4 abr. 2015

Christopher Hitchens - La religión como pecado original


Christopher Hitchens - La religión como pecado original


En realidad, hay aspectos en los que la religión no solo es amoral, sino positivamente inmoral. Y estos delitos y faltas no deben buscarse en la conducta de sus fieles (que a veces puede ser ejemplar), sino en sus preceptos originales.

Estos delitos son los siguientes:

Presentar una imagen falsa del mundo para los ingenuos y los crédulos.

La doctrina del sacrificio de sangre.

La doctrina de la expiación.

La doctrina de la recompensa y/o el castigo eternos.

La imposición de tareas y normas imposibles.

Ya nos hemos ocupado del primer aspecto. Se sabe desde hace mucho tiempo que todos los mitos de creación de todos los pueblos son falsos, y que recientemente han sido sustituidos por explicaciones infinitamente superiores y más majestuosas. A su lista de disculpas, la religión debería añadir sencillamente una disculpa por endilgar parches artificiales y mitos populares a las personas confiadas y por tardar tanto tiempo en reconocer que lo habían hecho. Se percibe cierta reticencia para hacer este reconocimiento, puesto que podría hacer estallar la visión del mundo religiosa en su conjunto; pero cuanto más se demore, más abyecta será la negación.

Sacrificios de sangre
  
Antes de que apareciera el monoteísmo, los altares de la sociedad primitiva apestaban a sangre, gran parte de ella humana y alguna incluso infantil. La sed de ella, al menos en su variante animal, todavía nos acompaña. Los judíos devotos intentan criar actualmente la «vaca roja» pura e inmaculada que se menciona en el capítulo 19 del libro de Números, la cual, si se sacrifica de nuevo siguiendo el ritual preciso y meticuloso, provocará el regreso de los sacrificios humanos en el Tercer Templo y acelerará el fin de los tiempos y la llegada del Mesías. Tal vez esto parezca sencillamente absurdo, pero mientras escribo estas palabras un grupo de agricultores cristianos obsesionados con esta idea trata de ayudar a sus colegas fundamentalistas empleando técnicas de cría especiales (prestadas o robadas de la ciencia moderna) para criar una bestial «Vaca Roja» en Nebraska. Mientras tanto, en Israel los judíos fanáticos de la Biblia también intentan criar en una «burbuja» pura y libre de contaminación un niño que cuando alcance la mayoría de edad tendrá el privilegio de degollar a esa vaca. En condiciones ideales, esto debería llevarse a cabo en la Explanada de las Mezquitas, la inoportuna sede de los santos lugares musulmanes; pero, en todo caso, el auténtico lugar en el que supuestamente Abraham blandió el cuchillo sobre el cuerpo vivo de su propio hijo. En el mundo cristiano y musulmán se producen otros degollamientos y destripamientos sacramentales a diario, ya sea para celebrar la Pascua o la fiesta del Eid.

Esta última, que alaba la disposición de Abraham para realizar el sacrificio humano de su hijo, es común a todos los monoteísmos y proviene de sus antepasados primitivos. No hay forma de suavizar el evidente sentido de esta escalofriante historia. El preludio tiene que ver con una serie de vilezas y decepciones, desde la seducción de Lot por parte de sus hijas hasta el matrimonio de Abraham con su hermanastra, el nacimiento de Isaac de Sara cuando Abraham tenía cien años y muchos otros delitos y faltas toscos e increíbles. Afligido tal vez por los remordimientos, pero en todo caso creyendo seguir los dictados de dios, Abraham se aviene a asesinar a su hijo. Recoge las astillas, tiende al muchacho atado sobre ellas (mostrando así que conocía el procedimiento) y toma el cuchillo para matar al chico como a un animal. En el último instante posible, su mano se detiene; no ha sido dios, según parece, sino un ángel, y desde las nubes se le alaba por demostrar su inquebrantable disposición para asesinar a un inocente con el fin de expiar sus pecados. En recompensa a su fidelidad, se le augura una larga posteridad en la abundancia.

No mucho después de esto (aunque la narración del Génesis no resulta muy ilustrativa en lo tocante al tiempo) fallecía su esposa Sara a la edad de ciento veintisiete años, y su respetuoso marido encuentra una sepultura para ella en una cueva de la ciudad de Hebrón. Habiéndola sobrevivido hasta alcanzar la excelente edad de ciento setenta y cinco años, y tras haber engendrado mientras tanto a otros seis hijos, Abraham es enterrado finalmente en la misma cueva. Hasta el día de hoy, las personas religiosas se matan entre sí y matan a los hijos de los demás por el derecho a la propiedad exclusiva de este agujero ilocalizable e imposible de identificar en una montaña.

Durante la revuelta árabe de 1929 hubo una terrible matanza en la que fueron asesinados sesenta y siete judíos residentes en Hebrón. Muchos de ellos eran lubavitchers, que consideran que todos los no judíos son inferiores desde el punto de vista racial, y que se habían trasladado a Hebrón porque creían en el mito del Génesis, si bien esto no es excusa para el pogromo. La ciudad, que hasta 1967 se encontraba al otro lado de la frontera de Israel, fue tomada aquel año a bombo y platillo por las fuerzas israelíes e incorporada al territorio de Cisjordania. Los colonos judíos bajo la dirección de un rabino particularmente violento y repelente llamado Moshe Levinger empezaron a «regresar» y a construir en lo alto de la ciudad una fortificación llamada Kiryat Arba, así como algunos asentamientos más reducidos en su interior. Entre los habitantes principalmente árabes, los musulmanes siguieron afirmando que el meritorio Abraham se había mostrado dispuesto a asesinar de verdad a su hijo, pero tan solo por su religión, y no por la de los judíos. Esto es lo que significa «sumisión». Cuando visité aquel lugar descubrí que la supuesta gruta de los Patriarcas o cueva de Machpela contaba con accesos independientes y lugares de oración separados para los dos grupos en liza que reclamaban el derecho a conmemorar esta atrocidad en su propio nombre.

Poco antes de mi llegada se había cometido otra atrocidad. Un fanático doctor israelí llamado Baruch Goldstein había entrado en la cueva y, tras descolgarse el arma automática que se le había permitido portar la descargó sobre la congregación musulmana. Mató a veintisiete feligreses e hirió a otros muchos antes de ser aplastado y morir apaleado. Resultaba que muchas personas ya sabían que el doctor Goldstein era peligroso. Mientras sirvió como médico en el ejército israelí había anunciado que no trataría a pacientes no judíos, como los árabes israelíes, sobre todo en sabbat. Según parece, muchos tribunales religiosos israelíes han confirmado que al negarse a hacerlo estaba obedeciendo la ley rabínica; de manera que un modo sencillo de descubrir a un asesino inhumano era apreciar que le guiaba un respeto sincero y literal a las instrucciones divinas. Desde entonces, los judíos más obstinadamente observantes han levantado santuarios en su nombre; y de los rabinos que condenaron su acción no todos lo hicieron en términos inequívocos. La maldición de Abraham continúa envenenando Hebrón, pero el mandato divino de realizar sacrificios de sangre envenena toda nuestra civilización.

Expiación

Los sacrificios humanos anteriores, como los de los aztecas u otras ceremonias que nos repugnan, eran habituales en el mundo antiguo y adoptaban la forma de asesinato propiciatorio. Se suponía que la ofrenda de una virgen, de un niño o de un prisionero aplacaba a los dioses; una vez más, no es muy buena publicidad de las cualidades morales de la religión. El «martirio» o sacrificio deliberado de uno mismo puede considerarse bajo un prisma ligeramente distinto, si bien en la India los británicos lo castigaban tanto por razones imperiales como cristianas cuando lo practicaban los hinduistas en forma de suttee o «suicidio» insinuado con persistencia a las viudas. Los «mártires» que en un acto de exaltación religiosa desean matar a otros además de a sí mismos reciben una consideración muy distinta: el islam se opone abiertamente al suicidio per se, pero parece no poder decidir si debe condenar o recomendar la acción de un shahid valiente.

De todos modos, la idea de expiación vicaria como las que tanto perturbaron incluso a C. S. Lewis representa un refinamiento adicional de la antigua superstición. De nuevo nos encontramos a un padre manifestando su amor por someter a un hijo a la muerte mediante tormento, pero en esta ocasión el padre no trata de impresionar a dios. Es dios, y trata de impresionar a los seres humanos. Formúlese usted la pregunta: ¿qué moral subyace a lo siguiente? Me hablan de un sacrificio humano que tuvo lugar hace dos mil años, sin que fuera mi deseo y en unas circunstancias tan horrendas que, en caso de haber estado presente y haber podido ejercer alguna influencia, me habría sentido obligado a tratar de impedirlo. Como consecuencia de este crimen, mis múltiples pecados son perdonados y puedo esperar gozar de vida eterna.

De momento pasemos por alto todas las contradicciones entre las narraciones del episodio original y supongamos que es esencialmente cierto. ¿Qué consecuencias tiene? No son tan tranquilizadoras como aparentan ser a primera vista. Para empezar, para poder obtener el beneficio de esta maravillosa ofrenda tengo que aceptar que soy responsable de los azotes, las burlas y la crucifixión, algo en lo que no tuve arte ni parte, y aceptar que cada vez que declino esta responsabilidad, o que peco de palabra u obra, incremento la agonía del mismo. Además, se me exige que crea que la agonía era necesaria con el fin de compensar un delito anterior en el que tampoco tomé parte: el pecado de Adán. Es inútil objetar que Adán parece haber sido creado con una insatisfacción y curiosidad insaciables y que después se le prohíbe saciarlas: todo esto se dispuso mucho antes de que el propio Jesús hubiera nacido. Por consiguiente, mi culpa en el asunto se considera «original» e ineludible. No obstante, se me asigna en todo caso una voluntad libre con la que rechazar la oferta de la redención vicaria. Sin embargo, en caso de que haga valer esta opción debo afrontar una eternidad de tormentos mucho más atroces que cualquiera de los sufridos en el Calvario, o que cualquiera de aquellos otros con los que se amenazó a los primeros que escucharon los Diez Mandamientos.

El relato no se vuelve más fácil de seguir por el hecho de descubrir necesariamente que Jesús deseaba y tenía que morir, o que acudió a Jerusalén en Pascua con el fin de hacerlo, o que todos los que participaron en su asesinato estaban haciendo la voluntad de dios sin saberlo y cumpliendo antiguas profecías. (En ausencia de la versión gnóstica, esto convierte en algo lamentablemente inexplicable que Judas, que se supone que llevó a cabo el acto curiosamente redundante de identificar a un predicador muy famoso ante aquellos que llevaban buscándolo mucho tiempo, sufriera semejante oprobio. Sin él, no habría habido ningún «Viernes Santo», que es como los cristianos lo llaman con ingenuidad incluso cuando no tienen un ánimo vengativo.)

Hay una acusación (presente solo en uno de los cuatro evangelios) de que los judíos que condenaron a Jesús pidieron que su sangre recayera «sobre sus cabezas» durante las futuras generaciones. No es un problema que afecte solo a los judíos o a los católicos preocupados por la historia del antisemitismo cristiano. Supongamos que el sanedrín judío hubiera hecho realmente ese llamamiento, como Maimónides pensaba que hizo y debía hacer. ¿Cómo podría mantenerse de algún modo vinculado a las futuras generaciones? Recordemos que el Vaticano no afirmó que fueran algunos judíos los que mataron a Cristo, sino que quienes habían ordenado su muerte fueron los judíos y que el pueblo judío en su conjunto era portador de una responsabilidad colectiva. Parece estrafalario que la Iglesia no consiguiera abandonar la acusación de «deicidio» judío generalizado hasta hace muy poco. Pero la clave de su reticencia puede encontrarse con facilidad. Si se reconoce que los descendientes de los judíos no están implicados, resulta muy duro sostener que cualquier otra persona que no estuviera allí presente tampoco estaba implicada. Como suele suceder, una grieta en el tejido amenaza con romper toda la tela (o en convertirla en algo tejido y fabricado sencillamente por el hombre, como la vergüenza del sudario de Turín). En resumen: la colectivización de la culpa es intrínsecamente inmoral, como la religión se ha visto obligada a reconocer de vez en cuando.

El castigo eterno y las tareas imposibles

Cuando era niño, el episodio del huerto de Getsemaní del Evangelio me atraía mucho porque su «irrupción» en la acción y su llanto humano hacía que me preguntara si algo de aquel fabuloso drama podía ser al fin y al cabo cierto. Jesús pregunta de hecho. «¿ Tengo que seguir con esto?». Es una pregunta impresionante e inolvidable y hace mucho que decidí que de buena gana apostaría mi alma por la idea de que la única respuesta correcta a ella es «no». No podemos esperar, como si fuéramos campesinos atemorizados de la Antigüedad, cargar todos nuestros delitos en un chivo inocente y después arrojar al desventurado animal al desierto. Hay una expresión cotidiana bastante sensata que trata con desprecio la idea de ser un «chivo expiatorio». Y la religión nos convierte de forma muy acusada en chivos expiatorios. Yo pago tus deudas, amor mío, si tú has sido imprudente; y si yo fuera un héroe como Sidney Cartón en Historia de dos ciudades podría incluso cumplir tu condena u ocupar tu lugar en el patíbulo. Ningún hombre experimenta amor tan grande. Pero no puedo absolverte de tus responsabilidades. Sería inmoral por mi parte ofrecerlo e inmoral por tu parte aceptarlo. Y si se nos hace esa misma oferta desde otra época y otro mundo, a través de intermediarios y acompañada de incentivos, pierde toda su grandeza y se degrada en fantasias ilusorias o, peor aún, en una combinación de chantaje y soborno.

Blaise Pascal, cuya teología no carece de cierta sordidez, dejó incómodamente patente que todo esto era una degeneración absoluta rayana en el mero regateo. Su famosa «apuesta» lo plantea de forma un tanto charlatana: ¿qué tiene uno que perder? Si uno cree en él y se equivoca, ¿qué más da? En una ocasión escribí una réplica a este astuto texto de cobertura de apuestas que adoptaba dos formas. La primera era una versión de la hipotética respuesta de Bertrand Russell a una pregunta también hipotética: ¿qué diría usted si muriera y fuera llevado ante su Creador? ¿Cuál sería su respuesta? «Yo diría, ¡Oh Dios!, no nos diste suficientes pruebas». Mi respuesta: Imponderable señor, en virtud de parte de la fama que se te atribuye, no de toda, supongo que preferirías a un no creyente honrado y convencido antes que el fingimiento hipócrita e interesado de una fe falsa o los humeantes tributos de unos altares sangrientos. Pero no estaría tan seguro.

Pascal me recuerda a los hipócritas y los impostores que abundan en la racionalización talmúdica judía. No realices ningún trabajo el sabbat, pero paga a algún otro para que lo haga. Si uno obedece la letra de la ley, ¿a quién le importa? El Dalai Lama nos dice que se puede visitar a una prostituta siempre que sea otro el que la pague. Los musulmanes chiíes ofrecen «matrimonios temporales» vendiendo a los hombres la autorización para tomar una esposa durante una o dos horas profesando los votos habituales para después divorciarse de ella cuando han terminado. La mitad de los espléndidos edificios de Roma jamás se habrían erigido si la venta de indulgencias no hubiera sido tan lucrativa: la propia basilica de San Pedro se financió mediante una única ofrenda especial de este tipo. El actual Papa, el otrora Joseph Ratzinger, atrajo hace poco a los jóvenes católicos a un festival ofreciendo a quienes asistieran cierta «remisión del pecado».

Este patético espectáculo moral no sería necesario si las reglas originales fueran tales que se pudieran obedecer. Pero a los edictos totalitarios que comienzan con la revelación emanada de una autoridad absoluta, se imponen mediante el miedo y se fundan en un pecado que habría sido cometido hace mucho tiempo, se suman normas que a menudo son inmorales e imposibles al mismo tiempo. El principio esencial del totalitarismo consiste en promulgar leyes que sean imposibles de obedecer. La tiranía resultante es aún más impresionante si puede imponerse mediante una casta o partido privilegiado que vigila con mucho celo la detección del error. A lo largo de su historia la mayor parte de la humanidad ha vivido bajo una u otra modalidad de esta estupefaciente dictadura y una gran parte de ella todavía continúa viviendo así. Permítaseme aportar unos cuantos ejemplos de reglas que deben pero no pueden obedecerse.

El mandamiento del Sinaí que prohibía a las personas pensar siquiera en codiciar bienes constituye el primer indicio. El Nuevo Testamento vuelve a hacerse eco de él en el mandamiento que afirma que un hombre que piensa en una mujer de forma incorrecta ya ha cometido realmente adulterio. Y es casi igualado por la actual prohibición musulmana, y anteriormente cristiana, que impide prestar dinero obteniendo un interés. Todos ellos, en sus diferentes formas, tratan de imponer restricciones imposibles sobre la iniciativa humana. Solo pueden cumplirse de una de dos maneras posibles. La primera es mediante el azote y la mortificación continuos de la carne acompañados por una incesante lucha con los pensamientos «impuros», que se hacen realidad en cuanto son nombrados, o incluso imaginados. De ello se derivan confesiones histéricas de culpa, falsos propósitos de enmienda y sonoras y violentas denuncias de otros pecadores y reincidentes: un estado policial espiritual. La segunda solución es la hipocresía organizada, donde se rebautiza a los alimentos prohibidos con el nombre de otra cosa, o donde una donación a las autoridades religiosas sirve para alquilar un reservado, o donde la ostentación de la ortodoxia servirá para comprar algo de tiempo, o donde el dinero se puede ingresar en una cuenta y después recuperarse en otra, tal vez con un ligero incremento porcentual y de forma no usurera. A esto podríamos denominarlo «república bananera espiritual». Muchas teocracias, desde la Roma medieval hasta la actual Arabia Saudí wahabí, han conseguido ser al mismo tiempo estados policiales espirituales y repúblicas bananeras espirituales.

Esta objeción sirve incluso para algunos de los preceptos más nobles y fundamentales. La orden «Ama a tu prójimo» es dulce y sin embargo severa: es un recordatorio de nuestras obligaciones para con los demás. La orden «ama a tu prójimo como a ti mismo» es demasiado radical y demasiado enérgica para poder obedecerla, como también lo es la instrucción muy difícil de interpretar de amar a los demás «como yo os he amado». La constitución de los seres humanos impide que se preocupen por los demás tanto como por ellos mismos: eso sencillamente no se puede hacer (como cualquier «creador» inteligente habría comprendido muy bien tras estudiar su propio diseño). Instar a los seres humanos a ser sobrehumanos so pena de muerte y tortura es instar a una terrible autodegradación y al reiterado e inevitable fracaso a la hora de respetar las reglas. ¡Menuda mueca burlona, además, en el rostro de quienes aceptan los donativos en efectivo que se hacen para sustituirlo! La denominada Regla de Oro, a veces identificada innecesariamente con una leyenda popular sobre el rabino Hillel de Babilonia, simplemente nos anima a tratar a los demás como hubiéramos deseado que nos trataran ellos. Este precepto sobrio y racional que podemos enseñar a cualquier niño con su innato sentido de la justicia (y que es anterior a todas las «bienaventuranzas» y parábolas de Jesús) queda perfectamente al alcance de cualquier ateo y cuando se infringe no exige masoquismo e histeria, ni sadismo e histeria. Se aprende de forma gradual, integrada en la lenta y dolorosa evolución de la especie y, una vez captado, jamás se olvida. Bastará la conciencia ordinaria sin necesidad de que lo respalde ninguna cólera celestial.

Por lo que se refiere a las normas más fundamentales, solo es preciso consultar una vez más el argumento del diseño. La gente desea enriquecerse y prosperar, y aunque pueden muy bien prestar o incluso regalar dinero a algún amigo o pariente que lo necesite y no pedir a cambio nada más que se lo devuelvan en algún momento o que les den las gracias, no adelantarán dinero a un absoluto desconocido sin esperar algún interés a cambio. Por una bonita casualidad, la codicia y la avaricia son los acicates del desarrollo económico. Nadie que haya estudiado este tema desde David Ricardo hasta Karl Marx o Adam Smith ha dejado de ser consciente de este hecho. «No es la benevolencia» del panadero, señalaba Smith con su sagaz estilo escocés, la que nos procura el pan nuestro de cada día, sino su propio interés por cocerlo y venderlo. En cualquier caso, podemos optar por ser altruistas (lo que quiera que esto signifique), pero por definición no se nos puede obligar a ser altruistas. Tal vez fuéramos mejores mamíferos si no estuviéramos «hechos» así, pero nada puede ser sin duda más absurdo que tener un «creador» que luego te prohíbe el instinto que él mismo instiló en ti.

«Libre albedrío», responden los casuistas. Tampoco hay que obedecer las leyes que prohíben el asesinato o el robo. Bueno, uno puede estar genéticamente programado para hacer gala de determinadas dosis de agresividad, odio y gula, y no obstante también lo bastante evolucionado para tener cautela antes de dejarse llevar por cualquier impulso. Si nos entregáramos siempre a todos y cada uno de nuestros instintos más básicos, la civilización habría sido imposible y no existiría escritura con la que proseguir esta discusión. Sin embargo, no cabe ninguna duda de que un ser humano, hombre o mujer, de pie o tumbado, ve que su mano llega justo hasta los genitales. Resulta útil sin duda para protegerse de agresores primitivos una vez que nuestros antepasados decidieron asumir el riesgo de ponerse en pie y exponer sus vísceras a las agresiones, y es al mismo tiempo un privilegio y una provocación negada a la mayoría de los cuadrúpedos (algunos de los cuales pueden compensarlo aproximando el hocico al mismo lugar al que nosotros podemos llegar con los dedos y las palmas de las manos). Ahora bien: ¿quién concibió la regla de que esta fácil aposición entre lo manual y lo genital estuviera prohibida, incluso como pensamiento? Por decirlo más claramente, ¿quién ordenó que se debe tocar (por otros motivos que no tengan nada que ver con el sexo ni la reproducción) pero también que no se debe? Ni siquiera parece haber aquí ninguna auténtica autoridad de las escrituras, y sin embargo casi todas las religiones han convertido esta prohibición en algo casi absoluto.

Podríamos escribir todo un libro dedicado únicamente a la grotesca historia de la religión y el sexo y al sagrado pánico al acto procreador y a los impulsos y necesidades asociados a él, desde la emisión de semen hasta la efusión de sangre menstrual. Pero un modo adecuado de condensar toda esta fascinante historia puede ser formular una única pregunta provocativa.



En Dios no es bueno