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15 may. 2013

Kjell Askildsen: El rostro de mi hermana

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Una tarde de noviembre, subiendo las escaleras hasta mi apartamento, en el segundo piso, me percaté de que sobre mi puerta se dibujaba una sombra. Comprendí de inmediato que procedía de alguien que se encontraba entre la puerta y la lamparita de la entrada del desván, y me detuve. Se habían cometido muchos robos en las casas del barrio en los últimos tiempos, también algún que otro atraco, seguramente debido al aumento del desempleo, y tenía razones fundadas para suponer que la persona que estaba inmóvil en la escalera del desván no deseaba ser vista. Por eso me di vuelta, disponiéndome a bajar de nuevo; sé por experiencia que debe evitarse descubrir a quien desea permanecer oculto. Después de haber bajado unos cuantos peldaños, oí pasos detrás de mí y me asusté, hasta que escuché a alguien pronunciar mi nombre. Era Oskar, el marido de mi hermana, y aunque no lo tenía en gran estima, respiré aliviado.

Volví a subir, y como inmediatamente comprendí que no podría evitar invitarlo a entrar, le estreché la mano. Colgamos los abrigos en el perchero de la reducida entrada, luego lo precedí hasta el salón y encendí las dos lámparas de pie. Se quedó plantado en medio de la habitación mirando a su alrededor. Dijo que nunca había estado allí. No, supongo que no, dije. Me preguntó que cuánto tiempo llevaba viviendo allí. Seis años, contesté. Pues sí, eso será, dijo él. Sí, asentí yo. Se quitó las gafas y se restregó un ojo. Lo invité a sentarse, pero se quedó de pie, limpiándose las gafas con un gran pañuelo mientras miraba al infinito, medio a ciegas, con los ojos entornados. Por fin volvió a ponerse las gafas. Pero si tienes teléfono, dijo. Sí, asentí. Pues no apareces en la guía, señaló él. No, contesté. Me senté. Él me miró. Le pregunté si le apetecía un café. No, gracias, contestó, además, iba a irse enseguida. Se sentó frente a mí. Dijo que lo enviaba mi hermana, ella quería que fuera a verla, se había torcido un tobillo y quería hablarme de algo, él no sabía de qué, no se lo había querido decir, aunque, sí, por lo visto tenía algo que ver con la infancia, y cuando él le había dicho que por qué no me escribía, ella se había puesto histérica, había destapado un tubo de cola y lo había vaciado sobre la alfombra. ¿Un tubo de cola de pegar?, pregunté. Sí, contestó, cola para pegar fotos, estaba pegando unas fotos que se habían despegado de las páginas de un viejo álbum. Oskar volvió a quitarse las gafas para restregarse un ojo, luego volvió a sacar el pañuelo y se puso a limpiar los cristales. Voy a llamarla, dije. Sí, asintió él, así al menos sabrá que he estado aquí. Por cierto, prosiguió, si me das tu número de teléfono, podrá llamarte cuando quiera algo, así no tendré que atravesar media ciudad para venir a verte. No quería darle mi número, pero para no ofenderlo, dije que no lo recordaba. Me escrutó a través de sus gruesas lentes, resultaba algo incómodo, suelo mentir sólo como autodefensa, y en esos casos es probable que se me note, al menos tuve la sensación de que ese era exactamente el caso, y añadí que era un número que nunca usaba, pues uno no suele llamarse a sí mismo. No, claro que no, dijo, y lo dijo de un modo que me irritó, pues me sentía como si me hubiera regañado, y salí a coger el tabaco del bolsillo de la gabardina. Por desgracia no tengo otra cosa que ofrecerte que café, dije. Él no contestó. Me senté y encendí un pitillo. Tú sí que tienes suerte, dijo él. ¿Ah sí? Vives aquí completamente solo, señaló. Bueno, objeté, aunque estaba de acuerdo con él. Yo a veces no sé dónde meterme, dijo. No contesté. Me voy, dijo levantándose. Me dio un poco de pena, de modo que dije: ¿No estáis bien? No, contestó. Fue hacia la puerta. Lo seguí. Lo ayudé a ponerse la gabardina. Dijo: Se pondrá muy contenta si la llamas. Dice que eres la única persona que la quiere.

Seguramente tendría el teléfono al alcance de la mano, porque lo cogió de inmediato. Dije quién era. Ay, Otto, cuánto me alegro. Daba la sensación de ser sincera y no parecía histérica, y la conversación que siguió transcurrió en un tono calmado y amistoso. Al cabo de un rato me invitó a ir a verla, y yo acepté. Luego dijo: Porque no te habrás olvidado de nosotros, ¿no? ¿Olvidado de vosotros?, pregunté. No, dijo ella, de nosotros, de ti y de mí. No, dije. ¿Vienes mañana?, preguntó. Vacilé. Sí, contesté. ¿Sobre la una? Sí, asentí.

Al colgar el tubo del teléfono me sentía contento, casi eufórico, una sensación que me invade a menudo cuando he superado alguna dificultad, y me di un homenaje sirviéndome un cuarto de vaso de whisky, algo que no suelo hacer a esa hora del día. Mi euforia duraba, tal vez gracias al whisky, y me permití otro cuarto de vaso. Cerca de las siete y media salí de mi casa y me dirigí al Koryfee, un café que no hace honor a su nombre pero donde a veces me tomo una o dos cervezas.

Allí me encontré con Karl Homann, un hombre de mi edad que vive en el barrio y con quien tengo una relación algo forzada porque en una ocasión me salvó la vida. Por suerte no estaba solo, así que cuando me invitó a sentarme con él, me pareció que podía permitirme buscar una mesa para mí solo. Fui hacia el fondo del local. El hecho de haber tenido el coraje de rechazar su invitación me había alterado de tal manera que no descubrí a Marion, una mujer con quien había tenido una relación no del todo carente de dolor, hasta después de haberme sentado. Estaba sentada tres mesas más allá. Hojeaba un periódico y posiblemente aún no me había visto. Tampoco yo habría tenido necesariamente que verla a ella, y pedí una cerveza mientras esperaba la evolución de los hechos. No obstante, había algo insoportable en esa situación, y forcé que nuestras miradas se cruzaran. Y cuando al rato ella levantó la vista del periódico y me miró, comprendí que me había descubierto hacía tiempo. Le sonreí y levanté mi vaso. Ella levantó el suyo, dobló el periódico y se acercó a mi mesa. Me levanté. Otto, dijo, y me dio un abrazo. Luego añadió: ¿Puedo sentarme? Claro, contesté, pero me iré pronto, voy a casa de mi hermana. Cogió su vaso. Parecía algo alterada. Dijo que estaba encantada de verme, y yo dije que estaba encantado de verla a ella. Dijo que pensaba a menudo en mí. No contesté, aunque yo también pensaba en ella, pero, eso sí, con sentimientos algo contradictorios, en parte debido a su vehemencia sexual, a la que yo no había logrado corresponder, lo que en una ocasión, la última, le había hecho exclamar que un coito no es una misa. Le pregunté, para desviar la conversación, cómo se encontraba, y charlamos tranquilamente hasta que apuré mi vaso y dije que tenía que marcharme. Entonces ella también se iría, dijo. Después, al levantarnos, añadió: Si no hubieras tenido que ir a ver a tu hermana, ¿habrías querido venir a mi casa? Me habría sentido tentado, le contesté. Llámame alguna vez, dijo. Sí, contesté.

Me acompañó hasta la parada del autobús, allí se apretó contra mí, susurrando palabras atrevidas y frívolas que le hubieran causado un dilema mayor a mi cuerpo de no haber llegado el autobús, pero llegó, y ella volvió a decir: Llámame. Sí, contesté.

Me bajé en la siguiente parada, y llevado por la autoestima que la invitación de Marion me había proporcionado —es una mujer hermosa— me dirigí al bar más próximo. Pero sólo llegué hasta la puerta; cuando la abrí y vi la cantidad de gente que había y oí la estruendos a música, me faltó el valor. Es una situación a la que estoy muy acostumbrado, esa aterradora sensación de alienación en un lugar desconocido, así que cerré la puerta y me fui a casa.

Aquella noche me desperté de un sueño que tal vez estuviera influido por esa autoestima que me había proporcionado Marion. Era un sueño de gran contenido erótico, y al contrario de lo que solía ocurrir en esa clase de sueños, en los que el rostro de la mujer —o de las mujeres— es desconocido o incluso se ha borrado, las facciones de aquella mujer aparecieron de repente muy nítidas, sin que eso hiciera disminuir mi deseo. Era el rostro de mi hermana.

Abrió la puerta antes de que me diera tiempo de llamar al timbre. Se apoyaba en dos muletas. Te vi llegar, dijo. Entiendo, dije. Me abrazó y se le cayó una muleta. Me agaché a recogerla. Deja que me apoye, dijo, rodeándome el hombro con el brazo. Lo hice, es decir, ella se apoyó en mí. Fue a pata coja junto a mí hasta el salón y se colocó junto a una mesa baja ya preparada. Cuando volví a entrar tras haber colgado mi gabardina, comimos sándwiches y hablamos de su pie. Miré a escondidas la alfombra, pero no vi ni rastro de pegamento para fotos.

Después de hablar un rato de todo y de nada, ella dijo: Te pareces cada vez más a papá. Como pensaba que ella sabía qué clase de relación había mantenido con él, me lo tomé un poco a mal, pero no dije nada. Me levanté a buscar un cenicero. ¿Adónde vas?, preguntó. A buscar un cenicero, contesté. Me indicó dónde podía encontrar uno, y fui a la cocina. Cuando volví a entrar me dijo que había pensado mucho en mí últimamente, en nosotros, que era una pena que no nos viéramos más a menudo ella y yo, que tan unidos habíamos estado el uno al otro. Bueno, dije, cada uno va forjando su propia vida. ¿Nunca me echas de menos?, preguntó. Claro que sí, contesté. Deberías saber lo sola que me siento muchas veces, dijo. Sí, asentí. Tú también estás solo, señaló ella, lo sé, te conozco. Ha pasado mucho tiempo desde que me conocías, dije. No has cambiado, dijo. Sí, contesté. ¿En qué sentido?, preguntó. No contesté. Luego dije: Acabas de decir que me parezco cada vez más a papá. ¿Qué has querido decir con eso? Es por tu forma de sonreír, dijo ella, y, además, mueves la parte superior de tu cuerpo exactamente como lo hacía él. ¿Ah sí? ¿Eso hago? No lo recordaba. Qué extraño. Supongo que no lo miraba tanto como tú, dije. ¿Qué quieres decir?, preguntó. Lo que he dicho, contesté. A mí no me gustaba mirarlo. Había algo repugnante en él. Oh, Dios mío, dijo ella. Permanecimos callados un rato; entonces me di cuenta de que estaba moviendo la parte superior de mi cuerpo, así que me enderecé y me recliné en el sillón. Por fin, ella dijo: Hay una botella de jerez en la parte de abajo de la rinconera. Hazme el favor de ir a por ella. Y trae dos vasos, si te apetece a ti también. Camino de la rinconera decidí coger sólo uno, pero enseguida cambié de idea. Le serví mucho a ella y poco a mí. Eso no me lo habías contado nunca, dijo ella. No, dije, vamos a hablar de otra cosa. Salud. Salud, contestó. Vacié el vaso. Te has servido muy poco, comentó. No bebo a mediodía, dije. Yo tampoco, señaló ella. Me serví más jerez. No sabía de qué hablar. Miré el reloj. No mires el reloj, dijo. ¿Dónde está Oskar?, pregunté. En casa de su madre. Va todos los sábados. Nunca vuelve antes de las cinco, así que puedes relajarte. Estoy relajado, contesté. Ya lo creo. Qué bien, dijo ella, ¿me sirves un poco más de jerez? Se lo serví, pero no tanto como la vez anterior. Más, dijo. Le llené el vaso. Salud, dijo. Vacié mi vaso. Sírvete, dijo. Recordé lo que ella le había dicho a Oskar, que yo era el único que la quería, y con una repentina y casi triunfante sensación de libertad, me llené el vaso. Me miró, sus ojos resplandecían. Me miras mucho, dijo. Sí, asentí. ¿Te acuerdas de que solía llamarte hermano mayor? Asentí. Y tú me llamabas hermana, añadió. Cogí el vaso y bebí. Ella hizo lo mismo. Lo recordaba. ¿Tienes novia ahora?, preguntó. No, contesté. ¿Ninguna es lo bastante buena para ti? No te burles de mí, dije. No me burlo de ti, objetó. Prefiero vivir solo, dije. Eso no te impide tener novia, señaló. No contesté. Eres hombre, dijo. No contesté. Me levanté y fui al servicio. Puse el tapón en el lavabo y abrí el grifo del agua fría. Metí las manos y las mantuve allí hasta que empezaron a dolerme; luego me las sequé y volví al salón. Me senté y dije lo que había ensayado: Prefiero a las mujeres que no exigen nada, que dan, reciben y se van. Ella no dijo nada. Me encendí un cigarrillo. Y tú dices que no estas solo, señaló ella, y luego añadió: Hermano mayor. La miré: tenía el rostro medio vuelto y los labios ligeramente abiertos; no había ni un sonido en la habitación, ni ninguno que entrara de afuera; el silencio duró mucho. Imagínate que..., dijo. ¿Qué?, pregunté. Nada, dijo ella. Sí, dije yo. Pero Otto, no sabes lo que... ¿Qué crees que estoy pensando? Estuve a punto de decirlo, en ese instante tenía dentro un coraje casi lo suficientemente grande. En lugar de eso, dije: ¿Cómo iba a saberlo? Ella cogió el vaso y me lo acercó. Está vacío, indicó. Dime cuándo quieres que pare, dije. No, dijo. Llené el vaso. Estamos bebiendo mucho para ser personas que no beben, comenté. Hay excepciones, dijo ella. Sí, contesté, hay excepciones para casi todo. ¿Te parece?, preguntó sin mirarme. Sí, contesté. Se oyó la puerta de la calle. Oh no, dijo ella. Me levanté. Fue un movimiento reflejo. No te vayas, dijo ella. Me senté. Oskar apareció en la puerta, apoyado en la muleta de mi hermana. Se detuvo. Noté por su gesto que no sabía que yo estaba allí. Hola, Oskar, saludé. Hola, contestó él. Miró a mi hermana y dijo: Tu muleta estaba en el suelo, cerca de la puerta. Ya lo sabía, señaló ella. Entonces perdona, dijo él, dejando caer la muleta. ¿Por qué has hecho eso?, preguntó ella. Él no contestó, y empujó la muleta hacia la pared con la punta del zapato, luego se fue a la cocina, cerrando la puerta tras de sí. No te vayas, por favor, rogó ella. Sí, me voy, dije. Hazlo por mí, dijo ella. No lo soporto, objeté. Oskar volvió al salón y me miró de pasada. No sabía que estuvieras aquí, dijo. Me iré enseguida, indiqué. Por mí no lo hagas, dijo. No, dije yo. Él atravesó la habitación y salió por la otra puerta. Miré a mi hermana; ella me miró directamente a la cara, y dijo: Eres un cobarde, había olvidado que eras tan cobarde. Me levanté. Sí, vete, dijo, vete. Me acerqué a ella. ¿Qué has dicho?, pregunté. Que eres un cobarde, contestó. Le di una bofetada. No fuerte. No, no creo que la abofeteara con mucha fuerza. Y sin embargo, gritó. Al instante oí a Oskar abrir la puerta; seguro que estaba escuchando detrás. Yo no me volví. No oí ningún paso. Miré a la pared. Sólo oía mi propia respiración. Entonces mi hermana dijo: Otto se va enseguida. Oskar no contestó. Oí cerrarse la puerta. Miré a mi hermana, nuestras miradas se cruzaron; había en ella algo que no entendía, algo suave. Vi que quería decirme algo. Bajé la mirada. Perdóname, hermano mayor, dijo ella. No contesté. Vete ya, añadió, pero llámame, ¿de acuerdo? Sí, contesté. Luego me di vuelta y me marché.



En Cuentos reunidos
Traducción: Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo
Buenos Aires, Ediciones Lengua de Trapo SL, 2010
Foto:  Ivar Johannessen


3 oct. 2012

Kjell Askildsen - Los perros de Tesalónica

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Kjell Askildsen por Blanca del Amo


Tomamos el café de la mañana en el jardín. Apenas hablamos. Beate se levantó y colocó las tazas en la bandeja. Será mejor subir los sillones a la terraza, dijo. ¿Por qué?, pregunté yo. Seguro que va a llover, contestó. ¿Llover?, dije, no hay ni una nube en el cielo. Hace bochorno, ¿no te parece? No, contesté. Tal vez me equivoque, repuso ella. Subió a la terraza y entró en el salón. Yo seguí sentado un cuarto de hora más, luego me subí un sillón a la terraza. Permanecí unos instantes contemplando el bosque al otro lado de la valla, pero no había nada que ver. A través de la puerta abierta de la terraza oí canturrear a Beate. Seguro que ha oído el parte meteorológico, pensé. Volví a bajar al jardín y me acerqué a la parte delantera de la casa, al buzón junto a la puerta negra de hierro forjado. Estaba vacío. Cerré la puerta, que por alguna razón se había quedado abierta; entonces vi que alguien había vomitado justo al lado. Me sentí indignado. Coloqué la manguera en el grifo de la pared, lo abrí a tope y luego arrastré la manguera hasta la puerta. El chorro no dio del todo en el blanco, y una parte del vómito salió disparada hacia el jardín, el resto se dispersó por el asfalto. No había cerca ningún sumidero, de modo que sólo conseguí alejar la sustancia amarillenta unos cuatro o cinco metros de la puerta. Pero fue un alivio conseguir apartar un poco aquella porquería.

Después de cerrar el grifo y enrollar la manguera, ya no supe qué hacer. Subí a la terraza a sentarme. Al cabo de unos minutos oí a Beate canturrear de nuevo; sonaba como si estuviera pensando en algo en lo que le gustaba pensar, supongo que creía que no la oía. Tosí, y se hizo el silencio. Ella salió y dijo: ¿Estás aquí? Se había maquillado. ¿Vas a salir?, pregunté. No, contestó. Me volví hacia el jardín y dije: Algún idiota ha vomitado justo delante de la puerta. ¿Ah sí?, dijo ella. Qué asco, exclamé yo. Ella no contestó. Me levanté. ¿Tienes un cigarrillo?, preguntó. Le di uno, y también fuego. Gracias, dijo. Bajé de la terraza y me senté junto a la mesa del jardín. Beate se quedó en la terraza fumando. Tiró el cigarrillo a medio fumar a la gravilla delante de la escalera. ¿Por qué haces eso?, pregunté. Se acabará consumiendo, contestó. Se metió en el salón. Me quedé mirando fijamente el fino hilo de humo que subía del cigarrillo, quería verlo consumirse del todo. Un momento después me levanté, presa de una sensación de desamparo. Bajé hasta la valla, crucé la estrecha franja de césped y me adentré en el bosque. Enseguida me senté en un tocón, casi oculto tras unos matorrales. Beate salió a la terraza. Miró hacia donde estaba sentado y me llamó. No puede verme, pensé. Ella volvió a bajar al jardín y dio la vuelta a la casa. Subió de nuevo a la terraza. Volvió a mirar hacia donde yo estaba. Es imposible que me vea, pensé. Ella se dio vuelta y se metió en el salón. Yo me levanté y continué adentrándome en el bosque.

Cuando estábamos sentados a la mesa, Beate dijo: Ahí está de nuevo. ¿Quién?, pregunté. El hombre, contestó, ahí, en la orilla del bosque, junto al gran... No, ha vuelto a desaparecer. Me levanté y me acerqué a la ventana. ¿Dónde?, pregunté. Junto al pino grande, contestó. ¿Estás segura de que era el mismo hombre?, pregunté. Creo que sí, respondió. Ahí ya no hay nadie, dije. Desapareció, repuso ella. Volví a la mesa y dije: A esa distancia no puedes haber visto si se trataba del mismo hombre. Beate no contestó enseguida, luego señaló: A ti sí te habría reconocido. Eso es diferente, dije. A mí me conoces. Comimos en silencio. Luego ella preguntó: Por cierto, ¿por qué no contestaste cuando te llamé? ¿Me llamaste?, pregunté yo. Te vi, contestó ella. ¿Por qué diste la vuelta a la casa?, pregunté. Para que no pensaras que te había visto, respondió. Pensé que no me habías visto, repuse. ¿Por qué no me contestaste?, volvió a preguntar. ¿Para qué iba a contestarte si pensaba que no me habías visto?, pregunté yo. Podría haber estado en otro lugar. Si no me hubieras visto, o si no hubieras hecho como si no me vieses, no habría habido ningún problema.

Cariño, dijo ella, no hay ningún problema.

No dijimos nada más en un rato. Beate no paraba de volver la cabeza hacia la ventana. Dije: Al final no ha llovido. No, repuso ella, la lluvia se hace rogar. Dejé los cubiertos en la mesa, me recliné en la silla y dije: ¿Sabes? A veces me irritas. ¿Ah sí?, contestó ella. Nunca admites que te has equivocado, señalé. Sí que lo hago, respondió ella. Me equivoco a menudo. Todo el mundo se equivoca. Absolutamente todos. Me limité a mirarla, y noté que ella se daba cuenta de que se había pasado. Se levantó, cogió la salsera y la fuente vacía de verduras y se metió en la cocina. No volvió a salir. Yo también me levanté, me puse la chaqueta y me quedé un momento escuchando, pero reinaba un silencio total. Bajé al jardín, di la vuelta a la casa y salí a la calle. Me dirigí hacia el este, alejándome de la ciudad. Notaba que estaba alterado. Los jardines de los chalés de ambos lados de la calle estaban vacíos, y no se oían más ruidos que el regular murmullo de la autovía. Dejé atrás las casas y me adentré en la gran explanada que va hasta el fiordo.

Llegué al fiordo, a un pequeño café al aire libre, y me senté junto a una mesa a la orilla del agua. Pedí una cerveza y encendí un cigarrillo. Tenía calor, pero no me quité la chaqueta, pues suponía que la camisa tendría manchas de sudor en las axilas. Todos los demás clientes estaban a mis espaldas; delante de mí se extendía el fiordo y las lejanas colinas cubiertas de árboles. El murmullo de las voces y el suave gorgoteo del agua entre las piedras de la playa me sumió en un estado de ausencia adormecida. Mis pensamientos seguían caminos aparentemente carentes de lógica, y no eran desagradables, al contrario, sentía un inusual bienestar, y por eso resultó aún más incomprensible que de repente y sin ninguna transición perceptible me invadiera una sensación de angustioso abandono. Había algo absoluto, tanto en la angustia como en el abandono, algo que de alguna manera ponía el tiempo en suspenso. En realidad, no creo que pasaran más de unos cuantos segundos hasta que los sentidos se me corrigieron y me devolvieron al allí y al entonces.

Volví a casa por el mismo camino por el que había llegado, atravesando la gran explanada. El sol se estaba acercando a las montañas del oeste; sobre la ciudad se había posado una capa de neblina, y el aire ni se movía. Noté dentro de mí una especie de desgana por volver a casa, y de repente pensé, y fue un pensamiento nítido y claro: Ojalá estuviera muerta.

Pero seguí. Atravesé la puerta y me dirigí a la parte posterior de la casa. Beate se había sentado junto a la mesa del jardín; justo enfrente de ella estaba su hermano mayor. Me acerqué a ellos, me sentía muy tranquilo. Intercambiamos algunas palabras rutinarias. Beate no me preguntó dónde había estado, y ninguno de los dos me invitó a acompañarlos en la charla, algo que, de todos modos, habría rechazado con cualquier pretexto.

Subí al dormitorio, colgué la chaqueta y me quité la camisa. El lado de la cama de Beate estaba sin hacer. En la mesa de noche había un cenicero con dos colillas, y junto al cenicero, un libro abierto. Cerré el libro; me llevé el cenicero al baño, eché las colillas al váter y tiré de la cadena. Luego me desnudé y abrí el grifo de la ducha, pero el agua no terminaba de salir caliente y la ducha fue diferente y mucho más corta que lo que me había imaginado.

Mientras me vestía delante de la ventana abierta del dormitorio, oí cómo Beate se reía. Acabé rápidamente y bajé al sótano; por el ventanuco podía observarla sin ser visto. Estaba reclinada en el sillón, con el vestido muy levantado sobre los muslos separados, y las manos detrás de la nuca, lo que hacía que se tensara la fina tela sobre sus pechos. Había en su postura una indecencia que me excitaba, y esa excitación se veía reforzada por el hecho de que se mostrara así ante los ojos de un hombre, aunque fuera su hermano.

Permanecí un rato contemplándola; no nos separaban más que siete u ocho metros, pero con las plantas de los macizos delante del ventanuco del sótano estaba seguro de que ella no podía verme. Intenté adivinar lo que estaban diciendo, pero hablaban demasiado bajo, sorprendentemente bajo en mi opinión. Entonces ella se levantó, y yo subí rápidamente la escalera del sótano y me metí en la cocina. Abrí el grifo del agua fría y cogí un vaso, pero ella no llegaba, así que volví a cerrar el grifo y dejé el vaso en su sitio.

Cuando me hube calmado, fui al salón y me senté a hojear una revista de tecnología. El sol se había puesto, pero aún no hacía falta encender la luz. Pasaba las páginas hacia delante y hacia atrás. La puerta de la terraza estaba abierta. Encendí un cigarrillo y oí un avión en la lejanía, por lo demás, todo estaba en silencio. Volví a ponerme nervioso y salí al jardín. No había nadie. La puerta de la valla estaba abierta. Me acerqué a cerrarla. Pensé: Seguro que está entre los arbustos observándome. Volví a la mesa del jardín, coloqué el sillón de espaldas al bosque, y me senté. Me convencí a mí mismo de que si alguien hubiera estado mirándome desde el sótano, yo no lo habría descubierto. Me fumé dos cigarrillos. Empezaba a anochecer, pero el aire inmóvil era templado, casi cálido. Sobre la colina al este se posó un pálido gajo de luna, eran algo más de las diez. Me fumé otro cigarrillo. De repente, oí un débil crujido procedente de la puerta de la valla, pero no me volví. Ella se sentó y dejó un ramillete de flores silvestres en la mesa del jardín. Qué noche tan deliciosa, dijo. Asentí. ¿Tienes un cigarrillo?, preguntó. Le di uno y también fuego. Luego dijo con esa voz de impaciencia infantil a la que tanto me ha costado siempre resistirme: Voy por una botella de vino, ¿te parece? Y antes de que me diera tiempo a decidir lo que iba a responder, ella se levantó, cogió las flores y se apresuró por el césped hacia la escalera. Pensé: Ahora hará como si nada hubiera pasado. Luego pensé: En realidad, no ha pasado nada. Nada que ella sepa. Y cuando volvió con el vino, dos copas y además un mantel de cuadros azules y blancos, me había serenado casi del todo. Ella había encendido la luz de la terraza y yo me coloqué el sillón de espaldas al bosque. Beate llenó las copas y bebimos. Mmm, dijo ella, delicioso. El bosque se levantaba como una silueta negra contrastando con el cielo azul pálido. Qué silencioso está esto, señaló ella. Sí, contesté. Le ofrecí el paquete de tabaco, pero ella lo rechazó. Yo cogí un cigarrillo. Mira la luna creciente, dijo. Sí, asentí. Qué fina está, añadió. Sí, volví a asentir. Di unos pequeños sorbos de vino. En el sur, la luna está tumbada, dijo. No contesté. ¿Te acuerdas de aquellos perros de Tesalónica que no podían separarse tras haber copulado?, preguntó. En Kávala, respondí. Los viejos sentados en la terraza del café gritaban, prosiguió, y los perros aullaban intentando librarse el uno del otro. Y cuando salimos de la ciudad vimos una luna creciente y fina tumbada de espaldas, y tú y yo nos deseamos, ¿lo recuerdas? Sí, contesté. Beate volvió a llenar las copas. Permanecimos callados un rato, un buen rato. Sus palabras me habían inquietado, y el silencio que las siguió no hizo sino incrementar mi inquietud. Intenté pensar en algo que decir, algo rutinario que pudiera desviar la conversación. Beate se levantó. Dio la vuelta a la mesa y se detuvo detrás de mí. Me asusté y pensé: Ahora va a hacerme algo. Y al sentir sus manos en el cuello me estremecí, y eché la cabeza y el torso hacia delante. Al instante entendí lo que había hecho y dije, sin volverme: Me has asustado. Ella no contestó. Me recliné en el sillón. La oí respirar. Se marchó.

Al final me levanté y entré en la casa. Ya era completamente de noche. Me había acabado el vino y pensado en lo que iba a decir; me había tomado mi tiempo. Me llevé las copas y la botella vacía, pero, tras pensarlo, dejé el mantel de cuadros en la mesa. El salón estaba vacío. Fui a la cocina y dejé la botella y las copas en el fregadero. Eran algo más de las once. Cerré con llave la puerta de la terraza y apagué las luces. Luego subí al dormitorio. La lámpara de mi mesita estaba encendida. Beate estaba acostada con la cara vuelta hacia el otro lado; dormía, o fingía que dormía. Mi edredón estaba echado hacia atrás y sobre la sábana estaba el bastón que usé después del accidente el año que nos casamos. Lo cogí con la intención de meterlo debajo de la cama, pero cambié de idea. Permanecí con él en la mano mientras miraba fijamente el arco de la cadera debajo del fino edredón de verano; me sobrecogió un repentino deseo. Salí rápidamente de la habitación y bajé al salón. Me había llevado el bastón, y, sin saber muy bien por qué, lo partí en dos contra mi muslo. El golpe me dolió y me serené. Entré en el despacho y encendí la lámpara que había sobre el tablero de dibujo. Volví a apagarla y me tumbé en el diván, me tapé con la manta y cerré los ojos. Veía claramente a Beate. Volví a abrir los ojos, y sin embargo seguía viéndola.

Me desperté varias veces en el transcurso de la noche, y me levanté temprano. Entré en el salón con el fin de quitar de allí el bastón; no quería que Beate viera que lo había roto. Ella estaba sentada en el sofá. Me miró. Buenos días, saludó. Le devolví el saludo con un movimiento de cabeza. Ella seguía mirándome. ¿Estamos enfadados?, preguntó. No, contesté. Su mirada seguía clavada en mí, era incapaz de interpretarla. Me senté con el fin de alejarme de esa mirada. Me entendiste mal, dije. No te había visto levantarte, estaba ensimismado en mis pensamientos, y de repente sentí unas manos en el cuello, entiendo que te..., pero no sabía que estuvieras ahí. Ella no dijo nada. La miré, encontrándome con la misma mirada inescrutable. Tienes que creerme, dije. Ella apartó la mirada. Sí, supongo que debo creerte.


En Cuentos Reunidos
Traducción: Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo
Imagen: Blanca del Amo

26 abr. 2012

Kjell Askildsen: Allí está enterrado el perro

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El invierno soltó sus garras a principios de marzo. Llegó un viento templado, casi cálido, del sudeste y la nieve, que reposaba en una capa muy gruesa desde antes de Navidad, se desplomó y derritió.
Un viernes por la tarde, tres días después del cambio de tiempo, Jakob E. agarró una pala de nieve del garaje y fue hacia la parte posterior de la casa. Se puso a quitar la nieve de la trampilla del sótano. Las últimas dos o tres veces que había bajado allí, había notado un vago aunque desagradable olor, cuyo origen no era capaz de explicarse. Ahora tenía la intención de abrir la trampilla y la puerta del sótano y ventilarlo todo bien tras el invierno.
Cuando al cabo de un rato dejó la pala y abrió la trampilla, se topó a la vez con la visión y el olor. Dio un grito, soltó el asa, y la trampilla volvió a caer en su sitio con un gran estruendo. Gritó otra vez, se estremeció y dio unos rápidos pasos hacia atrás, como si alguien lo estuviera persiguiendo.
Poco a poco fue disminuyendo el pánico y pensó: Eso es imposible. Clavó la mirada en la trampilla del sótano y siguió pensando: Eso es imposible. Un perro muerto, es imposible.
Pero allí estaba el pestilente y descompuesto cuerpo de un gran perro de pelo negro. Tendría que hacer algo con él, pero no sabía qué.
Dejó la pala de nieve, pasó por delante del garaje y entró en la casa. Erna estaba sentada junto a la mesa de la cocina leyendo el periódico. No levantó la vista. Jakob se sentó enfrente de ella y encendió un cigarrillo. Erna sonrió por algo que había leído. Jakob dijo:
—Hay un perro muerto debajo de la trampilla del sótano.
—Debajo de... ¿Un perro?
—Lleva allí desde antes de Navidad.
—No.
—No sé qué hacer. El hedor.... Y es muy grande.
—¿Desde antes de Navidad? Dios mío.
—Desde antes de la gran nevada.
—Dios mío, Jakob. ¿Qué vas a hacer?
—No lo sé.
Jakob se levantó y se acercó a la ventana. Al cabo de un rato preguntó:
—¿Tenemos lejía?
—Debajo del fregadero.
La cogió y salió. Entró en el garaje. Agarró de un gancho de la pared una cuerda de tender enrollada y volvió a la parte posterior de la casa. Ató el cabo de la cuerda al asa de la trampilla del sótano. No es más que un perro muerto, pensó. Retrocedió dos o tres metros, tensó la cuerda y tiró de ella. La trampilla se abrió. Jakob pasó por delante de la entrada, cogió la pala y comenzó a echar nieve en la abertura. Cuando por fin estuvo seguro de haber enterrado el cuerpo con la nieve, se acercó y miró hacia abajo. Luego fue a buscar la botella de lejía, pero, en el momento de ponerse a desenroscar el tapón, divisó al vecino, que lo estaba observando desde la ventana de su cocina. Por un instante se quedó perplejo, como si lo hubieran pillado in fraganti. Luego, con una tranquilidad forzada y sin mirar en dirección a la casa del vecino, cogió la pala de nieve y la botella y las dejó en el garaje antes de entrar en casa.
Erna no estaba en la cocina. Jakob se sentó y encendió un cigarrillo.¿Martin?, pensó. Antes de la gran nevada. ¿Martin? Oyó a Erna que bajaba del piso de arriba.
—¿Has conseguido sacarlo? —preguntó.
—No. Holt estaba en la ventana. Esperaré a que se haga de noche.
—¿No tendrías que informar a la policía?
Él no contestó.
—Alguien tiene que haberlo echado en falta.
—Déjame arreglar este asunto a mi manera, por favor.
—Sí, pero alguien nos lo ha hecho. A nosotros.
—Eso no lo sabemos. ¿Quién puede haber sido?
—Pues no sé quién puede haber sido. Lo que está claro es que no ha bajado al sótano por su cuenta. ¡Ah, Dios!
—¿Qué pasa?
—Imagínate si, oh, Dios, si alguien lo ha encerrado allí.
—No te pongas histérica.
—No estoy histérica. Pero no entiendo por qué te niegas a informar a la policía.
—Lo hago a mi manera, te he dicho, y no se hable más del asunto.
Se levantó. Salió de la cocina, atravesó la entrada y bajó al sótano por la escalera interior. Cogió un viejo hule de la repisa que había sobre el banco de carpintero y con las tijeras hizo un agujero en cada esquina. Luego cortó una cuerda de unos cinco o seis metros en cuatro partes iguales y las ató a los agujeros del hule. Se acercó a la trampilla del sótano y miró hacia afuera.Estaba oscureciendo. Al cabo de media hora estaría suficientemente oscuro. Me vio, pensó, pero desde ese ángulo no habría podido ver al perro.
Cogió el hule, subió por la escalera exterior y entró en el garaje. Se metió en el coche y encendió un cigarrillo. Cuando le pareció que ya estaba bastante oscuro, llevó la botella de lejía hasta la bajada al sótano. No había nadie en la ventana de la cocina del vecino. Echó lejía encima de la nieve que cubría el cuerpo del perro y volvió al garaje a buscar la pala de nieve y el hule. Con la pala empujó al perro hacia el borde de la escalera, luego extendió el hule. A continuación metió la pala debajo del cuerpo del animal y lo echó sobre el hule. El perro quedó al descubierto, el hedor le vino a la cara y Jakob empezó a vomitar a chorros.
Más tarde, cuando había volvió a cubrir el perro de nieve, soltó la cuerda de tender del asa de la trampilla del sótano e hizo un lazo con ella. Ató los cuatro cabos de cuerda del hule al lazo. No había nadie en la ventana del vecino. Empezó a tirar de la cuerda, y el hule formó una especie de red de pesca alrededor del perro. Pesaba menos de lo que se había imaginado, y el hule aguantó. Lo arrastró por la nieve hasta la valla de madera al fondo del jardín. Luego cogió la pala y cubrió el cuerpo con medio metro de nieve. Lo conseguí, pensó.
Media hora más tarde, cuando se había duchado y cepillado los dientes, entró en el cuarto de estar. Erna estaba viendo la televisión.
—Ya está —dijo Jakob.
Ella no contestó. Él se sentó. Bueno, pensó. Encendió un cigarrillo.
Transcurrió un minuto.
—¿Qué has hecho con él? —preguntó Erna.
—Está abajo, en la huerta. Lo he cubierto de nieve.
—¿Y cuando se derrita la nieve?
—Entonces lo enterraré.
—¿En la huerta?
—Sí.
—No, Jakob, no lo quiero debajo de las verduras.
—¿Dónde si no? ¿No pretenderás que cave el césped?
—Haz lo que quieras, pero no lo quiero debajo de las verduras.
—En mi vida he oído una cosa más tonta.
—Es posible. Y además sigo diciendo que debes informar a la policía.
—¡Deja ya de dar la lata con la policía, coño!
—¿Cómo te atreves a hablarme así, Jakob?
—Te hablo como me da la gana. He estado trajinando con ese jodido animal hasta vomitar a chorros, y tú no haces más que darme la lata con la policía.
Se levantó bruscamente y salió de la habitación.
—¡Jakob! —le gritó ella. Él no contestó. Subió al dormitorio, pero volvió a salir inmediatamente, pues allí no tenía nada que hacer. No sabía adónde ir. Se sentó en la parte superior de la escalera. Intentó recordar con exactitud cuándo se había marchado Martin, pero no lo logró.
Oyó sonar el teléfono y, cuando Erna atendió, se levantó y bajó a la cocina. La puerta del cuarto de estar estaba abierta, pero no podía oír lo que decía. Bebió un vaso de agua. Luego dejó caer el vaso al suelo, pero no se rompió. Lo recogió y lo dejó caer de nuevo, esta vez con algo de fuerza, no mucha. El vaso se rompió, aunque no en tantos pedazos como se había imaginado. Cogió la escoba y el recogedor y se puso a barrer. Erna no acudió. Luego fue al cuarto de estar a buscar un periódico viejo. Erna estaba sentada en el sofá, había apagado el televisor. Jakob cogió el periódico y volvió a la cocina. Envolvió los trozos de cristal en el periódico y lo metió todo en el cubo de la basura. Desde allí observó a Erna a través de la puerta entornada. Estaba sentada en el borde del sofá mirando fijamente al frente y con los labios muy apretados. Jakob apagó la luz y encendió un cigarrillo. Si ella se volvía, lo vería fumar en la oscuridad. Ella volvió la cabeza. Él se fumó el cigarrillo y fue al cuarto de estar.
—¿No hay nada en la tele? —preguntó.
—Sólo un concierto —contestó ella.
Jakob cogió el periódico que estaba sobre la mesa del sofá y se sentó.
—Tengo que decirte —dijo ella— que por muy desagradable que te resultara lo del perro, no deberías haberla tomado conmigo. Sabes muy bien cómo reacciono cuando me gritas.
Él encendió un cigarrillo.
—Tenía que decírtelo —añadió ella—, y dicho está. Y ahora voy a hacer café.
Se levantó y fue a la cocina. Él se quedó sentado con el periódico sobre las rodillas escuchando los ruidos que ella hacía. Empujó el periódico hasta el suelo y aplastó el cigarrillo. Luego agachó la cabeza y apretó con fuerza las palmas de las manos contra los oídos. De ese modo sólo podía escuchar el zumbido que provenía del interior de su cabeza. No se dio cuenta de que ella volvió a entrar, pero de repente se percató de que lo estaba mirando.
—¿Qué te pasa? —le preguntó.
—Nada. Me zumba la cabeza.
—¿Crees que puede haber sido Martin, verdad?
—¿Martin? ¿Qué? ¿Qué Martin?
—Tu Martin. Por eso no querías denunciarlo a la policía, ¿verdad? Tenías miedo de que hubiera sido Martin.
Él se levantó. Su mirada se encontró con la de ella, y ella retrocedió un paso.
—¡Qué coño estás diciendo!
—Pero...
—¡Qué coño estás diciendo!
—No he querido..., perdóname. Me estás asustando. Por favor, Jakob, no me asustes. ¡Jacob..., no!
Él retiró la mano. Dio la vuelta. Fue a la cocina. El agua para el café estaba hirviendo y apagó la placa. Sobre la encimera, en una bandeja, estaban las tazas, la jarrita de la leche y el azucarero. Se quedó contemplando todo durante un rato, luego meneó la cabeza varias veces. Sacó el café instantáneo del armario, lo echó en las tazas, las llenó con agua y llevó la bandeja al cuarto de estar. Erna estaba sentada en el sofá mirándose las rodillas y abrazándose como si tuviera frío. Jakob colocó la taza, la jarrita y el azucarero delante de ella. Ella no levantó la vista. Jakob encendió el televisor. Emitían una película policial. Se acomodó en el sillón y encendió un cigarrillo. Al cabo de un rato, Erna se levantó y subió al dormitorio; él podía sentir sus pasos. No volvió a bajar.
La noche siguiente, Jakob colocó una lona grande sobre el montón de nieve junto a la valla de madera, y cuando la tierra se desheló, enterró al perro en la huerta. Erna no dijo una palabra, pero al llegar la primavera, la huerta quedó sin cultivar.


En Cuentos reunidos
Selección y prólogo Rodolfo Fogwill
Traducción: Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo
Buenos Aires, Ediciones Lengua de Trapo, 2010
Foto s-d

2 mar. 2011

Kjell Askildsen - El punto de apoyo

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Hace unos meses vino a verme mi casero. Llamó tres veces a la puerta antes de que me diera tiempo a abrir, y eso que fui lo más rápidamente que pude. No podía saber que era él. Por aquí viene muy poca gente, casi todos miembros de sectas religiosas que me preguntan si estoy en paz con Dios. Me produce cierto placer, pero nunca les dejo pasar de la puerta, pues la gente que cree en la vida eterna no es racional, no se sabe lo que puede llegar a hacer. Pero esta vez era, como ya he dicho, el casero. Le había escrito hacía casi un año para informarle de que la barandilla de la escalera estaba rota, y pensé que venía por eso, así que le dejé entrar. Miró a su alrededor. “Vive usted bien aquí”, dijo. Era una afirmación bastante tendenciosa, que me hizo ponerme a la defensiva. “La barandilla de la escalera está rota”, dije. “Sí, ya lo he visto. ¿La rompió usted?”. “No, ¿porqué yo?”. “Supongo que es el único que la usa, porque, aparte de usted, sólo vive gente joven en este portal, y no creo que se haya roto sola, ¿no?”. Era obviamente una persona intratable y no quise entrar en ninguna discusión con él sobre cómo y por qué se estropean las cosas, de modo que dije escuetamente: “Como usted diga, pero yo necesito esa barandilla, estoy en mi derecho”. No contestó nada a eso, a cambio, dijo que subiría el alquiler un veinte por ciento a partir del mes siguiente. “¿Otra vez? –dije-, y un veinte por ciento nada menos”. “Debería ser más –contestó-, esta finca no produce más que pérdidas, pierdo dinero con ella”. Hace mucho que dejé de discutir de economía con personas que dicen perder dinero con algo de lo que podrían haberse desprendido hace treinta años, de modo que no dije nada. Pero no le hizo falta argumento alguno para seguir con el tema, es de ese tipo de personas que funcionan solas. Se puso a disertar sobre todas las demás fincas que también daban pérdidas, resultaba lamentable escucharle, debía de ser un capitalista muy pobre. Pero no dije nada, y por fin cesaron las lamentaciones, ya iba siendo hora. En cambio me preguntó, sin ninguna razón aparente, si creía en Dios. Estuve a punto de preguntarle a qué dios se refería, pero me limité a negarlo con la cabeza. “Pues tiene que hacerlo”, dijo, así que después de todo había dejado colarse a uno de ellos en mi casa. En realidad no me sorprendió, pues es bastante corriente que la gente con muchas propiedades crea en Dios. Ahora bien, no quise darle pie para que pasara a otro tema, pues había tomado la firme determinación de no dejar pasar a los evangelistas de la puerta, de modo que no le dejé seguir. “Así que sube el alquiler un veinte por ciento –dije-, presumo que ese es el motivo de su visita”. Al parecer, mi respuesta le pilló de sorpresa, pues abrió y cerró la boca un par de veces sin que saliera de ella sonido alguno, algo, me imagino, poco corriente en él. “Y espero que se ocupe de arreglar la barandilla”, proseguí. Se puso rojo. “La barandilla, la barandilla –dijo impaciente-, vaya lata que está dando con la barandilla”. Me pareció muy mal que dijera eso y me irrité. “Pero ¿no entiende usted –dije-, que en algunas ocasiones esa barandilla es mi punto de apoyo en la vida?”. Me arrepentí nada más haberlo dicho, pues las formulaciones precisas deben reservarse para personas reflexivas, si no, pueden surgir complicaciones. No tengo fuerzas para repetir lo que me dijo, pero en su mayor parte trataba del más allá. Al final añadió algo sobre estar con un pie en la tumba, se estaba refiriendo a mí, y entonces me enfadé. “Deje ya de molestarme con su economía”, le dije, porque en realidad era de lo que se trataba. Como no se disponía a marcharse, me permití dar un golpe en el suelo con el bastón. Entonces se marchó. Fue un alivio, me sentí contento y libre durante unos cuantos minutos, y recuerdo que me dije a mí mismo, para mis adentros claro: “No te rindas, Thomas, no te rindas”.



Transcripto de Cuentos reunidos
Edición y prólogo de Fogwill
Trad.: Kirsti Baggetthum y Asunción Lorenzo
Madrid, Lengua de trapo, 2010
Foto s-d



22 feb. 2011

Kjell Askildsen (Noruega, 1929) - Ajedrez

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El mundo ya no es lo que era. Ahora, por ejemplo, se vive más tiempo. Yo tengo ochenta y muchos, y es poco. Estoy demasiado sano, aunque no tenga razones para estar tan sano. Pero la vida no quiere desprenderse de mí. El que no tiene nada por que vivir tampoco tiene nada por que morir. Tal vez sea ese el motivo.

Un día hace mucho, antes de que mis piernas empezaran a flaquear seriamente, fui a visitar a mi hermano. No lo había visto desde hacía más de tres años, pero seguía viviendo donde fui a visitarlo la última vez. “Sigues vivo”, dijo, aunque él era mayor que yo. Me había llevado un bocadillo y él me ofreció un vaso de agua. “La vida es dura –dijo–, no hay quien la aguante”. Yo estaba comiendo y no contesté. No había ido allí a discutir. Acabé el bocadillo y me bebí el agua. Mi hermano miraba fijamente hacia algún punto situado por encima de mi cabeza. Si me hubiera levantado y él no hubiese desviado la mirada antes, se habría quedado mirándome directamente, pero sin duda la habría desviado. Mi hermano no se encontraba a gusto conmigo. O dicho de otro modo, no se encontraba a gusto consigo mismo cuando estaba conmigo. Creo que tenía mala conciencia o, al menos, no buena. Escribió una veintena de novelas muy largas, y yo solo unas cuentas, y además breves. Está considerado como un escritor bastante bueno, aunque un poco guarro. Escribe mucho sobre el amor, sobre todo el amor físico, no pregunto dónde lo habrá aprendido.

Mi hermano seguía con la mirada clavada en algún punto situado por encima de mi cabeza, supongo que se sentía en su derecho por las veinte novelas que tenía en el fofo trasero. Me estaban entrando ganas de largarme sin decirle el motivo de mi visita, pero pensé que después de la caminata que me había dado sería de tontos, así que le pregunté si le apetecía jugar una partida de ajedrez. “Eso lleva mucho tiempo –dijo–, y yo ya no tengo mucho tiempo que perder. Podrías haber venido antes”. Debí levantarme y largarme en ese momento, se lo habría merecido, pero soy demasiado cortés y considerado, esa es mi gran debilidad, o una de ellas. “No lleva más de una hora”, dije. “La partida sí –contestó–, pero a eso habría que añadir la excitación posterior o el cabreo si la perdiera. Mi corazón, sabes, ya no es lo que era. Y el tuyo tampoco, supongo”. No contesté, no tenía ganas de discutir con él sobre mi corazón, así que dije: “de modo que tienes miedo a morir. Vaya, vaya”. “Tonterías. Lo que pasa es que mi obra aún no está concluida”. Así de pretencioso estuvo, me entraron ganas de vomitar. Yo había dejado el bastón en el suelo, y me agaché a recogerlo, quería que dejara de presumir. “Cuando morimos, al menos dejamos de contradecirnos”, dije, aunque no esperaba que entendiera el sentido de mis palabras. Pero él era demasiado soberbio para preguntar. “No ha sido mi intención herirte”, dijo. “¿Herirme?”, contesté levantando la voz. Era razonable que me irritara. “Me importa un bledo lo poco que he escrito y lo poco que no he escrito”. Me puse de pie y le solté un discurso: “Cada hora que pasa, el mundo se libra de miles de tontos. Piénsalo. ¿Te has parado alguna vez a pensar en la cantidad de estupidez almacenada que desaparece en el transcurso de un día? Imagínate todos los cerebros que dejan de funcionar, pues es ahí donde se almacena la estupidez. Y sin embargo, todavía queda mucha estupidez, porque algunos la han perpetuado en libros, y así se mantiene viva. Mientras la gente siga leyendo novelas, ciertas novelas de las que tanto abundan, la estupidez seguirá existiendo. Y añadí, un poco vagamente, lo confieso: “Por eso he venido a jugar una partida de ajedrez”. Permaneció callado un buen rato, hasta que hice ademán de marcharme, entonces dijo: “Demasiadas palabras para tan poca cosa. Pero les sacaré partido, las pondré en boca de algún ignorante”.

Exactamente así era mi hermano. Por cierto, murió ese mismo día, y no es improbable que me llevara sus últimas palabras, pues me marché sin contestarle, y eso no debió de gustarle nada. Quería tener la última palabra y la tuvo, aunque supongo que habría querido decir algo más. Cuando recuerdo lo que se irritó, me viene a la memoria que los chinos tienen un símbolo en su grafía que representa la muerte por agotamiento en el acto sexual.

Al fin y al cabo éramos hermanos.



Transcripto de Cuentos reunidos
Edición y prólogo de Fogwill
Trad.: Kirsti Baggetthum y Asunción Lorenzo
Madrid, Lengua de trapo, 2010

Foto El País