10 oct. 2014

Milan Kundera: El teatro de marionetas







   Las veinticuatro perdices

   Después de sus largas y agotadoras jornadas, a Stalin le gustaba permanecer un rato más con sus colaboradores y relajarse contándoles anécdotas de su vida. Por ejemplo ésta:
   Un día él decide ir de caza. Se pone una vieja parka, se calza unos esquíes, coge un fusil de caza y recorre trece kilómetros. De pronto, ante él, ve unas perdices en las ramas de un árbol. Se detiene y las cuenta. Hay veinticuatro. ¡Vaya mala pata! Sólo se ha llevado doce cartuchos. Dispara, mata a doce, luego da media vuelta, recorre otra vez los trece kilómetros hasta su casa y coge otra docena de cartuchos. Recorre una vez más los trece kilómetros hasta las perdices, que siguen en las ramas del mismo árbol. Y por fin las mata todas...
   —¿Te ha gustado? —pregunta Charles a Calibán, que se ríe:
   —Si me lo hubiera contado el propio Stalin, ¡lo habría aplaudido! Pero ¿de dónde has sacado esa historia?
   —Nuestro maestro me regaló un libro, Las memorias de Jrushchov, publicado en Francia hace mucho, mucho tiempo. En él Jrushchov cuenta la historia de las perdices tal como Stalin la había contado a su gente. Pero, según narra Jrushchov, nadie reaccionó como tú. Nadie se rió. A todos sin excepción les pareció absurdo lo que Stalin les había contado y aborrecieron esa mentira. Aun así, callaron todos y sólo Jrushchov tuvo el valor de decirle a Stalin lo que pensaba. ¡Escucha esto!
   Charles abrió el libro y leyó lentamente en voz alta:
   —¿Cómo? ¿Quieres decir realmente que las perdices no se fueron y se quedaron en las ramas del árbol? —preguntó Jrushchov.
   —Así es —contestó Stalin—, no se movieron de su sitio.
   Pero la historia no se acaba aquí, pues debes saber que al final de su jornada de trabajo todos se reunían en el baño, un gran espacio que también servía de retrete. Imagínate. En una pared, una larga hilera de urinarios y, en la pared de enfrente, los lavabos. Urinarios de cerámica en forma de concha, muy emperifollados y adornados con motivos florales. Cada miembro del clan de Stalin tenía su propio urinario creado y firmado por un artista distinto. Sólo Stalin no lo tenía.
   —¿Y dónde meaba Stalin?
   —En un reservado solitario, al otro lado del edificio; y como meaba solo, nunca con sus colaboradores, éstos se sentían divinamente libres en sus urinarios y se atrevían a decir por fin en voz alta todo aquello que se veían obligados a callar en presencia del jefe. Y así fue el día en que Stalin les contó la historia de las veinticuatro perdices. Y te cito otra vez al propio Jrushchov:
   «... al lavarnos las manos en el baño escupimos de desprecio. ¡Él mentía! ¡Mentía! A nadie le cupo la menor duda».
   —¿Y quién era el tal Jrushchov?
   —Unos años después de la muerte de Stalin se convirtió en el jefe supremo del imperio soviético.
   Tras una pausa, dijo Calibán:
   —Lo que me parece increíble en toda esa historia es que nadie entendiera que lo de Stalin era una broma.
   —Claro —dijo Charles y volvió a dejar el libro encima de la mesa—, porque todos a su alrededor habían olvidado ya qué es una broma. Y, a mi entender, eso anunciaba ya la llegada de un nuevo gran periodo de la Historia.
   Charles sueña con una obra

   para el teatro de marionetas

   En mi vocabulario de descreído, una sola palabra es sagrada: la amistad. Quiero a los cuatro compañeros a quienes os he presentado, Alain, Ramón, Charles y Calibán. Por simpatía hacia ellos un día le llevé a Charles el libro de Jrushchov, para que se divirtieran todos.
   Los cuatro conocían ya la historia de las perdices, incluido su espléndido final en el baño, cuando un día Calibán se lamentó con Alain:
   —Me encontré con tu amiga Madeleine. Le conté la historia de las perdices, ¡y se la tomó como una anécdota incomprensible sobre un cazador! Tal vez había oído nombrar vagamente a Stalin, pero no entendía por qué un cazador debía llevar ese apellido...
   —Es que ella tiene tan sólo veinte años —dijo amablemente Alain para defender a su amiga.
   —Si no me equivoco —intervino Charles—, tu Madeleine nació unos cuarenta años después de la muerte de Stalin. Yo mismo nací diecisiete años después de que muriera. Y tú, Ramón, cuando murió Stalin —luego de una breve pausa dijo con cierta reserva—: ¡Dios mío!, ya habías nacido...
   —Me da vergüenza, pero es verdad.
   —Si no me equivoco —siguió Charles dirigiéndose a Ramón—, tu abuelo firmó con otros intelectuales una petición de apoyo a Stalin, el gran héroe del progreso.
   —Sí —admitió Ramón.
   —Imagino que tu padre ya se mostraba algo escéptico con respecto a él y tu generación aún más; en cambio, para la mía ya se había convertido en el más criminal de todos los criminales.
   —Sí, así es —dijo Ramón—. La gente se va encontrando en la vida, discute, se pelea, sin darse cuenta de que se interpelan de lejos los unos a los otros, cada cual desde un observatorio situado en distinto lugar en el tiempo.
   Después de una pausa, Charles dijo:
   —El tiempo corre. Gracias a él, primero vivimos, lo cual quiere decir que ya hemos sido acusados y juzgados por la gente. Luego morimos y permanecemos aún unos años entre los que nos han conocido, pero muy pronto se produce otro cambio: los muertos pasan a ser muertos viejos, de los que ya nadie se acuerda y que desaparecen en la nada; tan sólo unos cuantos, muy, muy pocos, imprimen su nombre en la memoria de la gente, pero, ya sin testigos fehacientes, sin un solo recuerdo real, pasan a ser marionetas... Amigos, me fascina la historia que cuenta Jrushchov en sus memorias y no puedo quitarme las ganas de inventar a partir de ella una obra para el teatro de marionetas.
   —¿Teatro de marionetas? ¿No te gustaría más la Comédie Frangaise? —se burló Calibán.
   —No —contestó Charles—, porque sería un engaño si esa historia de Stalin y Jrushchov la representaran seres humanos. Nadie tiene el derecho de simular la restitución de una existencia humana que ha dejado de ser. Nadie tiene el derecho de crear a un hombre a partir de una marioneta.
   La rebelión en el baño

   —Me fascinan esos camaradas de Stalin —siguió Charles—. ¡Me los imagino en el baño manifestando a gritos su indignación! ¡Habían esperado tanto tiempo el hermoso momento de poder decir al fin en voz alta todo lo que pensaban! Pero había algo que no podían sospechar: ¡que Stalin los observaba y él también esperaba ese momento con la misma impaciencia! También para él era motivo de gozo el momento en que toda su tropa se dirigía al baño. ¡Amigos, es como si lo viera! De puntillas, discretamente se desliza por un largo pasillo, luego arrima la oreja a la puerta del baño y escucha. Los héroes del Politburó gritan, patean, maldicen; él los oye y se ríe: «¡Ha mentido! ¡Ha mentido!», aúlla Jrushchov con su voz estentórea, y Stalin, con el oído pegado a la puerta, ¡es como si lo viera!, saborea la indignación moral de su camarada, ríe como un loco y ni siquiera intenta bajar el volumen de su risa, porque los que están dentro del baño, que también gritan como locos, no pueden oírlo en medio de tanto barullo.
   —Sí, ¡ya nos lo has contado! —dijo Alain.
   —Sí, ya lo sé. Pero lo más importante es lo que todavía no os he dicho, o sea, el verdadero motivo por el que a Stalin le encantaba repetirse y contar una y otra vez la misma historia de las veinticuatro perdices, siempre a su mismo pequeño público. Y aquí es donde sitúo la intriga principal de mi obra para marionetas.
   —¿Y cuál era ese motivo?
   —Kalinin.
   —¿Qué? —preguntó Calibán.
   —Kalinin.
   —Jamás he oído ese nombre.
   Aunque más joven que Calibán, Alain, que era más culto, sí lo conocía.
   —Seguramente era el nombre con el que rebautizaron una célebre ciudad alemana en la que Immanuel Kant vivió toda la vida y que hoy se llama Kaliningrado.
   En ese mismo instante se oyó desde la calle un poderoso e impaciente bocinazo.
   —Tengo que irme —dijo Alain—. Madeleine me está esperando. ¡Hasta la vista!
   Madeleine le esperaba en la calle subida a una moto. Era la de Alain, pero la compartían.
   En otra ocasión, Charles da a sus amigos

   una charla sobre Kalinin

   y la capital de Prusia

   —Desde sus orígenes, la célebre ciudad de Prusia se llamó Kónigsberg, o sea «la montaña del rey». Sólo después de la última guerra pasó a llamarse Kaliningrado. En ruso, «Grad» quiere decir «ciudad». Así pues, la ciudad de Kalinin. Al siglo al que tuvimos la fortuna de sobrevivir le volvía loco rebautizarlo todo. Tsaritsyn se rebautizó como Stalingrado, luego Stalingrado como Volgogrado. San Petersburgo se rebautizó como Petrogrado, luego Petrogrado pasó a ser Leningrado y, al fin, Leningrado volvió a ser San Petersburgo. Chemnitz se rebautizó como Karl-Marx-Stadt y luego Karl-Marx-Stadt como Chemnitz. Se rebautizó Kónigsberg como Kaliningrado..., pero ¡ojo!, Kaliningrado permaneció y permanecerá para siempre como Kaliningrado. La gloria de Kalinin superará todas las demás glorias.
   —Pero ¿quién era Kalinin? —preguntó Calibán.
   —Un hombre —continuó Charles— sin poder real alguno, un pobre e inocente pelele, quien, sin embargo, fue durante mucho tiempo presidente del soviet supremo, o sea, desde el punto de vista del protocolo, el más alto representante del Estado. Vi una vez una foto suya: un viejo militante obrero con una barbita puntiaguda, enfundado en una chaqueta mal tallada. Ya por entonces Kalinin era viejo, y su próstata hinchada le obligaba a mear con frecuencia. La pulsión urinaria era siempre tan fuerte y repentina que le obligaba a correr hasta el primer urinario que encontrara, aunque estuviera en un almuerzo oficial o en pleno discurso ante una numerosa audiencia. Había adquirido ya una gran destreza. Todo el mundo en Rusia recuerda aún hoy una gran fiesta que tuvo lugar durante la inauguración de un nuevo teatro de ópera en una ciudad de Ucrania durante la que Kalinin pronunció un larguísimo discurso solemne. Se veía obligado a interrumpirlo cada dos por tres y, cada vez que se alejaba del atril, la orquesta empezaba a tocar música folclórica y unas bellas y rubias bailarinas ucranianas saltaban al escenario y se ponían a bailar. Al regresar al estrado, Kalinin siempre era recibido con grandes aplausos; cuando volvía a abandonarlo, los aplausos redoblaban su fuerza para saludar el regreso de las rubias bailarinas; y, a medida que se aceleraba la frecuencia de sus idas y venidas, más largos, más fuertes y más cordiales eran los aplausos, de tal manera que la celebración oficial se había convertido en un alegre, enloquecido, orgiástico clamor como jamás había conocido el Estado soviético.
   »Pero, cuando Kalinin se encontraba en su reducido círculo de camaradas, a nadie se le ocurría aplaudir su orina. Stalin iba contando sus anécdotas, pero Kalinin era demasiado disciplinado para atreverse a molestarlo con sus idas y venidas al baño. Tanto más cuanto que Stalin, mientras hablaba, lo clavaba con la mirada al tiempo que él iba palideciendo hasta terminar en una mueca. Eso animaba a Stalin a alargar aún más la narración, a añadirle descripciones y digresiones, y a postergar el desenlace hasta que, de repente, la cara tensa frente a él se relajaba, la mueca desaparecía, se le distendía la expresión y una aureola de paz rodeaba su cabeza; sólo entonces, cuando sabía que Kalinin había perdido una vez más su gran batalla, Stalin pasaba rápido al desenlace, se levantaba de la mesa y con una sonrisa amistosa y alegre, ponía fin a la sesión. Todos los demás también se levantaban y miraban con malicia a su compañero, que se colocaba detrás de la mesa, o detrás de una silla, para ocultar su pantalón mojado.
   A los amigos de Charles les encantaba imaginar esa escena. Sólo después de una pausa, Calibán se animó a interrumpir aquel animado silencio:
   —En todo caso, eso no explica en absoluto por qué Stalin dio el nombre del pobre prostático a la ciudad alemana donde vivió toda su vida el célebre... el célebre...
   —Immanuel Kant —apuntó Alain.
   Alain descubre la desconocida ternura

   de Stalin

   Cuando, al cabo de una semana, Alain volvió a ver a sus amigos en un bistró (o en casa de Charles, ya no me acuerdo), enseguida interrumpió su conversación:
   —Quiero deciros que, para mí, es absolutamente admisible que Stalin diera el nombre de Kalinin a la célebre ciudad de Kant. Ignoro qué explicaciones habréis podido encontrar a este asunto, pero yo sólo le veo una: Stalin debía de sentir por Kalinin una ternura excepcional.
   La sorpresa jovial que descubrió en la cara de sus amigos no sólo le encantó sino que incluso le inspiró.
   —Sí, ya sé, ya sé... La palabra ternura no le pega demasiado a la reputación de Stalin, el Lucifer del siglo, ya lo sé, su vida estuvo repleta de conspiraciones, traiciones, guerras, encarcelamientos, asesinatos, masacres. No lo pongo en duda, muy al contrario, quiero incluso recalcarlo para que aflore con mayor claridad que, frente al inmenso fardo de crueldades con las que él debía cargar y vivir, era imposible que dispusiera de un bagaje igualmente inmenso de compasión. ¡Se habría superado cualquier capacidad humana! Para vivir su vida tal como era, no podía sino anestesiar y luego olvidar del todo su facultad de apiadarse. Pero, ante Kalinin, en las pequeñas pausas lejos de las masacres, en sus dulces momentos de un descanso parlanchín, todo cambiaba: se enfrentaba a un dolor totalmente distinto, un pequeño dolor, un dolor concreto, individual, comprensible. Miraba a su compañero que sufría y, con una suave extrañeza, sentía despertar en él un débil, modesto sentimiento casi desconocido, en todo caso olvidado: el afecto por un hombre que sufre. En su vida feroz, ese momento era como un descanso. La ternura aumentaba en el corazón de Stalin al mismo ritmo que la presión de la orina en la vejiga de Kalinin. Redescubrir un sentimiento que había dejado de sentir desde hacía mucho tiempo era para él de una inexpresable belleza.
   »Ahí es donde —siguió Alain— encuentro la única explicación posible al hecho curioso de rebautizar Kónigsberg como Kaliningrado. Esto ocurrió treinta años antes de que yo naciera, y no obstante puedo imaginar la situación: una vez terminada la guerra, los rusos añadieron a su imperio una célebre ciudad alemana y se vieron obligados a rusificarla imponiéndole un nuevo nombre, ¡y no un nombre cualquiera! La acción de rebautizar debe, pues, apoyarse en un nombre célebre en todo el planeta, cuyo destello acalle a todos los enemigos. ¡A los rusos les sobran nombres de ésos! ¡Catalina la Grande, Pushkin, Chaikovski, Tolstói! ¡Por no hablar de los generales que vencieron a Hitler y que, en aquella época, fueron adulados por todas partes! ¿Cómo comprender, pues, que Stalin eligiera el nombre de alguien tan nulo? ¿Que tomara una decisión tan evidentemente tonta? A eso sólo pueden atribuirse motivos íntimos y secretos. Y los conocemos: ha pensado con ternura en el hombre que sufrió por él, ante sus ojos, y quiere agradecerle su fidelidad, darle una alegría por su entrega. Si no me equivoco, Ramón, corrígeme si quieres, durante ese breve momento de la Historia, Stalin es el hombre de Estado más poderoso del mundo, y lo sabe. Siente la maliciosa satisfacción de ser, entre todos los presidentes y los reyes, el único en poder mandar a la mierda la seriedad de los grandes gestos políticos cínicamente calculados, el único que puede permitirse tomar una decisión absolutamente personal, caprichosa, irracional, espléndidamente extraña, soberbiamente absurda.
   En la mesa había una botella de vino tinto abierta. El vaso de Alain estaba ya vacío; él volvió a llenarlo y siguió:
   —Al contarla ahora ante vosotros, encuentro en esa historia un sentido cada vez más profundo. Se tomó otro trago y siguió:
   —Padecer por no ensuciar el pantalón... Ser mártir de la propia limpieza... Luchar contra la orina que da señales de vida, que avanza, que amenaza, que ataca, que mata... ¿Habrá otro heroísmo más prosaico y más humano? Me importan un bledo los llamados grandes hombres cuyos nombres coronan nuestras calles. Se volvieron célebres gracias a su ambición, su vanidad, sus mentiras, su crueldad. Kalinin es el único cuyo nombre permanecerá en la memoria como recuerdo de un sufrimiento que cualquier ser humano ha conocido, como recuerdo de una lucha desesperada que no causó daño a nadie sino a sí mismo.
   Alain terminó su discurso y todos se sintieron emocionados.
   Tras un silencio, Ramón dijo:
   —Tienes toda la razón, Alain. Después de mi muerte, quiero poder despertarme cada diez años para comprobar si Kaliningrado sigue siendo Kaliningrado. Mientras éste sea el caso, podré sentir una pizca de solidaridad con la humanidad y, reconciliado con ella, volver a mi tumba.


En La fiesta de la insignificancia, Segunda parte
Título original: La fête de l’insignificance
Traducción Beatriz de Moura
Milan Kundera, 2013