6 oct. 2014

Emile Cioran - Apuntes sobre Paul Celan



Emile Cioran, 1935, por Henri Martinie


Breviario de podredumbre, mi primer libro escrito en francés, fue publicado en 1949 por Gallimard. Yo había publicado ya en rumano cinco libros. La idea de abandonar mi lengua materna me sobrevino en 1947. Fue una resolución repentina. Cambiar de lengua a los treinta y siete años no es una tarea fácil. En realidad es un martirio, pero un martirio fecundo, una aventura que da sentido a la existencia. Yo suelo recomendar a quien padece una crisis de depresión que se dedique a aprender un idioma extranjero, que se vigorice, que se renueve en suma mediante el Verbo. Sin mi encarnizamiento en la conquista del francés, quizá me hubiera suicidado. Una lengua es un continente, un universo, y quien se la apropia, un conquistador. Pero vayamos al grano...

La traducción alemana del Breviario no fue un asunto fácil. El editor, Rowohlt, se la había encargado a una traductora incompetente. El resultado fue catastrófico. Un escritor rumano, Virgil Ierunca, tras saber que yo buscaba otro traductor, me recomendó a Celan, al que yo no conocía más que de nombre y que vivía como yo en el Barrio Latino (Ierunca había publicado sus primeros poemas en una revista literaria rumana que había dirigido después de la guerra). Celan aceptó mi propuesta, se puso a trabajar inmediatamente y acabó la traducción con una rapidez sorprendente. Nos veíamos con frecuencia y él deseaba que yo revisara a fondo cada capítulo del libro a medida que los acababa y que le hiciera eventuales sugerencias. Ajeno entonces a las dificultades vertiginosas de la traducción, yo apenas me daba cuenta de su importancia. La idea de que un autor pudiera interesarse por semejante tarea me parecía extravagante. Años más tarde cambié totalmente de opinión y hoy considero que la traducción es una tarea excepcional, una proeza que iguala casi a la de la creación. Para mí es evidente que la única persona que ha comprendido a fondo un libro es quien ha hecho el esfuerzo de traducirlo. Por regla general, el buen traductor es más lúcido que el autor, el cual, en la medida en que se halla atrapado por su propia obra, ignora sus propios secretos, es decir sus defectos y sus límites. Es posible que Celan hubiese compartido conmigo este punto de vista sobre el arte de la traducción, él que creía en las palabras hasta el punto de morir por ellas.

Cuando en 1978 Lehre vom Zerall, título alemán del Breviario, fue reeditado por Klett, se me pidió que revisara el texto para corregir posibles errores. Incapaz de hacerlo yo mismo, no quise que otro lo hiciera. Imposible corregir a Celan. Unos meses antes de su suicidio, Celan me había dicho que le gustaría revisar su traducción. Sin duda habría hecho muchas modificaciones, dado que su traducción de mi libro data del comienzo de su carrera de traductor. Es un prodigio que un inexperto en filosofía haya afrontado tan excelentemente las dificultades inherentes al abuso de la paradoja, por no decir de la provocación, que caracteriza el Breviario.

Las relaciones con aquel ser extraordinariamente desgarrado no eran sencillas. Celan se aferraba a los prejuicios que tenía contra algunas personas y persistía en su desconfianza tanto más cuanto que tenía un miedo enfermizo a ser herido, y que todo le hería. La mínima indelicadeza, incluso involuntaria, le afectaba irremediablemente. Atento, solícito en sumo grado, exigía la misma atención de los demás y detestaba la desenvoltura tan frecuente entre los parisinos, escritores o no. Un día me lo encontré en la calle furioso y casi desesperado porque alguien a quien había invitado a cenar no se había dignado. Yo intenté calmarlo diciéndole que no era la primera vez que X. hacía eso, que era conocido por su descaro. Pero todos mis esfuerzos resultaron vanos...

Celan vivía entonces muy modestamente y no tenía ninguna posibilidad de encontrar un trabajo aceptable. Era difícil imaginarlo en un despacho. A causa de su susceptibilidad enfermiza, estuvo a punto de no aprovechar una ocasión única: un día que iba a comer a su casa, supe que el puesto de lector de alemán en la Ecole Normale Supérieure estaba libre y que debían nombrar urgentemente a un lector. Yo intenté convencerle de que fuera inmediatamente a ver al germanista del que dependía la nominación. Me respondió que no haría nada, que dicho profesor le trataba fríamente y que no quería exponerse de ninguna manera a una negativa, segura según él. Sabiendo que discutir con él era inútil, al llegar a casa le escribí explicándole que era una locura perder una ocasión semejante. Se decidió por fin a llamar a dicho profesor y el asunto fue concluido en unos minutos. «Me equivoqué respecto a él», me dijo después... No diré que veía en cada ser a un enemigo potencial, pero lo que es cierto es que vivía en el terror de ser decepcionado o simplemente engañado. Su incapacidad para ser indiferente o cínico convirtió su vida en una pesadilla. Nunca olvidaré una noche en su casa, justo cuando la viuda de un poeta había lanzado por envidia literaria una campaña infame contra él en Alemania y Francia, acusándole de haber plagiado a su marido. «No hay hombre en el mundo más desgraciado que yo», repetía Celan. El orgullo no calma el furor y menos aún la desesperación.

Algo debió de romperse en él, incluso antes de las desgracias que se abatieron sobre él y su familia durante su juventud en la provincia rumana ocupada por los alemanes. Recuerdo una tarde de verano en la pequeña casa que su mujer poseía cerca de París. Era un día espléndido en el que todo incitaba a la calma, al olvido, a la ilusión. Celan, en una hamaca, se esforzaba por estar contento sin lograrlo. Parecía molesto, tenía el aspecto de un intruso, como si aquel esplendor no fuera para él. «¿Qué busco yo aquí?», debía de estar pensando sin duda. Y en efecto, uno puede preguntarse qué buscaba él en la inocencia de aquel jardín, él, culpable de ser desgraciado y de hallarse condenado a no encontrar en ningún sitio su lugar. Mentiría si dijera que aquel día sentí un malestar real a su lado, pero lo cierto es que todo en él aquella tarde, hasta su sonrisa, estaba impregnado de un encanto desgarrador y de una especie de presentimiento de su futuro funesto.

Estar marcado por la fatalidad, ¿es una elección o una maldición? Ambas cosas a la vez. Ese doble aspecto define la tragedia. Y Celan era un personaje, un ser trágico. De ahí que para nosotros sea algo más que un poeta.

1985


En Ejercicios de admiración y otros textos
Traducción: Rafael Panizo
Imagen: Henri Martinie