13 may. 2014

Guillaume Apollinaire - El marinero de Ámsterdan




El bergantín holandés Alkmaar volvía de Java cargado de especias y otras materias preciosas.

Hizo escala en Southampton y los marineros obtuvieron permiso para bajar a tierra.

Uno de ellos, Hendrijk Wersteeg, llevaba un mono sobre el hombro derecho, un papagayo sobre el izquierdo y, en bandolera, un bulto de telas indias que pensaba vender en la ciudad junto con los animales.

Era a comienzos de la primavera y la noche aún caía temprano. Hendrijk Wersteeg marchaba a buen paso por las calles algo neblinosas, que la luz de gas iluminaba apenas. El marinero pensaba en su próximo regreso a Amsterdam, en su madre, a quien llevaba tres años sin ver, en su novia, que lo aguardaba en Monikendam. Calculaba cuánto dinero le producirían los animales y las telas, y buscaba un comercio donde pudiera vender esas mercancías exóticas.

En Above Bar Street, un señor muy correcto lo detuvo para preguntarle si buscaba comprador para el papagayo.

—Este pájaro —dijo— me vendría muy bien. Necesito alguien que me hable sin que yo deba responderle, pues vivo solo.

Como la mayoría de los marineros holandeses, Hendrijk Wersteeg hablaba inglés. Fijó un precio que el desconocido aceptó.

—Sígame —dijo éste—. Mi casa queda bastante lejos. Usted pondrá el papagayo en una jaula que tengo. Me mostrará usted sus telas y quizás encuentre alguna de mi gusto.

Contento de su inesperado éxito, Hendrijk Wersteeg siguió al gentleman, haciendo durante el camino el elogio de su mono, que, decía, era una especie muy rara, cuyos individuos se adaptan muy bien al clima de Inglaterra y que, además, se encariñan con los amos.

Hendrijk Wersteeg dejó al pronto de hablar. Estaba derrochando sus palabras, pues el desconocido no le respondía y ni siquiera parecía escucharlo.

Continuaron caminando en silencio. Nostálgicos de sus tropicales selvas natales, el mono —asustado por la niebla— soltaba un gemido de niño recién nacido, y el papagayo batía las alas.

Al cabo de una hora de marcha, el desconocido dijo bruscamente:

—Nos estamos acercando a mi casa.

Habían salido de la ciudad. El camino estaba bordeado por grandes parques cercados por verjas. De tanto en tanto, brillaban a través de los árboles las ventanas iluminadas de un cottage; a ratos, en la lejanía, sonaba en el mar el grito siniestro de una sirena.

El desconocido se detuvo ante la reja, sacó una llave del bolsillo y abrió una puerta que volvió a cerrar una vez que entró Hendrijk.

El marinero estaba impresionado. Apenas distinguía en el fondo del jardín una casita de bastante buen aspecto, pero cuyas persianas cerradas no dejaban filtrar ninguna luz.

El silencioso desconocido, la casa sin vida, todo eso era bastante lúgubre. Pero Hendrijk recordó que el desconocido vivía solo. Es un extravagante —pensó—. Y como un marinero holandés no es lo bastante rico como para que alguien piense en desvalijarlo, se avergonzó de sus temores.

*
 —Si tiene usted fósforos, alúmbreme —dijo el desconocido, introduciendo una llave en la cerradura de la puerta del cottage.

El marinero obedeció y, una vez adentro, el desconocido trajo una lámpara que iluminó una sala amueblada con gusto.

Hendrijk Wersteeg estaba ahora completamente tranquilo. Alimentaba la esperanza de que su extraño compañero le compraría buena parte de sus telas.

El desconocido, que había salido de la sala, volvió con una jaula:

—Ponga aquí el papagayo —dijo—. Sólo cuando se haya domesticado y sepa decir lo que quiero que diga le pondré sobre una percha.

Después de cerrar la jaula, en la que el pájaro quedó azorado, pidió al marinero que tomara la lámpara y pasara a la habitación vecina, donde había una mesa apropiada para desplegar las telas.

Hendrijk obedeció y entró en la habitación indicada. En seguida escuchó la puerta cerrarse tras él y la llave que giraba en la cerradura. Estaba preso.

Confundido, dejó la lámpara sobre la mesa y quiso arrojarse sobre la puerta para forzarla. Pero una voz lo detuvo:

—¡Un paso más y es hombre muerto, marinero!

Hendrijk levantó la cabeza y vio, por un tragaluz que no había notado hasta entonces, el caño de un revólver que lo apuntaba. Aterrorizado, se detuvo.

No había lucha posible: su cuchillo de nada le servía en esa circunstancia, y aun un revólver le hubiera resultado inútil. El desconocido, que lo tenía a su merced, se escondía detrás del muro, a un costado del tragaluz, desde donde vigilaba al marinero y por donde pasaba sólo la mano que empuñaba el revólver.

—Escuche bien-dijo el desconocido— y obedezca. El forzado favor que usted me hará le será recompensado. Pero usted no puede elegir. Deberá obedecerme sin chistar, de lo contrario lo mataré como a un perro. Abra el cajón de la mesa... Hay un revólver de seis tiros cargado con cinco balas.. Tómelo.

El marinero holandés obedecía casi inconscientemente. En su hombro, el mono lanzaba gritos de terror y temblaba. El desconocido continuó:

—En el fondo del cuarto hay una cortina. Córrala.

Descorrida la cortina, Hendrijk vio una alcoba y en ella, sobre una cama, atada de pies y manos y amordazada, una mujer lo miraba llena de desesperación.

—Desate a esa mujer y quítele la mordaza —dijo el desconocido.

Ejecutada la orden, la mujer, muy joven y de admirable belleza, se acercó al tragaluz y arrodillándose, exclamó:

—Harry, esta es una celada infame. Me has traído a esta casa para asesinarme. Fingiste haberla alquilado para que pasáramos los primeros tiempos de nuestra reconciliación. Pensaba haberte convencido. ¡Creía que finalmente estabas seguro de que nunca he sido culpable! ¡Harry, Harry, soy inocente!

—No te creo —dijo secamente el desconocido.

—¡Harry, soy inocente! —repitió con estrangulada voz la joven dama.

—Son tus últimas palabras; las guardo cuidadosamente y me las repetirán toda la vida —la voz del desconocido tembló un instante, pero inmediatamente recobró energías—. Te quiero todavía —agregó—; si te amara menos sería yo mismo quien te mataría. Pero me resulta imposible porque te amo... Ahora, marinero, si antes de que yo haya contado hasta diez usted no ha alojado una bala en la cabeza de esta mujer, caerá muerto a sus pies. Uno, dos, tres...

Y antes que el desconocido hubiera llegado al cuarto, Hendrijk, enloquecido, disparó sobre la mujer que, siempre arrodillada, lo miraba fijamente. La víctima cayó de cara al suelo: había recibido el tiro en la frente. Seguidamente, un segundo disparo hecho desde el tragaluz hirió al marinero en la sien derecha. Hendrijk se desplomó contra la mesa, mientras el mono, lanzando agudos chillidos de espanto, buscaba refugio en su blusón.

*

Al día siguiente, unos transeúntes que habían oído gritos extraños procedentes de un cottage de las afueras de Southampton, avisaron a la policía, que llegó rápidamente y forzó las puertas, encontrando los cadáveres de la joven dama y del marinero.

El mono salió bruscamente del blusón de su amo y saltó a la cara de uno de los policías. Tanto los asustó, que éstos dieron unos pasos atrás y lo mataron a tiros antes de atreverse a acercarse de nuevo.

La justicia informó. Pareció evidente que el marinero había matado a la dama y luego se había suicidado. Sin embargo, las circunstancias del drama parecían misteriosas. Los cadáveres fueron identificados sin dificultad, y la gente se preguntaba cómo Lady Finngal, esposa de un par de Inglaterra, pudo haberse encontrado a solas en una aislada casa de campo de las afueras con un marinero llegado la víspera a Southampton.

El propietario de la finca no pudo dar ningún informe satisfactorio para orientar a la justicia. El cottage había sido alquilado ocho días antes del drama por un tal Collins, de Manchester, a quien, por otra parte, no se pudo encontrar. El tal Collins usaba anteojos y lucía una larga barba roja, que muy bien podía ser postiza.

El lord llegó de Londres a toda prisa. Adoraba a su mujer y la desesperación que exhibió inspiraba lástima. Como todo el mundo, no comprendía nada de este asunto.

Después del hecho, se retiró de la vida mundana y vive en su casa de Kensington sin otra compañía que un doméstico mudo y un papagayo que repite sin cesar:

—¡Harry, soy inocente!


En El Heresiarca y Cía. 
Traducción: Mauro Fernández Alonso de Armiño
Imagen: Apollinaire por Jacques Dyssord, 1911