27 feb. 2015

T. S. Eliot - La canción de amor de J. Alfred Prufrock


T. S. Eliot - La canción de amor de J. Alfred Prufrock


S’io credesse che mia risposta fosse
A persona che mai tornasse al mondo,
Questa fiamma staria senza piu scosse.
Ma perciocche giammai di questo fondo
Non torno vivo alcun, s’i’odo il vero,
Senza tema d’infamia ti rispondo.

Vamos pues, tu y yo,
cuando la tarde contra el cielo se tiende
como un anestesiado sobre una mesa;
vamos, a través de esas calles medio desiertas,
los murmurantes refugios de noches sin descanso
en baratos hoteles y restaurantes con aserrín y conchas:
calles que se prolongan como una tediosa discusión
de intención engañosa llevándote a un abrumador
interrogante … Ah, no preguntes, ¿Qué es?
Vamos y hagamos nuestra visita.

En el cuarto las mujeres van y vienen
hablando de Miguel Angel.

La amarilla niebla que restriega su lomo sobre las ventanas,
el humo amarillo que pasa su hocico sobre las vidrieras
lamió los rincones de la tarde quedándose en los charcos
de los desaguaderos, dejando que cayera en su lomo
el hollín de las chimeneas se deslizó por la terraza,
dando un súbito salto, y viendo,
que era una suave noche de Octubre
se enroscó alrededor de la casa y se quedó dormido.

En verdad habrá tiempo para el humo amarillo
que resbala a lo largo de la calle frotando la espalda
sobre las vidrieras; habrá tiempo,
habrá tiempo para preparar un rostro que enfrente
los rostros que encuentras;
habrá tiempo para asesinar y crear y tiempo
incluso para todos los trabajos y días que levantan manos
y dejan caer una pregunta sobre tu plato;
tiempo para ti y para mí,
y tiempo aún para cien indecisiones
y para cientos de visiones y revisiones
antes de tomar una tostada y el té.

En el cuarto las mujeres vienen y van
hablando de Miguel Angel.

En verdad habrá tiempo
para preguntarse: ¿Seré capaz? ¿Seré capaz?
Tiempo para recular y bajar la escalera
-con la calvicie incipiente en mi cabeza-
(Dirán: ¡Cómo le clarea el cabello!)
Mi traje matinal, mi cuello duro contra la barbilla,
mi rica y modesta corbata, sostenida por un simple alfiler
(Dirán ¡Pero qué delgados están sus brazos y sus piernas!)
¿Seré capaz
de molestar al universo?
En un minuto hay tiempo
para decisiones y revisiones que un minuto revertirá.

Porque a todas he conocido, a todos conozco.
He conocido las noches, las mañanas, las tardes,
he medido mi vida con cucharitas de café;
conozco voces moribundas
con una moribunda caída al fondo de la música
en un cuarto alejado.
Entonces, ¿cómo puedo presumir?

Y ya he conocido los ojos,
conocido todos.
Ojos que te miran fijos con una frase convencional,
y cuando esté convertido en una fórmula,
clavado con un alfiler,
cuando esté clavado retorciéndome en la pared,
entonces,
¿cómo podría escupir todos los cabos de mis días y caminos?
¿cómo podría presumir?

Y he conocido los brazos,
conocido todos brazos con brazaletes,
blancos y desnudos
(pero a la luz de la lámpara de un claro y castaño vello)
¿Es el perfume de un vestido
el que me hace divagar?
Brazos que yacen sobre una mesa,
o se cubren con un chal.
¿Y cómo entonces presumir?
¿Y cómo podría comenzar?

¿Diré, he ido, al atardecer,
por calles estrechas
y he visto el humo que sale de las pipas
de hombres solitarios
en mangas de camisa,
asomados a las ventanas?
Debería haber sido un par de ásperas
patas de crustáceo huyendo sobre las arenas
de mares silenciosos.

* * * * *

¡Y la tarde, la noche, duerme tan apacible!
Alisada por dedos largos,
dormida… fatigada… o haciéndose la enferma,
tirada en el suelo, junto a ti y a mí.
¿Tendría yo, después del té y los pasteles y helados,
la fuerza para empujar el momento a su crisis?
Pero si he llorado y ayunado, llorado y orado,
si he visto mi cabeza
(creciendo en su calvicie)
puesta en un plato,
no soy profeta y aquí eso no importa;
yo he visto, rutilante, el momento de mi grandeza,
y he visto al eterno Lacayo
sostener mi abrigo y reír con disimulo,
y tuve miedo.

Hubiera valido la pena, después de todo,
después de las tazas, la mermelada, el té,
entre la porcelana, entre un poco de charla de tu a tu,
habría valido la pena,
haberle metido el diente al asunto con una sonrisa,
haber comprimido el universo en una bola
para rodarlo hacia una pregunta agobiante,
diciendo: Soy Lázaro,
venido de entre los muertos,
vuelto para decíroslo todo, todo os lo diré
Si una, acomodando una almohada junto a su cabeza,
dijera: No es eso lo que quise decir,
no es eso de manera alguna

Y hubiera valido la pena,
después de las puestas de sol y los jardines
delante de las casas y las calles regadas,
después de las novelas, después de las tazas de té,
después de las faldas que arrastran por el suelo
y esto, y mucho más?
¡Es imposible decir lo que justamente quiero!
Como si en una pantalla,
una linterna mágica proyectase los nervios:
hubiera valido la pena
si una, arreglando una almohada o un chal,
y volviéndose hacia la ventana dijera:
no es eso, de ningún modo,
no es eso lo que quise decir en absoluto.

* * * * *

¡No! No soy el príncipe Hamlet ni nací para serlo;
soy un cortesano,
uno que servirá para hacer bulto,
iniciar una escena o dos,
aconsejar al príncipe; sin duda un instrumento fácil,
respetuoso, contento de ser útil,
político, cauto y meticuloso;
pleno de altos conceptos, pero un poco obtuso;
algunas veces, en verdad, casi ridículo
casi, al tiempo, Bufón.

Envejezco…envejezco…
Debo subir el doblez a mis pantalones.

¿Debo partir en dos mi pelo?
¿Me atrevo a comerme un durazno?

Vestiré blancos pantalones de franela
y caminaré por la playa
He oído a las sirenas cantar entre ellas.

No creo que canten para mí.

Las he visto cabalgando las olas mar adentro
peinando los revueltos cabellos de las olas
cuando el soplo del viento torna negra y blanca el agua.

Nos hemos detenido en las cámaras de la mar
al lado de muchachas marinas coronadas de algas rojas
y pardas hasta que voces humanas nos despierten
y nos ahoguemos.


En Prufrock y otras observaciones
Traducción: Harold Alvarado Tenorio
Imagen:  Ida Kar © National Portrait Gallery, London



The Love-Song of J. Alfred Prufrock


S’io credesse che mia risposta fosse
A persona che mai tornasse al mondo,
Questa fiamma staria senza piu scosse.
Ma perciocche giammai di questo fondo
Non torno vivo alcun, s’i’odo il vero,
Senza tema d’infamia ti rispondo.


Let us go then, you and I, 
When the evening is spread out against the sky 
Like a patient etherized upon a table; 
Let us go, through certain half-deserted streets, 
The muttering retreats 
Of restless nights in one-night cheap hotels 
And sawdust restaurants with oyster-shells: 
Streets that follow like a tedious argument 
Of insidious intent 
To lead you to an overwhelming question. . .                               
Oh, do not ask, "What is it?" 
Let us go and make our visit. 

  In the room the women come and go 
Talking of Michelangelo. 

  The yellow fog that rubs its back upon the window-panes 
The yellow smoke that rubs its muzzle on the window-panes 
Licked its tongue into the corners of the evening 
Lingered upon the pools that stand in drains, 
Let fall upon its back the soot that falls from chimneys, 
Slipped by the terrace, made a sudden leap,                               
And seeing that it was a soft October night 
Curled once about the house, and fell asleep. 

  And indeed there will be time 
For the yellow smoke that slides along the street, 
Rubbing its back upon the window-panes; 
There will be time, there will be time 
To prepare a face to meet the faces that you meet; 
There will be time to murder and create, 
And time for all the works and days of hands 
That lift and drop a question on your plate;                                 
Time for you and time for me, 
And time yet for a hundred indecisions 
And for a hundred visions and revisions 
Before the taking of a toast and tea. 

  In the room the women come and go 
Talking of Michelangelo. 

  And indeed there will be time 
To wonder, "Do I dare?" and, "Do I dare?" 
Time to turn back and descend the stair, 
With a bald spot in the middle of my hair—                              
[They will say: "How his hair is growing thin!"] 
My morning coat, my collar mounting firmly to the chin, 
My necktie rich and modest, but asserted by a simple pin— 
[They will say: "But how his arms and legs are thin!"] 
Do I dare 
Disturb the universe? 
In a minute there is time 
For decisions and revisions which a minute will reverse. 

  For I have known them all already, known them all; 
Have known the evenings, mornings, afternoons,                        
I have measured out my life with coffee spoons; 
I know the voices dying with a dying fall 
Beneath the music from a farther room. 
  So how should I presume? 

  And I have known the eyes already, known them all— 
The eyes that fix you in a formulated phrase, 
And when I am formulated, sprawling on a pin, 
When I am pinned and wriggling on the wall, 
Then how should I begin 
To spit out all the butt-ends of my days and ways?                   
  And how should I presume? 

  And I have known the arms already, known them all— 
Arms that are braceleted and white and bare 
[But in the lamplight, downed with light brown hair!] 
Is it perfume from a dress 
That makes me so digress? 
Arms that lie along a table, or wrap about a shawl. 
  And should I then presume? 
  And how should I begin?
        .     .     .     .     .

Shall I say, I have gone at dusk through narrow streets               
And watched the smoke that rises from the pipes 
Of lonely men in shirt-sleeves, leaning out of windows? . . . 

I should have been a pair of ragged claws 
Scuttling across the floors of silent seas.
        .     .     .     .     .

And the afternoon, the evening, sleeps so peacefully! 
Smoothed by long fingers, 
Asleep . . . tired . . . or it malingers, 
Stretched on the floor, here beside you and me. 
Should I, after tea and cakes and ices, 
Have the strength to force the moment to its crisis?                  
But though I have wept and fasted, wept and prayed, 
Though I have seen my head (grown slightly bald) brought in upon a platter, 
I am no prophet–and here's no great matter; 
I have seen the moment of my greatness flicker, 
And I have seen the eternal Footman hold my coat, and snicker, 
And in short, I was afraid. 

  And would it have been worth it, after all, 
After the cups, the marmalade, the tea, 
Among the porcelain, among some talk of you and me, 
Would it have been worth while,                                            
To have bitten off the matter with a smile, 
To have squeezed the universe into a ball 
To roll it toward some overwhelming question, 
To say: "I am Lazarus, come from the dead, 
Come back to tell you all, I shall tell you all" 
If one, settling a pillow by her head, 
  Should say, "That is not what I meant at all. 
  That is not it, at all." 

  And would it have been worth it, after all, 
Would it have been worth while,                                            
After the sunsets and the dooryards and the sprinkled streets, 
After the novels, after the teacups, after the skirts that trail along the floor— 
And this, and so much more?— 
It is impossible to say just what I mean! 
But as if a magic lantern threw the nerves in patterns on a screen: 
Would it have been worth while 
If one, settling a pillow or throwing off a shawl, 
And turning toward the window, should say: 
  "That is not it at all, 
  That is not what I meant, at all."                                         
        .     .     .     .     .

No! I am not Prince Hamlet, nor was meant to be; 
Am an attendant lord, one that will do 
To swell a progress, start a scene or two 
Advise the prince; no doubt, an easy tool, 
Deferential, glad to be of use, 
Politic, cautious, and meticulous; 
Full of high sentence, but a bit obtuse; 
At times, indeed, almost ridiculous— 
Almost, at times, the Fool. 

  I grow old . . . I grow old . . .                                             
I shall wear the bottoms of my trousers rolled. 

  Shall I part my hair behind? Do I dare to eat a peach? 
I shall wear white flannel trousers, and walk upon the beach. 
I have heard the mermaids singing, each to each. 

  I do not think they will sing to me. 

  I have seen them riding seaward on the waves 
Combing the white hair of the waves blown back 
When the wind blows the water white and black. 

  We have lingered in the chambers of the sea 
By sea-girls wreathed with seaweed red and brown              
Till human voices wake us, and we drown.