10 sep. 2014

Virginia Woolf: El desván elisabetiano





Quizás estos magníficos volúmenes309 no se leen a menudo de un extremo al otro. Parte de su hechizo consiste en el hecho de que Hakluyt no es tanto un libro como un gran haz de mercancías, no muy bien atado, un bazar, un desván sembrado de viejos costales, anticuados instrumentos náuticos, enormes pelotones de lana, y pequeñas talegas de rubíes y esmeraldas. Uno está siempre desatando este paquete aquí, buscando en ese montón allí, y sentándose en la penumbra para sentir los extraños olores de sedas y cueros y ámbar gris, mientras afuera saltan las olas tremendas del mar elisabetiano, ese mar falto de mapas.

Porque esta mezcla de semillas, sedas, cuernos de unicornio, colmillos de elefantes, lana, piedras comunes, turbantes y barras de oro, esos saldos y retazos de inapreciable valor y completa inutilidad, fueron el fruto de innúmeras travesías y descubrimientos en tierras desconocidas en el reinado de la reina Isabel. Las expediciones eran dotadas con «jóvenes aptos» del Oeste310 y costeadas en parte por la gran reina misma. Los navíos, dice Fronde, no eran mayores que los yates modernos. Ahí, en el río, junto a Greenwich, estaba toda la flota, cerca del Palacio. «El Consejo Privado miraba por las ventanas de la corte...; al punto los navíos descargaban sus cañones... y los marineros gritaban de tal modo, que el cielo volvía a repicar con el ruido de sus gritos.» Luego, mientras los navíos se balanceaban corriente abajo, un marinero tras otro aparecían por las escotillas, se trepaban a los obenques, se paraban sobre las vergas para dar a sus amigos un último adiós. Muchos no iban a volver. Porque apenas Inglaterra y la costa de Francia se hundían bajo el horizonte, los barcos navegaban en lo poco menos que ignoto; el aire tenía sus voces, el mar sus leones y serpientes, sus evaporaciones de fuego y tumultuosos remolinos. Pero también Dios estaba muy cerca; las nubes apenas podían ocultar a la Divinidad misma; casi podían verse las piernas de Satán. Los marineros ingleses azuzaban familiarmente a su Dios contra el Dios de los turcos, que «si jamás puede decir palabra, por ser necio, mucho menos puede ayudarles en semejante aprieto... Pero como quiera que su Dios se comportase, nuestro Dios se mostraba un Dios de veras...» Dios está tan cerca en el mar como en la tierra, decía Sir Humfrey Gilbert surcando la tormenta. De repente una luz desapareció: Sir Humfrey se había hundido bajo las olas; cuando llegó la mañana su bajel fue buscado en vano.  Sir Hug Willoughby se dio a la vela para descubrir el pasaje del Noroeste, y no pudo volver. Los hombres del conde de Cumberland, arrinconados por los vientos contrarios, que les impidieron acercarse a la costa de Cornualles por espacio de dos semanas, lamieron en la cubierta, agonizantes, el agua barrosa. Y a veces un hombre andrajoso y agobiado llamaba a la puerta de una casa de campo inglesa y afirmaba ser el muchacho que la había dejado años atrás para surcar los mares. «Sir William su padre, y Milady su madre, no lo reconocieron como hijo suyo, hasta que hallaron una marca secreta, que era una verruga en una de las rodillas.» Pero traía consigo una piedra negra, veteada de oro, o un colmillo de marfil, o un lingote de plata, e incitaba a los jóvenes de la villa, hablándoles del oro esparcido en la tierra como están esparcidas las piedras en los campos de Inglaterra. Una expedición podía frustrarse, ¿pero qué, si el paso a la fabulosa tierra de innumerables riquezas quedaba sólo un poco más allá? ¿Qué si el mundo conocido era solamente el preludio a un panorama más espléndido? Cuando, tras el largo viaje, los bajeles anclaban en el gran Río de la Plata y los hombres salían a explorar a través de las ondulantes tierras, asustando greyes de venados que pacían, viendo piernas de salvajes entre los árboles, se llenaban los bolsillos de guijas que podrían ser esmeraldas, o arena que podría ser oro; o a veces, rodeando un promontorio, veían, muy lejos, una hilera de salvajes que bajaban lentamente a la playa, llevando sobre sus cabezas, o transportando sobre sus hombros, pesadas cargas para el rey hispano.

Éstas son las bellas historias empleadas eficazmente de señuelo en toda la región del oeste, para incitar a los «jóvenes aptos» que holgazaneaban junto al puerto a abandonar sus redes e ir a la pesca del oro. Pero los viajeros eran graves comerciantes que se ocupaban del negocio, cuyo fondo encerraba la capacidad del comerciante inglés y la comodidad del trabajador inglés. Se recuerda a los capitanes lo muy necesario que es encontrar en el extranjero mercado para los tejidos ingleses; descubrir de qué hierba se extrae la tintura azul; sobre todo indagar métodos de producir aceite, pues todas las tentativas por extraerlo de la semilla del rábano han fracasado. Se les recuerda la miseria del pobre inglés, cuyos crímenes, causados por la pobreza, hacen que «la horca los consuma día a día». Se les recuerda cómo habíase enriquecido en el pasado el suelo inglés por los descubrimientos de los navegantes; cómo el doctor Linaker trajo simientes de rosa encarnada y tulipanes, y cómo bestias, plantas y hierbas, «sin las cuales nuestra vida diríase bárbara», han ido viniendo paulatinamente a Inglaterra del extranjero. En busca de mercados y de mercancías, de la fama inmortal que habría de traerles el éxito, los jóvenes aptos se hacían a la vela hacia el Norte, y eran dejados, una pequeña compañía de ingleses aislados y rodeados por la nieve y las chozas de los salvajes, para que hicieran todos los negocios posibles y recogieran todos los conocimientos a su alcance antes que los barcos volvieran en el verano para llevarlos de vuelta a sus hogares. Allí sufrían, aislada compañía, abrasándose en la orilla de la noche. Uno de ellos, llevando una carta de privilegio de su compañía de Londres, se internaba hasta Moscú y ahí veía al emperador «sentado en su trono, con la corona sobre su cabeza, y un bastón de orfebrería en la mano izquierda». Escribe cuidadosamente toda la ceremonia que vio, y la escena que ve primero el mercader inglés tiene el esplendor de un vaso romano desenterrado y expuesto un instante al sol, hasta que, a merced del aire, visto por millones de ojos, se empaña y desmorona. Allí, todos estos siglos, en los arrabales del mundo, las glorias de Moscú, las glorias de Constantinopla han florecido, invisibles. El inglés estaba perfectamente ataviado para la ocasión, guiaba «tres bellos mastines con funda de paño rojo», y llevaba una carta de Isabel «cuyo papel tenía la suma fragancia del alcanfor y el ámbar gris, y tinta de perfecto almizcle». Y a veces, como los trofeos del asombroso nuevo mundo se esperaban ansiosamente en el país propio, junto con astas de unicornios y cargamentos de ámbar gris y bellas historias de engendros de ballenas y «debates» de elefantes y dragones cuya sangre, mezclada, se congelaba en bermellón, habría de enviarse un ejemplo con vida, un salvaje cogido cerca de la costa del Labrador, llevado a Inglaterra y exhibido como si fuese una fiera. A poco lo traían de vuelta, y llevaban a bordo a una mujer salvaje para que le hiciera compañía. Al verse se ruborizaban; se ruborizaban profundamente, pero los marineros, si bien lo percibían, no sabían por qué. Luego los dos salvajes sentaban casa a bordo del barco, juntos, ella atendiendo a las necesidades de él, él cuidándola en su enfermedad. Pero, como volvían a notar los marineros, los salvajes vivían juntos en perfecta castidad.

Todo esto, las nuevas palabras, las nuevas ideas, las olas, los salvajes, las aventuras, se abrieron paso en los dramas y comedias que se representaban sobre las riberas del Támesis. Había un público fino para captar lo de color y altisonante; para asociar esas 

fragatas cimentadas con ricos tablones de Sethin, 
rematadas con encumbrados abetos del Líbano, 

con las aventuras ultramarinas de sus propios hijos y hermanos. Los Verney, por ejemplo, tenían un alocado muchacho que se había dedicado a pirata, más tarde a turco, y desaparecido allí, enviando a Claydon, para guardar como reliquias de él unas sedas, un turbante y un cayado de peregrino. Un abismo se abría entre el espartano oficio doméstico de las mujeres del Paston y los gustos refinados de las damas de la corte elisabetiana, que, ya en la vejez, dice Harrison, pasaban el tiempo leyendo historias, o «escribiendo volúmenes propios, o traduciendo los de otros a nuestra inglesa lengua y al latín», mientras las damas más jóvenes tañían el laúd y la cítara y ocupaban sus ratos de ocio en el goce de la música. Así con el canto y con la música, va tomando cuerpo la característica extravagancia elisabetiana; los delfines y danzas antiguas de Greene; la hipérbole de Ben Jonson, más sorprendente en escritor tan terco y muscular. Así hallamos a toda la literatura elisabetiana veteada de oro y plata; con plática de rarezas de la Guayana y referencias a esa América -«¡Oh, mi América!, mi tierra recién hallada»- que no era meramente una tierra en el mapa, sino que simbolizaba los desconocidos territorios del alma. Así, sobre las aguas, la imaginación de Montaigne cavilaba, fascinada, sobre salvajes, caníbales, sociedad y gobierno. 

Pero la mención de Montaigne sugiere que si bien la influencia del mar y los viajes, del desván henchido de bestias marinas, y astas, y marfil, y viejos mapas e instrumentos náuticos, ayudó a inspirar la época más excelsa de la poesía inglesa, sus efectos no fueron en modo alguno tan benéficos sobre la prosa inglesa. La rima y el metro ayudaban a los poetas a mantener ordenado el tumulto de sus percepciones. Pero el prosista, sin estas restricciones, acumulaba cláusulas, disminuía el filón con interminables catálogos, daba traspiés y se enredaba en los pliegues de sus ricos ropajes. Cuán poca prosa elisabetiana se adecuaba a su oficio, cuánta prosa exquisitamente francesa ya se había adaptado, puede verse comparando un pasaje de la Defense of Poetry (Defensa de la Poesía) de Sidney con uno de los Ensayos de Montaigne:

«Empieza, no con oscuras definiciones, que empañan la acotación con interpretaciones y cargan a la memoria con duda, sino con palabras engastadas en encantadora proporción, ya acompañada con muy hechizante destreza musical, o preparada para ella, y con un cuento (ciertamente) se nos llega, con un cuento que aparta a los niños de sus juegos y a los ancianos del rincón del hogar; y no pretendiendo más, se aplica a ganar para la virtud el espíritu impío; así como suele a menudo llevarse al niño a tomar cosas más saludables escondiéndolas en otra de sabor agradable: que si uno empezara a decirles la naturaleza de los acíbares o ruibarbos que deberían recibir, antes llevaría las medicinas a sus oídos que a su boca, así también los hombres (la mayor parte de los cuales son infantiles en sus cosas mejores, hasta cuando yacen en la cuna de sus sepulturas) escucharán con agrado las historias de Hércules...»

Y así sigue durante setenta y seis palabras más. La prosa de Sidney es un monólogo ininterrumpido, con súbitos relámpagos felices y espléndidas frases, que se presta a lamentos y moralejas, a largas acumulaciones y catálogos, pero que nunca es ágil, nunca familiar, siempre incapaz de asir fuerte y firmemente una idea, o de adaptarse flexible y exactamente a las grietas y cambios del entendimiento. Comparado con esto, Montaigne es dueño de un instrumento que conoce sus fuerzas y limitaciones, y es capaz de insinuarse en grietas y hendiduras a donde nunca puede llegar la poesía; capaz de cadencias diferentes, pero no menos bellas; de sutilezas e intensidades que la prosa elisabetiana ignora por completo. Está considerando la manera con que parte de los antiguos enfrentaban a la muerte: 

...ils l'ont faicte couler et glisser parmy la lascheté de leurs occupations accoustumées entre des garses et bons compaignons; nul propos de consolation, nulle mention de testament, nulle affectation ambitieuse de constance, nul discours de leur condition future; mais entre les jeux, les festins, facecies, entretiens communes et populaires, et la musique, et des vers amoureux. 311

Un siglo parece separar a Sidney de Montaigne. Los ingleses, comparados con los franceses, son como niños comparados con hombres.

Pero los prosistas elisabetianos si tienen la informidad de la juventud, tienen también su frescura y audacia. En el mismo ensayo Sidney da forma al lenguaje, magistral y suavemente, a su gusto; libre y naturalmente extiende la mano para coger una metáfora. Para llevar esta prosa a la perfección (y la prosa de Sidney se acerca mucho a la perfección) sólo se necesitaban la disciplina de la escena y el crecimiento de la conciencia de sí. Es en las obras dramáticas, y especialmente en los pasajes cómicos de las obras dramáticas, donde ha de hallarse la mejor prosa elisabetiana. La escena fue la escuela donde la prosa aprendió a dar los primeros pasos. Porque sobre la escena la gente tenía que encontrarse, decir chanzas y fantasear, sufrir interrupciones, hablar de cosas comunes.

«CLERIMONT.- ¡Una erupción de su rostro otoñal, su remendada belleza! No hay hombre a quien hoy pueda recibir, fuera de este mozuelo, hasta estar preparada, hasta haberse pintado, y perfumado, y lavado, y fregado; y en él limpia ella los aceitados labios, como en una esponja. He compuesto una canción sobre este asunto, que te ruego escuches. (Canta el Paje.

Asearse aún, vestirse aún, etc. 

TRUEWIT . - Y yo estoy abiertamente del otro lado: amo más un buen aliño que cualquier belleza del mundo. ¡Oh!, la mujer se asemeja entonces a un delicado jardín; ni tampoco de una sola suerte; ella puede variar en cada hora; pedir a menudo consejo a su espejo, y escoger el mejor. Si tiene buenas orejas, que las muestre; buen cabello, que lo exhiba; buenas piernas, que lleve vestidos cortos; buenas manos, que las descubra a menudo; que practique todo arte para mejorar el aliento, limpiar los dientes, componer las cejas; que se haga afeites y lo manifieste.»

Así mana la conversación en The Silent Woman («La mujer silenciosa») de Ben Johnson, tomando forma a fuerza de interrupciones, agudizada por los choques y jamás permitida de afirmarse en el estancamiento o aumentar en turbieza. Pero la notoriedad de la escena y la perpetua presencia de una segunda persona eran hostiles a esa creciente conciencia de sí mismo, ese cavilar en soledad sobre los misterios del alma, que, andando los años, alcanzarían expresión y encontrarían un campeón en el genio sublime de Sir Thomas Browne. Su inmenso egotismo ha preparado el terreno para todos los novelistas psicológicos, autobiógrafos, traficantes de confesiones y negociantes en las curiosas sombras de nuestra vida privada. Él fue quien primero se volvió de los contactos de hombres con hombres a sus solitarias vidas interiores. «El mundo que contemplo soy yo mismo; es el microcosmos de mi propia estructura a donde vuelvo la mirada; porque al otro lo uso sólo como a mi globo terráqueo, y lo hago girar a veces para recrearme.» Todo era misterio y tinieblas cuando el primer explorador recorría las catacumbas, balanceando su linterna. «A veces siento un infierno dentro de mí; Lucifer tiene su corte en mi pecho; la Legión revive en mí.» En estas soledades no había guías ni compañeros. «Estoy en las tinieblas para todo el mundo, y mis más íntimos amigos no me ven sino en una nube.» Los más extraños pensamientos e imaginaciones han jugado con él a medida que iba haciendo su obra, por afuera el más cuerdo de los hombres y estimado como el más grande médico de Norwich. Ha deseado la muerte. Ha dudado de todas las cosas. ¿Que si estamos dormidos en este mundo y las vanaglorias de la vida son como meros sueños? La música de la taberna, la campana del Ave María, el cacharro roto que el obrero ha desenterrado del campo: a la vista y sonido de estas cosas se detiene y queda inerte, como traspasado por la pasmosa perspectiva que se abre ante su imaginación. «Llevamos en nosotros las maravillas que buscamos fuera de nosotros; toda el África y sus prodigios existen en nosotros.» Un halo de maravilla rodea todo lo que ve, vuelve su luz paulatinamente sobre las flores e insectos y hierbas a sus pies, de modo de no perturbar nada en los misteriosos procesos de la existencia de todos ellos. Con la misma reverencia, mezclada a una sublime satisfacción, registra el descubrimiento de sus propias cualidades y prendas. Era caritativo y valeroso y renuente de nada. Estaba lleno de ternura para los demás y era despiadado consigo. «En cuanto a mi conversación, es como la del sol, para todos los hombres; y amigable para el bueno y el malo.» Sabe seis idiomas, las leyes, costumbres y políticas de varios estados, los nombres de todas las constelaciones y de la mayoría de las plantas de su país, y sin embargo, tan vasta es su imaginación, tan ancho el horizonte en que ve caminar a esta pequeña figura que, «me parece que no conozco tantas como antes, sino apenas un centenar, y que apenas pasé alguna vez más allá de Cheapside».

Es el primero de los autobiógrafos. Descendiendo y remontándose a las más elevadas alturas, se inclina de pronto con amante particularidad sobre los detalles de su propio cuerpo. Su talla era regular, nos dice, sus ojos grandes y luminosos, su piel oscura pero constantemente cubierta de rubores. Vestía con mucha sencillez. Rara vez se reía. Coleccionaba monedas, conservaba cresas en cajas, disecaba los pulmones de las ranas, arrostraba la hediondez del esperma de ballena, toleraba a los judíos, tenía una frase justa para la deformidad del sapo, y combinaba una actitud científica y escéptica hacia la mayoría de las cosas con una aciaga creencia en las brujas. En resumen, como decimos cuando no podemos dejar de reírnos ante las excentricidades de las gentes que más admiramos, era todo un carácter, y el primero que nos hizo sentir que las más sublimes especulaciones de la imaginación humana surgen de un hombre en particular, a quien podemos amar. En medio de las solemnidades del Entierro de la Urna, sonreímos cuando observa que las tribulaciones producen callosidades. La sonrisa se ensancha hasta la carcajada cuando proferimos los espléndidos fastos, las sorprendentes conjeturas de Religio Medici. Todo lo que escribe lleva el sello de su propia idiosincrasia, y por vez primera percibimos esas impurezas que en adelante manchan la literatura con tantos caprichosos colores que, por mucho que nos esforcemos, nos es difícil estar seguros de si miramos a un hombre o sus escritos. Ahora estamos en presencia de la imaginación sublime; vagamos por uno de los desvanes más bellos del mundo: una estancia repleta hasta el techo de marfil, hierro viejo, cacharros rajados, urnas, astas de unicornios, y vidrios mágicos llenos de luces esmeralda y misterio azul.


Traducción de B. R. Hopenhaym 

Notas

309. Hakluyt's Collection of the Early Voyages, Travels, and Discoveries of the English Nation. (Colección de Hakluyt de las primeras travesías, viajes y descubrimientos de la nación inglesa.)

310. En Inglaterra, región que se extiende al oeste de una línea imaginaria que va desde Southampton hasta las bocas del río Severn. (N. del Trad.) 

311. «...la hicieron transcurrir y deslizarse entre la dejadez de sus ocupaciones habituales, entre mozas y compañeros de jolgorio: ni el menor propósito de consuelo, ni mención de testamento, ni afectación ambiciosa de constancia, ni plática sobre su condición futura; sólo entre juegos, festines, donaires, chácharas corrientes y triviales, y músicas y versitos galantes.»


En Ensayistas Ingleses
Varios Autores
Estudio Preliminar de Adolfo Bioy Casares
Selección de Ricardo Baeza
Buenos Aires, Océano, 2000
Foto by Lady Ottoline Morrell 1926 NPG London