12 oct. 2014

Alejo Carpentier: El arpa y la sombra (II: La mano)






Broncas, mugientes, tenidas en larga nota caída de la cofa, casi lúgubres, suenan las trompas de la nave que boga despacio, en tal cendal de neblina que del castillo de popa no se le divisa la proa. El mar, en derredor, parece un lago de agua plomiza, cuyas quietas olas se dibujan en diminutas crestas que ablandan el filo sin nervarse de espumas. Lanza su aviso el vigía y no le responden. Vuelve a preguntar, y su interrogación se pierde en el mecido silencio de una bruma que se me cierra a veinte varas de los ojos, dejándome a solas —a solas entre fantasmas de marineros— con mi tensa espera. Porque la emoción de lo anunciado, la ansiedad de ver, me tienen asomado a las bordas desde que sonó la campana de la sexta. Y es que si bastante he navegado hasta ahora, hoy me hallo fuera de todo rumbo conocido en viaje que todavía acarrea perfume de hazaña —no pudiendo decirse lo mismo, cuando se piensa en las trajinadas singladuras mediterráneas. Estoy impaciente por divisar la extraña tierra —¡y bien extraña dicen que es!...— que marca el límite de la Tierra. Desde que salimos de Brístol tuvimos viento bueno y buena mar, y no pareció que hubiese de repetirse para mí la enojosa tribulación del Cabo San Vicente donde, por divino amparo del Señor, me salvé, asido de un remo, del espantable naufragio de una urca incendiada. En Gallway recogimos al Maestre Jacobo, experto como nadie en llevar por estos caminos azarosos las naves de Spínola y Di Negro, con sus cargamentos de maderas y de vinos. Porque parece que, no habiendo bosques ni viñas en esta isla que pronto avistaremos, la madera y el vino son las cosas que en mayor estima tienen sus habitantes: la madera para levantar sus viviendas; el vino, para alegrar sus ánimos en el inacabable invierno donde el océano endurecido, las olas esculpidas en hielo, las montañas a la deriva que viera Piteas el marsellés, los tiene aislados del mundo. Al menos, así me contaron, aunque el Maestre Jacobo afirma, en buen conocedor de estos cielos, que este año no habría de endurecerse el mar —y ocurre otras veces— porque ciertas corrientes, venidas del Oeste, suelen atemperar los rigores de la estación…Jovial y de buena compañía es este Maestre Jacobo que ha venido a parar a la remota Gallway, donde se amancebó con una garrida escocesa, moza de muchas pecas y grandes tetas, poco preocupada por las cuestiones de limpieza de sangre que, en estos días, tienen envenenados los reinos de Castilla. Se rumora allí, desde largo tiempo, que pronto —el mes próximo, un día de éstos, no se sabe cuándo— empezarán los Tribunales de la Inquisición a remover y registrar el pasado, la prosapia, la ascendencia, de los cristianos nuevos. Que no bastará ya con la abjuración, sino que a cada converso se llevará cuenta de observancias, con carácter retroactivo, lo cual expone al sospechoso de fraude, disimulo, desapego o fingimiento, a la delación de cualquier deudor, de cualquier codicioso de bienes ajenos, de cualquier enemigo solapado —de cualquiera cosedora de virgos o echadora de mal de ojo, interesada en desviar las miradas de su propio negocio de ensalmos y medicinas de buen querer. Pero hay más: nacida no se sabe dónde, una changoneta corre de boca en boca, como anuncio de días aciagos. Aquella —la he oído— que dice: “Ea, judíos, a enfardelar...”, entonada acaso en son de burla, pero burla que, de endurecerse, podría ser el anuncio de la proximidad de un nuevo éxodo —que el Señor no quiera, porque mucha riqueza mana de las juderías, y los Santángel, grandes financistas, pasaron a la real hacienda, a título de préstamo, millares y millares de monedas marcadas al troquel de sus circuncisiones. Por ello, el Maestre Jacobo piensa que hombre precavido vale por dos, que mal se vive en diáspora, y, por lo mismo, ha querido poner casa en Gallway, al amparo de la firma Spínola y Di Negro, cuyas mercancías almacena al lado de su moza rolliza, pecosa y de grandes tetas, que le hace grata la vida aunque demasiado huela, a veces, a sobaquina de pelirroja. Además, sabe que algo lo hace indispensable: su prodigiosa inteligencia para aprender lenguas en pocos días, Tanto se maneja con el portugués como con el provenzal, con el habla de Génova o el picardo, entendiéndose igualmente con el inglés de Londres, la jerga de Britania, y hasta con el abrupto idioma, erizado de consonantes, rocalloso y roncador —”idioma de estornudar para dentro”, lo llama— que se usa en la tenebrosa isla a donde vamos —isla que, entre brumas que se pintan, ahora, de un raro color de tierra de alfarero, empieza a dibujarse en el horizonte, en este día, a poco de pasada la hora nona. ¡Hemos llegado al límite de la Tierra!...

Y no sé por qué el Maestre Jacobo me ha mirado con sorna cada vez que he dicho eso de “límite de la Tierra”. Y ahora que en tierra estamos, en casa hecha con tablas de buen pino conquense, pasándonos la bota de vino resinado, se mofa el Maestre Jacobo, algo alzado de tono por lo bebido, de que alguien crea que aquí se ha llegado a los confines de lo conocido. Dice que hasta los infantes, ésos, que con caperuzas de piel y los culeros meados, andan por las calles de este puerto cuyo nombre jamás llegaré a pronunciar, se reirían de mí si dijera que la tierra que aquí pisamos es el término o fin de algo. Y, llevándome de asombro en asombro, me dice que estos hombres del Norte (normáns parece que por eso se llaman), antes de que nosotros empezáramos a salir del ámbito natal, buscando, a tientas, nuevos caminos por donde andar, habían llegado, por el Este, a las comarcas de los rus, y, llevando sus asaetadas y ligeras naves a los ríos del Sur, alcanzado los reinos de Gog y Magog y los sultanatos de la Arabia, de donde se habían traído monedas que aquí se mostraban con orgullo, cual trofeos conseguidos en algún Quersoneso... Y para demostrarme que no miente, me muestra el Maestre Jacobo unos denarios y dirames que, por venir de comarcas por donde anduvieron sus remotos antepasados de las Tribus, conserva como talismanes en su pañuelo marinero —aunque su religión, que bien conozco, prohíbe la práctica de tales supersticiones. Traga el Maestre un largo hilo de vino que le baja de la bota al gaznate, y vuelve ahora los ojos hacia el Oeste. Me dice que, hace ya tantos años que suman varios siglos, un hidalgo pelirrojo, de aquí, al ser condenado a destierro por delito de homicidio, había emprendido una navegación fuera de los rumbos usuales, que lo condujo a una enorme tierra a la que llamó “Tierra Verde” por lo verdes que allí estaban los árboles. —”No puede ser” —dije al Maestre Jacobo, apoyándome en la autoridad de los más grandes cartógrafos de la época, ignorantes de esa verde tierra jamás montada por nuestros mejores naucheros.

El Maestre Jacobo me mira socarronamente, haciéndome saber que hace ya más de doscientos años había ciento noventa granjas en la “Tierra Verde”, dos conventos de monjes, y hasta doce iglesias —una de ellas casi tan grande como la mayor que, en sus reinos, hubiesen edificado los normáns. Pero eso no era todo. Perdidos en la bruma, llevando sus naves fantasmales a las noches sin albas de les mundos hiperbóreos, estos hombres cubiertos de pieles, rompiendo las nieblas a toque de buxines, habían navegado más al Oeste y más al Oeste aún, descubriendo islas, tierras ignoradas, mencionadas ya en un tratado que desconozco, titulado Inventio fortunata, que mucho parece haber compulsado el Maestre Jacobo. Pero eso no es todo. Yendo siempre al Oeste, más al Oeste, y aún más al Oeste, un hijo del marino pelirrojo, llamado Leif-el-de-la-buena-suerte, alcanza una inmensa tierra a la que pone el nombre de “Tierra de Selvas”. Allí, abunda el salmón; crecen la baya y la mora; inmensos son los árboles, y —portento increíble en tal latitud— la yerba no desverdece en el invierno. Además, la costa no es resquebrajada ni adusta, ni socavada por grutas donde muge el océano y viven terribles dragones... Leif-el-de-la-buena-suerte se interna en aquel ignorado paraíso, donde se le extravía un marinero alemán, llamado Tyrk. Transcurren varios días, y cuando sus compañeros creen que jamás habrán de volverlo a ver, o que ha sido devorado por alguna fiera de desconocida traza, reaparece el Tyrk, más borracho que truhán de almadraba, anunciando que ha encontrado enormes viñedos silvestres y que las uvas, puestas a fermentar, dan un vino que, bueno, con verme basta, y aquí no me tose nadie, y que me dejen dormir la mona, que esto es Jauja, y que de aquí no me voy más, y que no se me acerque nadie, porque le desmocho la cabeza como la desmochó el Rey Beovulfo al dragón de los colmillos envenenados, y aquí el rey soy yo, y quien pretenda desafiarme... Y se desploma, y vomita, y grita que todos los normáns son unos hijos de puta... Pero hoy, para los normáns ha nacido, después de la Tierra Verde, la Tierra del Vino... “Y si crees que miento” —dice el Maestre Jacobo— “consíguete los escritos de Adán de Bremen y de Oderico Vital”. Pero no sabría dónde hallar esos textos, redactados de seguro, además, en lengua que ignoro. Lo que quiero es que me cuenten, que me digan lo que todavía —aquí, en esta isla que se saca como surtidores de agua hirviente de las entrañas de rocas negras— cuentan, tañendo el arpa, unos memoriosos de cosas antiguas que llaman escaldas. Y me narra el marrano amigo que, al saberse aquí de la Tierra del Vino, pronto van a ella, en nuevo viaje, ciento sesenta hombres, al mando de un Torvaldo, otro hijo del Pelirrojo desterrado, y de un Torvardo, cuñado suyo, casado con una hembra de espada al cinto y cuchilla entre pechos, llamada Feydis.

Y es, de nuevo, el salmón abundante, el vino ácido que embriaga gratamente, las yerbas que jamás desverdecen, el pino alerce, y hasta se descubren, tierras adentro, enormes llanuras de trigo silvestre. Y todo se anuncia próspero y feliz, cuando aparecen, bogando en barcas que parecen hechas con cueros de ármales de agua, unos hombrecitos de tez cobriza, pómulos salientes, ojos algo almendrados, pelos como crines de caballos, que los membrudos y recios varones rubios de aquí hallan muy feos y malformados. Al principio se hacen buenos negocios con ellos. Magníficos negocios de trueques ventajosos. Se consiguen ricas pieles a cambio de cualquier cosa que resulte nueva para quienes se dan a entender por señas: fíbulas de poco precio, cuentas de ámbar, collares de abalorios, pero, sobre todo, paños encarnados —pues parece que les atrae sobremanera el color encarnado, tan gustado también por los normáns. Y todo marcha a lo mejor hasta el día en que un toro, traído en una de las naves, se huye del establo y se pone a bramar en la costa. No se sabe lo que ocurre con los hombrecitos: como enloquecidos por algo que debe relacionarse, en su bárbara religión, con alguna estampa del mal, comienzan por huir; pero vuelven más tarde, en horda pululante, trepadores, ágiles, arrojando piedras, lluvias de guijarros, aludes de gravas, sobre los gigantes rubios cuyas hachas y espadas, en tal suerte de guerra, resultan inútiles. De nada vale que la hembra Freydis se saque los pechos para avergonzar con ellos a los que, faltos de cojones, tratan de resguardarse en sus naves. Y, tomando el mandoble de un guerrero caído, se arroja sobre los lanzadores de piedras que, repentinamente aterrados por los clamores de la tremebunda mujer, huyen a su vez... Pero aquella noche, reunidos en consejo, los vikingos —también se les llama así— toman el acuerdo de volverse a esta isla para reunir una nueva expedición más numerosa en hombres bien armados. Pero el proyecto despertará poco entusiasmo en gente que, de año en año, trabajando sobre lo seguro, ha llevado sus naves hasta París, Sicilia y Constantinopla. Nadie, ahora, se atreverá a arrostrar los peligros de una instalación azarosa en un mundo donde menos asustan los enemigos —hombres, bestias—, de índole conocida, que los misterios de montañas abruptas, apenas entrevistas; de cavernas que pueden ser espeluncas de monstruos; del infinito de las extensiones desiertas; de breñales donde, en las noches, se oyen ululares, lamentos y gritos, que afirman la presencia de genios de la tierra —de una tierra tan vasta, tan prolongada hacia el sur, que se necesitarían millares y millares de hombres y de mujeres para explorarla y poblarla. No se regresará, pues, a la Gran Tierra del Oeste, y la estampa de la Vinlandia se esfumará en la lejanía, como un espejismo, quedando su recuerdo maravilloso en boca de los escaldas, en tanto que su existencia real es consignada en el gran libro de Adán de Bremen, historiador de los Arzobispos de Hamburgo, encargado de llevar la Cruz de Cristo a las tierras hiperbóreas conocidas o por conocer, donde la palabra de los Evangelios no hubiese sonado aún.

Y buena falta haría que sonara allá el Verbo, puesto que había hombres, muchos hombres, ignorantes de que alguien hubiese muerto para ellos —y otros hombres como aquellos, esto se sabía de oídas, que montaban en carros tirados por perros para viajar al País de la Perenne Noche... Pregunto al Maestre Jacobo por el nombre de esos seres, entregados seguramente a deleznables idolatrías, que habían tenido el coraje de arrojar de sus reinos a los gigantes rubios de acá. —”Ignoro bajo qué palabra se designan ellos mismos” —me responde el nauchero: “En el idioma de sus descubridores, se les dice skraelings, que es—¿cómo diríamos nosotros?...— algo así como malformados, contrahechos, patizambos. Sí. Eso es: patizambos. Porque, claro, los normáns son robustos y de muy buena estampa. Y aquella gente, por pequeña, chata, de piernas cortas, les pareció como malformada. Skraelings. Eso es: "patizambos”... “Yo diría mejor: monicongos.” —”¡Eso! ¡Eso!” —exclama el Maestre Jacobo: “Monicongos... ¡Bien hallada la palabra!”... Es tal de cuando me recojo a mi habitación del almacén de Spínola y Di Negro, que en esta tierra remota, con tantas maderas amontonadas, con tantos toneles que se compran aquí para guardar una bebida llamada biorr, huele a resinas de Castilla. Pero no puedo dormir. Pienso en esos navegantes extraviados entre témpanos y brumas, con sus naves fantasmales señoreadas por una cabeza de dragón, viendo surgir montañas verdes sobre el desdibujo de sus horizontes inciertos, topándose con troncos flotantes, olfateando brisas cargadas de efluvios nuevos, pescando hojas de formas distintas a las conocidas, mandrágoras viajeras, criadas en ensenadas nunca vistas; veo esos hombres de la niebla, apenas hombres en el difumino de la niebla, interrogando el sabor de las corrientes, probando el punto de sal de las espumas, descifrando el idioma de las olas, atentos al vuelo de aves inesperadas, al paso de un cardumen, a la deriva de las algas. Todo lo aprendido a lo largo de mis viajes, toda mi Imago Mundi, todo mi Speculum Mundi, se me vienen abajo... ¿Así que, navegando hacia el Oeste, se encuentra una inmensa Tierra Firme, poblada de monicongos, que se prolonga hacia el Sur como si no tuviese término? Y digo que posible es que se alargue hasta tierras tórridas, en latitud de Malagueta, acaso, puesto que los normáns estos hallaron salmón y hallaron vides. Y el salmón —salvo en los Pirineos, y es gran rareza, como rareza es todo lo que se cría en tierras vascongadas— termina donde empieza la uva. Y la uva baja hasta las tierras de Andalucía, hasta las islas griegas que conozco, hasta las Madeiras, y hasta parece que se da en tierra de moros, aunque a éstas no sacan vino porque es cosa prohibida por los mandamientos del Alcorán. Pero, de acuerdo a lo que sé, donde termina la uva empieza el dátil. Y acaso se da también el dátil, en el mundo aquel, al Sur, más al Sur de la uva... En tal caso... Se me barajan, se me revuelven, se me trastruecan, desdibujan y redibujan, todos los mapas conocidos. Mejor olvidar los mapas, pues se me hacen, de pronto, petulantes y engreídos con su jactanciosa pretensión de abarcarlo todo. Mejor me vuelvo hacia los poetas que, a veces, en bien medidos versos, pronunciaron verdaderas profecías. Abro el libro de las Tragedias de Séneca que me acompaña en este viaje. Me detengo en la tragedia de Medea, que tanto me agrada por lo mucho que se habla en ella del Ponto y de la Escitia, de rumbos, de soles y estrellas, de la Constelación de la Cabra de Olena, y hasta de Osas que se habían bañado en mares prohibidos, y me detengo en la estrofa final del sublime coro que canta las hazañas de Jasón:

... Venient annis
saecula seris quibus Oceanus
uincula rerum laxet et ingens
pateat tellus Tethysque nouos
detegat orbes nec sit terris
ultima Thule.

Tomo una pluma y traduzco, según mi entender, en el castellano que aún manejo con alguna torpeza, esos versos que muchas veces habré de citar en el futuro: “Vendrán los tardos años del mundo ciertos tiempos en los cuales el mar Océano aflojará los atamentos de las cosas y se abrirá una gran tierra, y un nuevo marino como aquel que fue guía de Jason, que hubo nombre Tiphi, descubrirá nuevo mundo, y entonces no será la isla Thule la postrera de las tierras.” Esta noche vibran en mi mente las cuerdas del arpa de los escaldas narradores de hazañas, como vibraban en el viento las cuerdas de esa alta arpa que era la nave de los argonautas.


El arpa y la sombra (1978)