20 may. 2014

Julio Cortázar: Carta a Perla Rotzait *





París, 17 de noviembre de 1958

Querida Perla:

Hace ya mucho tiempo que, al abrir un pequeño sobre que mandaste, el sutil contenido ceniciento me arruinó uno de los mejores chalecos que jamás haya tenido. Desde ese día, créeme, no he podido olvidarme de vos. Si pudieras penetrar en mis pensamientos —sobre todo los primeros días —estoy seguro de que te echarías a llorar. Por lo menos, cada vez que he conseguido expresarlos en forma de palabra he visto en la cara de Aurora una expresión rayana en el extravío, por eso creo justo agregar que en varias ocasiones te escribí, dándote a conocer mis sentimientos, pero las cartas fueron interceptadas por mi amante esposa, que no sé por qué se negaba a que yo las llevara al correo. Todos mis esfuerzos por despacharte un paquetito con una selecta media docena de escolopendras hambrientas, se vieron malogradas por los reglamentos del correo francés, que evidentemente carece de todo sentido del humor. Como tampoco aceptan bombas, tuve que resignarme a modelar figurillas de cera en mis ratos de ocio y a esconderlas de Aurora, que se empeña inexplicablemente en sostener que tu envío no justifica mi entusiasmo por responderte en forma igualmente inspirada. Me extraña mucho en Aurora; yo la creía dueña de una gran fantasía y me resulta una timorata cualquiera.

De todos modos, creo que ha llegado el momento de que te mande unas líneas sin que tengas necesidad de ponerte guantes de goma para sostener el papel (las recetas de Catalina de Médicis están desprestigiadas, uno se toma una pastilla de aureomicina y se ríe de Renato el Florentino y otros envenenadores célebres). Contribuye a mi amable estado de ánimo el hecho de que, aprovechando una semana que pasé en Londres trabajando para la policía internacional, pude recorrer Bond Street y comprarme un nuevo chaleco, muy superior al contaminado por tu gentil ofrenda. Para esbozar una descripción, te informo de que es de tartán escocés (clan de los Mac Guloughans), y que ostenta en el lado izquierdo el escudo de Edimburgo, a la derecha las armas de la princesa Margaret, y los siete botones representan otras tantas escenas de la familia real a la hora del té. Con eso he conseguido olvidar a la víctima de tu magia, que en realidad era un chalequito de poca monta, verde y violeta, él, con vivos amarillos.

Desde el glorioso día en que nos estuviste estornudando entre tres y cuatro horas, oh monstruito, han pasado muchas cosas, de las que estarás más o menos enterada. Nos pasamos todo el mes de mayo en Grecia, luego Aurora se fue a Viena, a fusionar materias radioactivas, yo a Londres a combatir el tráfico del opio a la sombra de Scotland Yard, y finalmente nos dimos cita en Venecia, el mes pasado, y nos encontramos románticamente en la Piazza San Marco, con el maravilloso sol de otoño y una sensación que si no es la felicidad debe andar cerca. Ahora atravesamos laboriosamente la conferencia general de la Unesco, hasta el 5 de diciembre en que recobraremos la libertad. Estamos muy contentos por la próxima llegada de Eduardo (dejando aparte las razones de su viaje, que son bien tristes, y que vos conocés de sobra); también viene Jorge D'Urbano, que es un viejo amigo mío, además se habla mucho de la venida de los esposos Rotzait, pero eso yo quisiera que alguien me lo confirmara oficialmente (y sin talco, de ser posible). De verdad, esperamos que nos avisen si vienen, y cuándo llegan (para encargar las orquídeas y la banda de música; yo además pienso preparar una improvisación de ocho páginas cuerpo dieciséis, en verso si me ayuda el estro). En estos últimos tiempos, cada vez que Aurora y yo hemos pasado una tarde agradable andando por las orillas del Sena, o nos hemos metido de noche en algún cafecito, a los dos nos ha ocurrido pensar al mismo tiempo lo grato que sería tenerlos a ustedes con nosotros, para compartir un poco esta inmensa burrada que es París, que está tan hermoso en invierno como en verano, y que es cada vez más la caída de la estantería. Damián vino ayer a buscarnos con su verde Dauphine, y charlamos mucho mientras tomábamos café al lado de la Place... Dauphine. (La monotonía no quita el encanto, en este caso.) El otro día, pasando por la placita Furstenberg, Aurora se acordó de que a Enrique le gustaría vivir en ella. Yo sostuve que él prefería la isla San Luis. Llegamos a la conclusión de que tenía muy buen gusto de cualquier manera. Este papel empieza a ladearse; o la casa se está cayendo o la hoja se está acabando. Prefiero creer lo segundo, mandarle un gran abrazo a Enrique, y decirte que te queremos mucho y que los esperamos. No me guardes rencor por mi largo silencio; sería mucho más horrible si supieras de cuántos fragores y sordos ruidos se componía este silencio. Pero todo está olvidado, cual el talco derramado.

Muchos cariños de
Julio

* Perla Rotzait: Poeta nacida en Buenos Aires en 1920


En Julio Cortázar: Cartas 1937-1963
Edición a cargo de Aurora Bernárdez
Barcelona, 2003
Imagen Julio Cortázar Archivo La Nación
Fuente foto s-d, entrevista a PR y poemas