12 sep. 2014

Milan Kundera: La ignorancia (tres fragmentos)





  20

   Una vez en la habitación, abrió el paquete que le había dado su hermano: un álbum de fotos de su infancia: su madre, su padre, su hermano y, en muchas, el pequeño Josef; lo deja a un lado para guardarlo. Dos libros ilustrados para niños; los tira a la papelera. El dibujo coloreado de un niño, con una dedicatoria: «Para el cumpleaños de mamá», y su firma estampada con torpeza; lo tira. Luego, un cuaderno. Lo abre: su diario de cuando estudiaba bachillerato. ¿Cómo fue a parar a casa de sus padres?
   Las notas estaban fechadas en los primeros años del comunismo, pero —y ahí su curiosidad se llevó una pequeña decepción— no encuentra en ellas sino descripciones de citas con chicas del instituto. ¿Un libertino precoz? Pues no: un jovencito todavía virgen. Ojea distraídamente y se detiene en unos reproches que le dirigió a una chica: «Me has dicho que, en el amor, sólo cuenta lo carnal. Nena, si un hombre te confesara que de ti no desea más que tu carne, saldrías corriendo. Sólo entonces tal vez comprenderías cuán atroz es la sensación de soledad».
   Soledad. Esta palabra vuelve con frecuencia. Intentaba asustar a las chicas trazando la espantosa perspectiva de la soledad. Para que le quisieran, las sermoneaba como un cura: sin sentimientos, la sexualidad se extiende como un desierto donde uno muere de tristeza.
   Lee aquello y no se acuerda de nada. ¿Qué habrá venido a decirle ese desconocido? ¿Recordarle que, en aquel entonces, vivió aquí con su nombre? Josef se levanta y va hacia la ventana. La plaza está iluminada por un sol tardío, y la imagen de las dos manos entrelazadas en la gran medianera es esta vez perfectamente visible: una es blanca, la otra negra. Por encima, una sigla de tres letras promete «seguridad» y «solidaridad». No cabe duda de que aquello fue pintado después de 1989, cuando el país adoptó los lemas de los nuevos tiempos: fraternidad entre todas las razas; mezcla de todas las culturas; unidad de todo, unidad de todos.
   ¡Cuántas veces no habrá visto Josef carteles con manos entrelazadas! ¡El obrero checo estrechando la mano de un soldado ruso! Aunque odiada, esa imagen propagandística formaba parte incontestablemente de la Historia de los checos, que tenían miles de razones tanto para estrechar la mano como para rechazársela a los rusos o a los alemanes. Pero ¿una mano negra? En este país la gente apenas sabe que existen los negros. Su madre nunca había visto a uno en la vida.
   Mira esas manos suspendidas entre el cielo y la tierra, enormes, mayores que el campanario de la iglesia, manos que volvieron a situar aquel lugar en un decorado brutalmente distinto. Inspecciona largamente la plaza a sus pies como si buscara las huellas que, siendo joven, dejara en el suelo cuando paseaba allí con sus condiscípulos.
   «Condiscípulos»; pronuncia esa palabra lentamente, a media voz, para respirar el perfume (apagado, apenas sensible) de su primera juventud, de aquel tiempo pasado, perdido, tiempo abandonado, triste como un orfanato; pero, contrariamente a Irena en la ciudad francesa de provincias, no siente afecto alguno por ese pasado que, impotente, asoma en él; ningún deseo de regreso; tan sólo una ligera reserva; desapego.
   Si fuera médico, dictaminaría sobre su caso el siguiente diagnóstico: «El enfermo padece insuficiencia de añoranza».

21

Pero Josef no cree que esté enfermo. Cree que está lúcido. La insuficiencia de añoranza es la prueba del escaso valor que tiene para él su vida pasada. Rectifico, pues, mi diagnóstico: «El enfermo padece de una deformación masoquista de su memoria». En efecto, no recuerda sino situaciones que le disgustan de sí mismo. Pero ¿acaso no tuvo de niño cuanto deseaba? ¿No había sido venerado su padre por todos sus pacientes? ¿Por qué su hermano se sentía orgulloso de eso y él no? Se peleaba a menudo con sus compañeros y se peleaba como un valiente. Ahora bien, ha olvidado todas sus victorias y, en cambio, lo único que recordará siempre es aquel episodio en que un compañero, al que él consideraba más débil, lo puso un día de espaldas al suelo y lo mantuvo así durante diez segundos contados en voz alta. Aún hoy siente en la espalda aquella humillante presión de la tierra. Cuando vivía en Bohemia y se encontraba con alguien que le había conocido anteriormente, siempre se sorprendía de que le tuvieran por alguien más bien valiente (él, en cambio, se veía pusilánime), cáustico (se creía aburrido) y buena persona (sólo se acordaba de sus mezquindades).
   Sabía muy bien que su memoria le odiaba, que no hacía más que calumniarle; por lo tanto, se había esforzado para no darle crédito y ser más indulgente con su propia vida. Sin resultado: no sentía placer alguno en mirar atrás y lo hacía lo menos posible.
   Según quiere hacer creer a los demás y a sí mismo, abandonó su país porque ya no soportaba verlo sometido y humillado. Lo que dice es cierto, pero los checos en su mayoría se sentían como él, sometidos y humillados, y no por ello se fueron corriendo al extranjero. Permanecieron en su país, porque se querían a sí mismos y porque se querían junto con su vida, inseparables del lugar donde habían crecido. Como su memoria era malévola y no le ofrecía a Josef nada que le hiciera deseable su propia vida en el país, atravesó la frontera con paso ligero y sin remordimiento.
   Una vez en el extranjero, ¿perdía su memoria esa influencia nociva? Sí; porque allí Josef no tenía motivos ni ocasión de ocuparse de los recuerdos relacionados con un país en el que ya no vivía. Es la ley de la memoria masoquista: a medida que van cayendo en el olvido las distintas etapas de su vida, el ser humano se quita de encima todo lo que no le gusta y se siente más ligero, más libre.
   Y, sobre todo, en el extranjero Josef se enamoró, y el amor es la exaltación del tiempo presente. Su apego al presente ahuyentó los recuerdos, lo protegió contra sus interferencias; su memoria no pasó a ser más malévola, sino más descuidada, como desprendida, y perdió poder sobre él.

22

   Cuanto mayor es el tiempo que hemos dejado atrás, más irresistible es la voz que nos incita al regreso. Esta sentencia parece un lugar común, sin embargo es falsa. El ser humano envejece, el final se acerca, cada instante pasa a ser siempre más apreciado y ya no queda tiempo que perder con recuerdos. Hay que comprender la paradoja matemática de la nostalgia: ésta se manifiesta con más fuerza en la primera juventud, cuando el volumen de la vida pasada es todavía insignificante.
   De las brumas del tiempo en que Josef estudiaba bachillerato veo sobresalir a una chica; es esbelta, hermosa, virgen, y está melancólica porque acaba de separarse de un chico. Se trata de su primera ruptura amorosa, sufre, pero su dolor es menos agudo que su asombro ante el descubrimiento del tiempo; lo ve como jamás lo había visto antes.
   Hasta entonces el tiempo se le había revelado como un presente que avanza y se traga el porvenir; lo temía cuando avanzaba veloz (si esperaba algo malo) o se sublevaba cuando se hacía lento (si esperaba algo bueno). Pero ahora el tiempo se le revela de un modo muy distinto; ya no se trata del presente victorioso que se apodera del porvenir; se trata del presente vencido, cautivo, que el pasado se lleva. Ve a un chico que se aleja de su vida y se va, inaccesible ya para siempre. Hipnotizada, sólo puede mirar ese pedazo de vida que se aleja, resignada a mirarlo y sufrir. Experimenta una sensación, del todo nueva, que se llama añoranza.
   Esta sensación, este deseo invencible de regresar, le descubre de golpe la existencia del pasado, el poder del pasado, de su pasado; en la casa de su vida han aparecido ventanas, ventanas abiertas hacia atrás, a lo que ha vivido; ya no podrá concebir su existencia sin esas ventanas.
   Un buen día, con su nuevo amor (platónico, por supuesto), se encamina por un sendero del bosque cercano a la ciudad; por ese mismo sendero había paseado unos meses antes con su amor precedente (aquel que, tras la ruptura, había despertado en ella su primera añoranza) y esa coincidencia la emociona. Deliberadamente, se dirige hacia una pequeña capilla en ruinas en el cruce de dos caminos forestales, porque fue allí donde su primer amor quiso besarla. Una irreprimible tentación la incita a revivir el pasado amor. Desea que las dos historias de amor se crucen, confraternicen, se mezclen, se mimen mutuamente y crezcan, fundidas ya.
   Cuando el amor de entonces, en ese lugar, intentó detenerse para abrazarla, ella, feliz y turbada, había acelerado el paso y se lo había impedido. ¿Qué ocurrirá esta vez? Su actual amor disminuye la marcha, ¡él también se dispone a abrazarla! Deslumbrada por la repetición (por la magia de esta repetición), obedece al imperativo de la semejanza y acelera el paso tirándole de la mano.
   Desde entonces se deja seducir por este tipo de afinidades, por esos contactos furtivos entre el presente y el pasado, busca esos ecos, esas correspondencias, esas corresonancias que le permiten sentir la distancia entre lo que fue y lo que es, la dimensión temporal (tan nueva, tan sorprendente) de su vida; tiene la impresión de salir así de la adolescencia, de madurar, de ser adulta, y eso significa para ella convertirse en alguien con conocimiento del tiempo, alguien que ha dejado atrás un fragmento de vida y es capaz de volver la vista para contemplarlo.
   Un día ve a su nuevo amor correr hacia ella con una chaqueta azul y recuerda que también le gustaba que su primer amor llevara una chaqueta azul. Otro día, mirándola a los ojos, él le dice, empleando una metáfora muy insólita, que son muy bonitos; ella se queda fascinada porque su primer amor le había dicho sobre sus ojos, palabra por palabra, la misma insólita frase. Tales coincidencias la maravillan. Nunca se siente tan cautivada por la belleza como cuando la añoranza de su pasado amor se confunde con las sorpresas de su nuevo amor. La intrusión del amor de entonces en la historia que está viviendo no representa para ella una secreta infidelidad, sino que acrecienta aún más su afecto por el que camina en aquel momento a su lado.
   Ya mayor, verá en esas semejanzas una lamentable uniformidad de individuos (que, para besarla, se detienen todos en los mismos lugares, comparten los mismos gustos en el vestir, piropean a una mujer con la misma metáfora) y una agotadora monotonía de acontecimientos (que no son más que la repetición del mismo); pero, en la adolescencia, acoge estas coincidencias como un milagro y se siente ávida de descifrar sus significados. El hecho de que su amor de hoy se parezca extrañamente al de entonces lo hace aún más excepcional, más original, y le incita a creer que está misteriosamente predestinada a él.


La Ignorancia
Traducción del original francés Beatriz de Moura