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9 feb. 2011

Roland Auguet - La cacería en el anfiteatro

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Espectáculo del pobre y gala suntuosa

En las graderías, para asistir a las «cazas» (venationes), no vemos al público bullicioso que encontramos allí por las tardes. Estos espectáculos, que de caza no tienen más que el nombre, considerados como más vulgares que los otros, tienen lugar por la mañana —«a partir del alba», dice Suetonio—, en unas horas que el romano, tanto si pertenece a la élite como a la clase trabajadora, dedica a sus actividades. Hay que creer que Roma contaba con suficientes desocupados, mirones y turistas como para llenar un anfiteatro. La venado venía a ser como una especie de entremés consistente: aparecida más tarde —por lo menos a título de espectáculo bien definido— que los combates de gladiadores, fue asociada a éstos de manera casi sistemática: era obligado que un munus fuera acompañado de una «caza», que tenía por finalidad dar más realce a la fiesta, de la misma manera que la procesión solemne y el boato con que aparecía rodeada.

No obstante, a partir del final de la República, las venationes adquirieron una tal amplitud que, en determinados casos excepcionales, llegaron a constituir un espectáculo autónomo, esperado por sí mismo; en estos casos tenían lugar a últimas horas de la tarde, y no durante las horas vacías de la madrugada; algunas, como podemos comprobar en numerosas inscripciones, duraban muchos días consecutivos. Hacía falta algún tiempo para matar a los centenares, incluso a los millares de animales de que nos hablan los historiadores; y también hacía falta un sitio adecuado: se celebraron venationes por todas partes, en el Foro, en el recinto de los Saepta, en el Circo, según que la disposición del lugar se prestara más o menos bien a la exhibición proyectada.

La venatio era, pues, menos estereotipada que el munus, y hay que distinguir las cacerías como gran espectáculo de las tardes, de aquellas cacerías matinales convertidas en pura rutina. Estas últimas tenían lugar generalmente en el Coliseo, especialmente preparado para ello. Mientras los animales aparecían en la arena encadenados, no hubo que preocuparse por la seguridad de los espectadores; pero cuando, en tiempos de Sila, se renunció a dicho principio de prudencia, tuvieron que levantar unas barricadas especiales, e incluso, como hizo César, cavar un foso alrededor de la arena para impedir que los elefantes arremetieran contra el público.

Pero, en el Coliseo, esto último era superfluo: el muro anterior del podium, de una altura de cuatro metros, era ya una defensa bastante considerable que, completamente lisa, no ofrecía ningún asidero a las garras; un sistema ingenioso de rodillos con movimiento continuo impedía, además, que los animales pudieran apoyarse en él; finalmente, se precavían contra los saltos de las fieras instalando unas redes que, ciertamente, eran una molestia para la visibilidad, ya bastante dificultosa por los postes que sostenían el velarium, pero que permitían, por lo menos, que el espectador se sintiera como en su casa.

El Coliseo poseía también otros dispositivos especialmente estudiados para simplificar el acceso de los animales a la arena. No era nada sencillo hacer entrar en ella, a la vez, veinte leones que conservaban su estado salvaje. No se les hacía «entrar» por las puertas. Unos extensos subterráneos permitían mantenerlos fuera de la vista del público hasta el momento del espectáculo. Llegado este momento, las jaulas eran colocadas en el subterráneo que daba la vuelta a la arena y, mediante un sistema de montacargas, eran subidas a las que había empotradas en el muro del podium. Una vez la jaula abierta y el animal fuera, volvía a cerrarse para cortar toda posible retirada: ocurría, en efecto, que, lleno de pánico ante la arena vacía y el rumor de la gente, el animal intentara huir; al no conseguirlo, se acurrucaba contra la jaula, de donde unos empleados (magistri) especialmente encargados de llevarlo al combate lo hacían salir sirviéndose de paja encendida.

Estos hombres, que a veces vemos representados con un látigo en la mano al lado de los «cazadores» (venatores), con los que no debemos confundirlos, debían poder esquivar un ataque imprevisto encerrándose en una especie de casitas adosadas al muro del podium; eran también los que se ocupaban de la tarea más delicada de «recuperar» a los animales después del combate, pues, como veremos, no siempre morían todos.

La única constante de la venado era que siempre aparecían en ella animales; pero su suerte dependía del papel que les había sido asignado, y este papel estaba sujeto a un gran número de variantes: ninguna clase de espectáculo revistió en Roma aspectos más diversos. Mencionemos únicamente las exhibiciones: César consiguió mucha gloria sacando a la arena, por primera vez en Roma, a una jirafa. Augusto se había propuesto exponer en el Foro, para satisfacer el gusto de sus conciudadanos hacia lo raro y lo monstruoso, las especies desconocidas que le mandaban los príncipes extranjeros o los gobernadores de las provincias limítrofes. Pero estas exhibiciones no tuvieron un gran papel en los espectáculos por la sencilla razón de que muy pronto, dado el encarnizamiento con que se acosó a todas las especies hacia las fronteras del mundo entonces conocido, los romanos ya no se sorprendían ante nada, ni tan siquiera ante una foca. Para distraerle, hacía falta algo más que unas vagas emociones seculares: a partir ya de los primeros tiempos, pues, fue habitual recurrir también a la sangre.

Primeramente, la de las bestias: se las enfrentaba entre sí en unos combates mortíferos. Más tarde, la de los hombres. A este respecto, conviene que establezcamos, ya desde ahora, una distinción bien clara entre dos formas de venatio muy diferentes. Había una forma —y era, si se quiere, la más parecida a la caza— que consistía en hacer luchar con bestias salvajes a unos hombres provistos de armas ofensivas, especialmente entrenados para esta clase de lucha, generalmente denominados venatores; y otra forma, el «espectáculo» bien conocido en que unos condenados a muerte, que no eran forzosamente cristianos, eran lanzados a las fieras sin defensa de ninguna clase, y con la recomendación de gesticular, cuando podían, para atraer hacia sí al león o al tigre que no se decidiera a atacar. Esta última forma de la venatio sólo tiene en común con la precedente el hecho de formar parte de un mismo conjunto: la condición —tómese la palabra en su acepción humana o jurídica— de los hombres que figuraban en ella, así como algunos detalles de su organización, hacen que sea un espectáculo completamente distinto,'del cual trataremos más adelante.

No obstante, no siempre manaba sangre en las cacerías. La existencia en Roma de gigantescas casas de fieras favoreció la constitución de un auténtico parque de animales adiestrados para los juegos más variados. Se adquirió la costumbre de hacer que los ejecutaran en la arena. De tal manera, que la venatio terminó por incluir, al mismo tiempo que las matanzas en serie y las escenas de carnicería dignas de la jungla, en las que se enfrentaba a toda clase de animales, atracciones anodinas absolutamente parecidas a las de nuestros circos. Los romanos, naturalmente, no establecían entre estas diferentes fórmulas las distinciones a que nos obliga a nosotros la preocupación por la máxima claridad posible. La venatio formaba un todo, y el público la apreciaba en función de las novedades que podían introducir en los detalles, dentro de un marco más o menos rutinario, aquellos emperadores preocupados por superar a sus predecesores.


Reconstitución laboriosa de las luchas de la jungla

Entre los animales enfrentados en combate individual, el rinoceronte era el que más humor mostraba en sus reticencias. No lo mostraba, según parece, más que ante el elefante, cuya recia piel no conseguía atravesar. Para convencerle de que luchara, había que excitarlo durante mucho tiempo. Se ocupaban de ello los empleados de que ya hemos hablado: vestidos con simples túnicas, se situaban detrás de él, y de vez en cuando lo pinchaban prudentemente con sus lanzas. El resultado obtenido no era siempre definitivo: podía ocurrir que el animal, después de una primera carga ineficaz, volviera a dudar entre el furor y la contemplación. A veces, incluso se retiraba para frotar negligentemente su cuerpo contra el mármol del podium. A veces el público llegaba a perder la esperanza de conseguir contemplar el combate anunciado. Los magistri, con no poco miedo, debían intervenir de nuevo. Una vez desencadenada la cólera del rinoceronte, no podía resistírsele ninguno de los mastodontes que generalmente se le oponían: ni los toros, a los que despanzurraba como si se tratara de maniquíes, ni los osos, a los que levantaba del suelo como si fueran vulgares perritos.

Parece ser que estos duelos, en los que cada uno de los contendientes luchaba a su manera, eran más apreciados que aquellos en los que se enfrentaban dos fieras de una misma especie. Había «parejas» cuya lucha en un principio debió procurar grandes emociones a los espectadores, en la medida en que el desenlace del combate entre unas especies todavía mal conocidas dejaba lugar a la incertidumbre. Pero pronto se establecieron determinadas constantes. Los toros, por ejemplo, como los rinocerontes, tampoco resistían a los elefantes, así como tampoco a los osos, algunos de los cuales adquirían la técnica de colgárseles del hocico o de los cuernos: el toro furioso, recorriendo la arena en todos sentidos, se agotaba pronto bajo el peso de su jinete. Era también clásico oponer el león al tigre, al toro, e incluso al jabalí, especies que eran entonces más diversificadas que las de nuestros bosques. Los dos últimos animales mencionados, dice Claudio, habían «cansado el brazo de Hércules»; y, sin duda, el verles erizar a uno la crin y a otro las cerdas en una parodia de desafío homérico, debía recordar confusamente al romano un poco cultivado las gestas mitológicas. El león, si hacemos caso a los monumentos, solía salir vencedor: podemos verlo, apresando con la boca el cuello de la víctima, empujar con todo su cuerpo sobre el espinazo del adversario medio abatido.

Otros combates eran una concesión al puro sadismo: detrás de los ciervos se soltaba una jauría, o leones y, en este caso, el resultado no ofrecía ninguna sorpresa: no era más que una carrera de habilidad. Naturalmente, se intentó romper la monotonía de estas escenas cuyo desarrollo era siempre parecido: como vamos a ver, los recursos de que disponían las casas de fieras romanas eran imponentes, tanto por la variedad de los animales allí reunidos como por la cantidad. Además de los que ya hemos citado, el hipopótamo, el cocodrilo, la hiena, el bisonte, la foca, y todas las variedades de panteras que podían salir de Oriente o de África eran especies corrientes en la Roma del Imperio. Únicamente el tigre siguió siendo una rareza, por lo menos durante cierto tiempo. Debía recurrirse, pues, a combinaciones inéditas, susceptibles de reavivar el interés del espectáculo: por ello al lado de las «parejas» clásicas de que nos hablan los historiadores, vemos también en los monumentos al oso luchando con una boa, al león con un cocodrilo, a la foca con un oso, etc.

Séneca nos describe uno de los artificios que fueron llevados a la práctica para renovar, dentro de lo posible, esta clase de espectáculos: se sujetaban a ambos extremos de una correa, por ejemplo, un toro y una pantera; al tratar ambos de liberarse, empezaban a luchar entre sí; pero al no tener libres los movimientos, al no poder tomar impulso para una lucha abierta, iban destrozándose allí mismo poco a poco. Al final del combate, el vencedor era tan irrecuperable como el vencido: unos hombres armados, llamados confectores, remataban a ambos.


Un fracaso de la propaganda de Pompeyo

En los juegos que Pompeyo ofreció el año —79 fueron colocados en el circo, para diversión del pueblo, una veintena de elefantes de África, de aquellos que tiempo atrás habían hecho huir a toda prisa a los ejércitos romanos. El espectáculo de su enorme masa no podía intrigar a los ciudadanos. Hacía ya mucho tiempo que los romanos estaban familiarizados con los elefantes. En muchas ocasiones los habían podido contemplar en el circo. Pero esta vez, para dar más brillantez a los juegos, debían enfrentarse con hombres.

Tal vez entre los combatientes había algunos gladiadores; los historiadores no se han puesto de acuerdo al respecto. Pero era corriente, en tiempos de la República, hacer luchar a hordas bárbaras ocupando el sitio de los venatores que todavía no proporcionaba el Ludus matutinus. Bocchus había enviado, junto a los cien leones que destinaba a Sila, a los arqueros experimentados que debían cazarlos. Fueron, pues, sin ninguna duda, los gétulos, un pueblo nómada que vivía en los confines del desierto, los que, en los juegos de Pompeyo, formaban el grueso de la tropa. Como medida de seguridad, se contentaron con rodear el circo con rejas de hierro.

Aquel duelo inédito sorprendió al público, e incluso le divirtió. Los gétulos, cazadores experimentados, poseían una técnica de combate muy concreta: lanzaban el venablo hacia el párpado inferior de la fiera, y ésta, alcanzada en el cerebro, se desplomaba sin dar ni un paso, ante la gran sorpresa de los espectadores; o bien la paralizaban atravesándole los pies: uno de los elefantes, con los pies atravesados por varios venablos, arrastrándose sobre las rodillas hasta sus adversarios, les arrancó los escudos con la trompa y los lanzó al aire. El público vio en ello una «broma» y se rió.

Súbitamente, la desesperación hizo renacer en los animales el espíritu comunitario que les es propio: cargaron todos a la vez contra las rejas que rodeaban el circo. Las rejas no cedieron del todo. Entonces, resignados, barritando lastimeramente, se dirigieron al centro de la arena para morir con larga agonía.

Pero los espectadores ya no tenían el mismo estado de ánimo: todos estaban en pie y, tal vez impulsados por un sentimiento real de piedad, o por el terror que había podido causar el incidente, maldecían a Pompeyo y llegaban a intervenir para que les fuera conservada la vida a los animales que no habían sido heridos de muerte. Dion Casio, a su manera, nos describe la escena: «Los elefantes se habían retirado del combate cubiertos de heridas e iban de un lado para otro, levantando la trompa hacia el cielo y emitiendo unos gemidos que no parecían surgir por casualidad: se creyó que de esta manera invocaban el juramento que los había decidido a salir de Libia y que imploraban con sus lamentos la venganza de los dioses. Pues, en efecto, no habían subido a los navíos hasta que los que querían llevarlos consigo les hubieron jurado que no se les haría ningún daño...»

Algunos han sacado de aquel incidente la conclusión de que los romanos experimentaron «una especie de ternura hacia los elefantes cuya dulzura e inteligencia les recordaban algo humano». Ternura en verdad un poco sospechosa, pues no impidió que César ofreciera al pueblo, unos años más tarde, un combate del mismo tipo, en el que enfrentó a veinte elefantes contra quinientos soldados. El dictador, que poseía en muy alto grado el don de hacer repercutir en provecho propio las lecciones de una experiencia, aunque fuera a costa de otro, tuvo mucho cuidado en facilitar a los espectadores una seguridad definitiva haciendo cavar alrededor de la arena el foso de que hablábamos antes.

Actuó, en todo caso, como si hubiera pensado que la irritación manifestada contra Pompeyo hubiera sido, más que el fruto de una compasión provocada por la vergüenza de una carnicería odiosa, un reproche de ligereza dirigido indirectamente al general por haberse preocupado tan poco de la salvaguardia del público. Si aquella compasión hubiera sido auténtica, no se comprendería que un hombre tan sutilmente calculador y atento a las fluctuaciones de su prestigio, se hubiera arriesgado a quedar mal ante sus conciudadanos reproduciendo exactamente un espectáculo cuyo fracaso había sido rotundo.

Por otro lado, nunca se dejó de dar muerte a elefantes en la arena. Lo cierto es que bajo el Imperio no figuraron en esas matanzas colectivas mediante las cuales los generales de la República habían deslumbrado a sus conciudadanos y cuya costumbre no se perdió jamás. Centenares de osos, de leones, de panteras fueron hechos matar en masa, por los emperadores, en la arena. Claudio concibió la idea original de oponerles un escuadrón de caballería pretoriana mandado por sus tribunos y su prefecto, idea que fue tomada de nuevo por Nerón. Bajo Probo, fueron soltados un centenar de leones que se han hecho memorables porque se negaron a toda clase de colaboración: se dejaron matar sin ofrecer resistencia; algunos incluso no querían andar por la arena y tuvieron que ser muertos, de lejos, a flechazos.




Crueldad y civilización: los juegos romanos
Traducción: Carmen Marsal
Barcelona Orbis, 1970



15 sept. 2009

Auguet Roland – En la arena

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Duelos con reglas bien establecidas

Los primeros gladiadores toman posición en el centro de la arena, de 85 por 53 metros. Son unas siluetas delgadas, como empequeñecidas por la masa enorme y bulliciosa de las graderías. Los cascos, que les cubren completamente la cara, es lo primero que atrae la atención: rivalizan en efecto, en adornos y complejidad; en lo que hace al resto, el aspecto de ambos hombres difiere completamente: uno, cuyo cuerpo, con excepción del pecho, está cubierto por toda clase de piezas de metal y de cuero, lleva únicamente en la mano izquierda un escudo de reducidas dimensiones; el otro aparece casi desnudo, pero balancea ante él un escudo oblongo y convexo que sólo deja al descubierto la parte inferior de las piernas del combatiente y su cabeza. El primero es un gladiador de la categoría de los tracios, cuya aparición en Roma se remonta a los tiempos de Sila. Lleva un subligaculum rojo, una especie de taparrabo sujeto a la cintura mediante un cinturón (balteus) lleva las dos piernas protegidas por unos semicilindros de metal (ocrea) sujetos a la tibia y que cubren también una pequeña parte del muslo; el brazo izquierdo, cubierto por el escudo, está desnudo; el derecho está revestido con una manica, una especie de manga de cuero reforzada con placas de metal, una de las cuales, fijada en su parte inferior, protege la parte superior de la mano y sólo deja los dedos al descubierto. Su arma ofensiva no posee la singularidad de aquellas espadas con una forma casi de ángulo recto con que a veces luchaban los tracios; es un sable bastante corto denominado sica, curvado como una hoz.

El otro gladiador es de los que, en tiempos de Augusto, todavía recibían el nombre de «samnitas» y que luego fueron denominados hoplomacos, ya fuese porque pareciera injurioso aplicar a gladiadores el nombre de un pueblo que formaba desde hacía ya mucho tiempo parte de la comunidad latina, ya fuera porque dicha categoría hubiera desaparecido realmente, dando nacimiento a dos tipos de gladiadores más especializados: el secutor, adversario habitual del reciario, y el hoplomachus, que se oponía al tracio; es muy raro, en efecto, que se haga combatir a dos gladiadores de igual categoría: al contrario, cada hombre posee sus propios medios defensivos, su técnica, distinta a la del adversario, y de ahí es de donde deriva, en parte, el interés de un combate cuyo principio consiste en oponer a dos hombres, pero también a dos armas. Por ello, el hoplomaco está desprovisto de las complicadas guarniciones con que se reviste su adversario, ya que la altura excepcional de su escudo —que lo diferencia de su predecesor samnita, cuyo scutum tenía menos envergadura— le asegura ya una protección suficiente: además del taparrabo, lleva una ocrea en la pierna izquierda y unas tiras de cuero (fascioe) en las muñecas, así como en la rodilla y en el tobillo de la otra pierna.

 

Gladiadores

Sólidamente afirmado en sus piernas, el hoplomaco parece esperar; mantiene el escudo apretado contra el pecho con tal fuerza, que su actitud, aunque aparentemente relajada, es más agresiva que protectora; la mano derecha aprieta la espada contra la cadera; la punta de la espada sobresale tímidamente del borde del escudo; el cuerpo del luchador se presenta ante el adversario como una única línea recta; y cuando el tracio, con el escudo situado horizontalmente hasta la altura de la barbilla y sujetando la sica contra el muslo, se lanza hacia él, éste evita el ataque con un ligero movimiento de todo el cuerpo: el público, seducido, murmura en señal de aprobación y, recordando que los escudos pequeños no suelen vencer, ve ya la condena del tracio inscrita en la habilidad de esta parada.

Pero no era más que el preludio: las armas entrechocan ahora en unos pases mucho más largos en el curso de los cuales cada uno de los dos hombres para y ataca sucesivamente infinidad de veces; fintas, ataques por parejas, juegos hábiles de espada se suceden: el lado izquierdo del cuerpo es el que con más frecuencia quedaba descubierto, pues, a causa del escudo, se presenta de frente en vez de quedar escondido, como en el caso de nuestros espadachines. Por ello, los gladiadores que no disponen más que de una greba, se la ponen en la pierna izquierda; pero, a pesar del ardor del combate, los dos gladiadores apenas se mueven: en efecto, ambos cuentan con un gran número de victorias, y la experiencia les ha enseñado a evitar los movimientos inútiles. El hoplomaco se encorva, dobla los brazos, coloca la espada a punto de salir por el borde del escudo afirmado sobre la rodilla izquierda; o se lleva el escudo a la barbilla para cubrirse completamente el cuerpo con él y lanzarse contra el adversario espada en mano. El tracio no hace estos movimientos geométricos: va al asalto de su adversario con movimientos rasantes, según expresión del escritor griego Artemidoro de Efeso; a veces con el busto inclinado hacia la derecha, como para decapitar al hoplomaco con su corvo puñal; a veces, alzando el escudo ante sí hasta la altura de los ojos para dar paso libre a la trayectoria de su arma y así poder atacar de abajo a arriba; o bien la hoja del puñal voltea en cortos zigzags, mientras que el escudo desciende y cubre horizontalmente el brazo de modo que la parte interior, con su correspondiente correa, se hace visible por unos instantes. Suele también suceder- que ambos hombres se enfrenten en una posición absolutamente simétrica, como dos felinos cara a cara.

Pero, por más importancia que puedan tener la habilidad y la técnica, no hay que echar en olvido la resistencia que le permitirá, o no, a un hombre «durar todo un día, a pleno sol, en medio de un polvo ardiente, chorreando sangre». Ya sea por exceso de fatiga, ya sea por haber tropezado con algo, o porque el golpe del adversario le haya alcanzado gravemente y le haya hecho perder el equilibrio, el tracio acaba de caer al suelo; en otros tiempos, esto no le hubiera sido perdonado: el emperador Claudio, por ejemplo, llevando precipitadamente el dedo pulgar hacia abajo antes de que el público tuviera tiempo de manifestar sus sentimientos, hacía degollar incluso a aquellos gladiadores que hubieran caído por casualidad.

Apenas ha llegado al suelo, cuando de las graderías surge un grito unánime:

¡Habet! ¡Hoc habet! (¡Le está bien! ¡Se lo ha merecido!), grito al que pronto se mezclan otras exclamaciones, no tantas, como: ¡Mitte¡ (¡Fuera!): pues el tracio, cuya caída no ha sido mala, apoyándose con una mano en el suelo para mantener el cuerpo lo más erguido posible con el fin de que el adversario quede a cierta distancia, sigue luchando, y esta actitud valerosa ha provocado la piedad de algunos espectadores que ya le consideran vencido; pero él no es de la misma opinión: se ha puesto en pie de un salto y dirige al gentío un gesto enérgico de negación, como queriendo decir que «no se lo ha merecido» o que rechaza la piedad de que es objeto. Y la lucha prosigue, pero a un ritmo distinto: el hoplomaco, animado por la multitud, acosa a su adversario, que ya parece incapaz de mantenerse firme sobre sus piernas, y no tarda en acorralarlo contra el muro del podium donde el otro se limita a parar los golpes.

De pronto, el tracio se abre paso, suelta su escudo y levanta un dedo de la mano izquierda en dirección a los espectadores; con dicho gesto se confiesa incapaz de proseguir la lucha y les pide clemencia. Su brazo extendido gotea sangre por ambos lados del codo, sangre que va a parar a la greba, donde traza unos surcos que se mezclan con los arabescos que la adornan; en su costado izquierdo burbujea otra herida que hasta ahora quedaba escondida por el escudo. El hoplomaco, todavía en actitud amenazadora, se inmoviliza y se vuelve hacia el palco del editor, presidente de los juegos, que en este caso es el mismo Emperador: puesto que el editor, en efecto, es quien, en principio, decide si el vencido será devuelto sano y salvo (missus), o muerto allí mismo.

Ciertamente, algunos emperadores, cuando ofrecían juegos en su nombre, no se privaban de abusar de este derecho; podríamos citar numerosos ejemplos de crueldad, como el de Claudio, que ordenaba matar sistemáticamente a los reciarios vencidos porque, al no llevar casco, morían con la cara al descubierto y podía seguirse en sus facciones la angustia de la agonía; a veces lo ordenaban movidos por la pasión que les hacía ir a favor de una de las facciones partidarias de los grandes escudos o de los pequeños; o por una especie de humor macabro ilustrado por Caracalla, quien contestó un día a un gladiador que le estaba suplicando que le salvara la vida: «Ve a suplicar a tu adversario.» No obstante, lo más corriente era que el editor hiciera caso de la opinión manifestada por la gente y se sometiera a su veredicto: mientras tenía lugar esta breve consulta, el tracio se dejaba caer en tierra (decumbere), se sentaba sobre un talón y permanecía quieto, con las manos detrás de la espalda, la cabeza inclinada: ya no tenía derecho a tocar las armas, y si (como aquel reciario de quien habla Suetonio, que en un combate, después de haber levantado el dedo, había vuelto a tomar el tridente y matado a su adversario) violaba esta ley con el menor gesto, atraería sobre la concurrencia una especie de maldición.

Los espectadores están divididos: unos levantan la mano en señal de clemencia; otros, con el pulgar dirigido hacia el suelo (pollice verso), reclaman la ejecución del vencido. En general, en casos como éste, el veredicto no viene dado por una crueldad arbitraria: es dictado por una apreciación muy primitiva de la justicia, una especie de equidad «deportiva», si se quiere. Si el gladiador se ha mostrado cobarde y ha dejado transcurrir el combate sin pena ni gloria, la gente, frustrada en su placer, indignada por la poca atención que se ha tenido para con ella, a buen seguro que exigiría la condena; pero si el hombre ha luchado encarnizadamente o ha hecho gala de cualidades excepcionales como espadachín; si, manifiestamente, la mala suerte ha tenido un gran papel en su desgracia, el vencido tiene muchas posibilidades de que le perdonen la vida.

El tracio tal vez se ha equivocado al dar la esperanza, con su altanera negativa, de un combate más largo, más encarnizado; además, en los casos dudosos, la menor cosa puede hacer que la balanza se incline hacia un lado o hacia el otro: la gente, en los primeros combates, tiene sed de sangre y se muestra más dura que a últimas horas de la tarde. Con un gesto definitivo, el editor, al comprobar que hay un número mucho mayor de espectadores que condenan, inclina el pulgar hacia abajo y dice al hoplomaco: ¡Jugula! (¡Degüella!). A partir de este momento se establece, entre los movimientos de los dos gladiadores, como una especie de colaboración, como la que presidiría el cumplimiento de un rito: mientras que el vencedor, que acaba de dejar su escudo en el suelo, avanza empuñando la espada, el tracio, que ha permanecido absolutamente pasivo durante todo este tiempo, se incorpora a medias, hinca una rodilla en tierra y sujeta con la mano, justo por encima de la rodilla, el muslo de su verdugo para apoyarse en él; este último, alargando el brazo, libre del escudo, coloca la mano sobre el casco de la víctima para mantener la cabeza en una posición firme y hunde su espada en el cuello, debajo mismo de la visera, que no posee ningún gorjal protector.

Los gladiadores, en efecto, aprendían a morir igual que aprendían a luchar. No había nada que contara tanto a los ojos del público como esa aptitud para mostrarse ante la muerte dueño y señor del más mínimo gesto: si algún gladiador no la poseía, era una vergüenza, no sólo para él, sino para toda la comunidad, que lo condenaba como una afrenta y un envilecimiento: «Odiamos —dice Cicerón— a los gladiadores débiles y suplicantes que, con las manos extendidas, nos suplican que les permitamos vivir.» Pero con el coraje no basta. Como subrayan cuidadosamente Cicerón y Séneca, para merecer el elogio hay que saber, principalmente, evitar el reflejo del último momento: oponer la mano a la espada, o taparse el rostro, intentar ocultar el cuello, contraer los miembros o retirar ingenuamente la cabeza. Hay que ser capaces de hacer cumplir a los músculos los simples principios que el lanista, sin ironía, ha repetido miles de veces durante los ejercicios: presentar el cuello al adversario; dirigir contra sí mismo, si es necesario, la punta de la espada que la fatiga puede hacer temblar en la mano del vencedor, recibir finalmente el golpe, como dice Cicerón, «con todo el cuerpo». Los gladiadores morían sin quitarse el casco: quitárselo hubiera sido mostrar otro rostro, falsear el juego y romper, respecto al público, una complicidad que, sin lugar a dudas, constituía el alimento indispensable de la enorme emoción experimentada en el curso de aquellos espectáculos.

Después del golpe de gracia, el vencido se desploma; pero se apoya firmemente en el suelo con un brazo extendido, con la mano abierta; aferra la otra mano en su muslo derecho doblado sobre la pierna; queda medio sentado sobre sus armas derrotadas; con el busto levantado e inclinado hacia la derecha, la cabeza pesada, muere en la posición del viajero que se ha sentado en el suelo y a quien un gran cansancio impide levantarse.

Apenas retirado el cadáver, se presentan otros dos tracios según el ceremonial antes descrito. Su armamento, a excepción del casco, que no lleva visera y va provisto de reborde muy amplio, se parece en todo al del luchador que acaba de morir. Por mucho que golpeen con las espadas, el ruido ensordecedor que producen al chocar contra los escudos no consigue disimular ante el público la preocupación esencial de los combatientes: protegerse a sí mismo al tiempo que proteger al adversario. Para colmo de mediocridad, uno de los dos, tal vez con la esperanza de terminar pronto sin correr grandes riesgos, intenta golpear a su antagonista en la cabeza. Esta forma de luchar es contraria a las reglas.

En efecto, el armamento defensivo de los gladiadores está concebido a partir de unos principios muy concretos: proteger aquellos lugares donde una herida, por leve que sea, pudiera perjudicar gravemente al combatiente y le impidiera estúpidamente poner en práctica todos los recursos de su técnica: ésta era la finalidad de las piezas de metal y de cuero que cubrían brazos y piernas, principalmente las articulaciones, así como proteger la cabeza, donde el menor golpe puede ser fatal sin que haya habido un auténtico combate; sólo el busto se halla expuesto, y ésta es la parte del cuerpo que un gladiador digno de este nombre debe tratar de alcanzar a pesar del escudo protector. No se trata de lisiar ni de asesinar brutalmente, sino de vencer en una competición.

El público, con sus protestas, obliga al tracio a abandonar su actitud desleal, y la lucha sigue tan deslavazada como antes. Y empiezan a surgir insultos de las graderías: «

¡Luchan como en la escuela!», «Si parecen polluelos», «Los condenados a las fieras dan muestras de más vigor», «Son capaces de morir de un soplo», « ¡Es patizambo!». Muy pronto, ante su reiterada actitud, el menosprecio se transforma en ira, y la gente, como dijo Séneca, «se convierte, de espectador, en adversario». Frustrado en su placer y pataleando como los niños, el pueblo, creyendo que se le menosprecia al actuar tan cobardemente ante él, pide a gritos el castigo habitual en semejante circunstancia. Entonces interviene el lanista. Es el propietario de la tropa de gladiadores alquilados hoy por el editor. Da unas órdenes: los encargados de llevarlas a cabo, látigo en mano, o blandiendo un hierro al rojo vivo, se precipitan sobre los tracios, y el público los incita a que golpeen, a que marquen con el hierro candente la carne de los luchadores: éste es un procedimiento reservado a los condenados, y muy excepcionalmente aplicado cuando se trata de gladiadores. A pesar de ello, la voluntad de los hombres, agotados más por el miedo que por el cansancio, no reacciona; lo que decía unos momentos antes un espectador, es cierto: se trata de «auténticas máquinas de huir»; vuelven a iniciar tímidamente el combate y, de pronto, uno de los tracios suelta las armas y huye a todo correr. El otro lo alcanza y se dispone a degollarlo sin esperar la señal de los espectadores. Vuelve a intervenir el lanista para impedir este acto contrario a la decencia y a la tradición.

La gente no tiene la menor intención de salvarle la vida al que se lo ha suplicado; pero esta precipitación vergonzosa para matar ha llevado su indignación al colmo, y lamenta no poder condenar también al «vencedor». Algún colega del vencido podrá grabar en los muros de la caserna una inscripción conmemorativa como las que han sido halladas en Pompeya: «Policarpio ha huido», «Oficioso huyó el 6 de noviembre bajo el consulado de Druso César y de M. Junio Norbano». La excitación ha hecho presa incluso en las vestales: una de ellas cuenta los golpes levantándose frenéticamente cada vez que la espada penetra en el cuerpo del tracio que expira.

 

Levantamiento de los cadáveres

A los gritos frenéticos del gentío con el pulgar hacia abajo ha seguido el murmullo confuso de los comentarios, murmullo interrumpido por algunas vociferaciones, o por explosiones de alegría por parte de los que habían apostado por el vencedor; después de la tensión prolongada del espectáculo y de la espera, se manifiesta una agitación confusa. Las lenguas se sueltan, los pies se mueven sobre la piedra desgastada, donde el roce anónimo ha producido dos hendiduras minúsculas, los cuerpos entumecidos vuelven a adquirir conciencia de sí mismos: ha llegado el momento de llamar la atención al pesado que, con el entusiasmo del combate, no ha parado de golpear con su rodilla las costillas de su vecino de abajo, que no está protegido por ninguna clase de respaldo, como en Pompeya; ha llegado el momento de apartar el brazo importuno o la espalda del espectador de al lado.

Durante estas pausas, el anfiteatro, por lo que se refiere a intrigas galantes, hacía ya tiempo que no ofrecía las mismas facilidades que el circo. Recordemos que, en su principio, las mujeres no eran admitidas a los espectáculos de gladiadores. Más tarde, cuando dicha prohibición, como otras muchas leyes que las grandes damas ya no respetaban, cayó en desuso, no apareció ninguna reglamentación que codificara una práctica admitida de hecho y se instauró una especie de anarquía en este sentido, o, según palabras de Suetonio, «la confusión y el descaro más completos». Pero Augusto, bien conocido por su sentido del orden, tomó cartas en el asunto. Mediante una serie de decretos, separó a los soldados del pueblo, asignó a los plebeyos casados unas gradas especiales, así como a los jóvenes vestidos con la pretexta, mientras que sus preceptores estaban agrupados en cofradías y ocupaban el sector más próximo a ellos. Pero principalmente, con excepción de las esposas de los dignatarios, autorizadas a compartir las plazas de las vestales, habían relegado a las mujeres, que hasta entonces asistían a los combates mezcladas con los hombres, al tercer moenianum suspendido sobre la terraza. Y esto daba origen a un gran gentío, colocado ordenadamente, que pataleaba y vociferaba.

Todos han olvidado ya el cadáver que yace en la arena. Algunos gladiadores parecían reposar sobre la arena manchada con su sangre. En los dibujos que nos quedan de aquella época, podemos verlos, sosegados, con las piernas separadas, con la cabeza y un brazo alejados al máximo del resto del cuerpo, como si trataran de respirar mejor; en su mano abierta conservan el puño de la espada, mientras que el otro brazo está extendido a lo largo del cuerpo y sujeta contra el costado un pedazo de tela enrollada; la masa de los pectorales, hinchada por la última inspiración, destaca sobre el perfil del rostro que emerge de una barba espesísima que se une a la cabellera.

Otros, al contrario, parece que quieran encerrar su cuerpo en sí mismo formando una curva perfecta: en forma de cuarto creciente lunar. Una pierna extendida hacia delante mantiene el pie levantado. La otra, encogida, mantiene el pie bajo el muslo opuesto. La cabeza se inclina suavemente sobre un puño, con el codo doblado formando un triángulo, y hay algo infantil en la manera como la mano izquierda, cerrada sin crispación, se mantiene a pocos centímetros del rostro, tocando apenas el suelo. O bien hay como una ruptura brutal en aquellos cadáveres completamente extendidos: tras el pecho hinchado, la cabeza abandona bruscamente el eje del cuerpo para seguir la línea del brazo que, echado violentamente hacia atrás, está todavía sujeto por la correa del escudo caído en el suelo. Pero hay algunos dibujos en los que no encontramos esta expresión de abandono que tanto repugna en un cadáver, y no se trata únicamente de una pura sublimación artística: en sus músculos rígidos hay un poco de la dignidad y la nobleza con que el lanista, en su escuela, les enseñaba a presentar la garganta cuando fueran vencidos.

Mientras el vencedor desaparece cargado de recompensas, penetra en la arena un personaje que parece arrancado de la pared de una tumba etrusca; lleva una túnica sujeta a la cintura y un calzado de cuero blando; su cara no es del todo humana: tiene la nariz como el pico de un ave de presa; lleva en la mano una maza de largo mango. Es el Caronte etrusco, precedido de un Hermes Psicopompa, blandiendo un caduceo al rojo vivo que hunde en la carne del vencido para comprobar que está efectivamente muerto y no sólo desvanecido o herido. Una vez llevada a cabo esta prueba, Caronte toma posesión del muerto golpeándolo con su maza. Mientras, según los ritos más arcaicos, el infierno viene a asegurarse la presa, los libitinarii cumplen con su cometido más prosaico de levantamiento del cadáver.

Se lo llevan en una parihuela, una especie de camilla rudimentaria; a veces, un caballo lo arrastra mediante un gancho y deja un surco en la arena, que será inmediatamente alisado, hacia la Puerta Libitinaria, situada en el eje mayor del anfiteatro, en el extremo opuesto a aquella por donde entran los gladiadores. Se da a dicha puerta el nombre de la diosa Libitina que preside los funerales y no gusta a nadie. Acaba de aparecer un segundo equipo de esclavos: unos luchan contra el polvo con el agua que llevan en unos pequeños odres; otros remueven la arena allí donde está manchada de sangre, borran las huellas del combate que acaba de tener lugar. La arena vuelve a quedar como si nada hubiera ocurrido.

Se ha pulverizado por todo el recinto un agua perfumada; un sistema de tuberías hacía posible que llegaran hasta las últimas gradas. Pues el aire era sofocante y estaba saturado de polvo, precisamente a causa de las precauciones que se tomaban para protegerse de los rayos del sol: una especie de tienda llamada velarium o velum, formada por tiras triangulares sujetas a mástiles, cubría la parte de las gradas que quedaban al aire libre. A medida que el sol avanzaba, eran movidas mediante un sistema de poleas por los marineros de la flota encaramados en lo alto del edificio. Las finas gotas de agua han refrescado las gargantas; vuelven a sonar las trompetas seguidas por la orquesta, cuya música acompaña a los luchadores durante el combate.

 

Crueldad y Civilización: Los Juegos Romanos, capítulo segundo (fragmento)

Traducción: Carmen Marsal

Ediciones Orbis

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