24 oct. 2014

César Aira: Fragmento de "La costurera y el viento" (1994)





Éramos unos chicos sanos, normales, bastante lindos, buenos alumnos... Adorábamos a nuestras mamás y venerábamos a nuestros papás, y les teníamos algo de miedo también; eran tan estrictos, tan perfeccionistas... Creo que éramos la quintaesencia de la normalidad pequeño-burguesa. Y sin embargo, sin saberlo, todo se apoyaba en el miedo, como la roca flota sobre la cresta de la lava al final de Viaje al centro de la Tierra; el miedo, podría decirse, la lava, era la biología, el plasma. Simplificando en el sentido de lo sucesivo, primero estaba el miedo de las embarazadas (es decir que empezaba antes de que empezáramos nosotros mismos), a parir un monstruo. La realidad, indiferente y aristocrática, seguía su curso. Entonces el miedo se transformaba... Todo es cuestión de transformación de miedos: eso vuelve a la sociedad lábil, cambiante, los mundos cambian, los distintos mundos sucesivos que sumados son la vida. Uno de los avatares del miedo es: que el niño se pierda, desaparezca... A veces el miedo se transfiere de la madre al padre; a veces no; el niño registra estas oscilaciones y se transforma en consecuencia. Que sean los padres los que desaparezcan, que el viento se enamore de la mamá, que un monstruo los persiga, que un camionero no se pierda nunca porque viaja con su casa a cuestas como Raymond Roussel, etc. etc. etc., todo eso, y mucho más que queda por ver, es parte de la literatura.

Ahora me acuerdo de una golosina que adorábamos los chicos de Pringles en aquel entonces, una especie de antecedente de lo que después fue el chicle. Era muy regional, no sé quién lo habrá inventado ni en qué época desapareció, sólo sé que hoy no existe. Era una bolita envuelta en papel manteca, acompañada de un palito suelto, todo muy casero. Había que masticarla hasta que se pusiera esponjosa, y crecía mucho en volumen; sabíamos que estaba lista cuando ya no nos entraba en la boca. La sacábamos, y se había transformado en una masa livianísima que tenía la propiedad de cambiar de forma modelada por el viento, al que la exponíamos clavándola a la punta del palito. Debía de ser por eso que era una golosina regional: los vientos de Pringles son cuchilladas. Era como tener una nube portátil, y verla cambiar y sugerir toda clase de cosas... Era sano y entretenido... El viento, que a nosotros nos dejaba iguales (se limitaba a despeinarnos) a la masa la transfiguraba sin cesar... y no valía la pena enamorarse de una forma porque ya era otra, y otra... hasta que de pronto se había solidificado, o cristalizado, en una cualquiera de las formas que nos habían estado encantando durante largos minutos, y la comíamos como un chupetín.