22 jun. 2014

Severo Sarduy - El instructor




Dos tigres de yeso pintado, ojos de cebolla, grandes colmillos, vigilaban la entrada posterior del templo. Había que saltar sobre un tabique laqueado rojo. Un pasillo oscuro, con lamparones de antiguos frescos ojos rasgados, banderines y cazamoscas, una orquídea, los pliegues concéntricos de un mentón— conducía hasta el patio que rodeaban cuartos en penumbra, repletos de cestos de mimbre y jarrones grises, de barro cuarteado. Pegados a las mesas cubiertas de pinceles y cuños, en camisetas churrosas, meditaban, la cabeza entre las manos, ancianos huesudos, de lacias barbas brillantes. Un chino regordete y guasón, en una silla recostada a la pared, se tomaba una cerveza a la entrada de uno de los cuchitriles; a su lado otro se reía, señalando, junto a un pozo, una gran pinga de cemento.

Detrás de ese patio, y al fondo de un pasadizo con ropa tendida, se abría una vasta nave de vigas negras; caían del cielo raso grandes lámparas de papel rosado impreso con búcaros y conchas, cintas de colores y guirnaldas escritas. Afuera se oían los timbres de los cochecitos tirados por bicicletas. Entre banderolas y castillos de celofán con varitas de incienso encajadas, torres de cartón y guardianes con cara de liebre, se extendía una pantalla de tela granulosa: en ella gesticulaban, daban saltos y zapatazos sombras caladas, figurillas de patas endebles y temblorosas, de pelícano asustado, los brazos larguísimos, articulados en ángulo recto, dedillos de puntas afiladas, siempre moviéndose; nariz recta y fina, cuerno labrado en la cabeza. Un racimo de cimbalillos alebretados y algunos tamborines que cabían en el hueco de la mano, anunciaban los saltos sobre una uña de pie de las filigranas negras, volando entre dos varillas, de perfil, insertas en los nervios de una hoja.

Detrás de la pantalla, y de los atareados titiriteros, esperaban, convulsos y dorados, blandiendo enormes sables curvos, los dioses de caras escarlatas y sus compañeras blanquísimas, cáscara de huevo, furiosos, gruñendo, montados sobre animales bigotudos, ojos sapoides, que un acólito envaselinado retocaba con un pincel de pelo de conejo. Junto a ellos, dos viejas tendinosas y amarillas como sibilas sulfuradas, las hermanas Leng, en una gran palangana de plástico, siete colores fluorescentes, y salpicando adrede las figuras, bañaban a un niño que apretaba los ojos para que no le cayera jabón.

Luego, en un rincón de la nave, con harapos cremosos. apretando las pupilas, acezantes y expertas como gatos desenterrando huesos de pájaros, alisaban con una regla un envoltorio de sábanas sucias. No: con tabletas de sándalo en forma de cuchillo raspaban, de un cadáver, las viruelas; con una lima, le desgastaban los dientes; sobre los párpados duros, le pegaban círculos de metal con cuadrados vacíos en el centro: brotaba abultada la piel, entre ideogramas verdosos. Caían al suelo las postillas arrancadas, y alrededor de la boca, la arenilla blancuzca que soltaban los dientes; una aureola ceniza rodeaba los labios, como de polvo de arroz: la rayaban las pulseras de las viejas, enganches de garras de gato.

Se oían a lo lejos, funerarias, unas flautillas: la orquesta Aragón.

El infante enjabonado sacó el pie derecho fuera de la palangana; exprimía en la mano una esponja esférica, de grandes poros; chorreaba un líquido espeso: tan lento caía que en él se reflejaban, como en azogue, estiradísimos, los mantos purpúreos de los dioses, sus coronas de frutas plateadas, las pulseras ponzoñosas de las viejas.

—Todo iba muy bien aquí —recitó con los brazos pegados a los muslos, puños cerrados, rígido como un salvaje ante una cámara— hasta que llegaron los hombres con pelo en el cuerpo.

Y, mientras las viejas le daban más jabón, añadió:

—Soy el que trae una estupa en la cabeza.

Con dos cubos vacíos, una de las mujeres se volvió hacia el fondo de la sala. Junto al altar, cuidadosa, con el pie derecho empujó la puerta: a lo largo de una galería abovedada se alineaban, en tronos apoyados a la pared y hasta perderse de vista, idénticas estatuas doradas: budas endebles de orejas largas. Una gran pizarra interrumpía la sucesión: en ella, y sobre un dibujo del cuerpo humano visto como un árbol de ramas ortogonales y hojas escritas, un monje de espejuelos gruesos y manto anaranjado señalaba con un puntero los pétalos más altos. Desde los pupitres un coro cantado le respondía, deletreando nombres sánscritos.

La provecta volvió con los baldes llenos, le dio un último enjuague y con un trapo comenzó a frotarlo, como si quisiera sacarle brillo:

—Mucho que al Buda le han ofrecido ustedes sombrillas —declaró mientras lo pulían—, estandartes, banderas, perfumes, guirnaldas y ungüentos, y en sus altares puesto sándalo o azafrán; mucho que le han dado a esos monjes estudiosos regalos, ropa, comida y medicinas, y hasta a ese misionero tolosano siempre en pull-over blanco que toma notas entre ellos, para que merezcan estar aquí y oírme.

—Al principio —y con un gesto detuvo a las Leng que, contrariadas, dejaron de frotar—, creí que bastaban las noticias de astronomía, la sorpresa de las explosiones, para crear en la mente, por un instante, el varío, como esos japoneses barbudos dando bastonazos y rompiendo búcaros. Comprendo ahora que tales magnitudes, para una cabecita de pájaro, son como el viento...

—Me llevaron al río. Me metieron de cabeza en el agua. Con la mano firme sobre la nuca me hundían. Me ahogaba. Abría y cerraba la boca como un pez en seco. Daba manotazos. Ya no veía dónde hundía la cabeza. Iba a caer desplomado; entonces me liberaron: “cuando necesites la extinción del deseo como has necesitado el aire...”

—Ni preguntas ni respuestas daré pues, ni ejercicio alguno, sólo indicaciones, como para clavar en un tronco de plátano figurillas de cuero, sugerencias de puesta en escena.

—Ésta es la última vez que nazco. No volveré más, but all pure, I shall go, from here, to Nirvana.

Recortado por la puerta negra del pasadizo, sobre el patio espejeaba un cielo gris plateado, de tormenta; lo atravesaban relámpagos y garzas.

Junto al tabique rojo, sobre una motoneta, sonreían dos muchachas de pelo lacio, muy negro, punto rojo en la frente.

Era de noche. En una cabaña tambaleante, que cercaba una empalizada de bambú, varios muchachos con uniformes verdes, comían vegetales fritos, camarones y fideos. Nos miraban. Oían la radio javanesa.

En la zarza, tres chozas de hojas de palma. Junto a un pozuelo de cobre, tres ascetas desnudos meditaban. Detrás, la carretera, un autobús con gente colgando de las ventanas, un auto.

A lo largo de la playa, un hombre con un farol se alejaba. Mancha amarilla sobre la arena. Sombra de los pies rápidos.

Tantos eran los cocuyos que, como el cielo, la yerba parpadeaba.


En Maitreya
Imagen s/d