16 nov. 2014

James Joyce - El Santo Oficio


James Joyce - El Santo Oficio


Yo mismo me impondré a mí mismo
Este nombre: Catarsis-Purgante.
Yo, que abandoné estilos sórdidos
Para atenerme a la gramática de los poetas,
Difundiendo en la taberna y en el burdel
La ciencia del ingenioso Aristóteles,
No sea que los bardos marren el intento
Debo ser aquí mi propio intérprete:
Por lo cual recibid ahora de mis labios
Sapiencia peripatética.
Para entrar en el cielo, viajar por el infierno,
Ser compasivo o terrible
Se requiere sin la menor duda el amparo
De las indulgencias plenarias.
Ya que cada místico de nacimiento
Es un Dante sin sus prejuicios,
Quien a salvo desde la chimenea, sin dar la cara,
Se expone a una heterodoxia radical,
Como quien halla placer en la mesa
Considerando las incomodidades.
Rigiendo la vida por sentido común
¿Cómo evitar ser vehementes?
Mas no debo ser considerado miembro
De tal compañía de farsantes…
Junto con quien se apresura a mitigar
Las liviandades de sus damas veleidosas
Mientras que ellas lo consuelan cuando gimotea
Con orlas célticas repujadas en oro…
O con quien, sereno todo el día,
En su pieza teatral introduce invectivas…
O con quien su proceder «parece mostrar»
Preferencia por hombres de «buen tono»…
O con quien sirve de andrajoso remiendo
A los millonarios de Hazelpatch
Mas llorando después de la Santa Cuaresma
Confiesa todo su pasado de pagano…
O con quien no se ha de descubrir
Ni ante el whisky ni ante el crucifijo
Si no es para mostrar a todo el mundo cuán mal vestida va
Su eminente nobleza castellana…
O con quien adora a su Mentor querido…
O con quien apura con temor su pinta…
O con quien arrebujado en su lecho
Vio una vez a Jesucristo sin cabeza
Y puso un gran empeño en recuperarnos
Las obras de Esquilo largo tiempo extraviadas.
Mas todos éstos de quienes hablo
Me convierten en la cloaca de su cenáculo.
Para que puedan soñar sus fantasías ideales
Yo evacúo sus inmundas corrientes
Así les puedo prestar tal servicio
Por culpa del cual perdí mi diadema,
Este servicio por el que la Santa Abuela Iglesia
Me dejó cruelmente en la estacada.
Así aligero sus culos timoratos
Cumpliendo con mi oficio de Catarsis.
Mi color escarlata los deja a ellos blancos como la lana:
Gracias a mí purgan sus panzas atestadas.
Para todas estas bien avenidas farsantes
Hago el papel de vicario general
Y a cada doncella turbada y nerviosa
Presto el mismo amable servicio.
Ya que al descubrir sin ninguna sorpresa
Esa hermosura umbría en sus ojos,
El «no me atrevo» de su dulce doncellez
Que responde a mi depravado «quisiera».
Siempre que en público nos encontramos
No parece pensar en tal asunto;
Mas por la noche cuando se acuesta a mi lado
Y percibe mi mano en su entrepierna
Mi dulce bien con su ligero atuendo
Experimenta el tierno ardor que es el deseo.
Pero la Codicia proscribe
Los usos del Leviatán
Y este espíritu sublime por siempre guerrea
Con los incontables siervos de la Codicia
Aunque nunca puedan verse libres
De sus gabelas de desprecio.
A respetable distancia me vuelvo a observar
Los vacilantes andares de esta abigarrada cuadrilla,
De estas almas que odian la reciedumbre del acero
Que la mía adquirió en la escuela del viejo Tomás de Aquino.
Donde ellos se han agachado, han andado a gatas y han rezado,
Yo me yergo, dueño de mi destino, sin temor,
Sin compañeros, sin amigos, en solitario,
Indiferente como una raspa de arenque,
Firme como una cordillera montañosa en donde
Saco a relucir mi cornamenta al aire.
Que así sigan, pues así conviene
Para que se mantenga el equilibrio.
Aunque hasta la tumba forcejeen,
Mi espíritu nunca lo habrán de dominar
Ni lograrán mi alma vincular a las suyas
Hasta que el Mahamanvantara expire:
Y aunque a coces me echen de su puerta
Mi alma los despreciará por los siglos de los siglos.


En Poesía completa
Traducción: José Antonio Álvarez Amorós
Imagen: © Berenice Abbott / Commerce Graphics Ltd, Inc.




The Holy Office


Myself unto myself will give
This name, Katharsis-Purgative.
I, who dishevelled ways forsook
To hold the poets' grammar-book,
Bringing to tavern and to brothel
The mind of witty Aristotle,
Lest bards in the attempt should err
Must here be my interpreter:
Wherefore receive now from my lip
Peripatetic scholarship.
To enter heaven, travel hell,
Be piteous or terrible
One positively needs the ease
Of plenary indulgences.
For every true-born mysticist
A Dante is, unprejudiced,
Who safe at ingle-nook, by proxy,
Hazards extremes of heterodoxy,
Like him who finds joy at a table
Pondering the uncomfortable.
Ruling one's life by common sense
How can one fail to be intense?
But I must not accounted be
One of that mumming company –
With him who hies him to appease
His giddy dames' frivolities
While they console him when he whinges
With gold-embroidered Celtic fringes –
Or him who sober all the day
Mixes a naggin in his play –
Or him whose conduct 'seems to own'
His preference for a man of 'tone' –
Or him who plays the ragged patch
To millionaires in Hazelpatch
But weeping after holy fast
Confesses all his pagan past –
Or him who will his hat unfix
Neither to malt nor crucifix
But show to all that poor-dressed be
His high Castilian courtesy –
Or him who loves his Master dear –
Or him who drinks his pint in fear –
Or him who once when snug abed
Saw Jesus Christ without his head
And tried so hard to win for us
The long-lost works of Aeschylus.
But all these men of whom I speak
Make me the sewer of their clique.
That they may dream their dreamy dreams
I carry off their filthy streams
For I can do those things for them
Through which I lost my diadem,
Those things for which Grandmother Church
Left me severely in the lurch.
Thus I relieve their timid arses,
Perform my office of Katharsis.
My scarlet leaves them white as wool:
Through me they purge a bellyful.
To sister mummers one and all
I act as vicar-general
And for each maiden, shy and nervous,
I do a similar kind of service.
For I detect without surprise
That shadowy beauty in her eyes,
The 'dare not' of sweet maidenhood
That answers my corruptive 'would',
Whenever publicly we meet
She never seems to think of it;
At night when close in bed she lies
And feels my hand between her thighs
My little love in light attire
Knows the soft flame that is desire.
But Mammon places under ban
The uses of Leviathan
And that high spirit ever wars
On Mammon's countless servitors
Nor can they ever be exempt
From his taxation of contempt.
So distantly I turn to view
The shamblings of that motley crew,
Those souls that hate the strength that mine has
Steeled in the school of old Aquinas.
Where they have crouched and crawled and prayed
I stand, the self-doomed, unafraid,
Unfellowed, friendless and alone,
Indifferent as the herring-bone,
Firm as the mountain-ridges where
I flash my antlers on the air.
Let them continue as is meet
To adequate the balance-sheet.
Though they may labour to the grave
My spirit shall they never have
Nor make my soul with theirs as one
Till the Mahamanvantara be done:
And though they spurn me from their door
My soul shall spurn them evermore.