18 abr. 2014

Seamus Heaney - En el camino




El camino allá adelante
hacía eses
a velocidad constante.
Los bordes rezumaban.

Entre mis manos,
como un trofeo torcido,
el espacio vacío
del volante.

El aturdimiento de conducir
hacía de todos los caminos uno solo:
la vereda toscana, poblada
de serafines, los verdes

paseos arbolados de la Dordoña
o el sendero en el maizal,
donde aquel acaudalado jovencito
formulara la pregunta:

Maestro, ¿qué he de hacer
para salvarme?
O el camino donde el pájaro
de lomo rojo barro
y cola blanco y negro,
taraceado
de piedra y azabache,
volara encima de mí

como quien hace una visita.
Vende todos tus bienes
y da el producto a los pobres.
Y puse manos a la obra

como un alma humana
emplumada desde la boca,
en ondulante, alto latín
de negras letras.
Me sentía lleno de pena,
paloma de Noé,
sombra temerosa
cruzando el sendero de los ciervos.

Si llegara a la tierra
sería por el este, entraría
por la pequeña ventana
que alguna vez me permitió

escalar el cielo
por superstición,
ebrio y feliz
en el portón de aquella iglesia.

Pasaría la noche
en la percha del exilio:
me escondería en la grieta
de aquel muro del atrio

donde manos y más manos
pasan y desgastan la fría, durísima
piedra votiva.

Y sígueme.
Emigraría
por la boca de una cueva muy alta
hacia un risco pastoril, soleado,

y por el pasaje suave, protuberante,
de suelo de barro,
rostro de aire, aleteando
rumbo a la morada más profunda.

Ahí un venado abreva,
esculpido en la piedra;
su cuello y grupa
se yerguen entre los contornos,

su línea incisiva
es curva en el tenso
hocico atento
y la nariz entreabierta

ante una fuente ya seca.
Para mi libro de los cambios,
meditaría
en esa vigilia de rostro de piedra,

hasta que el confuso espíritu
rasgara el velo
y levantara el polvo
en la pila del agotamiento.

Traducción: Pura López Colomé
Imagen: © George Newson / Lebrecht Music & Arts


On the Road

The road ahead 
kept reeling in
at a steady speed, 
the verges dripped.

In my hands
like a wrested trophy, 
the empty round
of the steering wheel.

The trance of driving 
made all roads one:
the seraph-haunted, Tuscan 
footpath, the green

oak-alleys of Dordogne
or that track through corn 
where the rich young man 
asked his question-

Master, what must I 
do to be saved?
Or the road where the bird 
with an earth-red back

and a white and black 
tail, like parquet
of flint and jet, 
wheeled over me

in visitation. 
Sell all you have
and give to the poor. 
I was up and away

like a human soul
that plumes from the mouth 
in undulant, tenor 
black-letter latin.

I was one for sorrow, 
Noah's dove,
a panicked shadow 
crossing the deerpath.

If I came to earth
it would be by way of 
a small east window
I once squeezed through,

scaling heaven
by superstition, 
drunk and happy 
on a chapel gable.

I would roost a night 
on the slab of exile, 
then hide in the cleft 
of that churchyard wall

where hand after hand 
keeps wearing away
at the cold, hard-breasted 
votive granite.

And follow me.
I would migrate
through a high cave mouth
into an oaten, sun-warmed cliff,

on down the soft-nubbed, 
clay-floored passage, 
face-brush, wing-flap,
to the deepest chamber.

There a drinking deer 
is cut into rock,
its haunch and neck 
rise with the contours,

the incised outline 
curves to a strained 
expectant muzzle 
and a nostril flared

at a dried-up source. 
For my book of changes 
I would meditate
that stone-faced vigil
until the long dumbfounded 
spirit broke cover
to raise a dust
in the font of exhaustion.