18 jul. 2014

Junichirô Tanizaki: Un puñado de cabellos






—A ver, Mr. Dick, cuénteme su historia, por favor, que afortunadamente no hay nadie ahora…

Era una noche fría. Dick y yo estábamos frente a frente, sentados en la sala de fumadores de un hotel tranquilo. Mientras le animaba a romper su empecinado silencio, yo avivaba las brasas de la estufa.

—¿Quiere tomar un té negro?

—No, gracias, no hace falta.

Al decirlo, Dick recibía en su cara el reflejo caluroso del fuego que hacía resaltar su frente ancha y sólida. Después de haber contemplado la silueta de la llama oscilante como si estuviera meditando, empezó a contar la historia en un inglés que tenía un acento extrañamente japonés.

—Mire, me gustaría contarle algo que nunca antes se lo había contado a nadie. ¿Sabe que pronto me tengo que ir de este país? Mi pierna, gracias a las aguas termales de este balneario, ha mejorado muchísimo. Ya puedo caminar en el campo sin bastón. Puedo decir que ya me curé de la lesión física. A más tardar, dentro de una semana me estaré yendo de aquí, pero no pienso volver a Yokohama…

—¿A dónde iría entonces? Usted tiene su casa en Yokohama.

—Sí, mi casa está en Yokohama, y mis dos padres viven allá. Yo nací en Japón; además de que mi madre es japonesa, no tengo más país natal que Japón. Sin embargo, me quiero ir de este país para vivir por largo tiempo en un lugar como Shangai. Recuperado de la lesión de la pierna, mi cuerpo estará de nuevo fuerte, y ante todo todavía soy joven.

—¿Cuántos años tiene, Mr. Dick?

—Según la cuenta japonesa, veintisiete. Diciéndolo a la manera occidental, voy a cumplir veintiséis el próximo diciembre. Pero esto no importa, escúcheme la historia que le voy a contar. Me iba a ir de aquí sin contársela a nadie, pero ya que usted me ha tratado de una manera tan cordial desde que nos conocimos en este mismo hotel, he llegado a pensar que será bueno contársela a usted. No se preocupe, que no hay necesidad alguna de guardar el secreto, ya que, fuera de mí, ninguno de los que se vio involucrado en aquel asunto está vivo hoy día. Y ahora que me voy de aquí, si le interesa la historia, al terminar de escucharla tiene toda la libertad de escribir un cuento con base en mis experiencias. Es más, puedo decirle que me agradaría que usted, con sus extraordinarias habilidades de escritor, convirtiera ese suceso tan horrible en material de lectura para mucha gente. Tendré que confesar, para empezar, que le mentí una vez sobre la lesión de mi pierna, diciéndole que se me había aplastado en el momento del terremoto. En realidad, fue a causa de un disparo…

Dick habló observando mi reacción de sorpresa, y sacó del bolsillo una pipa para llenarla de tabaco. Se sentó holgadamente en el sillón como preparándose para hablar con calma.

—Bueno, me dispararon en el momento del terremoto, pero no fue a causa del terremoto sino por una mujer. Usted, que frecuentaba el baile del Jardín Flor de Luna o del Hotel Grand, tal vez se acuerde de una rusa, como de veintiocho o veintinueve años, llamada Mrs. Orlov, que llegaba ahí de vez en cuando con uno que otro hombre rubio o con algún mestizo para maravillarnos no sólo con su extraño encanto, un poco salvaje se podría decir, sino con su vestido llamativo que se combinaba fabulosamente con su figura esbelta y blanca. Ya le contaré más en detalle quién era esa mujer y cómo era su carácter, pero déjeme decirle primero que en las fiestas de esa época no había ninguna mujer que la superara en cuanto a la belleza exótica y al lujo en la forma de vivir. Muchas damas y caballeros la evitaban diciendo que era una mujer peligrosa o deshonrada, pero para nosotros ésas no eran más que reacciones originadas en celos o antipatías sin fundamento, ante una rusa exiliada y de origen desconocido, que tenía una gracia fascinante, poco común en Yokohama. Usted sabe que en Yokohama —bueno, no sólo en Yokohama, sino que puede ser común en la mayoría de los puertos del mundo oriental o, mejor dicho, de las colonias de los países occidentales—, los extranjeros residentes tienen la odiosa costumbre de excluir unánimemente de su comunidad, como si formaran un frente común ante un invasor, a cualquier extranjero poco familiar que les parezca sospechoso. Este carácter exclusivista, tan desagradable, que no se mostraba con tanta fuerza antes de la Guerra Mundial, se intensificó en la posguerra con la llegada de los americanos e ingleses, que trataron de eliminar a los demás países para monopolizar sus negocios en el Extremo Oriente. Para ellos, todos los que no son anglosajones, sean orientales u occidentales, son enemigos, o mejor dicho, bárbaros. A los franceses, que fueron sus aliados en la Guerra, no los tratan con tanta antipatía, pero a los alemanes y a los rusos los tratan con abierto desprecio. En el caso de una persona con virtudes superiores, es aún peor, porque le tienen envidia, y seguro la convierten en objeto de calumnias. De manera que la comunidad extranjera ignoraba a la señora Orlov, lo cual me pareció una suerte, conveniente para mí, ya que a nosotros, los mestizos, también nos detestaban, sea abiertamente o a escondidas, aun cuando tuviéramos la nacionalidad anglosajona, por no tener sangre pura.

»A ver, ¿qué opina usted —permítame una desviación— de los que tenemos doble nacionalidad, o sea, los que estamos destinados a no pertenecer a ninguno de los dos países? Hay gente que dice, como criticando mi actitud rencorosa, que la discriminación social no se debe a la impureza de la sangre sino al hecho de que hay muchos niños de escasa inteligencia o de tendencia criminal entre los mestizos. Pero en tal caso, ¿quién se responsabiliza del pecado de haber criado niños tan inmorales como nosotros? La mayoría de nosotros, que no conocemos bien la moral japonesa, aunque vivimos aquí en Japón, pero que tampoco nos educamos completamente al estilo occidental, pareciera que estamos destinados a no poseer un suficiente nivel intelectual o a ser unos vagos en esta sociedad. No sé si sea culpable la sociedad o los padres, pero en cualquier caso la culpa no es nuestra. Bueno, no niego que haya unos cuantos que se han ganado el respeto y la confianza de mucha gente, pero en general nos enfrentamos a los tratos despectivos que nos impiden mantener relaciones igualitarias, ya sea entre los occidentales o los japoneses, y que nos obligan a sentirnos inferiores. Fue por esta razón que, después de conocer a la señora Orlov, muchos de nosotros, congregados a su alrededor, terminamos adorándola como si fuéramos un enjambre de abejas que apuntaran hacia una misma jugosa y suculenta flor. Cuánto más hablaban mal esas damas y caballeros “chic” de nuestra rusa, más nos atraía su belleza. Creo que nos llevaba en realidad más de diez años, o sea que tendría unos treinta y cinco, pero nunca se sabe con precisión la edad de una mujer bien formada físicamente, con una textura de piel tan elástica. Le dije que lucía como de veintiocho o veintinueve años, pero cambiando un poco de maquillaje podía pasar por una chica de veinte, y fijándonos solamente en la superficie tan lisa de esa piel blanca que le cubría el pecho y los hombros, podríamos estar seguros de que su cuerpo era el de una muchacha de diecisiete o dieciocho años. En su cara redonda, la boca era ancha y la barbilla bastante cuadrada, y se notaba su nariz corta, típica de los rusos, que se abría ampliamente hacia adelante, con las fosas nasales como las de un perro venteando la presa. Cuando digo “encanto bestial” y “belleza exótica”, me refiero principalmente a la barbilla y la nariz, pero debo añadir aquí que, si no hubiera sido por la extraordinaria fuerza que emanaba de sus ojos, su figura hubiera sido de una bestialidad más bien ordinaria, y lo exótico simplemente habría degenerado hacia lo grotesco. En realidad, sus ojos despedían un brillo demasiado fuerte, que rebasaba la mera acción de mirar, y parecían dos cristales, grandes y azules, que a veces se iluminaban con un fuego fosforescente y que otras se desbordaban como el mar infinito. Solía hacer una mueca arqueando las cejas como si estuviera molesta, pero, en esas ocasiones, sus pupilas, que se volvían más sensibles y profundas, se veían húmedas como si estuvieran a punto de exhalar rocíos brillantes. Pero toda esta descripción no es suficiente para expresar plenamente su belleza salvaje. Hay una obra de teatro japonés, llamada Puente de piedra, en la que las mujeres bailan sacudiendo locamente sus cabellos rojos y blancos, y al ver por primera vez a la señora Orlov, me acordé justamente del Espíritu del León que aparece en esa obra. El color rojo de su cabello era idéntico al del personaje de la obra. Aunque el cabello natural de color rojo no es tan raro entre las mujeres occidentales, y yo mismo lo he visto algunas veces, nunca había observado un lustre tan intensamente rojo, así como este carbón ardiente de la estufa, en el cabello humano. Su cabello corto, con una raya en el medio, era tan abundante y encrespado que hasta se resistía al peine, y caía ampliamente hacia ambos lados de la cabeza como si fuera un halo de la luna. La cara se le agrandaba debido a ese cabello voluminoso, y se asemejaba a la cabeza de un león. El cuello no demasiado largo, el cuerpo exquisitamente formado, los senos amplios y sensuales, los brazos esbeltos que armonizaban con el cuerpo, las caderas bien asentadas, y las piernas que oscilaban como los suaves vaivenes de las olas… No piense que exagero con esta pintura pletórica, tan llena de palabras poéticas. Bueno, nunca faltó quien dijera maliciosamente que se trataba de una simple lujuriosa, alejada de la belleza, pero dejemos tranquila a esa clase de gente sin sentido de la estética. No estoy exagerando para nada, al contrario, al describirla de esta manera, delante de usted, me la puedo imaginar ahora mismo, tan hermosa como si estuviera aquí presente.

»En esa época, los más fanáticos admiradores de la señora Orlov éramos Jack, Bob y yo. Desde que los tres la empezamos a cortejar con tan fervorosa devoción, los otros pretendientes, quizás fatigados por esta competencia inútil, se retiraron diciendo que estábamos locos. Y nosotros tres, cada quien deseando que los otros renunciaran a la amada, nos hundíamos más y más en el abismo del amor, con una pasión exagerada, ya imposible de frenar. Jack y Bob también eran mestizos, detestados en este país por su sangre impura, y desde pequeños esta coincidencia nos unía en una estrecha amistad; por lo tanto, no nos peleábamos abiertamente de forma deshonrosa, pero nos vigilábamos mutuamente por si alguno madrugaba a los demás, y ninguno podía ocultar sus celos. Pronto, la señora Orlov comenzó a adornarse de objetos de lujo, y su casa se llenó de prendas suntuosas y artículos valiosos. Obviamente, era porque los tres competíamos por medio de los regalos más costosos, como si fuéramos siervos que trataran de ganarse la simpatía de la reina con ofrendas cada vez más atractivas: un día uno le obsequia un vestido de piel, y al día siguiente otro le ofrece una joya… Ella solía decir: “Yo no soporto la vida miserable, ya que la he sufrido en demasía antes de exiliarme en Japón. Siempre me ha gustado disfrutar del lujo de la vida, pero mi esposo murió en la Revolución y ya no puedo regresar a mi país. Estaría dispuesta a casarme si encontrara un hombre capaz de dedicarme todo su amor, alguien que comprenda mis gustos e inclinaciones y que me ofrezca una vida lujosa que me satisfaga…” Incluso llegó a preguntarnos a cada uno de nosotros, en tono de broma: “¿Cuánta fortuna tiene tu familia?”, “¿Heredarás toda esa fortuna?” o “¿Me permitirías toda clase de lujos si me casara contigo? Pero ¿tus padres me aceptarían como tu esposa?” No me acuerdo desde cuándo ni cómo, pero empecé a sentir que, entre los tres, yo era su predilecto. Le contaba que al morir mi padre me quedaría con la mayor parte de la herencia, que me agradaba también la vida lujosa y más aún si fuera para vestirla a ella elegantemente y contemplarla siempre joven y bella, que me preocupaba un poco por el permiso del matrimonio debido a mi juventud pero que dentro de uno o dos años ya no habría problemas, y que no sería difícil ablandar a mi madre… Con estas confidencias trataba de conquistarla cada vez que podía, insistiendo en que dentro de uno o dos años todo sería suyo y que estaba dispuesto a sacrificar cualquier cosa por ella en este tiempo de espera.

»Por supuesto que jamás se me ocurrió contarle estas intimidades a mis dos amigos, pero, intuitivamente, tanto Jack como Bob sospechaban algo. Apasionados, ambos maquinaban maneras para dejar fuera de juego a los otros, y la lucha amorosa se tornó intensa, algunas veces con susurros melifluos, otras con apelaciones dramáticas. Mientras tanto, nuestra amada comenzó gradualmente a mostrar su carácter salvaje: bebía mucho, fumaba, y a medida que ganaba confianza, nos trataba con actitudes y palabras cada vez más groseras. Aunque me colmó de felicidad cuando consintió en casarse conmigo, ¿cómo podía yo estar seguro de que no hiciera lo mismo con los otros dos? De hecho, cada día crecía a su alrededor una cantidad de prendas de lujo poco comunes, tales como anillos, collares y vestidos de gala, y no podía yo confiar tan fácilmente en que sólo mis labios estuvieran gozando del sabor de los suyos. Seguro que los otros dos se veían acosados por los mismos recelos e incertidumbres, puesto que ya casi nos odiábamos, a tal grado que ni siquiera nos dirigíamos la palabra en nuestros encuentros casuales. Cada uno tenía su propia estrategia para cortejarla, tratando de superar a los demás.

»Durante más de un año mantuve una relación secreta con la señora Orlov bajo estas circunstancias. Como trabajaba en Yamashita, en la Corporación B.M., cuyo dueño era mi padre, yo tenía bastante disponibilidad de tiempo y creía que frecuentaba más que los otros a la señora Orlov, ya que Bob trabajaba en el centro de Tokio y Jack tenía que viajar muy seguido a Kôbe por sus negocios. Pero eso duró sólo hasta el año 12 de Taishô, o sea, 1923, año del terremoto. Al terminar agosto, llegó esa mañana tan funesta del 1° de septiembre. Déjeme hacer un paréntesis ahora, antes de relatar los acontecimientos de ese día tan horrible, para explicarle someramente sobre la residencia donde vivía ella. Seguramente usted también conoce más o menos la ciudad de Yokohama, y recordará que la zona más afectada por el terremoto fue justamente el barrio de Yamashita, que no sólo se desplomó casi de manera inmediata sino que fue también arrasado por el incendio. Pero el desastre originado en la colonia extranjera, conocida como “Bluff”, que queda hacia la parte alta, no fue nada inferior. Esa zona de Yokohama, una de las más pobladas por extranjeros, estaba formada por unas cuadras tranquilas con abundantes árboles, pero en su origen había sido una montaña, y desde la construcción del puerto los extranjeros habían venido edificando una casa tras otra sin preocuparse mucho por pendientes ni ondulaciones, hasta llegar a formar una zona residencial.

De manera que, a pesar de su apariencia lujosa, se trataba de simples casas viejas de madera y ladrillos, y como estaban ubicadas en medio de las pendientes y cuestas, no resistieron mucho los derrumbes y desprendimientos causados por el terremoto. Los árboles no sirvieron de gran cosa para detener el incendio ante los fuegos provenientes de varias casas que tenían en sus cocinas carbones listos para preparar la comida. A diferencia de la cocina japonesa en que se prepara la comida en pequeñas estufas con carbón, los hornos al estilo occidental de esas casas, en medio del terremoto, explotaron en una lluvia de carbones encendidos que derramaban relámpagos de fuego, y el incendio arrasó inmediatamente el barrio entero con remolinos de llamas que se formaban en todos los rincones. Bueno, en realidad, esto sucedió un poco más tarde. La señora Orlov vivía en un apartamento, en el segundo piso de un edificio con una hermosa vista, ubicado en el tope de una colina, ahí mismo en Bluff. Ese edificio, una construcción de madera, amplia pero desolada, estaba ahí desde cuando yo era pequeño, y creo que fue originalmente una escuela católica o una residencia estudiantil, o quizá el hospital Santa Clara, algo así. No sé exactamente cómo había sido el interior, ya que lo conocí sólo cuando la señora Orlov estaba viviendo ahí, pero ahora sus paredes estaban totalmente despintadas y desde adentro se veía aún más arruinado. Los que vivían ahí eran los extranjeros pobres y detestados entre los europeos residentes, que no podían vivir en hoteles o casas normales; es decir, era un nido de rusos exiliados. Pero la señora Orlov, a pesar de estar viviendo en esa mugre, llevaba una vida lujosa, nada comparable con la de los otros rusos. El apartamento que alquilaba estaba en el segundo piso, al cual se llegaba subiendo una escalera de mano con peldaños antiguos, al fondo de un pasillo, sucio y oscuro, que tenía puertas alineadas a ambos lados, pero una vez dentro, uno se sorprendía al encontrar habitaciones lujosas, imposibles de imaginar desde la fachada lúgubre del edificio. A pesar de que la mayoría de los rusos vivían apretados en apartamentos pequeños, una familia de cinco o seis miembros en una misma habitación, la señora Orlov ocupaba holgadamente un apartamento de dos habitaciones y lo amoblaba con artículos muy refinados. Una de las habitaciones, del tamaño como de una sala, tenía una chimenea bastante grande, y la otra, también espaciosa, le servía de aposento privado al estar equipada con un baño completo y una pequeña cocina. Se llevaba muy bien con la pareja que trabajaba como conserjes, hasta el punto de utilizarlos como si fueran sus propios sirvientes, y la vida solitaria, bien atendida por la pareja, le aseguraba, en lugar de incomodidad, condiciones envidiables para disfrutar del placer de estar soltera.

»Bueno, esa mañana del 1° de septiembre, justo una hora antes del terremoto, yo estaba en su cuarto. Como ella se levantaba muy tarde, normalmente la visitaba en las tardes, pero ese día, como era sábado, la iba a invitar a un paseíto a Kamakura para pasar la noche allá. Por lo tanto, llegué temprano, pero ella acababa de levantarse y se estaba bañando. Cuando pasé a su aposento, le oí decir desde el baño: “Hey, Dick, llegaste muy temprano hoy. Espera un momentito, que ya salgo”, y efectivamente salió pronto exhibiendo una figura tan sensual, vestida con un kimono ligero que le cubría apenas la piel fresca y acalorada. Permítame aclararle que no era nada raro entre nosotros que yo pasara a su cuarto cuando se estaba bañando o que ella me recibiera medio desnuda, pero a esa altura de nuestra relación, las coqueterías que utilizaba, aun en gestos triviales de su rostro o en los mínimos movimientos de su cuerpo, se asemejaban en todos los aspectos a los trucos de las prostitutas. Recuerdo muy bien que esa mañana, su cabello cálidamente mojado, adherido como un casco a su cabeza, lucía hermoso como si fuera una tela de satén. Encendió el ventilador eléctrico para secarse el cabello, y mientras fumaba un cigarrillo, acostada boca arriba, echando bocanadas redondas de humo hacia el cielo raso, me hizo sentar al lado de sus piernas. Ignorando mi pregunta sobre el viaje a Kamakura que le quería proponer, ……………, ……………, …………… “Oye, Dick, si me quieres llevar a Kamakura, ¿por qué no me regalas el anillo que te mostré el otro día? Anda, ve a comprarlo inmediatamente. Me lo prometiste tú mismo. Si no, no voy a ningún lado”. Lo dijo agarrándome por la nuca para sacudirme la cabeza. Cuanto más fuerte me la sacudía, más ……………, ……………, ……………, ……………, ……………, me respondía rápido para no permitirme ninguna objeción. “Bueno, te lo regalo, claro, pero no me apures tanto. Te estás portando grosera conmigo, ¿no crees, Katinca?”, le dije al fin —Katinca se llamaba la señora Orlov—, “Déjame estar a tu lado hasta las doce, y seguro voy por tu anillo”. “Está bien, tú eres un buen muchacho, lo sabía, entonces te voy a consentir hasta las doce”, al decirlo Katinca se puso de buen humor, y ……………, …………… “Mira, Dick, pero sólo hasta las doce en punto, eh. Te vas a las doce, y luego vuelves por ahí a las cuatro o cinco. De día hace demasiado calor para salir a Kamakura. Pero vuelves sin falta con el anillo, que no te recibo sin el anillo. ¿Entendido?”

»En veinte, treinta minutos, en el momento culminante y dulce del goce amoroso, fuimos sacudidos por ese tremendo temblor. Reaccioné de manera inmediata, tomándole la mano a Katinca, como si tuviera un resorte en mi cuerpo, pero a duras penas logré levantarme, el piso que nos sostenía se levantó y me devolvió con tremendos empujones a la cama. No sé si fue por una ilusión originada por el pánico o porque de verdad tembló así de fuerte, pero en ese momento sentí que las cuatro paredes del cuarto se inclinaban perpendicularmente ante mis ojos y que el cielo raso se convertía en la pared vertical. La cama se deslizaba sobre el piso que se levantaba casi verticalmente y rodaba con velocidad impresionante hacia una de las paredes que ya se situaba en un plano horizontal. Todo el piso nos estuvo empujando y tirando con tanta frecuencia e intensidad, como si fuera un caballo indómito y enceguecido. Lo único que me quedó grabado de ese momento como una imagen visual fue la confusión caleidoscópica de líneas y figuras, como la vista que uno tiene desde la ventana de un tren a toda velocidad al tratar de observar objetos cercanos. Luego, de eso sí me acuerdo con una claridad espantosa, la chimenea de la sala se desplomó hecha añicos con tremendo estrépito y los pedazos de ladrillos cayeron en lluvia vertical. Escuchamos, fuertemente abrazados encima de la cama, ese ruido infernal con los ojos bien cerrados, pero afortunadamente no llegó ni un pedazo de ladrillo al cuarto, porque la chimenea cayó hacia la otra dirección. “Dick, Dick, alcánzame la ropa que está en el armario, esa…”, pude apenas oír su chillido en ese instante. Como sólo me había quitado la chaqueta de mi traje al entrar a su cuarto, pensé que nos podríamos escapar fácilmente cuando ella estuviera vestida. Pero seguía temblando sin cesar —hay gente que dice que hubo una sacudida fuerte al inicio y que sólo después de una pausa llegó la segunda, tercera oleada, pero para mí fue un solo oleaje largo y continuo—. Como el piso quedó totalmente volcado, tal como le acabo de relatar, no pude levantarme bien de la cama, y cuando traté de caminar un poco, me tambaleé como si sintiera un vértigo repentino, cayéndome de bruces a unos dos metros. Mientras avanzaba a gatas cuidadosamente sobre el piso inclinado en dirección al armario, observé que ese armario tan resistente, casi de dos metros de altura, con espejos incrustados en los batientes, no se mantenía quieto ni un segundo, moviéndose constantemente de un lado a otro. Sin poder hacer nada ante ese armario movedizo, yo también estuve vagando, atontado en el espacio. Pero eso no duró nada, porque en el momento en que lo vi moverse con mayor intensidad, me cayó encima como un bloque de piedra. Con un golpe terrible en la columna vertebral, me desmayé luego de lanzar un débil gemido, y ya no me acordé de más…

»No sé cuánto tiempo había pasado cuando escuché una voz que me decía: “Oye, despierta, Dick, soy yo, Jack… ¡Dick! ¡Dick, por favor! Saliste ileso, anímate”. Al recuperar la conciencia, me encontré entre los brazos de Jack, que sostenía mi cabeza sobre sus rodillas. Jack estaba sentado a mi lado, haciéndome tragar brandy de boca a boca. Mi mente estaba tan confundida que no llegué a entender sino hasta después de un buen rato por qué estaba en los brazos de Jack y dónde me encontraba. “Dick, por fin despertaste. Sólo recibiste un golpe en la espalda, y no tienes ninguna lesión grave. Párate firme, aquí tienes un paraguas que te servirá de bastón para caminar. Escápate de aquí cuanto antes, que si te demoras, vas a perder la vida en el incendio. Toda la ciudad de Yokohama se ha convertido en un mar de fuego”, al escucharlo hablarme de esa manera, me di cuenta de que el armario caído estaba a mi lado y que me encontraba en el cuarto de Katinca, pero no llegaba a comprender cómo y por qué estaba ahí Jack. “Jack…”, le dije, “¿Cómo y cuándo llegaste aquí?” “Yo venía subiendo la cuesta de allí abajo cuando tembló, y me vine corriendo derecho hasta aquí para salvar a Katinca.” “¿Cómo está Katinca? ¿Qué le pasó?” Al escuchar esta pregunta, Jack soltó una carcajada espantosa, señalando hacia atrás con el índice: “No te preocupes. Mírala, ahí está”. Traté de fijar mi vista, nublada levemente todavía por el efecto del vértigo, en la dirección señalada por Jack. Al comienzo, sólo logré ver el terrible desorden del cuarto, como si un monstruo gigante lo hubiera pisoteado ciegamente. Luego, poco a poco, me fui dando cuenta con mis propios ojos del inmenso poder destructivo del terremoto que acababa de azotarnos. El cuarto que me servía de nido de amor se había convertido en una ruina de un momento a otro, y ya no quedaba nada que me permitiera reconocer la antigua habitación de lujo. En la pared que separaba el cuarto de la sala, la chimenea había dejado un enorme hueco al desplomarse en pedazos, formando una montaña de ladrillos que se veía a través del mismo hueco, y el piano, que había ocupado el rincón de la sala, yacía de bruces con las patas quebradas después de haberse deslizado hasta el centro. El piso, terriblemente ladeado, mostraba en varias partes grandes boquetes, producidos por los quiebres y rajaduras de las tablas. Se habían caído todos los cuadros de las paredes, así como los estantes; las porcelanas, copas y botellas de licor se habían dispersado por doquier, y todo lo que había estado de pie se había volcado, incluyendo las sillas, las mesas y el tocador. No estaba exagerando cuando le dije hace unos minutos que la cama se deslizaba sobre el piso, puesto que efectivamente estaba en el otro extremo del cuarto, casi hundida en la pared, y su figura deformada me recordó un escenario creado por los artistas expresionistas. Y Katinca estaba parada, recostada en una de las esquinas de la cama como si fuera una estaca, pero lucía pálida, tan pálida como el color de sus ojos que se posaban en mí. Pronto me di cuenta de que había visto mal; en realidad, ella no estaba simplemente parada, sino amarrada a la cama con las manos atadas hacia atrás, y sus pies, también atados, se veían espantosos. “Caramba, Katinca, ¿qué te pasó?”, al oírme hablar así, Katinca, quizá por la insoportable humillación de estar amarrada o tal vez por el peligro inminente, permaneció como desmayada; sus pupilas, que en otras ocasiones habían sido más elocuentes que millones de palabras, ahora apenas se mantenían abiertas con indiferencia. “Pero, Jack, ¿qué quieres hacer con Katinca? ¿No la piensas salvar?” En cuanto grité enloquecido estas palabras, me levanté olvidando los dolores que me atormentaban. “Espera, Dick, que no hay motivo para escandalizarse. Yo simplemente decidí no salvar a esta mujer”, dijo Jack, sosteniéndome fuertemente con sus brazos, porque todavía yo estaba como aturdido, “Escúchame, hermano, la voy a dejar aquí atada para que muera en el incendio. Pero no va a morir sola, puesto que yo me quedo para morir con ella. Anda, Dick, vete inmediatamente y no digas más nada”. “No”, dije yo, tratando de escaparme de los brazos de Jack, “La voy a desatar. Por más que te opongas, la voy a salvar”. “Deja de hablar tonterías”, al decirlo burlonamente, Jack me sujetó todavía con más fuerza y continuó luego, casi pegando su boca a mi oído, con un tono calmado y persuasivo: “Dick, te salvaste de milagro, gracias a mi ayuda. Por más que te resistas, no me podrás vencer. Si te demoras, corres el riesgo de perder la vida. Mira, que el fuego ya está encima. Asómate a esa ventana y verás que estamos rodeados de humo, ves cómo sale por todos lados. Ya no tienes tiempo que perder. ¿Vas a morir por esta tipa? ¿Para qué? Vete, por favor. Te lo aconsejo, no quiero involucrarte en este embrollo. Te lo suplico, hazme caso”. “Jack, no seas cobarde. ¿Vas a matarla sólo porque no pudiste conquistar su amor?” Venciendo mi desesperación, Jack me llevó a la fuerza hasta la ventana de la habitación y me sujetó el cuello con sus manos poderosas para despojarme del ímpetu ciego e incontrolable de mi locura. “Ya que voy a morir pronto, te hablaré con toda franqueza. ¿Sabes qué estaba haciendo la fulana mientras estabas desmayado? Yo entré aquí justo cuando intentaba huir con todas las joyas de valor puestas, en lugar de ayudarte a salir de este peligro. Si yo no te hubiera quitado ese armario de encima, Katinca te habría dejado morir. ¿Conquistar el corazón de una mujer así de descarada? Date cuenta de que a ti también te engañaba. En lo que a mí respecta, te cuento que ya estoy jodido. Cometí un error imperdonable, y para mí ya no tendría ningún sentido seguir viviendo en este mundo. Le prometí que nos iríamos a vivir al extranjero, pero como ves ya no hay remedio; al enamorarme de una mujer tan desalmada, me condené a este final trágico, y debo morir llevándomela como sacrificio. Pero tú no mereces ser víctima de esa ingrata que te iba a dejar abandonado. Te suplico que nos demos la mano sin rencor, como los amigos que siempre hemos sido, y que te vayas rápido de aquí. Siento mucho no poder ver a Bob, dale saludos de mi parte, por favor”. Jack parecía estar dispuesto a arrojarme por la ventana si no aceptaba su propuesta. Pero ¿cómo me podría ir dejando a la mujer que me importaba más que mi propia vida? Bueno, ella me iba a abandonar, y nos había engañado con la falsa promesa de matrimonio a Jack y a mí, y seguramente también a Bob. Sin lugar a duda, era una tipa de lo más odiosa, pero el que se buscó este destino terrible al enamorarse de ella no había sido solamente Jack, sino también yo. Dije: “Mira, Jack, te agradezco la atención, pero yo también le hice una promesa, por lo tanto tengo el derecho de sacrificar mi vida por ella. Si me voy de aquí, eso equivale a perder su amor. No quiero ser un fracasado sin dignidad. Si crees que todavía mantenemos la misma amistad, lo que debemos hacer es morir los dos juntos al lado de esta mujer. No voy a pelear contigo, pero de aquí no me voy a ningún lado. Además, ya es tarde para huir”. A estas palabras mías, sobrevino un largo y pesado silencio. Jack fijó en mí su mirada feroz, encendida por la llama de los celos, para acosarme con evidente repugnancia, pero al fin me soltó. Se levantó decididamente y empezó a caminar con impaciencia sobre el piso inclinado, dando vueltas interminables.

Más allá de la ventana ya se veía el humo que salía en abundancia desde algún lugar cercano. Fuera porque todos los residentes del edificio hubieran muerto o porque ya habían huido, no se sentía ninguna presencia humana en los apartamentos ni en los pasillos. A lo lejos se escuchaban explosiones esporádicas y el ruido crepitante de los incendios que acababan con las casas de madera, y se palpaba en el aire el alboroto y la desesperación, pero ese desorden exterior sólo servía para resaltar el silencio funesto del cuarto. Pronto Jack, que seguramente logró dominar al fin la violencia de sus celos, me enfrentó con calma para ofrecerme su mano y dijo con una voz lastimosa: “Dick, discúlpame por haber tratado de sacarte de aquí a la fuerza. Tienes razón, ya no hay tiempo para escapar. Quedamos empatados en este juego de amor. Te pido disculpas y quiero que seamos amigos de nuevo. Y le daremos el último beso a Katinca”. Después de sostenerme largamente la mano, Jack avanzó algunos pasos firmes hacia Katinca que seguía amarrada en el rincón. “Katinca”, le dijo, “me gustaría soltarte, pero si lo hago, seguro que vas a intentar inútilmente escapar. Hasta el momento en que el fuego llegue hasta aquí y el cuarto se llene completamente de humo, no te voy a soltar. Lo siento mucho, pero resígnate. Ya no hay remedio. Acabas de escuchar toda la historia. Dick y yo vamos a morir juntos. Consuélate por haber tenido en esta vida a dos hombres enamorados de ti hasta la locura”. Fue justo en el momento en que Jack se puso de rodillas para abrazarle las piernas, como si dedicara una oración a una estatua sagrada, o mejor dicho, como si tratara de aplacar la ira de una diosa, cuando los labios de Katinca esbozaron una sonrisa maliciosa, que se proyectó hasta sus pálidas mejillas. “Mira, Jack, si sólo ustedes dos mueren conmigo, Bob les guardará rencor. ¿Por qué no lo traes hasta acá?” Hablando así en un tono solemne, movió nerviosamente los hombros como si estuviera oponiendo la última resistencia a la muerte inminente. “Bueno, lástima no poder ver a Bob, pero ¿qué se puede hacer?” “Sí, puedes hacer algo, lo puedes traer inmediatamente”. Al escuchar estas palabras enigmáticas, Jack me miró y, compadecido, empezó a escrutar el rostro de Katinca. “Estás loca, pobre Katinca. ¿De dónde puedo sacar a Bob?” “No estoy loca. El loco serás tú, que me tratas de esta forma tan terrible. Bob está aquí abajo, justo debajo del piso donde estoy parada”. Su voz sonaba tranquila aunque un tanto fingida, y tenía un tono helado que nos espantó con su poder sombrío. “Sí, Bob está en el apartamento de aquí abajo, pero debe estar aplastado. Si estuviera vivo, habría venido a salvarme, pero seguro que ya está muerto. Anda, Jack, quita esas tablas del piso y tráeme al pobre Bob. Quiero darle un beso al primero de los tres hombres que me han amado hasta la muerte”. Sólo al escuchar estas palabras, me di cuenta de que había desaparecido un piso entero del edificio y que el segundo piso donde estábamos había quedado a nivel del suelo. Pero ¿cómo es posible que Bob esté en el apartamento de abajo? ¿No será que Katinca, después de mandar a Jack en busca de Bob, intentará salvarse seduciéndome con sus artimañas? A Jack también le entró la misma duda, pero permaneció perplejo ante las palabras inesperadas de Katinca. “Te lo voy a contar sin ningún cuidado, ya que vas a morir pronto”, empezó a decir Katinca con su risa descarada. “No sabes todavía cuánto te he engañado hasta ahora. Bob está aquí abajo, porque yo tenía también ese apartamento alquilado, para así poder manejar a los tres a mi antojo”.

»Esta revelación desvergonzada, que terminó confirmando la sospecha que nos había acosado todo el tiempo, nos cayó literalmente como un golpe de gracia. Pálido y tembloroso, Jack se quedó sin palabras, y con los puños apretados me hizo pensar que iba a golpear a Katinca, pero se alejó al tiempo que me dirigía estas palabras: “Dick, te encargo a esta traidora. Que jamás se te ocurra desatarla”. Después de romper varias tablas del piso para agrandar el boquete, Jack pasó al apartamento de abajo. Al mismo tiempo, de la ventana abierta entró un torbellino de chispas. Katinca, que se encontraba en medio de las chispas que le quemaban la cara y la cabeza, cuyo cabello, rojo por naturaleza, parecía realmente tomar el color rojo del fuego, seguía atada a la cama como una estatua sagrada. ¿Quién habría visto en este mundo una escena tan bella pero, a la vez, tan espantosa? “Anda, Dick, no pierdas tiempo”, me azuzó mi amada bajo el humo, “¡Suéltame, y llévame hasta donde puedas! Si nos sigue Jack, mátalo sin vacilar con la pistola”. “Pero ¿dónde está la pistola?”, la pregunta me salió espontáneamente, porque la palabra pistola me había desconcertado durante unos segundos. “Ahí en el cajón del tocador…” No sé si me poseyó algún demonio o si me empujó una fuerza superior a mi voluntad, pero lo cierto fue que saqué la pistola después de haber gateado unos pasos bajo el humo asfixiante. Y justo en ese momento, Jack regresó, cargando sobre la espalda el cuerpo ya totalmente frío de Bob, con el rostro desgarrado por un golpe y manchado por un chorro de sangre que le salía de la herida abierta en la mejilla…

»Lo que sucedió después es algo que aún me horroriza al tratar de contarlo. Le dije a Jack: “Oye, Jack, nosotros no podemos ser amigos. Decidámoslo todo en un duelo. Si gano yo, suelto a Katinca para salvarla, a ver si podemos atravesar la barrera de fuego”. “Bueno, pero entonces, me toca a mí primero”, al decirlo, Jack me arrebató la pistola, pero apenas me apuntó, cambió rápidamente la dirección para disparar varias veces sobre Katinca. Una de las balas alcanzó mi rodilla cuando traté de protegerla…

»Me preguntará usted: ¿cómo pude salvarme? Después de matar a Katinca, Jack, gritando: “¡Yo gané!”, se dio muerte a sí mismo con un disparo en el pecho. Al quedarme solo, habiendo perdido en un segundo a mis tres amigos, repentinamente me sentí apegado a la vida. Con un cuchillo le corté un puñado de cabellos a Katinca. Con los cabellos bien guardados dentro de mi ropa, comencé a huir del fuego creciente, arrastrando la pierna lesionada, pero fue por puro milagro que logré salvarme. 

Dick esculcó en el interior de su traje, y agregó:

—¿Sabe? Todavía guardo bien los cabellos. Mire este puñado rojo de fibras sedosas, tan bonitas…

Abrió un sobre cuadrado para dejar caer sobre la palma de la mano un puñado de cabellos.

Contemplé el objeto en su palma, y me pareció que el color rojo reflejaba todavía el fuego de su pasado. Tuve un escalofrío repentino y doblé más el cuerpo encima de la estufa.


En Historia de la mujer convertida en mono - Siete cuentos japoneses
© 2007
Traducción: Ryukichi Terao
Revisión y prólogo: Ednodio Quintero
Foto: s-d