27 sep. 2015

Silvina Ocampo - La máscara



Silvina Ocampo


Soy como un árbol sin belleza, pensaba; las marcas que dejó el tiempo se borran, pero peores son las marcas de las marcas. Hay hojas en este árbol que podrían ser preciosas, pero quién descubre belleza cuando descifrarla lleva paciencia y tiempo, tanto tiempo que se empeora el mal. Soy un mero disfraz de mí misma. Si algún crimen cometí, ¿estaré pagándolo?.

Existía en una vieja casa un armario con innumerables antifaces, caretas, dominós, vestidos con capuchón de raso que inundaban los estantes. Había un vestido largo, amarillo de un lado y negro del otro; brillaba; era mi preferido; pero a mí me tocaba siempre, para carnaval, el disfraz de diablo, que no me gustaba; o el de holandesa, demasiado abrigado; o el de manola, demasiado lujoso.

Todos los años aparecía algún nuevo disfraz en el armario; disfraces nacidos de un almohadón o de una cortina que servirían de manto o de falda, pero yo nunca conseguía el amarillo de un lado y el negro del otro; era para personas grandes y yo era chica. En alguna oportunidad se habló de achicarlo para mi talle, pero se retractaron diciendo que sería un crimen, puesto que era de seda natural.

—¡De seda natural, ya ni los ángeles se visten! Alguien dijo:

—Guárdenlo para una fiesta.

Y la fiesta un día tuvo lugar en el salón de un hotel, pero no me disfrazaron con el célebre dominó negro y amarillo, sino con el vestido de holandesa: un auténtico traje de aldeana. Las trenzas de lana que me pusieron y la falda abrigada y la cofia y el delantal, todo era de lana, salvo la careta, que era de sultana. Era verano y me moría de calor. "No se divierte esta chica", dijo alguien, al ver mi inmovilidad. Se estaba derritiendo mi careta. Me miré en un espejo. No me reconocí. En vano cambié la posición de la careta sobre mi cara: a la altura de la boca, para poder tirar la lengua, quedaron los ojos, para ver mejor. La máscara impávida no condescendía a obedecerme y seguía mirándome sin verme, con sus ojos ocultos. Las mejillas palidecían, el dibujo de los párpados también. Debajo del cartón, el sudor cayó de mi frente a mis ojos, prorrumpiendo casi en llanto, pero nadie veía lo que pasaba detrás de ese cartón, duro e interminable como la máscara de hierro. Poco a poco la careta embelleció un poco; la miré de nuevo en el espejo, creyendo que el cambio se debía a que entonces me miraba en un espejo diferente. Pensé que habría obrado la magia. Me acerqué hasta tocarlo, lo sentí frío sobre mi frente, tierno de pronto como un abrazo. La humedad del sudor me refrescó. Sentí renacer el triunfo de una pequeñísima belleza en aquella máscara extraña, porque se había humanizado. Nunca fui tan linda, salvo algún día de extraordinaria felicidad en que tuve una cara idéntica a otra cara que me gustaba.


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