17 abr. 2015

Abelardo Castillo – Vivir es fácil, el pez está saltando


Abelardo Castillo – Vivir es fácil, el pez está saltando


Merde a Dieu!
RIMBAUD


Ha ido hacia la ventana y la ha abierto de par en par. Antes bostezó. Después ha hecho girar entre sus dedos el sobre, un expreso escrito a máquina en uno de cuyos ángulos se lee, en grandes letras azules, la palabra urgente. No abrió el sobre. Con indiferencia lo ha dejado sin abrir entre las cartulinas de dibujo y bocetos publicitarios que se amontonan sobre la mesa, una vasta y severa mesa española, maciza, de apariencia monacal. Vuelve a la ventana. Ha cruzado los brazos y no mira afuera. Ahora, furtivamente, echa una mirada de reojo hacia la pared del otro cuerpo del edificio. La pared es violeta. Gira la cabeza, observa la pared. Va achicando los párpados hasta cerrarlos. Rápidamente, abre un ojo. Luego se encoge de hombros y se pone a mirar una paloma que, un poco más abajo, da vueltas alrededor de otra en el alféizar de la ventana del sexto piso. Escupe. Ha escupido con naturalidad y se ha quedado a la expectativa: unos segundos después se alcanza a oír el lejano plic en el patio de la planta baja. Va hacia el tablero de dibujo, no alcanza a llegar: ha hecho una especie de paso de baile, y ahora, de perfil a un espejo, está inmóvil junto a la biblioteca. Mete la mano en el hueco de uno de los ladrillones blancos que soportan los estantes, deja un momento la mano ahí, como si dudara, y saca por fin un frasquito. “Aunque lo que me vendría mejor”, habla en voz alta, mientras con un dedo lucha por quitar el algodón que tapona el gollete del frasquito, “sería un buen Alka-Seltzer”. Dice que, además, le vendría bien no comerse las uñas. Ha sonreído. “Ni hablar en voz alta”, ha dicho y se miró en el espejo. “Ves, Van Gogh, ves alma de cántaro, en momentos como éste uno siente lo amarillo que va a ser vivir sin la dulce Úrsula Loyer, ángel de los bebés; o sin sus uñas”. Se ha acercado un poco más al espejo, después, bruscamente, hasta casi tocarlo con la cara. Tiene aún el dedo dentro del frasco, pero es como si hubiera olvidado qué estaba haciendo. Ha dicho que no es el mejor modo de empezar el día darse cuenta, de golpe, que una pared es violeta y que hace una semana se han cumplido treinta y tres años.

El teléfono sonó cuando iba hacia la cocina. Ya había conseguido sacar una cápsula del Frasquito y el timbre le cortó el silbido, pero no se detuvo. Cambió de rumbo y fue hacia un bargueño, un mueble colonial, con herrajes. Ha abierto uno de los cajones y busca algo. Bajo unos papeles hay una pistola Browning.9. Junto a ella, una tira de Alka-Seltzer. El teléfono sigue llamando. Un ser negro y pequeño grita en la nieve, murmura. Corta un sobrecito de Alka-Seltzer, lo abre con los dientes y se mete en la cocina. El teléfono sigue llamando. Pone a calentar café y echa una tableta de Alka-Seltzer en un vaso con agua. Cuando la tableta se ha disuelto, el teléfono deja de llamar. Se toma, juntos, la cápsula que sacó del frasquito y el contenido del vaso. Ha vuelto a la pieza. Va hacia el teléfono. Al pasar levanta del suelo un escalímetro, y en el mismo movimiento, con la otra mano, enciende el tocadiscos. Ahora pone con mucho cuidado una grabación: después de un silencio se escucha, cóncava, la voz de Ertha Kit. Summertime, canta la voz viniendo como por una calle larga, and the livin'is easy, fish are jumpin’... Después un coro. Después vuelve a sonar el teléfono: él ya tenía la mano sobre el tubo desde hacía unos segundos.

—Sí, hola —ha dicho. Su voz es tranquila, quizá impersonal—. No, Napoleón habla: acabo de volver de Santa Elena y vengo a salvar el país... Sí, está bien. Perdón. Pero quién puede hablar si no hablo yo —ha bajado el volumen del tocadiscos—. Café. Y tomando un Dexamil para estar lúcido, porque me he decidido a trabajar. También he recitado a William Blake y le escupí el gato a mi vecina de la planta baja... No, acá no sonó... Que-acá-no-sonó... Sí, yo te escucho, siempre te escucho, podría decir que vivo escuchándote —ha estado tratando de encender un cigarrillo; ahora deja el tubo a un lado y lo enciende—. Hola. Lo que pasa es que quería acomodarme el tubo entre el hombro y el pescuezo, operación que nunca me resulta. Yo no sé cómo hacen en las películas, realmente. ¿Notaste lo bien que sale todo en las películas...? No, no estoy contento. Como podrás suponer no estoy contento, no estoy nada, digamos. Soy así y me parece que vos tendrías que dormir un poco. Son las nueve de la mañana. Ya sé, ya sé —ha dicho y ha cerrado los ojos—. Ya sé. Pero igual, trata de descansar un poco. No se puede así —repentinamente grita—. ¡Vivir! Que así no se puede vivir. Vos, quiero decir —ha vuelto a hablar con naturalidad, con el tono impersonal del principio—. Que te vas a enfermar. Sí, te escucho. Ya sé. Eso es exactamente lo mismo que dijiste anoche, y yo te contesté que el amor no tiene nada que ver. Tiene que ver, sí, pero lo importante... La convivencia, eso. Soportarse. Y lo triste de esta melancólica historia es que ya no nos soportamos. Sí, querida, vos tampoco a mí. Y hasta sospecho que sobre todo vos no a mí. Pero no pienso volver a hablar de esto. Por si te interesa: estoy a punto de ponerme a trabajar. He tomado un Alka-Seltzer para desembotarme y un Dexamil Spansule de 15 miligramos para estar lúcido todo el día. Ne-ce-si-to trabajar —cerró los ojos y se llevó el cigarrillo a la boca, una mezcla de suspiro y pitada—. No soy frío, ni te engañé. Y te juro que siempre fuiste una muchacha maravillosa y tampoco me estoy riendo. Pero, insisto: son cosas distintas. ¡El café! —grita—. Espera un poco.

En la cocina, al sacar la cafetera del fuego se quema los dedos. Sacude la mano y se la pasa por el pelo. Sirve una gran taza de café, va hacia la pileta y le echa un chorrito de agua. Estaba revolviendo el azúcar cuando suena el timbre de la puerta. Levemente, se sobresalta. “Macanudo”, murmura, “ahora resulta que también soy nervioso”. Vuelve a sonar el timbre.

—Momento —dice en voz muy baja.

Sin apuro, termina de revolver el café. Deja la taza sobre el mármol de la cocina y va a abrir la puerta. Una alta señorita mayor, vestida con un traje sastre gris, está sonriendo en el pasillo. Tiene el pelo rubio y los ojos intensamente azules. Buenos días, hermano, le dice. Y señalando un enorme portafolio agrega que viene a traerle la palabra de Dios. Tiene un leve acento extranjero. El está mirando, como fascinado, sus redondos botincitos negros. La señorita sigue hablando:

—A usted seguramente le extrañará que a esta hora, y en estos tiempos, alguien venga a su casa a traerle la palabra de Dios. El sacude la cabeza.

— De ninguna manera —dice.

Después le cierra la puerta en la nariz. Va hacia el teléfono.

—Hola, íbamos por la parte en que no tengo sentimientos, por mi corazón de trapo. Y yo argumentaba que sos maravillosa, irrepetible seguramente, pero que la vida y esas cosas. También decíamos que ahora estás demasiado alterada, que tenés que dormir, que no se puede vivir así. ¿Por qué no lo dejamos para mañana? Vamos a hacer una cosa, vos tratas de serenarte, te acostás y mañana, suculenta como una panadería, te encontras conmigo en el Jardín Botánico bajo las araucarias. Y con sol. Hoy está nublado: nadie puede razonar claramente en un día nublado, mañana en cambio, con sol... Cierto, sí, es inconcebible que alguien se pueda poner a tomar café en un momento como éste. Cuando lo ha abandonado la única mujer que quiso en su vida. Porque debo recordarte que...

Bueno, pongamos que sí, que yo te obligué. Que en mi caída traté de hacerte a un lao... Te fijaste, entre paréntesis, de qué modo bárbaro se parece Confesión al diario de Kierkegaard, para salvarte sólo supe hacerme odiar, qué tal. Y a propósito del café: en cualquier momento voy a tener que ir a buscarlo, porque me lo olvidé en la cocina. Ponerse a tomar café, sí, en vez de escucharte a vos. Y no sólo en vez de escucharte a vos, no te podes dar una idea. Quiero decir que vino Dios, un Mensajero de Dios. Tenía los ojos imposiblemente azules y usaba botincitos. Tuve que mirarle los botincitos para no ahogarme de azul. Extrañas formas que asume la Salvación, mi madre.

Deja el auricular colgando del cable; del otro lado se oye la voz. Va a la cocina y vuelve con la taza de café. Toma el teléfono, arrima un sillón y se sienta. Antes ha echado una mirada furtiva al sobre que quedó sin abrir sobre la mesa. Súbitamente parece muy cansado.

—Vas a tener que repetirme todo de nuevo, porque no oí nada. Sí, que no va a haber mañana con sol: eso lo oí. O ni mañana ni sol, es lo mismo. Pero yo te prometo que va a haber... No entiendo —había cerrado los ojos; de golpe los abrió, echando violentamente la cabeza hacia atrás—. Ya sé. Matarte. Vas a matarte. ¿Acerté? Acerté. No va a haber mañana ni sol, porque ella, que sufre, ha comprendido que vivir ya no tiene sentido. Ustedes tienen... ¡Hablo en plural porque se me antoja! —lo ha gritado, acercando mucho la boca al tubo—. Tienen, todas, la cualidad extraordinaria de ser los únicos seres que sufren. Pero, sabes lo que te digo, lo que te aconsejo —se ha puesto de pie y habla nuevamente en voz muy baja; al levantarse, el café se derrama sobre su pantalón—, te voy a decir lo que te aconsejo: matate.

Y ha colgado.

Va hacia el baño, se moja la cara y el pelo, silbando se peina con las manos. Vuelve a la pieza y toma la carta. La deja y va a cambiarse el pantalón. Vuelve, toma la carta, abre cuidadosamente el sobre, lo abre con una minuciosidad casi delicada y comienza a leer. Su cara no cambia de expresión, sólo la vena de su frente parece ahora más pronunciada. Deja de leer. Va hasta el tablero de dibujo, despliega una cartulina y la sujeta con dos chinches: al soltarla, la cartulina se enrosca sobre sí misma. “Epa”, dice, y va a cambiar el disco. Se oye un fagot y se oyen unas cuerdas. Recomienza a leer la carta, paseándose. Está junto a la ventana abierta. Sin mirar, arroja el pucho del cigarrillo hacia la planta baja. Vuelve a la mesa. Pliega lentamente la carta, la pone otra vez dentro del sobre, mira hacia el teléfono y con gesto distraído (sólo la vena de su frente vive, y su boca, que se ha alargado curvándose hacia abajo) rompe en pequeños pedazos el sobre y coloca los pequeños pedazos en un cenicero, formando un montículo, una diminuta pira. Arrima el encendedor y se queda mirando la pequeña fogata.

Repentinamente va hacia el teléfono y marca un número.

—Y si te ibas a matar —dice después de un momento—, si te ibas o te vas a matar, ¿me querés explicar para qué me lo contaste? Yo te voy a decir para qué. Para ajusticiarme. Callate, Yo, culpable; vos te vengas de mí, ¿no? Ah, no, querida. No acepto. Me parece injusto cargar, yo solo, con tu muerte. Lo que hay que hacer, lo que tenés que hacer, es lo siguiente: llamar por teléfono a todos, a todos quiere decir a todos, a tus amigos y a tu viejo papá, callate, a tus compañeritas de la primaria y del Sagrado Corazón y a tus conocidos lejanos: a todos. No sólo a mí. Al señor que se cruzó con vos en la calle el día cinco o catorce de cualquier mes de cualquier año y te vio esa única vez en tu vida. Y al que ni siquiera te miró, especialmente a ése. A todos. Lo que hay que hacer es agarrar la Guía de la Capital, del país, del planeta entero, y llamar y llamar y llamar por teléfono a todos y decirles, mis queridos hermanos, cuando muere asesinado un hombre siempre es culpable toda la humanidad, pichón de frase. O suicidado, en tu caso. Y también a mí, sí, pero no a mí solo. Ya me crucificaron la otra vez, hace como dos mil años; yo no cargo más con los líos de ustedes, amor. O quién sabe. Quién sabe ni siquiera me llamaste para que te expíe... ¡con equis!, por ahí me llamaste para no matarte, para que te salvara. Lástima que se fue la inglesa que estuvo hoy, la de los ojos. Tenía los ojos del color justo, una cruza de ópalo y zafiro soñada por Kandinsky. La mirabas un rato y era como caer para arriba. Como zambullirse de cabeza en el cielo. Daban vértigo de azules. Yo la neutralicé por el lado de los zapatitos, redondos en la punta, que si no. Y debe ser, sí, seguro que me llamaste para eso. Y ahora yo tengo potestad de vida y muerte sobre la Adolescente Engañada, yo, el Gran Hijo de una Gran Perra, todo con mayúscula. Y sí, soy... ¡Callate! Soy justamente eso. Y acertaste. No tengo sentimientos, ni alma, y me divertí con vos a lo grande, nos divertimos, porque debo reconocer que en la cama vos eras también bastante mozartiana y con tu buena dosis de alegría de vivir. ¿O no? Si era el único lugar donde... Y a lo mejor está bien; a lo mejor eso es lo cierto. Lo digo en serio. Y no hables ni una sola palabra porque... Horroroso. El recuerdo que tendrás de mí será horroroso, parecemos Tania y Discépolo. Oíme, llama; haceme caso. Te fijas en la Guía y marcas un número, o ni te fijas. Llamas al azar y decís señor, a que no sabe quién le habla, le habla una muchacha de dieciocho años que va a matarse dentro de un rato, ¿no le parece inmundo no poder hacer nada por salvarme? Y le cortas. Le cortas. Le-cor-tás.

Ha vuelto a colgar el tubo. Prende un nuevo cigarrillo, va hasta el tablero de dibujo, desenrolla con brusquedad la cartulina y, en dos golpes, la clava secamente a la madera. Toma un tiralíneas y una regla milimetrada. Los deja. Echa una mirada al cenicero donde se ve la ceniza del sobre que ha quemado. Va hasta la ventana. Mira el teléfono.

Nieve, dice. Grita en la nieve.

Cuando suena otra vez el teléfono, sonríe. Hace un movimiento hacia el teléfono o hacia el tablero de dibujo y se detiene. Nieve, dice. Vuelve a mirar de reojo la pared color violeta. El teléfono sigue llamando.

Finalmente, deja caer el cigarrillo hacia la planta baja. Antes le ha dado una larga pitada; después, como si el cigarrillo lo arrastrara en su caída, se tira por la ventana.


En Cuentos completos
Imagen: Martín Felipe