25 ago. 2014

Kurt Vonnegut: La Epizootia





Aunque las nuevas y jóvenes viudas desfilaban de luto en cantidades extraordinarias y a la vista de todos, ningún dirigente había reconocido todavía que la tierra sufría una plaga. La prensa y la población en general, inmunizadas contra un mundo que se había vuelto loco, tampoco habían caído en la cuenta de que el asunto había empeorado en los últimos tiempos. Las noticias estaban llenas de muerte. Las noticias siempre habían estado llenas de muerte. Las compañías de seguros de vida fueron las primeras que notaron lo que pasaba, y tenían buenos motivos para ello; habían asegurado a millones de personas con índices basados en una esperanza de vida de sesenta y ocho años, pero ahora, en un período de seis meses, la expectativa vital de los hombres casados de Estados Unidos con más de veinte mil dólares invertidos en un seguro de vida había caído a la atroz cifra de cuarenta y siete años.
—Ha caído hasta los cuarenta y siete años... y sigue cayendo —dijo el director de la American Reliable and Equitable Life and Casualty Company de Connecticut—. El propio director sólo tenía cuarenta y seis años, demasiado poco para dirigir la octava compañía de seguros más importante del país. Era un joven ambicioso, escuálido y sin sentido del humor a quien el director anterior había descrito como «horripilantemente capaz». Se llamaba Millikan.
El director anterior, al que habían pegado una patada hacia arriba para llevarlo al puesto de presidente de la junta directiva, estaba en ese momento con Millikan en la sala de reuniones de Hartford. Era un caballero viejo y afable, un solterón que se llamaba Breed.


El doctor Everett, un joven epidemiólogo del Departamento de Salud y Asistencia Social de Estados Unidos, era el tercero de los presentes. El doctor Everett había sido quien dio a la plaga el nombre que finalmente se quedó. La llamó «la epizootia».
—Cuando dices cuarenta y siete años, ¿es un dato exacto? —preguntó el doctor a Millikan.
—Me temo que andamos algo cortos de datos exactos en este momento —ironizó Millikan—. Nuestro actuario de seguros se suicidó hace dos días—, se lanzó por la ventana de su despacho.
—¿Un hombre de familia? —dijo el doctor.
—Por supuesto —respondió el presidente de la junta—. Y gracias a un seguro de vida, su familia goza ahora de todas las ventajas... Sus deudas se han pagado, su esposa tendrá un salario adecuado hasta que muera y sus hijos podrán ir a la universidad sin tener que trabajar para pagarse los estudios. —El viejo caballero lo dijo todo con un sarcasmo pesado y triste—. Los seguros son algo maravilloso—, sobre todo cuando han pasado más de dos años desde el momento en que entran en vigor. —Se refería a que, en la mayoría de los casos, las aseguradoras no pagaban por suicido hasta que transcurrían más de dos años desde la firma del contrato—. Todos los hombres de familia deberían tener uno.
—¿Dejó una nota? —preguntó el doctor Everett.
—Dejó dos —dijo el presidente—. Una dirigida a nosotros, en la que sugería que lo sustituyéramos por una pitonisa gitana, y una dirigida a su esposa e hijos que decía, sencillamente: «Os amo más que a nada en el mundo. He hecho esto para que podáis disfrutar de todas las cosas que merecéis». —Guiñó un ojo con gesto compungido al doctor Everett, la mayor autoridad del país en la epizootia—. Me atrevería a afirmar que ese tipo de sentimientos te resultan familiares a estas alturas.
El doctor Everett asintió.
—Tan familiares como la varicela para un médico de cabecera —dijo con cansancio.
Millikan pegó un fuerte puñetazo en la mesa.
—Lo que yo quiero saber es si el Gobierno piensa hacer algo al respecto —declaró—. ¡Con el índice de fallecimientos actual, esta empresa tendrá que cerrar dentro de ocho meses! Doy por sentado que al resto de las compañías de seguros les ocurre lo mismo. ¿Qué va a hacer el Gobierno?
—¿Qué sugieres que haga? —preguntó el doctor Everett—. Estamos completamente abiertos a sugerencias... incluso penosamente abiertos.
—¡Muy bien! —exclamó Millikan—. ¡Acto gubernamental número uno!
—¡Número uno! —repitió el doctor Everett, preparándose para tomar nota.
—¡Que haga pública la enfermedad, para que podamos luchar contra ella! ¡Basta de secretismo!
—¡Maravilloso! —dijo el doctor—. Convocaremos a los periodistas de inmediato. Daremos una conferencia de prensa aquí mismo, con todos los hechos y los datos... y todo el mundo lo sabrá en cuestión de minutos. —El doctor Everett se giró hacia el anciano presidente de la junta—. Las comunicaciones modernas son maravillosas, ¿no te parece? Casi tan maravillosas como un seguro de vida. —Alcanzó el teléfono que estaba en la larga mesa y descolgó el auricular—. ¿Cómo se llama el periódico de la tarde?
Millikan le arrebató el auricular y colgó.
Everett le dedicó una sonrisa burlona, simulando sorpresa.
—Pensaba que ése era el acto número uno. Sólo pretendía llevarlo a cabo para que podamos pasar al número dos.
Millikan cerró los ojos y se frotó el puente de la nariz. El joven presidente de la American Reliable and Equitable tenía muchas cosas que considerar tras la intimidad violeta de sus párpados. Tras el primer paso, que implicaba inevitablemente la divulgación del mal estado de las compañías de seguros, se produciría el peor colapso financiero de la historia del país. En cuanto a la cura de la epizootia, la publicidad no se limitaría a provocar que la enfermedad matara con más rapidez, sino que además causaría varias semanas de pánico con más muertes que en unos cuantos años difíciles.
Sin embargo, a Millikan no le importaban las cuestiones de carácter global, como que Estados Unidos se convirtiera en un país débil y despreciable o que el dinero pasara a tener más valor que la propia vida. Su mayor preocupación era personal e inmediata. El resto de las repercusiones de la epizootia palidecían ante el hecho descarado y estridente de que la empresa estaba a punto de hundirse y de hundir la brillante carrera de Millikan con ella.
El teléfono de la mesa sonó. Breed respondió, recibió la información sin hacer ningún comentario y colgó.
—Se acaban de estrellar dos aviones más —dijo—. Uno en Georgia, con cincuenta y tres personas abordo y otro en Indiana, con veintinueve.
—¿Hay supervivientes? —preguntó el doctor Everett.
—Ninguno —contestó Breed—. Este mes ya van once. Hasta el momento.
—¡Vale! ¡Vale! ¡Vale! —bramó Millikan, que se puso en pie—. Acto gubernamental número uno... ¡Que mantenga todos los aviones en tierra! ¡Que ponga fin a la navegación aérea!
—¡Excelente! —dijo el doctor Everett—. También deberíamos poner barrotes en todas las ventanas que estén por encima del primer piso, además de sacar todos los cursos de agua de los centros de población y prohibir las ventas de armas, cuerdas, venenos, navajas, cuchillos, automóviles, barcos...
Millikan se dejó caer en su silla, derrotado. Sacó una fotografía de su familia de la cartera y la observó con apatía. En el fondo de la imagen se veía su casa de la playa, valorada en cien mil dólares; y más allá, anclado, su yate de quince metros de eslora.
—Dime —se dirigió Breed al joven doctor Everett—, ¿estás casado?
—No. El Gobierno ha establecido una norma que impide que los hombres casados trabajen en la investigación de la epizootia.
—¿Y eso? —dijo Breed.
—Descubrieron que los hombres casados que trabajaban en la epizootia solían morir antes de presentar su primer informe —respondió el doctor Everett, que sacudió la cabeza—. No lo entiendo; no lo entiendo en absoluto. Aunque a veces lo entiendo... y luego lo dejo de entender.
—¿Los fallecidos tienen que ser personas casadas para que atribuyáis su muerte a la epizootia? —se interesó Breed.
—Deben tener esposa e hijos —puntualizó el doctor Everett—. Es el patrón clásico. Tener sólo esposa no significa demasiado. Y curiosamente, tener esposa y un solo hijo tampoco significa demasiado. —El doctor se encogió de hombros—. Bueno, supongo que algunos casos excepcionales, de hombres inusualmente unidos a su madre, a otro familiar o incluso a su universidad, se podrían clasificar desde un punto de vista técnico como víctimas de la epizootia... pero son estadísticamente irrelevantes. Para un epidemiólogo que sólo trabaje con datos de los que asombran, la epizootia es una enfermedad que afecta abrumadoramente a hombres casados, ambiciosos, con éxito y con más de un hijo.
Millikan no tenía interés en la conversación. Con un desdén monumental, plantó la fotografía de su familia delante de los dos solteros. La imagen mostraba una madre bastante corriente con tres niños bastante corrientes, uno de los cuales era un bebé.
—¡Mirad a los ojos a estas personas maravillosas! —declaró con voz quebrada.
Breed y el doctor Everett intercambiaron una mirada de aflicción antes de hacer lo que Millikan les había pedido. Contemplaron la fotografía con gesto sombrío porque acababan de confirmar la sospecha de que Millikan era víctima de la epizootia y estaba mortalmente enfermo.
—¡Mirad a los ojos a estas personas maravillosas! —insistió Millikan, tan trágicamente resonante como el Viejo Marinero—.Yo siempre he podido mirarlos a los ojos... hasta ahora.
Breed y el doctor Everett siguieron mirando sus ojos, completamente carentes de interés, porque preferían su visión a la visión de un hombre que iba a morir en poco tiempo.
—¡Mirad a Robert! —ordenó Millikan, refiriéndose a su hijo mayor—. ¡Imaginaos diciendo a ese gran chico que ya no puede ir a Andover, que a partir de ahora tendrá que estudiar en un colegio público! ¡Mirad a Nancy! —ordenó, refiriéndose a su única hija—. No más caballos, no más veleros, no más clubs de campo para ella... y mirad al pequeño Marvin en brazos de su madre. ¡Imaginad que traéis un bebé a este mundo y que luego caéis en la cuenta de que no le podréis conceder ninguna ventaja! —La voz se le entrecortó por el sentimiento de vergüenza y de culpabilidad—. ¡Ese pobre niño tendrá que luchar por cada milímetro del camino! ¡Todos tendrán que hacerlo! ¡Y cuando la American Reliable and Equitable se hunda, su padre no podrá hacer nada por ellos! ¡Tendrán que luchar con uñas y dientes! —gritó.
Millikan invitó a los dos solteros a mirar a su esposa, una mujer que por otra parte era sosa, gorda y de aspecto indolente. Cuando volvió a hablar, su voz se suavizó por el horror.
—Imaginad que tenéis una mujer tan maravillosa como ésta; una compañera de verdad que os ha acompañado en los tiempos buenos y en los malos, que dio a luz a vuestros hijos y que les ofreció un hogar decente. Imaginad —continuó tras un silencio prolongado— que sois un héroe para ella. Imaginad que le habéis dado todas las cosas que pudiera desear e imaginad después que os veáis obligados a decirle que lo habéis perdido todo.
Millikan empezó a sollozar. Salió corriendo de la sala de juntas, entró en su despacho y sacó un revólver cargado del cajón de la mesa. Mientras Breed y el doctor Everett salían tras él, se voló la tapa de los sesos y se hizo efectivo el pago de varias pólizas de seguros de vida que ascendían a la friolera de un millón de dólares.
Ante ellos yacía un caso más de la epizootia, la práctica epidémica de suicidarse para crear riqueza.
—¿Sabes una cosa? —dijo el presidente de la junta—. Antes me preguntaba lo que pasaría con todos los estadounidenses como él, esa raza nueva, brillante y lustrosa que creía que la vida no merecía la pena si no consistía en lograr que su familia fuera más y más y más rica. Me preguntaba qué sería de ellos si volvían los tiempos malos y descubrían de repente que sus bienes netos estaban bajando —Breed apuntó al techo y luego al suelo— en lugar de subir.
Los malos tiempos habían vuelto. Más o menos, cuatro meses antes de que se declarara la epizootia.
—Son los hombres unidireccionales... sólo están pensados para subir —dijo Breed.
—Y sus mujeres unidireccionales y sus hijos unidireccionales. —El doctor Everett se acercó a la ventana y echó un vistazo al invernal Hartford—. Dios mío... la industria más importante de este país se muere por una forma de vida.



En Mientras los mortales duermen
Trad.: Jesús Gómez Gutiérrez
Madrid, 2011
Foto: KV with Pumpkin, New York City, 1982, by Jill Krementz