12 jul. 2014

Elías Canetti: Realismo y nueva realidad






El realismo fue, en un sentido estricto, un método tendiente a conquistar la realidad para la novela. La realidad total: era muy importante no excluir nada de esta realidad por convencionalismos estéticos o de moral burguesa. Era la realidad tal como la veían unos cuantos espíritus imparciales y abiertos del siglo XIX. Pero ya por entonces no veían todo, y esto les fue debidamente echado en cara por aquellos de sus contemporáneos que se dedicaban a otros ejercicios, aparentemente descaminados. Suponiendo, sin embargo, que pudiéramos afirmar hoy con seguridad que los pocos realistas verdaderamente importantes alcanzaron su objetivo, que lograron conquistar su realidad total para la novela y que su época ha quedado íntegramente reflejada en sus obras, ¿qué significaría esto para nosotros? ¿Podrían acaso utilizar los mismos métodos quienes, como hombres de nuestro tiempo, como realistas modernos, persiguen el mismo fin?

Intuimos cuál será la respuesta. Pero antes de darla, pensemos un poco en qué se ha convertido la realidad de aquel tiempo. Se ha transformado en proporciones tan monstruosas que el simple hecho de vislumbrar este cambio nos sume en una perplejidad sin precedentes. Un intento de superar esta perplejidad nos llevaría, en mi opinión, a distinguir tres aspectos esenciales en esta transformación. Hay una realidad creciente y una realidad más exacta; y, en tercer lugar, existe la realidad de lo venidero

Es fácil comprender a qué nos referirnos con el primero de estos aspectos, el de la realidad creciente: a que hay muchas más cosas por ahí; no sólo numéricamente, es decir, más hombres y objetos, sino que también cualitativamente hay un sinfín de otras cosas. Lo viejo, lo nuevo y lo distinto afluyen de todas partes. Lo viejo: cada vez se desentierran culturas más antiguas, la historia y la prehistoria retroceden continuamente. Un arte primitivo de misteriosa perfección nos ha arrebatado para siempre el orgullo que nos inspiraba el nuestro. La Tierra ha vuelto a poblarse con sus muertos más antiguos. Han resucitado de sus huesos, utensilios y pinturas rupestres y viven en nuestra imaginación como los egipcios y cartagineses vivían en la de los hombres del siglo pasado. Lo nuevo: pues muchos de nosotros nacieron antes de que el hombre volara y ahora han volado con toda seguridad a Viena, por ejemplo. Uno que otro entre los más jóvenes será algún día enviado como turista a la Luna y se avergonzará, a su vuelta, de publicar una descripción de algo tan banal, así como yo me avergonzaría ahora de enumerar otras "novedades". En mi niñez aún se iban presentando como milagros aislados y numerables: mi primera luz eléctrica, mi primera llamada telefónica, etc. Hoy en día las novedades revolotean por millares en torno a nosotros, como nubes de mosquitos.

Además de lo viejo y lo nuevo, he mencionado también lo distinto que afluye de todas partes: las ciudades, países y continentes extranjeros de fácil acceso, el segundo idioma que casi todo el mundo aprende junto al suyo propio, y muchos estudian ya un tercero o un cuarto. La investigación exacta de culturas foráneas, las exposiciones de sus artes y las traducciones de sus literaturas. El estudio de los pueblos primitivos aún existentes: su forma de vida material, la estructuración de su sociedad, sus formas de fe y sus ritos, sus mitos. Lo que hay de realmente distinto en todo aquello, los fecundos y emocionantes hallazgos de los arqueólogos, es inconmensurable y no puede medirse en ningún caso —como antes suponían todos y aún hoy quisieran suponer unos cuantos— con unas pocas varas. Para mí, personalmente, este crecimiento de la realidad es de la máxima importancia, toda vez que su apropiación exige más esfuerzo que la de lo simplemente nuevo y evidente a todo el mundo; pero acaso también porque provoca una sana reducción de nuestro orgullo, que suele inflarse con las novedades. Nos damos cuenta, por ejemplo, de que todo está prefigurado en ciertos mitos: son conceptos y deseos antiquísimos que hoy en día realizamos fugazmente. Pero nuestra propia capacidad de inventiva es lamentable en lo que a nuevos deseos y mitos se refiere. Damos vueltas a los viejos como a ruidosos molinillos de oraciones, y a veces ni sabemos qué significan sus plegarias mecánicas. Es una experiencia que a nosotros, los escritores, abocados sobre todo a inventar mundos nuevos, debiera darnos mucho que pensar. Por último, no quisiera dejar de mencionar que lo distinto, que sólo ahora empezamos a notar seriamente, no se limita a los seres humanos. La vida, tal como los animales la han vivido siempre, adquiere para nosotros un sentido diferente. El conocimiento cada vez mayor de sus ritos y sus juegos demuestra que esos seres, a los que hace trescientos años declaramos oficialmente máquinas, poseen también una especie de civilización comparable a la nuestra. 

La ampliación de este siglo, su realidad creciente dentro de una aceleración cuyos objetivos son imprevisibles, constituye también su confusión.

El segundo aspecto, el de la realidad más exacta, entronca directamente con el anterior. El origen de esta exactitud es evidente: se halla en la ciencia, más concretamente en las ciencias naturales. Ya los autores de novelas realistas del siglo XIX se remitían a la ciencia al crear sus obras mayores: Balzac quería explorar y clasificar la sociedad humana con la misma escrupulosidad del zoólogo que estudia el reino animal. Su gran ambición era ser un Buffon de la sociedad. Zola, en su manifiesto sobre la novela experimental, sigue muy de cerca al fisiólogo Claude Bernard y cita páginas enteras de su Introduction a l'étude de la médecine expérimentale. Las ciencias sistemáticas como la zoología, que había embelesado a Balzac, ya no le bastan a Zola: estaba convencido de que el novelista ha de tomar como modelo la ciencia experimental, y creía muy seriamente que en su obra estaba aplicando los métodos del fisiólogo Bernard. La ingenuidad de esta teoría es evidente, y no vale la pena malgastar más palabras comentándola. (Además sería peligroso aplicarla al juzgar del mayor o menor valor de las obras adscritas a ella.) Conviene retener, eso sí, que la adscripción a métodos o teorías científicos se sigue practicando y que, en realidad, nunca se ha interrumpido desde entonces. Y no deja de ser una suerte que existan tantas y tan diversas disciplinas y orientaciones científicas. La influencia de William James perjudicó tan poco a Joyce como la de Bergson a Proust, y Musil consiguió, gracias a la psicología de la Gestalt, protegerse del psicoanálisis, que hubiera matado su obra. La exactitud se refleja asimismo en la tendencia a la totalidad integradora que caracteriza a Joyce: un día único, pero explorado en su totalidad, en cada movimiento de quienes lo están viviendo; sin perder ni dejar de lado un solo momento, el libro se identifica con el día.

Sin embargo, lo que aquí quisiera subrayar es el influjo de la precisión y de los métodos científicos sobre la realidad en general. Pues los procesos técnicos en cuanto tales contribuyen también a consolidar esta precisión de la realidad: el número de laboratorios en los que trabaja cada vez más gente. Muchas ocupaciones que pertenecen a la rutina diaria sólo pueden salir bien si se actúa con extrema precisión. El sector de las actividades y conocimientos "aproximados" tiende a menguar rápidamente. Se mide y se pesa con unidades cada vez más pequeñas. Una parte siempre mayor de trabajo mental nos es arrebatada por aparatos que son más fiables que nosotros mismos. El control que se ejerce sobre todo lo existente, vive de su precisión. El interés por las máquinas se extiende prácticamente a todos los jóvenes. De la precisión de los aparatos destinados a la destrucción depende que destruyan su objetivo y no, antes de tiempo, su lugar de origen. Incluso un ámbito humano tan peculiar y antiguo como la burocracia se empieza a modificar en este sentido, y cabe suponer que, en fecha próxima, los funcionarios podrán entender y reaccionar en forma precisa e inmediata con ayuda de aparatos. El aumento de la especialización progresa mano a mano con el de la exactitud. La realidad se halla dividida, repartida, y puede ser captada hasta en sus unidades más pequeñas desde muchas perspectivas.

Como tercer aspecto de la realidad he mencionado la realidad de lo venidero. Lo venidero se presenta ahora en forma muy distinta: se acerca más rápidamente y es convocado de manera consciente. Sus peligros son nuestra obra más característica; pero también lo son sus esperanzas. La realidad de lo venidero se ha escindido: por un lado la destrucción; por el otro, la vida mejor. Ambas opciones actúan simultáneamente en el mundo y en nosotros. Esta escisión, este futuro doble es algo absoluto y no hay nadie que pueda prescindir de él. Cada cual ve al mismo tiempo una figura oscura y otra clara que se le aproximan a una velocidad angustiante. Por más que mantengamos una a la distancia sólo para ver a la otra, ambas se encuentran siempre allí.

Hay motivos suficientes para apartar, a veces, la vista de una de ellas: la oscura. En todas las regiones del planeta, y en las formas más diversas, hay utopías a punto de convertirse en realidad. La era del escarnio y envilecimiento de la utopía ya ha pasado. No existe utopía que no pueda realizarse. Hemos descubierto los medios y las vías para convertirlo todo en realidad, absolutamente todo. La osadía de la voluntad utópica se ha incrementado de tal modo que ya no reconocemos del todo y más bien evitamos la palabra utopía en su coloración arcaica y ligeramente despreciativa. Las utopías son fragmentadas en segmentos y abordadas como proyectos que se extienden a lo largo de un número determinado de años. Sea cual fuere el credo político de un Estado, no hay ninguno, entre los que se respetan y toman en serio, que opere sin planificación.

La fuerza impulsora de estas utopías es enorme, pero no les queda más remedio que atascarse de vez en cuando en lo existente. Lo cual no significa que, al cabo de una pausa respiratoria, no vuelvan a reflexionar sobre sí mismas. La confrontación de una utopía en vías de realización con la suma monstruosa de realidad transmitida acontece en el individuo que se encuentra en el ámbito de esta operación. Su optimismo puede desfallecer ante la magnitud de la exigencia utópica. Y la tortura que supone este agotamiento puede ser muy grande y opresiva para quien se haya tomado todo en serio. Quizás le resulte necesario atacar esa exigencia excesiva con burla y sarcasmo.

No olvidemos, sin embargo, que hay utopías de características muy diferentes y que todas operan simultáneamente. Las utopías sociales, técnico-científicas y nacionales se van robusteciendo y desarrollando unas a otras. Protegen su propio proceso de realización creando armas destinadas a intimidar. Ya sabemos qué tipo de armas son éstas. Su aplicación fáctica no se dirigiría con menos violencia contra quien las aplica. Y cada cual presiente este lado oscuro de lo venidero, que puede convertirse en realidad. La existencia de este tipo de armas ha llevado por vez primera en la historia de la humanidad a un consenso sobre la necesidad de la paz. Pero mientras de este consenso no surja algún planeamiento capaz de hacer frente a todos los peligros y de ser realizado en cada caso el lado oscuro de lo venidero seguirá siendo una parte decisiva de la realidad, su amenaza angustiosamente cercana y permanente.

Y es en particular este doble aspecto de lo venidero —activamente deseado y activamente temido— lo que distingue la realidad de nuestro siglo de la del siglo pasado. El elemento creciente y de mayor exactitud que posee ya había empezado a perfilarse entonces, y sólo se diferencia por su velocidad y sus magnitudes. El aspecto de lo venidero es fundamentalmente distinto, y podemos afirmar sin exageración que vivimos en un período de la historia que ya no tiene en común con el de nuestros abuelos algo muy importante: ya no posee un futuro no escindido.

Cabe esperar que uno o varios de los aspectos de nuestra realidad que acabo de describir someramente se perfilen en la novela de nuestra época que, en caso contrario, no podríamos denominar realista. Será ahora tema de nuestros diálogos determinar en qué medida esto ya se ha cumplido, y en qué medida podría aún cumplirse.

1965


En La conciencia de las palabras 
Título original: Das Gewissen der Worte
Traducción de Juan José del Solar (1981)
Foto original color: Elías Canetti por Werner Gadliger, 1994