ruidos del cuerpo que avanza, el de los pies desnudos sobre el suelo húmedo, el del aliento un poco ahogado, el de los choques contra las paredes, el del tránsito por los estrechamientos, el de la ropa, el del jersey y el pantalón, prestándose a los movimientos del cuerpo y oponiéndose a ellos, despegándose de la piel sudorosa antes de volverse a pegar, desgarrándose y agitados en los lugares hechos ya jirones por bruscos alborotos pronto calmados, y finalmente el de las manos que por momentos pasan y vuelven a pasar por todas las partes del cuerpo que pueden alcanzar sin fatiga. Él no ha caído aún. El aire es muy malo. A veces se detiene y se apoya contra una pared, con los pies acomodados contra la otra. Tiene ya un cierto número de recuerdos, desde el del día en que tuvo de pronto conciencia de estar allí, en ese mismo camino que le arrastra todavía, hasta el último de todos, el de haberse detenido para apoyarse contra la pared, tiene ya su pequeño pasado, casi unas costumbres. Pero todo eso es aún precario. Y a menudo se sorprende, en marcha y cuando descansa, pero sobre todo en marcha, pues descansa poco, tan desprovisto de historia como el primer día, en ese mismo camino, que es su comienzo, los días de gran memoria. Pero ahora más a menudo, pasada la primera sorpresa, le vuelve la memoria, y le conduce, si él quiere, lejos hacia atrás hasta aquel instante más allá del cual nada, y en el que ya era viejo, es decir cerca de la muerte, y sabía, sin poder recordar haber vivido, lo que son la vejez y la muerte, entre otras cosas capitales. Pero todo eso es aún precario y a menudo debuta, viejo, en sus negros meandros, y da sus primeros pasos, antes de saberlos solamente los últimos, o más recientes. El aire es tan malo que sólo puede sobrevivir en él quien no haya nunca respirado el verdadero, el libre, o no lo haya respirado desde hace mucho. Y ese aire libre, si tuviera que suceder bruscamente al de este lugar, le sería sin duda fatal, al cabo de algunas bocanadas. Pero el paso de uno a otro se hará sin duda suavemente, en el momento deseado, y poco a poco, a medida que el hombre se acerque a la salida. Y ya tal vez el aire es menos malo que en el momento de la partida, que en el momento o sea en que tuvo de pronto conciencia de haber partido. Poco a poco en todo caso su historia se constituye, jalonada si no de días buenos y malos, sí al menos de ciertas señales establecidas, con razón o sin ella, en el dominio del acontecimiento, por ejemplo el estrechamiento más pequeño, la caída más resonante, el derrumbamiento más largo, el eco más largo, el choque más fuerte, el descenso más abrupto, el mayor número de curvas sucesivas en el mismo sentido, la fatiga mayor, el más largo descanso, la amnesia más larga y el silencio, abstracción hecha del ruido que hace al avanzar, más largo. Ah, sí, y el tránsito más fecundo de todos por todas las partes del cuerpo a su alcance por una parte de las manos, por otra de los pies, fríos y húmedos. Y la mejor lamida de pared. Resumiendo todas las cimas. Y luego otras cimas, apenas menos elevadas, como un choque tan fuerte que le había faltado poco para ser el más fuerte de todos. Y luego todavía otras cimas, apenas más bajas, una lamida de pared tan buena que valía tanto como la que estuvo a punto de ser la mejor. Después poco, o nada, hasta los mínimos, también ellos inolvidables, los días de gran memoria, un ruido de caída tan debilitado, por el alejamiento, o por el poco peso, o por la poca distancia recorrida, entre la salida y la llegada, que él tal vez había imaginado, o aún, otro ejemplo, dos curvas solamente sucediéndose, sea a la izquierda, sea a la derecha, pero ése es un mal ejemplo. Y otras señales le eran proporcionadas aún por las primeras veces, e incluso por las segundas. El primer estrechamiento, por ejemplo, sin duda porque no lo esperaba, no le había impresionado menos fuertemente que el estrechamiento más pequeño, lo mismo que el segundo derrumbamiento, sin duda porque se lo esperaba, le había dejado un recuerdo tan tenaz como el que había durado menos. Sea cual sea su historia va constituyéndose así, e incluso modificándose, en la medida en que nuevos altos y nuevos bajos vienen a empujar hacia la sombra y el olvido a los temporalmente en puestos de honor y en que otros elementos y motivos, como estos huesos de los que pronto se tratará, y a fondo, por la importancia que tienen, vienen a enriquecerlo.

2

Renuncié antes de nacer, no es posible de otro modo, era preciso sin embargo, que eso naciese, fue él, yo estaba dentro, así es cómo yo lo veo, él fue quien gritó, él fue quien salió a la luz, yo no grité, yo no salí a la luz, es imposible que yo tenga voz, es imposible que yo tenga pensamientos, y yo hablo y pienso, hago lo imposible, no es posible de otro modo, es él quien ha vivido, yo no he vivido, ha malvivido, por culpa mía, va a matarse, por culpa mía, voy a contarlo, voy a contar su muerte, el final de su vida y su muerte, poco a poco, en presente, su sola muerte no sería bastante, no me bastaría, si tiene estertores, es él quien tendrá estertores, yo no tendré estertores, es él quien morirá, yo no moriré, tal vez le entierren, si le encuentran, yo estaré dentro, se pudrirá, yo no me pudriré, no quedarán de él más que los huesos, yo estaré dentro, no será más que polvo, yo estaré dentro, no es posible de otro modo, así es cómo yo lo veo, el final de su vida y su muerte, cómo va a arreglárselas para terminar, es imposible que yo lo sepa, lo sabré, poco a poco, es imposible que yo lo diga, lo diré, en presente, ya no se tratará de mí, solamente de él, del final de su vida y de su muerte, del entierro si le encuentran, la cosa terminará ahí, no voy a hablar de gusanos, de huesos y de polvo, eso no le interesa a nadie, a menos que me aburra en su polvo, eso me extrañaría, tanto como en su piel, aquí un silencio prolongado, se ahogará quizá, quería ahogarse, no quería que le encontraran, ya no puede querer nada, pero antaño quería ahogarse, no quería que le encontraran, un agua profunda y una piedra al cuello, impulso apagado como los demás, pero por qué un día a izquierda, por qué, antes que en otra dirección, aquí un silencio prolongado, ya no habrá yo, él no dirá nunca más yo, no dirá nunca nada, no le hablará a nadie, nadie le hablará, no hablará solo, no pensará, irá, yo estaré dentro, se dejará caer para dormir, no en cualquier sitio, dormirá mal, por culpa mía, se levantará para ir más lejos, irá mal, por culpa mía, no podrá quedarse quieto, por culpa mía, ya no hay nada en su cabeza, pondré en ella lo necesario.

3

Horn venía por la noche. Yo lo recibía en la oscuridad. Había aprendido a soportarlo todo salvo ser visto. Le despedía, en los primeros tiempos, al cabo de cinco o seis minutos. Más tarde era él mismo quien se iba, pasado ese plazo. Consultaba sus notas a la luz de una tea eléctrica. Luego apagaba y hablaba en la oscuridad. Luz silencio, oscuridad habla. Hacía cinco o seis años que nadie me había visto, yo el primero. Hablo del rostro, que tanto he palpado, antaño y no hace mucho. Trato ahora de reanudar esta inspección, para que me sirva de lección. Vuelvo a sacar mis cristales y espejos. Terminaré por dejarme ver. Gritaré, si llaman, ¡Adelante! Pero hablo de hace cinco o seis años. Estas indicaciones de duración, y las que han de venir, para que nos sintamos dentro del tiempo. El cuerpo me daba más problemas. Yo me lo ocultaba a mí mismo lo mejor que podía, pero cuando me levantaba forzosamente se hacía ver. Pues empezaba a levantarme. Luego se perjudica uno. Era en todo caso menos grave. Pero el rostro, nada que hacer. Horn pues por la noche. Cuando olvidaba su tea utilizaba cerillas. Le dije, por ejemplo, ¿Y su ropa aquel día?, él encendía, hojeaba, encontraba la información, apagaba y respondía, por ejemplo, La amarilla. No le gustaba que le interrumpiesen y debo decir que raramente tenía yo ocasión de hacerlo. Una noche al interrumpirle le rogué que se iluminara el rostro. Lo hizo, rápidamente, apagó y prosiguió. Al interrumpirle de nuevo le rogué que se callara un instante. La cosa no fue a más. Pero al día siguiente, o quizá solamente dos días después, le rogué de entrada que se iluminara el rostro y que lo mantuviese iluminado hasta nueva orden. Bastante vida en un principio, la luz fue debilitándose hasta no ser más que un resplandor amarillo. Este, para sorpresa mía, persistió durante un momento prolongado. Luego bruscamente se hizo la oscuridad. Horn se fue, transcurridos ya sin duda los cinco o seis minutos. Pero en este punto una de las dos cosas, o bien la extinción había coincidido realmente, por un curioso efecto del azar, con el término de la sesión, o bien fue Horn, sabiendo que era hora de marcharse, quien había cortado los últimos restos de corriente. Me ocurre aún que vuelvo a ver el rostro palideciendo donde me aparecía cada vez más claramente, a medida que la sombra le alcanzaba, aquél cuyo recuerdo yo había conservado. Al final, mientras que inexplicablemente tardaba en disiparse por completo, me había dicho a mí mismo, Sin duda alguna, es él. Es en el espacio interior, que no hay que confundir con el otro, donde estas imágenes se organizan. Me bastó interponer mi mano, o cerrar los ojos, para no verlas más, o más aún, quitarme las gafas, para que se enturbiasen. Es una ventaja. Pero no es una verdadera protección, como vamos a ver. Por eso es por lo que me mantengo preferentemente, cuando me levanto, delante de una superficie unida, parecida a la que domino desde mi cama, hablo del techo. Pues empiezo a levantarme otra vez. Creía haber hecho mi último viaje, aquél en el que aún debo intentar una vez más ver claro, para que me sirva de lección, y al que habría hecho mejor no regresando. Pero tengo cada vez más la impresión de que voy a verme obligado a emprender otro. Empiezo pues a levantarme otra vez y a dar algunos pasos en mi habitación, sosteniéndome en los barrotes de la cama. En el fondo es el atletismo lo que me perdió. De tanto haber saltado y corrido, boxeado y luchado, en mi juventud, y hasta más tarde por lo que atañe a otras especialidades, he gastado la máquina antes de tiempo. Había sobrepasado los cuarenta y todavía saltaba con pértiga.

4

Vieja tierra, ya está bien de mentir, la he visto, era yo, con mis ojos altivos de algún otro, es demasiado tarde. Va a estar sobre mí, será yo, será ella, será nosotros, nunca ha sido nosotros. Quizá no sea para mañana, pero demasiado tarde. Es para pronto, como la miro, y qué rechazo, como ella me rechaza a mí, la tan rechazada. Es un año de abejorros, el año que viene no habrá, ni el año siguiente, míralos bien. Regreso de noche, ellos se echan a volar, sueltan mi pequeña encina y se van, atiborrados, a las sombras. Tristi fummo ne l'aere dolce. Regreso, levanto los brazos, agarro la rama, me pongo de pie y entro en casa. Tres años en la tierra, los que escapan de los topos, además devorar, devorar, durante diez días, quince días, y cada noche el vuelo. Hasta el río, quizá, parten hacia el río. Enciendo, apago, avergonzado, permanezco de pie ante la ventana, voy de una ventana a otra, apoyándome en los muebles. Un instante veo el cielo, los diferentes cielos, luego se hacen rostros, agonías, los diferentes amores, felicidades también, también las ha habido, desgraciadamente. Momentos de una vida, de la mía, entre otras, claro que sí, al fin. Felicidades, qué felicidades, pero qué muertes, qué amores, al momento lo supe, era demasiado tarde. Ah, amar, muriendo, y ver morir, los seres rápidamente queridos, y ser felices, por qué, ah, no vale la pena. No pero ahora, sólo permanecer ahí, de pie ante la ventana, con una mano sobre la pared, la otra cogida a la camisa, y ver el cielo, un poco detenidamente, pero no, hipos y espasmos, mar de una infancia, de otros cielos, otro cuerpo.


En Relatos
Traducción: Ana María Moix, Félix de Azúa y Jenaro Talens
Imagen: Beckett © John Minihan - National Portrait Gallery, London