14 sep. 2014

Pierre Michon: Volvamos a la estación del Este





Volvamos a la estación del Este. Volvamos a esos primeros días de París en los que quizá, para Rimbaud, todo se desarrolló en tres breves actos: la inmediata reputación de poeta de mucha categoría, la conciencia aguda de la vanidad de una reputación, y su arruinamiento.
No fue Verlaine el único. Ya que es sabido que en París, en septiembre, desde los primeros días, Verlaine lo llevó a esos cafés, a esas cavernas donde, tras caer la noche, encima de mesas de mármol, humeaban el té con aguardiente y las pipas, se desbordaba la espuma de las jarras de cerveza, se desplegaban las gacetas, y detrás de las jarras y de las gacetas, a la ruin luz azul del gas, había barbas de poetas, poses de poetas, impasibilidades fingidas, bromas fingidas, y ojos de poetas que lo miraban a uno llegar de Charleville. Y tras todas esas cortinas, al fondo de esas cavernas, en Le café de Madrid, en Le Rat mort, Chez Battur, en Le Delta, en las mil dependencias anejas de la Académie d'absinthe, había algo más, que Rimbaud reconoció en el acto, antes quizá que el té con aguardiente en esta taza y el ajenjo en la de más allá; y fue, muy pegada a la piel de cada cual, cortina última, que segregaba todas las demás y de la que nacían todas las demás, las barbas, las gacetas, las jarras, algo así como una cortina de enfurruñamiento más opaca. El poeta era ese hombre múltiple enfurruñado en París.
Y todos aquellos hijos enfurruñados estaban a la espera de que llegase un padre y diese el espaldarazo a su personal enfurruñamiento, lo sacase del montón, lo sentase a su diestra en un trono invisible; todos querían hurtarse a la sociedad civil, no estar donde estaban, reinar como en huecograbado; pero habían clausurado el monasterio, la sangre azul no era ya sino folklore, el cuartel se había desmoronado entre los hielos arrastrando consigo a los hijos de altos penachos, los mariscales del Imperio, allá por Esmolensko o a orillas del Beresina; así que todos esos hijos, para dejar clara constancia de que eran huérfanos y desterrados, es decir, superiores a los demás, todos esos hijos no se hicieron capitanes, ni barones, ni monjes, sino poetas; pues tal era la costumbre desde 1830; aunque desde 1830 la canción se había ido desgastando, quizá la entonaron demasiadas gargantas; había exceso de postulantes al reparto de premios del más allá; y sobre todo no quedaba nadie en este bajo mundo que pudiera salir fiador de ese reparto. Baudelaire estaba muerto; el Viejo sólo se hablaba con Shakespeare, en las cuatro patas de su mesa; hacía ya mucho que no había un rey en Saint-Cyr que pudiera zanjar el asunto en última instancia; se había perdido el criterio electivo. La consagración que con tanta vehemencia exigía Rimbaud, que seguramente exigían todos los hijos, aunque con menor vehemencia, la consagración no era ya competencia de nadie. Y todos esos Rastignac del más allá tascaban el freno parapetados tras confusos sonetos de poca monta y comportamientos brujos, parapetados detrás de jarras, detrás de gacetas, esperando, y cada cual tenía la seguridad de ser el elegido, la seguridad de no serlo; cierto es que todos poseían el esquejillo, mas ¿de qué vale un esqueje tan uniformemente repartido?
Mientras esperaban, se hacían fotos. Pues todos se habían dado cuenta de que, allende los sonetos confusos, esos menudos puños cerrados de catorce versos enarbolados hacia el futuro, allende la poesía, muy próxima a las poses de exilio con dos dedos metidos en el chaleco y la melena al viento, fluyendo de la caperuza negra, acudía la posteridad; y sentados en el taburete de los fotógrafos, se estremecían ante la posteridad: el Viejo, frente a Nadar, frente a Carjat, miró la caperuza negra y contuvo el aliento; Baudelaire, frente a Nadar, frente a Carjat, contuvo el aliento; y frente a esos mismos, el dulce Mallarmé contuvo el aliento; y, de igual forma, Dierx, Blémont, Creissels, Coppée, unos frente a Nadar, otros frente a Carjat, se estremecieron. Y hasta el propio Rimbaud...

Anochece, estamos en octubre. Aún no ha anochecido del todo, es una tarde muy hermosa del antiguo octubre. Es domingo, estamos en Montmartre y, como esto casi es el campo, no hay nadie por las empinadas calles. Cuántos árboles en lontananza: castaños o plátanos, que deslumbran y oprimen el corazón, amarillos y arruinados contra el cielo azul. Se yerguen en la luz. Las hojas doradas nos corren bajo los pies, la cuesta arriba parece conducirnos al cielo. Y, de repente, ahí llegan: son cuatro o cinco, vienen subiendo la cuesta, todos ellos hijos irredentos, ni monjes ni capitanes, por más que todos vayan arropados en un hábito invisible, hijos sin más, poetas como solía decirse; Verlaine y Rimbaud, y, de propina, cualesquiera otros, Forain, o Valade, o Cros, y Richepin, a quien llamaban Richoppe. Levitas negras, sombreros, aspecto pulcro, todo ello resolviéndose en brillos bajo la luz del sol; porque hoy van de tiros largos: a Rimbaud alguien le ha prestado el uniforme, alguien con su misma talla, Richepin quizá. Lleva la corbata algo torcida, pero no le falta de nada, ropa blanca, betún, y chistera, la cabeza de la mismísima poesía tocada con ese elevado cilindro, ese cilindro que aparenta ser la poesía, toda la parafernalia de los pesarosos hijos de la tercera generación, mas sin la pieza de satén chino bermellón, que tan bien entonaría con esas frondas, sin el chaleco rojo, que sólo se lució tres horas y una única vez, en el estreno de Hernani, y sólo el tiempo preciso para entrar en el campo del catalejo de la Historia. Ya no lo luce nadie: por lo demás; a esa misma hora, con el espléndido chaleco rojo inflado, inmerso en su edema y con el gorrito rojo y blanco de lana encasquetado, Gautier apenas llega a vernos entre los párpados hinchados y ya no nos reconoce; está escuchando un fragor más fuerte que el de Hernani; va a morir este 23 de octubre, mañana o pasado, llegará hinchado al cementerio de Montmartre, aquí al lado, y quiero creer que allí estarán los hijos, también de tiros largos; dirán que era una basura vieja, se reirán fuerte y se emocionarán; entre dos vasos de vino, oirán el fragor de Hernani. Es posible que Rimbaud se acuerde de Izambard, de los tiempos en que Izambard le daba a conocer Esmaltes y camafeos. Van calle de Notre-Dame-de-Lorette arriba, a plena luz. Fuman en pipas que les acunan la resaca; también las frondas de los árboles acunan a estos hijos; Rimbaud dice que menuda murga, está de un humor de perros. Abren la puerta del número 10, se quitan las chisteras, los hijos bromean: hay otro patio interior, una cristalera, al fondo, en la que resplandece octubre. Entran. Ya han llegado.
Es el estudio de Carjat.
Carjat también es hijo, aunque sea algo mayor que estos cinco. Un hijo incierto, pero hijo a la postre. Sabido es -los libros lo saben- que era de familia humilde; que su madre vivía en un chiscón de portera al fondo de un patio parisino, en la finca de unos sederos, con lo que el patio era muy hondo y estrecho, maloliente quizá, con tintes de densos colores corriendo por el arroyo y un pedacito de cielo, allá, muy arriba, como en un brocal; pero no sabemos si había excavado en sí, para acoger a su madre, un pozo a la medida de este patio; los concisos prólogos de los catálogos a él dedicados no se tomaron tantas molestias, pues es un hijo menor. Carece de leyenda dorada. Lo vemos cruzar como una ráfaga de viento por la leyenda dorada de los demás, la de Baudelaire, la de Courbet, la de Daumier, la del Viejo, y ello se debe a la veneración que por ellos sentía, y a la que ellos no correspondían, se debe a la amistad que por ellos sentía, a la que algunos correspondieron, se debe también a la caja negra en la que los introdujo por la gracia de los halogenuros de plata. Cuenta con sus propias cartas de hidalguía: dicen que fue el único artista que caminó tras el féretro de Daumier, al que todos dieron de lado, el único junto con Nadar, el amigo Nadar, el decano, el rival, el mejor. No le viene de ahí su fama, sino de haber colaborado con la luz, con los obturadores que la impulsan y la internan a toda velocidad, con los cloruros que la fijan, aquel día en que vio la luz de octubre el retrato oval de dieciocho por doce y medio al que voy a referirme, ese que es tan conocido como el lobo blanco y el paño de la Verónica; y hasta sucede que, a veces, su propio apellido, Carjat, figura en el retrato oval, pero debajo del otro apellido, entre paréntesis, o en letra más menuda. No llegó a ver cómo ese retrato se convertía definitivamente en el lobo blanco; murió en 1906; y, en vida, no tuvo especial empeño en que lo conocieran por esa obra suya, sino porque era un hijo, un artista; porque de artista era su ser y su aspecto; y quería que todos lo supieran, tal es la pauta; y no lo consiguió porque, o por hedonismo o por desesperanza, que pueden ser virtudes de hijo, o, a lo mejor, por sentido común y compostura, que no son virtudes de hijo, no tuvo la jactancia de afirmar que su oficio era lo principal del orbe; no quiso enterarse a tiempo de que hay que aferrarse con pasión a una única manía, a un arte como suele decirse, y sólo a una, encerrarse ferozmente con ella en algo así como un saco a cuyo fondo hay que haber arrojado a la madre que se tiene, a los hijos que no se tendrán, a todos los hombres; y sobre ese universal apisonamiento hay que tejer la tenue labor que lo convierte a uno en hijo perpetuo. Pues la obra es de la raza de los ogros. Carjat temía devorar y que lo devorasen; y, en consecuencia, arrinconó no poco su manía para hacer sitio a una esposa y a la hija que ésta le dio; y como esa manía suya lo asustaba, sola y monolítica lo asustaba, la dividió en trocitos y ejercía varias artes; era fotógrafo, cierto es, pero también pintor y hombre de teatro; y su más caro deseo, más allá de las apariencias, era que lo tomasen por poeta, pues poeta se creía y, por lo tanto, lo era en verdad: manía, creencia, deseo que es posible que le sobreviniese en el año 48, cuando tenía veinte años, más o menos igual que Baudelaire, y oyó silbar las balas, igual que Baudelaire, e, igual que él, tomó la insurrección por la varita mágica que nos libra de los padres sin instarnos a que nos convirtamos en padres; igual que Baudelaire, remozó, en esos días, el chaleco rojo y lo ocultó cuidadosamente bajo el chaleco largo y negro; igual que Baudelaire, escribió los versos huérfanos posteriores a 1850. Pero, al contrario que Baudelaire, del que era amigo, no agarró a tiempo la cantarela, que en la juventud pasa a nuestro alcance en las banderas de éxtasis, no la agarró entonces ni la pulsó prescindiendo para ello de cualquier otra empresa: de forma tal que en vez de ceñirse el chaleco negro y, envuelto en él, rimar los doce pies, los mantra de Occidente, incluyendo el me cago en diela, es decir, ser poeta, no fue sino artista, un hombre libre sin agobios de tiempo que cambiaba de chaleco y dudaba de si el padre sería Nadar o Hugo, Courbet o Gambetta. Escribía versos y hacía fotos. Un individuo de segunda fila.

Ve en el patio, bajo la luz del sol, las cinco mitras a lo Mallarmé, y, debajo, las melenas.
Estaba esperando a los hijos, los recibe. El también es robusto y de elevada estatura, como Rimbaud (y, por un momento, podemos dar en la suposición de que no les faltó prestancia, tres meses después, en pleno invierno, aquel día que, en Les Vilains Bonshommes, se enzarzaron en una pelea a la antigua usanza de 1830, y Rimbaud hirió a Carjat con el mítico bastón-estoque). Precisamente, a Rimbaud anima el grupo para que dé un paso al frente. Se estrechan la mano; Carjat está al tanto, por éste o por el de más allá, de que hoy le toca retratar a ese muchacho tan joven que escribe versos hermosos y al que no conoce. Y como está también al tanto de que ese genio en ciernes no tiene muy buen carácter, el anfitrión se muestra de entrada muy afable, quiere conseguir que se haga la foto a gusto y ya es ducho en esas lides. Nada sabemos de lo que se dijeron en 1871. Las chisteras se han quedado en el perchero grande de la entrada, inclinadas a derecha o a izquierda, y una de ellas, colocada en la parte de arriba, está recta. Es posible que tomasen una copa. Carjat se queda de pie. Rimbaud tiene que sentarse, y no dice nada, pero si estuviéramos presentes nos daríamos cuenta de que tanta preparación, la levita, la embajada dominical, la espontaneidad del anfitrión, lo disgustan: se acuerda del brazal y del quepis, en aquellos tiempos en que aparecía por Charleville, tras bajarse de trenecillos de mala muerte, un fotógrafo marchito, y la madre, inclinándose hacia el brazo del niño, retocaba el inverosímil harapo de lencería clerical, colocaba un alfiler, ahuecaba los encajes. Rimbaud se ruboriza. Y oculto tras esa remota vergüenza, ese remoto amor, siente miedo y se enfurruña una barbaridad, porque ahora el fotógrafo no es un vagabundo insomne que acaba de bajarse de un trenecillo, sino un parisino, un maestro. Ha fotografiado a Baudelaire.
El maestro, inclinado hacia él, lo observa.
Así que aquí tenemos, frente por frente, a los dos hijos: el que no ha escrito aún más que versos hugólatras, pero que muy hugólatras, y cuyo destino está en la cuerda floja porque conoce a todos los del Parnaso y se malicia que ser la poesía en persona no equivale a ocupar el primer puesto en el Parnaso, ni en ningún otro lugar, pues no hay ratificación posible, y, sobre todo, porque se da cuenta de que la poesía va cuesta abajo, igual que la calle de Notre-Dame-de-Lorette, es una cuesta por la que se despeña uno y cae al vacío para ir a parar luego a un hotel de Bruselas, o a Guernesey, ante un velador de espiritista, soberano, brujo, charlatán: si hay mucha suerte, la cuesta conduce a Guernesey. Y ante esa cuesta, Rimbaud vacila. Así que ahí están, él y el otro hijo que hacia él se inclina, el fotógrafo, consciente de su importancia aunque no sepa muy bien por qué es importante, pero piensa que se debe a que es un artista, siendo así que es un puro y simple agente del Tiempo, irresponsable y fatal, lo mismo que Monsieur de París. Contempla a su modelo. Se fija en la corbata torcida: ve de qué color es, cosa que nosotros no sabemos. El chaleco es rojo, o negro, va a dar lo mismo, la foto es en blanco y negro. Se dice para sus adentro que dentro de un rato habrá que poner derecha esa corbata; aunque, bien pensado, mejor no enderezarla, este joven es un poeta, la corbata de los poetas queda mejor torcida. En el perchero de la entrada, los sombreros relucen en la oscuridad. Rimbaud dice algo, algo obsceno seguramente, porque todos se echan a reír, todo se desperdiga; vistiendo levitas negras se mueven en un charco de sol, están a pie firme. Ya han entrado todos juntos en el taller.
Baja octubre desde la cristalera, la luz es intensa y azul. Se nota que fuera se ha levantado viento, el cielo se torna aún más anchuroso. Hay plantas altas en unas macetas, a las que también la luz aviva y abrasa, menos deprisa que las sales de plata, pero con idéntica pasión. El enorme aparato está a la espera sobre su trípode, con sus fuelles de vagón. Un cilindro cubre ajustadamente ese cañón encaramado en un soporte: grandes piezas de cobre amarillo y baquelita negra, encajadas unas en otras, relucientes. Están, además, la tarima y el taburete, y, detrás, la tristona sábana negra. Rimbaud toma asiento en el mismo lugar en que se sentó Baudelaire. Los individuos de segunda fila están enfrente, pegados a la pared y opinan; todos tienen la esperanza de que su opinión sea la de un individuo de primera fila. Carjat vuelve con las placas y se queda en mangas de camisa. Destapa el cilindro. Se mete bajo la caperuza negra. Rimbaud ha escrito El barco ebrio; como si estuviera en trance de muerte, eso es lo que recuerda; aunque El barco ebrio no sea poesía propiamente dicha, y aunque lo puliera y repuliera para el Parnaso, eso no quita para que lo haya escrito. El eje que le mantiene derecho el cuello se pone cada vez más tieso. Allá arriba, el cielo se llena de cobres. Las hojas de oro resbalan por los cristales empañados. Entre Rimbaud y el brazal, entre Rimbaud y el pozo, chorrea la cascada de los cien versos de El barco ebrio. Empieza Rimbaud desde el principio, baja por los ríos impasibles, luego corre, luego danza; no mueve los labios; su madre se incorpora. Está inclinada sobre el harapo, ha escrito los cien versos definitivos del Parnaso, solloza y se desploma, vuelve a erguirse y se alza con la victoria. Se hunde y sale a flote, igual que un corcho en el agua. Metido debajo de la caperuza negra, Carjat manda a Rimbaud que mueva un poco la cabeza, que la ponga así y de la otra manera. Y Rimbaud hace lo que manda; dentro de la cabeza, que apenas mueve, van cayendo las estrofas impecables, las estrofas impasibles, un verso encima de otro, como olas, como viento. Los hemistiquios se tambalean, las sílabas gotean, de doce en doce, corriendo por encima de la hembra campesina, que llora y ríe a carcajadas. Ella lo escribió. Ella fue aguas abajo del Parnaso. Más arriba, el cielo es ancho como un padre. Rimbaud lleva un buen rato conteniendo el aliento. Carjat dispara. La luz se abalanza sobre los halogenuros, los abrasa. En ese preciso instante, Rimbaud está echando de menos Europa.

Todo el mundo está enterado de ese momento concreto de octubre. Posiblemente es un hecho del alma y del cuerpo; sólo vemos el cuerpo. ¿Quién no conoce ese pelo revuelto, esos ojos, quizá de un azul blanquecino, que no nos miran, tan claros como la luz del día y apuntando por encima de nuestro hombro izquierdo hacia el lugar en que Rimbaud divisa una maceta en la que una planta se encarama hacia octubre y quema carbono; pero nosotros pensamos que esa mirada apunta al vigor futuro, la capitulación futura, la Pasión futura, la Temporada y Harar, la sierra sobre la pierna en Marsella; y seguramente él piensa, y nosotros también, que apunta hacia la poesía, ese espectro acorde que acordadamente se confirma en el pelo revuelto, el óvalo angelical, el nimbo de enfurruñamiento, pero que, de forma nada acorde, se halla también ahí, tras el hombro izquierdo, y, cuando nos volvemos, ya ha desaparecido. Sólo vemos el cuerpo. Y en los versos ¿se ve acaso el alma? Pasa el viento entre toda esa luz. En el pasillo, sin brillos ni testigos, están las mitras. Los individuos de segunda fila llevan las manos colgando. Están muy formales. No saben a ciencia cierta que esos labios apretados acaban de recitar El barco ebrio, pero sospechan que han estado recitando versos: también a ellos les hicieron en su día una foto, y en ese taburete recitaron con ansias de muerte su obra maestra de segunda fila. No saben, como tampoco lo sabemos nosotros, por qué estrofa iban cuando disparó Carjat, qué palabra apresó en la caja; no, no sabemos si Rimbaud en ese preciso instante estaba echando Europa de menos. No están a la vista las manos de lavandera. La corbata se ha quedado torcida por toda la eternidad; no sabemos de qué color es.
Carjat tira más placas, y de ésas nada sabemos. Las destruyó más adelante, después de la pelea que los enfrentó a ambos. No está enterado de que acaba de realizar su obra maestra. Los hijos se han sentado en el suelo y bromean. Rimbaud está taciturno, esos poetas que se comportan como monaguillos bebiéndose el vino de consagrar lo fastidian una barbaridad. De repente, casi ni se los ve. No es cosa de quedarse aquí toda la tarde. Se acabó. Carjat se lleva las placas al cuarto de al lado: cubetas, nitratos, el asunto no admite espera, los hijos ya saben por dónde se sale. Cogen las chisteras, el perchero desposeído queda a solas en el pasillo. Desciende el cielo sobre los cinco hijos; hemos salido a la calle, la luz de octubre declina, los árboles oscilan, las hojas de oro vuelan al compás de la sencilla cadencia del viento. Son gemas bajo los pies. Se sujetan los sombreros con la mano, los brillos negros bajan la cuesta a todo correr. Cruzan París, siete veces aparece una estrella en la Osa Mayor, ésta es la Académie d'absinthe.


En Rimbaud el hijo, VI
Título Original: Rimbaud le fils
Traducción: María Teresa Gallego Urrutia
Barcelona, Anagrama, 2001
Foto: Pierre Michon en Orleans 1996 © Sophie Bassouls Sygma Corbis