30 abr. 2014

Martin Amis: El cachorrito que pudo





El cachorrito vino brincando y rodando por los campos en barbecho. Aquí viene, brincando, rodando. Como la mayoría de los cachorritos más adorables, este cachorrito tenía grandes ojos marrones que parecían suplicar, temblorosas orejas medio levantadas, y flojos pliegues de carne en la juntura del cuello. El pelo era de un gris sutil (como plata en la sombra), con un triángulo blanco en el pecho, como el frente de una camiseta, y retazos también blancos en cada pata, como calcetines, como zapatos, ¡como polainas! Hay que decir que este cachorrito era un poco rollizo, aunque de un modo adorable. Gordura de cachorro, no gordura de perro. Había corrido y corrido días y días. ¿De dónde venía el cachorrito? ¿Adónde iba el cachorrito, y con tantas ganas? La cola orgullosa bien alta, las patas delanteras alegremente abiertas, las… ¡Epa! Ahí va de nuevo. Luego se encamina, incansable, brincando, rodando, rumbo a nuevos y grandes descubrimientos, a maravillosas transformaciones. Por supuesto que el cachorrito no tenía idea de dónde venía ni hacia dónde se dirigía. Pero iba a llegar.

El caso es que con toda seguridad el cachorrito olió o percibió el poblado antes de verlo; los fuegos, las calles curvas, el lugar humano. En realidad su vista no era tan fiable, por torpe, negligente, y sujeta como estaba a apasionadas distorsiones de miedo y de deseo. Pero allí vio algo nuevo, forma y molde, evidencia, una gran manifestación impresa o grabada sobre el mundo fortuito a través del cual brincaba. El cachorrito rodó un rato, y luego, meneándose, se puso en pie. En seguida supo que había encontrado el lugar que su corazón buscaba: el destino. Abajo, en el valle redondo, podía discernir figuras en movimiento, y círculos dentro de círculos y, en el centro, una parábola ardiente: un cuello de cisne, una guadaña, ¡un interrogante de fuego! Allí se detuvo el cachorrito, mordisqueándose ansiosamente las patas. La cabeza se estiraba hacia delante urgiendo al cachorrito a seguir, pero las patas no hacían más que forcejear y saltar. La cola se le empezó a sacudir, primero titubeante, luego con un vigor tan temerario que casi le desgarra un músculo del trasero regordete. Saltando se puso en marcha, acercándose, acercándose, bajando por las sombras del amanecer, volando casi, con la sangre joven encendida; hasta que vio un grupo humano que estúpidamente se alejaba de un portón en la empalizada baja. Entonces el cachorrito aceleró. Se precipitó hacia ellos, luego saltó en el aire y dio una voltereta, y deslizándose aterrizó de espaldas a los pies de ellos: las cuatro patas ahora alzadas con timidez, la cola temblorosa, la suave barriga expuesta en rendición y confianza reflexivas.

Y no pasó nada… El cachorrito se despertó en un charco de azoramiento y dolor. No es que se hubiese dormido ni nada, pero así sentía la vida el cachorrito, pues allí abajo todo era mucho más ferviente, más apremiante, más repentino. La gente permaneció inmóvil, en un semicírculo estúpido; eran seis o siete; algunas caras mostraban miedo, otras disgusto; ninguna amabilidad. Al fin el cachorrito se incorporó con tristeza y les imploró con la mirada, la esforzada mandíbula fija en una pregunta. Su pregunta era la tuya. ¿Por qué querrían portarse así con un cachorrito que tenía el confundido corazón lleno de amor magullado, un cachorrito hecho para las caricias y el retozo? Y la gente no tenía respuesta. También ellos (le pareció intuir al cachorrito) estaban llenos de confusión, y de dolor. Deseoso de consolarlos, y esperando que aquello no fuese más que una suerte de malentendido, el cachorrito volvió a agachar las patas delanteras en un ruego tembloroso. Pero esta vez la gente empezó a alejarse. Los hombres mascullaban y hacían gestos burlones. Una mujer lanzó un grito; otra escupió: escupió al cachorrito. Parpadeando, él los miró atravesar el portón. Era extraño. El cachorrito no sabía mucho, pero al menos sabía esto: que la gente no era desconsiderada. No, no lo era. La gente no era desconsiderada.

Y por lo tanto, manteniendo la distancia, merodeando en busca de comida (gusanos, raíces, un tipo de flor especial, ciertas sustancias intoxicantes pero sensibles que a su nariz le gustaban y su lengua aborrecía), y dejando escapar muchos suspiros exhaustos, el cachorrito rondó el lugar humano hasta que el día empezó a caer. Mientras hurgaba entre rocas y agujeros tras las hormigas picantes y la fabulosa tostada de las mariposas, seguía echando miradas de esperanza hacia el pueblo cercano, que en sí mismo era un hormiguero repleto de movimiento errático pero significativo. Aplacado, apaciguado el hambre, el cachorrito esperó en la ladera de la colina, observando, suspirando. Pese a la desdicha cobijaba un intenso presentimiento de grandes cosas por venir, de maravillosas revelaciones, un sentimiento que bien podría haber sido engañoso, pero que nunca dejaba de acompañarlo. Más avanzado el día encontró un montículo húmedo y vaporoso cuyos interesantes olores investigó con diligencia. Momentos después se encontró yaciendo de costado, impotente y enfermo. El cachorrito se mantuvo alejado de ese y de todos los montículos con el mismo olor, un olor que a partir de entonces indicaría peligro. Mientras la noche caía en pliegues sobre el paisaje desasosegado, oyó al otro lado del valle el desgarrado aullido de una bestia, incansable y escarlata, un sonido que le repicó en la cabeza con el riesgo del olor particular. Todo lo que ahora el cachorrito podía ver u oír del poblado era el horrible fuego, la larga curva llameante en el corazón del lugar humano.

Era amor, sin duda era amor, y con síntomas clásicos. Cada mañana, llevando su cesta, la niñita llegaba desde lejos, atravesando colinas, para recoger flores y nadar en el arroyo barnizado. Su paso vagabundo la llevaba allí con puntualidad (cuando ella iba el día siempre era exactamente del mismo color), descalza y con un vestido blanco. Las mismas flores desfallecían y hacían mohínes cuando se aproximaba. Querían que las recogiera. Recógeme a mí. Las flores, las fantásticas flores: ¡mirad cómo charlan y se enredan en la niebla! Imaginad también al cachorrito atisbando desde las sombras del árbol protector, el hocico entre las patas, la cola meciéndose perezosamente, los ojos viscosos y llenos de legañas. Pero de golpe alzó la cabeza (el cuello repentinamente erguido y asombrado) cuando la joven se quitó el vestido, de puntillas se metió desnuda en el estanque, ¡y se echó a cantar mientras se lavaba los pechos! El cachorrito suspiró. La amaba a distancia; era un amor instantáneo, hambriento y sin palabras. Habría dado los pigmentos y el dolor de la vida -y sus grandes presentimientos- a cambio de una sola caricia de su mano, una palmadita, un beso. Era un amor que no revelaría jamás. La gente no gustaba de él: ahora ya lo sabía. En los campos que se extendían sobre el valle se había acercado al menos a un par de docenas de personas, solas o en grupos, adoptando estilos y posturas diversos (arrastrándose, correteando, dando cabriolas); en todos los casos habían recompensado sus sufrimientos con burlas y muecas -y en verdad que ahora había sufrimientos, tantos sufrimientos-. Así que, si bien cada célula del cuerpo del cachorrito lo impulsaba desesperadamente a unirse con la niña y sus flores, a declararse, a dar saltos y volteretas y hacerse un ovillo y rodar, se mantenía en las sombras y amaba desde lejos. En cualquier caso era amor. Y de algo el cachorrito estaba seguro: nunca se lanzaría en pos de algo menos que el amor.

Transfigurada, ella salió del agua acariciadora y se arrodilló en la orilla para que su cuerpo se entibiara al sol. Adelantándose uno o dos centímetros, un palmo, un metro, el cachorrito vigiló suspirando, encogiéndose, batiendo las patas en somnolienta fiebre. Pues a aquellas alturas ya era un cachorrito algo enfermo, languidescente y lastimado, ávido de la minuciosa ternura que todo cachorrito necesita. Y esa mañana lo traumatizaban el temor y el alivio. Sucesos violentos lo habían obligado a eludir la cita del día anterior; y, en su adormilado mundo de causa y efecto, el cachorrito creía que si él dejaba de presentarse en el nervioso arroyuelo, pues bueno, también la amada dejaría de presentarse, y desaparecería para siempre. De ahí su súbito alivio, su rapto. de consuelo, cuando espiando desde las sombras protectoras vio de nuevo a la niña.

Había sucedido la noche anterior a la noche anterior. Había sucedido así. El cachorrito estaba durmiendo profundamente en su lugar de costumbre (un hoyo al abrigo de un árbol inclinado) y en su posición de costumbre (en completo abandono), cuando una ráfaga de sonidos y olores lo incitó a ponerse en pie de golpe. Frunciendo el hocico, el cachorrito registró curiosas agitaciones en la textura de la tierra y percibió tenues resquebrajamientos y roturas que se aproximaban. El perfume, diluido aún por la distancia, intrigaba agudamente al cachorrito pero también despertaba las glándulas del peligro. Titubeó en la noche vacilante. Demasiado débil y confundido para escapar, examinó el agujero en donde acababa de pasar una hora agradable, olisqueando, arañando y probando una poderosa corteza nueva. Entonces los sonidos se le echaron encima: más fuertes, peores, calientes y tóxicos, de una voracidad sin límites. Y todavía el cachorrito titubeó, la cabeza ligeramente inclinada en el trance, la cola torcida en un reflejo esperanzado, juguetón. Pero ahora la racha de gasolina y de sangre le impregnó el pelo: gimoteando, el cachorrito se deslizó dentro del agujero para esconderse en la humedad pegajosa. O intentarlo. Las trabadas patas delanteras buscaron apoyo pero, mientras las traseras resbalaban y se sacudían, las ancas regordetas seguían expuestas. Y ya casi sentía la antorcha del aliento, la calcinante saliva tocándole el trasero. Si el terror no había podido, el horror lo consiguió, empotrándolo en la tierra con un ruido seco; y allí yació, tosiendo y sollozando hasta que la rabia infame se hubo disipado, esparcida sobre el suelo que le cubría la cabeza… Tan aturdido estaba el cachorrito que por unas buenas treinta y seis horas se olvidó de asomarse, y lo que por fin lo hizo retroceder hacia la luz del día fue una hambrienta desesperación. Entrar en el agujero no había sido fácil, pero fue fácil salir. Pues al parecer el cachorrito se estaba volviendo cada vez más pequeño.

Así suspiró y atisbó, atisbó y suspiró. Todas las flores habían perdido su languidez y ahora se arqueaban, esforzándose por ir al encuentro de la mano de la muchacha. Oh, cómo deseaban que las tomase. Leve y desnuda la muchacha se movía entre ellas, inclinándose para liberar un tallo de la tierra, incorporándose luego para prenderse los pétalos en el magnífico pelo negro. Muda y orgullosamente amada por el cachorrito (¿cuántas vidas dichosas no habría pasado él ignorado, no correspondido, sumido en ese amor a medias, en esa vida a medias?), la muchacha cantó, la muchacha nadó, la muchacha se recostó sobre el vestido, secándose y soñando con el crecimiento, con el cambio, con misteriosas metamorfosis. Canturreando, murmurando, buscó otra posición en la cual dormitar, abrió los ojos… ¿y qué sería lo que vio? Pues un cachorrito, un cachorrito que con mucha cautela se asomaba entre las flores con la cola mustia de ansiedad y el hocico cepillando la hierba. El cachorrito no había tenido la menor intención de acercarse a la muchacha de esa forma. Pero resultó que de repente se encontró con que había ido y lo había hecho, tal como suele ocurrirles a los cachorritos. La niña se sentó y lo miró con atención, llevándose una mano a la boca. El cachorrito, presintiendo la gravedad de su error, estaba por hundirse miserablemente en los confines de la tierra para no volver nunca, cuando de pronto ella se rió y dijo:

- Hola. ¿Y tú quién eres? Ven. Ven aquí. Bueno, bueno. Oooh, vaya criaturita más graciosa… Te llevaré conmigo a casa. Pero no te querrán. Por culpa del perro. A Keithette no le gustarás. Creo que a Tom tampoco. Yo me llamo Andrómeda. Y a mí sí que me gustas. Sí, me gustas mucho.

Para el cachorrito, desde luego, todo esto era puro griego; ¿pero que importaba? La voz de ella, melodiosa como una canción infantil, era apenas un agregado más en la enramada de dicha que lo circundaba. Ni siquiera en sus sueños, en sus agitados, gimoteantes sueños… Aunque sería exagerado afirmar que los cachorritos tienen fantasías, sí es cierto que tienen sentimientos, poderosos sentimientos, allí, en lo profundo, donde todo hiende y rasga como el hambre. Tumbado de espaldas sobre las flores envidiosas, con la mano de ella sobre la barriguita (ligeramente asegurada por una pata especulativa), la cola en sintonía con el lento pulso, el cachorrito tiritaba y se ahogaba en un pequeño y hermoso mar de alegría. Ah, qué paz penetrante. Toda cubierta de cielo, ¡de cielo de cachorros! Muchas horas estuvieron rodando y retozando y apretándose y acurrucándose, hasta que el color del día empezó a cambiar.

- Oh, no -dijo la niña.

Huyó con vívido terror. Aunque le ordenaron que se quedara, el cachorrito la siguió, con tanta discreción como podía, eludiendo la mirada cada vez que ella se volvía para ahuyentarlo (como si creyese que, cuando no podía verla, ella no podía verlo a él). Pero al fin Andrómeda hizo una pausa en la huida y se detuvo para lanzar la advertencia:

- Quédate aquí. Ten cuidado con el perro. Yo vendré mañana. Prometido. Quédate aquí, pero por favor no te vayas. ¡Quédate! Oh, quédate.

Desconcertado, meneando la cola con vacilación, el cachorrito la miró correr valle abajo hacia la boca del cráter, donde los fuegos azules ya comenzaban a crepitar consumiendo el aire del ocaso.

Durante la siguiente oleada o paquete de tiempo, la vida del cachorrito se pareció a un sueño delicioso y terrible cuyas dos caras -el pánico y el éxtasis- estaban tan unidas como las de un cuchillo; a veces sentía que el corazón podía agrietársele y empezar a supurar bajo la increíble incertidumbre. Pero, puesto que era un cachorrito, pasaba gran parte del tiempo en las condiciones inalteradas, en los extremos. Cuando Andrómeda se inclinaba sobre él con el cabello tibio de sol ornado de flores mágicas, cuando le hacía cosquillas en el pecho y le besaba la barriga caliente, ¿os pensáis que el cachorrito sentía otra cosa que una dicha definitiva y abrumadora? Toda la vida era un juego amoroso, un encantador juego amoroso. Pero el cachorrito ideó otros: el juego en el cual él corría muy rápido hacia ella y en el último segundo la esquivaba; el juego en el que corría alrededor de ella en círculos concéntricos acompañándola a donde fuera; el juego en el que él se alejaba con mucha languidez y al acercarse ella, se ponía de un salto fuera de su alcance; y otros similares. Andrómeda parecía singularmente lenta en comprender los juegos, quizá porque ahora el cachorrito estaba muy débil y enfermizo, y se cansaba con gran facilidad. Y sin embargo no se detenía. Había en sus cabriolas algo de delirio. Con frecuencia, también, algunas de las maniobras más ambiciosas concluían en violentas caídas. Una tarde, después de incitarla durante horas, consiguió que jugara al juego del palo, que consistía en que debía arrojar un palo para que el cachorrito fuera a buscarlo y devolvérselo o no, dependiendo de su capricho de cachorro. Por error ella arrojó una vez el palo al arroyo, y el cachorrito se zambulló tras él. Por un rato pareció que se hallaba en ciertas dificultades; y la verdad es que cuando Andrómeda lo arrastró hasta la orilla tuvo un buen ataque de tos. Entonces, mientras se recobraba a su lado, ella notó que tenía la cola y las patas traseras inflamadas y cubiertas de quemaduras. Lo observó con un gesto de preocupación. El cachorrito respondió con un parpadeo agradecido. Contemplándola por entre los rayos de las pestañas mojadas, y con ese esplendor fotosférico que tenía por arriba y por detrás, ella le parecía… bueno, le parecía un ángel resuelto y formidable, esencia divina, un Poder, un Soberano, un Trono cubierto de joyas prismáticas, resbalando por los rayos del sol. Hemos de tener en cuenta, claro, que el cachorrito no tenía muy buena vista… Oh, pobre cachorrito.

Pues las noches eran diferentes, mucho más largas que los días (por lo menos tres veces más largas) y llenas de miedo. Retorciéndose en la madriguera, mientras el gran animal poderoso y atroz rasguñaba vorazmente la angosta abertura, el cachorrito no pensaba en el día… el día distante, irrisorio. No comprendía. ¿Cómo había desatado tal cólera en una criatura a la cual, al menos eso sentía, él hubiera podido dirigirse en busca de amor, de amparo, de diversión? No comprendía. Pero sí comprendía una cosa: sabía hacer una distinción, y muy sutil: la diferencia entre terror y horror. Terror era cuando la muchacha se iba y la noche empezaba a caer arrebatando al mundo su color. Horror era cuando la bestia estaba allí, a la entrada de la madriguera y las llamas de su aliento chamuscaban el trasero del cachorrito.

- Esto no puede seguir así -dijo Andrómeda una mañana cuando encontró al cachorrito adormecido, tiritando y estornudando junto al nervioso arroyuelo. No podía ni comer la comida que de contrabando le había traído. Se incorporó para dar un salto, pero las patas traseras cedieron y rodó en la hierba con un suspiro fatalista. Por lo general, cuando miraba al cachorrito, Andrómeda pensaba: ¡La vida! He aquí la vida. Pero ahora se le ocurría la posibilidad (pospuesta una y otra vez, porque la sola idea hacía que se doblase en dos de náuseas) de que el cachorrito se estuviese muriendo. Podía ser que el cachorrito simplemente no lograse salir a flote. Pues comprenderéis que el miedo lo había vaciado del todo; el miedo y una intensa soledad de cachorro, la necesidad de pertenencia, la necesidad de estar… dentro.

Andrómeda tragó saliva y dijo:

- No me importa. Te llevaré a mi casa. Ahora mismo. No me importa.

Y así, con mucho, mucho cuidado, acomodó al cachorrito de miembros fláccidos en el fondo de su cesta, y cubrió la débil forma quejumbrosa con flores y uvas blancas y un pañuelo rosa. El cachorrito tardaba en entender ese juego, no cesaba de retorcerse y luchar, y parecía sonreír, y después se hacía el muerto. «Shhh», le decía Andrómeda una y otra vez, pero él continuó dando pataditas y doblando las patas hasta que logró incorporarse. El viaje aéreo pareció serenarlo. A una milla del pueblo, al borde de la colina, ella apoyó la cesta en el suelo, levantó la tapa y le echó al cachorrito un largo discurso, con mucho juego de índice alzado, de pie golpeando en la tierra, de ceño riguroso. Esta etapa, de hecho, dejó al cachorrito tan despistado y confundido que se quedó mirando a Andrómeda con cándida indiferencia; y hasta le bostezó en la cara. Siguieron la marcha, hasta llegar al pueblo vallado. «Buen día, buen día», sonaron las voces, y Andrómeda cantaba canciones a voz en cuello, no fuera que al cachorrito se le ocurriese, con temeridad, gemir o aullar.

Pero el cachorrito fue bueno y no hizo nada de ruido. (Para ser sincero, estaba totalmente dormido.) Al llegar a la cabaña, Andrómeda se puso en puntillas y espió. Keithette no estaba. Tampoco Tom. Así que llevó al cachorrito directamente a su habitación.

Ahora bien, Andrómeda tenía mucho que explicar (¡más le valía ser convincente!). Y, si vamos al caso, nosotros también.

Tal como estaban las cosas, el poblado era el alimento del perro -y el perro era, si no el peor de todos los perros posibles, sin duda el peor de cuantos habían existido-. Los policías y guardianes genéticos que en un tiempo habían mantenido separadas las especies, ya no controlaban con tanto celo al mundo viviente. En zonas menos templadas que la de nuestra historia había criaturas que cojeaban y aleteaban en extrañas grietas abiertas entre viejos reinos, medio fauna, medio flora, medio insectos, medio reptiles, medio pájaros, medio peces. La selección natural había dejado paso a una suerte de discriminación inversa, o distintivismo. Cualquier loro anfibio por idiota que fuese, o cualquier desgraciada comadreja de tres alas, tenían tantas probabilidades de sobrevivir, o de triunfar, como el más listo, el más elegante, el más testarudo roedor carroñero o depredador invenciblemente acorazado. A muchos humanos, asímismo, los desanimaba un tanto encontrarse viajando hacia atrás por los rutilantes senderos de la evolución -o más bien hacia el costado, rumbo a cualquier imprevista humillación de membranas o bolsas ventrales, de picos o patas de cerdo-. La gente, la poca que aún quedaba, tendía a menguar cerca de los desiertos, que eran abundantes. Allí, las formas inferiores florecían incontroladas en su caos: apenas se podía volver la cabeza sin divisar alguna hiena de pies múltiples o un gigantesco gusano de dos pisos avanzando hacia uno por las arenas moteadas. El poblado estaba al norte, no muy lejos de las tierras heladas. En esas selectas latitudes, después de décadas de silencio enemigo, el planeta Tierra volvía a ser un enclave hospitalario, incluso elegante. Con tanta comida -con tanto espacio y tanto clima- la naturaleza tenía muy poco que seleccionar. Hasta que llegó el perro.

Acaso el perro fuera entonces el Selector Natural. El perro tenía dos metros y medio de largo y un metro veinte de altura integrados en una estructura amorfa, con la cabeza bambolearte y voraz apenas ligada a los hombros fortísimos. En vez de cola exhibía una extremidad suplementaria, menos tibia, tendón y talón, por completo inútil y escasamente decorativa. Los ojos eran de un amarillo escorbuto, la saliva de un carmesí chillón, venenosa y corrosiva, capaz de disolver por completo los huesos humanos. El perro era el beneficiario de un nuevo acuerdo simbiótico mediante el cual, saludablemente, hospedaba diversas enfermedades graves pero a esas alturas inocuas, ya que sus numerosos parásitos habían cargado (en este caso) con más de lo que podían manejar. Antaño el perro, como el tiburón, había comido sin inconvenientes todo lo que pudiera zamparse. En esos días, sin embargo, era exclusiva, incluso religiosamente omnívoro. No veía su dieta con buenos ojos. Nunca había habido una demostración clara del hecho de que no debían comerse seres humanos. El adelanto personal más importante del perro residía en su pelo, que era espeso, manchado, fungoide y sin embargo como sintético, demasiado brillante, parecido al lúrex o al rayón. Fue el primer perro que supo ganarse el sustento, que consiguió sobrevivir en las tierras septentrionales. El poblado era su alimento. Parecía necesitar cerca de un ser humano a la semana. No era tan glotón, y los seres humanos, había descubierto, duraban mucho.

Nadie en el pueblo tenía idea de qué hacer con el perro. Bueno, había una vergonzosa estrategia; pero no daba resultado. Ociosos en un mundo rejuvenecido, habían perdido hacía mucho las nobles artes de la supervivencia y el aprovechamiento, no hablemos ya de la lucha y el asesinato. Ya nadie sabía cómo armar un infierno. Ordeñaban la rica vida de la tierra: por cierto, algunas plantas eran tan nutritivas y sangrientas como la misma carne; sí, muchas plantas sangraban. Usaban pocas herramientas, y ningún arma. Incluso esperaban prescindir muy pronto del fuego. Así era el mundo ahora.

Durante el par de días siguientes el cachorrito estuvo tan mal que Andrómeda pudo mantenerlo alojado en el armario de la ropa sin mucho miedo a que lo detectaran. A veces, en trance de presagios, se descubría a punto de resignarse a perder a su nuevo amigo. «Quédate», le murmuraba ansiosamente. «No me dejes. Quédate, por favor, quédate.» Por la noche Andrómeda le llevaba una selección de verduras jugosas y lo alentaba a comer. Él parecía agradecer el afecto, la comodidad, pero rechazaba la comida y dejaba escapar un suspiro de dolor. Y entonces, al tercer día… Bien, Andrómeda estaba desayunando con Keithette y Tom, su madre y su «padre». En el silencio el sol jugaba al balón subatómico con las melancólicas motas de polvo. Tanto Andrómeda como Tom miraban a Keithette con cierta prudencia. Aquella mañana nadie había hablado con la menor libertad porque aún faltaba que Keithette eligiera y anunciara su estado de ánimo para ese día. Se podía escoger entre siete (ahora todos eran diferentes, todos tristes desde que existía el perro): Lúnebres, Marchites, Melancóliques, Jódibes, Velornes, Sobresábado, Dolormingo… Tom machacaba ligustro en un mortero.

- Yo, de todos modos, prefiero el lazo simple.

- ¿Por qué? -preguntó despiadadamente Keithette. Era una mujer rubicunda, de cara ancha, fornida y de pecho plano (la mujer estándar por entonces); pero en momentos como aquél su boca parecía tan delgada como una fisura en un vidrio-. ¿Por qué? Dímelo, Tom, por favor.

Tom dejó el mortero de lado y con las dos manos hizo un gesto de moldeado.

- Quizá porque traduce… traduce la unicidad esencial de tu naturaleza.

Para Keithette aquello era un tanto excesivo.

- ¿Qué unicidad? -dijo ella, y cruzó los brazos en actitud serena-. Anda. ¿Qué unicidad?

Y ahora también Tom quedó perplejo.

- La verdad es que no lo sé -dijo-. Pero estoy seguro de que esa cinta quedará muy bien con el vestido.

Puede que Keithette haya estado a punto de ablandarse. No lo sabremos nunca. En ese momento, justo cuando Andrómeda se llevaba cuidadosamente a los labios la cuchara de madera, oyeron un claro ladridito al otro lado de la puerta de la cocina… Rígidas, las tres figuras se echaron hacia atrás. Por unos instantes el tiempo transcurrió sin que nada ocurriera adentro, y el momento bien podría haber pasado intacto de no haber llegado un segundo aullido, más audaz y perentorio que el anterior. La alarma de Andrómeda era aguda. A punto de hablar, se detuvo ante la invulnerable mirada de su madre. Luego se oyó el tercer aullido.

- Sobresábado -dijo Keithette.

Pero entonces se levantó, y con la femenina necesidad de afrontar lo peor, pareció dilatarse y encenderse. Keithette avanzó hasta la puerta divisoria, con Andrómeda y Tom medio metro detrás de ella. Se volvió, irritada y resuelta, antes de empuñar el pomo. La puerta se abrió como una tapa.

Y qué se encontraron si no al cachorrito, ya recobrado del todo, y de hecho tan lleno de entusiasmo que brincaba, culebreaba y finteaba a uno y otro lado,meneando la cola con tal violencia que el trasero parecía una sola manchita peluda. Luego se tumbó de espaldas con las patas para arriba y dobladas. Echándose a llorar, Andrómeda se arrodilló junto a él.

- ¿Qué es eso? -dijo Keithette.

- Dejadme sola -dijo Andrómeda-. Es un… «cachorrito» -explicó, y un nuevo esfuerzo asomó en sus ojos-. Un cachorrito.

El adorable cachorrito levantó los ojos.

- Mi cachorrito -dijo Andrómeda.

- ¿Por qué la soporto? -empezó Keithette-. Contéstame, Tom. Por favor contéstame. ¿De dónde ha salido? Desde el principio no me ha dado un solo momento de paz. ¿Por qué no puede ser como el resto de las niñas? ¿Por qué? ¿Por qué? De acuerdo. Te despacharé a vivir con los niños. ¡O con los Raros! ¿En dónde lo encontraste? Y ahora escúchame, Andrómeda. Andrómeda, desde luego. Con su propio nombre no le basta. ¡Tiene que ir y llamarse Andrómeda! ¿Y ahora qué hace? Pero te diré una cosa, jovencita. Aquí no se queda.

Requirió muchas horas de súplica, mucha Aceptación de Culpas y Descubrimiento de Errores, y mucho trabajo de Tom en la alfombra, en la bañera y en la cama, gran manipulación de toallas calientes y compresas frías, de rascadores de espalda y masajeadores, para no hablar de las caricias en el pelo, los mimos en la nuca, los besos en los pechos -a lo que se sumaron los incansables llantos y ruegos de la pequeña Andrómeda-, pero al cabo Keithette fue ganada para la causa de la presencia del cachorrito, presencia que, se daba por sentado, sería temporal, contingente, provisoria. Naturalmente, la resolución podía abolirse con un solo chasquido de los rudos dedos rojos de Keithette. Bueno, ¿pero qué podía hacerse tratándose de un cachorrito como aquél, con su ridículo hocico arrugado y esa expresión de súplica en los ojos? Todo lo que el cachorrito tenía de su parte, en verdad, era la adorabilidad. Y era adorable; vaya si lo era. Después de las incontables promesas y penitencias, de las cláusulas y convenios de la larga tarde, la misma Keithette parecía demasiado exhausta por la refriega.

- Muy bien -dijo-. Puede quedarse aquí un tiempo.

- Vivir aquí.

- Por cierto, ¿dónde está?

¿Dónde estaba el cachorrito? Acurrucado a los pies de Keithette, por supuesto, y parpadeando agradecido. Hacia el anochecer el cachorrito se había acomodado en la falda de Keithette. Era toda la recompensa que Andrómeda podía ofrecerle a falta de una caricia. Desde su banco de descanso, Tom miraba con expresión de alivio arduamente ganado. Auscultaba a Keithette en busca de señales de repentina variación de humor o cambio de tema. Ahora todo parecía marchar bien. Pero menudo Sobresábado había sido aquél.

Aceitado, acicalado, claramente rechoncho e impecablemente entrenado respecto de sus necesidades, en esos días se podía encontrar al cachorrito casi siempre en su mirador preferido: el vano de la ventana de la pequeña habitación de Andrómeda. Por entre las brumas de la cortina, meneando la cola, inseguro, acelerando luego las sacudidas en súbitas explosiones de reconocimiento o entusiasmo general, el cachorrito miraba ir y venir a la gente durante horas enteras. Porque la gente… ¡la gente era tan hermosa! Las mujeres caminando a largos trancos con las manos en las caderas, deteniéndose de vez en cuando a charlar y asentir entre ellas con los brazos cruzados. Las muchachas, suntuosas y distantes, con una dispendiosa presunción en las mejillas ovaladas y el pelo artificioso. La gente era de todos los tamaños y colores. Sí, y también estaban los viejos, con el paso más precavido (no te apresures) y esa forma en que la luz parecía brotar de sus ojos humanos. Los niñitos estaban rígidos y alertas, impenetrables, en guardia. ¿Por qué no jugarían?, se preguntaba a su manera el cachorrito. ¿Por qué no jugarían, no saltarían y rodarían como una pandilla de cachorros?

Nadie jugaba salvo el cachorrito. Pero el cachorrito jugaba mucho. juegos de saltar, juegos de rodar, juegos de esconderse. La joven dueña llegaba casi a exasperarse ante tanto jolgorio y travesuras. Un tranquilo Dolormingo encontró al cachorrito husmeando con frenesí un juguete rojo que Tom había atado a la pata de la cama. Urgida por los ladridos se las arregló para librar la cosa de su atadura; después la hizo rodar ante el cachorrito. Una pelota, ¡una pelota roja! El cachorrito procedió a perseguirla por la habitación. Y volvió a perseguirla por la habitación. Sosteniendo la pelota entre las mandíbulas, provocó a Andrómeda para que se la quitara y la arrojase. Luego se la llevó de nuevo y saltó alrededor de ella hasta que la arrojó una vez más. Andrómeda de verdad que no podía comprender la histeria del cachorrito en tales momentos. Pero estaba claro que el cachorrito necesitaba seriamente jugar, tan seriamente como necesitaba amor y alimento. Por cierto que cuando ella le llevaba la verdura y la fruta, a menudo el cachorrito hundía la cabeza entera en el tazón.

Cierta vez unas personas que pasaban miraron dentro y vieron al cachorrito en su puesto. Les ladró juguetonamente y se puso tenso, disparándose en una cabriola. Todos retrocedieron, asombrados y hostiles. Se juntó una pequeña muchedumbre y un rato después, (para entonces el cachorrito se había escondido debajo de la cama), se oyeron unos golpes obstinados en la puerta trasera. La ruidosa cuadrilla hubo de enfrentarse con Keithette, que resolvió el problema con una terrorífica descarga. Entonces se convocó a Andrómeda para que se sumara a Keithette y a Tom en un debate de tres horas llevado a cabo en el recibidor. Tema: la imaginación de Keithette. Llegado este punto, no obstante, Andrómeda resolvió actuar con arrojo.

Con la connivencia y la ayuda de Tom, fabricó un pequeño collar para el cachorrito, y una correa. Y así salió con él a pasear por el pueblo. Retorciéndose y agitándose y ahorcándose al principio, el cachorrito acabó al fin por adoptar un trote obediente, con sólo la cabeza indócil y atareada en olisquear toda forma y color, como si el mundo entero pudiese ser comida. Ha de decirse que el experimento no fue del todo un éxito. Mucha gente se mofaba, o retrocedía, o se echaba a llorar, y el mismo cachorrito soltaba un gemido por una especie de compuerta de los senos nasales, un gemido de desaliento por la desdicha que en cierto modo parecía representar. Andrómeda siguió caminando con obstinación y orgullo plenos, pero ahora el cachorrito se escondía entre sus tobillos. De regreso -aún podía oír los insultos a su paso-, Andrómeda recibió el saludo de Keithette, quien sorprendió a todos, incluso a sí misma, dedicando a su hija una sonrisa aprobatoria y encrespando con desenfado los brillantes pliegues del cuello del cachorrito. Andrómeda le adornó el collar con cascabeles de plata, y al día siguiente volvió a llevarlo de paseo. Se había decidido. Pero el cachorrito, hay que decirlo, estaba bastante acobardado.

- Tengo un nombre para ti -susurró Andrómeda en la oscuridad-. Jackjack. ¿Te gusta? -El cachorrito estaba en la cama con ella.- Si no fueras un animal -susurró- te llamaría John y serías mi niño. -El cachorrito alzó la mirada hacia ella, iluminada por un anhelo sin límites.

¿Por qué ama la gente a los niños? ¿Por qué aman los niños a los bebés? ¿Por qué aman todos a los animales? ¿Qué aman de ese modo los animales? Todos, el mundo entero, más aún, hasta las estrellas que están en lo alto: estrellas como la estrella llamada Andrómeda, fija en los cielos dispersos, fulgurante. Realmente no se podía culpar a los aldeanos. Lo estaban pasando muy mal, y no estaban preparados para afrontar malos tiempos. Mientras que en otras épocas la gente solía emprender sus labores con lágrimas de satisfacción en los ojos, ahora lloraba otra clase de llanto. ¿Y hacia dónde iba a volverse? A lo largo de las décadas blandas había perdido la antigua resolución: el conocimiento, la capacidad. La depredación y su parafernalia habían desaparecido por completo de sus códigos genéticos. De habérseles concedido una o dos generaciones más, de habérseles proporcionado el truco o la calamidad de una adaptación súbita y activa, oh, supongo que con el tiempo habrían descubierto algo. Pero no había tiempo.

Buscaban la autoridad, ¿y qué encontraron? Las líderes naturales eran, desde luego, aquellas mujeres con las voces más altas y las personalidades más fuertes. Y si pensáis que Keithette es temible, tendríais que conocer a Clivonne, ¡o a Kevinia! Al principio intentaron rechazar al perro con odio. Se sentaron a odiarlo y odiarlo, pero el perro siguió merodeando en pos de la orgía semanal. Trataron de ahuyentarlo con gritos, pero tampoco eso funcionó. Probaron ignorarlo, pero eso no consiguió perturbar demasiado a un perro como aquél. Así pues, hubo más consultas. No es que sostuvieran una reunión: se trató simplemente de una docena de maridos exhaustos y aterrorizados -todos los Tom y Tim y Tam- corriendo con mensajes de cabaña en cabaña. Dicho sea de paso, esto nunca había sido decidido por nadie. No era una reacción al pasado profundo. No había memoria profunda alguna, ¿os dais cuenta? Ahora el mundo era así, nada más.

Y entonces invitaron a la muerte a entrar por la puerta del fondo, y le permitieron deleitarse con los involucionados, los hombres con pico y las mujeres con alas, los seres peludos o acorazados o resbaladizos con expresiones de aturdida desgracia. Se decidió subliminalmente que todo era culpa de ellos. Ah, pobres Raros… Cierto Velornes, Andrómeda llevó al cachorrito que pudo al sitio donde solían reunirse los involucionados; la saludaron con tolerancia, e incluso recibió gran atención por parte de un viejo mulo o heteróclito que sobó el pelo del cachorrito con el extremo de su ala tullida. Al cachorrito los Raros le cayeron bien, como sin duda le caía bien todo el mundo. Eran derrotistas, desganados e inertes: defectuosas máquinas de supervivencia, sabían que no estaban hechos para durar. Sabían que probablemente no serían seleccionados, no en última instancia, no en ese sentido. Y qué pocos quedaban ahora. Pronto, pensó Andrómeda, los Raros se agotarían del todo. ¿Y después qué? Una sola consecuencia. Consideró posibles maneras de salvar al cachorrito, si a eso se llegaba.

De vuelta a casa los siguió un grupo de mujeres que lanzaban alaridos y estribillos contra el cachorrito, y ponían caras desagradables intimidándolo terriblemente.

- Vamos, Jackjack -dijo Andrómeda en voz alta-. No les hagas caso. -De modo que él la acompañó volviendo cada tanto la cabeza con desconfianza por sobre los hombros caídos. Pero Andrómeda no miraba atrás. Caminaba erguida y sincera, llenando el espacio recibido. Pues en el pueblo Andrómeda gozaba de un prestigio ambiguo; sin duda poseía la virtud de la rareza. En parte tenía que ver con la negativa a vivir en la comunidad de niños, y con el hecho de que se hubiese cambiado el nombre. Se lo había cambiado de Briana a Andrómeda, ya me dirán. Pero la cuestión era en realidad la belleza: la belleza. Ya nadie sabía qué aspecto debía tener la gente, ni podía imaginar qué formas la habían agraciado en otros tiempos. Las mujeres, todas robustas y rojizas y aptas; los hombres, opacos, difusos y nulos. Y sin embargo todo el mundo tenía tiempo para la belleza, para el arte, para el modelo y el plan. Al final siempre vamos a parar a la belleza. Así como el perro salivaba instintivamente de placer al encontrar restos humanos en un montículo de caóticos excrementos suyos (el corazón encumbrado como el de un halcón), así oteaba la gente el rostro de ojos redondos de la pequeña Andrómeda, sus hendiduras y latencias, y se enorgullecía de la forma humana.

- Mira, Jackjack -dijo ella. Habían llegado al borde del cráter, el centro, la fuente profunda y su gran interrogante de fuego. Las llamas devoraban el aire, escupiendo y mascando y carraspeando. No hacía falta que nadie alimentara el fuego para que ardiese, sin combustible, tal vez a causa de la fisión; acaso sus hijas yacieran atrapadas bajo la corteza. Aunque no había dios en el pueblo, se aceptaba que el cráter era cuando menos semisagrado, y la gente sentía sus códigos, percibía sus secretos con un temor reticente. Estaba claro que nadie iba a parar allí abajo porque sí. Y por supuesto que ahora cumplía una función diferente. En el acotado abismo, rodeadas de fuego, unas mujeres sujetaban a un viejo Raro al poste, listo para el Sobresábado. El cachorrito ladró. El fuego no le gustaba. Tampoco le gustaba al perro. Pero al perro el fuego no le importaba tanto. Si era necesario, podía hacerle frente. Keithette se hallaba sentada a la mesa, microauscultada por Tom y Andrómeda. Ambos habían estado presentes en el informal seminario de una mañana entera que Keithette había impartido. Tema: la sensibilidad de Keithette. Pero el trabajo verdaderamente arduo de la tarde había recaído en Tom: un severo régimen de masaje craneal, trenzado de cabello, esponjeado interdigital de los pies y comercio sexual continuo. No había resultado. Ya nada resultaba. Porque esa noche era la noche del perro. Y ahora parecía que todos los días eran Sobresábados.

Fiel a la predicción de Andrómeda, lo inevitable había llegado a ocurrir y pronto la provisión de Raros se hallaría agotada por completo. En realidad habían empezado a escasear mucho antes de lo que cualquiera se hubiera atrevido a apostar, porque a algunos los desdeñaba hasta el perro. Los mataba sin problemas, con un solo golpe de sus garras sanguinolentas, y brindaba a los cadáveres un terrorífico ajetreo; pero no se los comía. Se limitaba a quedarse allí, estúpido e implacable, horas y horas (se pasaba todo el tiempo de pie, incluso el de sus egregias siestas), antes de arrancar la mejor extremidad del Raro muerto y alejarse con ella, para regresar a la noche siguiente, y a la siguiente también. Ahora husmearía en el cráter iluminado y no encontraría ofrenda alguna. El fuego crujiente, nada más, no más intenso ni brillante que la llama del hambre en su corazón.

- Ya se acerca -dijo Keithette.

Sí, ya se acercaba. Se le oía gruñir y canturrear líquidamente en tanto avanzaba hacia ellos trotando por los campos, cercano, cada vez más cercano. El poblado entero prestaba atención en la oscuridad a un mundo de sonidos. El paso chirriante, los ronquidos, los grandes gorgoteos ante la perspectiva de la confusa saciedad. A continuación el largo silencio al borde del cráter, el colérico aullido de decepción, el bramido final de famélica furia. Luego los olisqueos y rasguños alrededor de las cabañas, los espumarajos y babas colgantes, la descarga regular de su masa contra toda debilidad, la madera astillada, los gritos humanos, el arrítmico traqueteo de la caza, los olorosos desgarros y mordiscos de la matanza… Una vez, mientras el perro, sibilante, consumía su presa, el cachorrito (bien sujeto en la falda de Andrómeda) había soltado un aullido penetrante. Afuera se había hecho un repentino silencio, seguido, minutos después, a centímetros de la puerta delantera, de un rugido de voracidad y odio fabulosos. Pero el hambre del perro había perdido su brutalidad (ya habría otra noche), y todo lo que a continuación se oyó fueron los habitales bufidos del acarreo mientras el perro arrastraba el destrozado cadáver fuera del pueblo, rumbo a las colinas.

- Ya se va -dijo Keithette. Cerró los ojos y agitó un dedo frente a Tom, quien se le acercó sonriendo-. ¿Cuándo dejará de venir el perro? ¿Cuándo? ¿Cuándo? ¿Por qué no sé qué hacer? ¿Por qué? ¿Por qué? Mañana hablaré con Royene, y con Clivonne. Puede que incluso hable con Kevinia. No sé por qué, pero creo que yo seré la última en caer. Ahí no -le dijo a Tom- Ahí. Ahí.

Cuando el peligro de depredación es grande, las comunidades de cualquier especie tienden a formar un tejido más cerrado y los roles jerárquicos se ven puestos en entredicho con mayor intensidad. Esa comunidad particular, por ejemplo, había perdido hacía ya mucho tiempo cualquier peso genético. Es probable que la mejor decisión hubiese sido para ellos abandonar el pueblo y hacer por un tiempo vida de nómadas. Pero, ay, en el código del ADN local casi no había otro elemento estable que la tenacidad sedentaria. ¿Cómo puede uno escapar cuando para la mente no hay otro lugar que aquel donde está?

Con una suculenta comida en el cuerpo y un decente cadáver para roer y mordisquear, el perro no regresaría en seis noches. Tras el caos post-Raros esto parecía un claro avance, y de hecho todo el mundo estaba secretamente impresionado ante el ascetismo exhibido por el perro al restringirse a un humano por semana. Dar cuenta de todos le llevaría al menos un par de años. Aquel Dolormingo, no obstante, acarreó sorpresas desagradables.

Durante su última salida el perro se había dirigido al complejo de maridos disponibles y seleccionado la víctima entre los dieciséis hombres que allí se amontonaban. Durante la escaramuza los dientes y las garras del perro habían herido o lastimado a tres maridos disponibles. Hacia la tarde del Lúnebres a los hombres se les había hinchado estrafalariamente la barriga, y una basta pelambre les había surgido en la espalda y las nalgas. Los tres murieron durante la noche, mudos de horror. El Melancóliques se informó que siete maridos disponibles que apenas habían entrado en contacto con el pelo del perro habían desarrollado males cutáneos de una virulencia increíble; también ellos murieron, echando espuma por la boca en medio de un tormento de úlceras y bubones. Llegado el Velornes los cinco hombres restantes -que no habían hecho más que oler el aliento del perro- fallecieron de shock tóxico.

Los pensamientos de las mujeres, como es natural, se volvieron hacia la comunidad de niños, alojada en una estructura no demasiado resistente, justo detrás del complejo de maridos disponibles. Bien, he dicho «como es natural» pero debería señalar que en el circuito alumbramiento-crianza las cosas se habían serenado notablemente, dado que los genes operativos eran, si no egoístas, proclives a una considerable falta de ambición. ¿Estaban pues destinados todos a morir rápidamente, sin luchar? Aunque nada quiere evolucionar, todos quieren sobrevivir. No queremos morir, eso es todo. Incluso cuando la vida es pobre y terrible, y hay urgentes razones para abandonarla, no queremos morir. No queremos morir.

De nuevo hubo conversaciones, y envío de mensajes, y esposos aturdidos haciendo la ronda. El mediodía del sábado, como presa de un sonambulismo masivo, el poblado entero se reunió en el cráter junto al cuello de cisne de fuego. Sí, también estaba Andrómeda con el cachorrito, protegiéndolo de las muecas de la muchedumbre. Todos sabían lo que iba a ocurrir, lo sabían con una vergüenza exhausta, con la conciencia de no llegar a cumplir cualquier destino humano. Royene y Clivonne presidían detrás de un sólido tonel. Luego los aldeanos desfilaron, depositando cada uno en la cuba una posesión personal: una bufanda, una herramienta, una cinta de pelo, un pendiente. No hubo excepciones. Al tocarle el turno a Andrómeda, Tom sostuvo al cachorrito… Por fm Kevinia dio unos pasos al frente, miró en torno y se arremangó, la cara brillando en el calor silencioso. Fue en ese momento que el cachorrito ladró: ¡le ladró a Kevinia! Hasta se puso a gruñir. Kevinia le clavó los ojos con escandalizado desdén, mientras Andrómeda luchaba por calmarlo y con la ayuda de Tom frenaba al fin el irritado, animoso ataque de la mujer. De modo que fue con el brillo añadido de sus ojos encendidos que Kevinia hundió la mano en el tonel, la cabeza erguida y luego, con un ademán explicativo, revelador, dejó caer al suelo la pelota roja.

El cielo decía guerra. «Guerra», declaraba el cielo. Allá en lo alto, las estrellas nocturnas enviaban luz a la manera nuclear, los indicadores de combustible dilatados por vastas ecuaciones, pulsar, quasar, gigante y enana, con Andrómeda ardiendo también en ricas implosiones, cambiando y atacando por el firmamento eléctrico. Más abajo, las nubes espesas parecían tan sólidas y perfiladas como el granito, obra de propulsiones abruptas, de poderosas interacciones.

Hacía horas que el cachorrito estaba en brazos de su ama. Todos sus sentidos estaban concentrados en una sola misión: abrirse paso por entre los velos de la pena de Andrómeda y, quizás, ayudar a disiparla. Esa vigilancia apasionada también tenía un costado animal. Vosotros habéis visto, en el parque o la playa, cachorritos atados a una cerca mientras el mundo entero salta y baila. Es éste el máximo sufrimiento que un cachorro puede padecer; lastima mucho más que el hambre. Pero he aquí que el cachorrito atravesó ese dolor hasta el otro lado, retorciéndose y arrastrándose en sí mismo, sólo para sostener la pena y volverla más ligera.

- Gracias, Jackjack -murmuró Andrómeda al sentir las tibias señales (la ilimitada entrega) del amor del cachorrito. Había en la pequeña habitación un resplandor sonrosado: a la cama pronto en verano, cercenamiento, lisa exclusión. Andrómeda encaraba su destino con orgullo, como una mujer. Pero no quería morir. Pensó en escaparse, en huir (nadie la habría detenido), solos ella y el cachorrito. Pero el planeta era ahora grande y desierto, y muy solitario. Un enorme vacío apretaba el lugar humano. Andrómeda tenía orgullo. Pero no quería morir.

Pronto oyeron los murmullos apologéticos en el patio. Keithette estaba sentada ante la mesa redonda, absorta en su propio drama. No diría adiós, no lo diría nunca. Tom alzó tímidamente los ojos (cansado aún y débil después de cuatro horas de cunnilingus ininterrumpido).

- Bueno, me marcho -dijo Andrómeda, y pensó: realmente, qué criaturas más raras somos-. Me marcho. Adiós, Jackjack -dijo-. Quédate… Quédate.

El perro se acercaba. Ya se podía percibir su aullido mutilado derramándose por las colinas. Flanqueada por sus dos esposos, la corpulenta Kevinia condujo a Andrómeda hasta el borde de la gran cavidad, bajando, por el ancho sendero tortuoso, hacia donde el fuego comía su alimento de tinieblas. Allí el feo crucifijo esperaba como un Raro. Kevinia dio instrucciones. El esposo número uno ató las manitas de Andrómeda, confiando al esposo número dos la tarea de sujetarle los piececitos. Ella paseó la mirada de una cara a otra pero nada se dijo y pronto los otros se apresuraron a subir de nuevo por el sendero tortuoso. Y así se quedó Andrómeda mirando el fuego, sus duendes y genios y su puro pandemonio.

El furtivo omnívoro cruzaba las afueras del poblado, las pesadas hilachas de saliva, rechinando -repicando casi- de nostalgia salvaje cuando pasaba por el escenario de un asesinato anterior o un despedazamiento decisivo, las fauces entreabiertas, cerrándose de golpe en un espasmo brutal, los aguzados talones destrozando y removiendo la tierra yerma. Por allí avanza, horrible, la piel espinosa, bamboleando los deformes genitales, la quinta pata sobresaliendo de las nalgas como la secuela de una hazaña sexual profundamente desquiciada. El Selector Natural. Aunque en sí mismo adaptable -bien podía jactarse de su paninmunidad-, el perro bullía y estallaba de colonias enteras de virus, gérmenes y microbios atrapados: aftosa, peste negra, ictericia, tifus, triquinosis, paludismo, malaria, carbunco, sarna. Resplandecía como niebla hirviente. En el lugar donde se echaba a dormir las flores siempre amanecían muertas.

Todos conocemos la actitud normal del poblado cuando se acercaba el perro. Se hacía el muerto, ocultando su rostro humano tras una torpeza humillante. Pero en esa noche de sacrificio, de renovada náusea y derrota, las hundidas cabezas no estaban dispuestas a inclinarse para aceptar los golpes. ¿Por qué? Porque era Andrómeda, el orgullo, la belleza… ¿quizá también, de un modo perverso, a causa de la protección que la niña había brindado al cachorrito? Lo cierto es que podía sentirse el soterrado rumor de los ánimos acalorados, del petulante amotinamiento. En las cabañas apiñadas se abrieron ventanas y puertas, y aparecieron maridos gritando, agitando los brazos, mientras también la mujeres se mofaban y abucheaban intentando una y otra vez ahuyentar al perro.

No es que al perro lo desanimara en exceso el tratamiento. Tras unas cuantas pausas estúpidas y ladridos sin dirección (como fatigadas maldiciones), reanudó la marcha rumbo al anillo. Volvió a detenerse, con el cuerpo atravesado por una contractura o un inesperado calambre. Para ser francos, tenía un aspecto poco alentador. Sin duda le estaba sentando mal la dieta. Era imposible imaginar una publicidad más eficaz en favor del estilo de vida no antropofágico. Sí, incluso el perro era capaz de indisponerse por culpa de semejante régimen: por ese entonces no se llevaba bien con sus propias emanaciones y podía desplomarse de un solo eructo… Llegó al borde del círculo. Con sus ojos escarlatas escrudriñó el aire transfigurado, y vio una figura en el poste. Gruñó, y comenzó a descender por el camino: eso sí que estaba bien, estaba mucho mejor, así se suponía que debían hacerse las cosas. A medio camino alzó la vista y vio a los osados aldeanos reunidos al borde del cráter, rebosantes de ruido y de muecas. ¿Qué cuernos les pasa?, pareció preguntarse el perro, y se volvió, y por entre las puntas de las llamas lanzó una mirada para inspeccionar la ofrenda, confiando en que hallaría atado al poste al giboso involucionado de costumbre bostezando de nervios. Cuando el perro divisó los pequeños miembros morenos que se contorsionaban (lo mismo que todo allí abajo, por cierto), el estómago le dio un vuelco y dejó escapar un ruido, y de su boca cayeron uno o dos litros de saliva humeante. Lento ahora, con expectación, con la debida reverencia, el perro avanzó por el ondulado sendero.

Andrómeda lo observaba a través del fuego. Bueno, parecía que las llamas mismas, alargándose en lenguas y dedos, quisiesen consumir al perro, transformarlo, masticarlo, y escupirlo de nuevo, ya desintoxicado. Una llamita no pudo resistirse y se extendió hasta tocar la inflamada piel del perro. El perro rugió mientras una mata perdida de su pelo crepitaba por un breve instante como enebro incendiado. Con mucho esfuerzo siguió su marcha -podía sobrellevarlo- y al fin husmeó en el interrogante de fuego. Cuando vio a Andrómeda, cuando la olió y advirtió la calidad del alimento que le habían preparado, las patas se le lanzaron al galope (con la cabeza y el cuerpo debatiéndose detrás), hasta que a seis metros de distancia se estiraron en un desordenado frenazo. Volvió a demorarse. También el perro, a su manera, valoraba la belleza. Iba a comérsela muy despacio.

Andrómeda encontró los ojos carmesí. Los guardianes de su cuerpo, los dioses de su desfallecimiento, hubieran querido llevársela a otra parte y acunarla en el sueño. Pero con toda la fiebre y la magia que había en el anillo de llamas, era imposible detener el calor del oxígeno, la actuación de la sangre. El fuego siseaba más fuerte que la muchedumbre, allí en la sartén ardiente. Vio cómo se abrían las fauces del perro: sus dientes carcinógenos, el tumor de su lengua, las llamas chirriantes de la baba. Luego, abrupto como un upbercut, el perro cerró la boca con un chasquido, hundió la cabeza y comenzó a acercarse con mucho cuidado.

¿Quién lo detectó primero, Andrómeda o el perro? En olas replegadas la muchedumbre circundante fue callando poco a poco, mientras una música de esferas caía entre las frecuencias para morir en su banda. El propio perro pareció quedar perplejo ante la obediencia del silencio desmayado. ¿Qué era lo que oían en la quietud moteada de llamas? ¿Era un tintineo de campanas diminutas? Con un penoso giro de su cuello el perro alzó los ojos hacia el borde del cráter. Al filo del sendero ondulado, con la brillante pelota roja en la boca, estaba el cachorrito Jackjack.

También él había ido a encontrarse con el destino; y empezó a bajar, el cachorrito, con un trote saltarín, las patas delanteras estirándose al mismo tiempo, la cabeza erguida. El perro lo observaba con un odio rayano en el miedo. Sí, miedo. Desde luego que el perro era valiente como un león, y mucho más estúpido; pero todo teme a su imagen invertida, a su antimateria o Anticristo. Todo se teme a sí mismo. Salivando de nuevo y soltando insulsos gruñidos, el perro miró cómo el cachorrito (la vista fija al frente) recorría vivaz la amplia espiral, desaparecía tras los velos del fuego e irrumpía en el anillo. Avanzó directamente hacia el perro, hacia su miasma ambiental, dejó caer la pelota, retrocedió para agazaparse con el hocico entre las patas, y ladró.

El perro, los ojos iluminados por una débil socarronería, titubeó. Ese langostino, ese bocado, ese entremés: ¿qué era? ¿Un juego? El cachorrito volvió a ladrar, montándose de un salto en la pelota, y en seguida recuperó la posición de provocativo desafío. Durante varios segundos el perro lo contempló con fuerte asombro, los patrones interiores ocupados en movimientos e intercambios, a la búsqueda de recuerdos almacenados, códigos, mensajes. También la muchedumbre balbuceaba, confundida, hasta que alguien se echó a gritar, a abuchear, a incitar al perro una y otra vez. El cachorrito amagó cruzar la pelota en el camino del perro y repitió su jactancioso bailoteo, con un montón de fintas y cabriolas coquetas. El perro se lanzó adelante. Pero el perrito se abalanzó tras la pelota y, después de trazar dos círculos precisos cayó al suelo, la espalda vuelta al perro para besar y lamer a la incomparable víctima. Con la inundada boca entreabierta, el perro miró cómo la despreocupada cola del cachorrito se sacudía mientras las pequeñas nalgas regordetas se tensaban y templaban. De golpe se arrojó de nuevo hacia delante, pero, otra vez en pie, el cachorrito se apartó, sosteniendo el balón entre los dientes mientras se ponía fuera de alcance. Ay, vaya cachorrito; como para comérselo todo.

A medida que el juego continuaba, seguido por la multitud y el fuego excitado (cada uno con sus propias rechiflas y ovaciones), pareció que al perro, a juzgar por la gran extensión palatal que le asomaba entre los colmillos sesgados, por los ojos de malaria y la respiración tempestuosa, se le ocurrían nuevas ideas sobre el cachorrito. Este ahora se había alejado unos metros, y echado de espaldas languidecía con las patas en alto, la pelota roja al parecer olvidada. El perro, estúpidamente, intuyó que era su momento. Empezó a avanzar, tomando carrera, cobrando velocidad hasta que, seguro del triunfo (si bien la cara mostraba cierta alarma ante su propia temeridad balística), se disparó cortando el aire con todo su peso. Claro está que tanto el cachorrito como la pelota se habían esfumado, y el perro aterrizó en la roca esmaltada con un caos tan estrepitoso que la multitud, sumida en un momentáneo silencio, se preguntó si habría muerto o estaría herido, y a qué furia aspiraría al despertarse… Pasaron unos segundos y el cuerpo del perro ni se movió. Después de mirar rápidamente a Andrómeda, el cachorrito se aproximó al ponzoñoso montículo, a los humeantes desechos del perro. Todos contuvieron la respiración mientras el cachorrito, husmeando, ladraba y estiraba una pata hacia la boca abierta. Estuvo olisqueando entre crecientes murmullos de esperanza. Hasta levantó una pata trasera y pareció disponerse a… pero un grito de Andrómeda lo previno. Aunque el cachorrito retrocediera con un chillido, las fauces del perro habían hecho su trabajo, y en la barriguita rosada habían desatado un relámpago de sangre.

También el perro estaba jugando: se había hecho el muerto. Pero ya no era un juego. Enorme se alzó en cuatro patas, en dos patas, y enorme agitó los sangrientos jirones de su cólera. Entonces la caza empezó de veras, con el inmenso perro saltando tras el cachorrito en círculos cada vez más cerrados, patinando y torciéndose, ora hacia este lado, ora hacia aquél, hacia éste, hacia aquél. Por un rato pareció que el cachorrito era más libre que el aire, caprichosamente elástico, subatómico, superluminoso, todo impulso y encanto, mientras el perro avanzaba como un toro, pura masa y momento, sujeto para siempre a sus propias leyes. No podía durar mucho. El cachorrito se caía todo el tiempo, como les suele pasar a los cachorritos, dejando rastros de sangre en el suelo, y parecía más débil y más pequeño cada vez que se rehacía para virar, mientras el perro daba la impresión de abarcar el espacio por completo, de llenar el infierno todo y más… Al fin el cachorrito condujo al perro hasta un amplio arco que había al final de la guadaña de fuego. Surgieron los dos animales, el grande persiguiendo al pequeño y acercándose, acercándose.

- Vuélvete -dijo la multitud.

- Vuélvete -dijo Andrómeda cuando pasaban como rayos. El cachorrito ya sentía el quemante aliento del perro en el trasero, la masa de saliva y encías inflamadas; y sin embargo seguía saltando y dando volteretas, con el solo impulso del ritmo desesperado de sus trancos. A toda velocidad se acercaron los dos a la gran confluencia de fuego, convertidos casi en un solo animal, la cola del cachorrito haciendo cosquillas en la nariz del perro, cuyas fauces abiertas se preparaban para el primer golpe devorador. Vuélvete, vuélvete.

- Vuélvete -dijo Andrómeda.

Pero el cachorrito no se volvió. Con un aullido de terror y de triunfo se arrojó a las llamas; y el perro, como un misil ciego guiado por el calor, como un arma de saliva y sangre, no pudo hacer más que seguirlo.

Y así fue que al fin las llamas se dispusieron a comer. Y menudo festín se hicieron con el perro. Qué manera de toser y atorarse, qué gargajos y arcadas furiosas, qué estallidos y punzadas de gas y de vapor, qué cruptos y borborigmos -y qué acumulación de plumazos y relámpagos y palpitantes encefalogramas produjeron las llamas, hasta que, tranquilizándose, aplacándose, recobraron por fin el aliento.

Cuando Tom la desató, Andrómeda se alejó para recorrer la guadaña de fuego. Encontró el cadáver todavía humeante del cachorrito, panza arriba, apenas más allá de la confluencia de fuego, y se arrodilló para acunarlo en sus brazos. Las llamas se habían negado a devorarlo; habían querido sostenerlo y depositarlo sin daño al otro lado. El cachorrito se echó a toser, titubeó, y dedicó a Andrómeda un último parpadeo. Sí, su música poco a poco se extinguía. El cachorrito no podía persistir, no en forma de cachorrito: la cola chamuscada, la delicada barriguita cubierta de sangre, las pobres patas flojas, vacías de vida. Andrómeda levantó los ojos. Los aldeanos, en silencio, se habían alineado en el sendero ondulante. Pero en el momento en que empezó el dolor de la muchacha, también ellos empezaron a llorar, a gemir, hasta que los sonidos, elevados por el fuego, se perdieron a la deriva en los vellones del cielo.

Esa noche, ya tarde, Andrómeda permanecía despierta con el rostro apretado contra la almohada húmeda. Tenía el pensamiento puesto, como era natural, en el cachorrito Jackjack. Había llevado el cuerpecito hasta el poste y allí lo había depositado sobre un pañuelo blanco. Todos los aldeanos se habían hincado a homenajearlo, y se habían maldecido a sí mismos, avergonzándose de haberse burlado o dudado alguna vez del cachorrito, del cachorrito que había podido. Había pena y alegría. Y había vergüenza. Al día siguiente el cachorrito yacería de cuerpo presente para que los aldeanos hicieran sus ofrendas. Luego Andrómeda lo enterraría fuera del poblado, en las colinas, junto al arroyo nervioso. Pero la guadaña sería en adelante un lugar sagrado, y todos los que pasaran por allí pensarían en el cachorrito. Se ha ido de la vida, pensó Andrómeda. ¿Y cómo es la vida sin él? Si pudiera beberse todas mis lágrimas, murmuró; si sólo pudiera lamerlas. Recordó la cara con que le había sonreído por última vez, tan bondadosa, tan llena de íntimo perdón. Infinitamente íntima, y también iluminada por secretos.

Entonces oyó en la ventana un suave golpeteo paciente y remoto. Se bajó de la cama y miró afuera. La noche estaba oscura y afligida. Andrómeda se envolvió en un chal y rápidamente fue hasta el pasillo. Abrió la puerta y dijo:

- ¿Jackjack?

Allí estaba el muchacho, contra un remolino de estrellas, el cuerpo marcado aún por las garras y el fuego. Ella alzó el brazo para tocarle las lágrimas de los ojos humanos.

- John -dijo.

Con brazos fuertes y guerreros él se volvió y la condujo hacia la noche fresca. Juntos en lo alto de la colina se detuvieron a mirar su nuevo mundo.


En Los Monstruos de Einstein (1987)
Trad.: Marcelo Cohen
Foto: Lord Snowdon (Anthony Armstrong-Jones), 1978