29 abr. 2014

Julio Ramón Ribeyro - Hospitales




Los hospitales son los puestos fronterizos por donde se canaliza el tránsito entre la vida y la muerte. Por la gran puerta de la fachada entran y salen los vivos. Pero hay una puerta discreta, vergonzante, por donde se despide disimuladamente a los muertos. Médicos, cirujanos, anestesistas, son los administradores omnipotentes del Más Allá. Pero hay también funcionarios menores que deciden lo irreparable, tales las enfermeras que olvidan de renovar una transfusión o que no acuden en el momento preciso en que el paciente necesitaba la pastilla o simplemente la palabra capaz de retenerle en su última caída. Y esos choferes de ambulancia, odiosos lacayos volantes de la salud, que salen disparados en sus ruidosos vehículos hacia el lugar de los accidentes. Tienen instrucciones muy precisas: conducir cada cual a su clínica u hospital a los buenos heridos, es decir, a los ricos. Para identificarlos disponen de una serie de normas, pero a falta de indicios flagrantes, recurren a un expediente conocido: los zapatos. En los zapatos se revela sin equívoco la situación social de la víctima. A un herido que calza zapato viejo, y sin marca conocida prefieren al que lleva Charles Jourdan.

Esta es solo una anécdota. Hay cosas peores: las instrucciones que tienen las enfermeras para que no se vea morir a un paciente. En las salas comunes colocan biombos a ambos lados del enfermo grave. Pero cuando se avecina el momento definitivo lo ponen en una camilla rodante y comienzan a pasearlo por los corredores mientras agoniza y se debate. Cuando va a expirar, ¿qué hacen con él?. Una enfermera me dijo: "Lo empujamos discretamente hasta las duchas".


En Prosas apátridas aumentadas
Imagen s/d