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26 jul. 2015

Descarga: Guillaume Apollinaire - Las tetas de Tiresias

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Figura clave de las vanguardias literarias de principio de siglo, conocido principalmente por sus poemas visuales o caligramas escritos en las trincheras de la primera guerra mundial, Guillaume Apollinaire incursionó también, con el mismo espíritu experimental que marca toda su obra, en el teatro. Drama surrealista, como lo bautizó el mismo Apollinaire en lo que representa la primera aparición de este término de larga descendencia, Las tetas de Tiresias se sirve del mítico adivino tebano para contar una historia disparatada, llena de equívocos y doble sentido. Estrenada en 1917, un año antes de la muerte de su autor y todavía en plena guerra, la obra constituye un alegato pacifista y a favor de las mujeres; pero su fuerza reside, antes que nada, en la magistral utilización del absurdo y el humor.

18 mar. 2015

Guillaume Apollinaire – En el jardín de Ana

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Guillaume Apollinaire – En el jardín de Ana



Cierto si hubiésemos vivido en el año mil setecientos sesenta

Es la fecha que descifras Ana en este banco de piedra

Y si por desgracia yo hubiese sido alemán
Pero que felizmente hubiese estado cerca de ti
Habríamos hablado de amor de una forma imprecisa
Casi siempre en francés
Y perdidamente colgada de mi brazo
Me habrías escuchado hablarte de Pitágoras
Sin dejar de pensar también en el café que tomaríamos
Media hora más tarde.

Y el otoño habría sido parecido a este otoño
Que el agracejo y los pámpanos coronan
Y bruscamente a veces habría saludado con mucha reverencia
A nobles damas gordas y lánguidas
Lentamente hubiese bebido solo
En las largas veladas
El tokai espeso o la malvasía
Me habría puesto mi traje español
Para ir a la ruta por la cual
Llega en su vieja carroza
Mi abuela que se niega a comprender el alemán

Habría escrito versos llenos de mitología
Sobre tus senos la vida campestre y las damas
De los alrededores
Habría roto a menudo mi bastón
Sobre la espalda de un campesino

Me habría gustado oír música mientras comía
Jamón

Habría jurado en alemán, te lo juro
Cuando me sorprendieras besando en plena boca
A esta criada pelirroja

Me habrías perdonado en el bosque de los arándanos

Yo canturrearía un poco
Y luego habríamos escuchado largo rato los ruidos del crepúsculo.


En Antología poética
Traducción: José Manuel López

15 mar. 2015

Descarga: Guillaume Apollinaire - Selección poética

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Este poeta polémico e inconformista, capaz de las más espectaculares innovaciones formales, así como de expresarse en un tono sencillo y emotivo nos presenta en esta obra sus poemas más representativos, extraídos de Alcoholes, Ondas, Caligramas, Estandartes, Poemas a Madelaine y otros.

2 mar. 2015

Descarga: Guillaume Apollinaire - Las tetas de Tiresias

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Figura clave de las vanguardias literarias de principio de siglo, conocido principalmente por sus poemas visuales o caligramas escritos en las trincheras de la primera guerra mundial, Guillaume Apollinaire incursionó también, con el mismo espíritu experimental que marca toda su obra, en el teatro. Drama surrealista, como lo bautizó el mismo Apollinaire en lo que representa la primera aparición de este término de larga descendencia, Las tetas de Tiresias se sirve del mítico adivino tebano para contar una historia disparatada, llena de equívocos y doble sentido. Estrenada en 1917, un año antes de la muerte de su autor y todavía en plena guerra, la obra constituye un alegato pacifista y a favor de las mujeres; pero su fuerza reside, antes que nada, en la magistral utilización del absurdo y el humor.

19 dic. 2014

Guillaume Apollinaire - La servilleta de los poetas

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Maurice de Vlaminck - Retrato de Guillaume Apollinaire, 1903


Situado en el límite de la vida y en los confines del arte, Justin Prérogue era pintor. Vivía con su amiga y algunos poetas iban a visitarlo. Por turno, se quedaban a comer en el atelier, en cuyo techo el destino había dispuesto chinches a manera de estrellas.

Había cuatro convidados que jamás se encontraban en la misma mesa:

David Picard, venía de Sancerre y descendía de una familia judía cristiana de las que hay tantas en la ciudad. Léonard Delaisse, tuberculoso, que escupía su vida de inspirado con mogigangas que hacían morir de risa. Georges Ostréole, de ojos inquietos, que meditaba, como antaño Hércules, entre las entidades de la encrucijada. Jaime Saint-Félix, que sabía más historias que nadie. Su cabeza podía girar sobre sus hombros, como si tuviese el cogote atornillado al cuerpo.

Y los versos de todos ellos eran admirables.

Las comidas eran interminables y la misma servilleta servía por turno a los cuatro poetas, pero ellos no lo sabían.

*

Esta servilleta se fue ensuciando poco a poco. Por allí había una mancha de huevo junto a una brizna de espinaca. Más allá, marcas redondeadas de bocas húmedas de vino y cinco huellas grisáceas dejadas por los dedos de una mano que se había posado. Una espina de pescado atravesaba la trama como una lanza. Un grano de arroz seco estaba pegado en un ángulo. Y las cenizas de los cigarrillos ensombrecían unas partes más que otras.

*

—David, tome su servilleta —decía la amiga de Justin Prérogue. 

—Habría que pensar en comprar servilletas —decía Justin Prérogue—; anótalo para cuando haya algún dinero.

—Su servilleta está sucia, David —decía la amiga de Justin Prérogue—. Se la cambiaré para la próxima vez porque la lavandera no vino esta semana

—Léonard, sírvase su servilleta —decía la amiga de Justin Prérogue—. Puede usted escupir en la caja del carbón. ¡Qué sucia está su servilleta! Se la cambiaré cuando la lavandera me traiga la ropa.

—Léonard, será conveniente que haga tu retrato representándote en el momento de escupir —decía Justin Prérogue—, y me están entrando ganas de hacerte una escultura.
  
*

—Georges, me avergüenza tener que darle siempre la misma servilleta —decía la amiga de Justin Prérogue—; no entiendo qué hace mi lavandera.

—Empecemos a comer —decía Justin Prérogue.
  
*

—Jaime Saint-Félix, estoy obligada a darle otra vez la misma servilleta. No tengo otra hoy —decía la amiga de Justin Prérogue.

Y el pintor hacía girar la cabeza del poeta durante la comida, escuchando toda clase de historias.

*

Y pasaban las estaciones.

Los poetas usaban por turno la misma servilleta y sus poemas eran admirables.

Léonard Delaisse escupía su vida con más comicidad todavía, y David Picard también empezó a escupir.

La servilleta venenosa contaminó sucesivamente a David, a Georges Ostréole y a Jaime Saint-Félix, aunque ellos no lo sabían.

Como un inmundo trapo de hospital, la servilleta se manchó con la sangre que subía a los labios de los cuatro poetas, y las comidas eran interminables.

*

A comienzos del otoño, Léonard Delaisse escupió el resto de su vida.

En diferentes hospitales, sacudidos por la tos como las mujeres por la voluptuosidad, los otros tres poetas murieron con pocos días de intervalo. Y los cuatro dejaron poemas tan hermosos que parecían encantados.

Sus muertes no fueron atribuidas a la alimentación sino al hambre canina y a las vigilias líricas. Porque, ¿es acaso concebible que una sola servilleta pueda matar en tan poco tiempo a cuatro poetas incomparables?

*

Muertos los contertulios, la servilleta se volvió inútil. La amiga de Justin Prérogue resolvió hacerla lavar, y al desplegarla pensó: "Está verdaderamente sucia, y ya comienza a oler mal."

Ante la servilleta desplegada, la amiga de Justin Prérogue se asombró y llamó a su amigo, quien exclamó maravillado:

—¡Sí, es un verdadero milagro! Esta servilleta tan sucia que tú exhibes con complacencia presenta, gracias a la suciedad coagulada de diversos colores, los rasgos de nuestro difunto amigo David Picard.

—¿No es verdad? —murmuró la amiga de Justin Prérogue.

Los dos contemplaron en silencio durante un momento la imagen milagrosa, y luego hicieron girar lentamente la servilleta.

Y palidecieron, al ver aparecer el espantoso y risible espectro de Léonard Delaisse, esforzándose en escupir.

Los cuatro lados de la servilleta ofrecían el mismo prodigio. Justin Prérogue y su amiga vieron al indeciso Georges Ostréole y a Jaime Saint-Félix a punto de contar una historia.

—Deja esa servilleta —exclamó bruscamente Justin Prérogue.

El lienzo cayó, extendiéndose en el piso. Justin Prérogue y su amiga giraron largo rato a su alrededor como giran los astros en torno al sol, y esta Santa Verónica, con un cuádruple mirar, los impulsaba a huir hacia el límite del arte, a los confines de la vida.


En El heresiarca y Cía
Traductor: Mauro Fernández Alonso de Armiño
Imagen: Maurice de Vlaminck

13 may. 2014

Guillaume Apollinaire - El marinero de Ámsterdan

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El bergantín holandés Alkmaar volvía de Java cargado de especias y otras materias preciosas.

Hizo escala en Southampton y los marineros obtuvieron permiso para bajar a tierra.

Uno de ellos, Hendrijk Wersteeg, llevaba un mono sobre el hombro derecho, un papagayo sobre el izquierdo y, en bandolera, un bulto de telas indias que pensaba vender en la ciudad junto con los animales.

Era a comienzos de la primavera y la noche aún caía temprano. Hendrijk Wersteeg marchaba a buen paso por las calles algo neblinosas, que la luz de gas iluminaba apenas. El marinero pensaba en su próximo regreso a Amsterdam, en su madre, a quien llevaba tres años sin ver, en su novia, que lo aguardaba en Monikendam. Calculaba cuánto dinero le producirían los animales y las telas, y buscaba un comercio donde pudiera vender esas mercancías exóticas.

En Above Bar Street, un señor muy correcto lo detuvo para preguntarle si buscaba comprador para el papagayo.

—Este pájaro —dijo— me vendría muy bien. Necesito alguien que me hable sin que yo deba responderle, pues vivo solo.

Como la mayoría de los marineros holandeses, Hendrijk Wersteeg hablaba inglés. Fijó un precio que el desconocido aceptó.

—Sígame —dijo éste—. Mi casa queda bastante lejos. Usted pondrá el papagayo en una jaula que tengo. Me mostrará usted sus telas y quizás encuentre alguna de mi gusto.

Contento de su inesperado éxito, Hendrijk Wersteeg siguió al gentleman, haciendo durante el camino el elogio de su mono, que, decía, era una especie muy rara, cuyos individuos se adaptan muy bien al clima de Inglaterra y que, además, se encariñan con los amos.

Hendrijk Wersteeg dejó al pronto de hablar. Estaba derrochando sus palabras, pues el desconocido no le respondía y ni siquiera parecía escucharlo.

Continuaron caminando en silencio. Nostálgicos de sus tropicales selvas natales, el mono —asustado por la niebla— soltaba un gemido de niño recién nacido, y el papagayo batía las alas.

Al cabo de una hora de marcha, el desconocido dijo bruscamente:

—Nos estamos acercando a mi casa.

Habían salido de la ciudad. El camino estaba bordeado por grandes parques cercados por verjas. De tanto en tanto, brillaban a través de los árboles las ventanas iluminadas de un cottage; a ratos, en la lejanía, sonaba en el mar el grito siniestro de una sirena.

El desconocido se detuvo ante la reja, sacó una llave del bolsillo y abrió una puerta que volvió a cerrar una vez que entró Hendrijk.

El marinero estaba impresionado. Apenas distinguía en el fondo del jardín una casita de bastante buen aspecto, pero cuyas persianas cerradas no dejaban filtrar ninguna luz.

El silencioso desconocido, la casa sin vida, todo eso era bastante lúgubre. Pero Hendrijk recordó que el desconocido vivía solo. Es un extravagante —pensó—. Y como un marinero holandés no es lo bastante rico como para que alguien piense en desvalijarlo, se avergonzó de sus temores.

*
 —Si tiene usted fósforos, alúmbreme —dijo el desconocido, introduciendo una llave en la cerradura de la puerta del cottage.

El marinero obedeció y, una vez adentro, el desconocido trajo una lámpara que iluminó una sala amueblada con gusto.

Hendrijk Wersteeg estaba ahora completamente tranquilo. Alimentaba la esperanza de que su extraño compañero le compraría buena parte de sus telas.

El desconocido, que había salido de la sala, volvió con una jaula:

—Ponga aquí el papagayo —dijo—. Sólo cuando se haya domesticado y sepa decir lo que quiero que diga le pondré sobre una percha.

Después de cerrar la jaula, en la que el pájaro quedó azorado, pidió al marinero que tomara la lámpara y pasara a la habitación vecina, donde había una mesa apropiada para desplegar las telas.

Hendrijk obedeció y entró en la habitación indicada. En seguida escuchó la puerta cerrarse tras él y la llave que giraba en la cerradura. Estaba preso.

Confundido, dejó la lámpara sobre la mesa y quiso arrojarse sobre la puerta para forzarla. Pero una voz lo detuvo:

—¡Un paso más y es hombre muerto, marinero!

Hendrijk levantó la cabeza y vio, por un tragaluz que no había notado hasta entonces, el caño de un revólver que lo apuntaba. Aterrorizado, se detuvo.

No había lucha posible: su cuchillo de nada le servía en esa circunstancia, y aun un revólver le hubiera resultado inútil. El desconocido, que lo tenía a su merced, se escondía detrás del muro, a un costado del tragaluz, desde donde vigilaba al marinero y por donde pasaba sólo la mano que empuñaba el revólver.

—Escuche bien-dijo el desconocido— y obedezca. El forzado favor que usted me hará le será recompensado. Pero usted no puede elegir. Deberá obedecerme sin chistar, de lo contrario lo mataré como a un perro. Abra el cajón de la mesa... Hay un revólver de seis tiros cargado con cinco balas.. Tómelo.

El marinero holandés obedecía casi inconscientemente. En su hombro, el mono lanzaba gritos de terror y temblaba. El desconocido continuó:

—En el fondo del cuarto hay una cortina. Córrala.

Descorrida la cortina, Hendrijk vio una alcoba y en ella, sobre una cama, atada de pies y manos y amordazada, una mujer lo miraba llena de desesperación.

—Desate a esa mujer y quítele la mordaza —dijo el desconocido.

Ejecutada la orden, la mujer, muy joven y de admirable belleza, se acercó al tragaluz y arrodillándose, exclamó:

—Harry, esta es una celada infame. Me has traído a esta casa para asesinarme. Fingiste haberla alquilado para que pasáramos los primeros tiempos de nuestra reconciliación. Pensaba haberte convencido. ¡Creía que finalmente estabas seguro de que nunca he sido culpable! ¡Harry, Harry, soy inocente!

—No te creo —dijo secamente el desconocido.

—¡Harry, soy inocente! —repitió con estrangulada voz la joven dama.

—Son tus últimas palabras; las guardo cuidadosamente y me las repetirán toda la vida —la voz del desconocido tembló un instante, pero inmediatamente recobró energías—. Te quiero todavía —agregó—; si te amara menos sería yo mismo quien te mataría. Pero me resulta imposible porque te amo... Ahora, marinero, si antes de que yo haya contado hasta diez usted no ha alojado una bala en la cabeza de esta mujer, caerá muerto a sus pies. Uno, dos, tres...

Y antes que el desconocido hubiera llegado al cuarto, Hendrijk, enloquecido, disparó sobre la mujer que, siempre arrodillada, lo miraba fijamente. La víctima cayó de cara al suelo: había recibido el tiro en la frente. Seguidamente, un segundo disparo hecho desde el tragaluz hirió al marinero en la sien derecha. Hendrijk se desplomó contra la mesa, mientras el mono, lanzando agudos chillidos de espanto, buscaba refugio en su blusón.

*

Al día siguiente, unos transeúntes que habían oído gritos extraños procedentes de un cottage de las afueras de Southampton, avisaron a la policía, que llegó rápidamente y forzó las puertas, encontrando los cadáveres de la joven dama y del marinero.

El mono salió bruscamente del blusón de su amo y saltó a la cara de uno de los policías. Tanto los asustó, que éstos dieron unos pasos atrás y lo mataron a tiros antes de atreverse a acercarse de nuevo.

La justicia informó. Pareció evidente que el marinero había matado a la dama y luego se había suicidado. Sin embargo, las circunstancias del drama parecían misteriosas. Los cadáveres fueron identificados sin dificultad, y la gente se preguntaba cómo Lady Finngal, esposa de un par de Inglaterra, pudo haberse encontrado a solas en una aislada casa de campo de las afueras con un marinero llegado la víspera a Southampton.

El propietario de la finca no pudo dar ningún informe satisfactorio para orientar a la justicia. El cottage había sido alquilado ocho días antes del drama por un tal Collins, de Manchester, a quien, por otra parte, no se pudo encontrar. El tal Collins usaba anteojos y lucía una larga barba roja, que muy bien podía ser postiza.

El lord llegó de Londres a toda prisa. Adoraba a su mujer y la desesperación que exhibió inspiraba lástima. Como todo el mundo, no comprendía nada de este asunto.

Después del hecho, se retiró de la vida mundana y vive en su casa de Kensington sin otra compañía que un doméstico mudo y un papagayo que repite sin cesar:

—¡Harry, soy inocente!


En El Heresiarca y Cía. 
Traducción: Mauro Fernández Alonso de Armiño
Imagen: Apollinaire por Jacques Dyssord, 1911

13 sept. 2013

Guillaume Apollinaire - La desaparición de Honoré Subrac

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Guillaume Apollinaire - La desaparición de Honoré Subrac


A pesar de las más prolijas investigaciones, la policía no ha podido dilucidar el misterio de la desaparición de Honoré Subrac.

Subrac había sido amigo mío, y como yo conocía toda la verdad acerca de su caso, me sentí obligado a poner a la justicia al tanto de todo lo ocurrido. El juez ante el cual presté declaración empleó conmigo, después de haber escuchado mi relato, un tono de cortesía tan espantado, que no me cupo la menor duda de que me tomaba por loco. Se lo dije, y desde ese momento fue aún más amable. Luego, levantándose de su silla, me condujo hasta la puerta y pude ver que su secretario estaba de pie, con los puños apretados, dispuesto a saltar sobre mí en caso de que me diera un ataque de locura.

No insistí. El caso de Honoré Subrac era, en efecto, tan extraño, que en verdad parecía increíble. Se sabía, por las noticias aparecidas en los diarios, que Subrac pasaba por un individuo muy original. Tanto en invierno como en verano sólo vestía una hopalanda y se calzaba únicamente con pantuflas. Era muy rico, y como su manera de vestir me asombraba, un día le pregunté qué razón tenía.

—Es para poder desvestirme con mayor rapidez en caso de necesidad —me respondió—. Por lo demás, es fácil acostumbrarse a salir con poca ropa, y se puede prescindir muy bien de ropa interior, medias y sombrero. Vivo así desde los veinticinco años y nunca me enfermé.

Estas palabras, lejos de esclarecerme, agudizaron mi curiosidad.

—¿Por qué razón —pensé—, Honoré Subrac tendrá tanta necesidad de desvestirse con rapidez?

E imaginé toda clase de conjeturas...

*

Una noche, al volver a casa —seria la una o la una y cuarto—, oí pronunciar mi nombre en voz baja. Me pareció que esa voz salía de la pared que había rozado. Me detuve desagradablemente sorprendido.

—¿No hay nadie en la calle? Soy yo, Honoré Subrac.

—¿Dónde está usted? —exclamé mirando a todas partes sin lograr darme una idea del lugar donde mi amigo estaba escondido.

Descubrí entonces su famosa hopalanda tirada en la acera y al lado sus no menos famosas pantuflas.

—He aquí un caso —pensé— en que la necesidad ha obligado a Honoré Subrac a desvestirse en un abrir y cerrar de ojos. Por fin voy a conocer el motivo de este misterio.

Le dije en voz alta:

—La calle está despierta, mi querido amigo; puede usted salir.

Bruscamente, Honoré Subrac se desprendió de la pared, en la que yo no había notado su presencia. Estaba completamente desnudo y, antes que nada, se apoderó de su hopalanda, se la puso y la abotonó lo más rápidamente que pudo. En seguida se calzó las pantuflas y resueltamente me habló, en tanto me acompañaba hasta la puerta de mi casa.

*

—Usted se habrá asombrado —me dijo—, pero ahora comprenderá la razón por la cual me visto de forma tan extravagante. Seguramente, usted no ha comprendido cómo pude escapar por completo a sus miradas. Es muy simple. Sólo se debe ver en eso un fenómeno de mimetismo... La naturaleza es una buena madre. Ha distribuido entre aquellos de sus hijos amenazados por peligros y que son débiles para defenderse, el don de confundirse con lo que les rodea... Usted ya conoce todo eso. Sabe que las mariposas se parecen a las flores, que ciertos insectos, son semejantes a hojas, que el camaleón puede tomar el color que mejor lo oculte, que la liebre polar se ha vuelto blanca como las comarcas glaciales en las que, medrosa como la de nuestros campos, escapa sin ser vista.

Es así como esos débiles animales huyen de sus enemigos, por medio de un instintivo artificio que modifica su aspecto.

Y perseguido por un enemigo sin cesar, yo, que soy pusilánime e incapaz de defenderme en una pelea, me parezco a esos animales: me confundo a voluntad y por terror, con el medio ambiente.

Hace ya años que he ejercitado por primera vez esta facultad instintiva. Tenía veinticinco años y, en general, las mujeres me encontraban agradable y apuesto. Una de ellas, que era casada, me testimonió tanta amistad que me sentí incapaz de resistir. ¡Fatales relaciones!... Una noche estaba en su casa. Su supuesto marido había salido de viaje por varios días. Estábamos desnudos como divinidades, cuando la puerta se abrió de pronto y apareció el marido empuñando un revólver. Sentí un terror inexpresable y, cobarde como era y como lo soy aún, no tuve más que un deseo: desaparecer. Adosándome a la pared, anhelé confundirme con ella. Y el hecho imprevisto es produjo de repente. Tomé el color del empapelado y mis miembros se aplanaron en un estiramiento voluntario e inconcebible; me pareció que formaba parte de la pared y que, en adelante, nadie me vería. Era verdad. El marido me buscaba para matarme. Me había visto y era imposible que hubiese podido escapar. Se puso como loco, y volviendo su ira contra su mujer la mató salvajemente disparándole seis tiros en la cabeza. Se fue enseguida, llorando desesperadamente. Cuando hubo salido, instintivamente mi cuerpo recuperó su forma y su color naturales. Me vestí y logré salir de allí antes de que nadie viniese... Desde entonces he conservado esta afortunada facultad que se parece al mimetismo. El marido, no habiendo podido matarme entonces, consagró su existencia al logro de esa tarea. Durante años me persiguió por todo el mundo, y yo pensé haberle escapado viniendo a vivir a París. Pero unos minutos antes de que usted pasase volví a verlo. El terror me hizo castañetear los dientes. Apenas tuve tiempo para desvestirme y confundirme con el muro. Pasó cerca de mí, observando con curiosidad la hopalanda y las pantuflas abandonadas en la acera. Ya ve usted que me sobra razón para vestirme tan sumariamente. No podría ejercer mi facultad mimética si estuviese vestido como todo el mundo. Me sería imposible desvestirme tan rápidamente para escapar a mi verdugo, y lo más importante es que esté desnudo, para que mis ropas, aplastadas contra la pared, no hagan inútil mi desaparición defensiva. Felicité a Honoré Subrac por esa facultad suya, de la que tenía pruebas suficientes, y que por cierto le envidiaba...

*

Durante los días siguientes sólo pensé en esto. A cada momento me sorprendía a mí mismo esforzándome por lograr voluntariamente la modificación de mi forma y mi color. Intenté transformarme en ómnibus, en Torre Eiffel, en académico, en ganador de la lotería. Mis esfuerzos fueron vanos. No lo lograba. Mi voluntad no era suficientemente fuerte y, además, me faltaba ese santo terror, ese formidable peligro que había despertado los instintos de Honoré Subrac.

*

Hacía algún tiempo que no lo veía, cuando un día llegó enloquecido:

—Ese hombre, mi enemigo —me dijo—, me acecha en todas partes. Pude escaparle tres veces gracias a mi facultad, pero tengo miedo, ¡tengo miedo, mi querido amigo!

Advertí que había enflaquecido, pero me cuidé de decírselo.

—No le queda a usted más que un camino —le dije—. Para escapar a un encarnizado enemigo como él, debe usted irse. Ocúltese en una aldea. Deje a mi cuidado sus asuntos y diríjase a la estación más cercana.

Me estrechó la mano diciéndome:

—Acompáñeme usted, se lo suplico; ¡tengo miedo!

*

Ya en la calle, caminamos en silencio. Honoré Subrac volvía continuamente la cabeza, presa de la inquietud. De pronto lanzó un grito y echó a correr, al tiempo que se desembarazaba de la hopalanda y las pantuflas. Vi que un hombre venía a la carrera tras de nosotros. Traté de detenerlo, pero se liberó de mí. Empuñaba un revólver que apuntaba hacia Honoré Subrac. Este había llegado al paredón de un cuartel, desapareciendo allí como por encanto.

El hombre del revólver se detuvo estupefacto, lanzó una airada exclamación y, como para vengarse del paredón, que parecía haberle arrebatado su víctima, descargó el revólver sobre el lugar donde había desaparecido Honoré Subrac. Después se alejó corriendo.

La gente se aglomeró en el lugar y acudieron agentes de policía que la obligaron a dispersarse. Entonces llamé a mi amigo, pero éste no me respondió.

Palpé la pared; todavía estaba tibia, y observé que de las seis balas disparadas tres habían penetrado a la altura del corazón de un hombre, en tanto que las restantes habían hecho saltar el revoque algo más arriba, allí donde me pareció distinguir vagamente el contorno de un rostro.


En El Heresiarca y Cía
Traducción: Mauro Fernández Alonso de Armiño



14 ago. 2013

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Cuando Guillaume Apollinaire (1880-1918) comienza a publicar sus primeros cuentos en revistas apenas contaba con veinte años de edad, pero hasta diez años después no verán la luz reunidos en un libro: El Heresiarca y Cía. Las tramas de estos relatos nos remiten en parte a la infancia italiana de Apollinaire, a su adolescencia en Mónaco y Niza, y a las tradiciones centroeuropeas recogidas en un viaje por Alemania. Sus temas se nutren también de las abundantes y desordenadas lecturas adolescentes de Apollinaire y su predilección por la fábula: epopeyas italianas, novelas de la Tabla Redonda, la Biblia, la mitología griega, etc. De estas fuentes provienen muchos de los personajes inmortales y fabulosos a los que da vida en El Heresiarca: Simón el mago, el judío errante o Salomé, cuyas vidas y milagros recrea o reinventa Apollinaire con erudición e imaginación, a la manera de las Vidas imaginarias de Marcel Schwob.

Como curiosidad, reproducimos a continuación algunas líneas que redactó el propio Apollinaire como presentación de la obra a la prensa: «El Heresiarca y Cía es, en efecto, una obra curiosa y muy interesante. Entre tantas invenciones fantásticas, trágicas y a veces sublimes, el autor se embriaga de una deliciosa erudición con la que también embriaga a sus lectores».

11 may. 2012

Guillaume Apollinaire - Simón el mago

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Guillaume Apollinaire


 ...Y mientras la multitud glorificaba a aquel cuyos discípulos realizaban tantos prodigios, un hombre de cabellos negros y rizados, barba rojiza y fina y rostro acicalado se acercó al diácono Felipe y le dijo:

—¡Adivino! Permíteme que a cambio de tu ciencia, que deseo conocer, te inculque la mía, que contiene ante todo los diez grados. Hace ya mucho tiempo que mi entendimiento ha franqueado los tres grados tenebrosos y en la actualidad conozco los siete atrios del infierno propiamente dicho.

—¡Atrás! —gritó el diácono Felipe—; nada hay de común, hechicero, entre tú y yo. Soy discípulo de Aquél que, en su bondad, libró a tus maestros malditos a todos los dolores. Pertenezco a su Iglesia y, por su voluntad, las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella.

Pero el hombre sonrió y ajustando con la mano derecha su tiara color de azafrán en la que, como el Meandro bajo el sol, brillaba una serpiente de ópalos, continuó:

—Conduzco con rigor a las legiones demoníacas y estoy en comunicación con miríadas de ángeles. En su dulzura reside mi fuerza, y siendo el más rico, el más sabio de Samaría, quiero someterme a Aquél cuyos agentes realizan tantos prodigios. ¿Cómo se llama tu maestro?

—Es —respondió el diácono— Jesús de Nazareth, el Mesías, Hijo de Dios.

En seguida lo adoctrinó, y viendo que sumisa y humildemente reconocía la verdad, le preguntó su nombre y el hombre asió con cada mano uno de los aros de oro que pendían de sus orejas. En los dedos llevaba anillos de oro engastados de piedras opacas cubiertas de signos diversos. En la posición adoptada su busto, sus brazos y su cabeza componían un triángulo isósceles. Sus anchos párpados violáceos velaban el brillo de los ojos negros. Su boca pintada pronunció:

—Simón.

El diácono recordó que ese había sido también el nombre del jefe de los apóstoles; luego bautizó al hombre llamándolo Pedro, y agregó:

—Simón, de ahora en adelante tú eres Pedro, como el Vicario de Dios sobre la tierra.

En ese instante, el pueblo, haciéndose a un lado, gritó: "¡Dejad paso!" Y Felipe vio llegar a Pedro en persona, con los ojos turbados por esas lágrimas que no habrían de agotarse jamás, desde que hubo renegado por tres veces de su divino Maestro. Cerca del viejo pescador del lago Tiberíades iba Juan, el discípulo bienamado.

El diácono dijo:

—Aquí viene Pedro llorando. A su lado, joven y severo, marcha Juan, el preferido. ¡Hombre a quien el bautismo ha renovado: pídele que te confiera el Espíritu Santo!

El pueblo se había dispersado. En la plaza no quedaba nadie más que el diácono, Pedro, Juan y el recién bautizado. Este recogió los pliegues de su larga túnica de tela amarilla tramada con dibujos violetas que figuraban bestias fantásticas, y descubrió sus sandalias de cuero azulado adornadas en el empeine con un cuádruple triángulo de oro. Pedro, volviéndose hacia Felipe, preguntó:

—¿Quién es este hombre de aspecto orgulloso? No parece tener una verdadera humildad de corazón.

Y el diácono Felipe repuso:

—Es un hechicero. Según dice, dirigía inflexiblemente las legiones demoníacas y se entiende con miríadas de ángeles. Se ha sometido, él, su ciencia y sus agentes sobrenaturales a la divina autoridad de Cristo, nuestro Señor, y ha sido bautizado.

Una larga teoría de mujeres enguantadas que llevaban cántaros sobre la cabeza atravesó la plaza. Se aproximaron a los apóstoles y una de ellas, graciosa y fuerte, dejó su cántaro en el suelo y arrodillándose ante Pedro dijo:

—Maestro: se asegura que habláis en nombre de Jesús de Nazareth. El conversó conmigo un día. Yo estaba sentada en las inmediaciones de la ciudad, sobre el brocal del pozo hacia donde ahora vamos. Maestro, habladnos de Jesús.

El hechicero se puso delante de la mujer, diciendo:

—Maestro, no le respondáis. Es una prostituta.

Pero Pedro replicó:

—¡Mago, apártate!

Y sonriendo, bañado en lágrimas, dijo a la Samaritana:

—Mujer que tienes fe; vé hasta el pozo con tus compañeras, recoge el agua para tu bautismo y vuelve hacia mí.

Y la Samaritana se incorporó y se alejó, seguida por las otras mujeres, hacia las puertas de la ciudad.

Habiéndose acercado nuevamente a Pedro, el mago le dijo:

—He venido hacia Felipe, tu discípulo, quien realizó prodigios admirables antes de tu llegada. Te ruego me confieras el Espíritu Santo y el poder de conferirlo a mi vez.

Pedro preguntó:

—Mago, ¿para qué deseas el poder de conferir el Espíritu Santo?

Y el hechicero repuso:

—Por la gloria que con ello lograré. Ella me colocará por encima de los demás hombres, y un día, si tú mueres antes que yo, seré digno de ocupar tu lugar, ¡oh Maestro!

Pedro replicó:

—Aquel que anhela una gloria distinta de la del Altísimo es indigno de conferir el Espíritu Santo. ¡Vete de aquí con tu magia, mago!

Pero el hechicero, inclinándose, continuó:

—Maestro, eres pobre y yo soy rico. ¡Véndeme tu ciencia, de la cual mi magia es el error!

Pedro se alejó de él, y volviéndose hacia Felipe le preguntó:

—¿Cómo se llamaba este hombre?

—¡Simón! —respondióle el diácono.

Y Pedro, cayendo de rodillas, se lamentó:

—¡Oh! ¡Mi nombre de pescador! ¿Han de ser Simones todos aquellos que quieran comprar los sagrados dones? ¡Que ese execrable pecado suscite el horror del cielo y de la tierra!

El mago se agachó, y mientras las colgantes y pesadas mangas de su túnica aventaban el polvo, trazó en el suelo las palabras ABLANATANALBA y ONORARONO, que pueden leerse indistintamente de derecho a izquierda o de izquierda a derecha, y cuando se incorporó los discípulos vieron en él la viviente imagen de Pedro, el jefe de los Apóstoles, pero que no lloraba, y decía:

—Simón Pedro, yo no soy otro que el que tú eres, y nuestros nombres son los mismos. Viviré tanto como la Iglesia en la que tú mandas. Yo seré para siempre el mal jefe de ella, mientras tú eres el buen pastor. Y allí donde tú representes la bondad celestial, yo seré la infernal maldad que ponga en movimiento, cuando me plazca, a las legiones demoníacas y las miríadas de ángeles.

Entonces desapareció, y los apóstoles lo buscaron vanamente en la plaza, por donde volvía, desde la puerta de la ciudad, la teoría de las samaritanas que, con los brazos en alto, mantenían en equilibrio sobre sus cabezas, los recipientes llenos de agua bautismal.

***

...Y viendo llegar a dos viejos que se asemejaban mutuamente, Nerón preguntó:

—¿Cuál de vosotros es el galileo cuyos milagros asombran a la ciudad?

Uno de los hombres dirigió su mirada al cielo sin responder, mientras su acompañante exclamaba:

—Este que tanto se me asemeja no es más que un impostor. Y en este jardín donde tú nos recibes, ¡oh! Cesar, quiero elevarme ante ti como un pájaro que levanta vuelo. Mi arte me proporciona los medios para confundir a este silencioso.

El emperador rió a carcajadas.

—Extranjeros —dijo—: al principio os había tomado por Castor y Polux, pero ellos se aman y viven alternativamente. Vuestra enemistad excita mi imaginación. ¡Haced vuestros prodigios, hechiceros! Mi música acompañará a vuestros gestos. Después celebraré vuestras luchas en estrofas alcaicas.

Vio entonces que el rostro del anciano que había hablado era sereno y astuto, en tanto que en las mejillas del silencioso las lágrimas, que no dejaban de correr, habían cavado dos surcos.

Nerón tomó un laúd bien templado y lo hizo sonar; el hombre que no lloraba exclamó:

—Pedro, ha llegado el momento en que te confundiré. Mi arte destruirá todos los encantamientos de tu ignorancia. Mis aliados están despiertos en el Cielo y en el Infierno.

Trazó sobre el suelo la palabra ANATANA, que se lee por igual de izquierda a derecha y viceversa. Al elevarse una sombría nube el mago le dijo:

—Anatana, príncipe del Infierno: si mi enemigo me atacase en el momento en que no pueda defenderme, al abandonar la tierra tú harás que anochezca y combatirás con este hombre en la obscuridad.

Se puso en cuclillas para anudar los cordones de su sandalia derecha adornada en el empeine con un cuádruple triángulo de oro, y se incorporó exclamando:

—¡Eloah Quanah, Dios celoso, encargado de las puertas del dominio celestial al oeste, apártate después de abrir la puerta y deja salir a aquellos que me sirven!

Entonces gritó:

—¡Kokhabiel!

Y se oyó un rumor argentino de armas celestes, mientras avanzaban Kokhabiel y los trescientos sesenta y cinco mil ángeles que tiene a sus órdenes. El mago echó una mirada triunfal a Pedro que, de rodillas, imploraba ahora con los brazos en cruz.

El brujo llamó: —¡Quemuel!

Y con un ruido similar al canto de millares de pájaros se adelantaron Quemuel y los doce mil Espíritus que están bajo sus órdenes.

El mago volvió a ordenar:

—¡Angel Dumiel, portero del Infierno: deja pasar a aquellos que me sirven!

Y silenciosos, como el vuelo de los murciélagos, llegaron a horcajadas sobre cebras, burros salvajes, onagros, o de pie sobre elefantes portadores de hermosas ciudadelas, o bien sentados sobre panteras, o aun caminando y arrastrando onzas y osos encadenados, los noventa mil Demonios que asistieron al éxodo de Egipto.

Y el mago dijo a aquellos que le obedecían:

—Vosotros que sois a la vez mis amos y mis servidores, he aquí que me elevaré ante el César, como un pájaro que levanta vuelo. Defendedme mientras esté en el aire, para que mi enemigo permanezca en la tierra, impotente y confundido.

Se acercó a Pedro y le habló:

—Las potencias del Cielo y del Infierno me obedecen. El mismo Dios aparecerá ante ti para confundirte, corroborando mi ciencia y tu ignorancia.

Y llamó: —¡Sidra!

Y la Orden que es la Boca de Dios apareció en el firmamento, donde, al llamado del mago, se manifestaron Tathmahinta, que es el Codo izquierdo del Cuerpo de Dios; Adramat, que es un Dedo majestuoso en el Pie derecho del Cuerpo de Dios; Auhez, que es un Dedo prensil en el Pie izquierdo del Cuerpo de Dios, y cerca de Hatoumach, la Integridad misma, que es también el Dedo gordo del Pie izquierdo del Cuerpo de Dios.—

¡Y qué inmensa majestad colmaba el cielo a medida que aparecían las celestes Potencias, que son los Miembros del Cuerpo de Dios!

¡Dagoul We Adom se inscribió con una rúbrica distinta en el Cuerpo de Dios! Entonces, Kokhabiel y sus trescientos sesenta y cinco mil Ángeles; Quemuel y sus doce mil Espíritus; Anatana el obscuro y los noventa mil Demonios que asistieron al éxodo de Egipto, las legiones de demonios y las miríadas de ángeles de todas las jerarquías se inclinaron y apareció el fulgurante Ohaztah, que es el Príncipe del Rostro divino.

Diligentes e inauditos, rodeando y sosteniendo el Cuerpo adorable, se manifestaron Afapé, Elohémancith, Tamani, Ouriel y los demás Rostros de águilas, leones o querubines que adornan el Carro celestial.

Los Ofanim, una clase de ángeles multicolores, que son las ruedas del Carro, más veloz que todo lo que el espíritu humano puede concebir, giraron en el cielo arrojando un resplandor insoportable, adquirieron todos los tonos, desde las blancuras totales e infinitamente variadas de las más puras regiones estrelladas, hasta los últimos matices que llamean en los abismos, mientras que, sombría y terrible, como un anuncio de tempestad, dominaba en el cénit la profundidad violeta de Humasion, la Amatista, que es un llamado de la Divinidad.

Y Pedro, con la frente en tierra, suplicaba al Altísimo que confundiese al mago, que gritaba:

—¡César! De inmediato voy a levantar vuelo ante ti hasta la presencia a Dios.

Y llamó:

—¡Isda! ¡Auhabiel! ¡Auferethel!

E Isda, que es el ángel de la alimentación, se acercó y le dio las fuerzas necesarias para dar cumplimiento a su falso milagro enseguida, Auhabiel, el ángel querido de Dios y administrador del amor, extendió sus alas y, tomando al mago por los cabellos, lo arrastró hacia las altas regiones, en tanto que Auferethel, que es el ángel del plomo, retenía a Simón para que no subiese demasiado rápido y perdiese el conocimiento.

Pero de repente, habiéndose incorporado, Pedro rompió el encanto con un solo gesto; en un silencio augusto derrumbó la angélica y resplandeciente majestad del Cuerpo divino, en tanto que con un ruido de plata y de seda desaparecían las miríadas de ángeles y con un rumor de burbujeo de cloaca se hundían en el abismo las legiones demoníacas.

***

...Y crucificado cabeza abajo en señal de respeto a la adorable postura de su Maestro, Pedro, el de los ojos quemados por las lágrimas; Pedro, en trance de muerte, observó que un hombre que se le parecía se acercaba al verdugo y le preguntaba:

—¿Por cuánto me venderías el cuerpo de este ajusticiado?

Y el verdugo respondía:

—Extranjero: Este mártir que se te parece es sin duda tu hermano... Yo también soy cristiano, puesto que fui bautizado. Ejerzo mi oficio, y al hacerlo cumplo la voluntad divina. Pero el cuerpo de un mártir es un don sagrado de Dios a sus fieles, y está prohibido vender los dones sagrados. Cuando este hombre haya muerto, tú te llevarás el cadáver para que los creyentes puedan honrarlo... Entretanto y para pasar el tiempo, juguemos a los dados mi silencio contra tus sandalias azules ornadas en el empeine por un cuádruple triángulo de oro.


En El heresiarca y Cia
Traducción: Juan Esteban Fassio
Imagen: Collection of Marcel Adéma

27 jul. 2011

Guillaume Apollinaire - El músico de Saint-Merry

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Al fin tengo derecho a saludar a seres que no conozco
Pasan ante mí y se aglomeran a lo lejos
Mientras que todo lo que de ellos veo me es desconocido
Y su esperanza no es menos fuerte que la mía


No canto a este Mundo ni a los demás astros
Canto todas las posibilidades de mí mismo fuera de este Mundo y de los astros
Canto la alegría de vagar y el placer de morir errante


El 21 del mes de mayo de 1913
Barquero de los muertos
Millones de moscas aventaban un esplendor
Cuando un hombre sin ojos sin nariz y sin orejas
Dejó el bulevar Sebastopol y entró en la calle Aubry-le-Boucher
El hombre era joven y moreno con las mejillas color de fresa


¡Hombre! Ah Ariadna
Tocaba la flauta y la música dirigía sus pasos
Se detuvo en la esquina de la calle Saint-Martin
Tocando la tonada que yo canto y que yo he inventado


Las mujeres que pasaban se detenían a su lado
Venían de todas partes
Cuando de pronto las campanas de Saint-Merry se pusieron a sonar
El músico dejó de tocar y bebió en la fuente
Que se halla en la esquina de la calle Simon-le-Franc
Luego Saint-Merry se calló


El desconocido volvió a tocar la flauta
Y volviendo sobre sus pasos caminó hasta la calle de la Verrerie
Donde entró seguido por el tropel de mujeres
Que salían de las casas
Llegaban de las calles laterales con los ojos idos
Con las manos tendidas hacia el melodioso raptor
Él se iba indiferente tocando su tonada


Se iba terriblemente


Luego en otra parte
A qué hora saldrá un tren hacia París


En ese momento
Los palomos de las Molucas ensuciaban algunas nueces moscadas
Al mismo tiempo
Misión católica de Bôma que has hecho del escultor


En otra parte
Ella atraviesa un puente que une a Bonn con Beuel y desaparece a través de Putzchen


Al mismo tiempo
Una joven enamorada del alcalde


En otro barrio
Rivaliza pues poeta con las etiquetas de los perfumistas


En suma oh reidores no habéis sacado gran cosa de los hombres
Apenas habéis extraído un poco de grasa de su miseria
Pero nosotros que morimos de vivir lejos uno de otro
Tendemos nuestros brazos y sobre esos rieles rueda un largo tren de mercancías
Y mientras el mundo vivía y cambiaba
El cortejo de mujeres largo como un día sin pan
Seguía en la calle de la Verrerie al feliz músico


Cortejos oh cortejos
Como antaño cuando el rey se iba a Vincennes
Cuando los embajadores llegaban a París
Cuando el delgado Suger se apresuraba hacia el Sena
Cuando el motín moría alrededor de Saint-Merry


Cortejos oh cortejos
Las mujeres desbordaban unas a otras tan grande era su número
Por todas las calles cercanas
Y se apresuraban rectas como una bala
Para seguir al músico
¡Ah! Ariadna y tú Pâquette y tú Amine
Y tú Mia y tú Simone y tú Mavise
Y tú Colette y tú la bella Geneviève
Han pasado temblorosas y vanas
Y sus pasos ligeros y apresurados seguían la cadencia
De la música pastoral que guiaba
Sus ávidas orejas


El desconocido se detuvo un momento ante una casa en venta
Casa abandonada
Con los cristales rotos
Es un edificio del siglo XVI
El patio sirve de aparcadero a coches de reparto
Allí entró el músico
Su música al alejarse se volvía lánguida
Las mujeres lo siguieron hasta la casa abandonada
Y allí todas entraron atropelladamente
Todas todas entraron sin volver la cabeza
Sin echar de menos lo que habían dejado
Lo que habían abandonado
Sin acordarse del día la vida y la memoria
Pronto no quedó nadie en la calle de la Verrerie
Excepto yo y un sacerdote de Saint-Merry
Ambos entramos en la vieja casa
Pero no encontramos allí a nadie


Cae la tarde
El ángelus suena en Saint-Merry
Cortejos oh cortejos
Es como antaño cuando el rey regresaba de Vincennes
Vino un tropel de gorreros
Llegaron vendedores de plátanos
Llegaron soldados de la guardia republicana
Oh noche
Rebaño de lánguidas miradas de mujeres
Oh noche
Tú mi dolor y mi espera vana
Oigo morir el son de una flauta lejana





Le musicien de Saint-Merry



J’ai enfin le droit de saluer des êtres que je ne connais pas
Ils passent devant moi et s’accumulent au loin
Tandis que tout ce que j’en vois m’est inconnu
Et leur espoir n’est pas moins fort que le mien


Je ne chante pas ce monde ni les autres astres
Je chante toutes les possibilités de moi-même hors de ce monde et des astres
Je chante le joie d’errer et le plaisir d’en mourir


Le 21 du mois de mai 1913
Passeur des morts et les mordonnantes mériennes
Des millions de mouches éventaient une splendeur
Quand un homme sans yeux sans nez et sans oreilles
Quittant le Sébasto entra dans la rue Aubry-le-Boucher
Jeune l’homme était brun et de couleur de fraise sur les joues


Homme Ah! Ariane
Il jouait de la flûte et la musique dirigeait ses pas
Il s’arrêta au coin de la rue Saint-Martin
Jouant l’air que je chante et que j’ai inventé


Les femmes qui passaient s’arrêtaient près de lui
Il en venait de toutes parts
Lorsque tout à coup les cloches de Saint-Merry se mirent à sonner
Le musicien cessa de jouer et but à la fontaine
Qui se trouve au coin de la rue Simon-Le-Franc
Puis saint-Merry se tut


L’inconnu reprit son air de flûte
Et revenant sur ses pas marcha jusqu’à la rue de la Verrerie
Où il entra suivi par la troupe des femmes
Qui sortaient des maisons
Qui venaient par les rues traversières les yeux fous
Les mains tendues vers le mélodieux ravisseur
Il s’en allait indifférent jouant son air


Il s’en allait terriblement


Puis ailleurs
À quelle heure un train partira-t-il pour Paris


À ce moment
Les pigeons des Moluques fientaient des noix muscades
En même temps
Mission catholique de Bôma qu’as-tu fait du sculpteur


Ailleurs
Elle traverse un pont qui relie Bonn à Beuel et disparait à travers Pützchen


Au même instant
Une jeune fille amoureuse du maire


Dans un autre quartier
Rivalise donc poète avec les étiquettes des parfumeurs


En somme ô rieurs vous n’avez pas tiré grand-chose des hommes
Et à peine avez-vous extrait un peu de graisse de leur misère
Mais nous qui mourons de vivre loin l’un de l’autre
Tendons nos bras et sur ces rails roule un long train de marchandises
Tu pleurais assise près de moi au fond d’un fiacre
Et maintenant
Tu me ressembles tu me ressembles malheureusement


Nous nous ressemblons comme dans l’architecture du siècle dernier
Ces hautes cheminées pareilles à des tours
Nous allons plus haut maintenant et ne touchons plus le sol
Et tandis que le monde vivait et variait
Le cortège des femmes long comme un jour sans pain
Suivait dans la rue de la Verrerie l’heureux musicien


Cortèges ô cortèges
C’est quand jadis le roi s’en allait à Vincennes
Quand les ambassadeurs arrivaient à Paris
Quand le maigre Suger se hâtait vers la Seine
Quand l’émeute mourait autour de Saint-Merry


Cortèges ô cortèges
Les femmes débordaient tant leur nombres était grand
Dans toutes les rues avoisinantes
Et se hâtaient raides comme balle
Afin de suivre le musicien
Ah! Ariane et toi Pâquette et toi Amine
Et toi Mia et toi Simone et toi Mavise
Et toi Colette et toi la belle Geneviève
Elles ont passé tremblantes et vaines
Et leurs pas légers et prestes se mouvaient selon la cadence
De la musique pastorale qui guidait
Leurs oreilles avides


L’inconnu s’arrêta un moment devant une maison à vendre


Maison abandonnée
Aux vitres brisées
C’est un logis du seizième siècle
La cour sert de remise à des voitures de livraisons
C’est là qu’entra le musicien
Sa musique qui s’éloignait devint langoureuse
Les femmes le suivirent dans la maison abandonnée
Et toutes y entrèrent confondues en bande
Toutes toutes y entrèrent sans regarder derrière elles
Sans regretter ce qu’elles ont laissé
Ce qu’elles ont abandonné
Sans regretter le jour la vie et la mémoire
Il ne resta bientôt plus personne dans la rue de la Verrerie
Sinon moi-même et un prêtre de saint-Merry
Nous entrâmes dans la vieille maison
Mais nous n’y trouvâmes personne


Voici le soir
À Saint-Merry c’est l’Angélus qui sonne
Cortèges ô cortèges
C’est quand jadis le roi revenait de Vincennes
Il vint une troupe de casquettiers
Il vint des marchands de bananes
Il vint des soldats de la garde républicaine
O nuit
Troupeau de regards langoureux des femmes
O nuit
Toi ma douleur et mon attente vaine
J’entends mourir le son d’une flûte lointaine




Guillaume Apollinaire, Ondes, Calligrammes 1918
En Selección poética
Trad. José Manuel López
Edicomunicación S.A., 1999
Fuente foto: epdlp

6 mar. 2007

Henry Matisse interrogado por Guillaume Apollinaire

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He aquí un tímido ensayo sobre un artista en quien se combinan, creo, las más tiernas calidades de Francia: la fuerza de su simplicidad y la dulzura de sus claridades.

No hay relación entre la pintura y la literatura, y he tratado en este aspecto de no provocar confusión alguna. Es que en Matisse la expresión plástica es la meta, así como para el poeta lo es la expresión lírica.

Cuando yo vine hacia usted, Matisse, las gentes lo miraban y, como ellos reían, usted sonrió.

Veían un monstruo, ahí donde se elevaba una maravilla.

Yo lo interrogaba y sus respuestas traducían las causas del equilibrio de su arte razonable.

“Yo trabajé”, me dijo usted, “para enriquecer mi cerebro satisfaciendo las diferentes curiosidades de mi espíritu. Me esforzaba en conocer los distintos pensamientos de maestros antiguos y modernos de la plástica. El trabajo fue también material porque trataba al mismo tiempo de comprender su técnica.”

Después, luego de servirme ese vino rancio que usted trajo de Collioure, quiso volver al tema de las peripecias de ese peligroso viaje hacia el descubrimiento de la personalidad. Se va de la ciencia a la conciencia, es decir el olvido completo de todo lo que no estaba en usted mismo. ¡Qué dificultad! El tacto y el gusto son aquí los únicos gendarmes que pueden alejar para siempre lo que no hay que volver a encontrar en el camino. El instinto no guía. Se ha alejado, y se está en su búsqueda.

“Después” usted decía “crecí al considerar mis primeras obras. Raramente engañan. Encontré en ellas una similitud que al principio tomé por una repetición, que sólo agregaba monotonía a mis cuadros. Era la manifestación de mi personalidad, que aparecía, cualesquiera fuesen los diversos estados de ánimo por los que pasaba.”

El instinto resurgía. Usted sometía, finalmente, su conciencia humana a la inconciencia natural. Pero esta operación se producía en determinado momento.

¡Qué imagen para un artista: los dioses omnipotentes, todopoderosos, pero sometidos a un destino!

Usted me dijo: “Yo me he esforzado en desarrollar esta personalidad contando sobre todo con mi instinto y volviendo a menudo a los principios, y me decía a mí mismo cuando las dificultades me arredraban: ‘Tengo colores y una tela, y debo expresarme con pureza’. Debería hacerlo sumariamente poniendo, por ejemplo, cuatro o cinco manchas de colores, trazando cuatro o cinco líneas, que dieran una expresión plástica”.

Muchas veces se le reprochó esa expresión sumaria, mi querido Matisse, sin pensar que usted había realizado uno de los trabajos más difíciles: dar existencia plástica a los cuadros sin el concurso del objeto, salvo para provocar sensaciones.

La elocuencia de sus obras proviene, ante todo, de la combinación de colores y líneas. Esa combinación es la que contribuye al arte del pintor y no, como lo creen aún ciertos espíritus artificiales, la simple reproducción del objeto.

Henri Matisse bosqueja sus concepciones, construye sus cuadros mediante colores y líneas hasta darles vida a sus combinaciones, hasta que sean lógicas y formen una composición cerrada, donde no se podría quitar ni un color ni una línea sin reducir el conjunto a la búsqueda azarosa de algunas líneas y algunos colores.

Ordenar un caos, he ahí la creación. Y si la meta del artista es crear, hace falta un orden, en el que el instinto será la medida.

A quien trabaje así, la influencia de otras personalidades no podrá anularlo. Sus certezas son íntimas. Provienen de su sinceridad y las dudas que lo angustiarán pasarán a ser la razón de su curiosidad.

“Jamás he evitado la influencia de los otros”, me dijo Matisse. “Yo hubiera considerado esa actitud como una cobardía y una falta de sinceridad frente a mí mismo. Creo que la personalidad del artista se desenvuelve, se afirma, por las luchas que tiene que librar contra otras personalidades. Si el combate le es fatal, si su personalidad sucumbe, ése y no otro era su destino”.

En consecuencia todas las escrituras plásticas: los egipcios hieráticos, los griegos refinados, los camboyanos voluptuosos, las producciones de los artistas peruanos, las estatuillas de los negros africanos, proporcionadas de acuerdo con las pasiones que los han inspirado, pueden interesar a un artista y ayudarlo a la vez a desarrollar su personalidad. Al confrontar sin cesar su arte con las otras concepciones artísticas, al no cerrar su espíritu a las manifestaciones vecinas a las artes plásticas, H. Matisse cuya personalidad tan rica hubiera podido crecer tal vez aisladamente, se enriqueció y adquirió esa grandiosidad, esa dignidad que lo distingue.

Pero, curioso de conocer las capacidades artísticas de todas las razas humanas, H. Matisse permaneció antes que nada devoto de la belleza de Europa.

Europeos, nuestro patrimonio va de los jardines bañados por el Mediterráneo a los mares sólidos del Norte. Encontramos allí los alimentos que amamos y las sustancias aromáticas de otras partes del mundo sólo son especias para nuestro espíritu. Así H. Matisse consideró a Giotto, a Piero della Francesca, a los primitivos sieneses, a Duccio, menos poderosos en volumen pero más ricos en espíritu. Y en seguida meditó sobre Rembrandt. Y colocándose en este punto de confrontación de la pintura, se observó a sí mismo para conocer el camino que habría de seguir confiadamente su espíritu triunfador.

No estamos en presencia de una tentativa desmedida: lo propio del arte de Matisse es ser razonable. Que esta razón sea a veces apasionada, a veces tierna, no impide que ella se exprese con tanta pureza como para que se la entienda. La conciencia de Matisse es el resultado del conocimiento de otras conciencias artísticas. Matisse debe la novedad de su plástica a su instinto o a su propio conocimiento.

Cuando hablamos de la naturaleza, no debemos olvidar que formamos parte de ella, y que debemos considerarnos con tanta curiosidad y sinceridad como cuando estudiamos un árbol, un cielo o una idea. Ya que hay una relación entre nosotros y el resto del universo, nosotros podemos descubrirla y posteriormente no intentar sobrepasarla.


Extraído de Henri Matisse: Reflexiones sobre el Arte, Buenos Aires, 1977

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