2 abr. 2014

Wislawa Szymborska - Música de gato




Ya se sabe: para curarse hace falta tener la salud de un toro. La mayoría de las enfermedades no descubiertas a tiempo son causadas por la aversión a los exámenes médicos y a las molestas terapias. Pero esto no es nada si las comparamos con las terapias que se aplicaban en el pasado. No me burlaré aquí del contenido de los medicamentos que había que ingerir, ni de las operaciones realizadas con los dedos sucios y sin anestesia. Después de todo, aún se sabe bastante poco sobre las enfermedades. Y eso no es lo peor. Lo peor de todo es que, durante siglos y siglos, nadie quiso saber más sobre ellas. En lo que a medicina se refiere, el siglo XVII y casi tres cuartas partes del XVIII fueron un período de estancamiento intelectual. Seguía sustentándose en la autoridad de la medicina antigua: lo que no aparecía en sus libros, simplemente, no existía. Y como en ellos no se decía nada sobre la circulación de la sangre, descubierta por Harvey, o sobre las vacunas contra la viruela, las cuales ya comenzaba a aplicar Jenner, la medicina oficial se negó durante décadas a tomar en consideración estos avances. Además, los prejuicios religiosos hacían aún más fuerte esta oposición. En algún sitio leí que Cromwell, enfermo de malaria, se negó categóricamente a tomar corteza de quina, cuyas propiedades febrífugas ya se conocían. Solo había una razón: el medicamento llegaba a Inglaterra desde Francia. Lo cierto es que ya había traído al mundo a Molière; sin embargo, su aparición no consiguió para nada cambiar la mentalidad de los médicos. En los archivos franceses se guardaba una auténtica rareza: el Diario de salud de Luis XIV, el cual fue sucesivamente pasando por las manos de todos sus médicos personales. Durante más de sesenta años fueron sistemáticamente anotando sus reales indisposiciones y cómo estas fueron sanadas. Pone los pelos de punta. Durante el tiempo descrito, a Su Alteza le realizaron más de dos mil lavativas. En el intervalo que transcurría entre ellas, le hacían vomitivos. Además, le sacaban sangre a todas horas, incluso cuando se sentía bien, «por precaución» y con dedicación, para depurarle el organismo... Después, naturalmente, había que tratar las consecuencias de ese tratamiento y, acto seguido, las consecuencias de tratar esas consecuencias... El rey debió ser un espécimen extraordinariamente fuerte, con unos genes programados para aguantar ciento veinte años de vida, ya que, gracias a esos métodos, vivió prácticamente hasta los ochenta años de edad. Sus súbditos vivieron menos. La media de edad se situaba en los veintiocho años. Para cuando los novios decidían contraer matrimonio, por lo general solo quedaba con vida uno de sus cuatro progenitores. Y uno de cada cuatro niños moría en el transcurso de los doce primeros meses de edad. Sin embargo, las cosas mejoraron ligeramente. Se obligó a los hospitales a que solo colocasen a dos pacientes por cama, y no tres o cuatro como hasta entonces y se dejó de recluir a los enfermos mentales en jaulas. Por desgracia, apiñaban indiscriminadamente a locos y a melancólicos en salas destinadas para eso. Sin embargo, solía ocurrir que había médicos preocupados de que estuviesen bien. En los hospitales con más recursos aparecieron los llamados pianos de gato. Sus cuerdas eran sustituidas por gatos vivos, y cada vez que se presionaba una tecla, se les escuchaba maullar desgarradoramente. Según parece, producía el regocijo esperado al oyente que asistía a ese infierno.

Medicina antigua: médicos, santos y hechiceros durante los siglos XVII y XVIII, François Lebrun, traducción del francés de Zofia Podgórska-Klawa. Varsovia: Oficyna Wydawnicza Volumen, 1997.


En Lectura no obligatoria
Traducción: Manel Bellmunt Serrano
Imagen: Janek Skarzynski/AFP/Getty