24 ago. 2014

David Foster Wallace: Sin ningún significado





He aquí una historia extraña. Fue hace un par de años, yo tenía diecinueve y estaba a punto de irme de casa de mis padres para instalarme por mi cuenta; un día estaba atareado con los preparativos cuando de pronto me vino el recuerdo de mi padre meneándose la polla en mi cara cuando yo era un niño pequeño. El recuerdo pareció salir de la nada, pero era tan detallado y resultaba tan real que supe que era totalmente verídico. De pronto comprendí que había pasado de verdad, aunque el recuerdo produjera la misma sensación extraña y grotesca que los sueños. Este era el recuerdo que tuve de pronto. Yo tenía ocho o nueve años, y estaba solo en la sala de estar, después de la escuela, viendo la tele. Mi padre bajó, entró en la habitación, y se quedó de pie delante de mí, entre la tele y yo, sin decir nada, y yo tampoco dije nada. Sin decir palabra, se sacó la polla y empezó a meneársela delante de mi cara. No recuerdo que hubiera nadie más en casa. Creo que era invierno porque recuerdo que hacía frío en la sala de estar y yo estaba tapado con la manta de punto que usaba mi madre para ver la tele. En parte el incidente de mi padre meneándose la polla allí conmigo resulta grotesco porque no dijo nada en ningún momento (lo recordaría si hubiera dicho algo), y tampoco me ha quedado ningún recuerdo acerca de qué había en su cara, de cuál era su expresión. Ni siquiera recuerdo si me miró. Lo único que recuerdo es la polla. La polla, por decirlo de algún modo, acaparó mi atención. Estaba allí meneándosela delante de mi cara, sin decir nada ni hacer ningún comentario, meneándosela como uno se la menea en el retrete, como cuando te la estás cascando, pero recuerdo que también había algo amenazador y vagamente bravucón en el modo en que lo hacía, como si la polla fuera un puño que me estaba poniendo en la cara desafiándome a que dijera algo, y recuerdo que yo estaba tapado con la manta de punto y no me podía levantar ni apartarme de la polla, y lo único que recuerdo haber hecho era mover la cabeza en todas direcciones, intentando quitármela de delante de la cara (la polla). Fue uno de esos incidentes totalmente grotescos que resultan tan extraños que parece que no están sucediendo incluso mientras están sucediendo. Hasta aquel momento solamente le había visto la polla a mi padre en los vestuarios. Recuerdo que yo movía la cabeza en todas direcciones, torciendo el cuello, y la polla me seguía todo el tiempo, y mientras tanto me pasaban por la cabeza toda clase de ideas raras, como por ejemplo: «Estoy moviendo la cabeza como si fuera una serpiente». Mi padre no la tenía dura. Recuerdo que su polla era un poco más oscura que el resto de su piel, era grande y tenía una vena grande y fea en un lado. El agujero de la punta tenía forma de raja y se abría y se cerraba ligeramente mientras mi padre se meneaba la polla y la mantenía junto a mi cara en gesto amenazador sin importar que yo apartara la cabeza en todas direcciones. En esto consistía mi recuerdo. Después de tenerlo (el recuerdo), yo iba por casa de mis padres completamente aturdido, o sea, como si flotara en las nubes, absolutamente alucinado, sin contárselo a nadie y sin preguntar nada. Yo sabía que aquella había sido la única vez que mi padre había hecho una cosa así. Aquello sucedió mientras yo estaba luciendo las maletas y yendo por las tiendas en busca de cajas viejas para hacer el traslado. A veces caminaba por casa de mis pudres en estado de shock y sintiéndome completamente extraño. No me quitaba de la cabeza aquel recuerdo inesperado. Iba al dormitorio de mis padres y luego a la sala de estar. El equipo de televisión de la sala de estar era nuevo, pero la manta de punto de mi madre seguía allí, extendida sobre el respaldo del sofá cuando nadie la usaba. Era la misma manta que en mi recuerdo. No paré de preguntarme por qué mi padre había hecho una cosa así, y en qué podría haber estado pensando, o sea, qué podía significar aquello, e intenté recordar si había habido alguna clase de emoción en su cara mientras lo hacía.
Luego todo se volvió más extraño, porque, por fin, el día que mi padre se tomó media jornada libre y fuimos a alquilar una camioneta para meter mis cosas y hacer el traslado, mientras estábamos en la camioneta, en el camino a casa de vuelta del local de la compañía de alquiler, por fin saqué el tema y le pregunté por el recuerdo. Se lo pregunté de golpe. No había una manera de llegar gradualmente a algo como aquello. Mi padre había pagado el alquiler de la camioneta con su tarjeta y era el que estaba al volante. Recuerdo que la radio de la camioneta no funcionaba. Allí en la camioneta, sin venir a cuento de nada (desde su punto de vista), de pronto fui y le dije a mi padre que hacía poco me había acordado del día en que bajó y se meneó la polla delante de mi cara cuando yo era niño, luego le describí brevemente lo que recordaba y le pregunté: «¿Qué coño pasó allí?». Como se limitó a seguir conduciendo la camioneta sin decir nada ni hacer nada parecido a responder, yo insistí, mencioné otra vez el incidente y volví a hacerle la misma pregunta. (Fingí que tal vez la primera vez no había oído lo que le había dicho.) Y lo que hizo entonces mi padre —estábamos en la camioneta, a falta de un trecho para llegar a casa de mis padres, donde yo estaba haciendo los preparativos de mi traslado—, sin apartar las manos del volante ni mover un solo músculo más que el cuello, fue girar la cabeza para mirarme y clavar en mí aquella mirada. No fue una mirada de cabreo ni tampoco una mirada perpleja como si creyera que no me había entendido. Y no fue como si me dijera «¿Qué coño te pasa?» o «Sal de aquí cagando leches» ni ninguna de las cosas que solía decir cuando era obvio que estaba cabreado. No dijo una palabra, y sin embargo aquella mirada que clavó en mí lo decía todo, como si no pudiera creer que acabara de oír aquella porquería saliendo de mis labios, como si no se lo pudiera creer y se sintiera completamente asqueado, como si no solamente jamás en su vida se hubiera meneado la polla delante de mí sin razón alguna cuando yo era niño, sino que el mero hecho de que yo hubiera sido capaz de imaginar que se hubiera meneado la polla delante de mí y me lo hubiera creído y luego hubiera sido capaz de sacar el tema en su presencia en aquella camioneta de alquiler y llegar a acusarlo, etcétera, etcétera. La mirada que me dirigió en aquel momento en la camioneta mientras conducía, después de haberle mencionado el recuerdo y habérselo preguntado abiertamente... aquello fue lo que me sacó completamente de mis casillas, en lo que respecta a mi padre, la mirada que me dirigió después de girarse lentamente decía que se avergonzaba de mí y que se avergonzaba de sí mismo por el mero hecho de estar emparentado conmigo. Imaginaos que estáis en un banquete o en una cena elegante de los de traje y corbata con vuestro padre y de pronto os levantáis, os bajáis los pantalones y os cagáis allí mismo, encima de la mesa y delante de todos los asistentes al banquete: pues así es como os miraría vuestro padre si lo hicierais (si os cagarais). Una fracción de segundo más tarde sentí un cabreo tan grande que creí que lo iba a matar. Era extraño: el recuerdo en sí, cuando lo tuve, no me había cabreado, solamente me había dejado aturdido, como flotando en una nube. Pero aquel día en la camioneta de alquiler, el hecho de que mi padre no dijera nada, sino que se limitara a seguir conduciendo hacia casa en silencio, con ambas manos en el volante y con aquella mirada que me recriminaba el hecho de habérselo preguntado, aquello sí que me cabreó. Siempre había creído que eso que dicen de verlo todo «rojo» cuando tu cabreo pasa de cierto límite era una forma de hablar, pero es real. Después de meter todas mis cosas en la camioneta me trasladé y no me puse en contacto con mis padres durante más de un año. Ni una palabra. Mi apartamento estaba en la misma ciudad y apenas a un par de kilómetros, pero ni siquiera les di mi número de teléfono. Fingí que no existían. Me sentía cabreado y asqueado. Mi madre no tenía ni idea de por qué yo había roto el contacto, pero estaba claro que no iba a ser yo quien le explicara una sola palabra del tema, y en cuanto a mi padre, me apostaba mis pelotas a que tampoco iba a ser él quien lo explicara. Todo lo que yo veía permaneció rojo durante dos meses después de que me trasladara y rompiera el contacto, o al menos de un tono ligeramente rosáceo. No recordaba muy a menudo el episodio de mi padre meneándose la polla delante de mí cuando yo era niño, pero apenas pasaba un día sin que me acordara de aquella mirada que me clavó en la camioneta cuando volví a sacar el tema. Tenía ganas de matarlo. Durante meses estuve pensando en ir a casa cuando no hubiera nadie y darle una paliza. Mis hermanas no tenían ni idea de por qué yo había roto el contacto con mis padres, decían que me había vuelto loco y que le estaba rompiendo el corazón a mi madre, y cuando las llamaba me echaban la bronca por haber roto el contacto sin dar explicaciones, pero yo estaba tan cabreado que no me cabía duda de que me iba a ir a la tumba sin decir una puta palabra sobre el asunto. No es que me diera miedo hablar de ello, pero estaba tan fuera de mis casillas que me daba la impresión de que si volvía a sacar el tema y alguien volvía a mirarme iba a pasar algo terrible. Casi a diario me imaginaba que iba a casa, me ponía a zurrar a mi padre y todo el tiempo él no paraba de preguntarme por qué lo estaba haciendo y qué significaba aquello, pero yo no le contestaba y mi cara no mostraba ninguna emoción mientras le iba pegando.
Luego, a medida que pasó el tiempo, me fui sobreponiendo poco a poco. Seguía convencido de que el recuerdo de mi padre meneándose la polla era real, pero poco a poco empecé a darme cuenta de que el mero hecho de que yo recordara el incidente no comportaba necesariamente que mi padre lo recordara. Empecé a sospechar que tal vez él hubiera olvidado el incidente. Era posible que aquel incidente fuera tan extraño y carente de explicación que mi padre hubiera bloqueado psicológicamente aquel recuerdo fuera de su memoria, y que cuando yo, sin venir a cuento de nada (desde su punto de vista), había sacado el tema en la camioneta, él no recordara haber hecho algo tan grotesco y carente de explicación como bajar y menearse la polla con gesto amenazador delante de un niño, y que por eso creyera que yo me había vuelto loco como una puta cabra y me dirigiera una mirada de completa repulsión. No es que creyera totalmente que mi padre se había olvidado de todo, pero poco a poco empecé a admitir que era posible que hubiera bloqueado el recuerdo. Poco a poco, empecé a pensar que la moraleja de un incidente tan extraño era que todo es posible. Después de aquel año mi actitud cambió y pensé que si mi padre quería olvidar el momento en la camioneta en que yo le había recordado el incidente y no quería volver a sacar el tema nunca más, entonces yo estaba dispuesto a olvidarlo todo. Si algo tenía claro, y me podía apostar mis pelotas, era que yo jamás iba a sacar el tema de nuevo. Adopté esta nueva actitud sobre el asunto a principios de julio, justo antes de la fiesta del Cuatro de julio, que es también el cumpleaños de mi hermana pequeña, de manera que, sin venir a cuento de nada (para ellos), llamé a casa de mis padres y les pregunté si podía ir al cumpleaños de mi hermana y reunimos en el restaurante favorito de mi hermana al que tradicionalmente la llevamos por su cumpleaños porque a ella le encanta (el restaurante). Se trata de un restaurante que está en el centro de la ciudad donde vivimos, italiano, un poco caro, con decoración de madera más bien oscura y los menús en italiano. (Nuestra familia no es italiana.) Resultaba irónico que fuera en aquel restaurante, en una celebración de cumpleaños, cuando yo volviera a ponerme en contacto con mis padres, porque de niño la tradición era que aquel era «mi» restaurante favorito, adonde íbamos siempre por mi cumpleaños. Cuando era niño saqué de alguna parte la idea de que aquel restaurante lo dirigía la mafia, que a mí me tenía fascinado, de manera que siempre estaba dándoles la paliza a mis padres para que me llevaran por lo menos el día de mi cumpleaños, luego poco a poco fui creciendo y me hice mayor para todo aquello y entonces, por alguna razón, pasó a ser el restaurante favorito de mi hermana, como si lo hubiera heredado. Tiene unos manteles a cuadros negros y rojos, los camareros parecen matones de la mafia y en las mesas siempre hay botellas de vino vacías con velas encajadas en el cuello que se han derretido de manera que hay chorreras endurecidas de cera de varios colores por los lados de la botella formando líneas y dibujos diversos. De niño, recuerdo haber sentido una extraña fascinación por aquellas botellas de vino con su cera seca y que mi padre tenía que estar pidiéndome todo el tiempo que no les arrancara la cera. Cuando llegué al restaurante, con traje y corbata, ellos ya habían llegado y estaban sentados a una mesa. Recuerdo que mi madre parecía entusiasmada y feliz por el mero hecho de verme y me di cuenta de que estaba dispuesta a olvidar el año entero que yo había pasado sin ponerme en contacto con ellos, de tan contenta que estaba porque volviéramos a parecer una familia.
—Llegas tarde —dijo mi padre. No había ninguna expresión en su cara.
—Me temo que ya hemos pedido. Espero que no te importe —dijo mi madre.
Mi padre dijo que como llegaba un poco tarde ya habían pedido ellos por mí.
—Tu madre te ha pedido un pollo «presto» o algo así —dijo mi padre.
—Odio el pollo —dije—. Siempre lo he odiado. ¿Cómo podéis olvidaros de que odio el pollo?
Todos nos miramos durante un segundo, sentados a la mesa, incluso mi hermana pequeña y el melenas de su novio. Durante una fracción de segundo todos nos miramos. Mientras tanto, el camarero iba trayendo el pollo para todos. Entonces mi padre sonrió, blandió un puño en gesto burlón y dijo: «Sal de aquí cagando leches». Luego mi madre se llevó la mano a la parte superior del pecho como hace siempre que tiene miedo de reírse demasiado fuerte y se echó a reír. El camarero me puso el plato delante, yo fingí que miraba hacia abajo y hacía una mueca y todos nos reímos. Estuvo bien.



En Entrevistas breves con hombres repulsivos
Título original: Brief interviews with hideus men
Traductor: Javier Calvo
Autor: David Foster Wallace
©2001, Mondadori