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21 feb. 2014

Edgar Bayley: Estado de situación

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Quieres sostener en pie los pilares
de un barracón caduco.
Por el techo
y las paredes entran el viento y el agua.
Se confunden el río y el mar cercano.
Quieres mantener sobre las olas
el muelle semihundido,
mientras el tumulto de la corriente
arrastra flores,
troncos,
un mascarón de proa.
Todos se han ido,
estás solo
en una lucha insensata.

No tienes más que una débil camisa,
un pantalón raído y una pala en la mano,
entretanto el agua supera tu cintura
y las olas grandes te voltean y sacuden;
te vuelves a levantar
y esperas tontamente la salida de la luna.
Nada queda del pueblo ya,
lo que plantaste se fue,
los amigos,
los compañeros no están;
se ahogaron los animales.

Las líneas que escribiste,
las promesas que hiciste
se ahogaron también
y,
sobre todo,
se ahogó el amor cruel,
refugiado en la copa del árbol.




En Intramuros, n° 8, octubre 1998
Retrato de Bayley © Julio Martínez Howard

30 dic. 2013

Edgar Bayley: Reconquista

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1

esto lo digo por el flamenco y el polen
por el aire
por el viaje
que de tanto recorrer
y desandar
se me ha vuelto pan todo romero


2

si estoy o no estoy
(quimera verdad campana)
lo mismo da
para el mar y la araucaria


3

avanzan las sombras y las luces
poco a poco
en la bahía
¿estoy despierto?
¿juego mal?
¿elijo bien la flor de mi destino?

todo es igual
victoria o exterminio
igual al fondo de la gruta


4

la casa la partida
el comején la duda
y engaño altar portón estría
nada importan al topo y al orante


5

florecer florecer
una y otra vez
en la tormenta
agridulce escozor
molienda diaria
todo sirve


6

en este salir entrar
en este incendio
ni esparto ni exorcismo
ni manantial

ni cuenca taza
ni escafandra:
sin auxilios
nada más que el rumbo cierto


7

¿pero en qué ribera
hachón
o salamandra
surgirá la fe o la pregunta?


8

¡qué difícil el rostro
el ademán
la altura!
¡oh qué bueno es estar
de verdad
en todo instante
conservar el bastón en la borrasca
aventar la duda
la señal aciaga
madurar
cobijar la adormidera
inocencia y vigilia en una mano!


9

volver
entonces volver
al sueño
al mediodía
y dejar que convivan los jazmines
con los ojos de buey y los lagartos


10

dejar que un rostro oval
un piano
la sentina
surjan de improviso
en la negra muralla embanderada


11

esto veo lentamente
reconozco el monte y el camino



En Antología personal
Buenos Aires, Centro Editor de America Latina, 1983

21 dic. 2013

"Memorias" de Edgar Bayley: del invencionismo al objetivismo

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¿Bayley invencionista?

-1-
Edgar Bayley (Bs.As. 1919-1990) es uno de los principales artífices de la neovanguardia argentina de los 50 y usualmente considerado como invencionista. Esta filiación es más o menos exacta, si hablamos de sus dos primeros poemarios, En común (publicado en 1949) y La vigilia y el viaje (publicado en 1958), y, sobre todo si pensamos en el invencionismo más como una suerte de pronunciamiento de fe (1), que como postulado estético. En verdad aquel enfilamiento de imágenes en Bayley nunca abandonó del todo el referente, aunque lo haya adelgazado hasta el extremo. Un Bayley tan preocupado por proponer un nosotros plural (2) –como el de En común- y tan inmerso en la problemática del tiempo y su condicionamiento de la percepción (3) –como el de La vigilia y el viaje- no es el invencionista que suele pensarse. Sí en cuanto a su rebelión respecto de la poesía argentina anterior, por intimista, confesional y nostalgiosa, pero no en cuanto a sus efectivas realizaciones poéticas. El mismo Bayley, en una entrevista de mediados de los 80, subraya este papel del –ismo en cuestión (4).
Los poemarios tercero y cuarto, respectivamente Ni razón ni palabra (publicado en 1961) y El día (publicado en 1968), marcan la transición hacia una nueva etapa inaugurada con Celebraciones (publicado en 1976), donde aparece con mayor claridad la estética más propia de Bayley, centrada en una sencilla y a la vez rica imaginería de lo dado en presente. El deseo puesto en lo inmediato, latente desde el principio de su producción, ocupa ahora la estructura de superficie, como anécdota referencial y como matriz generadora. El nuevo rumbo poético de Edgar Bayley estará definido por este afecto hacia las cosas, un respeto admirativo nada sentimental y por cierto gozoso que nos permite hablar del objetivismo de este poeta. En verdad es el mismo Bayley del principio, pero ahora alejado de la necesidad de combatir la melancolía crónica y el autobiografismo narcisista que tanto lo exasperaban de muchos de los poetas del llamado grupo del 40.

-2-
Después de leer los dos primeros libros, Ni razón ni palabra y El día provocan un desacomodo, desbaratan la expectativa lectora. El efecto que generan, no unitario, se debe, entre otras cosas, a la indefinición respecto de la modalidad significativa. En En común y en La vigilia y el viaje la pretensión de crear una poesía no referencial sumada a la exaltación de toda vivencia, a una innegable coherencia global y al evidente dominio de la modalidad semiótica otorgaban homogeneidad. Pero en los poemarios tercero y cuarto irrumpe un elemento más acorde con la modalidad simbólica (5) (v.g. en lo que hemos llamado "poemas alegóricos" (6) y con la conciencia predicativa y judicativa del sujeto.
Aclaremos que estas dos modalidades significativas no son excluyentes. Pero, teniendo en cuenta que venimos de frecuentar a un Bayley vanguardista que quería liberar las "valencias" de lo puramente lingüístico, el repentino acento puesto en el mensaje y en la comunicabilidad (y no siendo éste tampoco un rasgo plenamente extendido) crea una zona de contrastes violentos.

-3-
Hay particularmente un poema de El día que opera como óptimo índice del cambio, o, mejor aun, como innegable testimonio de ese cambio. Se trata de "Memorias", la composición que cierra el libro, bastante distinta del resto de las de Bayley hasta ese momento, entre otras cosas por su considerable extensión -veintiún fragmentos numerados-, poco común en nuestro autor. Este poema se destaca, además, porque asume en sí, y de manera lograda, casi todos los grandes temas de Bayley (la más o menos directa pregunta por el pasado, el presente y el futuro; lo cotidiano; lo erótico-amoroso; el oficio poético; el otro, prójimo), de manera que funciona como núcleo condensador de sentido en su producción total, reúne hilos que antes y después participan de otras realizaciones.
Estas recurrencias semánticas son presentadas por un sujeto lírico cuya actitud es una de las que en otro estudio hemos visto como más extendidas en Bayley, la de reflexionar y preguntarse (7). Ya el título, "Memorias", alude en parte a ese ‘sopesar y sacar cuentas’. Esta subjetividad autoindagadora mantiene, no obstante, cierta distancia respecto de sí mismo, rasgo que venía dándose también a lo largo del tercero y del cuarto poemario, y que en este poema está instituido por el género mismo al que apela desde su título.

¿Autobiografía? ¿Monólogo interior?

-1-
"Memorias" guarda relación con un esquema discursivo preexistente que es el de elaborar las propias memorias. En consecuencia, la actitud discursiva que preside esta composición es la de hacer balance.
La mayoría de las veces el género ‘memorias’ supone como fuente de emisión un sujeto ya mayor que recapitula su vida. EB no era tan añoso para la época de El día (contaba con 49 años), pero estaba abandonando la etapa de excusa invencionista, que había embargado buena parte de su entusiasmo juvenil. A la par, en el contexto de la poesía argentina iba surgiendo una línea que adquiriría importante desarrollo, la del sesentismo. En consonancia con ella Bayley depura su poética, ahora abiertamente orientada a una adhesión fervorosa a lo inmediato cotidiano, aunque con una estética propia algo diferente de la más extendida, donde -según la diferencia que César Fernández Moreno hace en el prólogo de Argentino hasta la muerte, de 1963- las palabras tienden a juntarse como diamantes más que como barro, y donde cada una sigue manteniendo alta densidad poética.
Tradicionalmente la elaboración de las propias memorias consiste en una narración que arranca en el pasado. En esta composición, en cambio, el inicio está en un presente absoluto, presente que sostiene una actitud del sujeto totalmente distinta de la sabiduría otorgada por el cúmulo de experiencias vividas. El yo lírico abre su discurso enunciando su ignorancia ("porque no sé no he visto bastante"), de manera que la añosa quietud y el sabio reposo quedan invalidados. El conocimiento posible y el mundo "visto" son lo que importa, pero afirma no poseerlos; hace falta más.
En las subsiguientes estrofas va presentándose lo que debería ser recuerdo y es, en su lugar, una sucesión, como al acaso, de las recurrencias semánticas antes mentadas, bajo la forma de fragmentos oníricos, de expresiones de deseo, de frases insertas sin conexión lógica, de anécdotas sencillas, de agradecimientos y de aseveraciones varias. Estos componentes van alternándose con el movimiento natural, un tanto desordenado, de quien rememora su vida en presente para ver dónde está parado. Varias veces se repiten los adverbios ‘antes’ y ‘después’, que dejan en claro la relevancia del ‘ahora’. Más que evocar, entonces, el yo lírico convoca (8) las partes que componen su vida y ve dónde se ubica cada una; pretende ver cómo diseñan su yo, sin orquestarlos.
En el desarrollo de este hacer memoria voz y focalizador (9) coinciden, ya no solo por la unidad de conciencia, sino porque además casi no aparece un sujeto abocado al rescate del pasado.
Si pensamos en la voz como la conciencia reflexiva volcada en lenguaje, y en el focalizador como la conciencia espontánea de lo percibido, encontramos que voz y focalizador están juntos en este poema. En él el yo lírico se instala en un presente muy marcado, desde donde habla y percibe, hacia adelante o hacia atrás, pero siempre con el foco puesto en el instante actual. Es decir que la atención está centrada en qué sensaciones, dudas y sentimientos le provoca su vida -toda- hoy, y no en el recuerdo del qué ni del cómo.
Estas memorias, entonces, no responden tanto a un deseo de recapitulación al cabo de ya haber vivido, cuanto a un agudo autocuestionamiento, a una crisis personal que pide y ejecuta el cambio.
El yo lírico plantea sus memorias en torno del cuestionamiento de su identidad, que quiere verse a sí misma. De allí que en los distintos fragmentos del poema este sujeto enunciante y actante vaya intercalando sus propias partes, las que más que compartimentos estancos, son cuatro fuerzas urdidas en distinto grado, en una trama variable, que crean el entramado móvil de su identidad: su ESTAR (en el mundo, en "un lugar entre los hombres" (10), su HACER (poesía y reflexión, pero sobre todo poesía), su SER (que se ofrece inestable, incierto y muchas veces disolviéndose, como "propiedad en la arena" o como "una voz al borde de la destrucción" (11) y su DESEAR (la claridad, la visión, y siempre otras vidas, para más claridad y más visión).

-2-
Para conocer el tipo de autoinquisición que lleva a cabo el sujeto es importante descubrir qué orientación axiológica tiene. Para ello es necesario tener en cuenta que la percepción nunca es un registro mecánico, al estilo de una cámara fotográfica, sino que está determinada por una serie de preconceptos, de sentimientos, de acentos y de silencios culturales, tanto en lo personal como en lo colectivo. Para entenderlo mejor precisamos la definición de focalizador como la de "instancia que aprehende, selecciona, evalúa y presenta cierto material que puede pertenecer tanto al ámbito de lo "perceptible" (objetos físicos) como al de lo "imperceptible" (objetos psíquicos, interioridad del personaje)" (Reisz, 1989: 229).
En el poema de Bayley que nos ocupa las memorias se inauguran con un yo que asume como propio el ‘no saber’ y que se manifiesta claramente en crisis al enunciar en la estrofa uno "porque no sé no he visto bastante/ estos soles me parecen distintos/ y la furia y la gana/ van camino de marchitarse"; el sujeto fuertemente deseante de Bayley aquí hace un quiebre, intenso, que lo mueve a preguntarse por el pasado, como se ve en la estrofa dos, donde están implícitas las imágenes de camino, ciudad y caminante (12) para representar la existencia:

en qué robledal
en qué recodo
viví vivieron antes
ella apareció de pronto
cómo pude entrar en ese mundo denso
me doy cuenta ahora
el alcalde mandó cerrar las puertas
y volveré olvidaré
estaré con ustedes
La alusión al pasado surge cada tanto, de manera tenue y más bien indirecta ("voy despacio por los años/ por cabellos cortados"). Pero una y otra vez el focalizador dispara su atención con vehemencia hacia el presente, y la voz da cuenta de objetos más o menos insignificantes, discursivamente despojados, cuyo valor radica únicamente en estar, ni más ni menos, no se destaca otra nota: el radichón, la lechuga, la jarra, el oficio de escribir, la dificultad para explicar y responder ("parece muy difícil explicarlo", "qué quieres que diga"), el recuerdo ("la casa se llovía/ y esa fue la causa del vino triste/ y la mesa vacía"; "era por aquí/ te juro/ aquí estaba la puerta ella/ tantas veces la tuve/ al borde del aire"), el deseo ligado al presente ("no puedo ocultar/ que al final del túnel/ hay espejos muchachas como peces/ prendidas a mi garganta"), el deseo ligado al futuro ("que la luz sea del día/ y renazca en otro cielo"), la propia imagen ("este rostro seco/ esta equivocación") y el deambular como modo de existencia ("voy despacio contando las pizarras", "en lugar de estar adentro bajo techo/ prefiero salir a caminar aunque haga viento", "mientras hacíamos nuestro recorrido").
Podría afirmarse la vigencia aquí de un modelo perceptivo consciente; hay un focalizador consciente de sí mismo, del propio cambio, de su pasado, de su relación con el mundo, del otro (hay variados enunciatarios: nosotros, tú, ustedes) y que se fija deliberadamente en presente. Esta capacidad perceptiva toca/ve/siente a la vez la levedad del ser y la posibilidad de nueva vivencia en cada acaecer y en cada cosa; como culminación de la experiencia, acto seguido, la voz –la poesía- viene a decir (13) la "esperanza viril entre los hombres". (14)

-3-
Esta composición, entonces, al mismo tiempo que responde a un esquema previo, se sale de él -como corresponde a la lírica, según señala Stierle, junto con quien decimos que hay un desvío, pero respecto del discurso, no de la langue-. "Memorias" transgrede el esquema del género que designa presentando una yuxtaposición de variados fenómenos en movimiento, donde no hay una clara articulación narrativa, ni siquiera cohesión lineal.
Pero no sólo identificamos la naturaleza de este poema por negación, por lo que no es. En este salirse del cauce hallamos también una afirmación. En verdad, "Memorias" alcanza un logro mimético. La evaluación de la propia existencia, con todos sus aspectos, surge como surgiría realmente en la interioridad, no como un largo discurso articulado, cohesionado, sino de a pedazos, mezclando, por ejemplo, el gran dolor, la cuenta del teléfono y la tarea que ha embargado la vida entera, la de escribir. El enunciado por momentos es conmovedor, pero nunca demasiado, porque eso provocaría un efecto distinto: sabemos que el yo lírico de Edgar Bayley raras veces se permite desbordes emotivos; por otra parte, ese detenimiento le quitaría fluidez a lo dicho. Este sujeto, con todo su bagaje así presentado, se asume a sí mismo con el sello de la incertidumbre. No una duda sistemática ni patológica, sino la de cualquiera en cualquier día de su vida, cuando, si bien puede proyectarse hacia atrás y hacia delante, siempre quedan espacios no abarcados, aspectos sin controlar, fisuras del ego racional. Varios sintagmas destacan esta condición incierta, por lo pronto la que, de hecho, abre el poema: "porque no sé no he visto bastante". Las preguntas, sin respuesta ahora, continúan ("cómo pude entrar en ese mundo denso"), no hay explicación ("parece muy difícil explicarlo/ y me desmando y callo de repente") ni palabras ("qué quieres que diga/ qué quieres/ antes que amanezca"). El sujeto pierde algunos puntos seguros ("era por aquí/ te juro/ aquí estaba la puerta ella") y llega a desconocer su propia imagen ("no/ este rostro seco/ esta equivocación").

-4-
El logro mimético que acabamos de destacar da pie para observar que esta composición tiene, a la vez, otro modelo pragmático en su base: el monólogo interior. Si tomamos la caracterización que de él hace Susana Reisz lo podemos comprobar; ella sostiene que el monólogo interior es "una suerte de ‘hablar’ interior, de verbalización de percepciones, sentimientos, ráfagas de pensamientos actuales mezclados con recuerdos, fantasías pasadas o presentes, con una organización sintáctica suficientemente incoherente y fragmentaria como para sugerir la simultaneidad y las complejas interacciones de procesos que se desarrollan en distintos estratos de la conciencia" (Reisz, 1989: 237).
Claro que, lírica al fin, también este esquema discursivo primario es transgredido, puesto que no se mantiene la persona; no hablamos ya de la primera del singular, que sería la más característica del género ‘memorias’ –género a su vez englobado en otra macroestructura, la de la autobiografía-. Tampoco se mantiene la tercera, ni la segunda. En el poema de Bayley hay profusión de voces provenientes de la alternancia de personas (1°, 2° y 3° del singular; 3° y 2° del plural). Sin duda, no podemos ceñirnos tampoco al monólogo interior.
El cambio de voces indica un cambio de sujeto lógico, pero no implica cambio de focalizador, que sigue instalado en un presente contundente. Así la identidad del yo lírico es levemente difusa en cuanto a su voz y muy específica en cuanto a su percepción. Se dibuja de esta manera un sujeto lábil, oscilante, que puede interpretarse perfectamente como en trance de cambio y que cobra consistencia a partir de lo que percibe. De hecho, en medio de este desarrollo de la conciencia, frecuentemente confuso, parece haber dos evidencias. Por un lado, la de las cosas insignificantes, su presencia indubitable, como la de la jarra de vidrio verde o la del mortero. En segundo lugar, una vez más, el sujeto posee la certidumbre de fluir, esto es la de devenir de una realización en otra, la de sentir sus bordes como débiles y la de necesitar el desprendimiento para continuar:

[...]
hasta los corazones más heroicos
sólo obtienen honor
un amigo
ansias
muerte prematura
están los que aguardan
y no saben qué hay
en aquel tan precioso lugar
y sólo obtienen fidelidades
consuelo y memoria
pero amanece corremos
y la danza recomienza
con los recién llegados
No parece casual la conjugación de elementos de estos últimos tres versos, donde hallamos el recomienzo ("amanece"), el movimiento como valorado, apreciado ("danza") y el ser otro ("los recién llegados"). La identidad se plantea más bien como un complejo dinámico tejido por los elementos apertura + cambio + yo + otro, elementos en danza que podrían corresponderse, respectivamente con las fuerzas antes mencionados: hacer – estar – ser – desear.

Nuevo "manifiesto"
En esta incipiente nueva etapa hay una composición que actúa a modo de manifiesto, ya no grupal, como fue el del Invencionismo, sino personalísimo. Se trata de "Fidelidad en la encrucijada" (en Ni razón ni palabra: 108), el poema que mejor expresa el deseo y la búsqueda por parte del yo lírico de que su lenguaje cumpla una función existencial, en sociedad (15).
Quien percibe y quien habla en "Fidelidad..." lo hace desde el lugar del poeta, sintagma que ha reemplazado por completo al de ‘hombre’.
En esta "encrucijada" de su obra, que es la transición entre dos períodos, el poeta vuelve a presentarse, vuelve a afirmar lo que considera esencial a su propia constitución poética, aquella con la que quiere lograr la "incandescencia de la palabra". Así enuncia los siguientes principios:

1 - la poesía como "relámpago que hace posible la fraternidad".
2 - el poeta como "testigo de su propia existencia".
3 - la palabra como "vida con los demás. Bien común".
4 - la poesía como "modo de nadar, de estar presente, ajena a las retribuciones del espectáculo"
5- la poesía como "esperanza viril entre los hombres".
6 - el rechazo de "la declamación y la ortopedia del espíritu", de "la retórica de la pureza y la organización de los elegidos".
7 - la "forzosidad de una voz".

Es a estos lineamientos fundamentales de su identidad poética a los que Edgar Bayley se propone guardar "fidelidad" en un momento claramente identificado como crucial. Ésta es su poética, lúcida y conocedora de sí misma, su elegido modo de hacer cuando se plantean los cambios, los nuevos caminos.
Sin duda estos postulados intervienen directamente en el balance que es "Memorias", donde el yo lírico declara abiertamente que no quiere declamar, que lo único que posee es una jarra verde ("una jarra de vidrio verde/ es todo lo que tengo pero la conozco bien") y su oficio ("no soy más que el andamio/ esta rama y este oficio") y que no le interesan reconocimientos, no quiere placas oficiales ("hasta los corazones más heroicos/ sólo obtienen honor/ [...]/ y sólo obtienen fidelidades/ consuelo y memoria/ pero amanece corremos/ y la danza recomienza/ con los recién llegados"). Su interés está en lo fenoménico, nunca permanente, y en la palabra poética asociada con lo vital:

[...]
que cante esta guitarra
y cante cante y cante
que la luz sea del día
y renazca en otro cielo
en otra infancia
que yo vuelva a ser tu novio
y a perderte
y olvido
[...]
La incertidumbre enunciada, escenificada y ostentada en "Memorias" es antes dicha y valorada precisa y brevemente en este poema/manifiesto: "Lo más opuesto a tu fluir propio es la adopción de certidumbres de superficie".

Conclusiones

Magnífico ejemplo de transgresión lírica, "Memorias" se ofrece en principio como autobiografía y como monólogo interior, y en realidad no es acabadamente ninguna de las dos cosas. En verdad, transgrede ambos modelos pragmáticos, porque la atención se desvía para poner el acento en un presente que ya está marcando y reclamando nuevos rumbos, donde el mayor peso recae en el objeto.
Esta preeminencia "objetual" –si se nos perdona el neologismo- emerge insistentemente con posterioridad, como por ejemplo en "Nada más que una piedra/ nada menos" (de "Está presente", Algunos poemas más, 1999: 310), o en "un ladrido es un problema de garganta/ [...]/ ¿para qué más? ¿qué otra certidumbre?" (de "Certidumbre", Nuevos poemas, 1999: 235), o en "si estoy o no estoy/ (quimera verdad campana)/ lo mismo da/ para el mar y la araucaria" (de "Reconquista", Nuevos poemas, 1999: 239), o en "me convenzo del fuego/ me convenzo del agua/ del vapor/ del crisantemo/ de la alondra" (de "Nos conocemos", Celebraciones, 1999: 197).
"Memorias" más que balance es una bisagra entre dos etapas, porque subraya el cambio de estética y muestra la actitud inquisitiva del yo lírico, cuestionador de su propia constitución al replantear su oficio poético y su trayectoria previa.
En este poema el sintagma "ni razón ni palabra", que da título al tercer poemario y a una composición homónima dentro de él, cobra pleno sentido: la existencia, este fluir, no tiene explicación ni puede ser aprehendido más que en retazos, tal como aparece en "Memorias". La disposición para el cambio ahora en curso preexistía y estaba ya enunciada, entre muchos otros lugares, en el poema recién aludido, "ni razón ni palabra":

[...]
es necesario empaparse herirse hundirse
buscar el estallido hasta decir: perdón no soy el mismo
pero el fuego desgrana tus razones de tierra
debes perder la luz plena
los motivos de la victoria
agrio pesado cruel
la ciudad te vuelca te vacía
corazón vacío
miseria burbujeante
[...]
No hay grandes satisfacciones que dar a la pregunta ante la transformación; sólo un desconcierto, nada patético, y la única seguridad de lo inmediato. "Memorias" deja en claro que la pregunta y la búsqueda son a partir de lo cotidiano, relevancia del hecho y del objeto aislados que dan la única respuesta posible y que pasará a Celebraciones.
En la fase siguiente podríamos hablar de invencionismo sólo si recurriéramos a la etimología latina: invenio, -is, -ire, -i, -entum, ‘encontrar’, ‘descubrir’. De aquí en adelante lo determinante –lo único- será el descubrimiento del objeto, o más bien el íntimo encuentro del sujeto con el objeto, nuevo protagonista, y que dará espacio al yo siempre en esta relación dialógica. Los términos mundo y sujeto se han ubicado de manera tal, que lo externo es la probable evidencia y el yo es el pasaje, la fluidez, un fluir que requiere del "olvido" (recurrencia léxica extendida y significativa) para ser:

[...]
más allá del monte
los senderos
el mediodía
y la libertad
quedará la certeza
pero mi casa no dejará su sitio
mi costumbre
un momentáneo o permanente olvido
(de "Sobre el palmar", Celebraciones, 1999: 209)
En "Memorias" el sujeto es abruptamente arrojado al trato directo con las cosas, sin preámbulos, y allí está/es casi contemplativamente. No caben mayores glosas ni desarrollos discursivos a propósito del encuentro (16), lo que importa es el efectivo contacto, para luego pasar, literalmente, a otra cosa.

Notas

(1). Dice Edgar Bayley en su manifiesto "La batalla por la invención" de 1945, "El invencionismo lleva a cabo una negación enérgica de toda melancolía, exalta la condición humana, la fraternidad, el júbilo creador, y apoya su fe en una definición de la realidad" (Bayley, 1999: 737).
(2). Cfr. nuestro artículo "En común de Edgar Bayley: propuesta de un nosotros", leído en el XI Congreso Nacional de Literatura Argentina, organizado por el Departamento de Letras de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales (sede Trelew) de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, los días 7, 8 y 9 de noviembre de 2001.
(3). Cfr. nuestro artículo "Relevancia del fluir en La vigilia y el viaje de Edgar Bayley", Actas del I° Congreso Internacional Celehis de Literatura, Mar del Plata, 6, 7 y 8 de diciembre de 2001, Centro de Letras Hispanoamericanas (Celehis) de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Mar del Plata. ISBN: 987-544-053-1.
(4). "El invencionismo poético –para mí al menos- más que un movimiento fue un llamado de atención hacia la necesidad de privilegiar el lenguaje poético, de atender, no sólo a sus proyecciones semánticas, sintácticas y pragmáticas (de uso) y a sus funciones fónicas y visuales, sino también al modo como habrían de asociarse las palabras en el poema para integrar imágenes, y todo esto sin menoscabo de la experiencia poética de fondo" (Martínez Cuitiño, 1984: 31).
(5). La función simbólica de la significancia, en oposición a la función semiótica, es "ese elemento ineluctable del sentido, del signo, del objeto significado para la conciencia del ego trascendental" (Kristeva, 1977: 260).
(6). Cfr. nuestro artículo "Ni razón ni palabra de Edgar Bayley: momento de transición", en: Letras, 45, Departamento de Letras de la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Católica Argentina, Bs. As., enero-junio 2002, pp. 5/19.
(7). Hemos estudiado ampliamente este aspecto en nuestro artículo "La identidad del sujeto lírico en Ni razón ni palabra y en El día de Edgar Bayley" (mimeo).
(8). Esta preferencia por ‘convocar’ en adelante se hará explícita, por ejemplo en "Profesión saludos", de Alguien llama (1999: 289).
(9). Tomamos la distinción que hace Mieke Bal entre focalizador y focalizado, por parecernos más precisa que hablar llanamente de focalización al modo genettiano.
(10). Cfr. el poema homónimo de Ni razón ni palabra (1999: 98).
(11). De "Todo el viento del mundo", en El día (1999: 119).
(12). El poema más claro respecto del papel simbólico tradicional que adquiere ‘camino’ es precisamente "El camino", de Ni razón ni palabra (1999: 90).
(13). No olvidemos que Bayley es el poeta para quien "encontrar es decir", como lo consigna el poema homónimo de En común (1999: 48). Al respecto confrontar nuestro artículo "Encontrar es decir, una forma de compromiso en En común, de Edgar Bayley" (mimeo).
(14). De "Fidelidad en la encrucijada", en Ni razón ni palabra (1999: 108).
(15). La identidad del yo lírico es definida fundamentalmente en función de su quehacer poético. Así, por ejemplo, en "pasaje del poeta" (El día: 132) el yo se percibe en su transición y –como el título lo indica- en su ser "poeta". De igual modo, el ser "voz" es la más reiterada de sus representaciones. En "un lugar entre los hombres" (Ni razón ni palabra: 98), tanto lo que el sujeto ha tenido antes como lo que busca, se define en función de su ‘ser voz’. Lo concluyente para ser quien es es su "palabra", que debe juzgarse meritoria de confianza y auténtica –el artificio es visto como el peor insulto para esa palabra-. En "cuestión de tiempo" (Ni razón ni palabra: 99) se presenta, indirectamente, como el "vagabundo que se extravía balbuceando/ el idioma que hablarán los hombres". En "oficio de viento y sombra" (Ni razón ni palabra: 104) el sujeto es "voz", "manos" y "pasajero", y pone en primer plano su actividad, que requiere ante todo "coraje": "coraje de prolongar con tu voz/ el silencio opulento" y "coraje otra vez para ser/ al mismo tiempo/ la piedra y el horizonte". "dará quizás sentido" (El día: 136) es un cuestionamiento expreso sobre su escritura ("no haberte preguntado por qué escribías"). Y esta ‘voz’, esta ‘palabra’ solamente adquieren justificación en función de otro.
(16). Más adelante lo dirá: "Todo lo visto y vivido/ cabe en muy pocas palabras" (de "Todo lo visto y vivido", Nuevos poemas, 1999:249).

Bibliografía

Bayley, Edgar. 1999. Obras. Presentación de Francisco Madariaga y pról. de Rodolfo Alonso. Ed.; Julia Saltzmann. Revisión y estudio preliminar: Daniel Freidemberg. Bs.As, Grijalbo Mondadori.
Kristeva, Julia. 1977. "El tema en cuestión: el lenguaje poético", seguido de una "Discusión", en: La identidad, Seminario interdisciplinario dirigido por Claude Levi-Strauss, 1974.1975. Barcelona, Petrel, 1981. pp. 249/287.
Martínez Cuitiño, Luis. 1984. "Diálogo en La tabla redonda, con Edgar Bayley", en: La tabla redonda, revista de poesía, 2, julio de 1984, pp. 29/36.
Reisz de Rivarola, Susana. 1989. "Voces y conciencia s en el relato literario-ficcional", en su Teoría y análisis del texto literario. Bs.As., Hachette. pp. 227/249.
Stierle, Karlheinz. 1997. "Lenguaje e identidad del poema. El ejemplo de Hölderlin", en: Cabo Aseguinolaza, Fernando (comp.), Teorías de la lírica, Madrid, Arco/ Libros, 1999. pp. 203/ 268.


María Amelia Arancet Ruda
Universidad Católica Argentina; CONICET
En: http://www.lehman.cuny.edu/ciberletras/v09/arancet-rudama.html#7
Fuente imagen

21 feb. 2012

Edgar Bayley - Los mismos

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Están muy altas las ramas de ese árbol
pero ascendemos por el aire
por la fragancia
hasta ser los mismos
que el recuerdo y la luz hospedan

la misma enredadera
el mismo búho
reciben la mirada
la palabra que entonces ofrecimos

y la pasada unión
pero el alba
en el silencio de la playa
del bosque antiguo nos desprende

renacemos con el gallo y la tórtola
en tierras distintas
y el agua del arroyo nos lleva de la mano
al móvil reposo

ahora claramente veo
la circular andanza
la puerta de aquel día
la estela azul y la fugaz victoria
estuvo todo bien
está muy bien

por el sendero desciende un leñador
hasta el arroyo
y nos saluda


22 nov. 2010

Edgar Bayley - Augurio

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feliz
año
nuevo
digo
lluvia luz ventana
neblina rosa labrador alcázar
río mío balcón
perdí mi nombre


y aquí
ballesta
encuentro
voy naciendo
por solsticios
herbarios
destrucciones


año nuevo
blanca flor brotaste
y el camino que sigo


y la voz
en la playa
a medianoche
y el silencio y la caja
y la ventana habitación el viento
todo lo marchitaste


me digo
no estoy solo
feliz lluvia
luz
ventana

11 ago. 2010

Edgar Bayley - Canto del eterno

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con mi nombre vengo con el verano hundido
con la perdida aniquilada faz del horizonte
que sucumbió con fingimiento y sol entre dos cuevas
vengo de ayer rodeado violento tajamar ardido
caída huella helada salmo de la primera hora errante inmóvil
y aquí aquí en un recodo del pobre domingo de tus ojos
blanqueado de durar solo secreto
camino fiesta de sed cada mañana
con mi nombre vengo y la estación y el rito
el laberinto el cuerpo esclarecido
sin deplorar la ausencia y la aridez y el rito
ciénaga ladrido círculo de fuego que envolviste
el ensueño frutal la despedida
qué muro final contiene la marea
y abate la victoria de la isla
con mi hora vengo con mi pasada guerra
a entregar los restos de la fiebre
aves de paso silencios piel del padre río
fantasma erosión de la vertida luz
salpicada de furias y de redes
y comunión de carne un solo vaso
colmado por la lumbre de tu infancia
innumerable fluir serena boca
y cubrirá otra vez el mar los labios
la memoria el deseo la presa cotidiana
con mi vida vengo con mi fondo
oscuro sin orillas prosiguiendo
en el hontanar en noche en alimaña
vengo a tu encuentro la cita ya tan lejos
la cita mujer toda la mano diste
para olvidar así tanto rocío
a cada instante se encienden nuevamente
las naves las estrellas novia mía red incesante
sortija ángel solo orilla helecho tempestad
paso luz espera desconcierto
porque al verano llegan el hijo y el hermano
el extendido brazo y la cuerda del aire
dormir dormir soñar porque no hay gancho
ni espuela ni facón ni llanto ni galope
no hay compostura me retraso me cambio me ilumino
y equivoco mi sombra lo sé me he dado cuenta
equivoco la vez el cauce la herramienta
y voy partiendo te amo tanto que te dejo
y te tomo de nuevo en otro viaje
o cristal o cuerpo o rama o embeleso
no puedo renunciar pregunto me desnudo
y aguardo al sol espero los milagros
del llamado imposible y el puente reconstruido



De Celebraciones
Antología personal
Buenos Aires, CEAL, 1983



11 nov. 2008

Edgar Bayley - Años en libertad

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1


Decir es el potro de la invasión, la marcha exiliada, el cálido mundo, sufriente, clamoroso, vencido y triunfante; allá está tu aire desnudo, tu mar poniente, inteligible, tu deseo, tu ausencia proferida, la cisterna y el templo de tu ola, la vigilia, la cólera transparente, el pueblo de tu arena y la claridad de tus puertas. Decir esta labor de los ojos, el áspero descuido, la obsesión, la esperanza violenta. Decir es tus manos, en tu infancia, antes de mi azul, al pie de toda noche.


2

Pero cuando nuevos errores nacen y cuando nuevas sonrisas, entre la embriaguez, la ternura y el abandono, hacen innecesarios el retorno y el alojamiento, ¿a qué cristal acudir, con qué húmedo gesto medir la ráfaga de tu vuelo?


3

No recuerdo sino los años por llegar, las cicatrices por lucir en tu silencio. Mis años y los de todos los hombres (los mejores y los olvidados). Mis años premiosos, los de cuartos estrechos y los del aire libre. Mis años cavando en la tristeza, incitando las raíces, albergando la llama de todas las lágrimas; junto a su cuerpo, a su palidez y su entusiasmo, sin memoria, sin jornada (cabrón agotado, animal candoroso, amante, libre, impuro).
Decir mis años, el peso del porvenir, la pena del hombre. Mis años de la victoria común.


4

Igual a todos y a cada uno de los otros. Igual a su odio, a sus días, a sus palabras y su indiferencia. Igual a su amor, a su coraje ondulante.


5

El estímulo fraterno. La poesía te revierte en el mundo. Vienen antiguos medios días. La hora en que llego a tu voz. Decir es la noche que rechaza tu desierto, la civilización que devasta los números.




Transcripto de La vigilia y el viaje Poemas 1944-1960
Buenos Aires, 1961

20 sept. 2008

Edgar Bayley - Los escalones

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El señor Abidías subió los escalones de aquella casa de la calle Conde de Lage. Es aquí, se dijo. Hace veinticinco años fui muy feliz en este lugar. Se detuvo un instante. Miró a los costados. Un jardín arbolado, altas hierbas, plantas sin podar. Todo está igual. Una escalera empinada, larguísima. Los escalones de piedra están gastados en el centro. Yo he subido otras veces esta escalera. En otro tiempo la escalera daba a una sala amplia. Allí estaban las muchachas, esperando. Ahora la escalera se interrumpe bruscamente.



Obra poética
Buenos Aires, Corregidor, 1976



28 jun. 2008

Edgar Bayley por él mismo - Un hombre trepa por las paredes y sube al cielo

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Edgar Bayley - Un hombre trepa por las paredes y sube al cielo

Colgado de una soga
el hombre que escala las paredes
tiene fuertes zapatones con clavos
Escala las paredes
porque ha olvidado las llaves de su casa
y mientras escala las paredes
hasta llegar al piso trece
se detiene algunos momentos
en los balcones de cada piso
donde aspira el olor de los geranios
las madreselvas
las hortensias
y los malvones
Hay sol
gallardetes
vendedores ambulantes
y más allá está el río
y más allá los puentes
por donde se va a la pampa
Abajo están los niños
que salen de las escuelas
y por el cielo pasan aviones y pájaros
y sombreros de anchas alas
que el viento arrancó a los desprevenidos
La soga ha sido atada a la viga
que sobresale en la azotea
Un hombre la ciñó a su cintura
y asciende tomándose de la soga
con sus manos enguantadas
Usa un chaleco floreado y una gorra a cuadros
Debe llegar al piso trece
donde tiene que regar unos claveles
pisar maíz
escribir unas cartas
y preparar una cazuela
Sube lentamente
y en cada piso se detiene un rato para descansar
Entre el balcón de cada piso
y se sienta en un sillón
o se extiende sobre una reposera
y conversa con la vecina o los vecinos
y acepta un café o un mate
o deja caer un chorro de una bota de vino
en su garganta
o juega a las cartas
o escucha confidencias y da consejos
y cuenta algún episodio de su vida
hasta que saluda y se va
y sigue trepando por las paredes
colgado de una soga
Es el hombre tiene fuertes zapatones con clavos
el hombre que escala las paredes
y un chaleco floreado y una gorra a cuadros
que olvidó las llaves de su casa
y aspira el olor de los geranios
y debe llegar al piso trece
antes de que aparezcan los búhos
y se iluminen las ventanas
Están los pájaros y el río allá lejos
y el césped del parque
y los caballos que galopan por la llanura
y esta silla desvencijada
y la bañera
fuera de uso
llena de tierra y de flores
y el mar y el navío que se acerca
y la lagartija que se escurre entre las rocas
y el vendedor de diarios que desde abajo
le grita consejos y advertencias
mientras el hombre vuela
asciende
conquista cada piso con esfuerzo
y mira siempre hacia arriba
la tierra está lejos
el cielo está lejos
El hombre que trepa por las paredes
colgado de una soga
cuando entra en una casa por el balcón
es bien recibido por los vecinos
y él trata de ser útil
pero en uno de los pisos
una mujer inesperada
que es una sola
y al mismo tiempo
todas las mujeres de su vida
le pide que la lleve con él
Entonces ella se ata también con la soga
y sube con el hombre
más allá del piso trece
hacia las nubes
al aire libre
al cielo
al viento
entre los geranios
las sombrillas las reposeras
sobre puentes y puestos de diarios
y mástiles
y enredaderas
y algunas gotas
y semillas
y sueños
con su gorra a cuadros
con su chaleco floreado
con su enamorada de siempre



En Alguien llama
Buenos Aires-Barcelona, Editorial Argonauta,1983

21 jun. 2008

Audio - Edgar Bayley, La sola solución

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Me voy hasta la esquina a ver si pasa
por allí por acaso algún tranvía,
y miro varias veces; voy mirando
qué sucede
allá arriba
en esa casa.
Al balcón
tan florido
y su cornisa
nadie asoma
ni mira ni me llama.

Con desatino y mucha persistencia,
sigo esperando no sé qué
ni a quién en esta esquina;
quizá lo sé
mas no espero de verdad
y seriamente.
Mi sola
solución
es la partida
Camino hasta la esquina,
a la siguiente,
a ver si pasa por allí,
por un acaso,
la carreta colmada de alelíes.
No dejo de aguardar
-aguardo mucho-
que alguien diga mi nombre y me convoque
cuando pase
lentamente
la carreta.
Me doy cuenta claramente que estoy solo;
estoy solo claramente en esta esquina;
me digo por decirme y en silencio:
ella vendrá por cierto
-estoy seguro-
para marchar muy juntos
hacia arriba
y llegar
al florido balcón
y a su cornisa;
para llegar muy juntos
hasta arriba,
hasta el monte, el pastizal,
piedra y llanura,
hasta la choza
adonde va el tranvía.

Cuando la noche poco a poco va llegando,
de esquina voy mudando poco a poco.
Por aquí ha de pasar
-estoy seguro-
una comparsa que lleva un estandarte
y un tamboril
y, encadenado, a un oso.
Por aquí ha de pasar
vestida de amazona:
mi nombre ella dirá
muy levemente.

Y tranvía, carreta, la comparsa,
el oso liberado y la amazona
(vencida ya, por fin, su reticencia)
me traerán el destello que faltaba,
todo el color del mundo y su perfume
y la gracia y el perdón, la transaparencia.
No habré esperado en vano
en tanta esquina,
ni en vano habré vivido,
ni llamado
a tanta puerta en vano.

Con desatino y mucha persistencia
sigo esperando no sé qué
ni a quién en esta esquina;
quizá lo sé,
mas no espero de verdad
y seriamente.
Estoy fingiendo
y me quedo
por quedarme:
De nada me ha servido
el tanto,
ni mi altivez
la armónica
ni el ruido.
Mi sola
solución
es el olvido.
La sola solución es el encanto.


La Nación. Buenos Aires, 1989


17 jun. 2008

Edgar Bayley - Cuello distante

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un sábado cualquiera al mediodía no estás solo
te rodean las calles el cuello distante
el largo cañamazo de los gestos nuevos
el puente que apenas roza tus palabras
no estás solo quisieras llegar pronto
atravesar los cables de pascua
los días sin ventura
el mapa del mediodía
los brazos sin pausa de la fiesta

tanto tiempo
tanto tiempo edgar por qué insistes
ya es hora de que vuelvas
de que tejas otra vez tu camino

henos aquí sin embargo mirando solamente
al lado de todos de cualquiera
increpando las ramas oscuras
curvadas hacia la madurez sin lenguas de la lluvia
los ecos
el viento de los trenes libres
abriendo el caso
las visiones más altas
rodeadas por las comunes orillas
por el aire común del primer mediodía

a esta hora brilla el oscilante arco
ni días ni palabras han bastado
y nada quisieras agregar a tus años desconocidos
si no los bosques nocturnos y las calles
donde hallamos el ala y el aplomo de nuestra amistad segura


En Edgar Bayley
Buenos Aires, poetas argentinos contemporáneos, 1954

26 may. 2008

Edgar Bayley - En común (fragmentos)

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II

volvemos por horas a tantos silencios del mundo
nos despertamos para no desnudar la memoria
ninguna soledad existe
ningún eco de los ojos
unidos sobre las manos los nombres
para sostener lo mejor de cada uno

tu evidencia prolonga la tierra
tus labios halagan el sobresalto
tu alegría tu tristeza extreman la libertad de los refugios
tus puertas han desplegado sus molinos vivientes
tus palabras guardan para todos el hábito de las pupilas

esta noche acrece el curso que que te rodea


IV

lento acero interrumpe el sueño
los ojos abiertos
los labios a que llegamos los dos
un día cualquiera un vínculo cualquiera
el humo empeñoso
el roble y su apoyo más allá de los meses
un día cualquiera y el claro entendimiento
las buenas nuevas de los muros

en el ámbito del roble
en el rostro del alba
en el paso contraído de la lluvia
en la cita secreta
en la cita pública
en el comienzo y ahora
ahora
en todas las fuentes del reloj
en sus órdenes despiertas
en la hierba húmeda
y en la fría de la violencia y el arrojo del azar
nuestra libertad futura hace su nombre
y el curso de sus manos


IX

en tu misma confianza como un astro
como tus sueños alrededor de mis palabras
mis ojos no cambian
mi horizonte abre tus brazos

en los cinco días del cielo
tu confianza disuelve los ponientes

es esta claridad la que buscaba
esta rueda persuadida por el aire


En La generación poética del 40
Buenos Aires, Ediciones culturales argentinas, 1981


25 mar. 2008

Edgar Bayley - Fidelidad en la encrucijada

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En el sol alto, sin ostentación ni impaciencia, se prolonga tu camino. Serenidad del ignorado: Una emersión impura te salvará en cualquier hombre.

Ese relámpago que hace posible la fraternidad, tanto en la dimisión como en la inocencia y la esperanza, es una de las propiedades de la poesía. Pero nada autoriza al poeta a darle nombre definitivo y menos aun a convertirse en el profesional de su dicción o su descubrimiento.

Usura del alucinado. Este mundo es tuyo indudablemente. Pero sólo existe en tu desprendimiento. El poeta, testigo de su propia existencia, coexiste con el mundo.

Todo poeta sabe que la palabra no es instrumento. Es vida con los demás. Y en común. Soledad común. La declamación y la ortopedia de espíritu quedan a sus márgenes. Imposibilidad, por lo tanto, el poema fabricado de acceder a la tierra de los hombres, de alimentar su viaje.

Quehaceres de la poesía: hacer innecesaria toda justificación.

Toda ayuda menos la retórica de la pureza y la organización de los elegidos. Es preciso intercambiar a la intemperie nuestras señales de reconocimiento con las cosas y con nuestros hermanos.
Arriesgar la incongruencia para conocer tu realidad, la realidad de los otros. Lo más opuesto a tu fluir propio es la adopción de certidumbres de superficie.

Finalidad de las apariencias. A mitad de camino entre la concesión y la protesta, expuesto a todos los excesos de la ingenuidad y el cálculo, este amigo verdadero, este amante fiel, este lúcido conocedor, es confundido a menudo con sus enemigos: el Narciso, el borracho y el inconsecuente.

Forzosidad de una voz, de un hombre real en la encrucijada, sin desprecio ni excesiva consideración por los márgenes. La incandescencia de la palabra -su logro mayor- es función de los ademanes silenciosos, a menudo ignorados, del nadador sobreviviente y fraternal. Poesía -modo de nadar, de estar presente, ajena a las retribuciones del espectáculo. Poesía hermana en la soledad y el olvido. Poesía- esperanza viril entre los hombres.


En La vigilia y el viaje (1949-1955)
Antología personal
Buenos Aires, CEAL, 1983


24 mar. 2008

Edgar Bayley acerca de Francis Ponge

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Que el gusto por la palabra tenga la misma intensidad que el gusto por las cosas.
Gloria de lo sustantivo, del sustantivo, gloria de las cosas, de los seres, del ocurrir y del transcurrir y de todos los nombres; que cuando yo diga mano, pan, clavel, piedra, cigarro, ventana, mujer, mediodía, lluvia, flor, hijo mío, árbol, tormenta, tenedor, hermano, sombra, todos estos pre-textos —y tantos, y tantos otros— se conviertan en textos, en nombres, y no pierdan su realidad primera como objetos, su presencia. Restablecer entre las cosas y el nombre los lazos de la vida. Ante las cosas, el asombro, la mirada prodigiosa, la posibilidad de hacer hablar al mundo silencioso. Y de ese modo llegar a decir con solvencia, ser creíble para uno mismo y para los demás. No la pregunta por el ser, sino la voluntad de ser, de compartir el ser de las cosas: dar sentido poético no es tarea exclusiva del poeta; es tarea que ha de compartir con los seres y las cosas.
¡Qué forma más sutil, entrañable y tierna de amor es ese tomar partido por las cosas! Y no se trata de las cosas que maneja o imagina «el hombre de cantidad», el cuantificador que cree saberlo y poderlo todo con sus cómputos: aquí no se trata de picardía o de cinismo trivial, aquí se trata de plenitud del ser, aquí se trata de la raíz original del amor. Si yo no estoy contento, si no tengo el contento de ser con las cosas, no hallaré nunca el contento conmigo mismo. Nada sabré de mí ni de cuanto me rodea. Ninguna puerta se abrirá para mí, ningún conocimiento. A ninguna cosa ni ser habré llegado.
La objetividad, aceptar que hay un objeto, aceptarlo, vivirlo, saber que la palabra, para solventarse, debe coexistir con la cosa, que cosa y palabra constituyen una unidad viviente y que el plano donde se reconoce al objeto es el plano más alto de la subjetividad, «allí donde las ideas y los sentimientos, al destruirse y confundirse» (Ponge), dan paso al reconocimiento jubiloso de nuestro co-nacimiento y nuestra co-existencia con el mundo. Es el asombro augural, el descubrimiento, la justificación de la subjetividad.
De la cosa, del hecho en sí, del plano de la inmanencia, pasamos al hecho, a la cosa para sí. De la inmanencia, del ser que permanece dentro de sí mismo, de lo que es simplemente, del en sí, del sí mismo, pasamos al para sí, que es el estado en que el ser, la cosa, el hecho, tienden a manifestarse y, de ese modo, pueden volverse palabra.
Ni realismo, ni naturalismo, ni descripción, ni concepto. Hacer vivir los hechos, las cosas, en el reino de las palabras. «Me atraen los objetos, los hechos, las personas del mundo exterior; me decepciona las ideas. La variedad de las cosas me construye, me permite existir en su propio silencio. Pero si la cosa que considero, que tengo en cuenta, es, en definitiva, mi pretexto, mi razón de ser, será preciso que yo, para ser genuino, para ser de ver dad quien soy, exista, viva, a partir de esa cosa, y eso sólo será posible si yo puedo, por mi parte, crear a la cosa. ¿Qué clase de creación? El texto. Dar una réplica mediante el lenguaje a la variedad infinita de las cosas» (Ponge).
- Sólo podré nombrar al objeto de mi deseo si está de verdad presente en mí. Es la irrupción del deseo de la amada lo que da sentido al deseo del amador.
Que las cosas, los hechos, las personas, se nos hagan presentes a través de esa mirada de maravilla, de asombro, de solidaridad, de participación, de integración. Y esa presencia no la obtendremos nunca «a través de la mirada indiferente, sin brillo, sin interés, neutra, ciega, de sonámbulos distraídos por nuestros fantasmas interiores». El asombro adánico, la alegría de vivir, sí, y más que eso aún, la alegría de con-vivir, de co-existir.
Ganar para la poesía el espacio que se empeñan en ocupar ciertas formas de discurso, vinculadas al concepto, la efusión y la descripción y ocultas a menudo tras la pretensión de llegar a lo poético.
Escribo ante una posibilidad real, casi -diría- el camino real del quehacer poético. No lo diré, sin embargo. No está toda la poesía posible en la poética de Ponge (ni en la de Williams o Stevens). Tampoco en la fanopoeia (proyección de la visualidad de los objetos), la logopoeia (poesía del pensamiento) y la melopoeia (apoyatura fónica de Pound). Queda fuera el proceso de gestación de la imagen poética (el ars combinatoria) y, entre otras, la llamada poesía lírica. De cualquier modo, Ponge (y Williams y Stevens, y cometo aquí la injusticia de no nombrar a tantos otros poetas que, por cierto, lo merecerían) está cerca de la inasible poesía, del logos poético. Y es que no me olvido que Ponge está tratando, más allá de sus arremetidas contra la subjetivización y el lirismo, de abrir camino al contento de ser con las cosas, al contento de descubrir, de dar sentido a partir de las cosas, de investir y de ser investido, de investir a las cosas de sentido y de ser, a la vez, investido por las cosas de sentido. ¿Y en este investimiento recíproco no está el origen de cualquier amor posible, de toda posible poesía?
Al amar yo «invento» al ser amado, a la «cosa» que está frente a mí, pero al mismo tiempo lo descubro y lo conozco. Co-existe. Es así como el objeto de mi deseo me da la respuesta de su presencia a través de una revelación o una irrupción, y surge el texto: hay un espacio y un tiempo en que el amador y su amada se reconocen y se dan sentido el uno al otro.
Gloria de nombrar, sabiendo que toda la rosa está en su nombre y que todo el nombre está en la rosa. Dice Ponge: «se debería dar a todos los poemas este título: Razones para vivir en, la dicha. Para mí, al menos, los poemas que escribo son, cada uno de ellos, como la nota que trato de aprehender cuando de una meditación o una contemplación salta en mi cuerpo el cohete de algunas palabras que lo refrescan y lo deciden a vivir...».


Diario de Poesía, Buenos Aires, Primavera de 1990
Fuente imagen La Nacion

12 mar. 2008

En la voz de Edgar Bayley: Es infinita esta riqueza abandonada

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26 feb. 2008

Edgar Bayley - Dedicatoria

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dedico esta rosa la página prisionera
a la bella pizarra de ultramar
a pálidas astucias golondrinas promesas del narciso
dedico estas líneas este espacio este vacío
al callado grito la pereza el perverso insomnio
la luz cenital la buena muchacha y el sombrero del chivo
dedico dedico dono dilapido papeles infancia silencio y temblores
gasto mi abanico mis redes mis puertas cerradas
en desatinados pasos en renuncias y caireles
dedico un encendido caballo un padre una estrella una balandra
pero nada puedo contra el diamante y la sombra
contra el creciente topacio que devora mis días


De Celebraciones 1968/1976
En Antología personal
Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1983

2 dic. 2007

Edgar Bayley - El perfecto pescador de caña

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El pescador de caña ha venido a sentarse a orillas del río: Ha dejado su caña a un costado, una caja metálica, una cesta. Permanece inmóvil mirando a lo lejos, mientras las aguas corren hacia el remanso próximo. El pescador está como ausente, no espera nada. A lo lejos surge una canoa. Una mujer joven rema suavemente. Se acerca. Sonríe y pasa. El pescador ha olvidado el nombre de la mujer que marcha hacia el remanso y vuelve a mirar a lo lejos. De un monte surge un cazador que dispara su arma. El pescador cae al río y las aguas enrojecidas lo llevan hasta el remanso, hasta la mujer sin nombre que lo espera.

En Vida y memoria del doctor Pi y otros relatos
Buenos Aires, Ultimo Reino, 1983


11 nov. 2007

Edgar Bayley - La libreta de tapas negras

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A las cinco de la mañana el Dr. Pi había subido al tren que lo llevaba ahora a través de la llanura. El sol estaba alto cuando decidió consultar su libreta de tapas negras. Todo está en orden, se dijo, y cerró la libreta. Entró al vagón un hombre sin piernas y con muletas ofreciendo billetes de lotería. El tren tomó una curva y el hombre cayó sobre el Dr. Pi. El lotero dio un alarido:

-¡Mis billetes, mis billetes! Se han ido por la ventanilla abierta.

-Aquí los tiene –dijo serenamente el Dr. Pi-. Devuélvame mi libreta de tapas negras.

-Tómela. En esta libreta no está lo que me interesa.

Llegaron a Mercedes, en San Luis, y el Dr. Pi hizo un breve paseo por la estación. En la sala de espera una mujer rubia lo miró con atención. La acompañaba un hombre de barba, muy delgado, y con anteojos negros. Gesticulaba, hablaba sin que se oyera nada, pues estaba afónico, y daba golpes con sus zapatos de taco alto sobre el piso de madera. Era bajo y se levantaba a cada momento del banco donde estaba sentado. Trataba de gritar, pero no emitía sonido alguno. La mujer miraba distraída y consultaba su reloj.

Entró una muchacha vendiendo naranjas y perejil. El barbudo hizo un gesto de indignación y la echó. Siguió dando zapatetas. La rubia lo miraba apenas. Salió y subió al tren. El barbudo pareció enojarse. La muchacha del perejil y las naranjas volvió a ofrecerle su mercadería. El barbudo la besó y le dio un puñado de monedas. La rubia cerró la ventanilla. El Dr. Pi se sentó a su lado. La rubia lo abrazó y le dijo:

-Aquí tienes tu libreta de tapas negras.

En Vida y memoria del doctor Pi y otros relatos
Buenos Aires, Ultimo Reino, 1983


4 nov. 2007

Edgar Bayley - La morocha y el milagro de la ampolleta

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El Dr. Pi estaba solo en el silencio de su incómoda y estrecha habitación. Vendrían a matarlo, lo sabía. Sus armas no iban a servirle en esta ocasión.

El Dr. Pi no cambiaría sus planes: esperaba a una morocha, según sus costumbres.

Iban a intentar matarlo. No sabía por qué. Sería una muerte dulce, ligera, discreta, en puntas de pie. Pero el Dr. Pi no se preocupaba por eso. Tenía mucho qué hacer y además esperaba a una morocha.

El Dr. Pi se acostó de espaldas en su catre y miró hacia el cielo raso. De allí vendría, pensaba, el rayo aniquilador. ¿Y si el rayo lo trajera la morocha en su bolso? En ese caso nada podía hacer. Sacó del ropero un enorme paraguas de aluminio y esperó confiado a la morocha.

Al rato entró ella, sacó de su bolso una ampolleta y la arrojó sobre el paraguas, que se disolvió al momento.

-Huyamos –dijo ella-, de buena te has librado.


En Vida y memoria del doctor Pi y otros relatos
Buenos Aires, Ultimo Reino, 1983


27 oct. 2007

Edgar Bayley - El mensaje

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El Dr. Pi entró en el motel. Descansaría. Todo estaba preparado. Muy pronto estaría en otra tierra. Antes debía recibir un mensaje. Una respuesta al que él había mandado. Observó su habitación y lo atrajo un cortinado verde. Lo descorrió. Era la entrada a un túnel iluminado.
-Está bien –dijo el Dr. Pi-. Es lo convenido. Sacaré algunas fotografías mientras llega el mensaje.
Se escuchó un estruendo subterráneo.
-Sí, no hay duda. Éste es el lugar.
Introdujeron un sobre por debajo de la puerta. Pi lo abrió. Era el mensaje esperado. Alguien había escrito SI en rojo. Pi se desnudó, se dio un baño, se puso una escafandra y unas chinelas y se internó por el túnel. Anduvo unos metros por una calle en declive y muy ancha. A ambos costados había escaparates de tiendas, consultorios y galerías de arte. Un hombre gordo, de baja estatura y con un largo guardapolvo blanco, lo invitó a pasar a su consultorio.
-Aquí está su solución.
-No busco soluciones –dijo el Dr. Pi-, busco a una morocha.
-Usted no escarmentará nunca –replicó el gordo, molesto.
-El escarmiento no es mi oficio –contestó el Dr. Pi y apresuró el paso.
La pendiente de la calle se hacía cada vez más pronunciada. Las chinelas y la escafandra le estorbaban. Dejó todo al gordo y avanzó desnudo y a grandes zancadas hacia el final del túnel. Allí, junto a un muelle, Beatriz lo esperaba en una canoa. Pi la besó con intensidad y rapidez y empuñando los remos dijo:
-Tenemos que llegar al golfo antes que Edgar.

En Vida y memoria del doctor Pi y otros relatos
Buenos Aires, Ultimo Reino, 1983