7 sep. 2014

William Carlos Williams – El asfódelo, esa flor verdosa




Del asfódelo, esa flor verdosa,
como un botón de oro
sobre su tallo bifurcado-
salvo que éste es verde y leñoso-
vengo, querida,
a cantarte.
Vivimos mucho tiempo juntos
una vida repleta,
si vos querés,
de flores. De modo
que me alegré
al enterarme
de que también hay flores
en los infiernos.
Hoy estoy lleno del tenue recuerdo de aquellas flores
que ambos amamos,
-aun de esta pobre
florcita descolorida-
la conocí cuando era chico,
poco apreciada entre los vivos,
aunque los muertos la ven
y se preguntan:
¿me acuerdo de algo
que tuviera semejante
forma?,

mientras nuestros ojos
se llenan de lágrimas.
Del amor, del invariable amor,
dirán que, aunque es tan débil, un baño de púrpura
lo teñirá para hacerlo totalmente confiable.
Hay algo,
algo urgente
que tengo que decirte
sólo a vos,
pero esperemos,
mientras bebo
de la felicidad de tu cercanía
quizás por última vez.

Así,
me arranco
este miedo del corazón
para seguir hablando,
porque no me animo a detenerme.
Escucha
mientras te hablo contra el tiempo,
no tardará mucho.

Yo lo había olvidado
y sin embargo veo claramente
que hay algo central en el cielo
que oscila y que da vueltas.

¡Un olor
viene de allí!
¡el olor más dulce!
¡madreselvas! ¡y ahora
llega el zumbido de una abeja!
¡y una intensa corriente
de memorias hermanas!
Solo dame tiempo,
tiempo para convocarlas
y poder contártelas.

Dame tiempo,
tiempo.
Cuando era chico
tenía un libro
en el que, de vez en cuando,
prensaba algunas flores,
hasta que, al final,
tuve una buena colección.
El asfódelo,
como un presagio,
estaba entre ellas.
Te traigo,
restaurado,
el recuerdo de aquellas flores.
Eran dulces,
cuando yo las prensaba,
y guardaban
algo de esa dulzura
por mucho tiempo.
Es un olor curioso,
un olor moral,
ese que me trae cerca de vos.
El color
fue lo primero en irse.
Tuvo que llegarme este
desafío:
tu querido ser,
tan mortal como yo,
¡la garganta del lirio
abierta ante el colibrí!
la riqueza infinita,
pensé,
me tiende sus brazos.
Mil trópicos
en una floración del manzano.
La tierra generosa
brindándose a sí misma.
¡El mundo entero
llegó a ser mi jardín!
Pero también el mar,
al que nadie cultiva,
es un jardín
cuando el sol lo golpea
y despierta sus olas.
Yo lo vi
y vos también lo viste
cuando hace avergonzar
a todas las flores.
También la estrella de mar,
endurecida por el sol,
y otras plantas del mar
y las algas. Vos y yo sabíamos
todo acerca de esto
porque nacimos a la orilla del mar,
conocíamos esos cercos rojizos
al borde mismo del agua.
Ahí crecen también la malva rosa
y, en su estación,
las frutillas.
Allí, más tarde,
íbamos a juntar
ciruelas silvestres.
No voy a decir
que viajé a los infiernos por tu amor
y sin embargo
allá fui a parar, buscándote.
No me gustó,
quise estar en el cielo. No dejes de escucharme.
No te alejes.
En mi vida aprendí mucho
de los libros
y, fuera de ellos,
mucho también sobre el amor.
La muerte
no termina con él.
Hay una jerarquía,
creo yo,
que puede recorrerse
a su servicio;
su premio
es una flor mágica;
un gato de veinte vidas.
Si ninguno trata de alcanzarlo
el mundo
va a salir perdiendo.
Para vos y para mí
fue como ver venir una tormenta
volando sobre el agua.
Estuvimos año tras año
tomados de la mano
frente al espectáculo de nuestras vidas.
La tormenta se desató.
Los relámpagos estallaron en los bordes de las nubes.
Hacia el norte
el cielo era plácido,
un resplandor azul
mientras la tormenta se acumulaba.
Una flor
que pronto iba a alcanzar
su punto culminante.
Y vos y yo bailábamos
en nuestras mentes
y juntos leíamos un libro
¿te acordás?
Era un libro importante.
Tantos libros entraron en nuestras vidas.
¡El mar! ¡El mar!
Cada vez que pienso en el mar
me acuerdo
de la Ilíada
y de la falta pública de Helena
que la hizo posible.
Si no hubiera sido por eso
no hubiera habido poema y el mundo
al recordar aquellos pétalos de púrpura
dispersos entre las piedras
lo hubiera llamado simplemente
asesinato.
La orquídea sexual que floreció en aquel entonces
enviando a tantos
valientes a sus tumbas
les legó una memoria
a esa raza de locos
o de héroes,
si el silencio es una virtud,
el mar, solitario
en su multiplicidad,
conserva alguna esperanza.
La tormenta
se probó devastadora,
pero seguimos,
con los pensamientos que ella
suscitó,
reconstruyendo nuestras vidas.
Es la mente,
la mente
la que debe ser curada,
antes de que
intervenga la muerte,
y la voluntad
será un jardín de nuevo. El poema
es complejo y es complejo el lugar que le hacemos
en nuestras vidas al poema.
El silencio también puede ser complejo
pero con el silencio
no vamos a ningún lado.
Empieza de nuevo.
Es como el catálogo
de naves en Homero:
sirve para ocupar el tiempo.
Hablo con figuras,
es necesario,
los vestidos que usás son también figuras,
no podríamos encontrarnos
de otro modo. Si digo
"flores"
es para recordar
que alguna vez fuimos jóvenes.
No todas las mujeres son Helena,
ya lo sé,
pero llevan a Helena en sus corazones.
Querida,
en vos también está,
por eso te amo,
no podría amarte si no.
Imaginate
un campo hecho de mujeres
todas de un blanco plateado.
¿Cómo no amarlas?
La tormenta estalla o
se disipa,
no es el fin del mundo.
El amor es otra cosa,
o eso pensé,
un jardín que se expande
-aunque te conocí como mujer
y nunca te vi de otra forma-
hasta ocupar el mar
con todos sus jardines.
Era el amor del amor,
el amor que devora todo lo demás,
un amor agradecido,
un amor a la naturaleza, a la gente,
a los animales,
un amor que engendra
mansedumbre y bondad,
es el que vi en vos
y el que me conmovió.
Debería haber sabido,
y no lo supe,
que el lirio de los valles
es una flor que enferma a quien la huele.
Tuvimos hijos,
rivales en la batalla común
y, aunque siempre los cuidé,
de acuerdo con mis luces,
tanto como un hombre puede cuidar a sus hijos,
ahora los dejo a un lado
porque,
vos entendés,
tenía que encontrarte después de todo eso.
Todavía estoy por encontrarte.
Amor,
-ante el cual los dos nos inclinamos-
una flor,
la flor más frágil
será nuestro sello,
no porque seamos débiles.
En la plenitud de mi fuerza
hice todo lo que podía hacerse
para probarte que nos amábamos,
mientras mis huesos se rompían
porque no podía gritártelo en el acto.

Del asfódelo, esa flor verdosa,
vengo, querida, a cantarte.
Mi corazón revive pensando
que te traigo noticias
de algo que te concierne,
y que concierne también a todos.
Mirá lo que se hace pasar por novedad,
no vas a encontrar nada allí,
pero sí en los poemas despreciados.
Es difícil encontrar noticias en los poemas,
y, sin embargo, todos los días, la gente muere miserablemente
por no alcanzar lo que se encuentra en ellos.
Y te digo:
también a mí me concierne,
y a todo el que quiera
morir en paz sobre su cama.


Versión: Isaías Garde
Imagen: © Pach Brothers/CORBIS



Asphodel, That Greeny Flower


Of asphodel, that greeny flower,
like a buttercup
upon its branching stem-
save that it's green and wooden-
I come, my sweet,
to sing to you.
We lived long together
a life filled,
if you will,
with flowers. So that
I was cheered
when I came first to know
that there were flowers also
in hell.
Today
I'm filled with the fading memory of those flowers
that we both loved,
even to this poor
colorless thing-
I saw it
when I was a child-
little prized among the living
but the dead see,
asking among themselves:
What do I remember
that was shaped
as this thing is shaped?
while our eyes fill
with tears.
Of love, abiding love
it will be telling
though too weak a wash of crimson
colors it
to make it wholly credible.
There is something
something urgent
I have to say to you
and you alone
but it must wait
while I drink in
the joy of your approach,
perhaps for the last time.
And so
with fear in my heart
I drag it out
and keep on talking
for I dare not stop.
Listen while I talk on
against time.
It will not be
for long.
I have forgot
and yet I see clearly enough
something
central to the sky
which ranges round it.
An odor
springs from it!
A sweetest odor!
Honeysuckle! And now
there comes the buzzing of a bee!
and a whole flood
of sister memories!
Only give me time,
time to recall them
before I shall speak out.
Give me time,
time.
When I was a boy
I kept a book
to which, from time
to time,
I added pressed flowers
until, after a time,
I had a good collection.
The asphodel,
forebodingly,
among them.
I bring you,
reawakened,
a memory of those flowers.
They were sweet
when I pressed them
and retained
something of their sweetness
a long time.
It is a curious odor,
a moral odor,
that brings me
near to you.
The color
was the first to go.
There had come to me
a challenge,
your dear self,
mortal as I was,
the lily's throat
to the hummingbird!
Endless wealth,
I thought,
held out its arms to me.
A thousand tropics
in an apple blossom.
The generous earth itself
gave us lief.
The whole world
became my garden!
But the sea
which no one tends
is also a garden
when the sun strikes it
and the waves
are wakened.
I have seen it
and so have you
when it puts all flowers
to shame.
Too, there are the starfish
stiffened by the sun
and other sea wrack
and weeds. We knew that
along with the rest of it
for we were born by the sea,
knew its rose hedges
to the very water's brink.
There the pink mallow grows
and in their season
strawberries
and there, later,
we went to gather
the wild plum.
I cannot say
that I have gone to hell
for your love
but often
found myself there
in your pursuit.
I do not like it
and wanted to be
in heaven. Hear me out.
Do not turn away.
I have learned much in my life
from books
and out of them
about love.
Death
is not the end of it.
There is a hierarchy
which can be attained,
I think,
in its service.
Its guerdon
is a fairy flower;
a cat of twenty lives.
If no one came to try it
the world
would be the loser.
It has been
for you and me
as one who watches a storm
come in over the water.
We have stood
from year to year
before the spectacle of our lives
with joined hands.
The storm unfolds.
Lightning
plays about the edges of the clouds.
The sky to the north
is placid,
blue in the afterglow
as the storm piles up.
It is a flower
that will soon reach
the apex of its bloom.
We danced,
in our minds,
and read a book together.
You remember?
It was a serious book.
And so books
entered our lives.
The sea! The sea!
Always
when I think of the sea
there comes to mind
the Iliad
and Helen's public fault
that bred it.
Were it not for that
there would have been
no poem but the world
if we had remembered,
those crimson petals
spilled among the stones,
would have called it simply
murder.
The sexual orchid that bloomed then
sending so many
disinterested
men to their graves
has left its memory
to a race of fools
or heroes
if silence is a virtue.
The sea alone
with its multiplicity
holds any hope.
The storm
has proven abortive
but we remain
after the thoughts it roused
to
re-cement our lives.
It is the mind
the mind
that must be cured
short of death's
intervention,
and the will becomes again
a garden. The poem
is complex and the place made
in our lives
for the poem.
Silence can be complex too,
but you do not get far
with silence.
Begin again.
It is like Homer's
catalogue of ships:
it fills up the time.
I speak in figures,
well enough, the dresses
you wear are figures also,
we could not meet
otherwise. When I speak
of flowers
it is to recall
that at one time
we were young.
All women are not Helen,
I know that,
but have Helen in their hearts.
My sweet,
you have it also, therefore
I love you
and could not love you otherwise.
Imagine you saw
a field made up of women
all silver-white.
What should you do
but love them?
The storm bursts
or fades! it is not
the end of the world.
Love is something else,
or so I thought it,
a garden which expands,
though I knew you as a woman
and never thought otherwise,
until the whole sea
has been taken up
and all its gardens.
It was the love of love,
the love that swallows up all else,
a grateful love,
a love of nature, of people,
of animals,
a love engendering
gentleness and goodness
that moved me
and that I saw in you.
I should have known,
though I did not,
that the lily-of-the-valley
is a flower makes many ill
who whiff it.
We had our children,
rivals in the general onslaught.
I put them aside
though I cared for them.
as well as any man
could care for his children
according to my lights.
You understand
I had to meet you
after the event
and have still to meet you.
Love
to which you too shall bow
along with me-
a flower
a weakest flower
shall be our trust
and not because
we are too feeble
to do otherwise
but because
at the height of my power
I risked what I had to do,
therefore to prove
that we love each other
while my very bones sweated
that I could not cry to you
in the act.
Of asphodel, that greeny flower,
I come, my sweet,
to sing to you!
My heart rouses
thinking to bring you news
of something
that concerns you
and concerns many men. Look at
what passes for the new.
You will not find it there but in
despised poems.
It is difficult
to get the news from poems
yet men die miserably every day
for lack
of what is found there.
Hear me out
for I too am concerned
and every man
who wants to die at peace in his bed
besides.