30 ene. 2015

Vladimir Nabokov - Música



Vladimir Nabokov @Philippe Halsman


El vestíbulo rebosaba de abrigos de ambos sexos; desde el salón se oía el rápido desgranar de una serie de notas de piano. El reflejo de Víctor en el espejo se estiró el nudo de una corbata que no era sino reflejo de la de Víctor. Alzándose para llegar a la percha, la doncella colgó su abrigo, que inmediatamente se desprendió del perchero, llevándose a otros dos consigo en su caída, por lo que la doncella tuvo que empezar la operación de nuevo.

De puntillas, Víctor llegó al salón, y en ese momento la música se hizo más potente y ruidosa. Al piano estaba Wolf, un invitado poco frecuente en esa casa. El resto, unas treinta personas en total, escuchaba en una gran variedad de actitudes, algunos con la barbilla apoyada en la mano, otros fumando y exhalando el humo hacia el techo mientras la incierta iluminación concedía a su inmovilidad una cualidad vagamente pintoresca. Desde lejos, la señora de la casa le indicó un asiento vacío a Víctor con una sonrisa elocuente, una butaca con respaldo de rejilla que estaba casi a la sombra del piano de cola. Él respondió con gestos, como si quisiera pasar desapercibido, está bien, está bien, estoy bien de pie; pero al final empezó a moverse en la dirección indicada, se sentó con cautela y con la misma cautela se cruzó de brazos. La esposa del pianista, con la boca medio abierta y sin dejar de parpadear, se dispone a pasar la página; ya la ha pasado. Una selva negra de notas en crescendo, una colina, un vacío, luego un grupo separado de trapecistas que inician el vuelo. Wolf tiene unas pestañas largas, rubias: sus orejas translúcidas muestran un delicado tono rojizo; toca las notas con velocidad y rigor extraordinarios y, en las profundidades lacadas de la tapa abierta del teclado del piano, se deja ver la réplica de sus manos ocupadas en un remedo intrincado, fantasmal, incluso vagamente circense.

Para Victor, cualquier música que le resultara desconocida, y toda la que conocía se reducía a una docena de melodías convencionales, se asemejaba al parloteo de una conversación en una lengua extranjera: tratas en vano de definir al menos los límites de las palabras, pero todo resbala y se entremezcla, de forma que el oído rezagado empieza a aburrirse. Victor intentó concentrarse en la música pero muy pronto se sorprendió a sí mismo observando las manos de Wolf y sus reflejos espectrales. Cuando la música se convertía en un trueno insistente el cuello del pianista se hinchaba, sus dedos abiertos entraban en tensión y emitía una especie de débil gruñido. En un momento dado, su esposa se le adelantó; él detuvo la página con un golpe seco de su palma izquierda abierta y luego, a increíble velocidad, la pasó de un manotazo y al instante siguiente ambas manos atacaban ya de nuevo el sumiso teclado. Victor hizo un estudio detallado del hombre: nariz puntiaguda, párpados saltones, una cicatriz en el cuello, herencia de un grano, pelusa rubia a guisa de pelo, espaldas amplias bajo la americana negra. Por un momento Victor trató de prestar atención de nuevo a la música, pero apenas se hubo fijado en ella su atención empezó a dispersarse.

Lentamente abandonó su lugar junto al piano, sacó su pitillera y empezó a examinar a los otros invitados.

Entre los rostros extraños descubrió a algún conocido -el gordinflón de Kocharovsky, tan buena persona… ¿debería saludarle? Le saludó, pero erró el gesto porque fue otro conocido suyo, Shmakov, el que le devolvió el saludo: yo creía que se había marchado de Berlín, a París, se lo tendré que preguntar. En un diván, flanqueado por dos damas ancianas, estaba Anna Samoylovna, tan pelirroja y corpulenta, medio reclinada con los ojos entreabiertos mientras que su marido, un otorrino-laringólogo, se sentaba apoyando el codo en el brazo de la silla. ¿Qué es ese objeto reluciente con el que juega su mano libre? Ah, sí, unas lentes con una cinta chejoviana. Más allá, con un hombro en la sombra, un hombre barbudo y jorobado conocido por su amor a la música escuchaba con máxima atención, con el índice apoyado en la mejilla. Victor nunca se acordaba de su nombre ni de su apellido. ¿Boris? No, no era Boris. ¿Borisovich? Tampoco. Más rostros. Me pregunto si estarán aquí los Haruzins. Sí, allí están. No me ven. Y al momento siguiente, justo detrás de ellos, Victor vio a su ex mujer.

Al punto agachó la cabeza, dando golpecitos al cigarrillo para tirar la ceniza que no había tenido todavía tiempo de formarse. Desde algún lugar de su interior surgió su corazón como un puño dispuesto a lanzar un buen derechazo pero se retiró, luego volvió a golpear para a continuación empezar a latir desordenada y velozmente, en contrapunto al ritmo de la música y ahogándola. Sin saber dónde mirar, observó de refilón al pianista pero sin oír una sola nota. Parecía como si Wolf estuviera tocando en un teclado silencioso. Victor sintió tal angustia en el pecho que tuvo que estirarse y respirar a fondo: luego, y como si retornara desde algún lugar distante, luchando por encontrar su hueco, la música volvió a la vida y el corazón reanudó sus latidos con un ritmo más regular.

Se habían separado hacía dos años, en otra ciudad, donde el mar tronaba por las noches y donde habían vivido desde su boda. Sin atreverse todavía a alzar la vista, trató de rechazar el ruido y la avalancha del pasado con pensamientos triviales; por ejemplo, que ella debía de haberle visto hacía unos minutos cuando, con pasos titubeantes y de puntillas, había atravesado toda la habitación para llegar a su asiento. Era como si alguien le hubiera sorprendido desnudo o comprometido en una ocupación estúpida; y mientras recordaba cómo en su inocencia se había deslizado y precipitado bajo su mirada (¿hostil?, ¿burlona?, ¿curiosa?), se interrumpió para considerar si su anfitriona u otra persona en la habitación sería consciente de la situación, y cómo había llegado ella hasta allí, y si habría venido sola o con su nuevo marido, y qué debía hacer él; ¿quedarse como estaba o ponerse a mirarla? No, mirarla era todavía imposible; antes tenía que acostumbrarse a su presencia en aquel salón que aunque grande era al tiempo limitado, porque la música les había puesto cerco y se había convertido para ellos en una suerte de prisión en la que ambos estaban destinados a permanecer cautivos hasta que el pianista acabase de construir y mantener sus bóvedas de ruido. ¿Qué había tenido tiempo de ver en aquella breve ráfaga en que sus ojos se encontraron hacía un minuto?

Tan poco: sus ojos huidizos, sus pálidas mejillas, un mechón de pelo negro, y también, como si fuera una actriz secundaria, creía haber distinguido una serie de perlas o algo parecido rodeando su cuello. ¡Tan poco! Y sin embargo, aquel esbozo descuidado, aquella imagen truncada ya, era su mujer, y aquella fusión momentánea de resplandor y sombras la constituía desde aquel momento en el único ser que llevaba su nombre. ¡Qué lejano parecía todo!

Se había enamorado perdidamente de ella una noche de bochorno, bajo un cielo desmayado, en la terraza del pabellón de tenis, y, un mes más tarde, en su noche de bodas, llovió tanto que el ruido del agua les impedía escuchar el mar. Qué felicidad fue aquélla. Felicidad -qué palabra tan húmeda, tan similar a una lengua que te lame el cuerpo chapoteando sin cesar, qué palabra tan viva, tan dócil, que sonríe y que llora por sí misma. Y la mañana siguiente: aquellas hojas relucientes en el jardín, aquel mar casi silencioso, aquel mar lánguido, lechoso, plateado.

Tenía que hacer algo con la colilla del cigarrillo.

Volvió la cabeza y de nuevo el corazón le dejó de latir. Alguien se había movido y su mujer había desaparecido casi por completo tras aquel extraño, que sacaba un pañuelo tan blanco como la muerte; pero el brazo de aquel extraño se movía de nuevo y ella reaparecería, en un segundo reaparecería ante su vista.

No, no soporto mirar. Hay un cenicero en el piano.

La barrera de sonidos seguía su curso, potente, impenetrable.

Las manos espectrales en sus profundidades de laca seguían con sus contorsiones habituales.

«Seremos felices para siempre», ¡qué melodía, qué resplandor trémulo en aquellas palabras!

Ella era toda como de terciopelo y uno no quería sino abrazarla como abrazaría. a un potrillo con las piernas dobladas. Abrazarla, envolverla. ¿Y luego, qué? ¿Qué había que hacer para poseerla por completo? Amo tu hígado, tus ríñones, tu sangre. Y ella le contestaba:

«No seas desagradable». No vivían con gran lujo, pero tampoco eran pobres, e iban a nadar al mar en cualquier época del año. Las medusas, arrojadas por el mar a la playa de guijarros, temblaban con el viento. Las rocas de Crimea brillaban con la espuma. En una ocasión vieron a unos pescadores que se llevaban el cuerpo de un ahogado; sus pies descalzos sobresalían por debajo de la manta y parecían sorprendidos. Por las noches solía hacer chocolate caliente.

Volvió a mirar. Ahora estaba sentada con los ojos bajos, las piernas cruzadas, y la barbilla apoyada en los nudillos: era muy musical, Wolf debía de estar tocando una pieza famosa, hermosa. No podré dormir en varias noches, pensó Victor mientras contemplaba su cuello blanco y el suave ángulo de su rodilla. Llevaba un ligero vestido negro, que le resultaba desconocido, y su collar atrapaba la luz en sus cuentas. No, no podré dormir, y tendré que dejar de venir aquí. Todo ha sido en vano: dos años luchando, esforzándome y cuando ya casi había alcanzado cierta paz mental… y ahora tengo que volver a empezar de nuevo, tratar de olvidarlo todo, todo lo que ya estaba casi olvidado, y además, por si fuera poco, aún me queda toda esta noche. Y de repente le pareció que ella le miraba furtivamente, y volvió la cara.

La música debía estar tocando a su fin. Cuando llegan esas cuerdas violentas, jadeantes, suele significar que el final está cerca. Otra palabra misteriosa, final …

El desgarro final, la inminencia del fin… El trueno que desgarra el cielo, las nubes de polvo que anuncian tragedia. Con la llegada de la primavera se volvió como insensible. Hablaba como sin mover los labios. Él preguntaba:

«¿Qué te ocurre?».

«Nada. Nada en particular.» A veces se le quedaba mirando fijamente con ojos escrutadores, con una expresión enigmática.

«¿Qué ocurre?» «Nada.» Al caer la noche estaba como muerta. No podías hacer nada por ella, porque, aunque era una mujer pequeña, delgada, se volvía pesada y torpe, como si estuviera hecha de piedra. «¿No me vas a decir por fin qué te ocurre?» Y así durante un mes.

Entonces, una mañana, sí, fue la mañana de su cumpleaños, dijo sencillamente, como si hablara de algo sin importancia: «Separémosnos durante un tiempo. No podemos seguir así». La niña del vecino irrumpió en la habitación a enseñarnos su gatito (el único superviviente de una camada que se había ahogado).

«Vete, vete, ven más tarde.» La niña se fue. Se hizo un silencio, largo.

Después de un rato, lenta, silenciosamente, él empezó a frotarse las manos, a preparar sus puños, deseaba romperla por completo, dislocarle todas las articulaciones con crujidos violentos. Ella empezó a llorar. Entonces él se sentó a la mesa y pretendió leer el periódico. Ella salió al jardín, pero volvió pronto. «No puedo mantenerlo en secreto por más tiempo. Tengo que contártelo todo.» Y con una especie de asombro raro ante sus propias palabras, como si estuviera hablando de otra mujer y se extrañara de lo que ésta contaba y además invitándole a que compartiera su extrañeza, ella se lo contó todo, todo, con pelos y señales. El hombre en cuestión era un tipo fornido, modesto, reservado; solía ir a jugar una partida de whist con ellos y le gustaba hablar de pozos artesianos. La primera vez fue en el parque, luego en su casa.

El resto era muy vago. Caminé por la playa hasta que cayó la noche. Sí, parece que la música se acaba.

Cuando le abofeteé en el muelle, me dijo: «Esto lo pagará caro», cogió su gorra del suelo y se fue. No me despedí de ella. Qué estúpido fui al querer matarla.

Vive, sigue viviendo. Vive como vives ahora, en este preciso momento, sentada ahí para siempre. Vamos, mírame, te lo imploro, por favor, mírame. Te perdonaré todo, porque de algún modo, todos vamos a morir algún día, y entonces nos enteraremos de todo, y todo será perdonado -así que ¿por qué dilatar el perdón? Mírame, mírame, vuelve hacia mí tus ojos, mis ojos, mis queridos ojos. No. Se acabó.

Los últimos acordes, poderosos, complejos, otro más, y ya no queda sino el último pero cuando completó el acorde, con el que la música parecía haber entregado su alma definitivamente, el pianista apuntó y, con precisión felina, tocó una nota, una sola, sencilla, separada del resto, una nota dorada. El muro de música se disolvió. Aplauso. Wolf decía: «Hace mucho tiempo que no tocaba esta pieza». La esposa de Wolf decía:

«Hace mucho tiempo, sabe usted, que mi marido no tocaba esta pieza». El otorrino se acercó a Wolf, lo acorraló, lo apuntaló contra su tripa para decirle:

«¡Maravilloso! Siempre he defendido que es lo mejor que escribió nunca. Creo que al final usted moderniza el colorido de los sonidos un poco demasiado. No sé si me explico pero, verá usted…».

Victor miraba hacia la puerta. Allí, una dama morena, delgada con una sonrisa de desamparo se despedía de la anfitriona, que no hacía sino repetir sorprendida: «No se lo acepto, ahora todos vamos a tomar el té, y luego vamos a escuchar a un cantante». Pero ella seguía sonriendo indefensa mientras se abría camino hasta la puerta, y Victor se dio cuenta de que la música que antes le había parecido una estrecha cárcel donde, aprisionados por el fragor de los sonidos, se habían visto obligados a permanecer frente a frente a unos centímetros de distancia, en realidad había constituido una felicidad increíble, una cúpula mágica de cristal que le había abrazado y aprisionado en su seno junto con ella, que le había dado la oportunidad de respirar el mismo aire que ella respiraba; y ahora todo aquello se había roto en mil fragmentos y estaba disperso, ella estaba a punto de desaparecer por la puerta, Wolf había cerrado el piano, y aquel cautiverio encantador había desaparecido para siempre.

Ella se fue. Nadie pareció darse cuenta de nada. Le saludó un hombre llamado Boke que le dijo en tono amable: «No he parado de mirarle. ¡Vaya reacción la suya a la música! Sabe, parecía tan aburrido que me ha dado lástima. No puedo creer que la música le resulte totalmente indiferente».

- No, no estaba aburrido -contestó Victor con torpeza-.

Sencillamente, carezco de oído, y soy mal juez para la música. Por cierto ¿qué tocaba?

- Lo que usted prefiera -dijo Boke con el susurro de preocupación de un intruso-. El lamento de la doncella o quizás La sonata a Kreutzer . Elija.


En Cuentos completos
Traducción: María Lozano
Imagen: Philippe Halsman