28 abr. 2014

Rainer Maria Rilke: Y, sin embargo, a la muerte





Con sus suelas de oro, la mañana de agosto avanzaba ante mis ojos a lo largo del bosque.
   Yo estaba echado sobre el musgo rizado y lustroso, y la veía pasar. Vi cómo proyectaba reflejos de color verde pálido sobre los guijarros blancos como la plata, como si esparciera cristales de malaquita por todas partes. Y oí su paso ligero y silencioso, que despertaba a las asombradas flores de su sueño, prolongado y amable.
   Estiré mucho los brazos y vi los elevados plumeros de las alondras que, suavemente, se agitaban de acá para allá, de allá para acá, como si tuvieran que pulir el cielo azul. ¡Y, sin embargo, el día era tan claro!
   Entonces llovieron unos puntitos plateados, cada vez más densos, que formaron un derroche de brillo. Luego cerré los ojos. Había luz en mi alma, y respiré honda y tranquilamente el fuerte y especiado aroma del bosque.
   Y en ese momento crujieron las ramas. No me moví. Yo pensé, oscura y borrosamente: «Un ciervo... seguro». Y, sin querer, me imaginé al animal, pardo y de miembros delicados, mirándome fijamente entre la fronda verde, curioso y tímido, con sus grandes ojos negros.
Las ramas volvieron a crujir.
   Pero eran pasos humanos.
   Me despejé. Me incorporé con un sobresalto involuntario, como cuando un extraño nos sorprende entre sueños.
   Eché un vistazo.
   Nada.
   Allí... sí. Detrás de los arbustos: una figura. Un hombre. No le veía el rostro. Llevaba una chaqueta gris. «Un cazador», pienso. Voy a tumbarme de nuevo. Pero... no estoy tranquilo.
   En silencio, como si tuviera miedo, me pongo en pie. Y justo en ese momento un rostro me mira, un rostro desfigurado, indiferente, con dos ojos inconstantes, centelleantes... Tiene una mano en alto. Y esa mano, ¡Dios mío!, esa mano aprieta una pequeña pistola contra la sien...
   El hombre se ha percatado de mi presencia. Baja el brazo, flácido.
   Una sonrisa fría y burlona rodea de surcos las comisuras de su boca, muy hundidas.
   Estamos frente a frente sin decir nada. Su mirada tiene el fulgor de la cólera.
   Me armo de valor. Me acerco a él pisando fuerte. Y únicamente me sale una palabra de la garganta, seca y encogida:
   —¿Por qué?
Y entonces se ríe. Una risa que destroza la sagrada mañana azul. Me quedo helado. Pero él guarda silencio.
   Así nos quedamos los dos, sin movernos. Por encima de nosotros susurran las copas de los árboles.
   Y entonces, delante de mí, al hombre lo acomete un sollozo que lo estremece. Y se arrodilla y junta las manos repletas de venas:
   —No puedo vivir —balbucea—. No puedo...
   Dejo que expulse todo su dolor.
   Se tranquiliza. Se guarda la pistola en el bolsillo. Y me cuenta que tiene en casa a una mujer. Ama a esa mujer. Y ella es buena y cariñosa. Pero hay días en que sus ojos (tiene los ojos azules) están verdes; sus mejillas, pálidas. Días en que sus labios se curvan codiciosos, como si sorbiera el dulce perfume de un íntimo secreto.
   —En esas ocasiones me llama por el apellido. Berger, me dice, cuando normalmente no me llama así. Luego me evita y cierra los párpados cuando la miro, y se vuelve olvidadiza, extraña, ausente.
   «Está enferma», pensé yo.
   —Pero se le pasa siempre. Y hace poco sucedió otra vez lo mismo. Sus ojos miraban por encima de mí hacia la lejanía, le temblaba la mano...
 »Cuando se fue a su habitación, la seguí. Y por una rendija vi que estaba de rodillas, llorando y besando unas flores marchitas... besándolas con un ardor con el que nunca me ha besado a mí, ¡ni siquiera en la noche de bodas!
   »Y desde entonces lo sé. Amó a otro antes que a mí. ¡Aún lo ama!
   Con todo el cuerpo temblando gritó, con la vista dirigida al bosque:
   —Esos días se embriaga con el ardiente aroma de su felicidad marchita. Y de ese modo me engaña. Y así ella, que había de pertenecerme sólo a mí, se lanza en brazos de una sombra.
   Sus palabras se apagaron. Y me invadió una íntima compasión. Lo tomé del brazo:
   —Venga.
   Y le hablé para tranquilizarlo.
   Que tenía que ser sincero con su mujer. Decirle lo que le inquietaba; seguro que ella se lo recompensaría con su franqueza. Y más cosas por el estilo. Conseguí que se fuera serenando.
   —Mire, señor Berger —le dije—, mi simpatía por usted y el solitario silencio del bosque me inducen a contarle un fragmento de mi vida. Han pasado años desde entonces. Yo amaba a una muchacha. Por aquella muchacha me esforzaba y hacía cosas. Y un día lo supe: me engaña... Y me quedé tan tranquilo. Me fui al solitario brezal. En el bolsillo del pecho llevaba un revólver cargado. Sentía que para mí ya no quedaba nada más que... la muerte. Y estando allí, en medio de aquella desierta extensión, miré a un lado y otro. Nadie.
   Así que me llevé la mano al bolsillo izquierdo y... al coger el arma, saqué con ella un pedazo de papel. Sin querer lo miré.
   »Era una novela, corta y sencilla, de aromática poesía, que había escrito una vez en un momento de felicidad.
   »Y leí, dos, tres líneas.
   »Y entonces me senté en el lindero, dejé la pistola a un lado y continué leyendo.
   »Aquellas palabras, sencillas e íntimas, fluyeron por la corriente de mi alma. Media hora después me dirigía a la ciudad con la mirada despejada. Sabía que había una cura para mi dolor. Una medicina dura: el trabajo.
   »Ésa es toda mi historia.
   El hombre me miró boquiabierto... con mirada agradecida. No dijo nada. Pero me cogió la mano derecha entre las suyas y la estrechó. Ese fuerte apretón me lo dijo todo: se ha recuperado para la vida.
   Continuamos adentrándonos en el bosque uno al lado del otro. El resplandeciente día de agosto derramaba una dorada paz en nuestros corazones, conmovidos y receptivos. Guardábamos silencio; pero nos mirábamos de vez en cuando como buenos y viejos amigos: nos entendíamos.
Más tarde charlamos. Ligeramente, sobre el pasado y el futuro, sobre recuerdos y deseos. Y sus palabras resonaron muy tranquilas, muy sosegadas, en el silencio del mediodía.
   Luego, de repente, preguntó:
   —¿Y lo ha superado usted por completo?
   Yo subrayé:
   —Por completo.
   Me miró inquisitivo:
   —¿De verdad?
   —¿Cómo podría demostrárselo? —dije a la ligera.
   —¿Cómo? —se quedó pensativo.
   Luego sonrió:
   —¿Es usted capaz de pronunciar el nombre de la muchacha sin alterarse?
   —Cómo no: Helene Croner.
   En ese momento sonó un disparo a mi lado. Berger rodaba por el musgo con el cráneo destrozado. Murió en el acto.
   Al día siguiente estaba hojeando el periódico. En la última página, en la esquinita más inferior, aparecía la esquela de Berger, cuidadosamente redactada. Estaba firmada por:
   Su desconsolada viuda Helene Berger, de soltera Croner.


En "Los últimos" y otros relatos (1893 - 1902)
Traducción de Isabel Hernández
Barcelona, 2010
Imagen: RMR, Illustration (uncredited author) Bettman-Corbis