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28 oct. 2011

Paolo Virno - El virtuosismo. De Aristóteles a Glenn Gould

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El hecho de que el proceso laboral subsuma aquello que previamente garantizaba a la Acción pública, su inconfundible perfil, puede ser iluminado por una categoría antigua pero eficaz: el virtuosismo.

Considerando la acepción ordinaria, el «virtuosismo» alude a las capacidades peculiares de un artista ejecutante. Es virtuoso, por ejemplo, el pianista que nos deleita con una interpretación memorable de Schubert, el bailarín experimentado, el orador persuasivo, el profesor que no aburre nunca, o el sacerdote que da sermones sugestivos. Consideremos con atención lo que caracteriza la actividad de los virtuosos, es decir, de los artistas ejecutantes. En primer lugar, la de ellos es una actividad que se cumple —que tiene el propio fin— en sí misma, sin objetivarse en una obra perdurable, sin depositarse en un «producto terminado », o sea un objeto que sobrevive a la interpretación. En segundo lugar, es una actividad que exige la presencia de los otros, que existe sólo a condición de que haya un público.

Actividad sin obra: la interpretación de un pianista o un bailarín no deja tras de sí un objeto determinado, un «resto» de la ejecución que persiste cuando ésta concluye. Una actividad que exige la presencia de los otros: la performance tiene sentido sólo si se puede ver o escuchar. Intuitivamente, estas dos características son correlativas: el virtuoso necesita de la presencia de un público justamente porque no produce una obra, un objeto que se vaya de gira por el mundo cuando la actividad haya cesado. A falta de un producto específico y extrínseco, el virtuoso cuenta con los testimonios.

La categoría del virtuosismo está presente en la Ética Nicomachea, florece en el pensamiento político moderno —aún en el siglo XX— y ocupa un pequeño lugar en la crítica de la economía política de Marx. En la Ética Nicomachea, Aristóteles distingue el trabajo, o poiesis, de la acción política, o praxis, utilizando precisamente la noción de virtuosismo: el trabajo está marcado por la producción de un objeto, una obra separable de la acción; y la praxis está dada cuando la acción tiene el propio fin en sí misma. Aristóteles escribe:

El fin de la producción es distinto de la producción misma, mientras que el fin de la acción no podría serlo: porque la acción [entendida como conducta ética y como acción política] tiene el fin en sí misma.(1)

Retomando implícitamente a Aristóteles, Hannah Arendt compara a los artistas intérpretes, los virtuosos, con los que se dedican a la acción política. Ella escribe:

Las artes que no realizan ninguna «obra» tienen una gran afinidad con la política. Los artistas que las practican —bailarines, actores, músicos— necesitan de un público al que mostrar su virtuosismo, así como los hombres que actúan [políticamente] tienen necesidad de un espacio con estructura pública; y en ambos casos, la ejecución depende de la presencia de los otros.(2)

Se podría decir que toda acción política es virtuosa. De hecho, ésta comparte con el virtuosismo la contingencia, la ausencia de un «producto terminado», la inmediata e irreparable relación con la presencia de los demás. E inversamente, todo virtuosismo es intrínsecamente político. Piensen por ejemplo en el caso de Glenn Gould.(3) Este gran pianista detestaba, paradójicamente, los rasgos distintivos de su actividad como intérprete: detestaba la exhibición en público. Durante toda su vida combatió contra la «politicidad» implícita en su actividad. A un cierto punto, Gould declaró que quería «abandonar la vita activa», es decir la exposición a los ojos de los otros —recuerden que vita activa es la denominación tradicional de la política. Para tornar apolítico su virtuosismo, trató de acercar lo más posible su actividad de artista ejecutante al trabajo propiamente dicho, que deja tras de sí productos extrínsecos. Esto significó encerrarse en un estudio de grabación y convertir la producción de discos —por otro lado, excelentes— en la «obra» Para evadir la dimensión público-política, esencial al virtuosismo, él tuvo que fingir que sus ejecuciones magistrales producían un objeto definido —independiente de la ejecución misma. Allí donde hay una obra, un producto autónomo, allí hay trabajo, no virtuosismo ni, por lo tanto, política.

También Marx habla de pianistas, oradores, bailarines, etcétera, en algunos de sus textos más significativos: en el Capítulo VI inédito (4) y después, en términos casi idénticos, en las Teorías de la plusvalía.(5) Marx distingue allí en el trabajo intelectual dos clases. Por un lado, la actividad inmaterial o mental que «resulta en mercancías que tienen una existencia independiente del productor [...] libros, cuadros, objetos de arte en general diferentes de la prestación artística de quien los escribe, pinta o crea».(6) Esta es la primera clase de trabajo intelectual. Por otro lado —escribe Marx—, se consideran todas las actividades en las que «el producto es inseparable del acto de producir»,(7) es decir, las actividades que se cumplen en sí mismas, sin objetivarse en una obra que trascienda la acción. Se trata de la misma distinción entre producción material y acción política ilustrada ya por Aristóteles. Sólo que Marx no se preocupa aquí por la acción política, sino que analiza dos figuras del trabajo. Él aplica la distinción entre actividad-con-obra y actividad-sin-obra a diversos tipos de poiesis. La segunda clase de trabajo intelectual —las actividades en las que «el producto es inseparable del acto de producir »— comprende, según Marx, todos los trabajos que se resuelven en una ejecución virtuosa: pianistas, mayordomos, bailarines, profesores, oradores, médicos, curas, etcétera.

Ahora bien, si el trabajo intelectual que produce una obra no nos presenta demasiados problemas, el trabajo sin obra —cabalmente virtuoso— pone a Marx en un aprieto. El primer tipo de trabajo intelectual se acomoda sin duda a la definición de «trabajo productivo». ¿Y el segundo tipo? Por otro lado, para Marx, trabajo productivo no es trabajo subordinado, fatigante o humilde, sino solamente trabajo que produce plusvalía. Por supuesto que también las prestaciones virtuosas pueden producir plusvalía: la actividad del bailarín, del pianista, etcétera, si está organizada en forma capitalista, puede ser fuente de ganancias. Pero Marx está preocupado por la gran similitud entre la actividad del artista ejecutante y las tareas serviles que, además de ingratas y frustrantes, no producen plusvalía y, por lo tanto, ingresan en el ámbito del trabajo improductivo. Trabajo servil es aquel por el cual no se invierte capital, sino que se gasta un rédito —como en los servicios personales de un mayordomo. Los trabajadores «virtuosos», según Marx, si por un lado representan una excepción poco significativa desde el punto de vista cuantitativo, por el otro, y esto es lo que más cuenta, convergen casi siempre en el trabajo servil/improductivo. Esta convergencia es ratificada justamente por el hecho de que su actividad no da lugar a una obra independiente: allí donde falta un producto finito autónomo, no se realiza un trabajo productivo —de plusvalía. De hecho, Marx acepta la ecuación trabajo-sin-obra igual a servicios personales. En conclusión, el trabajo virtuoso es, para Marx, «trabajo asalariado que no es al mismo tiempo trabajo productivo».(8)

El virtuosismo se abre a dos alternativas: o incorpora las características estructurales de la actividad política —ausencia de una obra, exposición a la presencia de otros, contingencia, etcétera—, como sugieren Aristóteles y Hannah Arendt o, como supone Marx, adopta la semblanza del «trabajo asalariado que aún no es trabajo productivo». Esta bifurcación se quiebra cuando el trabajo productivo, en su totalidad, toma los rasgos peculiares del artista ejecutante. En el postfordismo, quien produce plusvalía se comporta —desde el
punto de vista estructural, bien entendido— como un pianista, un bailarín, es decir, como un hombre político. En relación a la producción contemporánea, la observación de Arendt sobre la actividad de los artistas intérpretes y los hombres políticos es clara: para trabajar es necesario un «espacio con estructura pública». En el postfordismo, el Trabajo reclama un «espacio con estructura pública» y se parece a una ejecución virtuosa —sin obra. A este espacio estructurado públicamente, Marx lo llama «cooperación». Se
podría decir que, a cierto nivel de desarrollo de las fuerzas productivas sociales, la cooperación laboral introyecta la comunicación verbal, asemejándose a una performance virtuosa, o a un complejo de acciones políticas.

¿Recuerdan el famosísimo texto de Max Weber sobre la política como profesión?(9)Weber enumera una serie de dotes que distinguen al hombre político: saber poner en peligro la salud de la propia alma, lograr un equilibrio justo entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad, dedicarse al objetivo, etcétera. Habría que releer este texto en relación al toyotismo, al trabajo basado en el lenguaje, a la movilización productiva de las facultades cognitivas. La sabiduría de Weber nos habla de las dotes que requiere, hoy, la producción material.


1. Aristóteles, Etica Nicomachea, Madrid, Gredos, 1998, VI, 1139b.
2. H. Arendt, Between Past and Future: six Exercises in Political Thought, 1961, p 206; trad. esp., Entre el pasado y el futuro. Seis ejercicios de pensamiento político, Barcelona, Península, 1998
3. G. Gould, The Glenn Gould Reader, 1984, pp 15-24; trad. esp., Escritos críticos, Turner, 1989; y M. Schneider, Glenn gould. Piano solo. Aria et trente variations, 1989; trad. esp., Glenn Gould. Piano solo, Ediciones Versal, 1990.
4. K. Marx, Sechstes Kapitel. Resultate des unmittelbaren Produktionsprozesses, 1933 (post), p. 83; trad. esp., El capital. Libro I. Sexto capítulo (inédito). Resultados del proceso inmediato de producción, Barcelona, Siglo XXI editores, 1971.
5. K. Marx, Theorien über den Mehrwer, 1905 (post.), vol. I, pp. 357-358; trad. esp, Teorías de la plusvalía, México, FCE, 1977.
6. K. Marx, Sechstes Kapitel. Resultate..., op. cit., p. 83.
7. Ibidem.
8. K. Marx, Theorien über..., op. cit. , p. 358.
9. M. Weber, Politik als beruf, 1919, pp. 133-135; trad. esp., La política como profesión, Madrid, Espasa Calpe, 2001.



En Gramática de la multitud
Traducción: Adriana Gómez