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20 sept. 2010

El Golem

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El primer tratado de la kabbala fue escrito entre los siglos VII y VIII. Llevaba un título irrebatible: Sepher Yetsirá (Libro de la creación). Cinco siglos después, basándose en la misma revelación (la potencia creadora de la palabra divina) Yehudá ha-Levy, al escribir el Kitab al huyya wal-dalil fimusr al-din al-dalil (1135), más conocido por El Kuzarí, repetirá la misma fórmula: la relación entre palabra y escritura que en la divinidad es una misma cosa, y la relación entre escritura y obra que en el hombre se convierte en acción creadora. Pero Yehudá ha-Levy, al exponer su teoría cabalística, agrega una segunda inferencia: el vínculo entre la palabra y el número. La palabra crea fundada en una virtud numérica que tiene potencia nominativa, la cual es recibida de la divinidad. Este principio, contenido en el Génesis (II, 19) fue utilizado por Yehudá Liva Ben Becalel, también llamado Yehudá Leib y Yehudá Lów, rabino de Praga, muerto hacía 1609.

Origen de esa meditación del gran rabino fue el Golem, el primer hombre manufacturado, el cual aterrorizó a Praga en el siglo XVI. Karel Capek aún no había escrito su R. U. R. (Rossums Universal Robots) (1902) ni había divulgado la palabra Robot. Tampoco Norbert Wiener había inventado la cibernética (del griego kubernetes, piloto de barco, arte de pilotear) ni había imaginado la relación entre Dios y el Golem, tema de uno de sus trabajos posteriores. Pero el rabino de Praga, frecuentador de la callejuela de los Alquimistas, cerca de la catedral de San Vito, donde también habría de vivir el angustiado Kafka, se había anticipado a todos al crear el primer robot que él llamó Golem por considerar que la arcilla de que lo había formado era una masa torpe, sin sentido, acaso demoníaca. Y el rabino Lów construyó sus extremidades, su estatura agigantada. Formó sus ojos y su boca. Pero debajo del paladar, escrito sobre un papel, puso el nombre numérico, impronunciable: Yahvé. Y lo dotó de automatismo. El automatismo provenía del nombre sagrado. Y el Golem se lanzó sobre Praga. Cuando el rabino le retiraba el papel, el robot descansaba. Quedaba sumido en su vacuidad inacabable.

Pero el Golem era bueno. Aún no había pensado por sí mismo, ni el rabino había creído que alguna vez este monstruo pudiera rebelarse contra su propio creador. Le ordenó algunos trabajos. Uno de éstos lo relata Ben Zion Bokser en su From the World of the Cabbalah The Philosophy of Rabbi Judah Loew of Fragüe (1963). Perseguían a los judíos inventándoles el asesinato ritual. Entonces Rabí Lów se acercó al Golem, le introdujo el nombre sagrado, y le dijo: "Mis hermanos son víctimas de la impiedad. Tú llevas la chispa que yo te he transmitido. Muchos son los asesinos. Pero tú debes descubrir al principal." Y el Golem, guiado por el número, por la palabra numérica que yacía bajo su paladar, se lanzó a las calles de Praga. Y vio a un hombre que introducía el cadáver de un cristiano en la casa de un judío. "Tú quieres acusarlo de asesinato ritual", –le dijo el Golem. Luego lo levantó vertiginosamente, como una brizna, y lo llevó con el cadáver ante las autoridades donde el culpable confesó su impiedad.

Un día, sin embargo, el Golem cumplió a medias las órdenes de Rabí Low. La bondad del monstruo se fue modificando. Su naturaleza rígida, automática, comen¬zó a rehacerse por sí misma. Los reflejos se generaban en él y no desde afuera. El rabino advirtió el peligro demoníaco que encerraba esa arcilla que podía autodeterminarse en cualquier momento. Entonces lo despojó del nombre numérico, creador, y lo destruyó. Tres siglos después, en una ficción premonitoria, el monstruo de Mary G. Wollstonecraff Shelley (Frankestein of the Modern Prometheus, 1817) adquiere conciencia de su artificio y anula a su propio creador hasta precipitarlo en las tinieblas.


Juan Jacobo Bajarlía - Historias de monstruos


3 abr. 2007

La imagen y la memoria (Juan Jacobo Bajarlía)

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(Suceso cósmico)



El hombre inventó la escritura para olvidar su memoria.
El hombre inventó la memoria para crear sus monstruos.
Cuando consiguió borrar su memoria, el hombre construyó
imágenes.
Pero las imágenes se expandieron. Incendiaron las galaxias.
El hombre fue una imagen de espacios devorados.
Cuando la memoria se encontró con la imagen, el cosmos
era una sombra en busca de la luz.




JUAN-JACOBO BAJARLÍA
(Argentina-1914)
De Nuevos límites del infierno


factor serpiente
Patricia Damiano, entexto