19 jul. 2014

Christopher Hitchens - Una coda sobre la cuestión del suicidio





A lo largo de las últimas cuatro décadas, me he sumergido intermitentemente en deprimentes intentos de imaginar o «meterme» en el estado de ánimo de mi madre cuando decidió que no merecía la pena vivir el resto de su vida. Hay una literatura considerable sobre el tema y me he esforzado en escudriñarla, pero toda me ha parecido demasiado pesada, general y sociológica como para servir de mucha ayuda. Además, la escritura sobre el suicidio en nuestra época se ha producido generalmente mucho después de que el propio acto dejara de ser considerado ipso facto inmoral o merecedor de una ronda extra de dolor y castigo post mórtem en la eternidad. Yo mismo me quedé bastante atónito, cuando trataba con el capellán anglicano del cementerio protestante de Atenas (que era el único lugar de descanso acorde con los deseos de mi madre), al descubrir que esa época no había terminado del todo. El reverendo, con rostro de cordero, no quería hacer su trabajo. Farfulló algo sobre la dificultad de enterrar a los suicidas en suelo sagrado, y puede que tuviera algo que decir acerca de que mi madre hubiera cometido adulterio… En todo caso, extendí algo de dinero hacia él y se volvió mohínamente obediente como suele hacer el clero. Aunque tuvo suerte, porque yo no podía sentir más antipatía y desprecio por su enfermiza religión de lo que ya sentía. Si hubiera sido un protestante genuino de cualquier convicción, habría aprendido pronto cuál es el tacto de una bota estampada en su marchito trasero. (Al salir, a través de los circundantes recintos ortodoxos, me detuve para dejar unos claveles rojos en la enorme pila de tributos que había sobre la tumba del gran Giorgos Seferis, poeta nacional griego y enemigo de toda superstición, cuyo funeral en 1971 había propiciado una silenciosa manifestación masiva contra la junta.

En un grado extraordinario, la moderna escritura sobre el suicidio asume como punto de partida la muerte de Sylvia Plath. Cuando leí por primera vez La campana de cristal, la frase que más me impactó era la que utilizaba para describir la ciudad de su padre. Otto Plath había nacido en Grabow, un lugar aburrido en lo que solía llamarse «el corredor polaco». La mujer enferma de angustia que era su hija describió el lugar como «una aldea maníaco-depresiva en el negro corazón de Prusia». Su poema «Papi» debe de ser el veredicto más estricto de una hija a un progenitor masculino desde la última reunión de la casa de Atreo, e incluye la opinión especialmente perturbadora de que, a causa del maltrato paterno, «toda mujer ama a un fascista […] la bota en la cara».[5]

Los antepasados de mi madre procedían de una localidad pequeña y definitivamente bastante angustiada de la Prusia germano-polaca, y su padre había hecho sufrir a su madre terriblemente antes de desmaterializarse en la niebla de la guerra, pero Yvonne no era una de esas personas que, después de que otros les hagan daño, hacen el «daño a cambio». Más bien esperaba que recayera sobre ella la tarea de proteger a otros frente a ese dolor. No creo, por llamativa que sea la imagen, que toda una «aldea» pueda ser maníaco-depresiva. Sin embargo, puedo perdonar a la Plath su metáfora posiblemente subconsciente porque la mayor parte de lo que aprendí sobre el trastorno bipolar lo aprendí de Hamlet.

«Desde hace un tiempo —nos cuenta el príncipe de Dinamarca—, no sé la razón, he perdido la alegría.» Todo el que vive ha experimentado en ocasiones esa sensación, pero los versos que la acompañan son la mejor definición de la tristeza que se ha hecho nunca. («Cansado de vivir, con miedo a morir» es la segunda mejor condensación, y aparece en «Old Man River».) ¿Quién continuaría con el infinito tedio y la potencial desgracia si no pensara que la extinción es todavía menos deseable o que —como se dice en otro de los volubles monólogos de Hamlet— «el Dios eterno» no ha «dictado su ley contra el suicidio»?

Según el estudio de Giles Romilly Fedden, hay catorce suicidios en ocho obras de Shakespeare, entre los cuales se incluyen los deliberados y en apariencia nobles finales de Romeo, Julieta y Otelo. Es interesante que solo Ofelia, cuya muerte por mano propia no es estrictamente intencionada, sea objeto de la condena del clero. Mi indiferencia hacia la religión y mi rechazo a dar crédito a todo parloteo sobre una vida después de la muerte me han privado, por desgracia, de la sincera satisfacción que disfruta Laertes, hermano de Ofelia, cuando planta cara al clérigo moralista y dice:

Y a ti, cura brutal, te digo:
ángel intercesor será mi hermana mientras tú aúlles
en los infiernos.

Memorable, sin duda, pero demasiado dependiente de la maldad y estupidez del dualismo cielo/infierno, y de poca utilidad para mí a la hora de entender cómo una persona considerada, afectuosa y alegre como Yvonne, que gozaba de una salud razonable, quería dejarlo todo. Pensé que podría tener algo que ver con lo que los especialistas llaman «anhedonia», o la repentina incapacidad de obtener placer de nada, especialmente de lo placentero. Al Álvarez, en su arduo y exigente estudio del tema, El dios salvaje, vuelve a menudo al suicidio de Cesare Pavese, que se quitó la vida en la aparente plenitud de sus facultades. «El año antes de morir entregó dos de sus mejores novelas. […] Un mes antes del final, recibió el Premio Strega, el mayor homenaje que puede obtener un escritor italiano. “Nunca he estado tan vivo como ahora», escribió, «nunca he sido tan joven.” Unos días después estaba muerto. Quizá la propia dulzura de sus poderes creativos hiciera que su depresión innata fuera más difícil de soportar.»

Eso es casi lo mismo que me dijo William Styron en una cena grasienta en Hartford, Connecticut, sobre un momento dorado en París en el que esperaba recibir un enorme premio en metálico, una medalla y una insignia por sus logros literarios y una cena estupenda a la que estaban invitados todos sus amigos. «Miré anhelante desde el vestíbulo a la calle. Y digo anhelante de verdad. Pensé: si pudiera lanzarme a través de esas pesadas puertas giratorias podría meterme bajo las ruedas de ese autobús misericordioso. Y entonces la agonía podría terminar».[6]

Pero mi pobre Yvonne nunca había sufrido un exceso de recompensas y reconocimiento, del tipo que a veces hace que la gente honrada se sienta avergonzada o incluso indigna. Sin embargo, lo que había hecho era enamorarse, algo por lo que suspiraba desde hacía mucho, e incluso entonces había descubierto que en parte era demasiado tarde para eso. En teoría tenía todo lo que podría haber deseado: un hombre encantador que la adoraba; un intervalo en el que sus hijos habían crecido y no necesitaba guardar un nido; una perspectiva de ociosidad y un marido que no querría vengarse. Muchas mujeres inglesas de su clase y su época se habrían considerado afortunadas en su situación. Pero en la práctica estaba al borde de la menopausia, había cambiado un marido servicial, ahorrador y devoto por un hombre imprevisor y voluble, para acabar descubriendo que «voluble» significaba en realidad… maníaco-depresivo. Quizá mi madre no necesitaba ni deseaba morir, pero necesitaba y deseaba a alguien que necesitaba y deseaba morir. Eso va más allá de la anhedonia.

Casos como el de mi madre también se apartan del amplio panorama que trazó Émile Durkheim sobre el lugar del suicidio en sociedades alienadas, desarraigadas e impersonales. Siempre he admirado a Durkheim por señalar que el pueblo judío inventó su propia religión (en oposición a la opinión absurda y totalitaria de que fue justo al revés), pero su categorización del suicidio no incluye el nicho del tamaño de Yvonne que llevo tanto tiempo intentando identificar y localizar. Clasificó la acción bajo las tres cabeceras de egoísta, altruista y anómico.

El «egoísta» tiene un título confuso, porque en realidad se refiere al suicidio como reacción a la fragmentación o atomización social: a períodos en que las viejas certezas o solidaridades se descomponen y la gente siente pánico, inseguridad y soledad. (Así, un corolario sería el hecho observable de que la tasa de suicidios cae en tiempos de guerra, cuando la gente se agrupa en torno a una bandera y también ve las propias pequeñas miserias en mejor proporción.) El «altruista» tiene asimismo una connotación que remite a los tiempos de guerra, porque denota la disposición a entregar la propia vida por el bien de un colectivo mayor, o posiblemente un colectivo menor como la familia o —el capitán Oates en la expedición condenada al fracaso de Scott— el grupo. Albert Camus aportó un bello resumen de este fenómeno al decir: «Lo que se llama razón para vivir también es una excelente razón para morir». Álvarez extiende los tropos de Durkheim para incluir fanatismos tribales y religiosos, como los pilotos kamikazes o los hindúes que estaban extáticamente dispuestos a arrojarse bajo las ruedas del Juggernaut impulsado por la divinidad. El suicidio «anómico», finalmente, es el resultado de un cambio súbito y estridente en la posición social de una persona. «Un divorcio doloroso o una muerte en la familia» se encuentran entre los ejemplos que Álvarez presenta como típicos.

Resulta interesante que esta taxonomía parece no decir nada sobre el «tipo» de gente que tiende al suicidio. Por experiencia diría que quizá existe ese tipo de personas, y que puede ser peligrosamente frívolo decir que quienes intentan suicidarse solo piden «ayuda». Sé de algunos que, tras una o incluso varias «tentativas» desganadas, pusieron fin a su vida de forma decidida. Pero, siguiendo cualquier medida imaginaria, Yvonne no pertenecía al «tipo». Aborrecía la auto-compasión y sospechaba de todo lo que era demasiado ostentoso o efusivo. Sin embargo, también había encontrado a alguien que tal vez era bipolar o pertenecía en otros sentidos al «tipo», y sin duda había sufrido una pérdida desgarradora, brusca y súbita de la posición social y seguridad (y respetabilidad) que siempre habían sido muy importantes para ella. Si a esto se une el miedo corrosivo a perder el atractivo… en todo caso, para mí, una lacerante separación matrimonial había llevado indirectamente a «una muerte en la familia».

Las categorías de Durkheim parecen casi demasiado grandiosas para el suicidio (cómo nos gustaría a todos que nuestras muertes poseyeran algo de sentido). El egoísta no lo cubre todo; ni tampoco lo hizo el altruista cuando leí sobre él; para mi oído marxista, la «anomia» solía ser lo que los meros individuos tenían en vez de lo que, con una mejor comprensión de su posición de clase, habrían reconocido como alienación. Yvonne era «anómica» entonces, pero también tenía un toque de altruista. De las dos notas que dejó, una (que, con perdón, no pienso citar) era para mí. La otra era para quien tuviera que cargar con la responsabilidad de encontrarla, o más bien encontrarlos. También me sentí bastante deshecho por la segunda nota: esencialmente, se disculpaba por el desorden y la incomodidad. Oh, mami, tan típico tuyo. En su comunicación privada daba la impresión de pensar que eso era lo mejor para todos, y que era en cierto modo un pequeño sacrificio que a largo plazo acabaría beneficiando a todos los que la adoraban. Se equivocó.

Para el anómico, es casi seguro que Pavese aportó el mejor texto al observar con bastante sequedad que «a nadie le falta una razón lo bastante buena para el suicidio». Y Álvarez proporciona a los suicidas el epitafio más amable, escribiendo que, al convertir la muerte en una elección consciente, «una suerte de libertad mínima —la libertad de morir de la manera que uno decide y en el momento que uno elige— es rescatada del naufragio de todas esas necesidades no deseadas».

Una vez hablé en una reunión en memoria de un suicida altruista: el estudiante checo Jan Palach, que se prendió fuego en la plaza Wenceslas de Praga para desafiar a los rusos que invadían su país. Pero desde entonces he tenido muchas oportunidades de sentir náuseas ante la mera idea del «martirio». Las mismas religiones monoteístas que condenan el suicidio individual tienen una tendencia a exaltar y elogiar en exceso a quienes se matan a sí mismos (y a otros) con un himno o una oración en los labios. Como casi todos los demás autores, Álvarez malinterpreta la Masada: dice que «cientos de judíos se suicidaron» allí «en vez de someterse a las legiones romanas». En realidad, unos fanáticos religiosos que habían sido expulsados incluso de otras comunidades judías asesinaron primero a sus propias familias y después se echaron a suertes el elevado deber de asesinarse unos a otros. Solo los últimos tuvieron que matarse a sí mismos.

Así, con la mente dividida una vez más, a menudo quiero estar de acuerdo con Augie March, el personaje de Saúl Bellow. Cuando sus mayores lo reprenden y le ordenan que se conforme y «acepte los datos de la experiencia», responde: «Nunca puede estar bien ofrecerse a morir, y, si eso es lo que te ofrecen los datos de la experiencia, entonces debes seguir adelante sin ellos». Sin embargo, mi siguiente tema es un hombre que durante mucho tiempo se ganó la vida enfrentándose a la muerte y que habría estado perfectamente dispuesto a ofrecerse a morir por una causa que consideraba (y que era) más grande que él.


Notas

[5] La escuela feminista ha mirado a menudo con clara desaprobación a su marido, Ted Hughes. Me resulta difícil imaginarlo maltratando a Sylvia físicamente, pero no hay duda de que podía mostrarse fabulosamente falto de sensibilidad. Una vez fui a tomar unas copas con él en el apartamento de mi amigo y editor Ben Sonnenberg, que por entonces estaba casi paralizado por completo a causa de la esclerosis múltiple. Hughes habló de forma monótona durante un tiempo lacerantemente largo sobre los poderes de un curandero de la aldea (quizá algo maníaco-depresiva) de Devonshire donde vivía. Al parecer, el chamán era inefablemente bueno con los lisiados. El encomio siguió y siguió. Yo no podía mirar a los ojos a Ben, pero desde su silla de ruedas preguntó por fin con loable ligereza: «¿Qué tal es con los enfermos de esclerosis múltiple». «Oh, no es nada malo», contestó Hughes, antes de retomar alegremente su relato, con la información de que ese chalado también podía curar a los animales de granja.


[6] En esa cena nos atendía un joven de rostro granujiento, cabello descuidado y conducta espantosamente pegajosa. Al devolver la tarjeta de crédito de Bill comentó que el nombre era casi el mismo que el de un escritor famoso. Bill no dijo nada. Atonalmente, el joven continuó: «Se llama William Styron». Dejé el asunto a Bill, que de nuevo esperó hasta que el chico dijo con naturalidad: «Bueno, el libro de ese tío me salvó la vida». En ese momento, Bill lo invitó a sentarse, y quedó finalmente convencido de que estaba en la misma mesa que el autor de Esa visible oscuridad. Parecía la escena de una transformación. Con voz entrecortada, nos contó cómo había buscado y encontrado la ayuda que necesitaba. «¿Esto te pasa mucho?», le pregunté más tarde a Styron. «Todo el tiempo. Hasta me llama la policía y me pide que me ponga y hable con el tío que quiere saltar.» 


En Hitch 22 - Confesiones y contradicciones
Título original: HITCH-22: A memoir
Christopher Hitchens, 2010
Traducción: Daniel Rodríguez Gascón
Foto: Christopher Hitchens, Washington 2011 © Brooks Kraft / Corbis