6 jul. 2014

Henry Miller - Epaminondas y Louis Armstrong




Señora, es así... Había una vez un país... Y no había en él ni vallas ni huertos. Había un tipo Boogie Woogie, cuyo nombre era Agamenón. Al cabo de un tiempo engendró dos hijos. Epaminondas y Louis Armstrong. Epaminondas estaba hecho para la guerra y la civilización, y a su traicionero modo (que hizo llorar hasta a los mismos ángeles) realizó sus sueños llevando la peste blanca que terminó en los sótanos del palacio de Clitemnestra, donde está hoy día la letrina. Louis estaba hecho para la paz y la alegría. «La paz es maravillosa», cantaba durante todo el día.

Agamenón, viendo que uno de sus hijos era inteligente, le compró una trompeta de oro y le dijo: «Ve ahora por el mundo a trompetear paz y alegría». No dijo ni una palabra sobre vallas, jardines o huertos. Sólo dijo: «Ve, hijo mío, y lleva tu mensaje por la Tierra». Y Louis se fue por el mundo, que había ya caído en un estado de tristeza, llevando solamente la trompeta de oro. Louis se dio cuenta en seguida de que el mundo se dividía en blanco y negro, con sus facetas vivas y crueles. Louis quiso transformar todo en oro, no como las monedas o los iconos, sino como espigas de trigo maduro, dorado como el cetro, de un oro que todos pudieran mirar, palpar y revolcarse en él.

Llegó hasta Monemvasia, que está en la extremidad meridional del Peloponeso. Allí subió al directo de Memphis. El tren estaba abarrotado de blancos, a los que su hermano Epaminondas había enloquecido de miseria. Louis tenía un gran deseo de bajar del tren y atravesar con sus pies dolientes el Jordán. Quería darse una vuelta por el azul, hacer saltar la tapadera que lo oprimía. Ocurrió que el tren se detuvo en el empalme de Tuxedo, no lejos de la esquina de Munson Street. Ya era hora de que llegase, porque Louis estaba a punto de desplomarse. Y entonces se acordó de lo que su padre, el ilustre Agamenón, le había dicho un día: «Primero emborráchate tranquilamente, ¡y luego, sopla!» Louis llevó la trompeta a sus gruesos labios y sopló. Sopló una sola nota, grande, enorme y agria, como una rata que explota, y se le inundaron los ojos de lágrimas y el sudor le corrió por la nuca. Louis sentía que llevaba paz y alegría al mundo. Llenó de nuevo sus pulmones y sopló una nota fundida, que subió tan alto en el azul que se heló y permaneció suspendida en el cielo como un diamante astral. Louis se levantó y retorció la trompeta hasta que se quedó convertida en un brillante pan¬deo de éxtasis. El sudor regaba su cuerpo. Louis era tan feliz, que incluso sus ojos comenzaron a sudar y formaron dos alegres estanques de oro, a uno de los cuales bautizó con el nombre de rey de Tebas, en honor de Edipo, su pariente más próximo, que había vivido para encontrar la Esfinge.

Y un día llegó, el cuatro de julio, que es el día de Dipsy-Doodle en Walla Walla. Louis había hecho por ese tiempo algunos amigos, mientras proseguía su camino a través del mundo. Uno de ellos era un conde y otro un duque. Llevaban pequeñas ratas blancas en la punta de sus dedos, y cuando no podían permanecer por más tiempo en ese triste cubo de porquería que es el mundo de los blancos, mordían con la punta de sus dedos, y el sitio donde mordían se parecía a esos laboratorios llenos de conejos de Indias enloquecidos por los experimentos. El conde era un especialista de dos dedos, de pequeña estatura, redondo como una rotonda y con un pequeño bigote. Él siempre comenzaba de esta manera: bink-bink. Bink para el veneno y bink para el incendio premeditado. Era tranquilo y juicioso, una especie de gorila introvertido que, cuando se sumergía en las profundidades del gerundio, hablaba francés como un marqués o chapurreaba el polaco o el lituano. Nunca comenzaba dos veces de la misma manera. Y cuan¬do llegaba al final, a diferencia de otros envenenado¬res e incendiarios, se detenía. Se detenía de repente y el piano se hundía con él, y también las pequeñas ratas blancas. Hasta la próxima vez...

El duque, por su parte, se dejaba caer de lo alto del cielo en un albornoz forrado de plata. El duque había sido educado en el Paraíso, donde desde muy temprana edad había aprendido a tocar el arpa y otros instrumentos vibrátiles del reino celeste. Era de modales suaves y siempre dueño de sí mismo. Cuando sonreía se formaban en sus labios guirnaldas de ectoplasma. Su capricho favorito era el añil, que es el de los ángeles cuando el universo está hundido en el sueño.

Naturalmente, no eran ésos sus dos únicos amigos; estaba también Joe, el querubín de chocolate; Chick, a quien le nacían ya las alas; Big Sid, Fats y Ella; y a veces Lionel, un muchacho de oro, que lo llevaba todo en su sombrero. Y Louis estaba siempre, Louis tal como es, con su gran sonrisa de un millón de dólares, como la misma llanura de Argos, con las ventanas de su nariz lisas, pulidas, brillantes como las hojas de la magnolia.

El día de Dipsy-Doodle se reunían todos alrededor de la trompeta de oro, y hacían mermelada, mermelada de misioneros. Dicho con otras palabras, Chick, que era como un relámpago pigmentado, luciendo siempre sus dientes y escupiendo globos y dados, tejía su tela de araña hasta la jungla ida y vuelta en menos que canta un gallo. ¿Para qué hacía eso?, se preguntará usted. Pues para traer un misionero gordo y grasiento, y hacerlo hervir en aceite. Joe, que tenía por oficio dar esa tranquilizadora sensación que confiere la presencia de alguien, quedaba al fondo, como una pelvis de caucho.

Hervidos vivos, con plumas y todo, así es como funciona el Dipsy-Doodle. Es bárbaro, señora, pero es así. No hay más huertos, no hay más vallas. El rey Agamenón dice a su hijo: «Tráeme ese país, muchacho». Y el muchacho tiene que traerle el país entero. Tiene que traerlo a toques de trompeta. Tiene que traer cetros dorados y amarillos sasafrás, tiene que traer gallipollos y perros de agua, sanguíneos como tigres. No más misioneros con su cultura, no más Pammy Pamondas. Podría ser Aníbal en el Missouri, podría ser Cartago, Illinois. Podría ser la Luna que está baja, podría ser una especie de funeralización. Podría no ser nada, por¬que no he encontrado todavía nombre para darle.

Señora, voy a soplar en tono bajo, tan bajo que va usted a estremecerse como una serpiente. Voy a dar una nota a la manera de esas ratas que explotan, y a enviarle a usted al reino del futuro. ¿Oye ese barullo? ¿Oye ese gemir y ese deshincharse? Es Boogie Woogie que toma aliento. Es el señor misionero que echa espuma en la olla. ¿Oye esos gritos agudos? Es Meemy la Meemer. Es pequeña, como hecha a ras de tierra. Mermelada para hoy, mermelada para mañana. Nadie tiene pesar, nadie se preocupa por nada. Ya nadie muere triste. Porque el viejo país de la alegría está lleno de trompetas. ¡Sopla, viento! ¡Sopla en el ojo, polvo! ¡Sopla, quema y seca, sopla, broncea, desnuda! ¡Sóplame bajo esos huertos, sóplame bajo esas vallas! Boogie Woogie ha vuelto. Boogie Woogie hace bink-bink. Bink para el veneno, bink para el incendio premeditado. Boogie Woogie no puede tener pies, no puede tener manos. Boogie Woogie da latigazos arriba y abajo. Boogie Woogie grita. Boogie Woogie vuelve a gritar. Boogie Woogie, una y otra vez, grita, grita de nuevo. Ya no hay vallas, ya no hay árboles, ya no hay absolutamente nada. Tich y pich y pich y tich. Ratas que se mueven. Tres ratas, cuatro ratas, diez ratas. Un gallipollo, una rata.

Locomotora que hace chou-chou. El sol brilla y la carretera está quemada y polvorienta. Árboles que se derriten, hojas que se desvainan. No hay rodillas, no hay manos, no hay dedos de los pies, no hay dedos de las manos. Sólo hay maíz molido, y eso es todo. Boogie Woogie camina por la carretera con un banjo en las rodillas. Hay un tap-tap y un clac-clac. Hay un tap-tap Tappa-hanna y un clac-clac Claccahanna. Hay sangre en los dedos, y hay sangre en los cabellos. Hay un flap-flap, y hay un flapí, hato y violín, sangre en las rodillas.

Louis ha vuelto al país, con una herradura alrededor del cuello. Está preparado para soplar una de esas notas semejantes a la rata que explota, nota que golpeará el azul y el gris hasta dejarlos en torcida torquemada. ¿Por qué tiene que hacer eso? Sólo para demostrar que está contento. ¿Qué han traído de bueno a nadie todas las guerras, todas las civilizaciones? Nada más que sangre por todas partes, y gente que ruega por la paz.

En la tumba en que lo enterraron vivo, gime su padre Agamenón. Agamenón era un hombre deslumbrante como un dios; era, en efecto, un dios. Engendró dos hijos, que se fueron lejos, cada uno por su lado. Uno sembró por el mundo la miseria, el otro la alegría.

Señora, pienso en usted en este momento. Pienso en ese dulce y fétido hedor del pasado que usted exhala. Usted es la señora Nostalgia, pudriéndose en el cementerio de los sueños invertidos. Usted es el fantasma en raso negro de todo lo que rehúsa morir de muerte natural. Usted es el clavel de papel de la débil y vana feminidad. La repudio a usted, a su país, a sus vallas, a sus huertos, a su clima templado y a su cielo blanquea¬do a mano. Llamo a los malévolos espíritus de la selva, para que os asesinen en vuestro sueño. Vuelvo contra usted la trompeta de oro, para que le acose en sus últimos momentos. Usted es lo blanco de un huevo podrido. Usted hiede.

Señora, hay que elegir siempre entre dos caminos a tomar; uno lleva a la seguridad y a la comodidad de la muerte, el otro conduce no se sabe dónde, pero va recto. A usted le gustaría volver a sus curiosas tumbas de piedra y a sus vallas de cementerio familiar. Vaya, pues, caiga de nuevo en lo más profundo, en el fondo impenetrable del océano de la destrucción. Vuelva a caer en ese sangriento letargo que permite a los idiotas coronarse reyes. Vuelva a caer y retuérzase convulsiona¬da con los gusanos de la evolución. Yo sigo adelante. Sigo adelante, pasados los últimos escaques blancos y negros. La partida ha terminado, las piezas han desaparecido, las líneas se han borrado, el ajedrez se ha enmohecido. Todo se ha vuelto bárbaro.

¿De dónde viene tan exquisita barbarie? Del pensamiento de destrucción. Boogie Woogie ha vuelto con las rodillas llenas de sangre. Ha hecho un one o'clock jump en el país de Josafat. Lo llevaron para dar una vuelta en calesa. Han vertido petróleo en su ensortijado cabello, y después lo han hecho freír boca abajo. A veces, cuando el conde hace bink-bink, cuando se dice, ¿qué clase de doliente tonada voy a tocar ahora?, se oye la carne encogerse y estirarse. Cuando aún era pequeño y humilde lo aplastaron contra el suelo, como si fuera patata prensada. Cuando se hizo mayor y más importante, lo engancharon de la tripa con una horquilla.

Epaminondas hizo una buena tarea civilizando a to¬dos a fuerza de asesinatos y odio. El mundo se ha con¬vertido en un enorme organismo muriéndose con veneníf de ptomaína. Se ha envenenado en el preciso momento en que todo estaba magníficamente organizado. Se ha convertido en un cubo de tripa, en la blanca y gusarapienta tripa de un huevo podrido y muerto en la cáscara. Ha traído ratas y piojos, ha traído pies mutilados en las trincheras y dientes cariados en las trincheras, ha traído declaraciones, preámbulos, protocolos, ha traído gemelos estevados y calvos eunucos, ha traído la Christian Science, los gases venenosos, la ropa interior de plástico y zapatos de cristal y dientes de platino.

Señora, tal como lo entiendo, usted quiere conservar este ersatz —tristeza, proximidad y statu quo, envuelto todo en una gruesa pelota de carne. Usted quiere ponerlo en la sartén y freírlo cuando tenga usted hambre, ¿no es así? Es reconfortante, aunque no sea nutritivo, llamarlo civilización ¿me equivoco? Señora, usted está horrible, miserable, lastimosa e irrefragablemente equivocada. Le han enseñado a deletrear una palabra que carece de sentido. La civilización no existe. Lo que existe es un mundo enorme y bárbaro, y el nombre del cazador de ratas es Boogie Woogie. Éste tenía dos hijos, y uno de ellos se quedó atrapado en una retorcedora de ropa y murió completamente destrozado y contraído, golpeando con su mano izquierda como si fuera una enloquecida uña de ancla. El otro está vivo y procrea como las huevas de la alosa. Vive en una bárbara alegría sin nada más que su trompeta de oro. Un día adquirió la singular taberna de Monemvasia y, cuando llegó a Memphis, se levantó y sopló esa nota semejante a la rata gorda que explota, la cual percutiendo en la bola de carne la hizo saltar de la sartén.

La voy a dejar ahora, señora, a dejarla secar en su propia manteca ahumada. Voy a dejar que usted se disuelva hasta quedar en una mancha de grasa. La dejo para permitir que salga de mi corazón una canción. Me voy a Faestos, el último paraíso de la Tierra. Y es esto solamente un bárbaro ritmo para que usted tenga los dedos ocupados, cuando haga el punto hacia atrás. Si usted quisiera comprar una máquina de coser de segunda mano, póngase en contacto con Asesinato, Muerte, Estrago & Cía. de Oswego, Saskatchewan, ya que soy el único representante vivo y autorizado de esta firma en este lado del océano, y no tengo casa central permanente. A partir de este día, y en fe de lo cual, solemnemente sellado y registrado, firmemente renuncio, abdico, abrogo todos los poderes, firmas, sellos y buenos oficios en favor de la paz y alegría, polvo y calor, mar y cielo, Dios y ángel, habiendo desempeñado con mi mayor habilidad todos los deberes de comerciante, asesino, violador, matachín, y traidor de la manchada y civilizada máquina de coser, fabricada por Asesinato, Muerte, Es¬trago & Cía. de los Dominios de Canadá, Australia, Terranova, Patagonia, Yucatán, Schleswig-Holstein, Pomerania y otras provincias aliadas y satélites, registradas en el acta de muerte y destrucción del planeta Tierra durante la antigua hegemonía de la familia del Homo Sapiens en estos últimos veinticinco mil años.

Y ahora, señora, ya que por los términos de este contrato tenemos solamente unos pocos miles de años para correr, digo bink-bink y le deseo un buen día. Definitivamente, éste es el final. ¡Bink-bink!


En El coloso de Maroussi

Traducción: Eduardo Gil Novales
Imagen: © Bettmann/CORBIS