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23 nov. 2010

Aharon Appelfeld: Literatura y felicidad posible

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Presentación y traducción:
Luciano Tanto


Foto: Aharon Appelfeld (Paris 2006)

por Sophie Bassouls (Corbis)



Israel es la cisura política del mundo, o al menos la más dramática y contradictoria, consecuencia de una larga historia de prejuicios y santas maldiciones cuyas principales características son el malentendido permanente y cambiantes dosis de odio.

Entender este fenómeno es un desafío para toda conciencia libre y autónoma interesada en desentrañar la significación de la realidad.





En julio pasado se realizó en Milán la undécima edición de la Milanesiana, muestra dedicada a la cultura en general, pero en especial a la literatura. En el programa de este año figuraba el escritor israelí Aharon Appelfeld, quizás el más importante autor de un país de notables escritores y sin duda uno de los más trascendentes de la actualidad mundial, que además recibió el premio “Rosa d’oro” que la muestra entrega anualmente a un invitado especial.


El título general de la muestra fue “Las paradojas”. El texto de Appelfeld (Las paradojas de la vida) fue leído por el propio autor en el marco de un panel que también integraba el novelista y guionista Richard Price (La vida fácil, la serie de tv “The wire”).

Aharon Appelfeld nació en 1932 el seno de una familia de lengua y cultura alemanas, en la ciudad de Chernovitz, Bucovina del Norte, actual Ucrania pero en ese momento parte de Rumania, en el mismo barrio en el que vivió el poeta Paul Celan.


A los 8 años presenció el asesinato de su madre a manos de los nazis, antes de ser deportado con su padre a un campo de concentración en Transnistria, de donde consiguió huir. En 1949 emigró a Israel, donde vive desde entonces.

Se tituló en la Universidad de Jerusalén y enseñó en la Universidad Ben Gurion del Negev. En sus libros trata el tema de la shoá y de la Europa de antes y después de la guerra. Escribe en hebreo y entre sus obras más importantes figuran Vía férrea (1991, National Jewish Bokk Award), Katerina (1989) y Badenheim 1939 (1979).

El texto leído por Appelfeld en la Milanesiana fue anticipado por el diario La Stampa de Turín el 16 de julio de este año como Con ladrones, en los bosques, aprendí a ser escritor. Hoy lo reproducimos bajo el título que A.A. le diera.




La paradoja de mi vida

Con vuestro permiso, señoras y señores, no trataré la definición de paradoja. La lengua de los escritores es casi siempre concreta, alejada de la abstracción. Querría en cambio compartir con ustedes algunas paradojas de mi vida, y procederé en forma cronológica.


Nací en 1932, un año antes de la llegada de Hitler al poder. Mis padres eran judíos asimilados, partícipes de la lengua y la cultura alemanas: para ellos el judaísmo era una especie de anacronismo, del cual lo mejor era mantenerse distanciados.

Cuando tenía tres años, mis padres hicieron venir de Viena a una institutriz, para que mis oídos escucharan la correcta pronunciación que se usaba en la capital. Los judíos asimilados estaban seguros de que el régimen de Hitler sería pasajero y que en un año o dos habría desaparecido.

Bella irradiaba a su alrededor una magia cada vez más atemorizante. Al final la dejé ir. Ahora sé que no ha habido ninguna mujer que me conociera como ella. Desde entonces he tenido muchas mujeres, algunas cautivadoras, pero sólo con Bella conocí el verdadero mutismo. Hoy sé que hay mucha hipocresía en las palabras. Sólo alguien callado me inspira confianza (Vía férrea, Buenos Aires, Losada, 2005, pág. 25)

La filosofía y la música alemanas, para no hablar de la literatura, en cuanto máxima expresión cultural de la humanidad, habrían derrotado a la vulgaridad y la violencia, el expansionismo y la sed homicida.

Nací en la Bucovina, una de las provincias más renombradas del imperio de los Habsburgo por mérito de su capital, Chernovitz.
Distinta de las metrópolis, la provincia había conservado cierto candor, nutrido por la certeza de que la cultura tiene en sí misma la fuerza para salvar al hombre incluso de los demonios que se esconden bajo aspecto humano. Nadie podía imaginar lo que estaba por suceder.

En 1941 los alemanes invadieron la Bucovina: yo tenía ocho años y medio, era hijo único, ya podía leer los libros de Karl May, hablaba el alemán sin cometer errores y quien me escuchara no podía pensar que provenía de una familia judía de la provincia. Iba quedando en claro mientras tanto que nos encaminábamos hacia una tragedia inminente; aún así mis padres seguían sintiéndose seguros de que a los judíos que hablaban alemán no les harían mal alguno. Nos dejarían salir del ‘ghetto’ en libertad.

Lo que sucedió en los ‘ghettos’ y en los campos es sabido y no necesita dilucidaciones de mi parte. Mi madre fue asesinada y fui separado de mi padre. Tenía nueve años. Esa lengua que mis padres cultivaban con tanto amor se transformó súbitamente en la lengua de los asesinos. Faltaba poco para la efectiva ‘solución final’.

Escapé del campo, me escondí en los bosques y fui adoptado por una banda de ladrones ucranianos. No fue la lengua alemana la que me salvó en esa vida de prófugo, sino el ucraniano que me había enseñando nuestra doméstica.
En lugar de la exclusiva escuela privada que había frecuentado, debí aprender de esa escuela de ladrones: hablaban poco, rumiaban sus enojos, murmuraban, pegaban.

Mi aspecto me ocultaba: era un niño rubio que obedecía todas las órdenes sin chistar. Aprendí a mi vez a hablar poco y nada, a vigilar a mi alrededor y a escuchar. Quizás ese ejercicio sirvió para mi formación como escritor. Viviendo en los bosques, se desarrollan virtudes que pertenecen a los animales: oído fino, mirada aguda, olfato eficiente. La capacidad de pensamiento se reduce, pero en la espesura tus sentidos son la única guía.

Salí y encendí la menorá de la sinagoga. Mi abuelo quería acercarme desde pequeño a la oración, pero no supo cómo hacerlo. Mi abuela leía conmigo las oraciones y yo estaba seguro de que sólo las mujeres sabían rezar (Op. cit., pág. 32).

Así fue que ese muchachito que hasta ese momento había vivido en casa acomodada, rodeado de libros y hermosos muebles, que iba con sus padres a conciertos y al teatro y a caminar en medio de la naturaleza, se transformó en una criatura de los bosques sometida a una banda de ladrones.


Aún hoy no termino de entender cómo pude vivir tal metamorfosis. Hay un viejo refrán judío según el cual ‘el hombre es más fuerte que el hierro’, que significa que si bien el hombre es carne y sangre, es capaz de enfrentar desafíos imposibles y sobrevivir. Aunque no sé si esto es una virtud o un defecto.


La burguesía judía formaba a sus hijos e hijas para que fueran médicos, abogados, banqueros. Pero los nazis instalaron como centro de mi existencia a mi judaísmo ‘biológico’. De esa identidad había escuchado hablar muy poco en mi casa, hasta que de golpe fui obligado a pasar por las encendidas ordalías de una colonia penal como en el homónimo relato de Kafka* el ‘ghetto’, el campo de concentración, los bosques. La sangre judía que corría en tus venas te condenaba a la humillación y la tortura: después de las cuales llegaba la muerte.

En 1944 la zona donde transcurría mi exilio fue liberada por la Armada Roja. La banda de ladrones se dispersó, cada cual volvió con su familia y yo quedé solo en el mundo. Tenía doce años. Pero el destino fue una vez más benévolo conmigo. La Armada Roja me adoptó como peón de cocina, y durante un año me quedé con los soldados. El temor que me había acompañado durante el año y medio precedente, el miedo de que los ladrones descubrieran mi verdadera identidad y me mataran o me entregaran a los alemanes, finalmente se alejó de mí.

En la Armada Roja había muchos soldados y oficiales judíos. Mi trabajo en la cocina no era ciertamente liviano, pero me sentía feliz avanzando junto a ese ejército victorioso, sirviendo sopa caliente a la tropa.


Quienes han leído los libros de Isaac Babel tiene clara idea de lo que era la Armada Roja. Obviamente la realidad llegaba mucho más allá que la imaginación artística. Aprendí pronto a beber vodka, a fumar y blasfemar: día y noche, entremezclado con los caballos se oían extensas y pintorescas imprecaciones. A mí me alcanzaba con poder comer, que a nadie se le ocurriera enviarme a cumplir peligrosas misiones, y que ser judío no fuera de por sí un peligro. Atravesé Europa entera con la Armada Roja. ¿Y qué pensaba en ese período? Mi impresión es que había dejado de pensar. Mis tareas en la cocina alcanzaban para llenar mis días.

…Yo no quiero casarme. Quiero vivir como me plazca, sin marido y sin hijos. – Es comprensible. – Pero no para mis devotas hermanas. Creen que soy una libertina. Y no lo soy. Sólo busco un poco de tranquilidad (…). Una mujer que huye no exige nada, es sumisa y entregada, y sólo busca un poco de afecto, algo para comer y dinero para ponerse en camino. Después de pasar una noche con una mujer así, se la olvida fácilmente. (Op. Cit, pág.136).

Cuando llegué a Yugoslavia, ya en 1945, encontré a otros muchachos judíos y abandoné a la Armada Roja. Juntos recorríamos los puestos donde repartían comida y ropa. Así llegamos a Italia.
Sobrevivientes de los campos de concentración y la clandestinidad había muchos, todos dispuestos a dejar esa Europa que los había herido de modo tan inhumano –algunos para América, otros a Palestina. Entendí pronto que los EEUU no estaban tan entusiasmados por recibir huérfanos, así que me uní a esos prófugos dispuestos a emigrar a Palestina, donde llegué en 1949. También aquí me encontré rodeado de prófugos, cada uno hablando en su lengua.

Me recibieron en una colonia agrícola que iniciaba a los muchachos de mi edad en las tareas rurales, a la auto-defensa y una nueva lengua, el hebreo. No puedo decir que ese clima tan caluroso y las tareas de cada jornada me hicieran demasiado feliz, pero me alcanzaba para estar contento de no estar a la merced de nadie, y de tener tiempo para mí mismo. No tenía idea de dónde me llevaría la vida.


Mientras tanto la lengua hebrea enraizaba en mí, aún si con menor profundidad que mi lengua materna. Leía mucho, y paso a paso ‘conquisté’ la lengua. Me fascinaba la lectura de la Biblia. Todos los días copiaba a mano un capítulo, y así fui adquiriendo la melodía de la frase hebrea.

¿Me pensaba ya escritor por ese entonces? Absolutamente no. Durante cuatro años trabajé en el campo. ¿El esfuerzo físico y el aire libre que habían forjado mi cuerpo habían desarrollado también mi mente? Tengo mis dudas. Mi aprendizaje seguía siendo rudimentario, y no me hubiera alcanzado.

Si la finalidad de la paradoja es complementar ideas aparentemente contrapuestas e irreconciliables, eso era mi vida. Se dice que el arte de escribir sólo se realiza con la lengua materna. Las excepciones, como Conrad, Nabokov y Beckett, confirman la regla. En mí caso, mi redención fue el lenguaje bíblico, que me permitió escapar del mutismo y de la paradoja de poseer dos lenguas, dos patrias, dos culturas.

La lengua bíblica se adecuaba a las experiencias de mi vida: lengua minimalista, directa, sin manierismos, jamás descriptiva, con escasos adjetivos. Una lengua apta para describir una vida que florece de la catástrofe, de durezas y absurdos: mi suerte fue conseguirla. La lengua de mi madre, transformada en la lengua de los asesinos, jamás pudo haber sido mi instrumento musical.

…Pasábamos muchas noches en vela. Volvíamos al alba y cantábamos “el pueblo de Israel está vivo, el pueblo de Israel está vivo”. Algunos camaradas estaban en contra de esta canción y decían que la cantaban en los nidos de los Bne Akiva** antes de la guerra. Pero en esta situación la permitían aduciendo que ahora debíamos ser fuertes, y todo lo que fortaleciera la muralla de la vida y diera esperanza estaba permitido. (Op. Cit., pág 189).

A veces tengo la sensación de que en mi vida se concretaron todas las paradojas. No sabría decir si el hecho de vivir fuera de Europa me haya alejado de este continente, de sus lenguas y sus culturas.


De manera diferente de lo que había sido para mis padres -en sí mismos escenario de un conflicto, ya que su deseo era ser europeos y sólo europeos- mi vida, por fortuna, me ahorró este dilema.
La lengua hebrea me construyó espiritualmente como judío, pero aún así y por el universalismo de la Biblia sigo siendo un europeo. Esa Europa en la que nacieron mis ancestros, y los antecesores de mis ancestros y donde yo he nacido, vive y respira en todo lo que escribo. ¿Happy end? Decididamente no. Para una infancia y una adolescencia como las mías, con su carga de paradojas, no hay espacio para la felicidad.

Pero a este punto debo confesarles algo: en lo profundo de mí anidaban el cinismo, la indiferencia, el desprecio por cualquier tipo de fe. He visto demasiado mal en mi vida, para poder volver a creer en la simplicidad y el candor del ser humano.


Milagrosamente, sin embargo, la herencia cultural de mis padres, su amor confiado en el progreso y el universalismo, los cuatros años de trabajar la tierra y otros tantos de estudio de la Biblia me han preservado, y así la imagen de Dios que hay en mí.

Turín, Italia, julio 2010


* En la colonia penal / In der Strafkolonie, 1919
** Movimiento juvenil sionista religioso