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12 oct. 2014

Alejo Carpentier: El arpa y la sombra (II: La mano)

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Broncas, mugientes, tenidas en larga nota caída de la cofa, casi lúgubres, suenan las trompas de la nave que boga despacio, en tal cendal de neblina que del castillo de popa no se le divisa la proa. El mar, en derredor, parece un lago de agua plomiza, cuyas quietas olas se dibujan en diminutas crestas que ablandan el filo sin nervarse de espumas. Lanza su aviso el vigía y no le responden. Vuelve a preguntar, y su interrogación se pierde en el mecido silencio de una bruma que se me cierra a veinte varas de los ojos, dejándome a solas —a solas entre fantasmas de marineros— con mi tensa espera. Porque la emoción de lo anunciado, la ansiedad de ver, me tienen asomado a las bordas desde que sonó la campana de la sexta. Y es que si bastante he navegado hasta ahora, hoy me hallo fuera de todo rumbo conocido en viaje que todavía acarrea perfume de hazaña —no pudiendo decirse lo mismo, cuando se piensa en las trajinadas singladuras mediterráneas. Estoy impaciente por divisar la extraña tierra —¡y bien extraña dicen que es!...— que marca el límite de la Tierra. Desde que salimos de Brístol tuvimos viento bueno y buena mar, y no pareció que hubiese de repetirse para mí la enojosa tribulación del Cabo San Vicente donde, por divino amparo del Señor, me salvé, asido de un remo, del espantable naufragio de una urca incendiada. En Gallway recogimos al Maestre Jacobo, experto como nadie en llevar por estos caminos azarosos las naves de Spínola y Di Negro, con sus cargamentos de maderas y de vinos. Porque parece que, no habiendo bosques ni viñas en esta isla que pronto avistaremos, la madera y el vino son las cosas que en mayor estima tienen sus habitantes: la madera para levantar sus viviendas; el vino, para alegrar sus ánimos en el inacabable invierno donde el océano endurecido, las olas esculpidas en hielo, las montañas a la deriva que viera Piteas el marsellés, los tiene aislados del mundo. Al menos, así me contaron, aunque el Maestre Jacobo afirma, en buen conocedor de estos cielos, que este año no habría de endurecerse el mar —y ocurre otras veces— porque ciertas corrientes, venidas del Oeste, suelen atemperar los rigores de la estación…Jovial y de buena compañía es este Maestre Jacobo que ha venido a parar a la remota Gallway, donde se amancebó con una garrida escocesa, moza de muchas pecas y grandes tetas, poco preocupada por las cuestiones de limpieza de sangre que, en estos días, tienen envenenados los reinos de Castilla. Se rumora allí, desde largo tiempo, que pronto —el mes próximo, un día de éstos, no se sabe cuándo— empezarán los Tribunales de la Inquisición a remover y registrar el pasado, la prosapia, la ascendencia, de los cristianos nuevos. Que no bastará ya con la abjuración, sino que a cada converso se llevará cuenta de observancias, con carácter retroactivo, lo cual expone al sospechoso de fraude, disimulo, desapego o fingimiento, a la delación de cualquier deudor, de cualquier codicioso de bienes ajenos, de cualquier enemigo solapado —de cualquiera cosedora de virgos o echadora de mal de ojo, interesada en desviar las miradas de su propio negocio de ensalmos y medicinas de buen querer. Pero hay más: nacida no se sabe dónde, una changoneta corre de boca en boca, como anuncio de días aciagos. Aquella —la he oído— que dice: “Ea, judíos, a enfardelar...”, entonada acaso en son de burla, pero burla que, de endurecerse, podría ser el anuncio de la proximidad de un nuevo éxodo —que el Señor no quiera, porque mucha riqueza mana de las juderías, y los Santángel, grandes financistas, pasaron a la real hacienda, a título de préstamo, millares y millares de monedas marcadas al troquel de sus circuncisiones. Por ello, el Maestre Jacobo piensa que hombre precavido vale por dos, que mal se vive en diáspora, y, por lo mismo, ha querido poner casa en Gallway, al amparo de la firma Spínola y Di Negro, cuyas mercancías almacena al lado de su moza rolliza, pecosa y de grandes tetas, que le hace grata la vida aunque demasiado huela, a veces, a sobaquina de pelirroja. Además, sabe que algo lo hace indispensable: su prodigiosa inteligencia para aprender lenguas en pocos días, Tanto se maneja con el portugués como con el provenzal, con el habla de Génova o el picardo, entendiéndose igualmente con el inglés de Londres, la jerga de Britania, y hasta con el abrupto idioma, erizado de consonantes, rocalloso y roncador —”idioma de estornudar para dentro”, lo llama— que se usa en la tenebrosa isla a donde vamos —isla que, entre brumas que se pintan, ahora, de un raro color de tierra de alfarero, empieza a dibujarse en el horizonte, en este día, a poco de pasada la hora nona. ¡Hemos llegado al límite de la Tierra!...

Y no sé por qué el Maestre Jacobo me ha mirado con sorna cada vez que he dicho eso de “límite de la Tierra”. Y ahora que en tierra estamos, en casa hecha con tablas de buen pino conquense, pasándonos la bota de vino resinado, se mofa el Maestre Jacobo, algo alzado de tono por lo bebido, de que alguien crea que aquí se ha llegado a los confines de lo conocido. Dice que hasta los infantes, ésos, que con caperuzas de piel y los culeros meados, andan por las calles de este puerto cuyo nombre jamás llegaré a pronunciar, se reirían de mí si dijera que la tierra que aquí pisamos es el término o fin de algo. Y, llevándome de asombro en asombro, me dice que estos hombres del Norte (normáns parece que por eso se llaman), antes de que nosotros empezáramos a salir del ámbito natal, buscando, a tientas, nuevos caminos por donde andar, habían llegado, por el Este, a las comarcas de los rus, y, llevando sus asaetadas y ligeras naves a los ríos del Sur, alcanzado los reinos de Gog y Magog y los sultanatos de la Arabia, de donde se habían traído monedas que aquí se mostraban con orgullo, cual trofeos conseguidos en algún Quersoneso... Y para demostrarme que no miente, me muestra el Maestre Jacobo unos denarios y dirames que, por venir de comarcas por donde anduvieron sus remotos antepasados de las Tribus, conserva como talismanes en su pañuelo marinero —aunque su religión, que bien conozco, prohíbe la práctica de tales supersticiones. Traga el Maestre un largo hilo de vino que le baja de la bota al gaznate, y vuelve ahora los ojos hacia el Oeste. Me dice que, hace ya tantos años que suman varios siglos, un hidalgo pelirrojo, de aquí, al ser condenado a destierro por delito de homicidio, había emprendido una navegación fuera de los rumbos usuales, que lo condujo a una enorme tierra a la que llamó “Tierra Verde” por lo verdes que allí estaban los árboles. —”No puede ser” —dije al Maestre Jacobo, apoyándome en la autoridad de los más grandes cartógrafos de la época, ignorantes de esa verde tierra jamás montada por nuestros mejores naucheros.

El Maestre Jacobo me mira socarronamente, haciéndome saber que hace ya más de doscientos años había ciento noventa granjas en la “Tierra Verde”, dos conventos de monjes, y hasta doce iglesias —una de ellas casi tan grande como la mayor que, en sus reinos, hubiesen edificado los normáns. Pero eso no era todo. Perdidos en la bruma, llevando sus naves fantasmales a las noches sin albas de les mundos hiperbóreos, estos hombres cubiertos de pieles, rompiendo las nieblas a toque de buxines, habían navegado más al Oeste y más al Oeste aún, descubriendo islas, tierras ignoradas, mencionadas ya en un tratado que desconozco, titulado Inventio fortunata, que mucho parece haber compulsado el Maestre Jacobo. Pero eso no es todo. Yendo siempre al Oeste, más al Oeste, y aún más al Oeste, un hijo del marino pelirrojo, llamado Leif-el-de-la-buena-suerte, alcanza una inmensa tierra a la que pone el nombre de “Tierra de Selvas”. Allí, abunda el salmón; crecen la baya y la mora; inmensos son los árboles, y —portento increíble en tal latitud— la yerba no desverdece en el invierno. Además, la costa no es resquebrajada ni adusta, ni socavada por grutas donde muge el océano y viven terribles dragones... Leif-el-de-la-buena-suerte se interna en aquel ignorado paraíso, donde se le extravía un marinero alemán, llamado Tyrk. Transcurren varios días, y cuando sus compañeros creen que jamás habrán de volverlo a ver, o que ha sido devorado por alguna fiera de desconocida traza, reaparece el Tyrk, más borracho que truhán de almadraba, anunciando que ha encontrado enormes viñedos silvestres y que las uvas, puestas a fermentar, dan un vino que, bueno, con verme basta, y aquí no me tose nadie, y que me dejen dormir la mona, que esto es Jauja, y que de aquí no me voy más, y que no se me acerque nadie, porque le desmocho la cabeza como la desmochó el Rey Beovulfo al dragón de los colmillos envenenados, y aquí el rey soy yo, y quien pretenda desafiarme... Y se desploma, y vomita, y grita que todos los normáns son unos hijos de puta... Pero hoy, para los normáns ha nacido, después de la Tierra Verde, la Tierra del Vino... “Y si crees que miento” —dice el Maestre Jacobo— “consíguete los escritos de Adán de Bremen y de Oderico Vital”. Pero no sabría dónde hallar esos textos, redactados de seguro, además, en lengua que ignoro. Lo que quiero es que me cuenten, que me digan lo que todavía —aquí, en esta isla que se saca como surtidores de agua hirviente de las entrañas de rocas negras— cuentan, tañendo el arpa, unos memoriosos de cosas antiguas que llaman escaldas. Y me narra el marrano amigo que, al saberse aquí de la Tierra del Vino, pronto van a ella, en nuevo viaje, ciento sesenta hombres, al mando de un Torvaldo, otro hijo del Pelirrojo desterrado, y de un Torvardo, cuñado suyo, casado con una hembra de espada al cinto y cuchilla entre pechos, llamada Feydis.

Y es, de nuevo, el salmón abundante, el vino ácido que embriaga gratamente, las yerbas que jamás desverdecen, el pino alerce, y hasta se descubren, tierras adentro, enormes llanuras de trigo silvestre. Y todo se anuncia próspero y feliz, cuando aparecen, bogando en barcas que parecen hechas con cueros de ármales de agua, unos hombrecitos de tez cobriza, pómulos salientes, ojos algo almendrados, pelos como crines de caballos, que los membrudos y recios varones rubios de aquí hallan muy feos y malformados. Al principio se hacen buenos negocios con ellos. Magníficos negocios de trueques ventajosos. Se consiguen ricas pieles a cambio de cualquier cosa que resulte nueva para quienes se dan a entender por señas: fíbulas de poco precio, cuentas de ámbar, collares de abalorios, pero, sobre todo, paños encarnados —pues parece que les atrae sobremanera el color encarnado, tan gustado también por los normáns. Y todo marcha a lo mejor hasta el día en que un toro, traído en una de las naves, se huye del establo y se pone a bramar en la costa. No se sabe lo que ocurre con los hombrecitos: como enloquecidos por algo que debe relacionarse, en su bárbara religión, con alguna estampa del mal, comienzan por huir; pero vuelven más tarde, en horda pululante, trepadores, ágiles, arrojando piedras, lluvias de guijarros, aludes de gravas, sobre los gigantes rubios cuyas hachas y espadas, en tal suerte de guerra, resultan inútiles. De nada vale que la hembra Freydis se saque los pechos para avergonzar con ellos a los que, faltos de cojones, tratan de resguardarse en sus naves. Y, tomando el mandoble de un guerrero caído, se arroja sobre los lanzadores de piedras que, repentinamente aterrados por los clamores de la tremebunda mujer, huyen a su vez... Pero aquella noche, reunidos en consejo, los vikingos —también se les llama así— toman el acuerdo de volverse a esta isla para reunir una nueva expedición más numerosa en hombres bien armados. Pero el proyecto despertará poco entusiasmo en gente que, de año en año, trabajando sobre lo seguro, ha llevado sus naves hasta París, Sicilia y Constantinopla. Nadie, ahora, se atreverá a arrostrar los peligros de una instalación azarosa en un mundo donde menos asustan los enemigos —hombres, bestias—, de índole conocida, que los misterios de montañas abruptas, apenas entrevistas; de cavernas que pueden ser espeluncas de monstruos; del infinito de las extensiones desiertas; de breñales donde, en las noches, se oyen ululares, lamentos y gritos, que afirman la presencia de genios de la tierra —de una tierra tan vasta, tan prolongada hacia el sur, que se necesitarían millares y millares de hombres y de mujeres para explorarla y poblarla. No se regresará, pues, a la Gran Tierra del Oeste, y la estampa de la Vinlandia se esfumará en la lejanía, como un espejismo, quedando su recuerdo maravilloso en boca de los escaldas, en tanto que su existencia real es consignada en el gran libro de Adán de Bremen, historiador de los Arzobispos de Hamburgo, encargado de llevar la Cruz de Cristo a las tierras hiperbóreas conocidas o por conocer, donde la palabra de los Evangelios no hubiese sonado aún.

Y buena falta haría que sonara allá el Verbo, puesto que había hombres, muchos hombres, ignorantes de que alguien hubiese muerto para ellos —y otros hombres como aquellos, esto se sabía de oídas, que montaban en carros tirados por perros para viajar al País de la Perenne Noche... Pregunto al Maestre Jacobo por el nombre de esos seres, entregados seguramente a deleznables idolatrías, que habían tenido el coraje de arrojar de sus reinos a los gigantes rubios de acá. —”Ignoro bajo qué palabra se designan ellos mismos” —me responde el nauchero: “En el idioma de sus descubridores, se les dice skraelings, que es—¿cómo diríamos nosotros?...— algo así como malformados, contrahechos, patizambos. Sí. Eso es: patizambos. Porque, claro, los normáns son robustos y de muy buena estampa. Y aquella gente, por pequeña, chata, de piernas cortas, les pareció como malformada. Skraelings. Eso es: "patizambos”... “Yo diría mejor: monicongos.” —”¡Eso! ¡Eso!” —exclama el Maestre Jacobo: “Monicongos... ¡Bien hallada la palabra!”... Es tal de cuando me recojo a mi habitación del almacén de Spínola y Di Negro, que en esta tierra remota, con tantas maderas amontonadas, con tantos toneles que se compran aquí para guardar una bebida llamada biorr, huele a resinas de Castilla. Pero no puedo dormir. Pienso en esos navegantes extraviados entre témpanos y brumas, con sus naves fantasmales señoreadas por una cabeza de dragón, viendo surgir montañas verdes sobre el desdibujo de sus horizontes inciertos, topándose con troncos flotantes, olfateando brisas cargadas de efluvios nuevos, pescando hojas de formas distintas a las conocidas, mandrágoras viajeras, criadas en ensenadas nunca vistas; veo esos hombres de la niebla, apenas hombres en el difumino de la niebla, interrogando el sabor de las corrientes, probando el punto de sal de las espumas, descifrando el idioma de las olas, atentos al vuelo de aves inesperadas, al paso de un cardumen, a la deriva de las algas. Todo lo aprendido a lo largo de mis viajes, toda mi Imago Mundi, todo mi Speculum Mundi, se me vienen abajo... ¿Así que, navegando hacia el Oeste, se encuentra una inmensa Tierra Firme, poblada de monicongos, que se prolonga hacia el Sur como si no tuviese término? Y digo que posible es que se alargue hasta tierras tórridas, en latitud de Malagueta, acaso, puesto que los normáns estos hallaron salmón y hallaron vides. Y el salmón —salvo en los Pirineos, y es gran rareza, como rareza es todo lo que se cría en tierras vascongadas— termina donde empieza la uva. Y la uva baja hasta las tierras de Andalucía, hasta las islas griegas que conozco, hasta las Madeiras, y hasta parece que se da en tierra de moros, aunque a éstas no sacan vino porque es cosa prohibida por los mandamientos del Alcorán. Pero, de acuerdo a lo que sé, donde termina la uva empieza el dátil. Y acaso se da también el dátil, en el mundo aquel, al Sur, más al Sur de la uva... En tal caso... Se me barajan, se me revuelven, se me trastruecan, desdibujan y redibujan, todos los mapas conocidos. Mejor olvidar los mapas, pues se me hacen, de pronto, petulantes y engreídos con su jactanciosa pretensión de abarcarlo todo. Mejor me vuelvo hacia los poetas que, a veces, en bien medidos versos, pronunciaron verdaderas profecías. Abro el libro de las Tragedias de Séneca que me acompaña en este viaje. Me detengo en la tragedia de Medea, que tanto me agrada por lo mucho que se habla en ella del Ponto y de la Escitia, de rumbos, de soles y estrellas, de la Constelación de la Cabra de Olena, y hasta de Osas que se habían bañado en mares prohibidos, y me detengo en la estrofa final del sublime coro que canta las hazañas de Jasón:

... Venient annis
saecula seris quibus Oceanus
uincula rerum laxet et ingens
pateat tellus Tethysque nouos
detegat orbes nec sit terris
ultima Thule.

Tomo una pluma y traduzco, según mi entender, en el castellano que aún manejo con alguna torpeza, esos versos que muchas veces habré de citar en el futuro: “Vendrán los tardos años del mundo ciertos tiempos en los cuales el mar Océano aflojará los atamentos de las cosas y se abrirá una gran tierra, y un nuevo marino como aquel que fue guía de Jason, que hubo nombre Tiphi, descubrirá nuevo mundo, y entonces no será la isla Thule la postrera de las tierras.” Esta noche vibran en mi mente las cuerdas del arpa de los escaldas narradores de hazañas, como vibraban en el viento las cuerdas de esa alta arpa que era la nave de los argonautas.


El arpa y la sombra (1978)



14 sept. 2014

Pierre Michon: Volvamos a la estación del Este

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Volvamos a la estación del Este. Volvamos a esos primeros días de París en los que quizá, para Rimbaud, todo se desarrolló en tres breves actos: la inmediata reputación de poeta de mucha categoría, la conciencia aguda de la vanidad de una reputación, y su arruinamiento.
No fue Verlaine el único. Ya que es sabido que en París, en septiembre, desde los primeros días, Verlaine lo llevó a esos cafés, a esas cavernas donde, tras caer la noche, encima de mesas de mármol, humeaban el té con aguardiente y las pipas, se desbordaba la espuma de las jarras de cerveza, se desplegaban las gacetas, y detrás de las jarras y de las gacetas, a la ruin luz azul del gas, había barbas de poetas, poses de poetas, impasibilidades fingidas, bromas fingidas, y ojos de poetas que lo miraban a uno llegar de Charleville. Y tras todas esas cortinas, al fondo de esas cavernas, en Le café de Madrid, en Le Rat mort, Chez Battur, en Le Delta, en las mil dependencias anejas de la Académie d'absinthe, había algo más, que Rimbaud reconoció en el acto, antes quizá que el té con aguardiente en esta taza y el ajenjo en la de más allá; y fue, muy pegada a la piel de cada cual, cortina última, que segregaba todas las demás y de la que nacían todas las demás, las barbas, las gacetas, las jarras, algo así como una cortina de enfurruñamiento más opaca. El poeta era ese hombre múltiple enfurruñado en París.
Y todos aquellos hijos enfurruñados estaban a la espera de que llegase un padre y diese el espaldarazo a su personal enfurruñamiento, lo sacase del montón, lo sentase a su diestra en un trono invisible; todos querían hurtarse a la sociedad civil, no estar donde estaban, reinar como en huecograbado; pero habían clausurado el monasterio, la sangre azul no era ya sino folklore, el cuartel se había desmoronado entre los hielos arrastrando consigo a los hijos de altos penachos, los mariscales del Imperio, allá por Esmolensko o a orillas del Beresina; así que todos esos hijos, para dejar clara constancia de que eran huérfanos y desterrados, es decir, superiores a los demás, todos esos hijos no se hicieron capitanes, ni barones, ni monjes, sino poetas; pues tal era la costumbre desde 1830; aunque desde 1830 la canción se había ido desgastando, quizá la entonaron demasiadas gargantas; había exceso de postulantes al reparto de premios del más allá; y sobre todo no quedaba nadie en este bajo mundo que pudiera salir fiador de ese reparto. Baudelaire estaba muerto; el Viejo sólo se hablaba con Shakespeare, en las cuatro patas de su mesa; hacía ya mucho que no había un rey en Saint-Cyr que pudiera zanjar el asunto en última instancia; se había perdido el criterio electivo. La consagración que con tanta vehemencia exigía Rimbaud, que seguramente exigían todos los hijos, aunque con menor vehemencia, la consagración no era ya competencia de nadie. Y todos esos Rastignac del más allá tascaban el freno parapetados tras confusos sonetos de poca monta y comportamientos brujos, parapetados detrás de jarras, detrás de gacetas, esperando, y cada cual tenía la seguridad de ser el elegido, la seguridad de no serlo; cierto es que todos poseían el esquejillo, mas ¿de qué vale un esqueje tan uniformemente repartido?
Mientras esperaban, se hacían fotos. Pues todos se habían dado cuenta de que, allende los sonetos confusos, esos menudos puños cerrados de catorce versos enarbolados hacia el futuro, allende la poesía, muy próxima a las poses de exilio con dos dedos metidos en el chaleco y la melena al viento, fluyendo de la caperuza negra, acudía la posteridad; y sentados en el taburete de los fotógrafos, se estremecían ante la posteridad: el Viejo, frente a Nadar, frente a Carjat, miró la caperuza negra y contuvo el aliento; Baudelaire, frente a Nadar, frente a Carjat, contuvo el aliento; y frente a esos mismos, el dulce Mallarmé contuvo el aliento; y, de igual forma, Dierx, Blémont, Creissels, Coppée, unos frente a Nadar, otros frente a Carjat, se estremecieron. Y hasta el propio Rimbaud...

Anochece, estamos en octubre. Aún no ha anochecido del todo, es una tarde muy hermosa del antiguo octubre. Es domingo, estamos en Montmartre y, como esto casi es el campo, no hay nadie por las empinadas calles. Cuántos árboles en lontananza: castaños o plátanos, que deslumbran y oprimen el corazón, amarillos y arruinados contra el cielo azul. Se yerguen en la luz. Las hojas doradas nos corren bajo los pies, la cuesta arriba parece conducirnos al cielo. Y, de repente, ahí llegan: son cuatro o cinco, vienen subiendo la cuesta, todos ellos hijos irredentos, ni monjes ni capitanes, por más que todos vayan arropados en un hábito invisible, hijos sin más, poetas como solía decirse; Verlaine y Rimbaud, y, de propina, cualesquiera otros, Forain, o Valade, o Cros, y Richepin, a quien llamaban Richoppe. Levitas negras, sombreros, aspecto pulcro, todo ello resolviéndose en brillos bajo la luz del sol; porque hoy van de tiros largos: a Rimbaud alguien le ha prestado el uniforme, alguien con su misma talla, Richepin quizá. Lleva la corbata algo torcida, pero no le falta de nada, ropa blanca, betún, y chistera, la cabeza de la mismísima poesía tocada con ese elevado cilindro, ese cilindro que aparenta ser la poesía, toda la parafernalia de los pesarosos hijos de la tercera generación, mas sin la pieza de satén chino bermellón, que tan bien entonaría con esas frondas, sin el chaleco rojo, que sólo se lució tres horas y una única vez, en el estreno de Hernani, y sólo el tiempo preciso para entrar en el campo del catalejo de la Historia. Ya no lo luce nadie: por lo demás; a esa misma hora, con el espléndido chaleco rojo inflado, inmerso en su edema y con el gorrito rojo y blanco de lana encasquetado, Gautier apenas llega a vernos entre los párpados hinchados y ya no nos reconoce; está escuchando un fragor más fuerte que el de Hernani; va a morir este 23 de octubre, mañana o pasado, llegará hinchado al cementerio de Montmartre, aquí al lado, y quiero creer que allí estarán los hijos, también de tiros largos; dirán que era una basura vieja, se reirán fuerte y se emocionarán; entre dos vasos de vino, oirán el fragor de Hernani. Es posible que Rimbaud se acuerde de Izambard, de los tiempos en que Izambard le daba a conocer Esmaltes y camafeos. Van calle de Notre-Dame-de-Lorette arriba, a plena luz. Fuman en pipas que les acunan la resaca; también las frondas de los árboles acunan a estos hijos; Rimbaud dice que menuda murga, está de un humor de perros. Abren la puerta del número 10, se quitan las chisteras, los hijos bromean: hay otro patio interior, una cristalera, al fondo, en la que resplandece octubre. Entran. Ya han llegado.
Es el estudio de Carjat.
Carjat también es hijo, aunque sea algo mayor que estos cinco. Un hijo incierto, pero hijo a la postre. Sabido es -los libros lo saben- que era de familia humilde; que su madre vivía en un chiscón de portera al fondo de un patio parisino, en la finca de unos sederos, con lo que el patio era muy hondo y estrecho, maloliente quizá, con tintes de densos colores corriendo por el arroyo y un pedacito de cielo, allá, muy arriba, como en un brocal; pero no sabemos si había excavado en sí, para acoger a su madre, un pozo a la medida de este patio; los concisos prólogos de los catálogos a él dedicados no se tomaron tantas molestias, pues es un hijo menor. Carece de leyenda dorada. Lo vemos cruzar como una ráfaga de viento por la leyenda dorada de los demás, la de Baudelaire, la de Courbet, la de Daumier, la del Viejo, y ello se debe a la veneración que por ellos sentía, y a la que ellos no correspondían, se debe a la amistad que por ellos sentía, a la que algunos correspondieron, se debe también a la caja negra en la que los introdujo por la gracia de los halogenuros de plata. Cuenta con sus propias cartas de hidalguía: dicen que fue el único artista que caminó tras el féretro de Daumier, al que todos dieron de lado, el único junto con Nadar, el amigo Nadar, el decano, el rival, el mejor. No le viene de ahí su fama, sino de haber colaborado con la luz, con los obturadores que la impulsan y la internan a toda velocidad, con los cloruros que la fijan, aquel día en que vio la luz de octubre el retrato oval de dieciocho por doce y medio al que voy a referirme, ese que es tan conocido como el lobo blanco y el paño de la Verónica; y hasta sucede que, a veces, su propio apellido, Carjat, figura en el retrato oval, pero debajo del otro apellido, entre paréntesis, o en letra más menuda. No llegó a ver cómo ese retrato se convertía definitivamente en el lobo blanco; murió en 1906; y, en vida, no tuvo especial empeño en que lo conocieran por esa obra suya, sino porque era un hijo, un artista; porque de artista era su ser y su aspecto; y quería que todos lo supieran, tal es la pauta; y no lo consiguió porque, o por hedonismo o por desesperanza, que pueden ser virtudes de hijo, o, a lo mejor, por sentido común y compostura, que no son virtudes de hijo, no tuvo la jactancia de afirmar que su oficio era lo principal del orbe; no quiso enterarse a tiempo de que hay que aferrarse con pasión a una única manía, a un arte como suele decirse, y sólo a una, encerrarse ferozmente con ella en algo así como un saco a cuyo fondo hay que haber arrojado a la madre que se tiene, a los hijos que no se tendrán, a todos los hombres; y sobre ese universal apisonamiento hay que tejer la tenue labor que lo convierte a uno en hijo perpetuo. Pues la obra es de la raza de los ogros. Carjat temía devorar y que lo devorasen; y, en consecuencia, arrinconó no poco su manía para hacer sitio a una esposa y a la hija que ésta le dio; y como esa manía suya lo asustaba, sola y monolítica lo asustaba, la dividió en trocitos y ejercía varias artes; era fotógrafo, cierto es, pero también pintor y hombre de teatro; y su más caro deseo, más allá de las apariencias, era que lo tomasen por poeta, pues poeta se creía y, por lo tanto, lo era en verdad: manía, creencia, deseo que es posible que le sobreviniese en el año 48, cuando tenía veinte años, más o menos igual que Baudelaire, y oyó silbar las balas, igual que Baudelaire, e, igual que él, tomó la insurrección por la varita mágica que nos libra de los padres sin instarnos a que nos convirtamos en padres; igual que Baudelaire, remozó, en esos días, el chaleco rojo y lo ocultó cuidadosamente bajo el chaleco largo y negro; igual que Baudelaire, escribió los versos huérfanos posteriores a 1850. Pero, al contrario que Baudelaire, del que era amigo, no agarró a tiempo la cantarela, que en la juventud pasa a nuestro alcance en las banderas de éxtasis, no la agarró entonces ni la pulsó prescindiendo para ello de cualquier otra empresa: de forma tal que en vez de ceñirse el chaleco negro y, envuelto en él, rimar los doce pies, los mantra de Occidente, incluyendo el me cago en diela, es decir, ser poeta, no fue sino artista, un hombre libre sin agobios de tiempo que cambiaba de chaleco y dudaba de si el padre sería Nadar o Hugo, Courbet o Gambetta. Escribía versos y hacía fotos. Un individuo de segunda fila.

Ve en el patio, bajo la luz del sol, las cinco mitras a lo Mallarmé, y, debajo, las melenas.
Estaba esperando a los hijos, los recibe. El también es robusto y de elevada estatura, como Rimbaud (y, por un momento, podemos dar en la suposición de que no les faltó prestancia, tres meses después, en pleno invierno, aquel día que, en Les Vilains Bonshommes, se enzarzaron en una pelea a la antigua usanza de 1830, y Rimbaud hirió a Carjat con el mítico bastón-estoque). Precisamente, a Rimbaud anima el grupo para que dé un paso al frente. Se estrechan la mano; Carjat está al tanto, por éste o por el de más allá, de que hoy le toca retratar a ese muchacho tan joven que escribe versos hermosos y al que no conoce. Y como está también al tanto de que ese genio en ciernes no tiene muy buen carácter, el anfitrión se muestra de entrada muy afable, quiere conseguir que se haga la foto a gusto y ya es ducho en esas lides. Nada sabemos de lo que se dijeron en 1871. Las chisteras se han quedado en el perchero grande de la entrada, inclinadas a derecha o a izquierda, y una de ellas, colocada en la parte de arriba, está recta. Es posible que tomasen una copa. Carjat se queda de pie. Rimbaud tiene que sentarse, y no dice nada, pero si estuviéramos presentes nos daríamos cuenta de que tanta preparación, la levita, la embajada dominical, la espontaneidad del anfitrión, lo disgustan: se acuerda del brazal y del quepis, en aquellos tiempos en que aparecía por Charleville, tras bajarse de trenecillos de mala muerte, un fotógrafo marchito, y la madre, inclinándose hacia el brazo del niño, retocaba el inverosímil harapo de lencería clerical, colocaba un alfiler, ahuecaba los encajes. Rimbaud se ruboriza. Y oculto tras esa remota vergüenza, ese remoto amor, siente miedo y se enfurruña una barbaridad, porque ahora el fotógrafo no es un vagabundo insomne que acaba de bajarse de un trenecillo, sino un parisino, un maestro. Ha fotografiado a Baudelaire.
El maestro, inclinado hacia él, lo observa.
Así que aquí tenemos, frente por frente, a los dos hijos: el que no ha escrito aún más que versos hugólatras, pero que muy hugólatras, y cuyo destino está en la cuerda floja porque conoce a todos los del Parnaso y se malicia que ser la poesía en persona no equivale a ocupar el primer puesto en el Parnaso, ni en ningún otro lugar, pues no hay ratificación posible, y, sobre todo, porque se da cuenta de que la poesía va cuesta abajo, igual que la calle de Notre-Dame-de-Lorette, es una cuesta por la que se despeña uno y cae al vacío para ir a parar luego a un hotel de Bruselas, o a Guernesey, ante un velador de espiritista, soberano, brujo, charlatán: si hay mucha suerte, la cuesta conduce a Guernesey. Y ante esa cuesta, Rimbaud vacila. Así que ahí están, él y el otro hijo que hacia él se inclina, el fotógrafo, consciente de su importancia aunque no sepa muy bien por qué es importante, pero piensa que se debe a que es un artista, siendo así que es un puro y simple agente del Tiempo, irresponsable y fatal, lo mismo que Monsieur de París. Contempla a su modelo. Se fija en la corbata torcida: ve de qué color es, cosa que nosotros no sabemos. El chaleco es rojo, o negro, va a dar lo mismo, la foto es en blanco y negro. Se dice para sus adentro que dentro de un rato habrá que poner derecha esa corbata; aunque, bien pensado, mejor no enderezarla, este joven es un poeta, la corbata de los poetas queda mejor torcida. En el perchero de la entrada, los sombreros relucen en la oscuridad. Rimbaud dice algo, algo obsceno seguramente, porque todos se echan a reír, todo se desperdiga; vistiendo levitas negras se mueven en un charco de sol, están a pie firme. Ya han entrado todos juntos en el taller.
Baja octubre desde la cristalera, la luz es intensa y azul. Se nota que fuera se ha levantado viento, el cielo se torna aún más anchuroso. Hay plantas altas en unas macetas, a las que también la luz aviva y abrasa, menos deprisa que las sales de plata, pero con idéntica pasión. El enorme aparato está a la espera sobre su trípode, con sus fuelles de vagón. Un cilindro cubre ajustadamente ese cañón encaramado en un soporte: grandes piezas de cobre amarillo y baquelita negra, encajadas unas en otras, relucientes. Están, además, la tarima y el taburete, y, detrás, la tristona sábana negra. Rimbaud toma asiento en el mismo lugar en que se sentó Baudelaire. Los individuos de segunda fila están enfrente, pegados a la pared y opinan; todos tienen la esperanza de que su opinión sea la de un individuo de primera fila. Carjat vuelve con las placas y se queda en mangas de camisa. Destapa el cilindro. Se mete bajo la caperuza negra. Rimbaud ha escrito El barco ebrio; como si estuviera en trance de muerte, eso es lo que recuerda; aunque El barco ebrio no sea poesía propiamente dicha, y aunque lo puliera y repuliera para el Parnaso, eso no quita para que lo haya escrito. El eje que le mantiene derecho el cuello se pone cada vez más tieso. Allá arriba, el cielo se llena de cobres. Las hojas de oro resbalan por los cristales empañados. Entre Rimbaud y el brazal, entre Rimbaud y el pozo, chorrea la cascada de los cien versos de El barco ebrio. Empieza Rimbaud desde el principio, baja por los ríos impasibles, luego corre, luego danza; no mueve los labios; su madre se incorpora. Está inclinada sobre el harapo, ha escrito los cien versos definitivos del Parnaso, solloza y se desploma, vuelve a erguirse y se alza con la victoria. Se hunde y sale a flote, igual que un corcho en el agua. Metido debajo de la caperuza negra, Carjat manda a Rimbaud que mueva un poco la cabeza, que la ponga así y de la otra manera. Y Rimbaud hace lo que manda; dentro de la cabeza, que apenas mueve, van cayendo las estrofas impecables, las estrofas impasibles, un verso encima de otro, como olas, como viento. Los hemistiquios se tambalean, las sílabas gotean, de doce en doce, corriendo por encima de la hembra campesina, que llora y ríe a carcajadas. Ella lo escribió. Ella fue aguas abajo del Parnaso. Más arriba, el cielo es ancho como un padre. Rimbaud lleva un buen rato conteniendo el aliento. Carjat dispara. La luz se abalanza sobre los halogenuros, los abrasa. En ese preciso instante, Rimbaud está echando de menos Europa.

Todo el mundo está enterado de ese momento concreto de octubre. Posiblemente es un hecho del alma y del cuerpo; sólo vemos el cuerpo. ¿Quién no conoce ese pelo revuelto, esos ojos, quizá de un azul blanquecino, que no nos miran, tan claros como la luz del día y apuntando por encima de nuestro hombro izquierdo hacia el lugar en que Rimbaud divisa una maceta en la que una planta se encarama hacia octubre y quema carbono; pero nosotros pensamos que esa mirada apunta al vigor futuro, la capitulación futura, la Pasión futura, la Temporada y Harar, la sierra sobre la pierna en Marsella; y seguramente él piensa, y nosotros también, que apunta hacia la poesía, ese espectro acorde que acordadamente se confirma en el pelo revuelto, el óvalo angelical, el nimbo de enfurruñamiento, pero que, de forma nada acorde, se halla también ahí, tras el hombro izquierdo, y, cuando nos volvemos, ya ha desaparecido. Sólo vemos el cuerpo. Y en los versos ¿se ve acaso el alma? Pasa el viento entre toda esa luz. En el pasillo, sin brillos ni testigos, están las mitras. Los individuos de segunda fila llevan las manos colgando. Están muy formales. No saben a ciencia cierta que esos labios apretados acaban de recitar El barco ebrio, pero sospechan que han estado recitando versos: también a ellos les hicieron en su día una foto, y en ese taburete recitaron con ansias de muerte su obra maestra de segunda fila. No saben, como tampoco lo sabemos nosotros, por qué estrofa iban cuando disparó Carjat, qué palabra apresó en la caja; no, no sabemos si Rimbaud en ese preciso instante estaba echando Europa de menos. No están a la vista las manos de lavandera. La corbata se ha quedado torcida por toda la eternidad; no sabemos de qué color es.
Carjat tira más placas, y de ésas nada sabemos. Las destruyó más adelante, después de la pelea que los enfrentó a ambos. No está enterado de que acaba de realizar su obra maestra. Los hijos se han sentado en el suelo y bromean. Rimbaud está taciturno, esos poetas que se comportan como monaguillos bebiéndose el vino de consagrar lo fastidian una barbaridad. De repente, casi ni se los ve. No es cosa de quedarse aquí toda la tarde. Se acabó. Carjat se lleva las placas al cuarto de al lado: cubetas, nitratos, el asunto no admite espera, los hijos ya saben por dónde se sale. Cogen las chisteras, el perchero desposeído queda a solas en el pasillo. Desciende el cielo sobre los cinco hijos; hemos salido a la calle, la luz de octubre declina, los árboles oscilan, las hojas de oro vuelan al compás de la sencilla cadencia del viento. Son gemas bajo los pies. Se sujetan los sombreros con la mano, los brillos negros bajan la cuesta a todo correr. Cruzan París, siete veces aparece una estrella en la Osa Mayor, ésta es la Académie d'absinthe.


En Rimbaud el hijo, VI
Título Original: Rimbaud le fils
Traducción: María Teresa Gallego Urrutia
Barcelona, Anagrama, 2001
Foto: Pierre Michon en Orleans 1996 © Sophie Bassouls Sygma Corbis

23 ago. 2014

Pierre Michon: San Hilarius

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El obispo Hilarius ha dejado la mitra. Su barba está completamente blanca. Ha entregado el báculo. Ha fundado una comunidad de hermanos no se sabe dónde a orillas del Tarn, en el lugar sin duda al que vendrá más tarde Enimia, la santa de la sangre de Meroveo.
Hilarius se hace viejo. Podemos saber que se hace viejo, pero sabemos pocas cosas sobre él. Sabemos lo que no es. No es Hilario de Poitiers, quien de ultratumba volvió para sostener la espada de Clodoveo, contra Alarico en la batalla de Vouillé. No es Hilario de Carcasona, que el día de Pentecostés estaba allí en el bastidor divino con San Sernín, que vio entonces las pequeñas llamas sobre la cabeza de los apóstoles, que vio a los apóstoles girar y canturrear bajo este fuego como muchachas haciendo rondas, que se convenció de que era la verdad la que de esta manera danzaba y flameaba, y que siguió a San Sernín hacia las Galias, el episcopado y el martirio. No es Hilario de Padua, a quien pintó Correggio, de memoria. No es tampoco aquel Hilarión de Gaza, el amigo de San Antonio, de quien Flaubert dice intrépidamente que era el diablo. Y también el nuestro, Hilarius, conoce bastante bien al diablo.
Se ha hecho una pequeña ermita, a medio camino entre el Tarn abajo y, allá arriba, el causse de Sauveterre, sobre el borde del acantilado, en un lugar llamado Les Baumes. Es plano como la mano. Reúne las ventajas del abismo y el desierto. Allí se está en la mazmorra universal y, sin embargo, en la cima del mundo: es una buena ermita. Es allí que Hilarius va cada vez más a menudo, para huir de la cháchara de los hermanos, para hablarle en sí mismo a aquel otro que es Dios, para hablarle también a aquel otro que él fue, cuando su barba era negra. Y ahí, en esta larguísima conversación consigo mismo, suele suceder que el diablo llega.
Toma durante días enteros la forma benigna de muchachas completamente desnudas. Otras veces, toma la forma del mismo Hilarius, con una tiara sobre el trono de San Pedro. Y, a veces, no tiene ninguna forma, es un poco de viento, de hermoso sol y hermosas hojas nuevas en los álamos a lo largo del Tarn, un poco de júbilo, un deseo de estirar las piernas. «Voy a subir hasta el borde del causse», se dice el ermitaño.
Es muy largo, hay que dar rodeos interminables. El anciano se detiene a menudo.
Está sobre el causse. El viento pasa por allí como el Espíritu. Es infinito pero definible, como el nombre de Dios, que se deja tejer en tres Personas. Es la palma abierta de la Creación, que tiende hacia Dios a un pequeño bienaventurado, apoyado sobre su bastón. «Entonces, milagrosamente, la tierra se levantó en forma de un hermoso troño más alto que los demás y todos los asistentes quedaron estupefactos», está en las Escrituras e Hilarius lo recuerda. Se repite esta frase y el viento pasa por su corazón. El viento juega con los árboles. Es el viento quizás el que le habla: ¿Para qué necesitas mitra? ¿Para qué necesitas a Roma? He aquí tu trono episcopal. He aquí las siete colinas, y Dios está justo arriba, sin intermediario entre Hilarius y Él. Está ebrio de orgullo. Abre los brazos, corre, queda casi sin aliento... y, Dios mío, cuánto ha caído el sol, hay que volver a bajar antes de que anochezca. Da la espalda al causse, el trono de San Pedro, la espalda pelada de la tierra, donde nada crece: cree ver a un monje pequeño y anciano, apoyado sobre un bastón, riendo. Es tan sólo un enebro. «Así que eres tú, Satán», dice con un tono de reproche. Baja mientras anochece. Escucha su aliento avaro de anciano en la noche. Unos murciélagos pasan: es nuestro pequeño corazón negro, que palpita allá arriba. Es el pequeño corazón negro del Papa, de Hilarius o del último vaquero, no se sabe. Un hombre es todos los hombres, un lugar, todos los lugares, piensa Hilarius. Se pregunta si este pensamiento es de Dios o del diablo.


En Mitologías de Invierno ("Nueve pasajes del causse")
Título Original: Mythologies d'hiver
Traductor: Nicolás Valencia
Autor: Pierre Michon
©2009, Ediciones Alfabia


4 may. 2014

Jean Baudrillard: Lo obsceno

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Está claro que escena y obscena no tienen la misma etimología, pero la aproximación es tentadora, pues, desde el momento en que existe escena, existe mirada y distancia, juego y alteridad. El espectáculo está relacionado con la escena. Por el contrario, cuando se está en la obscenidad, ya no hay escena ni juego, la distancia de la mirada se borra. Pensemos en la pornografía: está claro que allí el cuerpo aparece totalmente realizado. Puede que la definición de la obscenidad sea el devenir real, absolutamente real, de algo que, hasta entonces, estaba metaforizado o tenía una dimensión metafórica. La sexualidad —al igual que la seducción— siempre tiene una dimensión metafórica. En la obscenidad, los cuerpos, los órganos sexuales, el acto sexual, son brutalmente no ya «puestos en escena», sino ofrecidos de forma inmediata a la vista, es decir, a la devoración, son absorbidos y reabsorbidos al mismo tiempo. Es un acting out total de cosas que, en principio, son objeto de una dramaturgia, de una escena, de un juego entre las partes. Ahí ya no existe juego, ya no existe dialéctica ni distancia, sino una colusión total de los elementos.

Lo que vale para los cuerpos, vale para la mediatización de un acontecimiento, para la información. Cuando las cosas devienen demasiado reales, cuando aparecen inmediatamente dadas, realizadas, cuando nos hallamos en ese cortocircuito que hace que tales cosas se aproximen cada vez más, nos hallamos en la obscenidad… Régis Debray ha hecho una crítica interesante de la sociedad del espectáculo desde esta perspectiva: en su opinión, no nos hallamos en absoluto en una sociedad que nos alejaría de las cosas, en la que estaríamos alienados por nuestra separación respecto a ellas… La maldición que nos afecta sería, por el contrario, estar ultracercanos, que todo resulte inmediatamente realizado, tanto nosotros como las cosas. Y este mundo demasiado real es obsceno.

En un mundo así, ya no existe comunicación, sino contaminación de tipo vírico, todo se contagia de uno a otro de manera inmediata. La palabra promiscuidad expresa lo mismo: está ahí inmediatamente, sin distancia, sin encanto. Y sin auténtico placer. Ahí aparecen los dos extremos: la obscenidad y la seducción, como lo muestra el arte, que es uno de los terrenos de la seducción. A un lado está el arte capaz de inventar una escena diferente de la real, una regla de juego diferente, y al otro el arte realista, que ha caído en una especie de obscenidad al hacerse descriptivo, objetivo o mero reflejo de la descomposición, de la fractalización del mundo.

La obscenidad tiende siempre a superarse: presentar un cuerpo desnudo ya puede ser brutalmente obsceno, presentarlo descarnado, desollado, esquelético todavía lo es más. Está claro que actualmente toda la problemática crítica que los media gira alrededor del umbral de tolerancia en el exceso de obscenidad. Si debe decirse todo, todo se dirá… Pero la verdad objetiva es obscena. Eso no impide que cuando nos cuentan todos los detalles de las actividades sexuales de Bill Clinton, la obscenidad sea tan ridícula que nos preguntamos si en todo eso no habrá una dimensión irónica. Esta desviación sería tal vez el último avatar de la seducción, en un mundo que va a la deriva, hacia la obscenidad total: en cualquier caso, no acabamos de creérnoslo del todo. La obscenidad, o sea la visibilidad total de las cosas, es hasta tal punto insoportable que hay que aplicarle la estrategia de la ironía para sobrevivir. De no hacerlo, esa transparencia resultaría absolutamente dañina.

Entramos entonces, entre el bien y el mal, en un antagonismo insoluble en el que —con riesgo de ser maniqueo y de contradecir todo nuestro humanismo— no existe posible reconciliación. Hay que aceptar una regla de juego que, aunque no sea un consuelo, me parece más lúcida que imaginar que un día se realizará la unidad del mundo y se restablecerá el hipotético reino del bien. Justo cuando se pretende alcanzar este bien total, es cuando el mal se transparenta. Por paradójico que parezca, ¿no es a través de los derechos del hombre como suceden actualmente, y a nivel planetario, las peores discriminaciones? Así pues, la búsqueda del bien tiene unos efectos perversos y esos efectos están siempre del lado del mal. Pero hablar del mal no equivale a condenarlo: en cierto modo, el mal es lo fatal, y una fatalidad puede ser desdichada o afortunada.


En Contraseñas
Título original: Mots de passe
Jean Baudrillard, 2000
Traducción: Joaquín Jordá
Foto: Jean Baudrillard por Sophie Bassouls Paris 1987 Corbis

18 feb. 2014

Ray Bradbury: Un milagro de rara invención

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Un día ni demasiado suave ni demasiado ácido, ni demasiado caluroso ni demasiado frío, el viejo Ford llegó a la colina desértica a tumultuosa velocidad. La vibración de las diversas partes de la carrocería hacía huir a los que andaban por el camino en harinosos estallidos de polvo.

Monstruos de Gila, perezosas muestras de joyería india, se apartaban a un lado. El Ford, como una infección, clamaba y se alejaba estrepitosamente hacia las profundidades del desierto.

En el asiento de adelante, mirando hacia atrás, el viejo Will Bantlin gritó: —¡Dobla!

Bob Greenhill hizo girar tambaleándose al viejo Ford detrás de un panel de anuncios.

Instantáneamente los dos hombres se volvieron. Los dos atisbaron por encima del techo abollado del coche, rogando al polvo que habían removido en el aire: —¡Baja! ¡Baja, por favor...!

Y el polvo bajó suavemente. Justo a tiempo.

—¡Zambúllete!

Una motocicleta que parecía quemada en los nueve círculos del infierno pasó atronando el aire. Encorvado sobre el aceitado manubrio, una figura huracanada, un hombre de cara arrugada y muy desagradable, gafas, y abrasado por el sol, se inclinaba apoyándose en el viento. La moto rugiente y el hombre desaparecieron en el camino.

Los dos viejos subieron al coche, suspirando.

—Hasta la vista, Ned Hopper —dijo Bob Greenhill.

—¿Por qué? —dijo Will Bantlin—. ¿Por qué siempre andará pisándonos los talones?

—Willy-William, no digas tonterías —dijo Greenhill—. Somos la fortuna de Hopper, unas buenas cabezas de turco. ¿Por qué nos va a dejar si siguiéndonos por todas partes se hace rico y feliz mientras nosotros somos cada vez más pobres y sabios?

Los dos hombres se miraron, sonriendo, no del todo convencidos. Lo que el mundo no les había dado, lo habían obtenido de algún otro modo. Habían gozado juntos de treinta años de no violencia, que en el caso de ellos significaba no trabajar.

—Siento que se acerca una cosecha —decía Will, y escapaban del pueblo antes de que el trigo madurara.

O si no—: ¡Esas manzanas están al caer! —Retrocedían entonces unos quinientos kilómetros para que no les dieran en la cabeza.

Bob Greenhill llevó lentamente de vuelta el auto al camino, con una magnífica y breve detonación.

—Willy, amigo, no te desalientes.

—Ya he pasado la etapa del desaliento —dijo Will—. Ahora estoy hundido en la aceptación.

—¿La aceptación de qué?

—Del cofre del tesoro lleno de latas de sardinas un día, y ni un abrelatas. De mil abrelatas al día siguiente y ni una sardina.

Bob Greenhill escuchó al motor que hablaba consigo mismo como un viejo de noches insomnes, huesos oxidados y sueños muy gastados.

—La mala suerte no nos va a durar siempre, Willy.

—No, pero lo intenta. Tú y yo nos ponemos a vender corbatas ¿y quién aparece del otro lado de la calle vendiéndolas a diez centavos menos?

—Ned Hopper.

—Encontramos una veta de oro en Tonopah y ¿quién registra primero la mina?

—El viejo Ned.

—¿No le hemos hecho favores toda la vida? ¿No necesitamos algo que sea sólo nuestro, y que no vaya a parar a sus manos?

—Ha llegado el momento, Willy —dijo Robert, conduciendo con calma—. Lo malo es que tú, yo y Ned nunca decidimos realmente lo que queríamos. Nosotros recorremos todos estos pueblos fantasmas, vemos algo, lo tomamos. Ned lo ve y lo toma también. No lo quiere, lo quiere sólo porque nosotros lo queremos. Lo conserva hasta que nos perdemos de vista, entonces lo rompe y vuelve a trampearnos. El día que sepamos realmente lo que queremos será el día en que Ned se asuste de nosotros y huya para siempre. Ah, caramba. —Bob Greenhill respiró el aire claro y de agua fresca que corría en ráfagas matinales por encima del parabrisas.— De todos modos está bien. Este cielo.

Esas lomas. El desierto y...

Se le apagó la voz.

Will Bantlin le echó una mirada.

—¿Qué pasa?

—Por algún motivo... —los ojos de Bob Greenhill daban vueltas, las manos como de cuero hacían girar el volante lentamente—, tenemos que... salir... del camino.

El viejo Ford tropezó contra el borde abrupto del camino. Bajaron a una explanada polvorienta y de pronto se encontraron recorriendo una seca península de tierra que dominaba el desierto. Bob Greenhill, que parecía hipnotizado, extendió la mano hacia la llave de contacto. Debajo de la capota, el viejo dejó de lamentar sus insomnios y se quedó dormido.

—¿Pero por qué haces esto? —preguntó Will Bantlin.

Bob Greenhill se miró las manos intuitivas en el volante. —Me pareció que tenía que hacerlo.

¿Por qué? —Pestañeó. Dejó que los huesos se le asentaran, y que los ojos se le pusieran perezosos.— Quizá sólo para mirar la tierra desde aquí. Bueno. Todo eso está ahí desde hace mil millones de años.

—Salvo esa ciudad —dijo Will Bantlin.

—¿Ciudad? —dijo Bob.

Se volvió a mirar y el desierto estaba allí y las distantes colinas color de león, y más allá, suspendida en un mar de arena y luz en la mañana calurosa, una especie de imagen flotante, el rápido bosquejo de una ciudad.

—No puede ser Phoenix —dijo Bob Greenhill—. Phoenix está a ciento cincuenta kilómetros. No hay en los alrededores otra gran ciudad.

Will Bantlin dobló el mapa sobre las rodillas, buscando.

—No. No hay otra ciudad.
—¡Se está aclarando más! —exclamó de pronto Bob Greenhill.

Los dos se quedaron absolutamente duros en el coche y miraron por encima del parabrisas sucio de polvo, mientras el viento les gemía suavemente en las caras ásperas.

—¿Pero sabes qué es eso, Bob? ¡Un espejismo! ¡Claro, es eso! Los rayos de luz justos, la atmósfera, el cielo, la temperatura. La ciudad está en alguna parte, del otro lado del horizonte. Mira cómo salta, se desvanece, reaparece. ¡Se refleja contra ese cielo que es como un espejo y es visible aquí! ¡Un espejismo, por Dios!

—¿Tan grande?

Bob Greenhill midió la ciudad que crecía, se aclaraba en un cambio del viento, en un suave y lejano remolino de arena.

—¡La abuelita de todas! No es Phoenix. Ni Santa Fe ni Alamogordo, no. A ver. No es Kansas...

—De todos modos, queda demasiado lejos.

—Sí, pero mira esos edificios. ¡Grandes! Los más altos del país. Hay sólo un lugar como ese en el mundo.

—¿No quenas decir ... Nueva York?

Will Bantlin asintió lentamente y los dos se quedaron en silencio mirando el espejismo. Y la ciudad era alta y brillante y casi perfecta a la luz de la mañana temprana.

—Oh, Dios —dijo Bob, después de un largo rato—. Es espléndida.

—Sí —dijo Will—. Pero —añadió un momento después, en voz baja, como si temiese que la ciudad pudiera oírlo—, ¿qué está haciendo aquí en pleno Arizona, en Ninguna Parte, a cinco mil kilómetros de su casa?

Bob Greenhill miró y habló. —Willy, amigo, nunca hagas preguntas a la naturaleza. Ella se sienta ahí y sólo piensa en su tejido. Ondas radiales, arco iris, luces boreales, todo eso. Caramba, digamos que le tomaron una foto a Nueva York y la están revelando aquí, a cinco mil kilómetros de distancia, una mañana en que necesitábamos que nos dieran ánimo, sólo para nosotros.

—Sólo para nosotros no. —Will exploró del otro lado del coche.— ¡Mira!

Allí en el polvo harinoso había innumerables líneas cruzadas, diagonales, símbolos fascinantes impresos en un tranquilo tapiz.

—Marcas de neumáticos —dijo Bob Greenhill—. Centenares. Miles. Montones de coches pasan por aquí.

—¿Para qué, Bob? —Will Bantlin saltó del coche, aterrizó en el suelo, paró la oreja, dio vueltas, se arrodilló para tocarlo con una mano veloz y súbitamente temblorosa.— ¿Para Qué, para qué? ¿Para ver el espejismo? ¡Sí señor! ¡Para ver el espejismo!

—¿Y qué?

—¡Hurra, muchacho! —Will se puso de pie, hizo rugir su voz como un motor.— ¡Brrrammm! —Hizo girar un volante imaginario. Corrió por la huella de un neumático.— ¡Brrrammm! ¡Iiii! ¡Frenos! Robert-Bob, ¿sabes qué conseguimos aquí? ¡Mira al este! ¡Mira al oeste! Este es el único punto en varios kilómetros donde puedes salir de la autopista y sentarte y contemplar!

—¡Claro!, está bien que la gente le eche un vistazo a algo hermoso ...

—¡Qué hermoso ni qué diablos! ¿Quién es el dueño de esta tierra?

—El Estado, me imagino.

—¡Imaginas mal! ¡Tú y yo! Acampamos, solicitamos el registro, mejoramos la propiedad, y la ley dice que es nuestra. ¿No es cierto?

—¡Espera! —Bob Greenhill estaba contemplando el desierto y la extraña ciudad—. ¿Es decir, que quieres... obtener la concesión de un milagro?

—¡Así es, por Cristo! ¡La concesión de un milagro! Robert Greenhill se bajó del coche y dio vueltas alrededor mirando la tierra marcada por los neumáticos.

—¿Podemos hacerlo?

—¿Hacerlo? ¡Con tu permiso!

En un instante Will Bantlin estaba clavando las clavijas de una carpa en el suelo, enroscando el cordel.

—Desde aquí hasta aquí, y desde aquí hasta aquí, es una mina de oro, la hemos descubierto, es una vaca, la ordeñamos, es un lago de dinero; ¡nadaremos en él!

Revolvió en el coche, sacó cajones y un letrero que alguna vez había servido para anunciar corbatas baratas. Lo tendió en el suelo, le pasó una capa de pintura y empezó a dibujar las letras.

—Willy —le dijo su amigo—, nadie va a venir a pagar para ver un piojoso ...

—¿Espejismo? Pon una cerca, diles a las gentes que no pueden ver una cosa, y justo se les antoja eso. ¡Ya está!

Levantó el letrero.

Mirador del Espejismo Secreto: La Ciudad Misteriosa Autos: 25 centavos. Motos: 5 centavos.

—Ahí viene un coche. ¡Mira!

—William...

Pero Will, corriendo, levantó el anuncio.

—¡Eh! ¡Mire! ¡Eh!

El auto pasó rugiendo, como un toro que ignora al torero.

Bob cerró los ojos como para no ver la sonrisa de Will que se desvanecía.

Pero entonces ... un sonido maravilloso. El chirrido de los frenos.

¡El coche volvía! Will saltó adelante, agitando los brazos, señalando.

—¡Sí, señor! ¡Sí, señora! ¡El Mirador del Espejismo Secreto! ¡La Ciudad Misteriosa! ¡Entre derecho!

Las huellas en el polvo se multiplicaron y pronto se hicieron innumerables.

Un inmenso capullo de polvo cálido y flotante colgaba sobre la península seca donde en medio de un estruendo de llegadas, chirridos de neumáticos, motores que enmudecen, golpes de portezuelas, venían autos de muchos tipos y muchos lugares, y se acomodaban en fila. Y las gentes de los autos eran tan distintas como pueden serlo cuando vienen de los cuatro puntos cardinales pero son arrastradas en un determinado momento por algo determinado, todas hablando al principio, pero callando al fin ante lo que veían en el desierto. El viento les soplaba suavemente en la cara, agitando el pelo de las mujeres, los cuellos abiertos de las camisas de los hombres. Se quedaban sentados en los coches durante largo rato o de pie al borde de la tierra, sin decir nada, y al final uno por uno se volvían para irse.

Cuando el primer coche pasó retrocediendo delante de Bob y Will, la mujer que lo
ocupaba asintió, feliz.

—¡Gracias! ¡Pero si es como Roma! Otro coche viraba hacia la salida.

—¡Sí señor! —El conductor se acercó a estrechar la mano de Bob.— ¡Me sentí como si supiera hablar francés!

—¡Francés! —exclamó Bob.

Dieron un rápido paso adelante cuando iba a salir el tercer coche. Un viejo agitaba la cabeza, sentado al volante.

—Nunca vi nada parecido. Quiero decir, la niebla y todo, el Puente de Westminster, mejor que en una postal, y el Big Ben allí a la distancia. ¿Cómo lo hacen? Dios los bendiga. Muy agradecido.

Los dos hombres, perturbados, dejaron que el viejo se fuera, y lentamente se volvieron para mirar la luna que asomaba ahora más allá de la pequeña punta de tierra.

—¿El Big Ben? —dijo Will Bantlin—. ¿El Puente de Westminster? ¿La niebla?

Débil, débilmente, les pareció que oían, no estaban seguros, pararon la oreja, ¿se oían sonar tres campanadas de un gran reloj más allá del borde de la tierra? ¿No eran sirenas de bruma que llamaban a los barcos y bocinas de los barcos que respondían en algún río perdido?

—¿Hablar francés? —murmuró Robert—. ¿El Big Ben? ¿Es Roma aquello, Will?

El viento cambió. Una oleada turbulenta de aire caliente se levantó arrancando variaciones a un arpa invisible. La niebla se solidificó casi en monumentos de piedra gris. El sol construyó casi una estatua de oro en lo alto de un monte de mármol níveo recién tallado.

—¿Cómo ... —dijo William Bantlin—, cómo podía cambiar? ¿Cómo podían ser cuatro, cinco ciudades? ¿Le dijimos a cada uno la ciudad que había visto? No. ¡Bueno, Bob, bueno!

Ahora clavaron la mirada en el último cliente que estaba solo al borde de la península
seca. Indicándole a Will Bantlin que se callara, Robert avanzó en silencio y se detuvo a un
lado, detrás del visitante.

Era un hombre de casi cincuenta años, de cara animada, quemada por el sol, buena, afectuosa, de ojos color agua, hermosos pómulos, boca sensible. Parecía haber viajado mucho en su vida, por muchos desiertos, en busca de un oasis particular. Era como esos arquitectos que andan errando por las calles cubiertas de cascotes, al pie de sus edificios, mientras el hierro, el acero y el vidrio se alzan bloqueando, ocupando una parte vacía del cielo. La cara del hombre era la de esos constructores que de pronto ven levantarse delante de ellos, en ese mismo instante, de horizonte a horizonte, la ejecución perfecta de un viejo, viejo sueño. Ahora, a medias consciente de que William y Robert estaban a su lado, el extranjero habló al fin con una voz tranquila, suelta, fabulosa, diciendo lo que veía, diciendo lo que sentía:

—"En Xanadú..."

—¿Qué? —preguntó William.

El extranjero sonrió a medias, clavados los ojos en el espejismo y despacito, de
memoria, recitó:

"En Xanadú ordenó Kublai Khan
construir una majestuosa morada de placer
donde Alph, el río sagrado, corría
por cavernas inconmensurables para el hombre,
bajando a un mar sin sol."

La voz conjuró los vientos y los vientos soplaron sobre los otros dos hombres que se quedaron aún más quietos.

"Dos veces diez kilómetros de tierras fértiles,
fueron circundadas por muros y por torres,
y había allí jardines donde brillaban arroyos sinuosos,
y florecían innúmeros árboles de incienso,
y había bosques antiguos como las colinas
rodeando soleados parajes de verdor."

William y Robert miraron el espejismo, y lo que el forastero decía estaba allí, en el polvo dorado, algún fabuloso racimo de minaretes, cúpulas, frágiles torres del Oriente Medio, o Lejano, levantándose en una magnífica lluvia de polen del desierto de Gobi, una explanada de piedra donde brillaba el fértil Eufrates, Palmira aún de pie, en sus comienzos apenas, recién construida, abandonada luego por los años fugaces, rielando ahora en el calor, amenazando ahora con estallar para siempre.

El forastero, con la cara transfigurada, embellecida por la visión, concluyó:

"¡Fue un milagro de rara invención,
una soleada mandón de placer
con cavernas de hielo!"

Y el extranjero calló; y el silencio de Bob y Will fue todavía más hondo.

El forastero manoteó la cartera, con los ojos húmedos.

—Gracias, gracias.

—Ya nos ha pagado —dijo William.

—Si tuviera más, les daría todo.

Tomó la mano de William, le dejó un billete de cinco dólares, fue hasta el coche, miró por última vez el espejismo, luego se sentó, puso en marcha el motor, bajó la velocidad con maravillosa soltura, y, la cara resplandeciente, los ojos apacibles, se fue.

Robert dio unos pasos tras el auto, pasmado.

Entonces William estalló súbitamente, abrió los brazos, pegó unos gritos, asestó unos puntapiés, dio unas volteretas.

—¡Hurra! ¡La sal de la tierra! ¡Comida hasta hartarse! ¡Zapatos nuevos y chirriantes! ¡Mírame las manos: puñados!

Pero Robert dijo: —No creo que debamos conservarlo.

William dejó de bailar. —¿Qué?

Robert miró fijo el desierto.

—En realidad no podemos ser los dueños. Está fuera de aquí. Claro, podemos pedir la concesión de la tierra, pero ... No sabemos siquiera qué es.

—Pero si es Nueva York y ...

—¿Alguna vez has estado en Nueva York?

—Siempre he querido. Pero nunca estuve.

—Siempre has querido. Pero no estuviste nunca. —Robert meneó lentamente la cabeza.— Lo mismo que los otros. Ya oíste: París. Roma. Londres. Y este ultimo hombre. Xanadú. Willy, Willy, le hemos echado mano a algo extraño y grande. Me parece que no hacemos bien.

—¿Por qué? ¿Acaso dejamos a alguien afuera?

—¿Quién sabe? Tal vez veinticinco centavos son demasiado para algunos. No parece correcto, una cosa natural sujeta a leyes que no son naturales. Mira y dime si me equivoco.

William miró.

Y la ciudad estaba allí como esa primera ciudad que ve un niño cuando la madre lo lleva en tren a través de una larga pradera, una mañana temprano, y la ciudad se levanta cabeza por cabeza, torre por torre para mirarlo, para verlo acercarse. Era así de fresca, así de nueva, así de vieja, así de aterradora, así de maravillosa.

—Creo —dijo Robert— que deberíamos tomar justo lo suficiente como para comprar la gasolina de una semana y poner el resto del dinero en la primera alcancía para pobres que encontremos. Ese espejismo es un arroyo claro y la sed atrae a la gente. Si somos prudentes, tomaremos un vaso, lo beberemos fresco en el calor del día y nos iremos. Si nos detenemos, si levantamos barreras y tratamos de adueñarnos de todo el río...

William, mirando a través del viento susurrante de polvo, trató de tranquilizarse, de aceptar.

—Si tú lo dices.

—Yo no. La soledad que nos rodea lo dice.

—¡Pues yo digo otra cosa!

Los dos hombres se volvieron de un salto.

En mitad de la cuesta se alzaba una motocicleta. Sentado en ella, aureolado de aceite, los ojos cubiertos de antiparras, la grasa cubriéndole las enmarañadas mejillas, había un hombre de familiar arrogancia y fluido desprecio.

—¡Ned Hopper!

Ned Hopper mostró su sonrisa de máxima benevolencia perversa, soltó los frenos de la moto y se deslizó cuesta abajo hasta detenerse junto a sus viejos amigos.

—Tú... —dijo Robert.

—¡Yo! ¡Yo! ¡Yo! —Ned Hopper hizo sonar cuatro veces la bocina de la moto, riéndose a carcajadas, echando la cabeza hacia atrás.— ¡Yo!

—¡Cállate! —exclamó Robert—. Se quiebra como un espejo.

—¿Qué es lo que se quiebra como un espejo?

William, advirtiendo la preocupación de Robert, echó una mirada aprensiva al desierto.

El espejismo se confundía, temblaba, se desvanecía, y una vez más quedaba suspendido en el aire como un tapiz.

—¡Ahí no hay nada! ¿Qué se traen, muchachos? —Ned observó las huellas en la tierra.— Hoy estaba yo a treinta kilómetros cuando supe que ustedes me ocultaban algo. Me dije: no es propio de mis compinches que me llevaron hasta aquella mina de oro en el cuarenta y siete, y que me dieron esta moto en una jugada de dados, en el cincuenta y cinco. Todos estos años nos hemos ayudado y resulta que ahora no le cuentan los secretos al amigo Ned. De modo que me vine para aquí. Me he pasado el día subido a aquella colina, espiando. —Ned levantó los prismáticos que le colgaban delante de la chaqueta grasienta.— Ustedes saben que leo en los labios. ¡Claro! Vi todos los coches que venían aquí, la caja. ¡Están ofreciendo todo un espectáculo!

—Baja la voz —advirtió Robert—. Hasta la vista.

Ned sonrió dulcemente. —Lamento que se vayan. Pero desde luego me parece bien que dejen mi propiedad.

—¡Tuya! —Robert y William se quedaron sobrecogidos y dijeron con un susurro tembloroso—: ¿Tuya?

Ned se rió. —Cuando vi en qué andaban, me fui con la moto hasta Phoenix. ¿Ven este pedacito de papel del gobierno que me asoma por el bolsillo de atrás?

El papel estaba allí, prolijamente doblado.

William tendió la mano.

—No le des el gusto —dijo Robert.

William retiró la mano. —¿Quieres hacernos creer que pediste la concesión de la tierra?

Ned encerró la sonrisa dentro de los ojos. —Sí. No. Aunque mintiera, podría llegar a Phoenix en mi moto antes que el carricoche de ustedes. —Ned inspeccionó la tierra con sus prismáticos.— De modo que dejen todo el dinero que han ganado desde las dos de la tarde, en que hice la petición, pues no tienen derecho a estar en mi tierra.

Robert arrojó las monedas al polvo. Ned Hopper echó una mirada fortuita al montón reluciente.

—¡Acuñadas por el gobierno de los Estados Unidos! ¡Diablos, no se ve nada ahí, pero hay estúpidos que pagan!

Robert se volvió lentamente hacia el desierto.

—¿No ves nada?

Ned gruñó.

—¡Nada, y ustedes lo saben!

—¡Pero nosotros sí! —exclamó William—. Nosotros...

—William —dijo Robert.

—¡Pero Bob!

—Allá no hay nada. Como dijo él.

Ahora venían subiendo más coches en un gran zumbido de motores.

—Disculpen, señores, tengo que ocuparme de cobrar las entradas. —Ned se apartó, agitando los brazos.— ¡Sí, señora! ¡Por aquí! ¡Se paga antes de entrar!

—¿Por qué? —William observaba a Ned Hopper que corría, gritando.— ¿Por qué le dejamos hacer esto?

—Espera —dijo Robert, casi sereno—. Ya verás.

Salieron del camino cuando entraban un Ford, un Buick y un antiguo Moon.

El crepúsculo. En una loma, a unos doscientos metros más arriba del mirador del Espejismo de la Ciudad Misteriosa, William Bentlin y Robert Greenhill freían y mordisqueaban una somera comida, poco tocino, muchos porotos. De vez en cuando Robert apuntaba unos cascados prismáticos de teatro hacia la escena de abajo.

—Hubo treinta clientes desde que nos fuimos esta tarde —observó—. Pero tendrá que cerrar pronto. Sólo le quedan diez minutos de sol.

William contempló un poroto solitario en la punta del tenedor. —Una vez más dime, ¿por qué? ¿Por qué cada vez que tenemos suerte, aparece Ned Hopper?

Robert echó aliento en los cristales de los prismáticos de teatro y los limpió con el puño de la camisa. —Porque, amigo Will, nosotros somos los puros de corazón. Tenemos una luz que brilla. Y los malvados del mundo ven esa luz más allá de las lomas y dicen, "¡Pero si allá hay unos inocentes, de esos que se chupan el dedo el día entero!" Y los malvados vienen a calentarse las manos a costa nuestra. No sé qué es lo que podemos hacer, salvo quizá apagar la luz.

—Yo no quisiera hacerlo. —William se quedó rumiando, las palmas de las manos tendidas hacia el fuego.— Pero me pareció que ésta sería nuestra oportunidad—. Un hombre como Ned Hopper, con esa vida de bajo vientre blanco, ¿no merece que un rayo lo parta?

—¿Si lo merece? —Robert ajustó los prismáticos acomodándolos mejor a los ojos.— ¡Pero si es lo que acaba de ocurrir! ¡Oh, tú, hombre de poca fe! —William saltó junto a Robert. Compartieron los prismáticos, un cristal para cada uno, y miraron hacia abajo.—¡Mira!

Y William miró y exclamó:

—¡Por todos los demonios ...

—...del último infierno!

Porque allá abajo, Ned Hopper pataleaba alrededor de un coche. La gente sacudía los brazos. Ned les devolvía dinero. El auto arrancó. Se oyeron débilmente los gritos angustiados de Ned.

William se quedó sin aire. —¡Está devolviendo el dinero! Ahora casi le pega a aquél. ¡El hombre agita el puño amenazándolo! ¡Ned le devuelve el dinero, también! ¡Mira, otras despedidas cariñosas!

—¡Viva! —gritó alegremente Robert, contento con lo que veía por la mitad de los prismáticos.

Abajo todos los coches se iban levantando polvo. Al viejo Ned le dio una violenta pataleta, arrojó las antiparras al polvo, rompió el letrero, gritó una blasfemia terrible.


—Dios mío —murmuró Robert—. Qué suerte no oír las palabras. ¡Ven, Willy!

Mientras William Bantlin y Robert Greenhill bajaban de vuelta al desvío de la Ciudad Misteriosa, Ned Hopper se precipitaba entre chillidos de furia. Rebuznando, rugiendo en su moto, lanzó por el aire el letrero pintado. El cartón subió silbando, como un bumerán, ybajó zumbando, errándole apenas a Bob. Mucho después que Ned se hubiera ido como un trueno estrepitoso, William se acercó, levantó el letrero tirado en el suelo, y lo limpió.

Ya era el crepúsculo y el sol tocaba las lomas lejanas y la tierra estaba quieta y silenciosa y Ned Hopper se había ido, y los dos hombres solos en el abandonado territorio, en el polvo con miles de huellas, miraron la arena y el aire extraño.

—Oh, no... Sí —dijo Robert.

El desierto estaba vacío en la luz rosa dorado del sol poniente. El espejismo había desaparecido. Unos pocos demonios de polvo giraban y caían, lejos, en el horizonte, pero eso era todo.

William dejó escapar un largo gruñido de congoja.— ¡Lo hizo! ¡Ned! ¡Ned Hopper, vuelve! ¡Ah, maldita sea, Ned, lo has arruinado todo! ¡Que el diablo te lleve! —Se detuvo.— Bob, ¿cómo puedes quedarte así?

Robert sonrió tristemente. —Me da lástima Ned Hopper.

—¡Lástima!

—Nunca vio lo que nosotros vimos. Nunca vio lo que todos vieron. No creyó nunca ni un momento. ¿Y sabes qué? El descreimiento es contagioso. Se le pega a la gente.

William exploró la tierra deshabitada. —¿Es eso lo que ocurrió?

—¿Quién sabe? —Robert sacudió la cabeza.— Hay algo seguro: antes la gente venía, y la ciudad, las ciudades, el espejismo, lo que fuese, estaba ahí. Pero es muy difícil ver cuando la gente se te interpone en el camino. Nada más que con moverse, Ned Hopper tapaba el sol con la mano. Algo es seguro, el teatro cerró para siempre.

—¿No podemos ...? —William vaciló.— ¿No podemos abrirlo de nuevo?

—¿Cómo? ¿Cómo haces volver una cosa así?

Los dos hombres dejaron que las miradas jugaran por la arena, las colinas, las pocas
nubes solitarias, el cielo sin viento y muy quieto.

—Quizá si miramos con el rabillo del ojo, no directamente, si nos tranquilizamos, si lo tomamos con calma...

Los dos se miraron los zapatos, las manos, las rocas que estaban a sus pies, todo. Pero al final William se lamentó: —¿Lo somos? ¿Somos puros de corazón?

Robert se rió un poquitito. —Oh, no como los chicos que vinieron aquí hoy y vieron todo lo que querían ver, ni como la gente simple nacida en los campos de trigo y que van por el mundo llevados de la mano de Dios y nunca crecerán. No somos ni los niños pequeños ni los niños grandes, Willy, pero tenemos una cosa: estamos contentos de estar vivos. Conocemos las mañanas del aire en la carretera, las estrellas que primero suben y luego bajan por el cielo. Ese bellaco hace mucho que no está contento. Me indigna pensar que andará por el camino en esa moto todo el resto de la noche, todo el resto del año.

Robert terminaba la frase cuando observó que William volvía cuidadosamente los ojos hacia un lado, hacia el desierto.

Robert murmuró con cautela: —¿Ves algo?

William suspiró. —No. Quizá mañana...

Un coche bajaba desde la carretera.

Los dos hombres se miraron. Una loca mirada de esperanza les relampagueó en los ojos. Pero no se atrevieron a agitar las manos y gritar. Se quedaron simplemente con el cartel pintado en los brazos.

El coche pasó rugiendo.

Los dos hombres lo siguieron con ojos esperanzados.

El coche frenó. Retrocedió. Había un hombre, una mujer, un chico, una chica. El hombre gritó: —¿Cierran de noche?

William dijo: —No es necesario...

Robert lo interrumpió: —¡Quiere decir que no es necesario pagar! ¡El último cliente del
día y familia pasan gratis! ¡Adelante!

—¡Gracias, vecino, gracias!

El auto avanzó rugiendo hasta el mirador.

William tomó a Robert del codo. —Bob, ¿qué te pasa? ¿Vas a decepcionar a esos
chicos, a esa simpática familia?

—Calla —dijo Robert, suavemente—. Ven.

Los chicos bajaron precipitadamente del auto. El hombre y la mujer salieron lentamente
al atardecer. El cielo era en ese momento todo oro y azul y un pájaro cantó en algún lugar
de los campos de arena y polen leonado.

—Mira —dijo Robert.

Y caminaron hasta ponerse detrás de la familia que se alineaba ahora para mirar el
desierto.

William contuvo el aliento.

El hombre y su mujer entornaron los ojos, incómodos, mirando el crepúsculo.

Los chicos callaban, y abrían los ojos a la luz destilada del sol poniente.

William se aclaró la garganta. —Es tarde... Eh... no se ve muy bien.

El hombre iba a contestar, cuando el chico dijo: —¡Oh, se ve muy bien!

—¡Claro! —La chica señaló.— ¡Allí!

La madre y el padre siguieron el movimiento de la mano, como si eso pudiera ayudar, y
así fue.

—Dios mío —dijo la mujer—, por un momento pensé... Pero ahora... ¡Sí, allí está!

El hombre leyó en la cara de la mujer, vio allí una cosa, se la llevó prestada y la puso
en la tierra y en el aire.

—Sí —dijo al fin—. Oh, sí.

William los contemplaba, y contemplaba el desierto y también a Robert, que sonreía y
asentía.

Las caras del padre, la madre, la hija, el hijo resplandecían ahora, mirando al desierto.

—Oh —murmuró la chica—, ¿está realmente allí?

Y el padre asintió, la cara iluminada por lo que veía, apenas dentro de los límites de lo visible y un poco más allá de lo que puede conocerse. Habló como si estuviera solo en una iglesia-bosque.

—Sí. Dios mío, y qué hermoso es.

William empezó a levantar la cabeza, pero Robert murmuró. —Despacio. Está viniendo. No te esfuerces. Despacio, Will.

Y entonces William supo lo que debía hacer.

—Voy a quedarme con los chicos —dijo.

Y caminó lentamente y se quedó de pie detrás del chico y la chica. Estuvo largo rato allí, como un hombre entre dos cálidas hogueras, calentándose en una tarde fría, y respiró con facilidad y al fin dejó que los ojos subieran, dejó que la atención se volviera sin esfuerzo hacia el desierto crepuscular y la esperada ciudad de la penumbra.

Y allí en el polvo que subía suavemente soplado desde la tierra, reunido en el viento en siluetas de torres, espirales y minaretes, estaba el espejismo.

William sintió la respiración de Robert en el cuello, cerca, murmurando, hablando a medias consigo mismo.

¡Fue un milagro de rara invención, una soleada mansión de placer con cavernas de hielo!


Y la ciudad estaba allí.

Y el sol se puso y salieron las primeras estrellas.

Y la ciudad era muy clara cuando William se oyó a sí mismo repitiendo, en voz alta o quizá solo: —Fue un milagro de rara invención...

Se quedaron en la oscuridad hasta que dejaron de ver.



En Las maquinarias de la alegría (1949)
Trad.: Aurora Bernárdez
Barcelona, 1976
Foto: Paris 1984 © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis  

8 feb. 2014

Jean Baudrillard: El síndrome de Babel

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Para devolver el mundo a su ilusión despiadada, y a su indeterminación inapelable, una única solución: la desinformación, la desprogramación, el jaque a la perfección.

Con la construcción de la torre de Babel rozamos el crimen perfecto. Menos mal que Dios intervino dispersando las lenguas y sembrando la confusión entre los hombres. Pues la dispersión de las lenguas sólo es un desastre desde el punto de vista del sentido y de la comunicación.

Desde el punto de vista del lenguaje en sí, de la riqueza y de la singularidad del lenguaje, es una bendición del cielo —en contra de la secreta intención de Dios, que era castigar a los hombres, pero ¿quién sabe?, tal vez era una astucia del Todopoderoso.

Si todas las lenguas, sin excepción, son tan bellas, es porque son incomparables, irreductibles la una a la otra. Gracias a esta diferenciación ejercen su seducción propia, y gracias a esta alteridad son profundamente cómplices. La auténtica maldición es cuando estamos condenados a la programación universal de la lengua. Ficción democrática de la comunicación, en la que se reconciliarían todas las lenguas a la sombra del sentido y del sentido común. Ficción de la información, de una forma universal de transcripción que anula el texto original. Con los lenguajes virtuales estamos a punto de inventar la anti-Babel, la lengua universal, la auténtica Babilonia, donde todas las lenguas se confunden y prostituyen. Auténtico proxenetismo de la comunicación, que se opone a la ilusión mágica de la alteridad. ¡Como si fuera posible reconciliar las lenguas!

La misma hipótesis es absurda. Podría ser si fueran diferentes, sólo diferentes. Pero las lenguas no son diferentes, son otras. No son plurales, son singulares. E irreconciliables, como todo lo que es singular. Hay que preferir lo singular a lo plural. Convendría extender a todos los objetos la dispersión fatal de las lenguas.

Infectado por el virus de la comunicación, el propio lenguaje cae bajo el golpe de una patología viral. Está claro que padece tradicionalmente retórica, resaca, logorrea, tautología, de la misma manera que un cuerpo puede padecer ataques mecánicos y orgánicos; el signo también puede estar enfermo, pero pese a ello mantiene la forma, y un análisis crítico y clínico puede restablecer siempre las condiciones de su buena forma. Pero con los lenguajes virtuales ya no se trata de una patología tradicional de la forma, sino de una patología de la fórmula, de un lenguaje condenado a unos mandamientos operativos simplificados; cibernético. Entonces es cuando la alteridad hurtada al lenguaje se venga, y se instalan esos virus endógenos de descomposición, contra los cuales la razón lingüística ya no puede nada. Condenado a su disposición numérica, a la repetición infinita de su propia fórmula, el lenguaje, desde el fondo de su genio maligno, se venga desprogramándose por sí solo, desinformándose automáticamente. (¡La desprogramación del lenguaje correrá a cargo del propio lenguaje! ¡La desregulación del sistema correrá a cargo del propio sistema!)

¿Por qué no generalizar esta desprogramación al individuo y al orden social —extender el Síndrome de Babel a la Lotería de Babilonia?

Todo comienza, en la ficción de Borges, con la institución colectiva del azar, con una redistribución aleatoria de los estatutos, de las fortunas y del juego social: la Lotería. Cada una de las existencias se hace singular, incomparable, sin determinación lógica. Y, sin embargo, todo funciona. Todo el mundo acaba por preferirlo al juego social tradicional, también él condenado de todos modos a la arbitrariedad. Ahora bien, es mejor el arbitrario objetivo del azar y la indeterminación manifiesta que la ilusión enmascarada del libre albedrío. Todo el mundo acaba por preferir ser cualquier cosa, al capricho de la Lotería, tener un destino accidental, que una existencia personal. En cualquier caso, hoy nos hemos convertido en cualquier cosa. Pero lo hemos hecho de manera vergonzosa, en la promiscuidad estadística, en la monotonía colectiva, en lugar de serlo de manera deslumbrante, verdaderamente libre, por un defecto venido del exterior.

En la comunicación, los individuos sufren, debido a la promiscuidad y a la interacción perpetua, el mismo destino, la misma ausencia de destino. La comunicación desempeña la función de pantalla total contra las radiaciones de la alteridad. Para preservar la extrañeza de unos respecto a otros, ese destino personal de una «singularidad vulgar». (G. Agambden), para romper esa programación «social» del intercambio que iguala los destinos, basta con introducir la arbitrariedad del azar o de una regla de juego. Contra la escritura automática del mundo: la desprogramación automática del mundo.

A diferencia de todas las ilusiones que se presentan como verdad (incluida la de la realidad), la ilusión del juego se presenta como tal. El juego no exige que se crea en él, y tampoco se trata de creer en las apariencias cuando se presentan como tales (en el arte, por ejemplo). Pero como no creen en ellas, existe una relación aún más necesaria de los jugadores con la regla del juego: un pacto simbólico, que nunca es el de la relación con la ley. La ley es necesaria, la regla es fatal. No hay nada que entender de la regla. Los mismos jugadores no tienen por qué entenderse. No son reales el uno para el otro, son cómplices de la misma ilusión, que debe ser compartida, en lo que es superior a la verdad y a la ley, que pretenden reinar por completo.

De ahí el hecho paradójico de la ilusión como único principio democrático auténtico.

Nadie es igual ante la ley, mientras que todos son iguales ante la regla, puesto que es arbitraria.

Así pues, la única democracia es la del juego. Por eso las clases pobres se entregan a él con furor.

Si bien la ganancia del juego es desigual —es la «fortuna», pero no hay que responder de esta desigualdad ante la conciencia—, la distribución de las posibilidades, en cambio, es igual, ya que corresponden al azar. No es justa ni injusta. Así pues, los habitantes de Babilonia acaban por preferir la distribución azarosa de los destinos, porque les deja en libertad de actuar en la inocencia total. Al ser la incertidumbre nuestra condición fundamental, el milagro del juego consiste en transformar esta incertidumbre en regla de juego, y escapar de ese modo a la condición natural.

Con esta idea del Juego y de la Lotería, de la Singularidad y de lo Arbitrario, acaba la obsesión de un Dios racionalista que engloba en su visión todos los detalles del universo y regula todos sus movimientos. Situación agotadora la idea de que el más mínimo pensamiento, el menor batido de alas de una mariposa, pudieran ser contabilizados en el programa de conjunto de la creación, provocando en cada uno de nosotros una responsabilidad máxima. Nos hemos liberado de esa obsesión con la Lotería y la turbulencia aleatoria. ¡Qué alivio saber que se han producido innumerables procesos no sólo sin nosotros, sino sin Dios y sin nadie! Los Antiguos eran más listos que nosotros. Habían confiado a los dioses la responsabilidad del mundo, de sus accidentes, de sus caprichos, lo cual les dejaba la libertad de actuar a su modo. Los dioses encarnaban el juego, el caos, la ilusión del mundo, y no su verdad. Es posible que con la teoría del Juego y del Caos estemos a punto de desprendernos de esa responsabilidad histórica, responsabilidad terrorista de la salvación y de la verdad, que explotan la ciencia y la religión, y de recuperar la misma libertad de los Antiguos.


En El crimen perfecto
Título original: Le crime parfait
Jean Baudrillard, 1995
Traducción: Joaquín Jordá
Foto:Jean Baudrillard, 1983 - Paris © Sophie Bassouls-Sygma-Corbis


29 nov. 2013

Vladimir Nabokov: El Navaja

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Sus compañeros de regimiento tenían sus buenas razones para llamarle El Navaja . El rostro de aquel hombre carecía de fachada. Cuando sus amigos pensaban en él sólo lograban imaginárselo de perfil, y ese perfil era extraordinario: la nariz afilada como el compás de un dibujante; la barbilla, prominente, como si fuera un codo; las pestañas, largas y suaves; características de un temperamento obstinado y también cruel. Se llamaba Ivanov.

Aquel apodo, conferido en sus años jóvenes, resultó ser extrañamente profetice No es extraño que un tipo que se llame Rubin o Rubi acabe siendo un gemólogo de prestigio. El capitán Ivanov, después de una fuga épica y tras una serie de peripecias insípidas, dio con sus huesos en Berlín, y escogió precisamente el oficio al que aludía su apodo, el de barbero.

Trabajaba en una barbería pequeña pero limpia, compartiendo su oficio con otros dos empleados, que trataban al «capitán ruso» con un respeto no exento de jovialidad. El negocio incluía asimismo al propietario, una severa masa humana que hacía girar la manivela de la caja registradora con un sonido argentino, así como a una manicura, anémica y translúcida, que parecía haberse amojamado al contacto con los innumerables dedos que, en grupos de a cinco, habían posado ante sus artes en un pequeño cojín de terciopelo.

Ivanov hacía muy bien su trabajo, y eso que no había conseguido hablar bien alemán. Sin embargo, pronto ideó una forma de resolver el problema: colocar un nicht al final de la primera frase, un interrogativo was en la siguiente, y luego, de nuevo nicht , alternándolos de este modo al infinito. Y aunque hasta que no llegó a Berlín no aprendió a cortar el pelo, manejaba la navaja y las tijeras con extraordinaria destreza, casi como los peluqueros rusos, con su proverbial afición a hacer todo tipo de fiorituras con las tijeras cuyos chasquidos adoran -hay que verlos cuando se echan atrás para apuntar el próximo gesto, y cómo cortan un par de mechones para luego chascar indefinidamente las hojas de la tijera como si se vieran impelidos a ello por una especie de inercia. Precisamente, aquel ágil zumbido gratuito era lo que le había conseguido el respeto de sus colegas.

No cabe duda de que las tijeras y las navajas son armas y había algo en su zumbido metálico que gratificaba el alma guerrera de Ivanov. Era un hombre rencoroso y de agudo ingenio. Un bufón había arruinado su patria, noble, espléndida, grandiosa, por mor de una inteligente frase escarlata, y aquello era algo que no podía olvidar. La venganza, como un muelle apretado y contenido al máximo en su alma, acechaba expectante, esperando que llegara su hora.

Una azulada y cálida mañana de verano, aprovechando que apenas había clientes por el horario de las oficinas, los dos colegas de Ivanov se tomaron una hora de descanso. Su jefe, muerto de calor y de deseo insatisfecho, había escoltado en silencio a la pálida y complaciente manicura hasta el cuarto trastero. Solo en la peluquería, agobiado de calor, Ivanov empezó a hojear un periódico y luego encendió un pitillo, salió a la puerta y se dispuso a observar a los transeúntes.

La gente cruzaba deprisa, perseguida por las sombras azulencas de sus cuerpos, que se rompían en el filo de la acera para deslizarse intrépidas bajo las relucientes ruedas de los coches cuyas huellas dejaban sobre el asfalto recalentado unas cintas de seda que se asemejaban al florido encaje de la piel de las serpientes. De repente, un caballero de baja estatura, fornido, vestido con un terno negro y un sombrero hongo, dejó la acera y se dirigió derecho hacia donde estaba Ivanov. Cegado por el sol, Ivanov parpadeó un instante, luego se hizo a un lado para permitirle entrar en la peluquería.

El rostro del recién llegado se reflejó a un tiempo en todos los espejos: se veían tres cuartos de su rostro, de perfil, y también la calva cerúlea de la coronilla donde había reposado hasta ese momento el sombrero negro que ahora colgaba de una percha. Y cuando aquel hombre se volvió para enfrentar su cara a los espejos, que se reflejaban en superficies de mármol, brillantes todas ellas con el fulgor verde y dorado de los frascos de colonia, Ivanov reconoció al punto aquel rostro móvil y carnoso, con sus ojos penetrantes y el lunar junto al lóbulo derecho de la nariz.

El caballero tomó asiento delante del espejo en silencio. Luego, murmurando entre dientes, se palpó la mejilla sucia con un dedo rechoncho. Su gesto indicaba una orden: «Afeíteme, por favor». Atónito, como en una nube, Ivanov desplegó una sábana sobre su regazo, batió un poco de espuma en un bol de porcelana, la extendió por las mejillas de aquel hombre, por su barbilla y labio superior, circunnavegó cautelosamente el lunar, y empezó a aplicar la espuma con el dedo índice. Pero todos sus movimientos eran mecánicos, tan conmocionado estaba de haber visto de nuevo a aquella persona.

Una ligera máscara de jabón blanca le cubría ya el rostro hasta los ojos, ojos minúsculos que relucían como las ruedecillas de la máquina de un reloj. Ivanov había abierto la navaja y cuando se disponía a afilarla en la correa, se recobró de su estupor y se dio cuenta de que aquel hombre estaba en su poder.

Entonces, inclinándose sobre la calva cerúlea, acercó la cuchilla azul junto a la máscara jabonosa y dijo con toda suavidad: «Mis respetos, camarada. ¿Cuánto tiempo hace que abandonó nuestra querida patria? No, no se mueva por favor, no sea que le dé un corte antes de tiempo».

Las ruedecillas resplandecientes del reloj de sus ojos empezaron a moverse cada vez más deprisa, hasta quedarse fijas, detenidas, contemplando el perfil aquilino de Ivanov. Ivanov limpió la espuma que sobraba con el perfil romo de la navaja y siguió hablando: «Lo recuerdo muy bien, camarada. Lo siento, pero me resulta desagradable pronunciar su nombre. Me acuerdo de que usted me interrogó hace seis años, en Kharkov, recuerdo su firma, querido amigo… Pero como ve, sigo vivo».

Y entonces ocurrió lo que sigue. Los ojillos empezaron a moverse de un lado al otro, luego se cerraron con fuerza, los párpados apretados como los de un salvaje que pensara que al cerrarlos se convertiría de inmediato en un ser invisible.

Ivanov movía con parsimonia la navaja a lo largo de la fría mejilla que parecía crujir con un susurro a su contacto.

- Estamos completamente solos, camarada. ¿Me entiende?

Un mínimo desliz de la navaja y correrá la sangre -aquí, en este punto, noto el latir de la carótida-. Así que habrá mucha, muchísima sangre. Pero primero quiero que su cara esté decentemente afeitada; además, hay algo que tengo que contarle.

Cautelosamente, con dos dedos, Ivanov levantó la punta carnosa de su nariz y, con la misma ternura, empezó a afeitarle el labio superior.

- Sucede, camarada, que me acuerdo de todo. Me acuerdo perfectamente, y quiero que usted también recuerde… -y con un tono muy dulce de voz, Ivanov empezó su relato, mientras afeitaba sin apresurarse aquel rostro recostado, inmóvil. El relato que hizo debió de ser en verdad aterrador porque, de cuando en cuando, su mano se detenía y entonces se inclinaba hasta casi rozar al caballero que seguía sentado con los párpados cerrados, como un cadáver cubierto por el sudario de la sábana.

- Eso es todo -dijo Ivanov, con un suspiro-, ésa es la historia. Dígame ¿qué reparación le parecería justa para todo esto? ¿Con qué puedo sustituir aquella espada afilada?



En Cuentos completos
Prólogo de Dimitri Nabokov, San Petersburgo (Rusia) y Montreux (Suiza), junio de 1995
Traducción al español: María Lozano
Madrid, 2009
Foto: Vladimir Nabokov por Sophie Bassouls