6 ago. 2014

William Faulkner: Un noviazgo





Así es como eran las cosas en los viejos tiempos, cuando el viejo Issetibbeha aún era el Hombre e Ikkemotubbe, sobrino de Issetibbeha, y David Hogganbeck, el blanco que decía por qué trecho del agua tenía que ir paso a paso el vapor, cortejaron a la hermana de Herman Cesto.
Todos los de la Tribu vivían ya en la plantación. Issetibbeha y el general Jackson se reunieron y quemaron palos y firmaron un papel, y a partir de entonces una raya atravesó los bosques aunque no se pudiera ver. Era una línea recta, tan recta como vuela la abeja por el bosque, con la plantación a un lado, en donde Issetibbeha era el Hombre, y América al otro lado, en donde el general Jackson era el Hombre.[46] Así que ahora, cuando pasaba algo a un lado de la raya, era mala suerte para unos y buena suerte para otros, según qué fuese lo que estaba en poder de los blancos, como había sido siempre. Pero tan sólo por suceder al otro lado de una raya que ni siquiera era posible ver pasaba a ser eso que los blancos llamaban delito y que era punible incluso con la muerte, siempre y cuando los blancos atinasen a descubrir quién lo había hecho. Todo lo cual nos parecía una estupidez. Hubo un alboroto que duró una semana, con sus más y sus menos, no porque el blanco hubiese desaparecido, puesto que había sido uno de esos blancos a los que ni siquiera los demás blancos echan en falta, sino porque se les metió en la cabeza la falsa idea de que alguien lo había devorado, como si hubiese alguien, por más hambre que pudiera tener, capaz de arriesgarse a comer la carne de un cobarde o de un ladrón en estas tierras en las que incluso en lo más crudo del invierno se encuentra siempre algo que comer, estas tierras por las que, según nos contaba Issetibbeha después de haberse hecho tan viejo que ya nada se le exigía, además de que se pasara el rato sentado al sol y criticase la degeneración de la Tribu y la necedad y la codicia trapacera de los políticos, el Gran Espíritu ha hecho más y el hombre menos que por cualquier otra tierra de la que tuviera él conocimiento. Pero era un país libre, y si al hombre blanco le venía en gana sentar por norma algo tan necio en la mitad del país que ocupaba, a nosotros nos parecía perfecto.
Fue entonces cuando Ikkemotubbe y David Hogganbeck vieron a la hermana de Herman Cesto. Y quién no la vio tarde o temprano, fuese joven o viejo, fuese soltero o viudo, e incluso alguno que aún no había enviudado, y que por bastantes razones que guardaba en su propia cabaña no tenía por qué haber ido en busca de nada en ningún otro lugar, aunque quién va a decir cuál es la edad que ha de tener un hombre, o qué mala suerte ha tenido que sufrir por la debida obediencia en su juventud, para no detenerse a mirar a las hermanas de Herman Cesto que hay por este mundo ni a morderse los pulgares con reconcomio y con pena, ay. Porque ella era la belleza andante.[47] Mejor dicho, era la belleza sentada, puesto que no andaba nunca, jamás, a no ser que no le quedara más remedio. Una de las primeras cosas que se oían en la plantación al nacer el día era la voz de la tía de Herman Cesto, clamando deseosa de saber por qué no se había levantado la muchacha, por qué no había ido con las demás mozas a buscar agua al manantial, cosa que a veces no hacía hasta que el propio Herman Cesto se levantaba y la obligaba; por la tarde a la tía se la oía clamar deseosa de saber por qué no iba a lavar al río con las demás mozas y mujeres, cosa que tampoco hacía muy a menudo. Pero es que tampoco tenía necesidad. Quien tenga la planta que tenía la hermana de Herman Cesto a los diecisiete y a los diecinueve no tiene necesidad de ir a lavar al río.
Entonces un buen día la vio Ikkemotubbe, quien la conocía de toda la vida, excepción hecha de los dos primeros años. Era hijo de la hermana de Issetibbeha. Una noche subió al vapor con David Hogganbeck y se marchó. Y pasaron soles y pasaron lunas y llegaron y pasaron tres crecidas, y el viejo Issetibbeha llevaba un año entrado en tierra y su hijo Mokketubbe era el Hombre cuando regresó Ikkemotubbe, llamado entonces Doom,[48] con un amigo blanco y llamado el Chevalier Soeur Blonde de Vitry y con los ocho esclavos nuevos de los que tampoco teníamos necesidad ninguna, y un sombrero y un capote con encaje de hilo de oro y una cajita también de oro, llena de sales, y el cajón de mimbre que contenía los otros cuatro cachorros todavía vivos, y al cabo de dos días el hijo pequeño de Mokketubbe había muerto y al cabo de tres Ikkemotubbe, llamado entonces Doom, era ya el Hombre. Pero aún no era Doom. Aún era tan sólo Ikkemotubbe y era uno de los jóvenes, el mejor de ellos, el más veloz a caballo, el más fuerte al montar, el que más tiempo aguantaba bailando y más se emborrachaba y el más querido entre todos los jóvenes, entre todas las mozas y también entre todas las viejas, que mejor hubieran hecho en ponerse a pensar en otras cosas. Un buen día vio a la hermana de Herman Cesto, a la que conocía de toda la vida, excepción hecha de los dos primeros años.
Después de que Ikkemotubbe la mirase, mi padre y Búho de Noche y John de Sylvester miraron para otro lado. Porque él era el mejor de todos ellos y todos le querían cuando aún seguía siendo sólo Ikkemotubbe. Le sujetaban el otro caballo cuando, desnudo de cintura para arriba, con el cabello y el cuerpo embadurnados en grasa de oso, igual que cuando echaba una carrera (aunque esta vez con miel mezclada con la grasa de oso), sólo con una jáquima de cordel y sin silla, como cuando echaba una carrera, Ikkemotubbe pasaba al galope por delante de la veranda en que estaba sentada la hermana de Herman Cesto desgranando el maíz o pelando los guisantes para echarlos a la damajuana de plata que su tía había heredado de su prima segunda, que la tenía en su poder por el matrimonio de su tía segunda con David Colbert, mientras Leño en el Río (que también era uno de los jóvenes, aunque nadie le hacía ni caso; no montaba caballos veloces, no tenía un gallo que pelease en el reñidero; no jugaba a los dados y, cuando no le quedaba más remedio, porque se le obligaba, ni siquiera bailaba con la velocidad necesaria para no tropezar con el resto de los bailarines, y se deshonraba y deshonraba a los demás al ponerse fatal después de trasegar sólo cinco o seis cuernos de un whiskey que ni siquiera era suyo) se apoyaba contra uno de los postes de la veranda y tocaba la armónica. Uno de los jóvenes sujetaba entonces el potro de carreras y, montado ya en su yegua de paseo, con su chaleco de flores estampadas y su levita de color paloma y su gorro de piel de castor, con el que estaba más apuesto que un tahúr del Mississippi y parecía más rico incluso que el tratante que venía a vender whiskey, Ikkemotubbe pasaba por delante de la veranda en la que la hermana de Herman Cesto vaciaba otra vaina de guisantes en la damajuana y Leño en el Río permanecía apoyado, de espaldas contra uno de los postes, tocando la armónica. Otro de los jóvenes se llevaba también la yegua e Ikkemotubbe se acercaba a pie a Herman Cesto y tomaba asiento en su veranda, vestido con sus mejores galas, mientras la hermana de Herman Cesto acaso vaciaba otra vaina de guisantes en la damajuana y Leño en el Río estaba tumbado boca arriba, dale que te pego a la armónica. Llegó entonces el tratante que vendía whiskey y los jóvenes invitaron a Leño en el Río al bosque hasta que se cansaron de llevarlo a cuestas. Y aunque fuese mucho lo que se desperdició y no bebió Leño en el Río, como de costumbre se puso fatal y se durmió al cabo de seis o siete cuernos, e Ikkemotubbe regresó a la veranda de Herman Cesto, donde al menos durante un día o dos no tuvo que aguantar la murga de la armónica.
Al final, Búho de Noche hizo una propuesta: «Tú mándale un regalo a la tía de Herman Cesto».
Pero lo único que tenía Ikkemotubbe en su poder, lo único que no tuviera la tía de Herman Cesto, era su nuevo potro de carreras.
—A lo que parece —dijo Ikkemotubbe pasado un rato—, a esa moza la quiero yo más de lo que yo pensaba —y mandó a Owl-at-Night a que amarrase la jáquima del potro de carreras al pomo de la puerta de la cocina de Herman Cesto. Pensó entonces que la tía de Herman Cesto no siempre lograba que la hermana de Herman Cesto se levantase y fuese a buscar agua al manantial. Además, la moza era prima segunda, por matrimonio, de la mujer del viejo David Colbert, el Hombre principal de todos los chickasaw de nuestra comarca, la que delimitaba la raya, y tenía a toda la familia y al linaje de Issetibbeha en la misma estima que a un montón de setas recién brotadas de la podredumbre.
—Pero Herman Cesto lleva fama porque sí la hace levantarse para ir al manantial —dijo mi padre—. Y nunca le oí yo decir que ni la mujer del viejo David Colbert, ni la sobrina de su mujer, ni la mujer ni la sobrina ni la tía de nadie fuese mejor que ninguna otra. Dale a Herman el potro.
—Se me ocurre algo aún mejor —dijo Ikkemotubbe. Y es que no había en toda la plantación, ni en toda América, al menos entre Natchez y Nashville, un solo caballo al que el potro nuevo de Ikkemotubbe tuviese que mirar la cola—. Voy a echarle a Herman Cesto una carrera por ver de quedarme con su influencia —dijo—. Corre —dijo a mi padre—. Alcanza a Búho de Noche antes de que llegue a la casa.
Así que mi padre por poco logró traer al potro de vuelta. Pero por si acaso la tía de Herman Cesto hubiera estado mirando por la ventana de la cocina o algo así, Ikkemotubbe mandó a Búho de Noche y a John de Sylvester a que recogieran en su cabaña la caja en que guardaba los gallos de pelea, si bien de esto no esperaba gran cosa, puesto que la tía de Herman Cesto ya era dueña de los mejores gallos de la plantación, y todos los domingos por la mañana se embolsaba sus buenos dineros, que eran todos los apostados. Y Herman Cesto además rehusó aceptar el reto, por lo que una carrera de caballos habría sido sólo por el dinero y el placer. E Ikkemotubbe dijo que de nada le valdría el dinero, y sin quitarse de la cabeza a la dichosa moza, que se le había metido entre ceja y ceja y no le dejaba en paz ni de día ni de noche, su lengua olvidó a qué sabían los placeres. Pero el tratante que vendía whiskey siempre llegaba puntual, así que al menos durante un día o dos se ahorraba la murga de la armónica.
Entonces David Hogganbeck también se paró a mirar a la hermana de Herman Cesto, a la que también había visto una vez al año desde que llegó el barco de vapor caminando por el agua a la plantación. Al cabo de un tiempo incluso el invierno terminaba, y comenzábamos a ver la marca que había puesto David Hogganbeck en el embarcadero para mostrarnos cuándo habría crecido el caudal lo suficiente para que llegase el vapor caminando. Al tanto, el río alcanzaba la marca y, en efecto, en menos de dos soles llegaba el vapor con su silbato infernal a la plantación. Toda la Tribu —hombres y mujeres, niños y perros, e incluso la hermana de Herman Cesto, porque Ikkemotubbe se ocupaba de poner a su disposición un caballo que la llevase, y así sólo se quedaba Leño en el Río, y no en el interior de la cabaña, por más que aún apretaba el frío, porque la tía de Herman Cesto no permitía que estuviera en el interior de la cabaña, ya que tendría que pasar por encima de él cada vez que quisiera entrar o salir, sino sentado en cuclillas, en su manta, en la veranda, con una vieja cacerola dentro de la manta con la que se abrigaba— se acercaba al embarcadero en pleno, a ver el piso superior del barco y la chimenea desplazándose entre los árboles, a oír cómo resoplaba la chimenea, cómo caminaba cada vez más deprisa con sus pies por el agua del río cuando no se desgañitaba con el silbato. Entonces nos llegaba el violín de David Hogganbeck, y el vapor entonces se acercaba caminando por el último trecho del río como un caballo de carreras, despidiendo bocanadas de humo negro y desplazando el agua con los pies, a un lado y a otro, como levanta un caballo a la carrera una polvareda en el camino, y el capitán Studenmare, que era a la vez el dueño del vapor, mascaba tabaco en una ventana y David Hogganbeck tocaba el violín en otra, y entre ellos asomaba la cabeza del esclavo, un muchacho que manejaba la rueda del timón y que no era mucho más que la mitad de grande que el capitán Studenmare y que no llegaba a ser ni un tercio de lo que era David Hogganbeck. Y durante todo el día proseguía el comercio, aunque en esto David Hogganbeck apenas tomaba parte. Y durante toda la noche continuaban los bailes, en los que David Hogganbeck tomaba parte muy notable. Como era mucho más grandullón que cualquiera de los jóvenes, más incluso que dos de los jóvenes juntos, y aun cuando nadie hubiera dicho que fuese un hombre hecho para la danza, ni para las carreras, era como si por tener un tamaño que doblaba a cualquiera también pudiera aguantar bebiendo el doble de whiskey que el que más, y por eso también aguantaba bailando el doble que los otros, tanto que uno por uno los jóvenes se iban cayendo derrengados y sólo él quedaba en pie sin dejar de bailar. Y además había carreras de caballos y comida en abundancia, y aunque David Hogganbeck no tenía caballos y tampoco cabalgaba, ya que ningún caballo hubiera soportado su peso y además haber emprendido el galope, todos los años tomaba parte en una competición, por el dinero, contra dos jóvenes elegidos por la Tribu, consistente en ver quién era capaz de comer más, y siempre ganaba David Hogganbeck. Luego el agua del río volvía hasta la marca que había hecho en el embarcadero y llegaba la hora de que el vapor zarpase cuando aún disponía de agua suficiente, en el río, para caminar a su manera.
Y luego no se marchó el barco. El río empezó a crecer un tanto, pero David Hogganbeck siguió tocando el violín en la veranda de Herman Cesto mientras la hermana de Herman Cesto revolvía algo para comer en la damajuana de plata e Ikkemotubbe se acomodaba sentado contra uno de los postes, vestido con sus mejores galas y con su gorro de piel de castor y Leño en el Río se tumbaba boca arriba en el suelo, con la armónica entre ambas manos, haciendo un cuenco, bien pegada a la boca, aunque no se le oía si estaba dando la murga o no. Entonces se alcanzaba a ver la marca que David Hogganbeck había hecho en el embarcadero, cuando él aún tocaba el violín en la veranda de Herman Cesto, adonde Ikkemotubbe había llevado una mecedora desde su cabaña, para mejor sentarse, hasta que David Hogganbeck tuviera que marcharse con el fin de indicar al vapor todo el camino que lo llevase hasta Natchez. Y durante toda esa tarde la Tribu permaneció reunida en torno al embarcadero y vio a los esclavos en el vapor lanzar la leña a la panza del barco, para alimentar el vapor con que caminaba; y durante la mayor parte de esa noche, mientras David Hogganbeck bebía el doble y aguantaba bailando el doble de lo que hasta David Hogganbeck era capaz de beber y de bailar, es decir, que bebió cuatro veces más y bailó cuatro veces más de lo que hubiera bebido y bailado Ikkemotubbe, incluso un Ikkemotubbe que se hubiera por fin fijado en la hermana de Herman Cesto o que al menos se hubiese fijado en que otro se había fijado en ella, los más viejos de la Tribu permanecieron en torno al embarcadero y vieron a los esclavos lanzar la leña a la panza del barco no para hacerlo caminar, sino para que su voz fuese bien sonora mientras el capitán Studenmare se asomaba en el piso de arriba del barco, con el cabo de la cuerda del silbato atado al pomo de la puerta. Y al día siguiente el capitán Studenmare en persona se plantó en la veranda y sujetó el violín de David Hogganbeck.
—Estás despedido —le dijo.
—Muy bien —dijo David Hogganbeck. El capitán Studenmare volvió a sujetar el violín de David Hogganbeck.
—Pero tendremos que volver a Natchez, donde recibiré dinero para pagarte el finiquito.
—Usted deje el dinero que me debe en el bar —dijo David Hogganbeck—. Yo devolveré el barco la primavera que viene.
Entonces se hizo de noche. Entonces salió la tía de Herman Cesto y dijo que si se iban a pasar toda la noche ahí fuera al fresco, David Hogganbeck al menos tendría que dejar de tocar el violín, para que los demás pudieran dormir. Luego salió otra vez y dijo a la hermana de Herman Cesto que entrase y que se acostara. Entonces salió Herman Cesto.
—Vamos, compañeros —dijo—. Seamos razonables.
Salió entonces la tía de Herman Cesto y dijo que a la próxima pensaba sacar la escopeta del difunto tío de Herman Cesto. Así pues, Ikkemotubbe y David Hogganbeck dejaron a Leño en el Río tendido en el suelo y bajaron de la veranda.
—Buenas noches —dijo David Hogganbeck.
—Voy contigo —dijo Ikkemotubbe. Así que atravesaron a pie la plantación, hasta llegar al barco de vapor. Se había hecho de noche y el barco ya no tenía fuego en las entrañas, porque el capitán Studenmare seguía dormido aún bajo el porche trasero de la cabaña de Issetibbeha—. Buenas noches —dijo Ikkemotubbe.
—Voy contigo —dijo David Hogganbeck. Así que atravesaron a pie la plantación en sentido inverso, hasta la cabaña de Ikkemotubbe. Pero David Hogganbeck no tuvo tiempo para darle las buenas noches, porque Ikkemotubbe se volvió sobre sus talones en cuanto llegaron a su cabaña, para emprender de nuevo el camino al barco. Echó entonces a correr, porque David Hogganbeck seguía sin dar la impresión de ser un hombre capaz de correr deprisa. Pero tampoco había dado la impresión de ser un hombre capaz de aguantar durante mucho tiempo bailando, de modo que cuando Ikkemotubbe llegó al barco y se volvió sobre sus talones y echó a correr de nuevo, seguía muy poco por delante de David Hogganbeck. Y cuando llegaron a la cabaña de Ikkemotubbe aún le sacaba muy poca ventaja a David Hogganbeck cuando se detuvo, respirando deprisa, aunque sólo un poco, y abrió la puerta para que entrase David Hogganbeck.
—No es que mi casa sea mucha casa —dijo—, pero es tuya.
Así pues, aquella noche los dos durmieron en la cama de Ikkemotubbe, en su casa. Y a la tarde siguiente, aunque Herman Cesto no hizo más que desearle que tuviera éxito, Ikkemotubbe mandó a mi padre y a John de Sylvester con la yegua ensillada para recoger a la tía de Herman Cesto, y él y Herman Cesto compitieron en la carrera de caballos. Y él cabalgó más veloz que nadie, más de lo que nadie cabalgó jamás en la plantación. Ganó por muchos cuerpos de ventaja y, como lo estaba viendo la tía de Herman Cesto, hizo que Herman Cesto se quedase con todo el dinero que había ganado, haciendo como que había ganado Herman Cesto la carrera, y esa noche mandó a Búho de Noche a que amarrase la jáquima del potro de carreras al pomo de la puerta de la cocina de Herman Cesto. Pero esa noche la tía de Herman Cesto ni siquiera les dio un aviso. Salió a la primera con la escopeta del difunto tío de Herman Cesto, y apenas transcurrió un instante cuando Ikkemotubbe descubrió que además de ir en serio también pensaba disparar contra él. Así que él y David Hogganbeck dejaron a Leño en el Río tendido en la veranda y se detuvieron un momento en casa de mi padre en su primer viaje entre la cabaña de Ikkemotubbe y el barco de vapor, aunque cuando mi padre y Búho de Noche por fin encontraron a Ikkemotubbe para decirle que la tía de Herman Cesto debía de haberse llevado al potro a lo más profundo del bosque y que allí debía de haberlo escondido, porque no lo habían encontrado aún, Ikkemotubbe y David Hogganbeck estaban los dos dormidos como dos troncos en la cama de David Hogganbeck, en el vapor.
Y a la mañana siguiente llegó el tratante que vendía whiskey, y esa misma tarde Ikkemotubbe y los jóvenes invitaron a Leño en el Río al bosque y mi padre y John de Sylvester volvieron en busca del carromato del tratante y, con mi padre y John de Sylvester en el pescante y Leño en el Río tendido boca abajo, encima de la toldilla donde llevaba las barricas de whiskey, e Ikkemotubbe en pie sobre la toldilla, vestido con la casaca de general, bien gastada, que el general Jackson obsequió a Issetibbeha, con los brazos cruzados y un pie adelantado, plantado sobre la espalda de Leño en el Río, pasaron despacio por delante de la veranda, en donde David Hogganbeck tocaba el violín mientras la hermana de Herman Cesto revolvía algo para comer en la damajuana de plata. Y cuando mi padre y Búho de Noche hallaron esa noche a Ikkemotubbe para decirle que aún no habían encontrado el paraje en que la tía de Herman Cesto pudiera haber escondido el potro, Ikkemotubbe y David Hogganbeck estaban en la cabaña de Ikkemotubbe. Y a la tarde siguiente Ikkemotubbe y los jóvenes invitaron a David Hogganbeck al bosque y esta vez mucho tiempo pasó, y cuando volvieron David Hogganbeck conducía el carromato, con las piernas de Ikkemotubbe y del resto de los jóvenes colgadas de cualquier manera por la portezuela abierta de la toldilla, como si fueran sarmientos de parra o ramas arrancadas de una vid, y la casaca de general que fue de Issetibbeha iba amarrada por las mangas al cuello de una de las mulas. Y esa noche nadie salió en busca del potro, y cuando despertó Ikkemotubbe no supo al principio ni siquiera en dónde estaba. Y nada más despertar ya oyó el violín de David Hogganbeck, lo oyó antes incluso de poder moverse y alejarse de los jóvenes y salir de la toldilla donde iban las barricas, porque esa noche ni la tía de Herman Cesto ni Herman Cesto ni, al final, tampoco la escopeta del difunto tío de Herman Cesto hubieran bastado para convencer a David Hogganbeck de que abandonase la veranda y se largara con viento fresco, ni tampoco para persuadirle de que no siguiera dando la murga con el violín.
Y a la mañana siguiente Ikkemotubbe y David Hogganbeck se sentaron en cuclillas en un sitio tranquilo, en el bosque, mientras los jóvenes, exceptuados John de Sylvester y Búho de Noche, que seguían en busca del potro, montaban guardia.
—Pues entonces podríamos pelearnos por ella —propuso David Hogganbeck.
—Podríamos pelearnos por ella, sí —dijo Ikkemotubbe—. Pero los hombres blancos y los de la Tribu no pelean de la misma manera. Nosotros peleamos a cuchillo, para hacer daño de verdad y hacerlo deprisa. Eso estaría bien si a mí me tocase perder. Porque de ser así yo querría salir de verdad dañado. Pero si he de ganar yo, no es mi deseo que tú salgas dañado de verdad. Si he de ganar de veras, será necesario que tú estés aquí y que lo veas. El día de la boda, mi deseo es que estés presente, o al menos presente en alguna parte, y no que estés tendido, envuelto en una manta, sobre unas maderas, en el bosque, a la espera de la hora de entrar en tierra —entonces mi padre dijo que Ikkemotubbe puso la mano en el hombro de David Hogganbeck y que le sonrió—. Si con eso me diera por satisfecho, no estaríamos aquí sentados, discutiendo qué es lo que se debe hacer. Creo que de eso te has dado cuenta.
—Creo que sí —dijo David Hogganbeck.
Mi padre dijo entonces que Ikkemotubbe retiró la mano que había puesto en el hombro de David Hogganbeck.
—Y con el whiskey ya hemos probado.
—Eso ya lo hemos probado —dijo David Hogganbeck.
—Ni siquiera el potro de carreras y la casaca del general me han servido de mucho —dijo Ikkemotubbe—. Los tenía en reserva, como dos cartas repartidas boca abajo.
—No diría yo que la casaca fallara del todo —dijo David Hogganbeck—. Se te veía muy bien con ella.
—Sí, señor —dijo Ikkemotubbe—. Y lo mismo la mula —mi padre dijo entonces que no sonreía allí sentado en cuclillas junto a David Hogganbeck, haciendo surcos pequeños con un palo en la tierra—. Así que no nos queda sino una sola cosa —dijo—. Y en eso estoy yo derrotado antes de empezar siquiera.
Así pues, durante todo el día no probaron bocado. Y de noche, cuando dejaron a Leño en el Río tendido en la veranda de Herman Cesto, en vez de caminar tan sólo durante un rato y luego correr otro rato, yendo y viniendo entre la cabaña de Ikkemotubbe y el barco de vapor, comenzaron a correr nada más ponerse en marcha al salir de la casa de Herman Cesto. Y cuando se tendieron a dormir en el bosque lo hicieron donde iban a verse no sólo libres de la tentación de comer algo, sino también impedidos de hacerlo, en un sitio desde el que les quedase un buen trecho a la carrera a modo de aperitivo, antes de llegar a la plantación para disputarse la carrera. Amaneció y volvieron corriendo a donde estaban mi padre y los jóvenes esperando a recibirlos a caballo y decir a Ikkemotubbe que no habían encontrado en qué sitio bajo el sol podía haber ocultado la tía de Herman Cesto el potro de carreras, y para escoltarlos de vuelta a la plantación, a donde tendría lugar la competición, pues allí esperaba la Tribu reunida en torno a la mesa, con la mecedora de Ikkemotubbe tomada de la veranda de Herman Cesto para que la ocupase Issetibbeha y un banco tras ella para que lo ocupasen los jueces. Primero hubo un receso, mientras un chiquillo de diez años daba la vuelta entera a la mesa del enfrentamiento y ellos recobraban el resuello. Luego, Ikkemotubbe y David Hogganbeck ocuparon sus puestos, uno a cada lado de la mesa, uno frente al otro, y Búho de Noche dio la señal de comenzar.
Primero, cada uno se zampó la cantidad de menudillos de pájaro estofados que pudo el otro servirle con ambas manos de la cacerola. Luego, cada uno comió tantos huevos de pavo silvestre como años tenía, Ikkemotubbe veintidós y David Hogganbeck veintitrés, aunque Ikkemotubbe rehusó esa ventaja que estaba de su parte y dijo que también él comería veintitrés. Después, David Hogganbeck dijo que él tenía derecho a comer uno más que Ikkemotubbe, de modo que se comió veinticuatro, hasta que Issetibbeha dijo a los dos que se callaran de una vez y que siguieran adelante, y Búho de Noche hizo la cuenta de las cáscaras de cada cual. Luego tuvieron que comer la lengua, las zarpas y el bazo de un oso, aunque Ikkemotubbe pasó un rato en pie, mirando su parte, y eso que David Hogganbeck ya se había puesto a comer la suya. Y a la mitad se detuvo y volvió a mirar como si no quisiera, y eso que David Hogganbeck ya estaba terminando su parte. Pero no pasó nada; esbozó una tenue sonrisa, como la que le habían visto esbozar los jóvenes al terminar una carrera a todo correr, presente en sus labios no por el hecho de estar vivo todavía, sino porque él era Ikkemotubbe. Siguió a lo suyo y Búho de Noche hizo la cuenta de los huesecillos, y las mujeres llevaron a la mesa el gorrín asado, e Ikkemotubbe y David Hogganbeck se situaron ante los cuartos traseros del animal y se miraron frente por frente, y Búho de Noche dio la señal de comenzar, pero luego dio la señal de que parasen.
—Traedme un poco de agua —dijo Ikkemotubbe. Así que mi padre le acercó la calabaza e incluso dio un sorbo. Pero el agua volvió fuera como si tan sólo le hubiese alcanzado al fondo del gaznate y allí hubiese rebotado, e Ikkemotubbe dejó la calabaza sobre la mesa y se secó la cara inclinándose, con el faldón de la camisa, antes de darse la vuelta y largarse. La Tribu se hizo a un lado y a otro para abrirle paso.
Y aquella tarde ni siquiera fueron al sitio tranquilo, en lo más profundo del bosque. Se quedaron en la cabaña de Ikkemotubbe, mientras mi padre y los demás esperaban en silencio, al fondo. Mi padre dijo que Ikkemotubbe ya no sonreía.
—Ayer estaba yo en lo cierto —dijo—. Si he de perder frente a ti, mejor habría sido servirnos de los cuchillos. Ya lo ves —dijo, y mi padre dijo que entonces sí volvió a sonreír, igual que sonreía al terminar una carrera a todo correr, no por el hecho de estar vivo todavía, sino porque él era Ikkemotubbe—. Ya lo ves. Aunque haya perdido, no me conformo.
—Te tenía vencido antes de empezar —dijo David Hogganbeck—. Eso lo sabíamos los dos.
—Sí —dijo Ikkemotubbe—. Pero fui yo quien lo propuso.
—Entonces, ¿ahora qué propones? —dijo David Hogganbeck. Y mi padre dijo entonces que todos apreciaron a David Hogganbeck en ese momento tanto como apreciaban a Ikkemotubbe; en ese momento los apreciaron a los dos, e Ikkemotubbe se puso en pie ante David Hogganbeck, con la misma sonrisa en el rostro y la mano plana sobre el pecho de David Hogganbeck, porque en aquel entonces había hombres.
—Una vez más, y ya nunca más —dijo Ikkemotubbe—. La Cueva.
Entonces, David Hogganbeck y él se desnudaron, y mi padre y los demás los untaron de grasa, el cuerpo y el cabello, con una grasa de oso mezclada con hierbabuena, esta vez no sólo para que tuvieran mayor velocidad, sino también para resistir mejor, porque la Cueva se encontraba a ciento treinta millas de allí, en las tierras del viejo David Colbert: era una oquedad negra en un cerro, a la que el rastro de los animales salvajes se acercaba y se alejaba, y en la que era imposible convencer a un perro de que entrase ni siquiera moliéndolo a palos, en la que los chicos de toda la Tribu iban a pernoctar en su primera Noche-lejos-del-Fuego para demostrar si tenían o no la valentía que se precisa para ser hombres, porque entre toda la Tribu era sabido desde tiempo atrás que el mero sonido de un susurro, e incluso el aire alterado con un movimiento repentino, bastaba para que se cayera a pedazos el techo, por lo que todos creían que en algún momento ni siquiera iba a hacer falta un ruido, un movimiento brusco, nada, para que todo el cerro se desplomase sobre la Cueva. Ikkemotubbe tomó entonces las dos pistolas del baúl y les quitó la carga y las volvió a cargar.
—El primero que llegue a la Cueva tendrá que entrar y disparar su pistola —dijo—. Si sale con vida, habrá ganado.
—¿Y si no sale? —dijo David Hogganbeck.
—Entonces habrás ganado tú —dijo Ikkemotubbe.
—O tú —dijo David Hogganbeck.
Y mi padre dijo entonces que Ikkemotubbe volvió a sonreír ante David Hogganbeck.
—O yo —dijo—. Aunque me parece que ya te dije ayer que para mí una cosa así no será una victoria.
Ikkemotubbe colocó otra carga de pólvora con un relleno de guata y una bala en cada uno de los dos sacos medicinales, una para él y otra para David Hogganbeck, por si acaso el que entrase primero en la Cueva no perdiera pronto, y vestidos sólo con las camisas, y calzados, y salieron cada uno con su pistola y su saco medicinal sujeto de un cordel que se colgó del cuello, alejándose de la cabaña de Ikkemotubbe a la vez que echaban a correr.
Entonces anocheció. Luego fue noche cerrada, y como David Hogganbeck no conocía el camino fue Ikkemotubbe quien marcó el ritmo. Pero pasado un rato se hizo de día, y entonces sí fue capaz de correr David Hogganbeck gracias a la luz diurna, guiándose por las señales que le había descrito Ikkemotubbe cuando hicieron un alto a descansar junto a un arroyo, caso de que quisiera apretar el paso. Así que a veces era David Hogganbeck quien se adelantaba y a veces iba delante Ikkemotubbe, y David Hogganbeck adelantaba a Ikkemotubbe cuando éste se sentaba junto a un manantial o un arroyo a remojarse los pies, e Ikkemotubbe sonreía al ver pasar a David Hogganbeck y le saludaba agitando la mano. Luego, alcanzaba él a David Hogganbeck y lo adelantaba en campo abierto, y así atravesaron uno junto al otro las praderas, corriendo, Ikkemotubbe con la mano en el hombro de David Hogganbeck, no en el hombro del todo, sino apoyada levemente en su espalda, hasta que pasado un rato sonreía a David Hogganbeck y lo adelantaba. Pero entonces se puso el sol y volvió a ser noche cerrada, de modo que Ikkemotubbe resolvió ir más despacio e incluso detenerse hasta oír a David Hogganbeck y saber de cierto que David Hogganbeck le oía, y entonces apretó a correr de nuevo, de manera que David Hogganbeck pudiera guiarse por los ruidos que hacía en su carrera. Así pues, cuando David Hogganbeck cayó no dejó de oírlo Ikkemotubbe, que volvió sobre sus pasos y encontró a David Hogganbeck tendido en la oscuridad, y lo volvió boca arriba y encontró agua en la oscuridad y se empapó la camisa y regresó y la escurrió para que el agua de la camisa gotease en la boca de David Hogganbeck. Y al cabo amaneció, despertó Ikkemotubbe y también encontró un nido en el que había cinco pajarillos que no habían levantado el vuelo y comió dos y le llevó los otros tres a David Hogganbeck y siguió su camino hasta estar en un paraje en el que David Hogganbeck ya no era capaz de verle y se volvió a sentar hasta que David Hogganbeck fue capaz de ponerse de nuevo en pie.
Y dio a David Hogganbeck las indicaciones para que a lo largo de ese día se orientase, hablando con David Hogganbeck por encima del hombro y sin dejar de correr, aunque David Hogganbeck no necesitara de indicaciones, porque nunca llegó a adelantar otra vez a Ikkemotubbe. Nunca se le llegó a acercar más que a quince o veinte pasos, aunque una de las veces sí dio la impresión de que se acercaba más. Y es que esa vez fue Ikkemotubbe el que tuvo una caída. Y como de nuevo se encontraban en campo abierto, Ikkemotubbe pudo permanecer mucho tiempo tendido en tierra y vio llegar a David Hogganbeck. Se puso de nuevo el sol y de nuevo fue noche cerrada, y permaneció tendido, atento al ruido de David Hogganbeck, que se iba acercando, hasta que fue la hora de que Ikkemotubbe se levantase, y así lo hizo, y siguió avanzando despacio, a oscuras, mientras David Hogganbeck lo seguía acaso un centenar de pasos tras él, hasta que oyó caer otra vez a David Hogganbeck y tumbarse un rato. Amaneció un nuevo día y vio a David Hogganbeck ponerse en pie y acercarse despacio a él, y por fin quiso ponerse en pie y lo intentó, pero no lo hizo, y dio la impresión de que David Hogganbeck ya iba a alcanzarlo. Pero al fin sí se puso en pie, cuando David Hogganbeck se encontraba a cuatro o cinco pasos de distancia, y siguieron adelante hasta que David Hogganbeck volvió a caer, e Ikkemotubbe pensó entonces que vio caer a David Hogganbeck cuando en verdad resultó que también él había caído, sólo que se puso a cuatro patas y a gatas avanzó otros quince o veinte pasos hasta que también él quedó tendido. Y con el sol poniente ante sus ojos vio el cerro en el que estaba la Cueva, y lo siguió viendo a lo largo de la noche, y lo vio aún al alba.
Así que fue Ikkemotubbe quien entró antes en la Cueva, con la pistola amartillada en una mano. Contó que se detuvo tal vez un segundo a la entrada, acaso para mirar el sol que acababa de salir, o acaso para ver dónde se había detenido David Hogganbeck. Pero David Hogganbeck también había reanudado la carrera, y tan sólo le sacaba quince pasos de ventaja, veinte como mucho, además de que, por culpa de la maldita hermana de Herman Cesto, hacía lunas y más lunas que en ese sol no encontraba ni luz ni calor. Así pues, a la carrera entró en la Cueva y se volvió y vio a David Hogganbeck corriendo también al entrar en la Cueva.
—¡Atrás, imbécil! —le gritó, pero David Hogganbeck pese a todo entró corriendo en la Cueva ya cuando Ikkemotubbe apuntaba al techo y disparaba su arma. Y hubo un ruido, y un corrimiento, y una negrura, y una polvareda, e Ikkemotubbe contó que en ese momento pensó «Ay, ya viene». Pero no vino, y antes de que reinase del todo la negrura en la Cueva vio a David Hogganbeck precipitarse, abalanzarse, caer apoyado en las manos y las rodillas, y la negrura no fue una negrura completa, pues vio la luz del sol y el aire y el día al otro lado del túnel que formaban los brazos y las piernas de David Hogganbeck, que seguía a cuatro patas y que de ese modo soportaba la techumbre derruida sobre sus espaldas.
—Deprisa —dijo David Hogganbeck—. Entre mis piernas. Ya no puedo…
—No, hermano —dijo Ikkemotubbe—. Date prisa tú antes de que te aplaste. Retrocede.
—Deprisa —masculló David Hogganbeck entre dientes—. Deprisa, maldito seas.
E Ikkemotubbe hizo lo que le decía, y recordó las nalgas y las piernas sonrosadas de David Hogganbeck a la luz del día, y la laja de piedra que soportaba el peso de la techumbre derruida de un color también rosa a la luz del sol, sobre la espalda de David Hogganbeck. Pero no recordó dónde encontró el poste, no recordó de qué forma lo llevó él solo a la Cueva, ni cómo lo encajó en la oquedad, junto a David Hogganbeck, agachándose para situarse con la espalda debajo y levantarlo hasta saber de cierto que parte al menos del peso de la techumbre derruida se hallaba apoyada en el poste.
—Ahora, deprisa —le dijo.
—No —dijo David Hogganbeck.
—Deprisa, hermano —dijo Ikkemotubbe—. Ya no tienes todo el peso encima.
—Entonces no puedo moverme —dijo David Hogganbeck. Pero Ikkemotubbe tampoco podía moverse, porque tuvo que soportar entonces la techumbre derruida con la espalda y con las piernas. Así que alargó una mano y agarró a David Hogganbeck por la carne y lo arrastró para que retrocediera y saliera de la oquedad, hasta quedar tendido boca abajo en tierra. Y es posible que parte del peso de la techumbre reposara antes sobre el poste, pero entonces ya era todo el peso el que sostenía el poste, e Ikkemotubbe dijo que entonces pensó «Ay, esta vez sí que viene». Pero fue el poste y no su espalda lo que se quebró, cayendo de través sobre David Hogganbeck, como si fueran los dos unos palos tirados de cualquier manera, y de la boca de David Hogganbeck manó un hilo de sangre de color vivo, como mana el agua en un manantial.
Pero al segundo día David Hogganbeck ya no vomitaba sangre, aunque Ikkemotubbe había recorrido a toda la velocidad que pudo cuarenta millas en dirección a la plantación, en donde lo recibió mi padre con el caballo que había preparado para que lo montase David Hogganbeck.
—Tengo una noticia que darte —le dijo mi padre en ese momento.
—Entonces es que habéis encontrado el potro —dijo Ikkemotubbe—. Muy bien, adelante. Vamos a sacar a ese maldito imbécil, a ese blanco…
—No, mi hermano. Espera —dijo mi padre—. Tengo una noticia que darte.
—Muy bien, de acuerdo —dijo Ikkemotubbe entonces.
Pero cuando el capitán Studenmare tomó prestada la carreta de Issetibbeha para regresar a Natchez se llevó también a los esclavos del barco de vapor. Así que mi padre y los jóvenes prendieron una fogata en las entrañas del vapor para que tuviese fuerza y echase a caminar, mientras David Hogganbeck permanecía sentado en el puente y tiraba cada tanto de la cuerda del silbato por ver si el vapor tenía fuerza suficiente, y con cada alarido del silbato se iban congregando más y más de la Tribu, hasta que por fin estuvo quizás toda la plantación en el embarcadero, exceptuando al viejo Issetibbeha, resueltos a ver cómo lanzaban los jóvenes la leña a las entrañas del barco, cosa que nunca se había visto al menos en nuestra plantación. Entonces tuvo fuerza el vapor y el barco echó a caminar y la Tribu comenzó a caminar a la par del barco, viendo a los jóvenes durante un buen rato, y luego a Ikkemotubbe y a David Hogganbeck durante un buen rato, a la vez que el vapor caminaba y se alejaba de la plantación, en donde apenas siete soles antes Ikkemotubbe y David Hogganbeck se pasaban el día entero y la mitad de la noche sentados como si tal cosa, hasta que la tía de Herman Cesto salía a la veranda con la escopeta del difunto tío de Herman Cesto, mientras Leño en el Río seguía tendido en el suelo, con la armónica entre ambas manos, haciendo un cuenco, bien pegada a la boca, y la esposa de Leño en el Río desgranaba el maíz o pelaba los guisantes para echarlos a la damajuana que su tía había heredado de su prima segunda, que la tenía en su poder por el matrimonio de su tía segunda con David Colbert, una damajuana de plata que se empleaba antaño para servir el vino. Fue entonces cuando Ikkemotubbe se marchó del todo y pasó lejos mucho tiempo antes de volver llamándose Doom, con su nuevo amigo, el blanco al que nadie quería tener ningún afecto, como tampoco nadie se lo tenía a él, y con los ocho esclavos de más, a los que no tenía ocupación que darles, porque a veces alguien tendría que ponerse en pie e ir caminando a donde fuese sólo con tal de encontrar algo que pudieran hacer los esclavos que ya teníamos, y las prendas con encaje de hilo de oro y la cajita también de oro, llena de sales, con las que provocó la muerte de los otros cuatro cachorros, uno tras otro, y luego la de todo aquello que por casualidad se interpusiera entre Doom y aquello que le viniera en gana desear. Pero entonces aún no se había marchado. Entonces aún no era más que Ikkemotubbe, uno de los jóvenes, otro de los jóvenes a los que él tenía afecto, sin que ninguno le tuviera afecto, y entonces oyó las palabras y vio las cosas como eran, aun cuando, al igual que los jóvenes que fueron jóvenes antes de que él lo fuese y los que habían de ser jóvenes cuando él ya no lo fuese, siguiera sin acertar a entenderlas.
—¡Pero no son por ella! —dijo Ikkemotubbe—. Y ni siquiera son porque haya sido Leño en el Río. Tal vez sean por mí: que tal hijo de qué como es Leño en el Río haya sido capaz de provocar el deseo de que manen.
—No pienses más en ella —dijo David Hogganbeck.
—No pienso en ella. Ya no. ¿Lo ves? —dijo Ikkemotubbe cuando la luz del sol poniente le bañaba el rostro como si hubiera sido lluvia en vez de luz al entrar por la ventana—. Hubo un sabio, uno de los nuestros, que una vez dijo que el capricho de una mujer es como una mariposa que, revoloteando de flor en flor, se detiene al final justo en aquella sobre la que ya se ha detenido un caballo.
—Hubo un sabio, uno de los nuestros, llamado Salomón, que a menudo dijo algo muy semejante —dijo David Hogganbeck—. Tal vez la sabiduría sea una y la misma para todos los hombres, igual da quién la diga.
—Sí, señor. Ay. Al menos, para todos los hombres es igual el dolor que se tiene con el corazón partido —dijo Ikkemotubbe. Tiró entonces de la cuerda del silbato, porque el barco pasaba entonces por delante de la casa en que vivía Leño en el Río con su esposa, y el silbato del vapor fue idéntico al de la primera noche, aquella en que el capitán Studenmare aún pensaba que David Hogganbeck acudiría a su llamada y le indicaría el camino de regreso a Natchez, y siguió tirando de la cuerda hasta que David Hogganbeck impidió a Ikkemotubbe que siguiera tirando. Y es que iban a tener necesidad del vapor, porque el barco no siempre caminaba. A veces avanzaba a rastras, y cada vez que sacaba los pies del agua aparecían cubiertos de fango, y a veces ni siquiera avanzaba a rastras, al menos hasta que David Hogganbeck tiraba de la cuerda del silbato tal como habla el jinete con un caballo recalcitrante y le recuerda quién es el que ordena y manda. Luego volvió a avanzar a rastras y luego volvió a caminar, hasta que al fin la Tribu ya no pudo seguir a su paso, y aún dio un alarido más, tras la última curva, y ya no se volvieron a ver ni las negras siluetas de los jóvenes que saltaban al arrojar la leña a sus rojas entrañas ni se volvió a oír su voz en la plantación ni en la noche. Así eran las cosas en los viejos tiempos.[*]


[*] Publicado en la muy prestigiosa Sewanee ReviewLVI (otoño de 1948), Faulkner obtuvo una cuantiosa compensación por tal honor. Al escribir a Robert Haas cuando negociaban el contenido de Cuentos reunidos, en 1948, Faulkner dijo de este cuento que «sí. Éste me gusta» (Selected Letters, p. 275). Al año siguiente obtuvo el codiciado premio O. Henry. Si es uno de los últimos relatos de su producción —el último de los que se contienen en este volumen—, y él mismo se dio cuenta, es porque ese mismo año vendió los derechos cinematográficos de Intruso en el polvo a la MGM, que le pagó religiosamente cuarenta mil dólares. Las aparentes incoherencias que se dan con respecto a los dos anteriores indican que a Faulkner le importaba más trabar una buena historia que referir históricamente una saga sobre los nativos americanos. 

[46] Probable referencia al Tratado de Fort Jackson (1814) o al Tratado de los Choctaw (1820); aunque la tribu amerindia del relato de Faulkner sea aparentemente la de los chickasaw, más bien se trata de una mezcla, en el tiempo, el espacio geográfico y los rasgos, entre los chickasaw, los choctaw y los natchez. 
No busca Faulkner la autenticidad del etnógrafo. En carta a Malcolm Cowley (Selected Letters, p. 197), Faulkner dice que «la línea divisoria entre las naciones chickasaw y choctaw pasaba cerca de mi casa. Sólo he desplazado a una tribu a mi antojo; a fin de cuentas, es ligeramente distinta en sus costumbres de la tribu que tuvo existencia real». El general Jackson, comisario de la delegación que en 1818 cerró un tratado de no agresión y de permuta territorial con los chickasaw —tratados que Estados Unidos incumplía rutinariamente—, llegó a ser el séptimo presidente de Estados Unidos (1829-1837). La frontera impuesta simboliza la tensión entre culturas basadas en las posesiones territoriales, según se aprecia más adelante. En cuanto al canibalismo que se atribuía a los indios, no existen pruebas de que la práctica ritual llegase a tener lugar entre las tribus del Sur. 
[47] Alusión cómica a lord Byron: «Ella es la belleza andante, es hermosa como la noche…». 
[48] Véase la primera nota a «Hojas rojas».


Título original: Collected Stories
William Faulkner, 1934
Traducción: Miguel Martínez-Lage