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8 nov. 2010

Borges en su voz: Acerca de la Cábala

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© Roberto Pera/dpa/Corbis 1982




8 sept. 2010

Juan José Arreola en su voz: El discípulo

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De raso negro, bordeada de armiño y con gruesos alamares de plata y de ébano, la gorra de Andrés Salaino es la más hermosa que he visto. El maestro la compró a un mercader veneciano y es realmente digna de un príncipe. Para no ofenderme, se detuvo al pasar por el Mercado Viejo y eligió este bonete de fieltro gris.

Luego, queriendo celebrar el estreno nos puso de modelo el uno al otro.

Dominado mi resentimiento, dibujé una cabeza de Salaino, lo mejor que ha salido de mi mano. Andrés aparece tocado con su hermosa gorra, y con el gesto altanero que pasea por las calles de Florencia, creyéndose a los dieciocho años un maestro de la pintura. A su vez, Salaino me retrató con el ridículo bonete y con el aire de un campesino recién llegado de San Sepolcro.

El maestro celebró alegremente nuestra labor, y él mismo sintió ganas de dibujar. Decía: «Salaino sabe reírse y no ha caído en la trampa». Y luego, dirigiéndose a mí:

«Tú sigues creyendo en la belleza. Muy caro lo pagarás. No falta en tu dibujo una línea, pero sobran muchas. Traedme un cartón. Os enseñaré cómo se destruye la belleza».

Con un lápiz de carbón trazó el bosquejo de una bella figura: el rostro de un ángel, tal vez el de una hermosa mujer. Nos dijo: «Mirad, aquí está naciendo la belleza. Estos dos huecos oscuros son sus ojos; estas líneas imperceptibles, la boca. El rostro entero carece de contorno. Ésta es la belleza». Y luego, con un guiño:

«Acabemos con ella». Y en poco tiempo, dejando caer unas líneas sobre otras, creando espacios de luz y de sombra, hizo de memoria ante mis ojos maravillados el retrato de Gioia. Los mismos ojos oscuros, el mismo óvalo del rostro, la misma imperceptible sonrisa.

Cuando yo estaba más embelesado, el maestro interrumpió su trabajo y comenzó a reír de manera extraña. «Hemos acabado con la belleza», dijo. «Ya no queda sino esta infame caricatura.» Sin comprender, yo seguía contemplando aquel rostro espléndido y sin secretos.

De pronto, el maestro rompió en dos el dibujo y arrojó los pedazos al fuego de la chimenea.

Quedé inmóvil de estupor. Y entonces él hizo algo que nunca podré olvidar ni perdonar. De ordinario tan silencioso, echó a reír con una risa odiosa, frenética. «¡Anda, pronto, salva a tu señora del fuego!» Y me tomó la mano derecha y revolvió con ella las frágiles cenizas de la hoja de cartón. Vi por última vez sonreír el rostro de Gioia entre las llamas.

Con mi mano escaldada lloré silencioso, mientras Salaino celebraba ruidosamente la pesada broma del maestro.

Pero sigo creyendo en la belleza.No seré un gran pintor, y en vano olvidé en San Sepolcro las herramientas de mi padre. No seré un gran pintor, y Gioia casará con el hijo de un mercader.

Pero sigo creyendo en la belleza.

Trastornado, salgo del taller y vago al azar por las calles. La belleza está en torno de mí, y llueve oro y azul sobre Florencia. La veo en los ojos oscuros de Gioia, y en el porte arrogante de Salaino, tocado con su gorra de abalorios. Y en las orillas del río me detengo a contemplar mis dos manos ineptas.

La luz cede poco a poco y el Campanile recorta en el cielo su perfil sombrío. El panorama de Florencia se oscurece lentamente, como un dibujo sobre el cual se acumulan demasiadas líneas. Una campana deja caer el comienzo de la noche.

Asustado, palpo mi cuerpo y echo a correr temeroso de disolverme en el crepúsculo. En las últimas nubes creo distinguir la sonrisa fría y desencantada del maestro, que hiela mi corazón. Y vuelvo a caminar lentamente, cabizbajo, por calles cada vez más sombrías, seguro de que voy a perderme en el olvido de los hombres.


5 sept. 2010

Juan José Saer en su voz: El culto del cargo

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Desháganse
de adornos y vestimenta;
desierten
factorías y jardines.
Que un árbol junte la tierra
el cielo; que se entremezclen
sexo y jerarquías:
después de la catástrofe
viene la vuelta de nuestros muertos,
después de la oscuridad, la luz
flamante. Salgamos desde el cero
otra vez, renovados, al infinito.
ime la herrumbre
de este mundo gastado, se quiebran
las estrellas en ruinas,
el aire sucio raspa
pupilas secas
bajo párpados blancos. O el paraíso
o nada: desdeñen
la limosna, el imperio
del siglo, reintroduzcan
el gusto por la abundancia.
Preparen
la desnudez exigente.
Respondan
a la mistificación con silencio.
Acepten
el paso oscuro por el caos.
Abandónense a la inacción.

En El arte de narrar
Seix Barral
Audio original: Audiovideoteca

8 jul. 2010

Juan José Saer en su voz: No tocar

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Que no digan que el comentario
acicala, ni que la condecoración,
seguida de fajos, vuelve, después de lustros pálidos,
reales. La gracia estaba en cabalgar,
con voz luminosa, el instante encabritado,
por puro lujo o gusto claro, o por ver
si se podía, contra el desgaste, labrar
formas que recordasen, con su sabor,
la miel de las mañanas. Que no vengan,
con su honor, a envenenarnos, ni, con sus
dardos de academia, a ponernos,
después de tanto mirar el sol de frente,
llamándonos, arteramente, suyos,
del lado de lo oscuro.


En El arte de narrar

29 ago. 2009

Juan Carlos Onetti en su voz: El astillero (fragmento)

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Ahora, en la incompleta reconstrucción de aquella noche, en el capricho de darle una importancia o sentido históricos, en el juego inofensivo de acortar una velada de invierno manejando, mezclando, haciendo trampas con todas estas cosas que a nadie interesan y que no son imprescindibles, llega el testimonio del barman del Plaza.

Acepta que una noche de lluvia, durante aquel invierno, un hombre coincidente con la descripción de Larsen que le fue proporcionada, abundante, contradictoria en ciertos puntos porque los entusiasmos variaban, se acercó al mostrador y preguntó si el señor Jeremías Petrus «paraba» en el hotel.

«Era una palabra vieja y por eso dejé de pensar en el Simmons Fizz y lo miré dos veces. Ya casi todos dicen «alojarse» o «encontrarse»; y algunos de la Colonia, hombres hechos, que tal vez no hayan nacido aquí, «estar de paso». Este decía «parar» sin sacarse las manos de los bolsillos del sobretodo, ni tampoco el sombrero; no había dado las buenas noches o no se las oí. Esa palabra vieja, es posible que ayudada por la voz, me hizo pensar en tiempos de juventud, en café de esquinas de barrios. Cosas. Cuando el tipo habló yo estaba sin nada que hacer, la sala casi vacía y nadie en el mostrador, limpiando algún vaso con una servilleta aunque no me corresponde, y los vasos están siempre limpios. Yo estaba pensando en el negro Charlie Simmons y en el fizz que había hecho y bautizado y en la evidencia de que la receta que me transmitió era falsa. Porque me la dijo en cuanto se la pedí, porque la bebida que sale, de un color muy lindo, es sinceramente maléfica y porque nunca, en realidad, lo vi preparando. Él estaba entonces, duró poco, en el Ricky, que después se llamó Noneim, y después no sé. Pensaba distraído en eso y en otra cosa anterior. Entonces vino el hombre, que tal vez sea quien usted dice, aunque nunca lo vi antes, cuando vivió en Santa María. Más bien bajo, seguro, engordando, yendo para viejo pero todavía con cuerda y con aire de no enterarse del almanaque. Tendría que haberle dicho que se dirigiera al conserje, Tobías, el que anota y anda con las llaves. Pero la frase ésa, si «para» en el hotel, la palabra más bien, me ganó y le contesté. Le dije que sí y en qué habitación. Todos sabíamos y comentamos el asunto: el viejo Petrus enfermo o haciéndose el enfermo, metido desde la mañana en el 25, que tiene living y se reserva para novios, sin haber pedido durante todo el día otra cosa que una botella de agua mineral, sin que nadie supiera, por más que dijeron, si el francés se atrevería a presentarle la cuenta, ésta y las atrasadas, sólidos miles de pesos. Y no para verlo firmar arriba de la cuenta sino en un cheque con fondos, contra algún banco que no puedo imaginarme pero que, por qué no, tendría que llamarse Petrus y Compañía o alguna cosa como Petrus y Petrus. Sólo así. Cabeceó para darme las gracias y se puso a caminar en dirección al ascensor. Quería chistarle y decirle que llamara antes por el interno; me dejé estar y siguió caminando. Era como me dice: naturalmente pesado pero exagerándolo, negro de ropas, taconeando mientras pudo en el silencio del bar vacío, sin ruido después sobre la alfombra del corredor, la espalda arqueada como si estuviera llevando con el pecho alguna cosa por delante. El pobre. La otra cosa anterior en que yo pensaba se le ocurre a cualquiera. Pensaba en el negro Charles Simmons, el hombre mejor vestido que vi nunca; en la vez, que alguna vez tuvo que ser, en que se distrajo revolviendo un gin fizz con una cuchara larga y se le ocurrió que lo que hacía podía mejorarse o que era posible hacerse famoso con cualquier cambio de medidas o ingredientes sin dar nada nuevo o mejor. Que es lo que no sé y me sigo preguntando.»

La puerta no tenía llave; de modo que después de algunos pasos sinuosos en la penumbra de la salita, Larsen se introdujo en la luz del dormitorio y vio al viejo Petrus boca arriba, acurrucado en la cuarta parte de una cama matrimonial, con una lapicera en la mano y una libreta negra, con ganchos cromados, apoyada en las rodillas. Vuelta hacia él la cara reducida, sin asombro ni miedo, sin otra cosa que una suave inquisición profesional.

—Buenas noches y perdone —dijo Larsen. Sacó las manos de los bolsillos y puso cuidadosamente el sombrero en la repisa de la chimenea falsa.

—Es usted, señor —comentó el viejo; sin desviar la cara, guardó la lapicera y la libreta debajo de la almohada.

—Aquí estamos, señor, a pesar de todo. Y mucho me temo... —avanzó velozmente y ofreció su mano hasta que Petrus colocó la suya, muy pequeña y seca.

—Sí —dijo Petrus—. Siéntese, señor. Arrime una silla —lo miró calculando, estuvo moviendo la cabeza como si aprobara.

—Espero que todo marche bien en el astillero. Estamos al borde del triunfo, cuestión de días. En esta época, es triste, hay que llamar triunfo a un acto de justicia. Tengo la palabra de un ministro. ¿Alguna dificultad con el personal?

Larsen se sentó en la cama, sonrió para congraciarse con los ángeles, pensó en el batallón de espectros del personal, en huellas que tal vez hubieran dejado y que en todo caso no constituían evidencia; pensó en Gálvez y Kunz, en la pareja de perros saltando hacia la barriga de la mujer con abrigo de hombre. También en algún charco, un agujero en forma de ventana, alguna bisagra destornillada y colgante.

—Ninguna, señor. Hubo cierta resistencia, absurda, al principio. Pero ahora, le puedo asegurar, todo marcha como una máquina.

Petrus sonrió y dijo que era justamente lo que había esperado y que estaba seguro de no equivocarse al elegir hombres y asignarles tareas. «Soy un conductor; ésa es la primera virtud de un conductor.» La noche estaba afuera, enmudecida, y la vastedad del mundo podía ser puesta en duda.

Aquí no había más que el cuerpo raquítico bajo las mantas, la cabeza de cadáver amarillenta y sonriendo sobre las gruesas almohadas verticales, el viejo y su juego.

—Me alegro —dijo Larsen, crédulo, sin énfasis—. Siempre he pensado, mientras me ocupaba de los problemas del astillero y vigilaba el rendimiento del personal, que yo estaba a cargo de la retaguardia mientras usted... —suspiró, casi satisfecho, y tuvo un escalofrío dentro del sobretodo empapado.

—En la línea de fuego, señor. Justamente —celebró el viejo, con una sonrisa—. Más riesgo y más gloria. Pero si la retaguardia llega a fallar...

—Esa es la idea que me da ánimos.

—Todo esto es obra mía —dijo Petrus deslizando una mano para tocar durante un segundo la libreta bajo la almohada—. Y no me voy a morir antes de ver que todo vuelve a ponerse en marcha. Es imposible. Pero su tarea, señor, es tan importante como la mía. Si el astillero se paraliza una sola hora, ¿qué cosa podré estar defendiendo en las antesalas de esos covachuelistas, esos piojos resucitados? Le estoy muy reconocido.

Larsen cabeceó con una mueca alegre, tímida, agradecida. El viejo Petrus recogió con rapidez su sonrisa y la cara flaca, entre patillas, se puso a exhibir con deliberación la espera, cortés pero exigente.

Una mujer y un hombre pasaron frente a la puerta conversando en voz alta; despectivo, hundido en la paciencia, el hombre iba negando alguna cosa.

—Aquello está listo, le aseguro, para el momento en que usted dé la orden —se esforzó Larsen.

Pero ni las voces de afuera ni ésta que había sonado a los pies de la cama pudieron distraer de su resolución de pregunta a la cabeza de momia de mono que se apoyaba sin peso en las almohadas.
«No es una sonrisa esa arruga bien repartida que hace. No le importa nada de nadie, y yo no soy yo, ni siquiera el cuerpo número 30 o 40 que está ocupando esta noche el invariable Gerente General del astillero. Yo soy, apenas, una desconfianza. Y ni siquiera me tiene miedo. Entré sin llamar, es tarde, él no me avisó que estaría esta noche en Santa María. Le gustaría saber por qué miento, qué planes y esperanzas tengo. Está impaciente por saber; entretanto se divierte. Nació para este juego y lo practica desde el día en que nací yo, unos veinte años de ventaja. No soy una persona, así que no es una sonrisa la complicación ésta que le impone a la cara; es una pantalla y una orden, una manera de ganar tiempo, de pasar mientras espera cartas y apuestas. El doctor estaba un poquito loco, como siempre, pero tenía razón; somos unos cuantos los que jugamos al mismo juego. Ahora, todo está en la manera de jugar. El viejo y yo queremos dinero, y mucho, y también nos parecemos en la falla de quererlo, en el fondo, porque sí, porque ésa es la medida con que se mide un hombre. Pero él juega distinto y no sólo por el tamaño y el montón de las fichas. Con menos desesperación que yo, para empezar, aunque le queda tan poco tiempo y lo sabe; y para seguir, me lleva la otra ventaja de que, sinceramente, lo único que le importa es el juego y no lo que pueda ganar. También yo; es mi hermano mayor, mi padre, y lo saludo. Pero yo a veces me asusto y hago sin querer balance.»

La mujer y el hombre que habían pasado por el corredor ahuecaron allá lejos el silencio con un suave, inhumano murmullo. Hicieron sonar después definitivamente el pestillo de una puerta y la noche de lluvia se transformó en ventosa, placentera y gimiente, no más real que un recuerdo, más allá de las persianas corridas sobre la plaza.

El estupor de la cabeza falsamente apoyada en la almohada, casi vertical, consciente de los límites que imponían las patillas blancas y agresivas, y fortalecida por ellos, empezaba a teñirse de impaciencia. Escaso de fe, Larsen organizó el gran gesto de la cara que cae y se acerca con una demorada expresión de confidencia. «Abajo de estas ventanas pasé tantas noches con una mano en el revólver o cerca, pisando fuerte, a la vez ajeno y desdeñoso y provocando siempre inútilmente.»

Oyó, ronco y débil, inconvincente, un bocinazo en el río repetido tres veces. Se palpó de cigarrillos y no tuvo fuerzas para desprender el sobretodo húmedo que lo rodeaba, seduciéndolo, con un olor triste y cobarde, un perfume de resaca y de antiquísimas lociones que le habían refregado en el pelo en salones de peluquerías que series de espejos hacían infinitos, tal vez demolidos años atrás, increíbles ya, en todo caso. Sospechó, de pronto, lo que todos llegan a comprender, más tarde o más temprano: que era el único hombre vivo en un mundo ocupado por fantasmas, que la comunicación era imposible y ni siquiera deseable, que tanto daba la lástima como el odio, que un tolerante hastío, una participación dividida entre el respeto y la sensualidad eran lo único que podía ser exigido y convenía dar.

(...)

Tal vez ya fuera tarde. Claro que podía ser empleada la violencia y él, Larsen, garantizaba, era obvio, su buen éxito. Pero acaso aquel papel verdoso, con dibujos circulares en los márgenes, con un número lleno de coincidencias, con la innegable, rápida, encogida firma de Petrus en su parte inferior derecha, no fuera el único título falsificado que andaba rodando por donde no debía. En este caso la violencia sería inútil y contraproducente.

Jeremías Petrus había escuchado con los ojos cerrados o había cerrado los ojos en algún momento preciso del relato, un momento que Larsen lamentaba desconocer. Seguía inmóvil contra la almohada, no era nada más que aquella cabeza disminuida, que se exhibía impúdica. El tórax de niño, las piernas raquíticas, y hasta las mismas manos hechas de alambre y papeles viejos, se aplanaban sin bulto bajo las mantas. Nada más que la cabeza ciega e indiferente, la máscara preparada para un susto sobre la almohada. (...)

—Eso es lo que hay —dijo al fin Larsen, irritado—. A lo mejor no tiene importancia, me equivoqué. Pero Gálvez asegura que el título es falsificado y que puede meterlo en la cárcel cualquier día que se despierte con dolor al hígado. Véalo. Yo trabajando en la Gerencia, en un problema de metalización, y el tipo ese mostrándome como un perdonavidas aquella cartulina verde ajada. (...)

Petrus parpadeó y repitió «sí, señor» con los ojos cerrados. Después miró a Larsen, demostrando comprender, informándole que era innecesario descubrir los dientes y arrugar trabajosa y metódicamente la cara para formar una sonrisa. Pero Larsen supo que la cabeza impasible estaba sonriendo y que aquella invisible pero indudable sonrisa era ávida, burlona, y lo estaba incluyendo a él mismo junto con Gálvez, el título, el peligro, la Sociedad Anónima, y el destino de los hombres.

Ahora tenía los ojos abiertos, dos estrechas y acuosas claridades bajo las cejas retintas. Explicó sin entusiasmo que uno de los títulos había sido robado desde el principio mismo de aquella pequeña aventura de falsificación, tan sin importancia y tan necesaria si se la relacionaba con la aventura que él prefería llamar empresa y titular Jeremías Petrus, S.A. (...)

Petrus había vuelto a cerrar los ojos y era evidente que lo estaba echando y que no le importaba de veras que el título falso llegara o no al juzgado. Se divertía ahora de esta manera y continuaría divirtiéndose de la otra. Desde muchos años atrás había dejado de creer en las ganancias del juego; creería, hasta la muerte, violento y jubiloso, en el juego, en la mentira acordada, en el olvido.

Un poco rabioso por la envidia, apocado por una confusa admiración, Larsen caminó en puntas de pie hasta rescatar de la chimenea de estuco el sombrero deformado por la lluvia. Con dos dedos lo encajó en el ángulo habitual y, siempre de puntillas, fue de regreso hasta la cama y miró bien, de arriba abajo, erguido, las manos en los bolsillos.

Casi perpendicular a las mantas, la máscara blanca y amarilla, calva, cejinegra, parecía dormir; la boca fina y vencida, estaba apretada sin esfuerzo. «Quedan pocos como éste, pensó Larsen-. Quiere que lo liquide a Gálvez, a la mujer preñada, a los perros mellizos. Y él sabe que para nada. Voy a despedirme; si despierta y mira, lo escupo.»

Sin doblar las rodillas, se inclinó hasta besar la frente de Petrus. La cara siguió quieta, entregada y a salvo, recóndita, amarilla. Larsen se enderezó y estuvo moviendo un dedo contra el ala del sombrero. Balanceándose y sin ruidos cruzó la salita oscura, llegó a la puerta y la abrió (...)




Buenos Aires, Bruguera, 1960
Foto: Sara Facio
Cortesía de Alejandra Correa
Fuente del audio original: Algunas criaturas monstruosas


23 jul. 2009

Juan José Saer en su voz – Leche de la Underwood

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Leche de la Underwood

 

Por delicadas que sean, las mañanas
envilecen; lo destructible vacila
y lo que pareciera, frente a nosotros, perdurar,
no nos acoge, menos cruel que indiferente. Animal
anónimo, por más que grites, nadie escucha,
y ni por lejos la lengua es la que conviene.
Existe, tal vez, en alguna parte, un idioma,
nadie niega, pero habría que desandar,
salir, si fuese posible, del centro de la noche,
y empezar de nuevo con otra clase de balbuceo.
Tantas tardes que resbalan:
ya no se sabe
en qué mundo se está, y sobre todo si se está
en un mundo. Se muerde
un fantasma de manzana, mientras sigue merodeando,
como desde un principio, lo oscuro. Destellos
de un sol de invierno en la ciudad
transparente; brillos, rápidos o lentos,
que algunos blanden como pruebas
abandonándose, soñadores, su tibieza. Entre tantas
estrellas, esperanzas: relentes
de un reino animal.

 

En El arte de narrar

 

 

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24 ene. 2009

Edda Moser en dos arias de “Idomeneo” (Mozart, K. 366) - Audio

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edda moser

 

 

Acto II
"Parto, e l'unico oggetto - Idol mio, se ritroso"

 

Acto III
"Oh smanial oh furie! D'Orestem d'Aiace"

 

Staakskapelle Dresden
Dir.: Hans Schmidt-Isserstedt
1972


 

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27 dic. 2008

Friedrich Nietzsche músico – Melodram: Lieder - Klavierwerke

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Audio y descarga online

cover

 

Author: Nietzsche, Friedrich (1844-1900)
Title: Lieder; Klavierwerke; Melodram (1995)

Dietrich Fischer-Dieskau (baríton, piano)
Aribert Reimann (piano)
Elmar Budde (piano)

 

Mein Platz vor der Tür
Aus der Jugendzeit
Da geht ein Bach
Das zerbrochene Ringlein
Wie sich Rebenranken schwingen
Beschwörung
Nachklang einer Sylvesternacht
Nachspiel
Ständchen
Unendlich
Verwelkt
Ungewitter
Gern und gerner
Das Kind an die eloschene Kerze
Es winkt und neigt sich
Junge Fischerin
Gebet an das Leben
Manfred-Meditation

 

Claudio Schulkin: Nietzsche compositor

Fuente: A Parte Rei, revista de Filosofía

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12 jul. 2008

Jorges Luis Borges – Audio: La poesía

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Conferencia dictada en agosto de 1977 en el teatro Coliseo de Buenos Aires, en el marco del ciclo Siete noches.

La poesía (primera parte)

La poesía (segunda parte)

 

biograf

Texto completo de La poesía

 

9 jul. 2008

Antonio Gamoneda - Siento el crepúsculo en mis manos en su voz

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Siento el crepúsculo en mis manos. Llega a través del laurel enfermo. Yo no quiero pensar ni ser amado ni ser feliz ni recordar.

Sólo quiero sentir esta luz en mis manos
y desconocer todos los rostros y que las canciones dejen de pesar en mi corazón
y que los pájaros pasen ante mis ojos y yo no advierta que se han ido.

Hay
grietas y sombras en paredes blancas y pronto habrá más grietas y más sombras y finalmente no habrá paredes blancas.

Es la vejez. Fluye en mis venas como agua atravesada por gemidos. Van
a cesar todas las preguntas. Un sol tardío pesa en mis manos inmóviles y a mi quietud vienen a la vez suavemente, como una sola sustancia, el pensamiento y su desaparición.

Es la agonía y la serenidad.

Quizá soy transparente y ya estoy solo sin saberlo. En cualquier caso, ya
la única sabiduría es el olvido.


© Antonio Gamoneda & Tusquets Editores
En Arden las pérdidas
Barcelona, Tusquets Editores, 2004

28 jun. 2008

Edgar Bayley por él mismo - Un hombre trepa por las paredes y sube al cielo

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Edgar Bayley - Un hombre trepa por las paredes y sube al cielo

Colgado de una soga
el hombre que escala las paredes
tiene fuertes zapatones con clavos
Escala las paredes
porque ha olvidado las llaves de su casa
y mientras escala las paredes
hasta llegar al piso trece
se detiene algunos momentos
en los balcones de cada piso
donde aspira el olor de los geranios
las madreselvas
las hortensias
y los malvones
Hay sol
gallardetes
vendedores ambulantes
y más allá está el río
y más allá los puentes
por donde se va a la pampa
Abajo están los niños
que salen de las escuelas
y por el cielo pasan aviones y pájaros
y sombreros de anchas alas
que el viento arrancó a los desprevenidos
La soga ha sido atada a la viga
que sobresale en la azotea
Un hombre la ciñó a su cintura
y asciende tomándose de la soga
con sus manos enguantadas
Usa un chaleco floreado y una gorra a cuadros
Debe llegar al piso trece
donde tiene que regar unos claveles
pisar maíz
escribir unas cartas
y preparar una cazuela
Sube lentamente
y en cada piso se detiene un rato para descansar
Entre el balcón de cada piso
y se sienta en un sillón
o se extiende sobre una reposera
y conversa con la vecina o los vecinos
y acepta un café o un mate
o deja caer un chorro de una bota de vino
en su garganta
o juega a las cartas
o escucha confidencias y da consejos
y cuenta algún episodio de su vida
hasta que saluda y se va
y sigue trepando por las paredes
colgado de una soga
Es el hombre tiene fuertes zapatones con clavos
el hombre que escala las paredes
y un chaleco floreado y una gorra a cuadros
que olvidó las llaves de su casa
y aspira el olor de los geranios
y debe llegar al piso trece
antes de que aparezcan los búhos
y se iluminen las ventanas
Están los pájaros y el río allá lejos
y el césped del parque
y los caballos que galopan por la llanura
y esta silla desvencijada
y la bañera
fuera de uso
llena de tierra y de flores
y el mar y el navío que se acerca
y la lagartija que se escurre entre las rocas
y el vendedor de diarios que desde abajo
le grita consejos y advertencias
mientras el hombre vuela
asciende
conquista cada piso con esfuerzo
y mira siempre hacia arriba
la tierra está lejos
el cielo está lejos
El hombre que trepa por las paredes
colgado de una soga
cuando entra en una casa por el balcón
es bien recibido por los vecinos
y él trata de ser útil
pero en uno de los pisos
una mujer inesperada
que es una sola
y al mismo tiempo
todas las mujeres de su vida
le pide que la lleve con él
Entonces ella se ata también con la soga
y sube con el hombre
más allá del piso trece
hacia las nubes
al aire libre
al cielo
al viento
entre los geranios
las sombrillas las reposeras
sobre puentes y puestos de diarios
y mástiles
y enredaderas
y algunas gotas
y semillas
y sueños
con su gorra a cuadros
con su chaleco floreado
con su enamorada de siempre



En Alguien llama
Buenos Aires-Barcelona, Editorial Argonauta,1983

21 jun. 2008

Mozart - Concierto para piano y orquesta nº 23 en La mayor K. 488 - Adagio

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Facsímil del autógrafo del Concierto para piano en La mayor K.488
conservado en la Biblioteca Nacional de París,
publicado en honor del 250º aniversario del nacimiento de Mozart (1756-2006)




Audio - Edgar Bayley, La sola solución

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Me voy hasta la esquina a ver si pasa
por allí por acaso algún tranvía,
y miro varias veces; voy mirando
qué sucede
allá arriba
en esa casa.
Al balcón
tan florido
y su cornisa
nadie asoma
ni mira ni me llama.

Con desatino y mucha persistencia,
sigo esperando no sé qué
ni a quién en esta esquina;
quizá lo sé
mas no espero de verdad
y seriamente.
Mi sola
solución
es la partida
Camino hasta la esquina,
a la siguiente,
a ver si pasa por allí,
por un acaso,
la carreta colmada de alelíes.
No dejo de aguardar
-aguardo mucho-
que alguien diga mi nombre y me convoque
cuando pase
lentamente
la carreta.
Me doy cuenta claramente que estoy solo;
estoy solo claramente en esta esquina;
me digo por decirme y en silencio:
ella vendrá por cierto
-estoy seguro-
para marchar muy juntos
hacia arriba
y llegar
al florido balcón
y a su cornisa;
para llegar muy juntos
hasta arriba,
hasta el monte, el pastizal,
piedra y llanura,
hasta la choza
adonde va el tranvía.

Cuando la noche poco a poco va llegando,
de esquina voy mudando poco a poco.
Por aquí ha de pasar
-estoy seguro-
una comparsa que lleva un estandarte
y un tamboril
y, encadenado, a un oso.
Por aquí ha de pasar
vestida de amazona:
mi nombre ella dirá
muy levemente.

Y tranvía, carreta, la comparsa,
el oso liberado y la amazona
(vencida ya, por fin, su reticencia)
me traerán el destello que faltaba,
todo el color del mundo y su perfume
y la gracia y el perdón, la transaparencia.
No habré esperado en vano
en tanta esquina,
ni en vano habré vivido,
ni llamado
a tanta puerta en vano.

Con desatino y mucha persistencia
sigo esperando no sé qué
ni a quién en esta esquina;
quizá lo sé,
mas no espero de verdad
y seriamente.
Estoy fingiendo
y me quedo
por quedarme:
De nada me ha servido
el tanto,
ni mi altivez
la armónica
ni el ruido.
Mi sola
solución
es el olvido.
La sola solución es el encanto.


La Nación. Buenos Aires, 1989


13 jun. 2008

Audio - Juan José Saer, El arte de narrar

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El arte de narrar

Cada uno crea
de las astillas que recibe
la lengua a su manera
con las reglas de su pasión
-y de eso, ni Emanuel Kant estaba exento.

12 jun. 2008

Audio: Jorge Luis Borges, la ceguera

4 comentarios :

Conferencia dictada el 3 de agosto de 1977 en el teatro Coliseo de Buenos Aires


Jorge Luis Borges - La ceguera


10 jun. 2008

Audio - Jorge Luis Borges entrevistado por Saúl Sosnowski

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La Cábala, Gershom Scholem, Spinoza, el lenguaje, el Aleph, la palabra y la cosa, el Golem.

Jorge Luis Borges entrevistado por Saúl Sosnowski


Saúl Sosnowski nació en Buenos Aires en 1945. A los 18 el azar lo sorprendió cuando un señor que enseñaba yidish pasó por su ciudad y le dijo que en Estados Unidos había plazas vacantes para profesores. Sin temor al riesgo partió hacia el norte y todavía no ha vuelto. En Argentina e Israel había cursado estudios que lo facultaban para dar clases en escuelas hebreas primarias y secundarias, además del bachillerato, con especialidad en física y matemática. En Estados Unidos estudió historia y literatura e hizo cursos de cultura latinoamericana. Luego de doctorarse en la Universidad de Virginia llegó a la de Maryland en 1970: allí fundó el Centro de Estudios Latinoamericanos y la revista literaria Hispamérica. Ha publicado, entre otros títulos: La Cábala, la búsqueda del verbo; La orilla inminente, escritores judíos argentinos; y Lectura Crítica de la Literatura Latinoamericana, editado en Venezuela por la Biblioteca Ayacucho.

Referencia: http://tinyurl.com/448p56

7 jun. 2008

Roberto Juarroz en su voz - Alguien está muriendo

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Mientras haces cualquier cosa,
alguien está muriendo.

Mientras te lustras los zapatos,
mientras odias,
mientras le escribes una carta prolija
a tu amor único o no único.

Y aunque pudieras llegar a no hacer nada,
alguien estaría muriendo,
tratando en vano de juntar todos los rincones,
tratando en vano de no mirar fijo a la pared.

Y aunque te estuvieras muriendo,
alguien más estaría muriendo,
a pesar de tu legítimo deseo
de morir un minuto con exclusividad.

Por eso, si te preguntan por el mundo,
responde simplemente: alguien está muriendo

Roberto Juarroz: Alguien está muriendo

Cortesía Alejandra Correa



17 jul. 2007

Dylan Thomas - And death shall have no dominion (con audio)

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Voz de Dylan Thomas



And death shall have no dominion

And death shall have no dominion.
Dead men naked they shall be one
With the man in the wind and the west moon;
When their bones are picked clean and the clean bones gone,
They shall have stars at elbow and foot;
Though they go mad they shall be sane,
Though they sink through the sea they shall rise again;
Though lovers be lost love shall not;
And death shall have no dominion.

And death shall have no dominion.
Under the windings of the sea
They lying long shall not die windily;
Twisting on racks when sinews give way,
Strapped to a wheel, yet they shall not break;
Faith in their hands shall snap in two,
And the unicorn evils run them through;
Split all ends up they shan't crack;
And death shall have no dominion.

And death shall have no dominion.
No more may gulls cry at their ears
Or waves break loud on the seashores;
Where blew a flower may a flower no more
Lift its head to the blows of the rain;
Though they be mad and dead as nails,
Heads of the characters hammer through daisies;
Break in the sun till the sun breaks down,
And death shall have no dominion.

22 jun. 2007

Sylvia Plath reads Lady Lazarus

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17 jun. 2007

La peor soprano de la historia: Florence Jenkins Foster

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Si no sabe cante

Todos estaban contra ella: desde su familia, que conocía su escaso talento, hasta los periodistas, que la criticaban sin pudores. Pero Florence Foster Jenkins era tenaz y quería ser cantante lírica. Cuando heredó el dinero de sus padres, en 1909, se dedicó a perseguir su sueño, primero en conciertos privados, luego en una carrera popular que la llevó hasta un Carnegie Hall de Nueva York a sala llena a los 76 años. Poco después de su consagración murió. Su canto desastroso fue recopilado en insólitas grabaciones, la Historia la rescata como un caso único —¿era buena de tan mala?— y ella, probablemente, nunca siquiera registró el horror que salía de su garganta. Esta es su historia.

Como Reina de la noche, de La flauta mágica  

Se puede cantar mal. Se puede cantar pésimo. Pero no se puede cantar como Florence Foster Jenkins. Borges pensaba que la jerarquía exacta no es tan importante puesto que la literatura no se trata de una competencia: en el canon literario no se dan trofeos. ¿Pero a qué se debe esa tentación por definir quién ha sido “el peor” en la historia de cualquier disciplina artística? Sabido es que la celebración de un mundo en donde lo malo es bueno (de un “buen gusto del mal gusto”, como decía Susan Sontag) supone la suspensión del juicio estético corriente. Algo que, a la hora de entronizar a alguien como “el peor de todos”, nos incita a creer en su falta de discernimiento de hasta qué punto era malo en lo que hacía: los artistas malos que logran fascinarnos lo hacen por el hecho de “presumirse inocentes”.

Florence Foster Jenkins, la peor cantante lírica de toda la historia de la interpretación musical, no sólo no tenía empacho en ponerse a la altura de sopranos de renombre en los años ’30 y ’40, como Frieda Hempel y Luisa Tetrazzini, sino que hasta solía pasarse horas enteras escuchando sus propias grabaciones, sentada plácidamente en el living de su casa. Gestos que viniendo de alguien que nunca cantó una sola nota en el lugar correcto, y cuyo afán por alcanzar los registros más agudos de las dificilísimas arias que elegía para interpretar bien puede ser comparado con el esfuerzo de quien pretende escalar una montaña valiéndose de dos escarbadientes, dejan ver su manifiesta incapacidad para escuchar debidamente lo que con su voz hacía.

Nacida en 1868 en Wilkes-Barre, Pennsylvania, en el seno de una familia adinerada, Florence Foster Jenkins tuvo su debut público como cantante en 1912. De chica había recibido lecciones de música y de piano, y a los 17 años, descontenta con la negativa de su padre ante su deseo de irse al extranjero para proseguir con sus estudios, se fugó a Filadelfia con Frank Thornton Jenkins, un médico que luego se convertiría en su marido y del que se separaría pocos años más tarde. Allí ella supo ganarse la vida como maestra de música y pianista. Hasta que la muerte de su padre, en 1909, la hizo heredera de una fortuna que le permitió, de ahí en más, vivir con bastante holgura. Recién entonces pudo darle rienda suelta a su sueño de hacer carrera como cantante. Un sueño que su familia y su antiguo marido habían desalentado en muchas oportunidades, a sabiendas de sus escasísimas dotes, pero a lo que Florence hizo oídos sordos en más de un sentido.

Así, empecinada como estaba, ella comenzó a tomar clases de vocalización y a realizar pequeñas presentaciones en distintas ciudades de su país, que de a poco fueron cimentando su fama de diva freak y extravagante. Pero fue su decisión de dar el gran salto y mudarse a Nueva York lo que terminaría convirtiéndola en una figura de culto. Una vez allí, Florence Foster Jenkins dio en frecuentar el mundillo musical y fue adquiriendo cierta notoriedad entre sus colegas (Enrico Carusso era uno de los que se dice la tenían en estima). Una notoriedad que se fue apuntalando, sobre todo, en los conciertos privados que ella daba, una vez por año, para un nutrido grupo de amigos, admiradores, cantantes y críticos que ella se encargaba de invitar, en el auditorio del Ritz-Carlton de Nueva York.



En la cima

“La gente puede decir que no sé cantar, pero nadie podrá jamás decir que no canté”, sentenció una vez Foster Jenkins, consciente de los sarcasmos de los que ella era objeto y que le valieron motes como el de “diva del bochinche”. Críticas y mofas que, viniendo del periodismo, lejos de influir negativamente en su reputación, ayudaron a rodearla de cierto aire de leyenda y a azuzar, por supuesto, la curiosidad del público. No por nada fue el clamor de sus admiradores y el deseo de quienes nunca habían tenido la oportunidad de escucharla lo que hizo que ella finalmente aceptara una idea a la que se había resistido durante mucho tiempo: cantar nada menos que en el Carnegie Hall, uno de los teatros neoyorquinos más tradicionales. Una función que tuvo lugar el 25 de octubre de 1944 (ella entonces tenía 76 años) y para la que las entradas se agotaron varias semanas antes.

“Su actitud fue en todo momento la de una cantante que hizo su trabajo lo mejor que pudo”, escribió un periodista al día siguiente de lo que sin dudas fue el momento apoteósico de la carrera de Florence Foster Jenkins. Un comentario que, no haciéndose eco del tono burlesco con que la prensa mayormente reseñó el espectáculo, parece desmentir la creencia por algunos sostenida de que todo lo que ella hacía lo hacía a propósito. De que lo suyo habría sido una enorme broma.

Basta escuchar, en este sentido, cualquiera de las arias y canciones que ella grabó en los más de treinta años que duró su carrera (y que fueron compiladas en su mayoría, de manera póstuma, en un disco titulado The Glory (????) of the Human Voice) para percibir que no hay en ellas indicio alguno de autoparodia, sino hasta incluso un dejo de autocomplacencia. Rasgos que saltan a la vista, por ejemplo, en una de las “joyitas” del volumen: su versión del “Aria de la Reina de la Noche”, de La flauta mágica de Mozart. Allí, Jenkins se toma el atrevimiento de agregar al final de la partitura un fa sobreagudo que no existe (y que ella obviamente nunca llega a cantar, puesto que su voz no le alcanza). Un “retoquecito” que no parece deberse sino al (des)propósito de hacer que el punto más alto de exposición de su “virtuosismo” coincidiera con el instante en que el auditorio aplaudía (un recurso que es típico del bel canto, ese estilo que alcanzó su máxima expresión en la ópera de principios del siglo XIX y que se caracteriza por las florituras y dificultades que sirven para que el solista se luzca, pero que en el clasicismo de Mozart era casi impensable).

No extraña, entonces, que en “La Reina de la Noche” la desafinación de Florence Foster Jenkins alcance sus niveles más altos. Una performance que se justifica en el hecho de que el aria de Mozart es la pieza más difícil de su repertorio y, lógicamente, en la que su voz compone su mejor peor desastre. (Eso sin contar los problemas de pronunciación que tenía la cantante, los que hacen que sea casi imposible discernir si está cantando en alemán o en otro idioma.)

No muy diferente es lo que podría decirse del “Aria de las campanas”, de Lakmé de Leo Delibes, un tema que suele ser interpretado por sopranos que se hallan en el esplendor de su carrera, y que Florence —en su afán por hacer coloratura— masacra con sus arabescos más o menos gallináceos. Temas que seguramente ella cantó en su noche consagratoria en el Carnegie Hall, ante una sala repleta que atestiguaba, sin saberlo, lo que sería su última presentación en público.

Y es que el 26 de noviembre de 1944, justo un mes más tarde, Florence Foster Jenkins moría.

La naturalidad de la pose

En el Grove Music, el diccionario enciclopédico más completo que existe sobre cuestiones relacionadas con la música, no hay ninguna entrada que recoja su nombre. Una omisión que puede resultar extraña, si se atiende a que Florence Foster Jenkins, la peor soprano de todos los tiempos, sí ocupa un lugar en la historia de la música (aunque más no sea en su exactísimo reverso).

No menos extraño es, de este modo, que su vida no haya motivado a esta altura una película o una biografía. Sólo en los últimos años, tanto en Broadway como en Londres, han subido a escena sendas obras de teatro inspiradas en su persona, y en las que sus protagonistas asumieron el peliagudo desafío de imitar cómo cantaba. Una empresa que les exigió componer con la mayor fidelidad posible la manera en que Jenkins calaba una nota atrás de otra y engolaba la voz y perdía el ritmo y descuartizaba la armonía con desubicados cuartos de tonos que lanzaba al aire como esquirlas; y que demandaban de quien la acompañaba al piano verdaderos malabares a fin de seguirle los erráticos pasos que ella daba todo el tiempo por la escala.

Y si de lo que se trata es de aportar una prueba más sobre la por demás elocuente dificultad de Foster Jenkins para escuchar cómo cantaba, vale decir que la mayor parte de las grabaciones que ella realizó fueron plasmadas en únicas tomas. Sólo una vez ella tuvo reparos con respecto a un tema. Y en esa ocasión telefoneó al estudio de grabación para comentar que estaba un tanto preocupada por cómo habría quedado una nota al final de un aria que había grabado un día antes. A lo que Mera Weinstock, la directora de The Melotone Recording Studio, le respondió: “Mi querida Madame Jenkins: Usted no necesita preocuparse por ninguna nota en particular. Se lo aseguro”.

Historias como ésta le sacan brillo al mito personal de la divina Florence. Como la del accidente que tuvo mientras viajaba en taxi, un día de 1943, y en el que a causa del susto que le produjo la colisión supo que podía llegar a un fa sobreagudo. (Circunstancia tras la cual, en lugar de iniciarle acciones legales a la compañía de taxis, le envió al conductor de regalo una costosa caja de puros.)

Otra anécdota memorable gira en torno del acting que ella solía hacer cada vez que cantaba uno de sus temas predilectos: una canción popular española llamada “Clavelitos”, de la que inexplicablemente no existe grabación alguna. “Ella insistía en tener una música introductoria, que le permitiera bailar un paso español en el estilo del fandango, una vez que aparecía sobre el escenario vestida con un enorme peinetón, una mantilla y un chal, y llevando una canasta llena de claveles rojos”, recordaba Cosme McMoon, el pianista que fue su fiel acompañante durante muchos años. “Y a lo largo de la canción iba arrojando las flores al público, mientras recibía aplausos y gritos de ‘¡Ole!’ Esto, por supuesto, generaba un pandemonio por el que se veía obligada, casi siempre, a repetir el número al final de sus presentaciones. Y como había tirado todos los claveles, entonces ella solía pedirle al público que se los devolviera para poder hacer el bis como era debido. De este modo, muchos se los acercaban al escenario o se los arrojaban desde la platea, y sólo cuando volvía a llenar la canasta comenzaba de nuevo.”

Imaginarla a Florence arriba del escenario, cantando cualquiera de las arias y canciones que han llegado hasta nosotros, hace imposible no sentir en carne propia lo difícil que debe haber sido contener la risa para quienes tuvieron la suerte de asistir a sus conciertos. En este sentido, Cosme McMoon aseguraba en una entrevista que el público evitaba reírse descaradamente (“lo que habría herido los sentimientos de Madame Jenkins”), y que en sus shows existía una suerte de convención implícita según la cual, cuando la cantante incurría en alguno de sus exabruptos, la gente se guarecía en una salva de aplausos y exclamaciones para poder reírse decorosamente. A esas reacciones, aunque cueste creerlo, la soprano solía compararlas con las que en aquellos años Frank Sinatra ya había empezado a generar en el público adolescente. Algo sobre lo que Sinclair Byfiled, manager de la cantante, decía: “Hay sujetos que arriba de un escenario saben captar la atención del público; que tienen un magnetismo en su personalidad que hace que todos los miren. Eso poseía la Sra. Jenkins. Podías sentirlo en el aplauso. Por eso atraía tanta gente a sus conciertos, más allá de la pequeña voz que ella tenía. El público pudo haberse reído de cómo ella cantaba, pero sin duda el aplauso era auténtico”.

“La naturalidad es una pose muy difícil de mantener”, escribió Oscar Wilde en una de sus comedias. Florence Foster Jenkins era genuina al extremo de parecer una caricatura. Creía en la seriedad de lo que hacía al punto de provocar la carcajada. Tal vez si pudiéramos saber por qué sintió que estaba mal aquella nota, o qué era lo que en ella le hacía ruido, entenderíamos algo del insondable criterio musical de esta artista inigualable. Hoy la escuchamos una y otra vez, y una y otra y otra vez nos embarga la risa. Una risa que Madame Jenkins nos contagia desde más allá del tiempo, batiendo las alas de ángel regordete con las que solía cantar algunas de sus arias. Con la cara empolvada, arriba de una nube, en la gloria de su voz, y sonriendo.

Por Patricio Lennard
Fuente: Página 12, Radar, 17 de junio de 2007