15 abr. 2014

Vizconde de Lascano Tegui - Un cocodrilo




He visto caer a mi familia, como un leproso ve caer por segmentos sus manos frías hinchadas. Mi padre trajo del Amazonas un cocodrilo que guardábamos en una piscina cubierta por un enrejado de alambre. El cocodrilo pasaba varios meses dormido y los tábanos y los mosquitos habitaban sobre su lomo escarpado. Contraían al chupar su sangre la enfermedad del sueño. El cocodrilo se despertaba de un solo lado, casi siempre abría el ojo de esa región y nos miraba melancólicamente. Todavía tenía sueño. El ruido de la calle, el trepidar de los carros cargados de legumbres, aceleraban sus pesadillas. Un mosquito que había logrado escapar de su letargo ese día —el cocodrilo tenía un ojo abierto—, picó a mi hermano menor, que recorría con un dedo la extensa dentadura de nuestro huésped, y mi hermano conoció por esa picadura casual el placer inenarrable de servir de experimento. Murió de sueño.

La tumba de mi hermano quedaba en la parte más baja y húmeda del cementerio. El Sena la cubría durante las crecientes periódicas del invierno. Entre el lodo y el limo, recogíamos luego la cruz que la corriente había llevado lejos. La tumba parecía seguirla y arrastrarse y volver al lecho del río, como si en aquel cajón de pino con manijas de plomo no estuvieran ya los huesos descarnados de mi hermano, sino el alma divina y egipcia del cocodrilo sagrado.


En De la elegancia mientras se duerme, 1925
Imagen s/d