7 oct. 2015

Ray Bradbury: Un milagro de rara invención



Ray Bradbury: Un milagro de rara invención


Un día ni demasiado suave ni demasiado ácido, ni demasiado caluroso ni demasiado frío, el viejo Ford llegó a la colina desértica a tumultuosa velocidad. La vibración de las diversas partes de la carrocería hacía huir a los que andaban por el camino en harinosos estallidos de polvo.

Monstruos de Gila, perezosas muestras de joyería india, se apartaban a un lado. El Ford, como una infección, clamaba y se alejaba estrepitosamente hacia las profundidades del desierto.

En el asiento de adelante, mirando hacia atrás, el viejo Will Bantlin gritó: —¡Dobla!

Bob Greenhill hizo girar tambaleándose al viejo Ford detrás de un panel de anuncios.

Instantáneamente los dos hombres se volvieron. Los dos atisbaron por encima del techo abollado del coche, rogando al polvo que habían removido en el aire: —¡Baja! ¡Baja, por favor...!

Y el polvo bajó suavemente. Justo a tiempo.

—¡Zambúllete!

Una motocicleta que parecía quemada en los nueve círculos del infierno pasó atronando el aire. Encorvado sobre el aceitado manubrio, una figura huracanada, un hombre de cara arrugada y muy desagradable, gafas, y abrasado por el sol, se inclinaba apoyándose en el viento. La moto rugiente y el hombre desaparecieron en el camino.

Los dos viejos subieron al coche, suspirando.

—Hasta la vista, Ned Hopper —dijo Bob Greenhill.

—¿Por qué? —dijo Will Bantlin—. ¿Por qué siempre andará pisándonos los talones?

—Willy-William, no digas tonterías —dijo Greenhill—. Somos la fortuna de Hopper, unas buenas cabezas de turco. ¿Por qué nos va a dejar si siguiéndonos por todas partes se hace rico y feliz mientras nosotros somos cada vez más pobres y sabios?

Los dos hombres se miraron, sonriendo, no del todo convencidos. Lo que el mundo no les había dado, lo habían obtenido de algún otro modo. Habían gozado juntos de treinta años de no violencia, que en el caso de ellos significaba no trabajar.

—Siento que se acerca una cosecha —decía Will, y escapaban del pueblo antes de que el trigo madurara.

O si no—: ¡Esas manzanas están al caer! —Retrocedían entonces unos quinientos kilómetros para que no les dieran en la cabeza.

Bob Greenhill llevó lentamente de vuelta el auto al camino, con una magnífica y breve detonación.

—Willy, amigo, no te desalientes.

—Ya he pasado la etapa del desaliento —dijo Will—. Ahora estoy hundido en la aceptación.

—¿La aceptación de qué?

—Del cofre del tesoro lleno de latas de sardinas un día, y ni un abrelatas. De mil abrelatas al día siguiente y ni una sardina.

Bob Greenhill escuchó al motor que hablaba consigo mismo como un viejo de noches insomnes, huesos oxidados y sueños muy gastados.

—La mala suerte no nos va a durar siempre, Willy.

—No, pero lo intenta. Tú y yo nos ponemos a vender corbatas ¿y quién aparece del otro lado de la calle vendiéndolas a diez centavos menos?

—Ned Hopper.

—Encontramos una veta de oro en Tonopah y ¿quién registra primero la mina?

—El viejo Ned.

—¿No le hemos hecho favores toda la vida? ¿No necesitamos algo que sea sólo nuestro, y que no vaya a parar a sus manos?

—Ha llegado el momento, Willy —dijo Robert, conduciendo con calma—. Lo malo es que tú, yo y Ned nunca decidimos realmente lo que queríamos. Nosotros recorremos todos estos pueblos fantasmas, vemos algo, lo tomamos. Ned lo ve y lo toma también. No lo quiere, lo quiere sólo porque nosotros lo queremos. Lo conserva hasta que nos perdemos de vista, entonces lo rompe y vuelve a trampearnos. El día que sepamos realmente lo que queremos será el día en que Ned se asuste de nosotros y huya para siempre. Ah, caramba. —Bob Greenhill respiró el aire claro y de agua fresca que corría en ráfagas matinales por encima del parabrisas.— De todos modos está bien. Este cielo.

Esas lomas. El desierto y...

Se le apagó la voz.

Will Bantlin le echó una mirada.

—¿Qué pasa?

—Por algún motivo... —los ojos de Bob Greenhill daban vueltas, las manos como de cuero hacían girar el volante lentamente—, tenemos que... salir... del camino.

El viejo Ford tropezó contra el borde abrupto del camino. Bajaron a una explanada polvorienta y de pronto se encontraron recorriendo una seca península de tierra que dominaba el desierto. Bob Greenhill, que parecía hipnotizado, extendió la mano hacia la llave de contacto. Debajo de la capota, el viejo dejó de lamentar sus insomnios y se quedó dormido.

—¿Pero por qué haces esto? —preguntó Will Bantlin.

Bob Greenhill se miró las manos intuitivas en el volante. —Me pareció que tenía que hacerlo.

¿Por qué? —Pestañeó. Dejó que los huesos se le asentaran, y que los ojos se le pusieran perezosos.— Quizá sólo para mirar la tierra desde aquí. Bueno. Todo eso está ahí desde hace mil millones de años.

—Salvo esa ciudad —dijo Will Bantlin.

—¿Ciudad? —dijo Bob.

Se volvió a mirar y el desierto estaba allí y las distantes colinas color de león, y más allá, suspendida en un mar de arena y luz en la mañana calurosa, una especie de imagen flotante, el rápido bosquejo de una ciudad.

—No puede ser Phoenix —dijo Bob Greenhill—. Phoenix está a ciento cincuenta kilómetros. No hay en los alrededores otra gran ciudad.

Will Bantlin dobló el mapa sobre las rodillas, buscando.

—No. No hay otra ciudad.
—¡Se está aclarando más! —exclamó de pronto Bob Greenhill.

Los dos se quedaron absolutamente duros en el coche y miraron por encima del parabrisas sucio de polvo, mientras el viento les gemía suavemente en las caras ásperas.

—¿Pero sabes qué es eso, Bob? ¡Un espejismo! ¡Claro, es eso! Los rayos de luz justos, la atmósfera, el cielo, la temperatura. La ciudad está en alguna parte, del otro lado del horizonte. Mira cómo salta, se desvanece, reaparece. ¡Se refleja contra ese cielo que es como un espejo y es visible aquí! ¡Un espejismo, por Dios!

—¿Tan grande?

Bob Greenhill midió la ciudad que crecía, se aclaraba en un cambio del viento, en un suave y lejano remolino de arena.

—¡La abuelita de todas! No es Phoenix. Ni Santa Fe ni Alamogordo, no. A ver. No es Kansas...

—De todos modos, queda demasiado lejos.

—Sí, pero mira esos edificios. ¡Grandes! Los más altos del país. Hay sólo un lugar como ese en el mundo.

—¿No quenas decir ... Nueva York?

Will Bantlin asintió lentamente y los dos se quedaron en silencio mirando el espejismo. Y la ciudad era alta y brillante y casi perfecta a la luz de la mañana temprana.

—Oh, Dios —dijo Bob, después de un largo rato—. Es espléndida.

—Sí —dijo Will—. Pero —añadió un momento después, en voz baja, como si temiese que la ciudad pudiera oírlo—, ¿qué está haciendo aquí en pleno Arizona, en Ninguna Parte, a cinco mil kilómetros de su casa?

Bob Greenhill miró y habló. —Willy, amigo, nunca hagas preguntas a la naturaleza. Ella se sienta ahí y sólo piensa en su tejido. Ondas radiales, arco iris, luces boreales, todo eso. Caramba, digamos que le tomaron una foto a Nueva York y la están revelando aquí, a cinco mil kilómetros de distancia, una mañana en que necesitábamos que nos dieran ánimo, sólo para nosotros.

—Sólo para nosotros no. —Will exploró del otro lado del coche.— ¡Mira!

Allí en el polvo harinoso había innumerables líneas cruzadas, diagonales, símbolos fascinantes impresos en un tranquilo tapiz.

—Marcas de neumáticos —dijo Bob Greenhill—. Centenares. Miles. Montones de coches pasan por aquí.

—¿Para qué, Bob? —Will Bantlin saltó del coche, aterrizó en el suelo, paró la oreja, dio vueltas, se arrodilló para tocarlo con una mano veloz y súbitamente temblorosa.— ¿Para Qué, para qué? ¿Para ver el espejismo? ¡Sí señor! ¡Para ver el espejismo!

—¿Y qué?

—¡Hurra, muchacho! —Will se puso de pie, hizo rugir su voz como un motor.— ¡Brrrammm! —Hizo girar un volante imaginario. Corrió por la huella de un neumático.— ¡Brrrammm! ¡Iiii! ¡Frenos! Robert-Bob, ¿sabes qué conseguimos aquí? ¡Mira al este! ¡Mira al oeste! Este es el único punto en varios kilómetros donde puedes salir de la autopista y sentarte y contemplar!

—¡Claro!, está bien que la gente le eche un vistazo a algo hermoso ...

—¡Qué hermoso ni qué diablos! ¿Quién es el dueño de esta tierra?

—El Estado, me imagino.

—¡Imaginas mal! ¡Tú y yo! Acampamos, solicitamos el registro, mejoramos la propiedad, y la ley dice que es nuestra. ¿No es cierto?

—¡Espera! —Bob Greenhill estaba contemplando el desierto y la extraña ciudad—. ¿Es decir, que quieres... obtener la concesión de un milagro?

—¡Así es, por Cristo! ¡La concesión de un milagro! Robert Greenhill se bajó del coche y dio vueltas alrededor mirando la tierra marcada por los neumáticos.

—¿Podemos hacerlo?

—¿Hacerlo? ¡Con tu permiso!

En un instante Will Bantlin estaba clavando las clavijas de una carpa en el suelo, enroscando el cordel.

—Desde aquí hasta aquí, y desde aquí hasta aquí, es una mina de oro, la hemos descubierto, es una vaca, la ordeñamos, es un lago de dinero; ¡nadaremos en él!

Revolvió en el coche, sacó cajones y un letrero que alguna vez había servido para anunciar corbatas baratas. Lo tendió en el suelo, le pasó una capa de pintura y empezó a dibujar las letras.

—Willy —le dijo su amigo—, nadie va a venir a pagar para ver un piojoso ...

—¿Espejismo? Pon una cerca, diles a las gentes que no pueden ver una cosa, y justo se les antoja eso. ¡Ya está!

Levantó el letrero.

Mirador del Espejismo Secreto: La Ciudad Misteriosa Autos: 25 centavos. Motos: 5 centavos.

—Ahí viene un coche. ¡Mira!

—William...

Pero Will, corriendo, levantó el anuncio.

—¡Eh! ¡Mire! ¡Eh!

El auto pasó rugiendo, como un toro que ignora al torero.

Bob cerró los ojos como para no ver la sonrisa de Will que se desvanecía.

Pero entonces ... un sonido maravilloso. El chirrido de los frenos.

¡El coche volvía! Will saltó adelante, agitando los brazos, señalando.

—¡Sí, señor! ¡Sí, señora! ¡El Mirador del Espejismo Secreto! ¡La Ciudad Misteriosa! ¡Entre derecho!

Las huellas en el polvo se multiplicaron y pronto se hicieron innumerables.

Un inmenso capullo de polvo cálido y flotante colgaba sobre la península seca donde en medio de un estruendo de llegadas, chirridos de neumáticos, motores que enmudecen, golpes de portezuelas, venían autos de muchos tipos y muchos lugares, y se acomodaban en fila. Y las gentes de los autos eran tan distintas como pueden serlo cuando vienen de los cuatro puntos cardinales pero son arrastradas en un determinado momento por algo determinado, todas hablando al principio, pero callando al fin ante lo que veían en el desierto. El viento les soplaba suavemente en la cara, agitando el pelo de las mujeres, los cuellos abiertos de las camisas de los hombres. Se quedaban sentados en los coches durante largo rato o de pie al borde de la tierra, sin decir nada, y al final uno por uno se volvían para irse.

Cuando el primer coche pasó retrocediendo delante de Bob y Will, la mujer que lo
ocupaba asintió, feliz.

—¡Gracias! ¡Pero si es como Roma! Otro coche viraba hacia la salida.

—¡Sí señor! —El conductor se acercó a estrechar la mano de Bob.— ¡Me sentí como si supiera hablar francés!

—¡Francés! —exclamó Bob.

Dieron un rápido paso adelante cuando iba a salir el tercer coche. Un viejo agitaba la cabeza, sentado al volante.

—Nunca vi nada parecido. Quiero decir, la niebla y todo, el Puente de Westminster, mejor que en una postal, y el Big Ben allí a la distancia. ¿Cómo lo hacen? Dios los bendiga. Muy agradecido.

Los dos hombres, perturbados, dejaron que el viejo se fuera, y lentamente se volvieron para mirar la luna que asomaba ahora más allá de la pequeña punta de tierra.

—¿El Big Ben? —dijo Will Bantlin—. ¿El Puente de Westminster? ¿La niebla?

Débil, débilmente, les pareció que oían, no estaban seguros, pararon la oreja, ¿se oían sonar tres campanadas de un gran reloj más allá del borde de la tierra? ¿No eran sirenas de bruma que llamaban a los barcos y bocinas de los barcos que respondían en algún río perdido?

—¿Hablar francés? —murmuró Robert—. ¿El Big Ben? ¿Es Roma aquello, Will?

El viento cambió. Una oleada turbulenta de aire caliente se levantó arrancando variaciones a un arpa invisible. La niebla se solidificó casi en monumentos de piedra gris. El sol construyó casi una estatua de oro en lo alto de un monte de mármol níveo recién tallado.

—¿Cómo ... —dijo William Bantlin—, cómo podía cambiar? ¿Cómo podían ser cuatro, cinco ciudades? ¿Le dijimos a cada uno la ciudad que había visto? No. ¡Bueno, Bob, bueno!

Ahora clavaron la mirada en el último cliente que estaba solo al borde de la península
seca. Indicándole a Will Bantlin que se callara, Robert avanzó en silencio y se detuvo a un
lado, detrás del visitante.

Era un hombre de casi cincuenta años, de cara animada, quemada por el sol, buena, afectuosa, de ojos color agua, hermosos pómulos, boca sensible. Parecía haber viajado mucho en su vida, por muchos desiertos, en busca de un oasis particular. Era como esos arquitectos que andan errando por las calles cubiertas de cascotes, al pie de sus edificios, mientras el hierro, el acero y el vidrio se alzan bloqueando, ocupando una parte vacía del cielo. La cara del hombre era la de esos constructores que de pronto ven levantarse delante de ellos, en ese mismo instante, de horizonte a horizonte, la ejecución perfecta de un viejo, viejo sueño. Ahora, a medias consciente de que William y Robert estaban a su lado, el extranjero habló al fin con una voz tranquila, suelta, fabulosa, diciendo lo que veía, diciendo lo que sentía:

—"En Xanadú..."

—¿Qué? —preguntó William.

El extranjero sonrió a medias, clavados los ojos en el espejismo y despacito, de
memoria, recitó:

"En Xanadú ordenó Kublai Khan
construir una majestuosa morada de placer
donde Alph, el río sagrado, corría
por cavernas inconmensurables para el hombre,
bajando a un mar sin sol."

La voz conjuró los vientos y los vientos soplaron sobre los otros dos hombres que se quedaron aún más quietos.

"Dos veces diez kilómetros de tierras fértiles,
fueron circundadas por muros y por torres,
y había allí jardines donde brillaban arroyos sinuosos,
y florecían innúmeros árboles de incienso,
y había bosques antiguos como las colinas
rodeando soleados parajes de verdor."

William y Robert miraron el espejismo, y lo que el forastero decía estaba allí, en el polvo dorado, algún fabuloso racimo de minaretes, cúpulas, frágiles torres del Oriente Medio, o Lejano, levantándose en una magnífica lluvia de polen del desierto de Gobi, una explanada de piedra donde brillaba el fértil Eufrates, Palmira aún de pie, en sus comienzos apenas, recién construida, abandonada luego por los años fugaces, rielando ahora en el calor, amenazando ahora con estallar para siempre.

El forastero, con la cara transfigurada, embellecida por la visión, concluyó:

"¡Fue un milagro de rara invención,
una soleada mandón de placer
con cavernas de hielo!"

Y el extranjero calló; y el silencio de Bob y Will fue todavía más hondo.

El forastero manoteó la cartera, con los ojos húmedos.

—Gracias, gracias.

—Ya nos ha pagado —dijo William.

—Si tuviera más, les daría todo.

Tomó la mano de William, le dejó un billete de cinco dólares, fue hasta el coche, miró por última vez el espejismo, luego se sentó, puso en marcha el motor, bajó la velocidad con maravillosa soltura, y, la cara resplandeciente, los ojos apacibles, se fue.

Robert dio unos pasos tras el auto, pasmado.

Entonces William estalló súbitamente, abrió los brazos, pegó unos gritos, asestó unos puntapiés, dio unas volteretas.

—¡Hurra! ¡La sal de la tierra! ¡Comida hasta hartarse! ¡Zapatos nuevos y chirriantes! ¡Mírame las manos: puñados!

Pero Robert dijo: —No creo que debamos conservarlo.

William dejó de bailar. —¿Qué?

Robert miró fijo el desierto.

—En realidad no podemos ser los dueños. Está fuera de aquí. Claro, podemos pedir la concesión de la tierra, pero ... No sabemos siquiera qué es.

—Pero si es Nueva York y ...

—¿Alguna vez has estado en Nueva York?

—Siempre he querido. Pero nunca estuve.

—Siempre has querido. Pero no estuviste nunca. —Robert meneó lentamente la cabeza.— Lo mismo que los otros. Ya oíste: París. Roma. Londres. Y este ultimo hombre. Xanadú. Willy, Willy, le hemos echado mano a algo extraño y grande. Me parece que no hacemos bien.

—¿Por qué? ¿Acaso dejamos a alguien afuera?

—¿Quién sabe? Tal vez veinticinco centavos son demasiado para algunos. No parece correcto, una cosa natural sujeta a leyes que no son naturales. Mira y dime si me equivoco.

William miró.

Y la ciudad estaba allí como esa primera ciudad que ve un niño cuando la madre lo lleva en tren a través de una larga pradera, una mañana temprano, y la ciudad se levanta cabeza por cabeza, torre por torre para mirarlo, para verlo acercarse. Era así de fresca, así de nueva, así de vieja, así de aterradora, así de maravillosa.

—Creo —dijo Robert— que deberíamos tomar justo lo suficiente como para comprar la gasolina de una semana y poner el resto del dinero en la primera alcancía para pobres que encontremos. Ese espejismo es un arroyo claro y la sed atrae a la gente. Si somos prudentes, tomaremos un vaso, lo beberemos fresco en el calor del día y nos iremos. Si nos detenemos, si levantamos barreras y tratamos de adueñarnos de todo el río...

William, mirando a través del viento susurrante de polvo, trató de tranquilizarse, de aceptar.

—Si tú lo dices.

—Yo no. La soledad que nos rodea lo dice.

—¡Pues yo digo otra cosa!

Los dos hombres se volvieron de un salto.

En mitad de la cuesta se alzaba una motocicleta. Sentado en ella, aureolado de aceite, los ojos cubiertos de antiparras, la grasa cubriéndole las enmarañadas mejillas, había un hombre de familiar arrogancia y fluido desprecio.

—¡Ned Hopper!

Ned Hopper mostró su sonrisa de máxima benevolencia perversa, soltó los frenos de la moto y se deslizó cuesta abajo hasta detenerse junto a sus viejos amigos.

—Tú... —dijo Robert.

—¡Yo! ¡Yo! ¡Yo! —Ned Hopper hizo sonar cuatro veces la bocina de la moto, riéndose a carcajadas, echando la cabeza hacia atrás.— ¡Yo!

—¡Cállate! —exclamó Robert—. Se quiebra como un espejo.

—¿Qué es lo que se quiebra como un espejo?

William, advirtiendo la preocupación de Robert, echó una mirada aprensiva al desierto.

El espejismo se confundía, temblaba, se desvanecía, y una vez más quedaba suspendido en el aire como un tapiz.

—¡Ahí no hay nada! ¿Qué se traen, muchachos? —Ned observó las huellas en la tierra.— Hoy estaba yo a treinta kilómetros cuando supe que ustedes me ocultaban algo. Me dije: no es propio de mis compinches que me llevaron hasta aquella mina de oro en el cuarenta y siete, y que me dieron esta moto en una jugada de dados, en el cincuenta y cinco. Todos estos años nos hemos ayudado y resulta que ahora no le cuentan los secretos al amigo Ned. De modo que me vine para aquí. Me he pasado el día subido a aquella colina, espiando. —Ned levantó los prismáticos que le colgaban delante de la chaqueta grasienta.— Ustedes saben que leo en los labios. ¡Claro! Vi todos los coches que venían aquí, la caja. ¡Están ofreciendo todo un espectáculo!

—Baja la voz —advirtió Robert—. Hasta la vista.

Ned sonrió dulcemente. —Lamento que se vayan. Pero desde luego me parece bien que dejen mi propiedad.

—¡Tuya! —Robert y William se quedaron sobrecogidos y dijeron con un susurro tembloroso—: ¿Tuya?

Ned se rió. —Cuando vi en qué andaban, me fui con la moto hasta Phoenix. ¿Ven este pedacito de papel del gobierno que me asoma por el bolsillo de atrás?

El papel estaba allí, prolijamente doblado.

William tendió la mano.

—No le des el gusto —dijo Robert.

William retiró la mano. —¿Quieres hacernos creer que pediste la concesión de la tierra?

Ned encerró la sonrisa dentro de los ojos. —Sí. No. Aunque mintiera, podría llegar a Phoenix en mi moto antes que el carricoche de ustedes. —Ned inspeccionó la tierra con sus prismáticos.— De modo que dejen todo el dinero que han ganado desde las dos de la tarde, en que hice la petición, pues no tienen derecho a estar en mi tierra.

Robert arrojó las monedas al polvo. Ned Hopper echó una mirada fortuita al montón reluciente.

—¡Acuñadas por el gobierno de los Estados Unidos! ¡Diablos, no se ve nada ahí, pero hay estúpidos que pagan!

Robert se volvió lentamente hacia el desierto.

—¿No ves nada?

Ned gruñó.

—¡Nada, y ustedes lo saben!

—¡Pero nosotros sí! —exclamó William—. Nosotros...

—William —dijo Robert.

—¡Pero Bob!

—Allá no hay nada. Como dijo él.

Ahora venían subiendo más coches en un gran zumbido de motores.

—Disculpen, señores, tengo que ocuparme de cobrar las entradas. —Ned se apartó, agitando los brazos.— ¡Sí, señora! ¡Por aquí! ¡Se paga antes de entrar!

—¿Por qué? —William observaba a Ned Hopper que corría, gritando.— ¿Por qué le dejamos hacer esto?

—Espera —dijo Robert, casi sereno—. Ya verás.

Salieron del camino cuando entraban un Ford, un Buick y un antiguo Moon.

El crepúsculo. En una loma, a unos doscientos metros más arriba del mirador del Espejismo de la Ciudad Misteriosa, William Bentlin y Robert Greenhill freían y mordisqueaban una somera comida, poco tocino, muchos porotos. De vez en cuando Robert apuntaba unos cascados prismáticos de teatro hacia la escena de abajo.

—Hubo treinta clientes desde que nos fuimos esta tarde —observó—. Pero tendrá que cerrar pronto. Sólo le quedan diez minutos de sol.

William contempló un poroto solitario en la punta del tenedor. —Una vez más dime, ¿por qué? ¿Por qué cada vez que tenemos suerte, aparece Ned Hopper?

Robert echó aliento en los cristales de los prismáticos de teatro y los limpió con el puño de la camisa. —Porque, amigo Will, nosotros somos los puros de corazón. Tenemos una luz que brilla. Y los malvados del mundo ven esa luz más allá de las lomas y dicen, "¡Pero si allá hay unos inocentes, de esos que se chupan el dedo el día entero!" Y los malvados vienen a calentarse las manos a costa nuestra. No sé qué es lo que podemos hacer, salvo quizá apagar la luz.

—Yo no quisiera hacerlo. —William se quedó rumiando, las palmas de las manos tendidas hacia el fuego.— Pero me pareció que ésta sería nuestra oportunidad—. Un hombre como Ned Hopper, con esa vida de bajo vientre blanco, ¿no merece que un rayo lo parta?

—¿Si lo merece? —Robert ajustó los prismáticos acomodándolos mejor a los ojos.— ¡Pero si es lo que acaba de ocurrir! ¡Oh, tú, hombre de poca fe! —William saltó junto a Robert. Compartieron los prismáticos, un cristal para cada uno, y miraron hacia abajo.—¡Mira!

Y William miró y exclamó:

—¡Por todos los demonios ...

—...del último infierno!

Porque allá abajo, Ned Hopper pataleaba alrededor de un coche. La gente sacudía los brazos. Ned les devolvía dinero. El auto arrancó. Se oyeron débilmente los gritos angustiados de Ned.

William se quedó sin aire. —¡Está devolviendo el dinero! Ahora casi le pega a aquél. ¡El hombre agita el puño amenazándolo! ¡Ned le devuelve el dinero, también! ¡Mira, otras despedidas cariñosas!

—¡Viva! —gritó alegremente Robert, contento con lo que veía por la mitad de los prismáticos.

Abajo todos los coches se iban levantando polvo. Al viejo Ned le dio una violenta pataleta, arrojó las antiparras al polvo, rompió el letrero, gritó una blasfemia terrible.


—Dios mío —murmuró Robert—. Qué suerte no oír las palabras. ¡Ven, Willy!

Mientras William Bantlin y Robert Greenhill bajaban de vuelta al desvío de la Ciudad Misteriosa, Ned Hopper se precipitaba entre chillidos de furia. Rebuznando, rugiendo en su moto, lanzó por el aire el letrero pintado. El cartón subió silbando, como un bumerán, ybajó zumbando, errándole apenas a Bob. Mucho después que Ned se hubiera ido como un trueno estrepitoso, William se acercó, levantó el letrero tirado en el suelo, y lo limpió.

Ya era el crepúsculo y el sol tocaba las lomas lejanas y la tierra estaba quieta y silenciosa y Ned Hopper se había ido, y los dos hombres solos en el abandonado territorio, en el polvo con miles de huellas, miraron la arena y el aire extraño.

—Oh, no... Sí —dijo Robert.

El desierto estaba vacío en la luz rosa dorado del sol poniente. El espejismo había desaparecido. Unos pocos demonios de polvo giraban y caían, lejos, en el horizonte, pero eso era todo.

William dejó escapar un largo gruñido de congoja.— ¡Lo hizo! ¡Ned! ¡Ned Hopper, vuelve! ¡Ah, maldita sea, Ned, lo has arruinado todo! ¡Que el diablo te lleve! —Se detuvo.— Bob, ¿cómo puedes quedarte así?

Robert sonrió tristemente. —Me da lástima Ned Hopper.

—¡Lástima!

—Nunca vio lo que nosotros vimos. Nunca vio lo que todos vieron. No creyó nunca ni un momento. ¿Y sabes qué? El descreimiento es contagioso. Se le pega a la gente.

William exploró la tierra deshabitada. —¿Es eso lo que ocurrió?

—¿Quién sabe? —Robert sacudió la cabeza.— Hay algo seguro: antes la gente venía, y la ciudad, las ciudades, el espejismo, lo que fuese, estaba ahí. Pero es muy difícil ver cuando la gente se te interpone en el camino. Nada más que con moverse, Ned Hopper tapaba el sol con la mano. Algo es seguro, el teatro cerró para siempre.

—¿No podemos ...? —William vaciló.— ¿No podemos abrirlo de nuevo?

—¿Cómo? ¿Cómo haces volver una cosa así?

Los dos hombres dejaron que las miradas jugaran por la arena, las colinas, las pocas
nubes solitarias, el cielo sin viento y muy quieto.

—Quizá si miramos con el rabillo del ojo, no directamente, si nos tranquilizamos, si lo tomamos con calma...

Los dos se miraron los zapatos, las manos, las rocas que estaban a sus pies, todo. Pero al final William se lamentó: —¿Lo somos? ¿Somos puros de corazón?

Robert se rió un poquitito. —Oh, no como los chicos que vinieron aquí hoy y vieron todo lo que querían ver, ni como la gente simple nacida en los campos de trigo y que van por el mundo llevados de la mano de Dios y nunca crecerán. No somos ni los niños pequeños ni los niños grandes, Willy, pero tenemos una cosa: estamos contentos de estar vivos. Conocemos las mañanas del aire en la carretera, las estrellas que primero suben y luego bajan por el cielo. Ese bellaco hace mucho que no está contento. Me indigna pensar que andará por el camino en esa moto todo el resto de la noche, todo el resto del año.

Robert terminaba la frase cuando observó que William volvía cuidadosamente los ojos hacia un lado, hacia el desierto.

Robert murmuró con cautela: —¿Ves algo?

William suspiró. —No. Quizá mañana...

Un coche bajaba desde la carretera.

Los dos hombres se miraron. Una loca mirada de esperanza les relampagueó en los ojos. Pero no se atrevieron a agitar las manos y gritar. Se quedaron simplemente con el cartel pintado en los brazos.

El coche pasó rugiendo.

Los dos hombres lo siguieron con ojos esperanzados.

El coche frenó. Retrocedió. Había un hombre, una mujer, un chico, una chica. El hombre gritó: —¿Cierran de noche?

William dijo: —No es necesario...

Robert lo interrumpió: —¡Quiere decir que no es necesario pagar! ¡El último cliente del
día y familia pasan gratis! ¡Adelante!

—¡Gracias, vecino, gracias!

El auto avanzó rugiendo hasta el mirador.

William tomó a Robert del codo. —Bob, ¿qué te pasa? ¿Vas a decepcionar a esos
chicos, a esa simpática familia?

—Calla —dijo Robert, suavemente—. Ven.

Los chicos bajaron precipitadamente del auto. El hombre y la mujer salieron lentamente
al atardecer. El cielo era en ese momento todo oro y azul y un pájaro cantó en algún lugar
de los campos de arena y polen leonado.

—Mira —dijo Robert.

Y caminaron hasta ponerse detrás de la familia que se alineaba ahora para mirar el
desierto.

William contuvo el aliento.

El hombre y su mujer entornaron los ojos, incómodos, mirando el crepúsculo.

Los chicos callaban, y abrían los ojos a la luz destilada del sol poniente.

William se aclaró la garganta. —Es tarde... Eh... no se ve muy bien.

El hombre iba a contestar, cuando el chico dijo: —¡Oh, se ve muy bien!

—¡Claro! —La chica señaló.— ¡Allí!

La madre y el padre siguieron el movimiento de la mano, como si eso pudiera ayudar, y
así fue.

—Dios mío —dijo la mujer—, por un momento pensé... Pero ahora... ¡Sí, allí está!

El hombre leyó en la cara de la mujer, vio allí una cosa, se la llevó prestada y la puso
en la tierra y en el aire.

—Sí —dijo al fin—. Oh, sí.

William los contemplaba, y contemplaba el desierto y también a Robert, que sonreía y
asentía.

Las caras del padre, la madre, la hija, el hijo resplandecían ahora, mirando al desierto.

—Oh —murmuró la chica—, ¿está realmente allí?

Y el padre asintió, la cara iluminada por lo que veía, apenas dentro de los límites de lo visible y un poco más allá de lo que puede conocerse. Habló como si estuviera solo en una iglesia-bosque.

—Sí. Dios mío, y qué hermoso es.

William empezó a levantar la cabeza, pero Robert murmuró. —Despacio. Está viniendo. No te esfuerces. Despacio, Will.

Y entonces William supo lo que debía hacer.

—Voy a quedarme con los chicos —dijo.

Y caminó lentamente y se quedó de pie detrás del chico y la chica. Estuvo largo rato allí, como un hombre entre dos cálidas hogueras, calentándose en una tarde fría, y respiró con facilidad y al fin dejó que los ojos subieran, dejó que la atención se volviera sin esfuerzo hacia el desierto crepuscular y la esperada ciudad de la penumbra.

Y allí en el polvo que subía suavemente soplado desde la tierra, reunido en el viento en siluetas de torres, espirales y minaretes, estaba el espejismo.

William sintió la respiración de Robert en el cuello, cerca, murmurando, hablando a medias consigo mismo.

¡Fue un milagro de rara invención, una soleada mansión de placer con cavernas de hielo!


Y la ciudad estaba allí.

Y el sol se puso y salieron las primeras estrellas.

Y la ciudad era muy clara cuando William se oyó a sí mismo repitiendo, en voz alta o quizá solo: —Fue un milagro de rara invención...

Se quedaron en la oscuridad hasta que dejaron de ver.



En Las maquinarias de la alegría (1949)
Trad.: Aurora Bernárdez