18 may. 2014

Ernest Hemingway - Un agente del mal




Lo último que me dijo Ezra cuando dejó la rué Notre-Dame-des-Champs para marcharse a Rapallo fue:

- Oye, Hem, deseo que guardes este tarro de opio, y que se lo des a Dunning sólo en un caso de verdadera necesidad.

Era un gran tarro de cold-cream, y desenroscando el tapón vi que el contenido era oscuro y viscoso y olía a opio muy crudo. Ezra me dijo que lo había comprado a un príncipe indio, en la avenue de 1’Opéra cerca del boulevard des Italiens, y que le había costado muy caro. Yo supuse que procedía del viejo bar del Trou-dans-le-Mur, que durante la guerra y poco después fue un antro de desertores y de traficantes en drogas. Era un bar muy estrecho pintado de rojo por fuera, apenas más que un segmento de pasillo, en la rué des Italiens. En cierta época comunicaba por una puerta trasera con las cloacas de París, y se decía que saliendo por allí uno podía llegar hasta las catacumbas. Dunning era Ralph Cheever Dunning, un poeta que fumaba opio y que se olvidaba de comer. En las temporadas en que fumaba mucho sólo era capaz de beber leche, y entonces escribía en terza rima o tercetos encadenados, lo cual le hacía simpático para Ezra, que además encontraba otras cualidades en su poesía. Se entraba en su casa por el mismo patio a que daba el estudio de Ezra, y Ezra me llamó pidiéndome auxilio, un día en que Dunning se moría, pocas semanas antes de que Ezra dejara París. La nota de Ezra decía: «Dunning se muere. Por favor, ven en seguida.»

Dunning. tendido en la estera, parecía un esqueleto, y desde luego hubiera acabado muriéndose por falta de alimentos, pero al fin convencí a Ezra de que son pocos los que se mueren hablando en períodos bien redondeados, y de que nunca se había visto a un hombre morir mientras hablaba en tercetos encadenados, y por mi parte yo dudaba de que el propio Dante llegara a tanto. Ezra dijo que Dunning no estaba hablando en tercetos encadenados, y reconocí que posiblemente me sonaba a tercetos encadenados sólo porque yo estaba durmiendo cuando recibí la nota de Ezra. Finalmente, después de una noche pasada con Dunning que esperaba la llegaba de la muerte, dejamos el caso a cargo de un médico, y se llevaron a Dunning a una cura de desintoxicación. Ezra se hizo responsable del pago a la clínica, y movilizó en ayuda de Dunning a no sé cuántos amantes de la poesía. A mí se me confió únicamente la entrega del opio si se producía un momento de verdadera necesidad. Viniendo de Ezra, era una misión sagrada, y mi mayor ambición era la de estar a la altura de las circunstancias y reconocer el estado de verdadera urgencia. Se produjo al fin, cuando un domingo por la mañana la portera de Ezra entró en el patio de la serrería y gritó hacia la abierta ventana donde se me veía estudiando los programas de los hipódromos:

- Monsieur Dunning est monté sur le toit et refuse catégoriquement de descendre.

Que Dunning se hubiera subido al tejado del estudio y se negara categóricamente a bajar, parecía representar un estado de notable urgencia, de modo que me proveí con el tarro de opio y subí por la calle en compañía de la portera, que era una mujer menuda y vehemente, muy agitada por la situación.

- ¿Tiene monsieur lo que se necesita? -preguntó.

- Desde luego -aseguré-. No habrá ninguna dificultad.

- Monsieur Pound piensa en todo -dijo ella-. Es la amabilidad en carne y hueso.

- Sí que lo es -dije-. Y continuamente le echo de menos.

- Esperemos que monsieur Dunning será razonable.

- Tengo lo que hace falta -le aseguré.

Cuando llegamos al patio a que daban los estudios, la portera dijo:

- Ya ha bajado.

- Debe de haber intuido que yo venía -dije.

Subí por la escalera al aire libre que llevaba a la vivienda de Dunning y llamé a la puerta. Me abrió. Estaba demacrado y parecía más alto que de ordinario.

- Ezra me encargó que te diera esto -dije ofreciéndole el tarro-. Dijo que ya comprenderás lo que es.

Tomó el tarro y lo miró. Luego me lo tiró. El tarro me dio en el pecho o en el hombro y rodó escaleras abajo.

- Hijo de puta -dijo él-. Mal parido.

- Ezra dijo que tal vez lo necesitaras -dije.

Replicó disparándome una botella de leche.

- ¿Estás seguro de que no te hace falta? -pregunté.

Arrojó otra botella de leche. Me batí en retirada, y me alcanzó en la espalda con otra botella de leche. Luego cerró la puerta.

Recogí el tarro, que sólo tenía una ligera raja, y me lo guardé en el bolsillo.

- No pareció que le gustara el regalo de monsieur Pound -expliqué a la portera.

- Tal vez ahora estará tranquilo.

- Tal vez ya tenga él una provisión.

- Pobre monsieur Dunning -dijo ella.

Los amantes de la poesía que Ezra había organizado acudieron al fin en auxilio de Dunning. Mi propia intervención y la de la portera no habían sido más que fracasos. El tarro de supuesto opio que se había rajado lo guardé, envuelto en papel de parafina y cuidadosamente atado, en una vieja bota de montar. Cuando, unos años después, Evan Shipman me ayudó a recoger mis cosas de aquel piso que dejaba definitivamente, encontramos el viejo par de botas de montar, pero el tarro no estaba. No sé por qué me bombardearía Dunning con botellas de leche, a no ser que se acordara de mi incredulidad en la noche en que murió por primera vez, o que fuera una innata repugnancia por mi persona. Pero me acuerdo de la intensa felicidad que la frase «Monsieur Dunning est monté sur le toit et refuse categóriquement de descendre» comunicó a Evan Shipman. Vio en ella una virtud simbólica. Yo no sé. Tai vez Dunning me tomó por un agente del mal o de policía. Yo sólo sé que Ezra procuró favorecer a Dunning como favorecía a tanta gente, y siempre deseé que Dunning fuera un poeta tan bueno como Ezra creía. Para ser poeta, disparó una botella de leche con puntería muy buena. Pero Ezra, que era un poeta muy grande, también jugaba muy bien al tenis. Evan Shipman, que era un poeta muy bueno y realmente no sentía ninguna necesidad de que sus poemas se publicaran, decidió que el caso de Dunning debía seguir envuelto en misterio.

- En nuestras vidas no hay bastante verdadero misterio, Hem -me dijo una vez-. En estos tiempos, lo que más falta nos hace son el escritor realmente desprovisto de ambición, y el poema inédito realmente bueno. Claro que está el problema de comer.


En París era una fiesta
Traducción: Gabriel Ferrater
Imagen: © Hulton-Deutsch Collection/CORBIS