29 mar. 2014

Silvina Ocampo - La próxima vez




Ella estaba muriendo, imaginando su propia muerte. La luz de la tarde bañaba los objetos en un brillo extraordinario. Nunca los había visto tan nítidos. También vio las caras que venían a visitarla. Una se distinguía entre todas. No lloraba. ¿Por qué no lloraba? Estaba apoyada contra una pared con cuadros que reproducían a los miembros más importantes de la familia. Una curiosidad malsana se apoderó de ella, una irritación que no podía controlar. Su corazón latía vertiginosamente, a tal punto que no podía mantener sus ojos quietos. La que no lloraba estaba devorando con sus miradas a alguien; no se movía de su puesto de observación. ¿A quién miraba? Quiso incorporarse para ver lo que no alcanzaba a ver, pero, aún moribunda, se desplomó. Presintió lo que sucedía. Detrás del biombo de la sala apareció la misteriosa persona que invitaba a todos los ojos a mirarla. Sintió que se le paralizaba el corazón. Se besarían tan furtivamente que nadie lo advertiría. Y así fue. Cómo pudieron alejarse del lugar tomándose de las manos, como dos niños lúbricos. En su imaginación tomó la pluma para escribir lo que estaba viendo, pero una moribunda no puede escribir por más que trate de hacerlo. Recorrió los detalles más minuciosos del ocaso, del vestido que miraba. «Moriré», pensó, «pero ahora no, por favor, Dios mío. Tengo que ver el final de este encuentro, que me mata.»

Ya el mundo había cambiado, las flores se habían marchitado con el murmullo de las voces. Lejos, lejos como a través de un invertido anteojo de largavista, vio el mundo con todas sus perspectivas. El amor era lo único que se destacaba. No, no moriría esta vez, sino la próxima… «Dios mío, no tengo valijas, baúles donde llevar mis manuscritos y prefiero morir mil veces antes que perderlos».


En Cornelia frente al espejo
Imagen s/d