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16 abr. 2015

Antonin Artaud – El pesa-nervios

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Antonin Artaud – El pesa-nervios


De verdad he sentido que partías la atmósfera a mi alrededor, que hacías el vacío para permitirme avanzar para hacer el lugar de un espacio imposible a lo que en mí se encontraba todavía sólo en potencia, a toda una virtual fecundación y que debía nacer atraída por el lugar que se le ofrecía.

  A menudo me he puesto en ese estado de absurdo imposible, para intentar que el pensamiento nazca en mí. En esta época somos sólo algunos los empecinados en atentar contra las cosas, en crear espacios para la vida en nosotros, espacios que no había ni parecía que tenían que encontrar lugar en el espacio.

  Siempre me resultó sorprendente esa obstinación del espíritu que pretende pensar en espacios y en dimensiones y afincarse en algunos estados arbitrarios de las cosas para pensar; en pensar en tramos, en cristaloides y que cada forma del ser quede solidificada desde el principio, que el pensamiento no esté en conexión apremiante y permanente con las cosas, sino que esa fijeza y ese hielo, esa suerte de colocación en movimiento del alma se produzca, por decirlo de alguna manera, ANTES DEL PENSAMIENTO. Evidentemente ésa es la condición adecuada para crear. Pero más me sorprende esa incansable, esa meteórica ilusión que nos sugieren ciertas arquitecturas circunscritas, pesadas; esos tramos de alma cristalizados como si fueran una gigante página plástica y en ósmosis con el resto de realidad. Y la surrealidad es como un angostamiento de la osmosis, una especie de comunicación verbal replegada hacia atrás. Sin embargo no veo en eso un decrecimiento del control, por el contrario veo un mayor control pero que en lugar de actuar, desconfía, un control que obstaculiza los encuentros de la realidad corriente y da lugar a encuentros más sutiles y enrarecidos, encuentros afinados como la soga que se enciende y nunca se corta.

  En virtud de esos encuentros, imagino un alma elaborada y como sulfurada y fosforosa, como si no hubiera otro estado aceptable de la realidad.

  Pero no sé que clase de lucidez innominada, extraña, es la que me da el tono y el grito de aquéllos y hace que los sienta en mí mismo. Los advierto a causa de una insoluble totalidad, quiero decir que no tengo dudas acerca de su sensación. Y ante esos agitados encuentros yo estoy en un estado de mínima alteración, quisiera que uno pudiera imaginar una nada detenida, una masa de espíritu recluida en algún sitio, transformada en virtualidad.

  A un actor se lo ve como detrás de un vidrio.

  La inspiración graduada. No debe dejarse demasiado lugar a la literatura.

Sólo me he referido a la relojería del alma, sólo transcribí el dolor de un ajuste malogrado. Soy un total abismo. Aquellos que me creían capaz de un dolor íntegro, de un hermoso dolor, de angustias completas y carnosas, de angustias que son una combinación de objetos, una pulverización efervescente de fuerzas y no un punto detenido —y sin embargo con impulsos agitados, desarraigantes que provienen de la confrontación de mis fuerzas con esos abismos de un absoluto ofertado,

  (de la confrontación de fuerzas de volumen poderoso)

  y no hay ya más que abismos voluminosos, la detención, el frío,

  —aquellos que me han atribuido más vida, que me han imaginado en un menor grado de mi caída, que han supuesto que me encontraba como sumergido en un impulso torturado, en una tenebrosa oscuridad con la que me debatía,

  —están extraviados en las tinieblas del hombre.

  Los nervios tensos a lo largo de las piernas en el sueño.

  El sueño se generaba en un desplazamiento de creencia, el abrazo se ablandaba, lo insólito andaba por los pies.

  Es preciso que se comprenda que toda la inteligencia no es otra cosa que una extensa eventualidad, y que se la puede perder ya no como el alienado inerte, sino como el ser vivo que está en la vida y que sobre él recae la atracción y el soplo (no de la vida, sino de la inteligencia).

  Los parpadeos de la inteligencia y ese repentino trastocamiento de las partes.

  Las palabras a medio camino de la inteligencia. Esa suerte de poder pensar hacia atrás y de invectivar repentinamente su pensamiento.

  Ese diálogo en el pensamiento.

  La asimilación, la fractura de todo.

  Y de pronto esa línea de agua sobre un volcán, la caída leve y demorada del espíritu.

  Encontrarse otra vez en un estado de máxima conmoción, despejado de irrealidad, con trozos del mundo real en un rincón de sí mismo.

  Pensar sin mínima fractura, si artilugios de pensamiento, sin uno de esos abruptos escamoteos a los cuales mis médulas están habituadas como columnas transmisoras de corrientes.

  A veces mis médulas se entretienen con esos juegos, se satisfacen en esos juegos, se satisfacen en esos raptos sigilosos a los que gobierna la cabeza de mi pensamiento. Sólo me bastaría una palabra, a veces nada más que una sílaba sin importancia para ser grande, para hablar con la voz de los profetas, una sílaba testimonio, una sílaba precisa, sutil, una sílaba bien añejada en mis médulas, surgida de mí mismo, que permaneciera en el punto máximo de mi ser y que no significara nada para todo el mundo. Soy testigo de mí mismo, el único testigo. De esa cubierta de palabras, esas casi imperceptibles trasmutaciones de mi pensamiento en voz baja, de esa mínima zona de mi pensamiento que yo hago parecer que estaba formulada y que aborta, soy el único juez capaz de suponer su alcance.

  Una especie de mengua constante del nivel normal de la realidad.

  Bajo esta cáscara de hueso y de piel que es mi cabeza hay una constante de angustias, no como un asunto moral, como los razonamientos de una naturaleza estúpidamente puntillosa, o acostumbrada por un sedimento fermentado de

  ambiciones en el sentido de la altura, sino como una

  (decantación)

  en el interior,

  como el despojamiento de mi sustancia vital, como el extravío de la fuerza física esencial (digo extravío por parte de la esencia) de un sentido.

  Una impotencia para cristalizar de manera inconsciente el punto partido del automatismo sea cual fuere su grado.

  Lo difícil es encontrar su lugar adecuado y volver a establecer la comunicación con uno mismo. El todo está en una especie de floculación de las cosas, en la unión de toda ese pedregullo mental que gira en torno a un punto que es precisamente el que hay que encontrar.

  Y lo que yo pienso del pensamiento es:

  CIERTAMENTE EXISTE LA INSPIRACIÓN.

  Y hay un punto fosforoso donde se recupera toda la realidad, pero distinta, metamorfoseada, —¿y por qué?—, un punto de uso mágico de las cosas. Y yo creo en aerolitos mentales, en cosmogonías individuales.

  Saben en qué consiste la sensibilidad suspendida, esa especie de vitalidad terrorífica y partida en dos, ese punto de aglutinación necesaria a la que el ser ya no se eleva más, ese sitio amenazante, ese lugar que horroriza.

  Queridos amigos:

  Lo que ustedes han tratado como mis obras eran sólo los deshechos de mí mismo, esos arañazos del alma que el hombre común no acoge.

  Que desde entonces mi mal haya retrocedido o avanzado, no es donde está para mí la cuestión, sino en el dolor y la sideración persistente de mi espíritu.

  Ahora estoy de regreso en M., donde he recuperado la sensación de embotamiento y de vértigo, esa necesidad impostergable y alocada de dormir, esa pérdida repentina de mis fuerzas con un sentimiento de enorme dolor de embrutecimiento instantáneo.

  Hay aquí alguien en cuyo espíritu no se endurece ningún sitio y no siente de repente su alma a la izquierda, a un costado del corazón. Alguien para quien la vida es un punto y para quien el alma no tiene fragmentos, ni el espíritu tiene comienzos.

  Por supresión del pensamiento soy imbécil, por malformación del pensamiento, estoy vacío por estupefacción de mi lengua. Mal-formación, mal-aglutinación de un cierto número de esos corpúsculos vítreos de los cuales tú haces un uso tan poco considerado. Un uso que desconoces, del que nunca has tomado parte. Todos los términos que selecciono para pensar son para mí TÉRMINOS en el propio sentido de la palabra, auténticas terminaciones, lindes de mi mente, de todos los estados por los que hecho pasar mi pensamiento.

  Estoy auténticamente LOCALIZADO por mis términos, y si afirmo que estoy localizado por mis términos, es porque no los considero como válidos en mi pensamiento. Estoy verdaderamente congelado por mis términos, por una serie de terminaciones. Y por FUERA que ande en este momento mi pensamiento, sólo puedo hacerlo pasar por esos términos, tan controvertidos para él, tan paralelos, tan confusos como puedan ser, con el riesgo de dejar, en esos momentos, de pensar.

  Si uno al menos pudiera disfrutar de su nada, si uno pudiese reposar en su nada y que esa nada no fuera una especie de ser pero tampoco la muerte total.

  Es tan tortuoso no existir más, dejar de ser en alguna cosa. El dolor verdadero es sentir en uno mismo cómo se desplaza el pensamiento. Pero el pensamiento en sí no es un sufrimiento. Estoy en el punto en que la vida ya no me concierne, pero con todos los apetitos y el parpadeo insistente del ser dentro de mí. Sólo tengo una ocupación, rehacerme.

  No hay una concordancia de las palabras con el minuto de mis estados.

  «Pero si es algo normal, pero si a todo el mundo le faltan palabras, usted es demasiado duro con usted mismo, al escucharlo no da esa impresión, usted se expresa perfectamente en francés, pero le da una importancia excesiva a las palabras».

  Son todos unos farsantes, desde el inteligente hasta el obtuso, desde el astuto hasta el torpe, son unos cretinos, quiero decir que ustedes son todos unos perros, quiero decir que ladran hacia fuera, que se empecinan en no comprender. Me conozco y eso me es suficiente, y eso debe ser suficiente, me conozco porque asisto a mí mismo, asisto a Antonin Artaud.

  —Usted se conoce pero lo vemos, vemos perfectamente lo que hace.

  —Sí, pero ustedes no ven mi pensamiento.

  En cada uno de los estados de relojería pensante hay agujeros, detenciones, entiéndanme bien, no quiero decir en el tiempo, quiero decir en una cierta clase de espacio (yo me entiendo); no me refiero a un pensamiento en extensión, un pensamiento en duración de pensamientos, quiero decir UN pensamiento, uno solo, y un pensamiento EN INTERIOR, pero no quiero decir un pensamiento de Pascal, un pensamiento filosófico, quiero decir la detención deformada, la esclerosis de cierto estado. ¡Y entiende! Me considero en mi nimiedad. Pongo el dedo en el punto exacto de la grieta, del desplazamiento inconfesado. Ya que el espíritu es más reptiloide que ustedes mismos. Señores, se esconde como la serpiente, se esconde hasta amenazar a nuestras lenguas, quiero decir hasta dejarlas en suspenso. Soy ése, el que mejor ha sentido el asombroso desconcierto de su lengua en sus relaciones con el pensamiento. Soy el que mejor ha ubicado el punto de sus más secretos, de sus más insospechables desplazamientos. Me extravío auténticamente en mis pensamientos, como en un sueño, como se introduce súbitamente en su pensamiento.

  Yo soy el que conoce los escondrijos de la pérdida.

  Toda escritura es una cochinada.

  Los que salen de la vaguedad para querer determinar lo que sea de lo que pasa en su pensamiento son unos cochinos. Todos los literatos son cochinos y en especial los de esta época.

  Todos los que en su espíritu tienen hitos, en cierto lugar de la cabeza es lo que quiero decir; en lugares bien localizados de su cerebro, todos esos que son amos de su lengua, todos esos para quienes las palabras tienen algún sentido, para quienes existen niveles en el alma y corrientes en el pensamiento, aquellos que se consideran el espíritu de su época, y que han encasillado esas corrientes de pensamiento; pienso en sus tareas específicas, y en ese rechinar de autómata que causa su espíritu en cualquier parte;

  —son unos cochinos.

  Esos que creen que las palabras tienen un sentido y ciertas maneras de ser, esos que tan bien hacen cumplidos, ésos para quienes hay en los sentimientos clases y discuten sobre un grado cualquiera de sus absurdas clasificaciones, los que todavía creen en «términos», esos que agitan ideologías que se van establecido en la época, esos cuyas mujeres hablan tan correctamente y que hablan de las ideas del momento, esos que todavía creen en una dirección del espíritu, esos que siguen caminos, que elevan nombres, que hacen vociferar las páginas de los libros,

  —ésos son los peores cochinos. ¡Muchacho, eres arbitrario! No, pienso en críticos barbudos.

  Y ya se los he dicho: nada de obras, nada de lengua, ninguna palabra, nada de espíritu, nada. Nada, sólo un hermoso Pesa-nervios.

  Una especie de zona incomprensible y bien erecta en el centro de todo el espíritu.

  Y no esperen que les nombre ese todo, en cuántas partes se divide, que les diga cuánto pesa, que marche, que me preste a discutir sobre ese todo y que en la disputa me pierda y me ponga así sin saberlo a PENSAR —y que se esclarezca, que viva, que se cubra de infinidad de palabras todas bien saturadas de sentido, todas diversas y capaces de echar luz sobre las actitudes, todos los matices de un muy sensitivo y penetrante pensamiento.

  ¡Ah! esos estados que nunca se nombran, esos eminentes estados del alma, ¡ah! esos intervalos del espíritu, ¡ah! ínfimos frustrados que son el pan cotidiano de mis horas, ah, ese pueblo rumiante de datos, —siempre son las mismas palabras las que me sirven y en verdad no parezco desplazarme demasiado en mi pensamiento, pero me muevo más que ustedes en la realidad, cabezas de asnos, cochinos pertinentes, maestros del fraudulento verbo, cachivacheros de retratos, folletinistas, rastreros, entomólogos, herboristas, llaga de mi lengua.

  Ya les he dicho: que yo ya no tenga mi lengua no es una razón para que ustedes persistan, para que se obstinen con la lengua.

  Dentro de diez años seré comprendido por esos que hoy harán lo que ustedes hacen. Se conocerán entonces mis témpanos, se verán mis hielos, habrán aprendido a desnaturalizar mis venenos, se descubrirán los juegos de mi alma.

  Entonces todos mis cabellos estarán condensados en cal, todas mis venas mentales, entonces se observará mi bestiario, y mi música se habrá transformado en un sombrero. Entonces se verá salir humo de las juntas de las piedras y ramos umbríos de ojos mentales se solidificarán en glosarios, se verán entonces caer aerolitos de piedras, entonces se verán sogas, entonces se comprenderá la geometría sin espacios y se aprenderá lo que es la disposición del espíritu y también se comprenderá por qué mi espíritu no está aquí, entonces verán agotarse todas las lenguas, disecarse todos los espíritus, entumecerse la totalidad de las lenguas, las figuras humanas se achatarán, se consumirán como siendo chupadas por ventosas secantes, y esa tela lubricante seguirá dotando en el aire, esa tela lubricante y cáustica, esa membrana de doble espesor, de múltiples grados, de incontables grietas, esa membrana melancólica y vítrea, pero tan sensible, tan adecuada también, tan capaz de multiplicarse, de desmontarse, de volverse sobre sí con sus reverberaciones de grietas, de sentidos, de estupefacientes, de irrigaciones penetrantes y venosas, entonces todo esto les parecerá bien, y ya no será preciso que yo hable.

18 mar. 2015

Antonin Artaud – Carta al señor legislador de la ley de estupefacientes

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Antonin Artaud – Carta al señor legislador de la ley de estupefacientes


Señor legislador

Señor legislador de la ley de 1916 aprobada por decreto de julio de 1917 sobre estupefacientes, usted es un castrado.

Su ley sólo sirve para fastidiar la farmacia del mundo sin beneficio alguno para el nivel toxicómano de la nación porque

1° La cantidad de toxicómanos que se proveen en las farmacias es insignificante;

2° Los auténticos toxicómanos no se proveen en las farmacias;

3° Los toxicómanos que se proveen en las farmacias son todos enfermos;

4° La cantidad de toxicómanos enfermos es insignificante en comparación con la de los toxicómanos voluptuosos;

5° Las reglamentaciones farmacéuticas de la droga jamás reprimirán a los toxicómanos voluptuosos y organizados;

6° Nunca dejará de haber traficantes;

7° Nunca dejará de haber toxicómanos por vicio, por pasión;

8° Los toxicómanos enfermos tienen un derecho imprescriptible sobre la sociedad y es que los dejen en paz. Es por sobre todas las cosas un asunto de con ciencia.

La ley de estupefacientes deja en manos del inspector-usurpador de la salud pública el derecho de disponer del sufrimiento de los hombres; es una arrogancia peculiar de la medicina moderna pretender imponer sus reglas a la conciencia de cada uno. Todos los berridos oficiales de la ley no tienen poder para actuar frente a este hecho de conciencia: a saber que soy mucho más dueño de mi sufrimiento que de mi muerte. Todo hombre es juez, y único juez, del grado de sufrimiento físico, o también de vacuidad mental que pueda verdaderamente tolerar.

Lucidez o no, hay una lucidez que nunca ninguna enfermedad me podrá arrebatar es la lucidez que me dicta el sentimiento de mi vida física. Y si yo he perdido mi lucidez la medicina no tiene nada más que hacer que darme las sustancias que me permitan recuperar el uso de esta lucidez.

Señores dictadores de la escuela farmacéutica de Francia ustedes son unos sucios pedantes y hay algo que debieran considerar mejor: el opio es esa imprescriptible y suprema sustancia que permite reenviar a la vida de su alma a aquellos que han tenido la desgracia de haberla perdido. Hay un mal contra el cual el opio es irreemplazable y este mal se llama Angustia, en su variante mental, médica, psicológica, lógica o farmacéutica, como a ustedes les guste.

La Angustia que hace a los locos.

La Angustia que hace a los suicidas.

La Angustia que hace a los condenados. La Angustia que la medicina desconoce. La Angustia que su doctor no entiende. La Angustia que arranca la vida.

La Angustia que corta el cordón umbilical de la vida.

Por su infamia ustedes dejan en manos de gente en la que no tengo ninguna confianza, castrados en medicina, farmacéuticos de mierda, jueces fraudulentos, parteras, doctores, inspectores doctorales, el derecho a disponer de mi angustia, de una angustia que en mí es tan mortal como las agujas de todas las brújulas del infierno.

¡Convulsiones del cuerpo o del alma, no existe sismógrafo humano que permita a quien me mire, llegar a una evaluación de mi sufrimiento más exacta que aquella fulminante de mi espíritu!

Toda la incierta ciencia de los hombres no es superior al conocimiento inmediato que puedo tener de mi ser. Soy el único juez de lo que hay en mí.

Regresen a sus cuevas, médicos parásitos, y usted también señor Legislador Moutonnier que usted no delira por amor de los hombres sino por tradición de imbecilidad. Su ignorancia total de ese que es un hombre sólo es equiparable a su idiotez pretendiendo limitarlo. Deseo que su ley caiga sobre su padre, su madre, su mujer y sus hijos y toda su posteridad. Mientras tanto yo aguanto su ley.


En El ombligo de los limbos
Imagen: Denise Colomb

7 mar. 2015

Descarga: Antonin Artaud - Heliogábalo o el anarquista coronado

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Descarga: Antonin Artaud - Heliogábalo o el anarquista coronado

“He aquí el libro más violento de la literatura contemporánea; pero de una violencia hermosa y regeneradora. Quien no haya leído ‘Heliogábalo’, no ha logrado alcanzar el fondo mismo de nuestra literatura salvaje”. (Le Clézio).

3 mar. 2015

Descarga: Antonin Artaud - El ombligo de los limbos & El pesa-nervios

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Descarga: Antonin Artaud - El ombligo de los limbos & El pesa-nervios

Antonin Artaud (1895-1948) es uno de esos turbadores personajes de la poesía y el arte contemporáneo al que nunca podremos clasificar ni juzgar con ecuanimidad. Considerado uno de los grandes del siglo, su labor entre los hombres fue la de explorarse a sí mismo, una aterradora, obsesiva e implacable búsqueda de la verdad intrínseca que le llevó a los estados más calamitosos de abandono vital, de debilidad y autodestrucción.

Estos libros, fundamentales en su obra poética, son contemporáneos a sus primeros contactos con el surrealismo francés y están marcados por su alucinante filosofía.

2 mar. 2015

Antonin Artaud - El teatro y la peste

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Antonin Artaud - El teatro y la peste
Artaud por Man Ray (1926)


Cuando la peste se establece en una ciudad, las formas regulares se derrumban. Nadie cuida los caminos; no hay ejército, ni policía, ni gobiernos municipales; las piras par quemar a los muertos se encienden al azar, con cualquier medio disponible. Todas las familias quieren tener la suya. Luego hay cada vez menos maderas, menos espacio, y menos llamas, y las familias luchan alrededor de las piras, y al fin todos huyen, pues los cadáveres son demasiado numerosos. Ya los muertos obstruyen las calles en pirámides ruinosas, y los animales mordisquean los bordes. El hedor sube en el aire como una llama. El amontonamiento de los muertos bloquea calles enteras. Entonces las casas se abren, y los pestíferos delirantes van aullando por las calles con el peso de visiones espantosas. Otros apestados, sin bubones, sin delirios, sin dolores, sin erupciones, se miran orgullosamente en los espejos, sintiendo que revientan de salud, y caen muertos con las bacías en la mano, llenos de desprecio por las otras víctimas.

La hez de la población, aparentemente inmunizada por la furia de la codicia, entra en las casas abiertas y echa mano a riquezas, aunque sabe que no podrá aprovecharlas. Y en ese momento nace el teatro. El teatro, es decir la gratuidad inmediata que provoca actos inútiles y sin provecho.

Pero si se necesita un flagelo poderoso para revelar esta gratuidad frenética, y si ese flagelo se llama la peste, quizá podamos determinar entonces el valor de esa gratuidad en relación con nuestra personalidad total. El estado del apestado que muere sin destrucción de materias, con todos los estigmas de un mal absoluto y casi abstracto, es idéntico al del actor, penetrado integralmente por sentimientos que no lo benefician ni guardan relación con su condición verdadera. Todo muestra en el aspecto físico del actor, como en el del apestado, que la vida ha reaccionado hasta el paroxismo; y, sin embargo, nada ha ocurrido.

Pero así como las imágenes de la peste, en relación con un potente estado de desorganización física, son como las últimas andanadas de una fuerza espiritual que se agota, las imágenes de la poesía en el teatro son una fuerza espiritual que inicia su trayectoria en lo sensible y prescinde de la realidad.

Si admitimos esta imagen espiritual de la peste, descubriremos en los humores del apestado el aspecto material de un desorden que, en otros planos, equivale a los conflictos, a las luchas, a los cataclismos y a los desastres que encontramos en la vida. Y así como no es imposible que la desesperación impotente y los gritos de un lunático en un asilo lleguen a causar la peste, por una suerte de reversibilidad de sentimientos e imágenes, puede admitirse también que los acontecimientos exteriores, los conflictos políticos, los cataclismos naturales, el orden de la revolución y el desorden de la guerra, al pasar al plano del teatro, se descarguen a sí mismos en la sensibilidad del espectador con toda la fuerza de una epidemia.

San Agustín en La ciudad de Dios, lamenta esta similitud entre la acción de la peste que mata sin destruir órganos, y el teatro, que, sin matar, provoca en el espíritu, no ya de un individuo sino de todo un pueblo, las más misteriosas alteraciones.

“Sabed –dice-, quienes lo ignoráis, que esas representaciones, espectáculos pecaminosos, no fueron establecidos en Roma por los vicios de los hombres, sino por orden de vuestros dioses. Sería más razonable rendir honores divinos a Escipión* que a dioses semejantes; ¡valían por cierto menos que su pontífice!

“Para apaciguar la peste que mataba los cuerpos, vuestros dioses reclamaron que se les honrara con esos espectáculos, y vuestro pontífice, queriendo evitar esa peste que corrompe las almas, prohibe hasta la construcción del escenario. Si os queda aún una pizca de inteligencia y preferís el alma al cuerpo, mirad a quién debéis reverenciar; pues la astucia de los espíritus malignos, previendo que iba a cesar el contagio corporal, aprovechó alegremente la ocasión para introducir un flagelo mucho más peligroso, que no ataca el cuerpo sino las costumbres. En efecto, es tal la ceguera, tal la corrupción que los espectáculos producen en el alma, que aún en estos últimos tiempos gentes que escaparon del saqueo de Roma y se refugiaron en Cartago, y a quienes domina esta pasión funesta, estaban todos los días en el teatro, delirando por los histriones”.

Es inútil dar razones precisas de ese delirio contagioso. Ante todo importa admitir que, al igual que la peste, el teatro es un delirio, y es contagioso.

El espíritu cree lo que ve y hace lo que cree: tal es el secreto de la fascinación. Y el texto de San Agustín no niega en ningún momento la realidad de esta fascinación.

Sin embargo, es necesario redescubrir ciertas condiciones para engendrar en el espíritu un espectáculo capaz de fascinarlo: y esto no es simplemente un asunto que concierna al arte. Pues el teatro es como la peste y no sólo porque afecta a importantes comunidades y las transforma en idéntico sentido. Hay en el teatro, como en la peste, algo a la vez victorioso y combativo.

La peste toma imágenes dormidas, un desorden latente, y los activa de pronto transformándolos en los gestos más extremos; y el teatro toma también gestos y los lleva a su paroxismo. Como la peste, rehace la cadena entre lo que es y lo que no es, entre la virtualidad de lo posible y lo que ya existe en la naturaleza materializada. Redescubre la noción de las figuras y de los arquetipos, que operan como golpes de silencio, pausas, intermitencias del corazón, excitaciones de la linfa, imágenes inflamatorias que invaden la mente bruscamente despierta. El teatro nos restituye todos los conflictos que duermen en nosotros, con todos sus poderes, y da esos poderes nombres que saludamos como símbolos; y he aquí que ante nosotros se desarrolla una batalla de símbolos, lanzados unos contra otros en una lucha imposible; pues sólo puede haber teatro a partir del momento en que se inicia realmente lo imposible, y cuando la poesía de la escena alimenta y recalienta los símbolos realizados.

Una verdadera pieza de teatro perturba el reposo de los sentidos, libera el inconsciente reprimido, incita a una especie de rebelión virtual (que por otra parte sólo ejerce todo su efecto permaneciendo virtual) e impone a la comunidad una actitud heroica y difícil.
*Escipión Nasica, gran pontífice, que ordenó nivelar los teatros de Roma, y tapar con tierra sus sótanos.

En
El teatro y su doble
Trad. Enrique Alonso


18 oct. 2014

Descarga: Antonin Artaud - Obras

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Descarga: Antonin Artaud - Obras

Contiene:

El teatro y su doble
Fragmentos de un diario del infierno
Heliogábalo o el anarquista coronado
Carta a los poderes
Cuadernos de Rodez
El momo
el ombligo de los limbos
El suicidado por la sociedad
El teatro y la peste
En plena noche o el bluff surrealista
Para terminar con el juicio de Dios

22 mar. 2007

René Char: Antonin Artaud

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No tengo voz para elogiarte, hermano mío.
Si me inclinara sobre tu cuerpo que la claridad va a dispersar,
Tu risa me rechazaría.
El corazón entre nosotros, durante lo que se llama impropiamente una hermosa tormenta,
Da en tierra varias veces,
Mata, cava e incendia,
Luego renace más tarde en la dulzura del hongo.
No necesitas un muro de palabras para exaltar tu verdad,
Ni las volutas del mar para ungir tu profundidad,
Ni de esta mano febriciente que nos rodea la muñeca,
Y suavemente nos conduce a derribar un bosque
En donde el hacha son nuestras entrañas.
Está bien. Vuelve al volcán,
Y nosotros,
Que lloremos, asumamos tu relevo o preguntemos:
"¿Quién es Artaud?' a esa espiga de dinamita de la que ningún grano
se separa,
Para nosotros, nada habrá cambiado,
Nada, sino esta quimera viviente del infierno que se despide
de nuestra angustia.


(París, 8 de marzo de 1948)

Les Matinaux, 1950


8 mar. 2007

Blanchot Sobre Artaud

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A los veintisiete años, Artaud envía algunos poemas a una revista. El director de ésta los rechaza con cortesía. Artaud trata entonces de explicar por qué tiene apego a esos poemas deficientes; y es que sufre de tal abandono de pensamiento, que no puede abandonar las formas, aunque sean insuficientes, conquistadas sobre esa inexistencia central. ¿Qué valen los poemas de esa manera obtenidos? Sigue luego un intercambio de cartas y, Jacques Rivière, el director de la revista, le propone de repente publicar las cartas escritas en relación con esos poemas impublicables (pero esta vez admitidos en parte, y que aparecerán como ejemplo y testimonios). Artaud acepta, con la condición de no manipular la realidad. Se trata de la célebre correspondencia con Jacques Rivière, un acontecimiento de gran importancia.

¿Se dio cuenta Jacques Rivière de esa anomalía? Poemas que considera insuficientes a indignos de ser publicados, dejan de serlo cuando son completados por el relato de la experiencia de su insuficiencia. Como si lo que les faltara, su defecto, se convirtiera en plenitud y acabamiento por la expresión abierta de esa falta y la profundización de su necesidad. Jacques Rivière se interesa, más que por la obra misma, por la experiencia de la obra, por el movimiento que conduce hasta ella, y por el rastro anónimo, oscuro que ella representa con torpeza. Más aún, el fracaso, que sin embargo no lo atrae tanto como atraería luego a quienes escriben y a quienes leen, se convierte en el signo sensible de un acontecimiento central del espíritu sobre el cual las explicaciones de Artaud arrojan una luz orprendente. Nos encontramos, pues, en los comienzos de un fenómeno al cual parecen estar vinculadas la literatura y aun el arte: la existencia de un poema que no tenga por "sujeto" tácito o manifiesto su realización como poema, y el hecho de que el movimiento del cual proviene la obra sea aquello con vistas a lo cual la obra es a veces realizada y a veces sacrificada.

Recordemos aquí la carta de Rilke, escrita unos quince años antes: "Cuanto más lejos vamos, más personal, más única se vuelve la vida. La obra de arte es la expresión necesaria, irrefutable, definitiva para siempre, de esa realidad única [...] En ello reside la ayuda prodigiosa que ofrece a quien se ve obligado a producirla [...] Ello nos explica en forma segura que debemos entregamos a las pruebas más extremas, pero también, según parece, no pronunciar una palabra antes de hundirnos en nuestra obra, no aminorarlas hablando de ellas; pues lo único, lo que nadie podría comprender y no tendría el derecho de comprender, esa especie de extravío que nos es propio, sólo podría resultar válido si se insertara en nuestro trabajo para revelar su ley, único dibujo original que torna visible la transparencia del arte".

Rilke entiende, pues, que jamás se debe comunicar en forma directa la experiencia de donde nos viene la obra, esa prueba extrema que sólo posee valor y verdad cuando se encuentra hundida en la obra en que aparece, visible-invisible bajo la luz distante del ante. ¿Pero el propio Rilke mantuvo siempre esa reserva? ¿Y no la formuló precisamente para quebrarla a la vez que la protegía, sabiendo, además, que ni él ni nadie tenían el poder de quebrarla, sino sólo el de mantenerse en relación con ella? Esa especie de extravío que nos es propio...


La imposibilidad de pensar qué es el pensamiento

La comprensión, la atención, la sensibilidad de Jacques Rivière son perfectas. Pero en el diálogo, la parte de malentendido se mantiene evidente, aunque difícil de delimitar. Artaud, en esa época todavía muy paciente, vigila constantemente el malentendido. Ve que su corresponsal trata de tranquilizarlo prometiéndole para el futuro la coherencia que le falta, o mostrándole que la fragilidad del espíritu es necesaria para el espíritu. Pero Artaud no desea que lo tranquilicen. Se encuentra en contacto con algo tan grave, que no puede sufrir que se lo atenúen. Y es que también siente la relación extraordinaria, y para él casi increíble, entre el derrumbe de su pensamiento y los poemas que logra escribir, a pesar de esa "verdadera disminución". Por una parte, Jacques Rivière desconoce el carácter de excepción del suceso y, por la otra, desconoce lo que hay de extremo en esas obras del espíritu, producidas a partir de la ausencia de espíritu.

Cuando escribe a Rivière con una serena penetración que llama la atención de su corresponsal, Artaud no se sorprende de tener en ese caso dominio sobre lo que quiere decir. Sólo los poemas lo exponen a la pérdida central del pensamiento de que sufre, angustia que más tarde recuerda con agudas expresiones y, por ejemplo, con esta forma: "Hablo de la ausencia de agujero, de una especie de sufrimiento frío y sin imágenes, sin sentimiento, y que es como un choque indescriptible de abortos". ¿Por qué, entonces, escribe poemas? ¿Por qué no conformarse con ser un hombre que utiliza su para los fines corrientes? Todo indica que la poesía, vinculada para él "a esa especie de erosión, a la vez esencial y fugaz, del pensamiento", y comprometida, por lo tanto, esencialmente, en esa pérdida central, le proporciona también la certidumbre de ser la única expresión posible de ese pensamiento, y en cierta medida le promete salvar esa pérdida, salvar su pensamiento en la medida en que está perdido. Y así dirá, con un movimiento de impaciencia y soberbia: "Soy quien mejor ha sentido el desconcierto anonadador de su lengua en sus relaciones con el pensamiento [...] En verdad, me pierdo en mi pensamiento tal como cuando se sueña, como cuando se vuelve a entrar súbitamente en el pensamiento. Soy el que conoce los rincones de la pérdida".

No le importa "pensar justo, ver justo", tener pensamientos bien eslabonados, adecuados, bien expresados, aptitudes, todas, que está seguro de poseer. y se muestra irritado cuando los amigos le dicen: piensas muy bien, pero es un fenómeno muy corriente que le falten a uno las palabras. ("A veces se me ve demasiado brillante en la expresión de mis insuficiencias, de mi deficiencia profunda y de la impotencia que acuso, para creer que no sea imaginaria y fabricada en todas sus piezas.") Sabe, con la profundidad que le da la experiencia del dolor, que pensar no es tener pensamientos, y que los pensamientos que tiene le hacen sentir que "todavía no ha comenzado a pensar". Ese es el grave tormento en que se retuerce. Parece como si hubiera tocado, a despecho de sí mismo y por un error patético del cual provienen sus gritos, el punto en el cual pensar es ya, siempre, no poder pensar todavía: "impoder", según su palabra, que es como esencial del pensamiento, pero que hace de éste una falta de extremo dolor, un incumplimiento que irradia en seguida a partir de ese centro y que, al consumar la sustancia física de lo que él piensa, se subdivide en todos los planos en muchas imposibilidades particulares.

Que el pensamiento se encuentre vinculado a esa imposibilidad de pensar que es el pensamiento, he ahí la verdad que no se puede descubrir, pues siempre se desvía y lo obliga a experimentarla por debajo del punto en que verdaderamente la experimentaría. No se trata sólo de una dificultad metafísica, sino que es el embeleso de un dolor, y la poesía es ese perpetuo dolor, es "la sombra" y "la noche del alma", "la ausencia de voces para gritar".

En una carta escrita una veintena de años después, cuando ha pasado por pruebas que han hecho de él un ser difícil y ardiente, dice con la mayor sencillez: "Me inicié en la literatura escribiendo libros para decir que en modo alguno podía escribir. Cuando tenía algo que escribir, mi pensamiento era lo que más se me negaba". Y luego: "Nunca escribí como no fuese para decir que jamás había hecho nada y nada podía hacer, y que si hacía algo, en realidad nada hacía. Toda mi obra fue construida sobre la nada, y era imposible que no fuera así..." El sentido común preguntará entonces: ¿pero por qué, si nada tiene que decir, no dice, en efecto, nada? Y es que resulta posible conformarse con decir nada cuando nada es sólo casi nada, pero aquí parece que se trata de una nulidad tan radical que, por la desmesura que representa, el peligro al cual conduce y la tensión que provoca, exige, como para liberarse de todo ello, la formación de una palabra inicial por medio de la cual se aparten las palabras que dicen algo. Quien nada tiene que decir, ¿cómo no se esforzaría en comenzar a hablar y expresarse? " ¡Pues bien, mi debilidad y mi absurdo consisten en querer escribir y expresarme a cualquier precio! Soy un hombre que sufrió mucho del espíritu, y con ese título tengo el derecho de hablar."


Descripción de un combate

A ese vacío que su obra -por supuesto, no es una obra - exaltará y denunciará, atravesará y conservará, Artaud se aproximará por medio de un movimiento cuya autoridad le es propia. Al comienzo, frente a ese vacío, trata todavía de recuperar cierta plenitud de la cual cree estar seguro, y que lo pondría en contacto con su riqueza espontánea, con la integridad de su sentimiento y con una adhesión tan perfecta a la continuidad de las cosas, que en él ya se cristaliza en poesía. Tiene, cree tener esa "facilidad profunda", así como la abundancia de formas y de palabras propias para expresarla. Pero "en el momento en que el alma se apresta a organizar su riqueza, sus descubrimientos, esa revelación, en el inconsciente minuto en que la cosa está a punto de emanar, una voluntad superior y maligna ataca el alma como un vitriolo, ataca la masa palabra-e-imagen, ataca la masa del sentimiento, y me deja jadeando como en las puertas mismas de la vida".

Es posible decir que Artaud es aquí víctima de la ilusión de lo inmediato; es fácil decirlo; pero todo comienza con la manera en que resulta apartado de ese inmediato que él llama "vida"; no por un nostálgico desvanecimiento o por el abandono insensible de un sueño. Muy al contrario, por una ruptura tan evidente, que introduce en el centro de él mismo la afirmación de una perpetua sustracción que se convierte en lo que tiene de más propio, y en algo así como la sorpresa atroz de su verdadera naturaleza.

Y así, por medio de una profundización segura y dolorosa, llega a invertir los términos de ese movimiento y a colocar en primer lugar la desposesión, y no ya la "totalidad inmediata" de la cual esa desposesión aparecía al comienzo como la simple falta. Lo primero no es la plenitud del ser, sino la grieta y la fisura, la erosión y el desgarramiento, la intermitencia y la privación corrosiva; el ser no es el ser, sino esa falta del ser, falta viviente que hace que la vida sea inacabada, inaprehensible a inexpresable, a no ser por el grito de una feroz abstinencia.

Quizá cuando creía poseer la plenitud de "la realidad inseparable", Artaud no hizo otra cosa que discernir el espesor de la sombra proyectada a sus espaldas por ese vacío, pues era la plenitud total, único testimonio en él de la formidable potencia que la niega, negación desmesurada, siempre en funciones y capaz de una infinita proliferación de vacío. Presión tan terrible, que lo expresa, a la vez que exige que se consagre por entero a producirla y a mantener su expresión.

Y sin embargo, en la época de la correspondencia con Jacques Rivière, y cuando todavía escribe poemas, conserva manifiestamente la esperanza de hacerse igual a sí mismo, igualdad que los poemas están destinados a restaurar en el momento en que la arruinan. Dice entonces que "piensa en una tasa inferior"' "estoy por debajo de mí, lo sé y sufro por ello". Y más tarde dirá: "Esa antinomia entre mi facilidad profunda y mi dificultad exterior es la que me crea el tormento de que muero". Si en ese instante se siente ansioso y culpable, es por pensar por debajo de su pensamiento, que por lo tanto mantiene detrás de sí, en la certidumbre de su integridad ideal, de tal modo, que si la expresara, aunque sólo fuese con una única palabra, se revelaría en su grandeza verdadera, testigo absoluto de sí mismo. El tormento proviene de que no puede librarse de su pensamiento, y la poesía se conserva en él como la esperanza de saldar esa deuda que sin embargo no tiene más remedio que extender mucho más allá de los límites de su existencia. A veces se tiene la impresión de que la correspondencia con Jacques Rivière, el escaso interés de éste por las poesías y su interés por el problema central que Artaud es llevado a describir en exceso, desplazan el centro de la escritura. Artaud escribía contra el vacío y para esquivarlo. Ahora escribe exponiéndose a él y tratando de expresarlo y de extraer expresión de él.

Ese desplazamiento del centro de gravedad (que representan L'Ombilic des Limbes y Le pèse-nerfs) es la exigencia dolorosa que lo obliga -abandonando toda ilusión - a prestar atención a un solo punto. "Punto de ausencia y de inanidad" en tomo del cual vaga con una especie de lucidez sarcástica, de buen sentido astuto, y luego empujado por movimientos de sufrimiento en los cuales se escucha gritar a la desdicha, como antes sólo Sade supo gritar, y sin embargo, también como Sade, sin aceptar jamás, y con una fuerza combatiente que no deja de tener la medida de ese vacío que él abraza. "Querría superar ese punto de ausencia, de inanidad. Ese pataleo que me debilita, me vuelve inferior a todo y a todos. ¡ No tengo vida, no tengo vida! Mi efervescencia interna está muerta [...] No consigo pensar. Comprende lo que es ese hueco, esa intensa y durable nada? [...] No puedo avanzar ni retroceder. Estoy clavado, localizado en tomo de un punto que es siempre el mismo y que todos mis libros traducen."

No hay que cometer el error de leer, como si se tratara de los análisis de un estado psicológico, las descripciones precisas, seguras y minuciosas que nos propone. Son descripciones, pero las de un combate. El combate le es impuesto en parte. El “vacío" es un "vacío activo". El "no puedo pensar, no consigo pensar" es un llamado a un pensamiento más profundo, presión constante, olvido que, aunque no sufre de ser olvidado, exige, sin embargo, un olvido más perfecto. En adelante, pensar es siempre ese paso que se debe dar hacia atrás. El combate en que siempre resulta vencido se reanuda siempre más abajo. La impotencia no es nunca lo bastante impotente, lo imposible no es imposible. Pero al mismo tiempo, el combate es también el que Artaud quiere llevar a cabo, pues en esa lucha no renuncia a lo que llama la "vida" (ese brote, esa vivacidad fulgurante), cuya pérdida no puede tolerar, que quiere unir a su pensamiento; que, por una obstinación grandiosa y terrible, se niega en absoluto a distinguir del pensamiento, cuando éste no es otra cosa que la "erosión" de esa vida, la "demacración" de esa vida, la intimidad de ruptura y de perdición en la cual no hay vida ni pensamiento, sino el suplicio de una falta fundamental por la cual se afirma ya la exigencia de una negación más decisiva. Y todo vuelve a comenzar. Pues Artaud no aceptará jamás el escándalo de un pensamiento separado de la vida, inclusive cuando se entrega a la experiencia más directa y salvaje que nunca se haya hecho de la esencia del pensamiento entendida como separación, de esa imposibilidad que el pensamiento afirma contra sí mismo como límite de su infinita potencia.

Sufrir, pensar

Sería tentador comparar lo que nos dice Artaud con lo que nos dicen Hölderlin, Mallarmé: que la inspiración es ante todo ese punto puro en que nos falta. Pero es preciso resistirse a esa tentación de las afirmaciones demasiado generales. Cada poeta dice lo mismo, y sin embargo no es lo mismo; es lo único; lo sentirnos. La parte de Artaud le es propia. lo que dice es de una intensidad que no deberíamos respaldar. Aquí habla de un dolor que niega toda profundidad, toda ilusión y toda esperanza, pero que en ese rechazo ofrece al pensamiento el "éter de un nuevo espacio". Cuando leemos esas páginas, aprendemos lo que no llegamos a saber: que el hecho de pensar no puede por menos de ser trastornador; que lo que hay que pensar es, en el pensamiento, lo que se aparta de él y se agota inagotablemente en él; que sufrir y pensar se encuentran vinculados de manera secreta, pues si el sufrimiento -cuando se vuelve extremo - es tal que destruye la capacidad de sufrir, y destruye siempre, por delante de sí, en el tiempo, el tiempo en que podría ser recuperado y acabado como sufrimiento, es posible que lo mismo suceda con la poesía. Extrañas relaciones. ¿Es posible que el extremo pensamiento y el sufrimiento extremo abran el mismo horizonte? ¿Es posible que sufrir sea, en definitiva, pensar?


Maurice Blanchot
Traducción de Floreal Mazía
Zona Erógena. Nº 17. 1994
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