25 jun. 2014

Arthur Rimbaud - Adiós





¡Otoño ya! — Pero ¿por qué añorar un eterno sol, estando comprometidos en el descubrimiento de la claridad divina, —lejos de las gentes que mueren con las estaciones?

Otoño. Nuestra barca alzada en las brumas inmóviles gira hacia el puerto de la miseria, la ciudad enorme con el cielo manchado de fuego y de lodo. ¡Ah! ¡Los harapos podridos, el pan empapado de lluvia, la embriaguez, los mil amores que me crucificaron! ¡Nunca, pues, se acabará esta vampira reina de millones de almas y de cuerpos muertos y que han de ser juzgados! Me veo de nuevo con la piel roída por el fango y la peste, llenos de gusanos el pelo y las axilas y con gusanos todavía más gruesos en el corazón, tumbado entre los desconocidos sin edad, sin sentimientos… Habría podido morir allí… ¡Horrorosa evocación! Abomino de la miseria.

¡Y me asusta el invierno, porque es la estación de la comodidad!

— A veces veo, en el cielo, playas sin fin, cubiertas de blancas naciones alegres. Un gran bajel de oro, por encima de mí, agita sus banderolas multicolores a las brisas de la mañana. He creado todas las fiestas, todos los triunfos, todos los dramas. He tratado de inventar nuevas flores, nuevos astros, nuevas carnes, nuevas lenguas. He creído adquirir poderes sobrenaturales. Pues bien, ¡tengo que enterrar mi imaginación y mis recuerdos! ¡Una hermosa gloria de artista y narrador, echada a perder!

¡Yo! ¡Yo, que me dije mago o ángel, dispensado de toda moral, he sido devuelto al suelo, con un deber por encontrar y con la rugosa realidad por abrazar. ¡Campesino!

¿Me equivoco? ¿Será la caridad hermana de la muerte, para mí?

En fin, pediré perdón por haberme alimentado de mentira. Y adelante.

Pero ¡ni una sola mano amiga! Y ¿dónde hallar socorro?
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Sí, la hora nueva es por lo menos muy severa.

Porque puedo decir que la victoria me ha sido otorgada: el crujir de dientes, el chisporroteo del fuego, los suspiros apestados, van moderándose. Todos los recuerdos inmundos se borran. Mis últimas añoranzas levanta el vuelo, — celos de los mendigos, de los bribones, de los amigos de la muerte, de los rezagados de toda índole. — Condenados, ¡si yo me vengara!

Hay que ser absolutamente moderno.

Sin cánticos: mantener el terreno ganado. ¡Dura noche! La sangre seca me humea en el rostro, y dentro de mí no tengo sino ese horrible arbolillo… El combate espiritual es tan brutal como la batalla de los hombres; pero la contemplación de la justicia es poder exclusivo de Dios.

Es, no obstante, la víspera. Acojamos todos los influjos de vigor y de ternura auténtica. Y cuando llegue la aurora, armados de una ardiente paciencia, entremos en las espléndidas ciudades.

¡Qué decía de mano amiga! Una buena ventaja es que puedo reírme de los viejos amores engañosos, y cubrir de bochorno a las parejas embusteras, — he visto, allá abajo, el infierno de las mujeres; — y me será lícito poseer la verdad en un alma y un cuerpo.

Abril-agosto, 1873.


En Una temporada en el infierno
Traducción: Ramón Buenaventura

Foto: Autorretrato, negativo sobre vidrio, impresión sobre papel, 15×10 cm, 1883
Bibliothèque Rimbaud, Charleville-Mézières Vía