23 abr. 2014

Roland Barthes - Plástico




A pesar de sus nombres de pastor griego (Poliestireno, Fenoplasto, Polivinilo, Polietileno), el plástico, cuyos productos se acaban de concentrar en una exposición, es esencialmente una sustancia alquímica. En la entrada de las instalaciones, el público hace cola durante largo rato para ver cómo se realiza la operación mágica por excelencia: la conversión de la materia. Una máquina ideal, tubular y oblonga (forma apropiada para manifestar el secreto de un itinerario) extrae, sin ningún esfuerzo, cajitas brillantes v acanaladas de un montón de cristales verdosos. De un lado la materia bruta, telúrica, del otro el objeto perfecto, humano. Entre los dos extremos, nada; sólo un trayecto apenas controlado por un empleado con casco, semidiós, semirrobot.

De este modo, más que una sustancia, el plástico es la idea misma de su transformación infinita; es, como su nombre vulgar lo indica, la ubicuidad hecha visible. En esto radica, justamente, su calidad de materia milagrosa: el milagro siempre aparece como una conversión brusca de la naturaleza. El plástico queda impregnado de este asombro; es más la huella que el objeto de un movimiento.

Y como el movimiento, en este caso, es poco menos que infinito, al transformar los cristales originales en una multitud de objetos cada vez más sorprendentes, el plástico resulta un espectáculo a descifrar: el espectáculo de sus resultados. Ante cada forma terminal (valija, cepillo, carrocería de auto, juguete, tela, tubo, palangana o papel), el espíritu no deja de imaginar la materia primitiva como un jeroglífico. El fregolismo del plástico es total: puede formar cubos tanto como alhajas. Ésta es la razón del perpetuo asombro, las ilusiones del hombre ante las proliferaciones de la materia, ante las relaciones que descubre entre lo singular del origen y lo plural de los efectos. Por otra parte este asombro es feliz, pues en la amplitud de las transformaciones el hombre mide su potencia y el itinerario mismo del plástico le brinda la euforia de un deslizamiento prodigioso a lo largo de la naturaleza.

Pero la contraparte de este logro reside en que el plástico, sublimado como movimiento, casi no existe como sustancia. Su constitución es negativa; ni duro ni profundo, debe contentarse, a pesar de sus ventajas utilitarias, con una cualidad sustancial neutra: la resistencia, estado que supone el simple suspenso de una renuncia. En el orden poético de las grandes sustancias, es un material desafortunado, perdido entre la efusión de los cauchos y la, dureza plana del metal; no se realiza en ningún producto auténtico del orden mineral, ni espuma, ni fibras, ni estratos. Es una sustancia elusiva: en cualquier estado que se encuentre, el plástica mantiene cierta apariencia de copo, algo turbio, cremoso, coagulado; muestra una total impotencia para alcanzar el pulido triunfante de la naturaleza. Pero lo que más traiciona al plástico es el sonido que emite, hueco y opaco a la vez; su ruido lo derrota, tanto como sus colores, pues sólo parece fijar los más químicos: del amarillo, del rojo y del verde no retiene más que el estado agresivo. Usa los colores como si fueran apenas nombres, capaces, únicamente, de mostrar conceptos de colores.

La moda del plástico señala una evolución en el mito de la imitación. Como se sabe, la imitación constituye un uso históricamente burgués (los primeros postizos vestimentarios datan del advenimiento del capitalismo). Pero hasta el presente, la imitación siempre ha sugerido pretensión, ha formado parte de un mundo del parecer y no del uso; ha apuntado a reproducir con menores costos las sustancias más excepcionales, el diamante, la seda, la pluma, la piel, la plata, toda la brillantez lujosa del mundo. El plástico, por el contrario, es una sustancia doméstica. La primera materia mágica que consiente el prosaísmo; pero precisamente porque ese prosaísmo constituye una razón poderosa para existir: por primera vez, lo artificial tiende a lo común, no a lo exclusivo. Y en el mismo acto, la función ancestral de la naturaleza se modifica. Ya no se trata de reencontrar o imitar la idea, la pura sustancia; una materia artificial, más fecunda que todos los yacimientos del mundo, va a remplazaría, va a regir la invención de las formas. Un objeto lujoso siempre se vincula a la tierra, siempre recuerda en forma amanerada su origen mineral o animal, el tema de la naturaleza, del que no es más que una forma actual. El plástico está enteramente absorbido en su uso; al final, se inventarán objetos sólo por el placer de usarlo. La jerarquía de las sustancias ha quedado abolida; una sola las remplaza a todas: el mundo entero puede ser plastificado. Y también la vida, ya que, según parece, se comienzan a fabricar aortas de plástico.


En Mitologías
Traducción: Héctor Schmucler
Imagen: Barthes en 1974 (s-d)