8 oct. 2015

Svetlana Alexievich - Monólogo acerca de las lombrices, el manjar de las gallinas y de que lo que hierve en la olla tampoco es eterno


Svetlana Alexievich - Monólogo acerca de las lombrices, el manjar de las gallinas y de que lo que hierve en la olla tampoco es eterno


El primer miedo…

  El primer miedo cayó del cielo. Vino flotando con el agua. En cambio, alguna gente, y fue mucha, estaba tranquila como una roca. ¡Se lo juro por la Cruz! Los hombres mayores se ponían a beber y decían: «Llegamos a Berlín y vencimos». Y lo decían como quien lo graba en la pared. ¡Vencedores! ¡Con sus medallas!

  El primer miedo fue… Por la mañana en el huerto encontramos los topos asfixiados. ¿Quién los asfixió? Por lo común no salen a la luz de debajo de la tierra. Alguien los echó de allí. ¡Se lo juro por la Cruz!

  El hijo me llama de Gómel:

  —¿Los escarabajos vuelan?

  —No hay escarabajos. Ni se ven por parte alguna larvas. Se han escondido.

  —¿Y lombrices?

  —Cualquier lombriz que encuentres es un manjar para las gallinas. Pero tampoco las hay.

  —Esa es la primera señal: donde no se ven ni escarabajos ni lombrices, es que allí es alta la radiación.

—¿Qué es eso de la radiación?

  —Mamá, es una especie de muerte. Convenza a papá para que se vayan. Vivirán con nosotros.

  —Pero si no hemos plantado la huerta.

  Si todos fueran listos, ¿quién haría de tonto? Que arde, pues que arda. Los incendios son algo temporal; nadie los temía entonces. No conocían el átomo. ¡Se lo juro por la Cruz! Y eso que vivíamos pegados a la central nuclear; a 30 kilómetros en línea recta y 40 si vas por carretera. Y contentos que estábamos. Te compras un billete y te vas para allá. Pues se abastecían allí como en Moscú. Salchichas baratas y carne siempre en las tiendas. La que quieras. ¡Buenos tiempos aquellos!

  Pero ahora solo queda el miedo. Cuentan que las ranas y las moscas se quedarán, pero los hombres, no. La vida se quedará sin los hombres. Cuentan cuentos y más cuentos. ¡Y al que le gusten es un bobo! Pero no hay cuento sin parte de verdad. Es una vieja canción.

  Pongo la radio. Y no paran de asustarnos con lo de la radiación. En cambio, nosotros vivimos mejor con la radiación. ¡Se lo juro por la Cruz! Mira tú misma: nos han traído naranjas, tres tipos de salchichas, lo que quieras. ¡Y eso en el pueblo! Mis nietos han recorrido medio mundo. La nieta menor regresó de Francia; eso es ese sitio desde donde nos vino a invadir Napoleón. ¡Abuela, he visto piñas americanas! Al segundo nieto, hermano de la otra, se lo llevaron a Berlín para curarlo. Allí, de donde Hitler nos vino a invadir. En tanques.

  Ahora es un nuevo mundo. Todo es distinto. ¿Será culpa de la radiación o de qué? ¿Y cómo es? Puede que se la hayan enseñado en el cine. ¿Usted la ha visto? ¿Es blanca o cómo? ¿De qué color? Unos dicen que no tiene ni color ni olor; otros, en cambio, que es negra. ¡Como la tierra! Aunque si no tiene color, es como Dios: Dios está en todas partes y nadie lo ve. ¡Nos quieren asustar! Y, en cambio, las manzanas cuelgan del árbol y las hojas también, igual que la patata crece en el campo.

  Yo creo que no ha habido ningún Chernóbil; que se lo han inventado. Engañan a la gente. Mi hermana y su marido se marcharon. No lejos de aquí, a unos veinte kilómetros. Vivieron allí dos meses y, un día, viene corriendo una vecina y les dice:

  —La radiación de vuestra vaca se ha pasado a la mía. La vaca se cae.

  —¿Y cómo es que se ha pasado?

—Pues porque vuela por el aire, como el polvo. Y se pasa volando.

  ¡Cuentos! Cuentos y más cuentos.

  En cambio esto que le cuento yo es verdad. Mi abuelo tenía abejas; cinco colmenas tenía. Pues bien, las abejas se pasaron tres días sin salir; ni una. Allí se quedaron, dentro de la colmena. Aguardando. El abuelo que va de aquí para allá por el patio: ¿qué peste será esta? ¿Qué peste negra? Algo ha pasado en la naturaleza. Porque resulta que su sistema, como nos explicó al cabo de un tiempo un vecino que es maestro, es mejor que el nuestro; son más listas, porque enseguida se lo olieron. La radio y los periódicos aún no decían nada, y en cambio las abejas ya lo sabían. Solo al cuarto día salieron a volar.

  Y las avispas. Había unas avispas, un avispero junto al zaguán, nadie las molestaba, y aquel día por la mañana desaparecieron. No se las vio ni vivas ni muertas. Y regresaron a los seis días. Eso es cosa de la radiación.

  La radiación espanta a los hombres y también a los animales del bosque. Y a los pájaros. Hasta el árbol la teme, lo que pasa es que está callado. No te dirá nada. En cambio, los escarabajos de Colorado siguen como estaban, comiéndose la patata, zampándose hasta la última hoja, pues están hechos al veneno. Como nosotros.

  Pero a veces pienso: en cada casa hay algún muerto. Allí en otra calle, al otro lado del río. Todas las mujeres se han quedado ahora sin hombres; los hombres han muerto. En nuestra calle vive mi abuelo, y por allá hay otro. Dios se lleva antes a los hombres. ¿Por qué razón?, me pregunto. Nadie nos lo traduce en palabras. Aunque, también, si una se pone a pensar: de quedarse solo los hombres, tampoco sería bueno.

  Y beben, hija mía, beben. De tristeza, beben. Porque, ¿quién quiere morir? Cuando alguien muere, ¡sientes una tristeza! Y no encuentras consuelo. Ni nadie ni nada te pueden consolar. Beben y charlan. Se devanan los sesos. Beben, ríen y ¡zas!, otro que se ha ido.

  Todos sueñan con una muerte llevadera. Pero ¿cómo merecerla?

  Solo el alma vive, hija mía.

  Nuestras mujeres, cariño, están todas vacías; cuente usted que a una de cada tres le han cortado lo que tiene de mujer. Tanto si es joven como si es vieja. No todas han llegado a parir. En cuanto lo pienso… Y todo ha pasado en un suspiro.

  ¿Y qué más le puedo añadir? Hay que vivir. Y no hay más.

Porque, mire usted… Antes, nosotros mismos batíamos la mantequilla, la flor de la leche; hacíamos el requesón y el queso. Cocíamos nuestro engrudo de leche. ¿Comen de eso en la ciudad? Cubres con agua la harina y la mezclas y te salen unos pedazos sueltos de masa; entonces, los echas en la cazuela con agua hirviendo. Lo pones todo al fuego lento y lo blanqueas con la leche. Así nos lo enseñó nuestra madre: «Aprendedlo también vosotros, hijos míos. Porque yo también lo aprendí de mi madre». Bebíamos jugo de abedul y de arce: beriózovik y klenóvik. Las judías verdes sin desgranar las cocíamos en la olla en el gran horno. Hacíamos jalea de bayas rojas. Y durante la guerra, recogíamos ortiga, armuelle y otras hierbas. Del hambre, se nos hinchaba el cuerpo, pero no nos moríamos. Recogíamos bayas en el bosque…, setas…

  Y ahora, ya ve qué vida; todo aquello se ha ido al traste. Y nosotros que nos creíamos que todo aquello era indestructible, que sería así para siempre. Que lo que hierve en la olla es eterno. Nunca me hubiera creído que todo cambiaría. Pero así son las cosas… La leche, prohibida; las legumbres, prohibidas. Nos prohíben las setas, las bayas… Nos han mandado que la carne hay que tenerla tres horas a remojo… Y a la patata, cambiarle el agua dos veces cuando la cueces… Pero medirte con Dios es inútil. Hay que vivir.

  Nos meten el miedo en el cuerpo de que nuestra agua no se puede beber. Pero ¿cómo se puede estar sin agua? Cada persona necesita su agua. No hay nada sin agua. El agua la encuentras hasta en las piedras. Y bien, ¿puede ser que el agua sea eterna? Toda la vida está hecha de ella. ¿Y a quién le vas a preguntar? Nadie te dice nada. Hasta a Dios le rezan, pero a él no le preguntan. ¡Porque hay que vivir!

  Ya ve, el grano ha crecido. Buena cosecha…

  ANNA PETROVNA BADÁYEVA,

  residente en la zona contaminada


En Voces de Chernóbil
Traducción: Ricardo San Vicente