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26 mar. 2015

Alessandro Baricco – Agamenón

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Alessandro Baricco – Agamenón


Lloraron sobre aquel cuerpo durance toda la noche. Le habían lavado la sangre y el polvo, y en las heridas habían echado un ungüento delicadísimo. Para que no perdiera su belleza, le habían introducido por la nariz ambrosía y néctar. Luego depositaron el cuerpo sobre el lecho fúnebre, envuelto en una delgada tela de lino, y cubierto con una túnica blanca. Patroclo. Era sólo un muchacho, ni siquiera estoy seguro de que fuera un héroe. En esos momentos habían hecho de él un dios.

Surgió el alba, sobre sus lamentaciones, y llegó el día que para siempre iba a recordar como el día de mi final. Le llevaron a Aquiles las armas que los mejores artesanos aqueos había fabricado para él, aquella misma noche, trabajando con arte divina. Las depositaron a sus pies. Él seguía abrazado al cuerpo de Patroclo y estaba sollozando. Volvió su mirada hacia las armas. Y los ojos le brillaron con una luz siniestra. Eran armas como nadie había visto o había llevado nunca. Parecían hechas por un dios para un dios. Eran una tentación a la que de ninguna manera podría resistirse Aquiles.
De modo que se levantó, al final, se alejó de aquel cuerpo y, gritando y moviéndose a grandes pasos entre las naves, llamó a los guerreros a la asamblea. Comprendí que nuestra guerra iba a decidirse allí cuando vi llegar, corriendo, incluso a los timoneles de las naves o a los despenseros de las cocinas, gente que nunca participaba en las asambleas. Pero aquel día vinieron ellos también, apiñándose junto a los héroes y a los príncipes, para conocer su propio destino. Yo esperé a que estuvieran todos sentados. Esperé a que llegara Ayante y a que Ulises ocupara su lugar, en primera fila. Los vi llegar renqueantes a causa de sus heridas. Luego, en último lugar, entré en la asamblea.
Aquiles se levantó. Todos callaron. «Agamenón», dijo, «No fue una gran idea que tú y yo nos peleáramos por una muchacha. Ojalá hubiera muerto de inmediato, en cuanto subió a mi nave, así tantos aqueos no habrían mordido la tierra infinita mientras yo permanecía sentado lejos, prisionero de mi cólera. Pero, sea como sea, ya es hora de dominar el corazón dentro del pecho y de olvidar el pasado. Hoy abandono yo mí ira y vuelvo a luchar. Reúne tú a los aqueos y exhórtalos para que combatan junto a mí, para que así los troyanos dejen de dormir junto a nuestras naves.»

Por todas partes los guerreros estaban exultantes. En medio de todo aquel gran clamor yo tomé la palabra. Permanecí en mi asiento y pedí que guardaran silencio. Yo, el rey de reyes, tuve que pedir que guardaran silencio. Luego dije: «Mucho me habéis reprochado que aquel día arrebatara yo a Aquiles su presente de honor. Y hoy sé que me equivoqué. Pero ¿no se equivocan también los dioses? La estupidez tiene los pies ligeros y ni siquiera roza el suelo, pero camina sobre la cabeza de los hombres para su perdición: y se apodera de ellos, uno tras otro, cuando más le apetece. Se apoderó de mí ese día y me arrebató el juicio.

Hoy quiero compensar aquel error ofreciéndote infinitos regalos, Aquiles.»
Estuvo escuchándome atentamente. Luego dijo que aceptaba mis regalos, pero no ese día, ese día debía entrar en combate sin más dilación, porque una gran empresa lo estaba esperando. Estaba tan locamente ávido de guerra que no habría sido capaz de esperar ni una hora siquiera.

Entonces se levantó Ulises. «Aquiles», dijo, «no puedes llevar a un ejército en ayunas al combate. Tendrán que luchar durante todo el día, hasta la puesta de sol: y sólo quien haya comido y bebido podrá perseverar en la batalla con corazón audaz y miembros resistentes. Escúchame: haz que los guerreros regresen a las naves para prepararse una comida. Y, mientras tanto, hagamos que Agamenón traiga sus regalos hasta aquí, en medio de la asamblea, para que todos puedan verlos y admirarlos. Y luego deja que delante de todos Agamenón jure de manera solemne que no se ha unido a Briseida del modo en que se unen hombres y mujeres. Tu corazón estará más sereno cuando entres en combate. Y tú, Agamenón, organiza un rico banquete en tu tienda para Aquiles, de manera que la justicia que se le debe sea completa. Es digno de un rey pedir excusas, si es que ha ofendido a alguien.»

Así habló. Pero Aquiles no quería ni oír hablar de todo aquello. «La tierra está cubierta por los muertos que Héctor ha sembrado tras de sí, ¿y vosotros queréis comer? Ya comeremos cuando el sol se ponga: yo quiero que este ejército luche hambriento.
Patroclo yace cadáver y espera venganza: yo os digo que ni comida ni bebida pasarán por mi garganta antes de que se la haya proporcionado. En este momento, a mí qué me importan los banquetes o los regalos. Yo lo que quiero es sangre, y catástrofes, y lamentos.»

Así habló. Pero Ulises no era alguien que diera su brazo a torcer. Otro cualquiera hubiera agachado la cabeza, yo lo habría hecho, pero él no lo hizo. «Aquiles, el mejor de todos los aqueos, tú eres más fuerte que yo manejando la lanza, eso es seguro, pero yo soy más sabio que tú, porque soy viejo y he visto muchas cosas. Acepta mi consejo. Será una dura batalla y nos espera un enorme esfuerzo antes de ganarla. Justo es que lloremos a nuestros muertos, pero ¿acaso tenemos que hacerlo con el estómago? ¿No es también nuestro derecho reponernos del cansancio y, con comida y con vino, recuperar ¡as fuerzas? A los que mueran enterrémoslos con el ánimo fuerte, y llorémosles desde el alba hasta la puesta del sol. Pero luego pensemos cambien en nosotros, para que podamos volver a perseguir al enemigo con vigor, sin tregua, sin desmayo, bajo nuestras armas de bronce. De manera que yo ordeno que nadie vaya hasta el campo de batalla sin antes haber comido y bebido: todos juntos, más tarde, nos lanzaremos sobre los tróvanos, desencadenando atroz combate.»

Así habló. Y lo obedecieron. Y Aquiles lo obedeció. Ulises se hizo acompañar de algunos jóvenes y se fue a mí tienda. Fue sacando, uno a uno, los regalos que había prometido: trípodes, caballos, mujeres, oro. Y Briseida. Lo llevó todo al centro de la asamblea y luego me miró. Me levanté. La herida del brazo me estaba haciendo enloquecer, pero me levanté. Yo, el rey de reyes, elevé los brazos al cielo y delante de todos ruve que decir estas palabras: «Yo juro ante Zeus, y cambien ante la Tierra y el Sol, y ante las Erinies, que nunca he puesto mi mano encima de esta muchacha que se llama Briseida, y que nunca he compartido el lecho con ella. Ha permanecido en mi rienda, y ahora la restituyo intacta. Que los dioses me inflijan penas terribles si lo que he dicho no es cierto.»

No mentía. Yo me había apoderado de aquella muchacha, pero no de su corazón. La vi llorar sobre el cuerpo de Patroclo y la oí hablar como nunca la había oído: «¡Patroclo, tú que eras tan amado por mí! Cuando te dejé estabas vivo y ahora, al volver, te hallo muerto. No hay fin para mis desventuras. Vi morir a mi marido, desgarrado por la lanza de Aquiles; y vi morir a todos mis hermanos delante de las murallas de mi ciudad. Y cuando lloraba por ellos tú me consolabas y con dulzura me decías que me llevarías a Fría y que allí Aquiles me tomaría por esposa, y que todos juntos celebraríamos las bodas, con gran alegría. Aquella dulzura es la que lloro ahora al llorar por tí, Patroclo.» Y abrazaba aquel cuerpo, sollozando, entre los lamentos de las otras mujeres.

Aquiles esperó a que el ejército se alimentara. El no quiso tocar ni la comida ni el vino. Cuando los hombres empezaron a salir de nuevo de sus tiendas y de las naves, preparados para la batalla, él se colocó sus nuevas armas. Las hermosas espinilleras, con refuerzos de plata para los tobillos; la coraza, alrededor del pecho; la espada, colgada al hombro; el yelmo, en la cabeza, refulgente como una estrella. Y la lanza, la famosa lanza que su padre le había entregado para dar muerte a los héroes. Por último, embrazó el escudo: era enorme y poderoso, despedía un resplandor como el de la luna. El cosmos entero estaba allí representado: la tierra y las aguas, los hombres y los astros, los vivos y los muertos. Nosotros luchábamos empuñando nuestras armas: aquel hombre iría al combate aferrando el mundo entero.

Lo vi, resplandeciente como el sol, subir a su carro y gritar a sus caballos inmortales que lo llevaran a la venganza. Los culpaba de no haber sido capaces de evitarle la muerte a Patroclo, marchándose rápidamente de la batalla. Por ello les gritaba e insultaba. Y dice la leyenda que ellos respondieron: bajando el hocico y arrancándose (as riendas, le respondieron con voz humana. Y le dijeron: correremos veloces como el viento, Aquiles, pero más veloz que nosotros corre tu destino, al encuentro con la muerte.



En Homero, Ilíada

25 nov. 2011

Alessandro Baricco - La idea de música culta

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Al igual que ciertos inmensos imperios del pasado, las fronteras de la música culta tienen algo de hipotético y a la vez de muy cierto. Nadie sabe muy bien dónde están, pero está claro que en algún sitio están. Se da por descontada una geografía de la experiencia musical que dibuja y sanciona fronteras ineludibles y meticulosas: aquellas por las que, se la mire por donde se la mire, a Brahms y a los Beatles les competen paisajes e idiomas diferentes. Pero los mapas de un mundo tal resultan vagamente fantásticos, intencionadamente imprecisos y siempre provisionales. Con imperturbable y eficaz torpeza los utiliza la industria cultural, haciéndolos pasar por verdaderos y dibujando sobre ellos una división de mercados que ya ha revelado para sí una feliz funcionalidad. En cuanto al público, se adecua de buen grado, amparado por un sistema que proporciona a sus necesidades un orden útil, en nada diferente al ya experimentado en las agradables visitas a los supermercados.

Como sucede a menudo, también aquí la falta de fundamentos del sistema no hace mella en su funcionalidad: en conformidad con un veredicto que incluso la filosofía, que es la ciencia de los fundamentos, se ha resignado ya a refrendar. Como sucede a menudo, sin embargo, también aquí se abre camino la tendencia a olvidar la falta de fundamentos del punto de partida tributando a la convención un determinado valor de verdad. En esta operación se distingue, por porfiado y pedante, el consumidor de música culta. Es él, más que cualquier otro, el que teme que las cartas se barajen y el que por tanto tiende a considerar el orden establecido como un apriori indiscutible, y verdadero. El porqué es elemental: dentro del mundo de la música el consumidor de música culta está convencido, y no del todo equivocado, de vivir en Suiza, en un oasis en el mar de la corrupción del gusto. Al defender el orden establecido él defiende su diversidad y su primado.

Mucho más de lo que en general se está dispuesto a admitir, se trata en verdad de una cruzada tan enérgica como ciega: el consumidor de música culta defiende algo que no conoce. Como en ciertos inmensos imperios del pasado, también aquí es más fácil encontrar a alguien dispuesto a combatir por las fronteras del reino que a alguien que haya visto esas fronteras. La diversidad de la música culta y su supuesto primado cultural se cuestionan raramente y con dócil rigor: reducidos a eslóganes sin fundamento hacen de almohada teórica a los sueños de los abonados a ese convencionalismo. Incluso los teóricos de profesión muestran cierto reparo a la hora de esbozar una plausible legitimación. ¿Por qué debería ser precisamente la gente la que estuviera en situación de hacerlo?

Si se preguntara a la gente, a la gente de los conciertos, qué es lo que distingue a la música culta de la popular-ligera, Berio de Sting y Vivaldi de Elvis, nos haríamos una idea de los mil equívocos que circulan en torno al asunto. Es fácil presuponer que con esa inteligencia sintética que es el contrapunto a la falta de costumbre de reflexionar, la gente pondría en el punto de mira algunas argumentaciones básicas del tipo «la música culta es más difícil, más compleja», o «la música ligera es un fenómeno de consumo y nada más, la clásica sin embargo tiene un contenido, una naturaleza espiritual, ideal». Frases como éstas comparten con cualquier otro lugar común el privilegio de pronunciar, de manera falsa, algo verdadero. Se reconoce en ellas las dos caras de una única convicción: la música culta debe su diversidad y su primado a la capacidad de evadir, gracias a la superior articulación de su lenguaje, desde los límites de la inmanencia, introduciendo en un más allá no bien identificado pero a pesar de todo conjugable de manera aproximada con palabras como corazón, espíritu, verdad. Antes de preguntarse si todo esto es verdadero o falso, no es inútil intentar entender cómo se ha llegado a ello. Como todos los prejuicios, también éste tiene una historia para ser contada.

No es ilícito afirmar que debemos su creación al romanticismo, y más concretamente a su protomártir: Beethoven. Es probable que haya desempeñado una función, en la historia de la música, afín a la que, en la historia de la filosofía, Nietzsche atribuía a Sócrates: la de sacralizar una práctica hasta entonces exquisitamente laica, por no decir comercial. Lo que sucede con Beethoven es que por primera vez, y bajo la legitimación del genio, se superponen tres significativos fenómenos: 1) el músico aspira a escapar de una concepción simplemente comercial de su trabajo; 2) la música aspira, incluso explícitamente, a un significado espiritual y filosófico; 3) la gramática y la sintaxis de esa música alcanzan una complejidad que a menudo desafía las capacidades receptivas de un público normal. Como se ve, los tres distintos apartados están firmemente ligados por el hecho de legitimarse recíprocamente: aislado de los demás, cada uno de ellos no sería más que una vacua hipertrofia. Ligados por una recíproca necesidad se cristalizaron, sin embargo, en un único patrón. Dictaron una fórmula que, con la complicidad del patético encanto de su creador (el genio rebelde, enfermo y solo), conquistó la fantasía del nuevo público emergente, el burgués, dotando a la música de sus salones de una identidad electrizante que muy bien respondía a la general aspiración a algún tipo de nobleza.


Ideológicamente, la expresión música culta nace ahí. Nace para dar cuenta del repentino salto con el que una cierta tradición musical se coloca por encima de las demás, reservándose el espacio de un primado espiritual y ya no sólo social. Hasta entonces, en el fondo, servía muy bien para definir esa tradición la bella fórmula del siglo XVI de musica reservata, elegante modo de sancionar una dorada separación social. Pero el modelo beethoveniano eleva esa vocación elitista por encima de las prosaicas demarcaciones de censo o de sangre. La música culta es la musica reservata de una humanidad que se proyecta más allá del deleite y que viaja por los derroteros del espíritu. Si hasta entonces el público selecto de esa particular tradición musical podía presumir de una primacía del gusto, ahora podía, legítimamente, aspirar también a una primacía cultural y moral.

Nada de todo esto habría pasado si el mundo romántico no hubiese por instinto elevado a modelo el caso Beethoven, que, de por sí, podía haber permanecido como una excepción dictada por la hipertrofia de un genio. Se convirtió sin embargo en una matriz ideológica que no sólo fue adoptada por los románticos como legitimación fundadora de su propio paisaje sonoro, sino que fue alevosamente aplicada con poder retroactivo a generaciones de ignaros músicos de los siglos XVII y XVIII: aquellos que se sentaban a la mesa de los siervos y se ganaban el pan escribiendo nada más y nada menos que una buena música de consumo. Siglos de refinado oficio se convirtieron de golpe en arte. Era una manera, para la recién nacida empresa de la música culta, de reivindicar ascendencias nobles y lejanas, cándida estratagema en la que no es difícil distinguir el toque del principal patrocinador de esa empresa: aquella burguesía que estaba tomando por asalto Palacio, rica en dinero pero pobre en escudos nobiliarios.

Resumiéndolo en términos elementales, el modelo beethoveniano patentado por los románticos dictaba el perfil de una música que se elevaba por encima de la lógica comercial y que bajo la presión de sus contenidos espirituales estaba obligada a complicar de forma admirable su propio lenguaje. Es decir: una música comprometida, espiritual y difícil. Como se ve es exactamente el retrato robot en el que el público de hoy reconoce el perfil de la música culta y al que confía la legitimación de su propia diversidad y de su propio primado. Han pasado casi dos siglos pero el modelo sigue siendo ése: aceptado sumisamente y transmitido con recalcitrante disciplina. Entre tanto ha desaparecido el sujeto social de esa fórmula: la burguesía decimonónica; han decaído las palabras que la componen: ¿sabe alguien lo que significa «espíritu»?; se han disgregado los paisajes teóricos que la amparaban: el romanticismo y el idealismo. Sin embargo, al igual que una fórmula mágica, aquélla es repetida con fe impasible, en la certeza de que nada le puede impedir renovar el encantamiento acostumbrado. ¿Qué hay de absurda culpa y qué de razonable en una actitud de esta índole?

Parece obvio pero vale la pena recordarlo: antes de Beethoven, no había Beethoven. Su trabajo generó un concepto de música que antes no existía. En sus obras se ofrece el raro espectáculo de cuando una idea sale de la nada y deviene. Es el milagro de la «primera vez», cuando el enigma de un acontecimiento inédito provoca el surgir de un nombre. Hay mil cosas con las que, ahora, pega un término como nostalgia. Pero hay que imaginar la primera vez que apareció algo tan incurable que requirió la sutura de un nombre nuevo. El instante en el que fue obligado acuñar el término nostalgia. La primera vez. Ahí, de verdad, el frágil vínculo entre lo real y las ideas tiene su mayor e irrecuperable momento de autenticidad. Una idea como la de música culta tiene su momento de irrepetible verdad en el tiempo, que duró decenios, en el que pudo ser la experimental respuesta a una realidad que escapaba a cualquier otro nombre. Para el romántico siglo XIX nombrar esa realidad e intentar codificarla era una manera de descubrir su propio presente y de fundar su propia identidad. Pero lo que de verdadero bulle en la fórmula final de ese camino colectivo de descubrimiento se va desvirtuando a medida que nos alejamos de ese momento de originaria autenticidad. Y es lo que está sucediendo, con impunidad sistemática, hoy. Lo que en el siglo XIX era descubrimiento y nombre e idea, se transforma hoy en mistificación porque es asumido como santo y seña exento de cualquier verificación. Lo que entonces era una revolución por construir, hoy se convierte en un reaccionario anacronismo porque es impuesto como un precepto gratuito, recalcitrante eslogan publicitario que ha sido infiltrado desde el exterior en una determinada mercancía para perpetuar su encanto. En el complacido entusiasmo del abonado que se estremece gastronómicamente ante los decibelios mahlerianos convencido de estar haciendo algo objetivamente superior al paladear una opípara degustación culinaria, murmura sordamente el inequívoco sonido de la impostura. En la santificación de cierta música contemporánea, introducida directamente en la órbita del «espíritu» sólo en virtud de su complejidad y de su voluntario exilio del círculo infernal del comercio, late el clarísimo perfil del puro y simple engaño. En el histérico saltar en pie del melómano frente al enésimo agudo del tenor se descifra algo que sólo él, y sin explicaciones, podría diferenciar del grito de un hincha de estadio.

Por muy desagradable que sea decirlo, incluso la idea misma de considerar la música culta un «valor», que hay que promover y defender, es una idea que, aunque avalada sólo por eslóganes heredados sumisamente, no tiene legitimaciones reales. No está claro, por ejemplo, por qué hay que complacerse tanto ante el hecho de que los jóvenes acudan a llenar las salas de conciertos. ¿Hay alguien que sepa acaso explicar de verdad por qué un joven que prefiere a Chopin en vez de a los U2 deba ser motivo de consuelo para la sociedad? ¿Y se puede en verdad asegurar que, queriendo estar allí donde el presente acontece, el sitio más adecuado sea un auditorio y no una sala de cine o una calle? El que teje estas falsas verdades es, en éste como en otros casos, un moralismo tan soterrado como tenaz. El mismo que induce incautamente a usar la música culta como catalizador de una supuesta humanidad mejor. También aquí el que dicta la ley es el tótem beethoveniano: desde el Himno a la alegría en adelante la música culta parece ser la lengua oficial de los momentos bondadosos del mundo. Pero lo que podía haber de auténtico en ese originario rito coral, cosa sobre la que no obstante habría mucho que discutir, no permanece auténtico para siempre, ni para revitalizarlo es suficiente repetir el rito delante del muro de Berlín que cae. Bajo la presión de lo moderno esa música ha estallado con una violencia tal que ha esparcido sus cascotes por los rincones más distintos de lo imaginario: no por casualidad la encontramos, de manera indiferente, como sintonía de la Europa unida o como banda sonora de las violencias sádicas de La naranja mecánica.

Sin vacilar, a pesar de todo, el mundo de la música culta sigue considerándose culturalmente y moralmente distinto. Y, calladamente, superior. No hay que menospreciar el rasgo cándidamente reaccionario de tal prejuicio. El instinto que refleja es el de considerar un cierto tipo de repertorio y de tradición musical como una suerte de inexpugnable depósito de valores del que abastecerse resguardándose de la corrupción de lo moderno. Es un seguro permanente contra la degradación de ciertas instituciones morales y espirituales, erosionadas por las acechanzas del Tiempo. La música culta acaba siendo vivida como lugar separado en el que categorías éticas y tótems culturales sobreviven en una áurea inexpugnabilidad. La ilusión es que entrando en una sala de conciertos, automáticamente se accede a ese lugar separado. Reconociéndose fuera del caos, aún no descifrado, del presente, se consume la límpida «verdad» conservada en alcohol por la praxis concertista.

De esta manera, toda la música culta, desde los madrigales del siglo XVI al Strauss tardío de los cuatro últimos lieder, se convierte en una enorme telaraña capaz de aprisionar consignas, sentimientos, verdades e ideales, momificándolos y ofreciéndolos al cómodo consumo de una humanidad necesitada de sentirse mejor. El meollo de este mecanismo es un astuto poner en fuera de juego el presente. De hecho, la idea de música culta que mayoritariamente se cultiva hoy corresponde a un sistema en el que las aspiraciones a algo elevado, que rebata la miseria del simple ser existente, convergen más allá del mundo al que ese ser pertenece y se satisfacen en un parque natural que es la réplica de un mundo desaparecido. Para el pueblo de la música culta, la Historia tiene el centro de gravedad inexorablemente dirigido hacia atrás. No hay casi consumo de esa música que no sea un velado acto de resistencia a la corriente del tiempo. Acosado por la modernidad, el consumidor de música culta rema hacia atrás con gran dignidad, temiendo los rápidos del futuro y soñando la paradisíaca calma de manantiales cada vez más lejanos. Es precisamente en este movimiento a la contra donde vacía toda una inmensa tradición musical de cualquier valor particular, confinándose a sí mismo y a esa tradición en los bancales de un refinado e inútil conservadurismo. En la actitud que la mitifica y la coloca fuera del tiempo, la música culta muere, y se marchita el patrimonio de deseos y de esperanzas que ella, en el momento de salir a la luz, encarnaba. Resulta un pasatiempo entre tantos, una afición sólo más señorial que otras.

Nada puede salvar a la música culta del triste destino de difuminarse en praxis oscurantista y patrañera salvo el instinto de ponerla en cortocircuito con la modernidad. Debe volver a ser idea que deviene y no consigna que se vacía en el tiempo. No hay otra manera de salvar el espacio utópico que a ella efectivamente le compete y que el sentido común intuye: su tendencia objetiva a no dejarse resolver en la inmediatez del momento del consumo y a aludir a un más allá tan enigmático como preciado. El sentido común transmite esta ocasión de rescate desde la insignificancia de lo que, simplemente, es; pero luego, enseguida, se la deja arrebatar y la asume como realidad gratuita reduciendo inmediatamente a cero su alcance innovador. La Quinta de Beethoven, e incluso el más lacrimógeno vals de Chopin, siguen mirando más allá de la mirada que les interroga. Ésta es la insoslayable diversidad que llevan a cuestas. Pero si ese más allá se confecciona como fórmula y se adjunta con las entradas como amable homenaje para almas perezosas, la Quinta de Beethoven y el vals de Chopin se convierten en estampitas de sí mismos y vuelven a ser mercancía absolutamente muda y alineada con la disciplina del simple ser existente. En obras como esas late una fuerza capaz de «agujerear» el velo de lo real, dando voz a la legítima pretensión de que aquello que es no lo es todo. Pero hacerlas rígidos iconos de una mitología rancia equivale a domarlas y confinarlas en el parque natural de una espiritualidad dominguera.

La idea de música culta agoniza en la praxis que la asume como valor absoluto y la transmite recalcitrantemente como privilegio de un complacido cónclave de muertos vivientes. Pero la música que en un tiempo pretendió esa idea, como nombre de su propio enigma, sigue estando allí, y sigue pretendiendo que todo tiempo vuelva sobre ella y libere su fuerza innovadora. La diversidad y el primado que sigue reclamando deben ser tomados no como un dato de hecho sino como algo problemático que estamos llamados a extorsionar, cada vez como si fuese la primera. En una palabra: no es un hecho sino una tarea. Es una hipérbole por realizar, que no hay que dar por sentada, y sin embargo posible. En una recepción capaz de metabolizar esa música con los instrumentos y en los escenarios de la modernidad, esa música volvería a sonar distinta. Nadie puede decir qué es lo que de ella quedaría en pie. Bajo la onda expansiva de la modernidad lo mínimo que puede suceder es que su geografía resulte desfigurada. Pero el inconexo perfil de sus ruinas sería a su vez, de nuevo, una figura, y esta vez no un icono sagrado heredado, sino una figura de lo moderno. Nombre que nace y no eslogan transmitido. Graffiti del presente y no estampita del pasado.

Nada menos es lo que debería pretender aquel que de verdad esté fascinado por la música culta. Nada menos que un tan pequeño, salvador apocalipsis. Es un apocalipsis que tiene un nombre: interpretación.


En El alma de Hegel y las vacas de Wisconsin
Traducción: Romana Baena Bradaschia


1 nov. 2011

Alessandro Baricco - El río

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Había visto años de guerra, porque un río no fluye ciegamente en medio de los hombres. Y durante años había escuchado lamentos, porque un río no fluye sordo allí donde mueren los hombres. Siempre impasible, había llevado hasta el mar los resplandores de aquella feroz represalia. Pero aquel día demasiada fue la sangre, y la ferocidad, y el odio. En el día de gloria de Aquiles yo me rebelé, disgustado. Si no tenéis miedo a las fábulas, escuchad ésta.

Era el amanecer y delante del muro de los aqueos los dos inmensos ejércitos se desplegaron el uno frente al otro. Vi relampaguear las armas de bronce, por millares, con la luz del primer sol. Estaba Aquiles, delante de los suyos, con las nuevas armas, impresionantes, divinas. Y en primera línea, delante de los troyanos, Eneas, el hijo de Anquises. Se adelantaba amenazador mientras sacudía su poderoso yelmo y blandía la lanza de bronce. Aquiles no esperaba otra cosa. Con un brinco salió de las filas de sus guerreros, situándose justo delante mismo de Eneas, espumando de rabia como un león herido, y como un león herido sentía las ansias de venganza y de sangre. Empezó a gritar: «Eneas, ¿qué te pasa por la cabeza, acaso quieres desafiarme? ¿Qué crees, que si me vences Príamo te dará su corona? Para eso ya tiene a Héctor, y a todos sus hijos, ¿no estarás pensando que te dará el poder a ti? Márchate ahora, que aún estás a tiempo. Nosotros dos ya nos hemos desafiado, y te recordaré cómo fueron las cosas: no te cansaste de huir. Venga, huye ahora mismo: date la vuelta y corre. Y no te vuelvas más.»

«Crees que me asustas, ¿verdad?», le respondió Eneas. «Pero yo no soy ningún niño, soy un héroe. Corre sangre noble y divina por mis venas, igual que por las tuyas. Y no tengo ganas de quedarme aquí intercambiando injurias contigo, como si fuéramos mujerzuelas que se están peleando en mitad de la calle, en lugar de héroes en medio de la contienda y la masacre. Deja ya de hablar, Aquiles, y pelea.»

Empuñó la lanza y la arrojó. La punta de bronce resonó contra el enorme, espléndido escudo de Aquiles. Había sido fabricado con infinita maestría. Dos capas de bronce, en el exterior; dos capas de estaño, en el interior. Y, en medio, una capa de oro. La lanza de Eneas atravesó el bronce, pero en el oro se detuvo.

Levantó entonces su lanza Aquiles. Eneas tendió hacia delante el brazo que sostenía el escudo. La punta de bronce voló con rapidez por el aire, partió el escudo, pasó como un soplo por encima de la cabeza de Eneas y fue a clavarse al suelo, detrás de él. Eneas se quedó petrificado por el miedo. La lanzada había fallado por muy poco. Aquiles desenvainó la espada. Gritando de una manera horrible se lanzó hacia delante. Eneas se sintió perdido. Cogió con sus manos una gran piedra que encontró cerca. La levantó para defenderse. Y vi que Aquiles, de repente, como cegado, perdía el empuje, como si dentro de su cabeza le estuviera pasando alguna cosa, hasta detenerse, perdido; su vista daba vueltas a su alrededor, como si estuviera buscando algo que hubiera perdido. Eneas no se lo pensó mucho. Se dio la vuelta y echó a correr hasta que desapareció entre los troyanos. De manera que Aquiles, cuando volvió en sí, miró en torno y ya no lo vio. Seguía estando allí la lanza que había fallado el tiro por un soplo, clavada en el suelo, pero él ya no estaba. «Parece arte de magia», murmuró Aquiles. «Eneas debe de ser amado por algún dios, para poder desaparecer de este modo. ¡Pero que se vaya enhoramala! No es de él de quien me tengo que ocupar. Ya es hora de que entre en combate.» Así habló y se lanzó sobre los troyanos.

Al primero que mató fue a Ifitión, le acertó en la cabeza, la cabeza se partió por la mitad: cayó el héroe con estruendo y pasaron por encima de él las ruedas de los carros aqueos. Luego mató a Demoleonte: le dio en la sien, no resistió el yelmo de bronce y la punta de la lanza le trituró el cerebro. Descendió la tiniebla sobre los ojos del héroe. Luego mató a Hipodamante, mientras intentaba huir, aterrorizado: alcanzado en mitad de la espalda, cayó al suelo bramando como un animal. El alma abandonó el cuerpo del héroe. Después mató a Polidoro, el más joven de los hijos de Príamo, y el más amado. Aquiles le acertó en mitad de la espalda: la lanza atravesó el cuerpo y salió por el pecho; cayó de rodillas el héroe con un grito y una nube, oscura, lo envolvió. Cuando Héctor vio a su hermano menor de rodillas, con las entrañas en la mano, fue asaltado por la rabia y se olvidó de toda prudencia. Sabía que no tenía que salir al descubierto y que tenía que esperar a Aquiles en medio de la muchedumbre, donde estaba bien protegido por sus compañeros. Pero vio a su hermano, muriendo de aquel modo, y ya no pensó en nada y se abalanzó hacia Aquiles, gritando. Aquiles lo vio y en sus ojos brilló un destello de triunfo. «Ven, Héctor, acércate más», gritó. «¡Acércate a tu muerte!» «No me das miedo, Aquiles», respondió. «Sé que eres más fuerte que yo, pero mi lanza es tan capaz de matar como la tuya. Y será el destino el que decida quién ha de morir.» Luego lanzó su arma, pero la punta de bronce fue a clavarse al suelo, no muy lejos de él. Aquiles pensó que ya lo tenía en sus manos. Con un grito terrible arremetió hacia delante, blandiendo la lanza. Pero de nuevo, la vista se le oscureció y algo se le perdió en su mente. Por tres veces arremetió hacia delante, pero como a ciegas, como si combatiera envuelto por una niebla profunda. Cuando volvió en sí, Héctor ya no estaba allí: había desaparecido entre los troyanos. Furibundo, Aquiles embistió contra todo lo que iba encontrando a su alrededor. Mató a Dríope, al darle en pleno cuello. Y a Demuco, acertándole primero en la rodilla y luego en el vientre. A Laógono lo mató con la lanza y a Dárdano con la espada. Aterrorizado, Tros cayó de rodillas a sus píes, pidiéndole compasión. Era sólo un muchacho, joven como Aquiles. Aquiles le atravesó el hígado con su espada, el hígado se le salió y negra sangre brotó del cuerpo del héroe. A Mulio lo mató con una lanzada en la oreja: la punta de bronce le traspasó la cabeza y salió por debajo de la otra oreja. Con la espada mató a Equeclo, destrozándole el cráneo. Con la lanza le dio a Deucalión en el codo, y luego con la espada le cortó la cabeza: la médula manó de sus vértebras, cayó el tronco del héroe al suelo. Con la lanza le traspasó el vientre a Rigmo, y con un golpe en la espalda mató a su escudero, Areítoo. Era igual que un fuego que va devorando el inmenso bosque, empujado por un viento impetuoso. Sobre la negra tierra corría la sangre, y él no se detenía, ávido de gloria, con las manos manchadas de barro y de muerte.

Aterrorizados, los troyanos huían por los campos. Y cuando me vieron, en medio de la llanura, como animales que huyen de un incendio se echaron en mis aguas para buscar su salvación. Aquiles llegó hasta mis orillas, luego apoyó su lanza en el suelo y, con la espada desenvainada, él también se lanzó al agua. Mató a cuantos se le ponían a tiro. Oía gemidos y dolor por todas partes, mientras mis aguas se iban tiñendo de sangre. Vi a Aquiles coger, uno a uno, a doce jóvenes de entre los troyanos y, en lugar de matarlos, llevarlos a la orilla, uno a uno, y hacerlos prisioneros, para sacrificarlos delante del cadáver de Patroclo: como cervatillos asustados los sacó del agua, uno a uno, para matarlos bajo las negras naves. Luego se dio la vuelta de nuevo para lanzarse hacia la muchedumbre y proseguir con la masacre. Todavía estaba en la orilla cuando se vio frente a Licaón: era un muchacho, y su padre, Príamo, acababa de rescatarlo de su cautiverio: hacía poco que había vuelto al combate. Y ahora estaba allí, sin armas, se había liberado de todo para poder atravesar el río y allí estaba, desnudo y aterrorizado. «Pero ¿qué es lo que ven mis ojos?», dijo Aquiles. «En otra ocasión ya te encontré en batalla y te cogí vivo, para venderte luego como esclavo en Lemnos. Y ahora vuelvo a encontrarte aquí. No, si al final los troyanos a los que he mandado al infierno empezarán ahora a regresar. Pero esta vez tú no volverás, Licaón.» Levantó la lanza y cuando estaba a punto de clavársela, Licaón cayó de rodillas, por lo que la lanza le rozó la espalda y fue a clavarse al suelo. "Ten piedad», se puso a llorar Licaón. «Acabo de volver al combate y voy y me encuentro de nuevo frente a ti, ¿por qué los dioses me odian de esta manera? Ten piedad, ya has matado a mi hermano Polidoro, no hagas lo mismo conmigo: entre los hijos de Príamo es a Héctor a quien tú buscas.» Pero Aquiles lo miró con ferocidad: «Desgraciado, ¿a mí me hablas de piedad? Antes de que matarais a Patroclo yo sentía piedad, y a muchos troyanos perdoné la vida. Pero ahora... Nadie escapará con vida de mis manos. Deja ya de llorar. Si ha muerto alguien como Patroclo, que valía mucho más que tú, ¿por qué deberías seguir con vida? Y mírame a mí, mira lo fuerte y hermoso que soy; y, a pesar de ello, yo también moriré: llegará una aurora, o una puesta de sol, o un mediodía que me verán morir. ¿Y tú lloras por tu muerte?» Licaón bajó la cabeza. Tendió los brazos hacia delante, en una última súplica. Aquiles hundió su espada, hasta la empuñadura, en su cuerpo, de arriba abajo, entrando justo por debajo de la clavícula. Licaón cayó. Aquiles lo cogió por un pie y lo arrastró hasta mis aguas. «No te llorará tu madre en tu lecho fúnebre», dijo, «sino que este río te llevará hasta el mar, donde serás devorado por los peces.» Luego se puso a gritar. «¡Moriréis todos! No os salvará este río, yo os perseguiré hasta las murallas de Troya. Pereceréis con una muerte horrible y pagaréis todos por lo que hicisteis a Patroclo.» Entró de nuevo en el agua y siguió matando: Asteropeo, y Tersfloco, y Midón, y Astílipo, y Mneso, y Trasio, y Enio, y Ofelestes. Era una masacre. Y entonces yo grité: «Aléjate de mí, Aquiles, vete lejos de mí si quieres seguir matando. Deja ya de echar cadáveres a mis bellísimas aguas, porque no voy a tener fuerzas para llevarlos a todos hasta el mar. Me horrorizas, Aquiles. Detente ya, o márchate.» Y Aquiles me respondió: «Me marcharé de aquí cuando los haya matado a todos, río.» Fue por esto por lo que entonces provoqué una enorme ola, temible, que se levantó en el aire y luego fue a romper sobre su escudo, revolcándose sobre él. Vi que intentaba buscar algo a lo que agarrarse. Había un olmo, en la ribera, grande y florido: se colgó de sus ramas, pero la ola se llevó de allí también el árbol, con las raíces y todo el resto; se precipitó en el agua, arrastrándolo a él también. Entonces Aquiles se levantó, con un esfuerzo sobrehumano consiguió salir de los remolinos y ganar la orilla e intentó escapar por la llanura. Pero hasta allí mismo también lo perseguí: más allá de cualquier cauce, lo perseguí con mis aguas, anegando todos los campos. Él huía y la gran ola en que yo me había convertido lo acosaba: y cuando se detenía, y se daba la vuelta, yo me echaba encima de él, y él volvía a encontrar tierra bajo sus pies y empezaba a correr de nuevo, hasta que al final lo oí gritar: el divino Aquiles se puso a gritar: «¡Madre!, ¡madre! ¿Es que no viene nadie a salvarme? ¿Por qué me dijiste entonces que moriría al pie de las murallas de Troya? Si, por lo menos, me hubiera matado Héctor, que es entre todos el más fuerte... Yo soy un héroe, y es un héroe quien me tiene que matar. En cambio es mi destino morir con una muerte tan indigna, ¡arrastrado por un río como si fuera un miserable guardián de cerdos cualquiera!» Corría entre las aguas, entre los cadáveres y las armas que flotaban y se arremolinaban a su alrededor: corría con una fuerza divina, pero yo sabía que no lo salvarían ni su fuerza, ni su belleza, ni sus espléndidas armas; él acabaría en el fondo de una marisma, cubierto por el cieno, y sobre él acumularía arena y gravilla, y para siempre, para siempre, sería su impenetrable tumba. Me encrespé en el aire, en una última ola enorme que se lo llevara de allí, hirviente de espuma, cadáveres y sangre. Y entonces vi el fuego. Desde la llanura, inexplicable, mágico, el fuego. Una muralla de fuego que venía hacia mí. Ardían los olmos, los sauces, los tamariscos; ardían el loto y el junco y la juncia; ardían los cadáveres y las armas y los hombres. Me detuve. El fuego me alcanzó. Lo que nadie, nunca, había visto, lo vieron todos ese día: un río en llamas. Las aguas hirviendo, los peces escabulléndose aterrorizados por entre los torbellinos incandescentes.

Del mismo modo vería yo huir a los troyanos, muchas noches después, del incendio de su ciudad.

Desde mi lecho, al regresar derrotado a mis corrientes habituales, vi a Aquiles persiguiendo a los troyanos hasta las murallas de Ilio. Desde lo alto de una torre, Príamo observaba la derrota. Hizo abrir las puertas para que todo su ejército hallara refugio en la ciudad, y ordenó volver a cerrarlas en cuanto el último de sus guerreros hubiera pasado. Pero el último guerrero era el más fuerte, y el primogénito, y el héroe que nunca más volvería a entrar por aquella puerta.


En Homero, Ilíada
Imagen: © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis